viernes, 20 de enero de 2023

Silencio


Lo espero.
Y lo sé.

Llegará ese día.

No habrá otra voz, sino la tuya.

Nadie más detrás de las paredes 
o los árboles, 
llamándome con una voz muda,
mirándome con ojos ciegos,
invisibles.

Sólo tu mirada me mirará,
sólo tu voz me nombrará.

Gozaré el silencio del mundo
para que sólo tu silencio hable
y sólo yo lo oiga.

No habrá más.
Y no querré otra cosa.


 

Mar

 

De tu mar no sabía. 

Porque tu mar es otro.

Es la sencillez del mar
en la soledad del mar,
con el sol del mar
en la sal del mar,
bajo el cielo del mar.

Tu mar es otro mar.

Porque es solo mar solo.

Y es el silencio del día
y el tumulto del mar
y el viento en el aire.

Y una figura azul, que gobierna acantilados
y espuma, a la vez.

Y una mirada.

Y una flor en el pelo.


 

 

Camino


No sabíamos.
¿Por qué sabríamos?

Un camino es como el tiempo.

¿Qué habrá adelante?
¿Cómo llegar adonde vamos?

Por eso fuimos.

A ver lo que queríamos ver.
A estar donde queríamos estar.

A llegar. 

Adonde queríamos llegar.


jueves, 19 de enero de 2023

Dolor


Estaba en un rincón, sola,
junto a nosotros.

Las palmas de la mujer 
dormían sobre la mesa, quietas.
Y ausentes.

Ella te miró.
Se inclinó para hablarte.

"Si no quiero estar aquí, 
¿por qué estoy aquí...?
Y si quiero estar aquí,
¿por qué no estoy aquí...?", te dijo.

Y volvió a mirarse las manos finas y largas, 
las palmas quietas sobre su mesa.
Su mirada perdida.

Me miraste.

Tu comprensión dolía.


Tiempo


El hombre con su bastón en la mano
dijo, sin pensar: "así son las cosas..."

Lo dejamos atrás. 

Caminamos después.
El arroyo iba a nuestro paso
y nuestro paso era de agua, 
fluyente, liviano.

Mirabas la arena del camino angosto,
taciturna y feliz, 
ensimismada.

"Así son las cosas...", repetiste.

No hablabas conmigo.

El arroyo llegó al mar.
Nosotros llegamos con el arroyo.

"Nuestro tiempo es como el mar...", dijiste.

"Y así son las cosas...", murmuraste. 


 

Soledad


Oigo hablar de la soledad.

Hay una playa sola.
Solitarias lomas eternas.
El mar está solo.
Sola es la noche.

Y tantas soledades.


No existe la soledad.

Existiría.

Si no existieras. 



Paz


Alguien sembró silencio allí.

Y germinó en silbos de viento 
y murmullos de mar.

Alguien dejó olvidada por allí la música.

Y creció a su aire en trinos de la mañana, 
en arrullos de la tarde.


Busqué la paz de la primavera.

Y allí estabas.

Sembrada de silencio, florecida de música.



miércoles, 18 de enero de 2023

Celos


No hubo otra noche igual.

La luna recitaba versos de Panero;
contestabas con Pearce y con Rosales.

La luna,
ceñuda y redonda ante el mar en tempesta,
cantó Siehst du das Meer.

Contestaste con una milonga surera,
triste y sencilla.

La luna, de pronto, enmudeció, confundida.

Contestaste con una mirada tierna.

No quise mirar la luna.
Ni mirarte.

Iba murmurando palabras de amor, 
caminando por la playa,
plateado, salino.
Lejos.

Y me moría de celos.


 

Hierba


Lecho de hierbas suave,
frescura quieta 
de la mañana sur de un aire de tormenta. 

Lecho del peregrino.

Reposo del amante sobre la hierba suave, 
silencio de la amada.

Flores de hierbas niñas que te visten:
bermellón del día, 
azul del mar que truena,
blancas en tu vestido.

Mínimas en el silencio de tus manos,
brillantes en tu sonrisa de nácar.

Lecho del peregrino, reposo del amante:
sobre la verde hierba fresca,
el amor es la lluvia. 



Fidelidad


Hay una paloma torcaza
en un cedro.

Y te miro en ella:
su mansedumbre se te parece.

Tiene tu mismo aire,
tu mismo tornasol,
tu misma ternura elegante.

¿Por qué te creo cuando te oigo
decir "siempre..."?

¿Por qué no dudo cuando te oigo
decir "todo..."?

¿Por qué siempre es verdad 
cuando te oigo decir "único..."?

Eres la paloma verdadera.

Tu vuelo hacia mí no finge altura.

Tu solo nido, siempre, en todo, es mi pecho.


 

Palabra


¿De dónde vienen las palabras del poeta?

Se dijo que la palabra poética aparece "ya vestida para salir", aunque el poeta puede, a partir de ella, cambiar de rumbo, retocar, pulir.

Un sonetista finísimo como el argentino Augusto Falciola, se tomaba el trabajo de hacer listas de sinónimos junto a los versos de cada cuarteto o terceto, y lo hacía con palabras que le eran significativas y a las que les buscaba el molde exacto de lo que quería decir, pero, además, de lo que mejor expresara la idea. Y mejor quiere decir más bellamente también. Vi sus cuadernos. Eran un verdadero viaje a la palabra exacta. Pero es un caso excepcional y peculiar. Cada artífice tiene un paisaje sonoro y conceptual. No todos los jardines se acomodan con las mismas plantas, flores o árboles.

Pero eso viene después. La primera palabra surge del mismo manantial de donde surge la metáfora, la imagen, la idea. Es de una espontaneidad espeluznante que, si no le fuera habitual, hasta el mismo poeta se sorprendería más.

Tiene alguna relación no lejana con el trazo del dibujante, el trazo primero, espontáneo. No es la mano, no en primer lugar, ni principalmente. Es lo que surge de aquel lugar recóndito de donde viene la inspiración, o lo que tenemos por tal cosa.

La palabra está en la génesis misma de la imagen de la metáfora. El pensamiento puro, la pura intuición sin mediación lingüística es posible, per se. Pero no lo es para el hombre tal y como es en realidad. Pensamos con palabras y hasta conocemos con palabras. Claro que la palabra tiene naturaleza distinta en el entendimiento inmaterial y en la voz. Y aun hay grados diversos en cada uno de esos ámbitos, de mayor o menor aproximación a la cosa nombrada. En el caso del poeta, la visión en la metáfora superpone de tal modo lo figurado y lo real que en un sólo trazo ve ambas cosas y la vía por la cual una refiere a la otra, casi sin tiempo, casi misma e inmediatamente, sin duración, casi. Ese poder de sugestión de una cosa respecto de otra es una de las razones por las cuales resulta mágica la poesía.

De la poesía de un poeta sólo tenemos noticia porque se ha encarnado en palabras que significan la realidad interior del conocimiento intuitivo del artífice y la realidad de las cosas nombradas, a la vez. Que la realidad sea indefinidamente nombrable es consecuencia de la poliédrica naturaleza de las cosas, que todo eso pueda verlo el poeta de un trazo es lo que está en la raíz de su don.

Cuando se dice que el poeta le dice a los hombres los nombres de las cosas, no se está diciendo que la suya sea una tarea enciclopédica, de diccionario de la realidad. Es la relación de su entendimiento con la naturaleza de las cosas lo que permite poner en palabras lo que el mundo, diría Romano Guardini, tiene de "verbal". Su origen como algo dicho es la condición de posibilidad de que sea nombrado. Y más: la configuración interior de la realidad misma, en sus raíces hondas, su trabazón existencial producto de su origen homogéneo es lo que permite en definitiva la metáfora.

Sin embargo, como toda cosa alta y nobilísima, la acción de la palabra poética tiene de peligrosa su misma naturaleza y acción. Esa magia de conocer los nombres de las cosas desde dentro de las cosas mismas y la luz que la palabra poética pone en los senderos que unen realidades disímiles pero que relacionan eficazmente una cosa con otra. Un tramado de aire que de pronto se alza ante nosotros como un mundo completamente virtual y a la vez tan consistente como lo que nos muestran los sentidos, con más el entendimiento de sus relaciones, raíces y floraciones. Ciertamente que ese atractivo viene de la evocación que pone en presencia sin presencia las cosas que nombra. Y eso mismo, tan alto y hondo, es a la vez sumamente peligroso. Para quien está frente a ello, tanto como para el propio artífice.

Es de una potencia enorme entrar al entendimiento y al corazón de los hombres sólo con aire modulado y obrar dentro de ellos la configuración de su mundo interior, la propia percepción del mundo exterior y hasta su imaginación y su misma conducta moral y espiritual. 

Demasiado poder. Está del lado del poeta la responsabilidad de su arte y de los efectos de su arte. Tanto respecto de lo que ilumina u obscurece de las cosas en sí mismas, de las cuales es un vocero privilegiado, como respecto de la luz o las tinieblas que siembra en los hombres que lo oyen. 



martes, 17 de enero de 2023

Trébol


Vimos tres cielos.

Hubo tu cielo de plata,
orlado del fuego de la tarde
en los bordes de nubes;
y tu cintura de lino.

Tu cielo de gabán marinero de azul negro,
con tachas y botones dorados
de estrellas infinitas sobre ese mar de acero azul.
(Cuando dijiste riendo: "Mi Capitán a bordo...")

Y mi cielo de hierro y luz,
al final de la noche,
de pie, en la orilla, solo.

Tres cielos tuvimos.

Y era uno solo.

Como un trébol.



Fiesta


Nos basta lo que llevamos,
no tendremos más.

Hay un árbol.

Tu mano corta un pan de maíz,
(¿lo conseguiste en este páramo?)
Sirvo el vino en mi copa de madera,
de ella beberemos.

Hay un árbol.

No tendremos más,
nos basta.



Ave


Encontramos el nido entre las piedras.

Vi tus manos de algodón.
Vi tu mirada de algodón.
Vi tu sonrisa de algodón.

Di un paso atrás.

Inclinada sobre el nido,
un halo de madre te cubría los hombros.

Sentí celos del ave.

Por el sendero de arena,
caminé mirando el sol sobre el mar
mientras te rodeaba el aire y el silencio.

Y sentí tu brazo de algodón en mi espalda.

 


lunes, 16 de enero de 2023

Serenata


La ventana blanca que da al este
espera cada noche
ver todas las estrellas del universo.

Y las ve cada noche.

Y me ve cada noche.

Tu voz, única voz, 
canta estrellas desde la ventana blanca
que mira el este y el mar.

Para mí.

Único oyente.

Y tu canción, mujer, es toda la luz que hay.
Y me ilumina, único oyente iluminado, 
en medio de la noche.

Desde entonces, cada vez que veo estrellas,
sé que estás cantándome.
 
Ya tu canción se hizo mía. 

Y tu voz, amiga mía, canta para mí.



 

Laguna

 

Un siempreverde. Y otro más. Y otro.
Y el arroyo casi morado.
Y la laguna.

Es el lugar perfecto.

¿Qué hora es... en Orihuela?,
dijiste con El rayo tendido hacia mi pecho.

Una cara de pena fingida, una súplica silenciosa. 

Abrí al azar,
buscando mi destino y tu presente.

Y leí, en voz baja:

Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,

se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho
una picuda y deslumbrante pena.


Mirabas el mar, al oeste.

Y extendiste, sin mirarme, la mano sobre la arena tibia.
Buscaste mi mano suavemente.

Y te vi llorar una lágrima lenta,
toda de gozo.



Temporal


Amar nos guarece 
de las ráfagas de lluvia 
y del viento 
que taja con su arena estéril
la piel ardida y salada.

Amar nos lleva a su refugio,
nos arropa con misterios,
y nos ofrece un té
que aroman las únicas hierbas
que no dañan. 

Amar es ver el mundo afuera, 
detrás de una ventana,
convulso, vacío, falso.

En esta paz,
el cielo está muy cerca
y es sereno y verdadero,
como tu mirada.


domingo, 15 de enero de 2023

Acantilado


Llevé mi botella de whisky hasta el borde del mundo.
Y cubrí mi cabeza, resguardé mis ojos
y abrigué el cuerpo, que el viento hería.

Lejos, abajo, levantabas las manos hacia lo alto.

Acantilado, sonreía viéndote abrazar el aire.

A mis espaldas,
los gritos de las aves precavidas
protegían sus nidos.

Estuve en alerta sobre las piedras y las matas.

Quería saltar hasta tus pies
y volverte acantilada a ti también,
junto a mí.

Y que brindáramos juntos,
y que cantáramos a dos voces,
hasta que el viento y el mar nos acallaran.   



Concierto


Oíamos un concierto en una caracola:
sala inmensa, veteada, ocre, fresca;
el sol hacía su incendio ritual sobre una infinita línea azul.

Tendidos sobre un mar de piedras color hierro,
nuestras manos aferraban nácar y sal.

¡Hondura y eco de violines!
¡La suave gaita detrás, en coro de espuma!
¡Tronidos de tambores de guerra 
de nuestras miradas en concierto!

La noche custodió el paño del cielo:
el telón de esa noche que venía sobre nosotros,
ahora tendidos sobre un mar de piedras grises
Huérfanos de todo, felices de música muda. 
.


Sláinte!

 

Cielo de piedra gris...

Era verde el corazón de la mañana,
como el verde rumor
de música verde que hay en tu sangre.

Y estaba lejos la noche.

¡Sláinte, amiga! Sláinte!

Cielo de piedra gris
era el sur de ese cielo sobre el mundo.

Luto azul de golondrinas felices sobre el agua azul.

¡Sláinte, amiga mía!

¡A la salud de los días y las tardes bajo el cielo de piedra gris!
¡A la salud del fuego y de tus ojos!

Sláinte! ¡Para siempre!

¡Sláinte, amiga, corazón de la mañana!


sábado, 14 de enero de 2023


Un escritor siempre le habla a alguien.

Todo escritor habla con alguien, siempre. No de alguien siempre. Con alguien, a alguien. Siempre.

Todo escritor tiene un .

De hecho, en realidad, aunque en otro sentido, todo hombre tiene un . Y, es claro, el escritor es un hombre.

El arte poético –es decir, literario–, a diferencia de cualquier otro arte, modela una materia que se identifica con el propio artífice, de un modo como no lo hace ninguna otra materia en otras artes: la palabra.

El hombre está, por naturaleza, vocado por y a un Tú. La palabra es el signo eminente que muestra su vocación hacia un Tú. La vocación íntima de su naturaleza y la vocación de su existencia. Y el poeta lo está muy especialmente porque es la substancia del arte que profesa.

¿Quién es el de un escritor o de un poeta?

No importa de qué esté hablando, todo poeta le habla a alguien. ¿A sí mismo? En ocasiones parece que ese soliloquio desdobla a la persona y uno mismo es el interlocutor de uno mismo. Pero, aun así, ese no es el Tú. En todo caso, como dice Machado: Quien habla solo espera hablar a Dios un día.

Y por cierto que, para todo hombre, el interlocutor epónimo y por antonomasia es Él. Y el poeta es un hombre.

Fuera de Dios, entonces, ¿quién es el ?

Padres, hermanos, hijos, amigos, gobernantes, compatriotas, enemigos. Todos ellos, circunstancialmente, pueden ser aquellos de quienes y, eventualmente, con quienes habla el poeta.

Los casos más antiguos –y frecuentes– son los que tienen por a una persona amada. Porque el amor es el sentimiento humano referencial más poderoso. Natural y sobrenaturalmente. Y el odio, como contraparte. No la indiferencia, porque la indiferencia desconoce, ignora al Tú.

¿Una persona amada como Tú del poeta es alguien determinado? En términos corrientes parecería que sí. Sin embargo, mirando con más atención, no.

Sólo en algunos y pocos y señalados casos esto es así. Es más universal la referencia. Y hasta puede ser una referencia hecha de notas que no se encarnan particularmente en una sola persona determinada.

En las primeras capas, las menos hondas, las más históricas en la vida de un artífice, puede parecer que esa asociación con alguien determinado es más segura. Aun para el propio escritor. Sin embargo, el primero –y a veces el único– en advertir que el a quien y con quien habla no es una persona determinada, es el propio autor.

Una persona determinada existente –que pudo haber sido existencialmente amada por mucho y largo tiempo, o desde siempre o por unos meses, tanto da– un día ya no es la persona determinada en presencia y existencialmente. Hay otra persona en su lugar, tan o más o menos amada existencialmente.

Pero el poeta sigue teniendo un con quien y a quien hablarle. Posiblemente, integrado con notas fragmentarias de personas determinadas, que pueden ser incluso notas de otras personas que no sean la que al presente le es la persona determinada, aquella a la que le habla o con quien quiere hablar, inmediatamente. Y eso ocurre en razón de la vocación universal de la obra de arte, que se distancia de lo particular, espontáneamente, y lo retiene sólo bajo especie de universalidad, ya sea de un asunto o de una persona.

Ese diálogo continuo con un Tú constante se ve fácilmente en la obra de muchos autores. Al cotejar su vida contemporánea a su obra, habitualmente la obra no registra los cambios existenciales de su vida. Tal vez sí aparezcan circunstancias, hechos, paisajes, personajes "nuevos". En cuanto a la obra, son en substancia un modelo, un antitypo que sustenta el typo que el poeta plasma en su obra. Tomar un poema cualquiera de cualquier poeta y ver en él a quién está dirigido, aun de quién está hablando, si no es imposible es altamente improbable.

¿Siempre es Beatrice? Pues, sí y no. Y en rigor no siempre hemos sabido cuándo no es Beatrice y sí otra persona circunstancial o más duradera. Pero siempre hay un Tú trascendiendo las circunstancias existenciales, incluso los amores reales.

Entiendo, siguiendo con este ejemplo amatorio, que habrá habido, en la vida de esos poetas, mujeres que han imaginado ser ese . O habrán, tal vez, aspirado a ello si acaso eso les importaba. Y, en cierto sentido, celebro que ahora no puedan enterarse de que, aun aquellas que existencialmente pudieron haber sido muy amadas, en orden a la obra han sido el motivo acaso, pero de algo distinto de ellas mismas y en ocasiones mucho mayor que ellas mismas.

Y esto está en la naturaleza del arte de la palabra y, por cierto, en la del artífice en cuanto poeta.



viernes, 13 de enero de 2023

Eternidad


Un escritor busca la eternidad.

Los hay que se entusiasman con la eternidad flaca y a plazo fijo de la fama bajo la luna. A veces se hacen adictos a ese licor.

Pero un escritor busca la eternidad. Porque es lo que lo deslumbra, lo que vislumbra. No su eternidad. La eternidad.

Cada obra vive en un sin tiempo propio, fuera del tiempo. Y el escritor vive allí mientras escribe, aun los adictos al licor de la fama. 

Es muy difícil el tiempo una vez que sale de la obra. Cada minuto en la obra, con la obra, es un instante suspendido. Fuera de ella, los minutos tienen 60 segundos. Es la sensación subjetiva del escritor. Porque así es el tiempo de la obra, suspendida en una eternidad, en el infinito de lo posible que se dispara en todas direcciones.

Quienes conocen el experimento mental de Schrödinger y su gato en una caja, pueden pensar que la obra de arte es, por fin, una especie de verificación del multiverso. Y se equivocan. No se trata de una indeterminación. Es lo opuesto: una especie de laberinto guiado misteriosamente. Caminando por él, el escritor va encontrando lo que ya existe de un modo intencional en su interior. Lo encuentra, es decir: lo inventa. Y de pronto aparece siendo y a la vez saliendo como de la nada. 

Es un tramo conmovedor de la experiencia de esa eternidad. Es lo que hace que un escritor crea que ha creado. Pero si es honesto, si lo piensa bien, cuela esa tentación y sólo queda la mano del orfebre, del artesano que siente haber encontrado la imagen dentro del bloque blanco impoluto en el que plasmará la obra, como el escultor desbasta la piedra hasta que encuentra el rostro y la figura como ya presente allí adentro. 

Ve las cosas venir de lo eterno, trascendiendo la materia y su propia inspiración. De esa experiencia viene también la noción de lo inspirado: el aire que viene de afuera, preñado por la impronta divina que se le concede desde la eternidad y la divinidad: las Musas, los dioses.

Pero a lo eterno va también, atraído, deslumbrado: a la fuente que mana desde dentro de sí y de la obra misma, hacia algo distinto de sí y distinto aun de la obra misma. Algo que luce fuera del tiempo y que por un prodigio que no conoce, lo absorbe hacia fuera del tiempo y lo devuelve bajo la forma de obra consumada.

Dos cosas podrían ocurrir. La soberbia y la humildad. Y aunque nadie supiera jamás cuál de las dos cosas ha ocurrido en él, él sí lo sabe. 

Porque puede buscarse la eternidad como los Titanes buscan el Cielo para apoderarse de él. O puede el escritor zambullirse en la eternidad que busca, abandonarse, desasirse y ver obrar la obra como un flujo de luz deslumbradora que toma la apariencia de un rayo que lo atraviesa y que al atravesarlo recoge su impronta y la plasma.

Y allí es cuando sabe que su obra es él en su obra, sin él. Lo que también tiene un misterioso sabor de eternidad para la creatura.



jueves, 12 de enero de 2023

Estaciones intermedias



Escribir, en cierto sentido, es como encarar un viaje, como viajar.

Uno tiene adónde ir y lo sabe, tiene cómo llegar y lo sabe. Y quiere ir y quiere llegar y lo sabe . Lo que no sabe es lo que habrá de ocurrir y qué forma tomará el viaje, durante y al final. 

Por ejemplo, como en los viajes, hay estaciones intermedias. Por una u otra razón, hay que detenerse aquí o allí. Tal vez, bajarse en una de esas estaciones intermedias y llegar a un lugar sorprendente, tal vez bizarro, algo anodino o que nos llama la atención. O que nos atrapa, simplemente. Un lugar adonde nos quedamos sine die, sin plazos

Uno tiene adónde ir y lo sabe, tiene cómo llegar y lo sabe. Y quiere ir y llegar. Sí, es verdad. Pero en esa especie tan peculiar de viaje, en un determinado momento todo eso puede esperar. O, diciéndolo mejor: resulta que, bien mirado, eso es parte del viaje.

Una historia que empecé a componer recientemente, una serie en ensayo que venía desarrollando. Dos asuntos que cumplen las consignas y los requisitos del viaje. La historia, creo, tiene su interés; está hecha con materiales genuinos y hebras de hechos reales aunque, por virtud de lo simbólico y metafórico, puestos en un ámbito y en un marco distintos. Una serie que urga en un asunto que me interesa exponer y que he estado pensando durante decenios. 

En una estación intermedia, ambas cosas –y un servidor– se detienen. También ellas bajan del vehículo, encuentran un lugar a la sombra, buscan algo para tomar o comer. Encuentran a alguien y hasta lo incorporan al viaje. O sencillamente miran el derredor. Y esperan. Es parte del viaje.

Ni ellas ni un servidor tienen apuro. La historia ya es, no cambiará en substancia por detenerse en una estación intermedia. El ensayo sabe adónde va y por dónde llegará. No le importa demasiado cuándo seguirá, cuándo llegará. 



lunes, 9 de enero de 2023

Hijo de mar

 

Lo sabes. Te diré: "no habrá otro día..."
Y todo el tiempo junto irá detrás.
Solo un instante habrá, todo un instante
que vendrá con el viento. Y seré polvo.

Y no seré memoria. Habrá unos ojos
azules, como el mar que lo ha engrendado
con mi propia raíz en tus entrañas.
Será tu primavera de mi fruto.  

Y en cada primavera volveré
cuando veas sus pasos en la arena,
jugando con la espuma blanca y fría.

Y oirás en su voz mi voz que dice
que soy en él; y, en él, que soy contigo.
Y, sola, me darás tu risa clara. 


 

Miel de luna


Un enjambre de estrellas, colmenares
de luz por todo el campo de este cielo
en esta noche clara. Y es la luna
un panal de zumbidos amorosos
sobre la piel: dulzuras como rayos
que nos arden, oleajes de un mar vivo
iluminado en miel. Esta es la noche...
La única en el tiempo que tenemos,
separada de todos los minutos.
Nos punza el corazón como un instante
y nos quita el aliento; ella respira
en esta habitación, que es este páramo
de playa sola, un mudo continente:
el universo que nació contigo.



sábado, 7 de enero de 2023

Bodas de noche

 

El mar que ha visto amar a los mortales
en milenios de sal y entre las guerras,
hoy silencia el latido, se estremece,
y se acuna en la luna que lo cubre.
Tu susurro esponsal me da mil nombres. 
Y la noche, que aquieta los abrazos
y se enlaza recóndita en la piel,
deslumbra amor en tu mirada clara.   
Nos mece un viento sur, silbo apacible, 
que una vez y otra vez en los rescoldos
vuelve llama un furor de brasa ardida.
Si el alba llega, luz de epitalamio,
verá las huellas nítidas de un tiempo
todo de amor transido en estas bodas.


 

Del amor navegado


¡Oh amor sin remo, en la Unidad gozosa!

Del Amor navegante.
Leopoldo Marechal


Mar que canta la gloria de este día,
viento que trajo el gozo navegante.
Costa de miel que ya abrazó al amante
con la amada, a la luz de su alegría.
Se recortó su vela por levante,
sol que la entibia en la mañana fría.
Clara en la claridad, se revestía
toda de cielo en el azul radiante.
Proa que hiende dulce y ha surcado
su distancia en amor y en luna llena,
llega nupcial ante un altar de arena.
Trae rosas de espuma. Enamorado,
vibra de sal su voz y de azucena
en el puerto feliz que lo ha esperado.


 

viernes, 6 de enero de 2023

De si toda obra es biográfica (III)



Y tengo que repetirlo: hasta donde sé, sólo la deliberada intención del autor puede hacer, en sentido estricto, que una obra sea, en su caso, autobiográfica. Fuera de eso, la presencia en una obra de elementos tomados de sus experiencias vitales es, me atrevo a decirlo, lo opuesto a lo autobiográfico. 

Hay varios modos en que la vida esté presente en la obra. Con la salvedad insalvable de que "siempre" hay algo del autor en la obra. Y no puede ser de otra manera, simplemente porque nadie da lo que no tiene, como gustan decir los abogados desde la vieja Roma a hoy. Y lo que tiene el artífice se sintetiza en ese lugar interior al que van a dar todas (sí, todas...) sus vivencias y experiencias: sensibles, emocionales, intelectuales y espirituales, hasta los sueños y otras mociones que hasta pueden ser sobrenaturales. Allí, recóndita, vive lo que llamamos inspiración, a falta de un nombre mejor que designe y connote lo que allí ocurre realmente. Porque lo que "se nos ocurre" en el arte no viene de afuera, sino de una consonancia de lo de afuera con algo que ya está en el hombre; con lo que procede de afuera y, acumulado con un sinfin de otras vivencias y percepciones relacionadas directa o indirectamente, alcanza a intuir cuando ve y que suscita algo consonante en su espíritu. Algo que, como dije antes, está, en su operación, más allá de nuestro alcance racional, salvo que lo veamos expresado en un concepto, idea o imagen, una vez que "se encarna" y surge.

Y algo más que habrá que ampliar más adelante: eso que surge, precisamente, surge ya "vestido para salir", aunque en sus rudimentos, pero habitualmente bastante más que en forma rudimentaria. Una vuelta y otra vuelta y otra más sobre esa primera encarnación, eso ya es trabajo racional, sometido en parte a las reglas del arte o a las elecciones del artífice. Pero, en una medida definitoria, poseer el hábito del arte significa esa compleja operación del espíritu que compone materia y forma de un solo trazo intuitivo en primera instancia. El resto, el "saber hacer" que dicen los filósofos es ese hábito del intelecto práctico que llamamos techné o arte, es, ahora más bien extrínsecamente, el caudal de reglas y señales que el artífice aplica al momento de elaborar aquella idea inicial hasta completar la obra, que resulta de esas aplicaciones, pero en segunda instancia.

Porque la primera instancia formal de la obra transcurre de modo inmanente en el espíritu, aunque ya llamada a surgir fuera de él.

Otra vez más: sólo la deliberada intención del autor puede hacer, en sentido estricto, que una obra sea, en su caso, autobiográfica. Y nunca completamente, aun más allá de la intención del artífice. Fuera de esa intención, lo biográfico nunca es determinante. Y aun en el caso de la intención deliberada, la obra misma –y hasta el artífice, sin saberlo del todo– trasciende lo particular.

Y la razón es que la obra de arte adquiere, por sí misma, un carácter universal que es lo opuesto por el diámetro a lo autobiográfico, como repetí más arriba.

Es ella misma, en primer término. Y nunca el autor en ella. Es la universalidad de una experiencia y de una vivencia humanas. Y será en todo caso un defecto en el arte del artífice el que quien percibe la obra se quede sin esa cuota de universalidad suficiente que le atañe y lo incluye como hombre.

Que el autor de la imagen de la espada en la piedra haya estado días antes intentanto sacar un clavo descomunalmente pertinaz, es una vivencia que no agrega mucho a la comprensión del signo literario que su inspiración iluminó. Porque la experiencia particular del clavo incluye el símbolo, ella misma, más allá de la situación particular en la que el autor realizó un esfuerzo físico singular, y más allá de que al lograr su tarea, de carpintero o albañil, haya sentido la sensación subjetiva de la proeza, si acaso también sobrenatural, la de un elegido para una tarea imposible en términos humanos.

La universalidad de la obra de arte se traga las experiencias particulares, determinadas por un tiempo y un espacio y una situación particulares.

Negar la presencia de esas vivencias en la obra y aun en la génesis de partes o de toda la obra, si se prefiere, sería negar la realidad. Pero tampoco responde a la realidad ni artística ni humana negar la cualidad universal en la que esas experiencias van a ser sumidas, excepto cuando se trate del relato de la vida propia con intención deliberadamente autobiográfica, como una crónica de hechos u opiniones personales. Aunque ni siquiera allí, en tanto obra de arte, puede escapar la obra a su pretensión naturalmente universal.

Entiéndase otra vez: el autor está siempre en su obra de un modo u otro. Pero, insisto, juzgar o interpretar esa obra a partir de las experiencias vitales del autor es un abuso y como todo abuso, indebido. Y, en primer lugar, no para con el aurtífice sino para con la obra misma.

Bien dice la preceptiva tradicional en estas materias que, así como en lo moral el obrar tiene como fin el bien de quien obra, así en el arte el fin del hacer es el bien de la obra misma y su perfección, la posible en los términos de este mundo para un hombre, que es quien la hace. Entendiendo bien esta claúsula, que a alguno podrá parecerle seca o estatutaria, lo que hay que entender es el sentido de que haya obras de arte. En la medida que se entienda que se trata de lograr la expresión del artífice en primer lugar, no hay modo de sortear lo biográfico en todo o en parte. Pero que el hombre sea siempre, como ya he dicho, el mediador en la obra y para la obra, no quiere decir que la finalidad se agote de modo inmanente o circular en él mismo, haciendo volver a él el pathos que la obra produce y su misma justificación en cierto sentido autónoma en cuanto universal. La realización de la obra lleva su sello y su impronta. La obra se le atribuye pero tiene una vida propia.

Si no resultara en algo impresionante, y con una analogía sui generis, se diría que la relación entre un progenitor y el hombre por él concebido es la que más se parece en términos formales a la de un artífice y su obra. Especialmenete en el hecho de que, aun siendo la causa próxima de su generación –y de allí que el su de la expresión su hijo tenga validez– no es su en el sentido de que sea sin más una parte que le pertenezca o lo integre como progenitor. Y, más bien, habría que decir que en modo alguno: la persona concebida es propia de sí en un sentido moral, intelectual y espiritual que importa sobremanera. En definitiva, paternidad y filiación pertenecen a la categoría de relación.


Pero queda algo por decir y esto ya vino largo por hoy.



jueves, 5 de enero de 2023

Diciembre


Llegar y ver un cielo de tormenta
y ver la luz que va tiñiendo el mar.
Llegar por un camino hecho de polvo
hasta un remoto azul y acantilado.
Llegar al viento sur y estarse quieto
y ver ondear un verde sobre arena.
Llegar hasta la noche en soledad
bajo un campo de estrellas que te guardan.
Y llegar en diciembre y al asombro
de tu amparo y tu voz. Y al fuego vivo
que abrasa la madera, el corazón,
la mirada, las manos, toda piel...
Y al silencio amoroso de tu alma,
que sembraste en diciembre para mí.


 

La espera

 

Parece eternidad. Es sólo tiempo
ignorando las horas, alejando
la misma lejanía, un infinito
mar de médanos grises sobre el mundo...
Es la noche del antes de un combate,
la soledad en una cumbre sola
cuando todo ya ha sido. Es la inquietud
del agua en el desierto. Eso es la espera.
Después, hay los caminos, la distancia
como un imán al hierro del deseo,
que devora los ojos anhelantes
de mirar tu atalaya y verte clara, 
transparentes tu blusa y tu sonrisa,
erguida como un guardia de tu reino.


 

miércoles, 4 de enero de 2023

Ahora


El mar no me gustaba. Nunca tuvo
la fuerza de la cumbre, ni las tardes
de trigos, alazanes, manzanillas;
la soledad del monte, el son del río.
El mar –artificial– era una idea;
una excusa de mar, un subterfugio
de vidas que las olas han disuelto:
el abrazo del mar es el naufragio.
Miro, en la costa, el sol de tu figura:  
veo un vestido que se espuma, blanco,
y tu paso de arena. Huelo el viento.
Oigo tu voz, pero no sé qué dice:
es algo de mi amor o de tu mar,
que ahora para mí es la misma cosa.   


De si toda obra es biográfica (II)




¿Qué hay que entender por obra biográfica? O, dicho de otro modo, ¿cuánta vida de un artífice hay en una obra? O también, ¿inevitablemente un autor "copia" o destila su vida, en todo o en parte, en su obra?

O, más ajustadamente al asunto, ¿en qué sentido y en qué proporción la obra está hecha de tal manera de la vida de su artífice que, sin conocer la vida, se pierde, en todo o en parte importante, el entendimiento de la obra?

Parece que, sin conocer la vida de un autor, el entendimiento de su obra estará herido más o menos gravemente de incomprensión. Parece que, conociendo su vida, el lector (me ciño a la literatura) entiende mejor la obra con esos datos y esas referencias externas (¿ajenas?) a la obra.

Hasta donde sé, sólo la deliberada intención del autor puede hacer, en sentido estricto, que una obra sea, en su caso, autobiográfica. No importa el género o la especie que haya elegido como molde, qué modo se adecua mejor al pathos y a la finalidad de lo que dirá. Aun eso es parte del mismo impulso compositivo, está en la génesis misma del dictum, allí donde la obra nace, en un sitio del espíritu que gobierna la concepción artística y su plasmación, bastante lejos todavía de las "decisiones" artísticas racionales que toma un artífice al componer.

He visto que habitualmente se hace un confuso amasijo conceptual al referirse a lo biográfico o autobiográfico en una obra.

Toda obra (insisto: toda obra), procede de una síntesis que se da en el espíritu del artífice. La imaginación (con su fama de inspiradora u ocurrente) también "trabaja" para el espíritu en ese caso. Ella por sí misma no concibe la obra. Aporta lo que estrictamente puede aportar. También allí imaginación es un término que se embarra con imprecisiones. La imaginación es en puridad un sentido interno y ella como los restantes ocho (otros tres internos y los cinco sentidos externos) son siervos del espíritu que los impulsa y gobierna, además de sintetizar la información contenida en lo sensible, sensible que es lo que a los sentidos les es pertinente.

Por otra parte, ¿qué hay en una obra humana –artística o no– que no sea humano? Y sé que con esto tenso la cuestión. Pero solamente para poner de manifiesto que el hombre es el gran mediador de sus obras, siempre. Si, asumiendo esto, quiere llevarse el sentido de lo biográfico en una obra hasta el extremo de que siempre es biográfica porque el hombre no puede sino dejar su huella en lo que concibe y obra, se está cometiendo un abuso. Y un abuso dañino, en particular con la obra misma. Y esto procede del mal entendimiento del término biográfico. Porque no toda expresión de la experiencia vital de un hombre es biografía o autobiografía. Y hasta diría que, en lo que a la obra literaria respecta, son las menos las veces en que hay un impulso biográfico actuando específicamente.

Si lo que se quiere decir es que conociendo su vida se entiende mejor su obra, esto ya no significa derechamente que la obra de un artífice sea biográfica. Pero hay algo mucho más importante: tampoco es verdad que los hechos de la vida de un autor iluminen formalmente el sentido de una obra. Si acaso, en algo, aportan información material. Pero, en principio, habitualmente no aportan la información formal, que es la que de veras importa porque es la que constituye lo obrado.

Lo repito: hasta donde sé, sólo la deliberada intención del autor puede hacer, en sentido estricto, que una obra sea, en su caso, autobiográfica. Fuera de eso, la presencia en una obra de elementos tomados de sus experiencias vitales es, me atrevo a decirlo, lo opuesto a lo autobiográfico. 

Y, para fundar esta última proposición, un servidor deberá apelar a lo que conoce por sí y no por otros.



martes, 3 de enero de 2023

Rescatado


Era sombra y venía de las sombras.
Tramaba las heridas sonriendo.
Secaba sementeras y jardines
y hacía de los sueños pesadillas.

Encadenándome a su celda sola,
me gravaba su imagen como un loco
en el muro estragado de mis manos
con que abrazaba el aire en el vacío.

Pero una noche, más oscura que otras,
por una hendija rara de su voz,
vi y oí que la sombra evanescía.

Después, un día, junto a un mar de lino,
que amaneció su azul cuando llegaste,
supe que había sido rescatado. 



De si toda obra es biográfica (I)




Entre otros grandes escritores, Lewis y Tolkien eran severamente reacios a que la biografía de un autor fuera piedra de toque para no sólo interpretar sino hasta para leer sus obras. Y más que reacio, Tolkien era contrario a la idea de que los datos fueran las hebras con las que en el fondo se tejía el tejido artístico de un autor.

Por su parte, en sentido opuesto, está por ejemplo una sentencia famosa de Stefan Zweig que decía que la obra de Dostoievsky le debía tanto a su enfermedad, como las obras de Honorato de Balzac se debían a su buena salud.

En mi opinión, los críticos y académicos, que no sean a la vez autores de obras del arte –tal vez por esa carencia o por petulancia o por taras del oficio–, frecuentemente ignoran (en ambos sentidos de la palabra) o sencillamente desconocen lo que interviene en la concepción, elaboración y aparición de una obra artística, particularmente, en lo que a las obras literarias se refiere. No conozco muchos que no apliquen reduccionismos en sus trabajos de interpretación y análisis y, en no pocas ocasiones, sesgados por influjo de psicologismos, ideologismos o prejuicios partisanos y cosas así. Y esto nubla considerablemente el entendimiento de las relaciones complejísimas entre la vida y la obra de cualquier autor.

Escribo desde niño. Recuerdo que tenía 8 años cuando escribí mi primer texto "literario", reconocido por otros como tal. Pero empecé a publicar con cierta continuidad lo que escribía, bastante tarde. Y, recuerdo bien, en buena medida a contrapelo de mi voluntad. Desde que me decidí a dar a conocer mis obras líricas, especialmente, una y otra vez ha habido quienes me preguntan o conjeturan (hay atrevidos que discuten, también) acerca de los orígenes, motivos y significados de mis páginas. Y esas inquisiciones, cuando no me hacen algo de gracia, me fastidian habitualmente.

Tengo mis propias concepciones acerca de las obras literarias y de su inspiración y elaboración. La mayoría de esas ideas no coinciden con la preceptiva al uso. Tal vez porque esas concepciones no proceden tanto de fuentes librescas sino que vienen casi todas ellas de una reflexión personal sobre la experiencia propia acerca de la génesis y del tránsito interior y exterior de lo que terminará siendo una obra literaria. Y como nada de lo humano me es ajeno, porque soy humano, siempre creí que en esa experiencia personal hay notas universales que permiten extender a la actividad en sí lo que uno advierte en uno mismo y sobre lo cual reflexiona.

Apenas recuerdo haber satisfecho una o dos veces a los eventuales  investigadores, intérpretes suspicaces o simples curiosos, interesados o impertinentes. Y eso sólo respecto de algunos pocos textos que, de hecho y bien mirados, están exentos de misterios, incluso a los ojos de los lectores más perspicaces. En esos casos, los asuntos mayormente se explicaban por sí mismos y aparecían completamente ajenos al autor. Aparecían, sí. Es decir, en apariencia.

Haber leído hace poco unos comentarios sobre páginas de un servidor me lleva a hablar de estos asuntos, que habitualmente no trato y, en general como ya dije, no me entusiasma tratar. En mi experiencia, estas cuestiones despiertan, en lectores y en investigadores y críticos casi por igual, una curiosidad habitualmente insana, que se parece más al gossip que al apetito por alguna verdad verdaderamente significativa detrás de un texto de algún autor. 

Será por eso mismo (y por algunos otros argumentos que debería exponer) que creo que, aunque camine algunos pasos por este camino, no iré muy lejos en este tema.



lunes, 2 de enero de 2023

Cita


El aire claro y tibio que el viento desordena.
Hay un turbión de polvo erguido y a lo lejos.
Veo cristales de plata y pedruzcos bermejos
que incrustaron las olas que atacaron la arena.

El mar en su esmeralda inquieta da reflejos
del cielo de la tarde, que va enhebrando venas
de nubes meláncolicas y lilas como penas,
escritas en renglones de algodón desparejos.

Ya estoy sobre la loma. Te veo en el camino.
Surca el campo sin surcos tu vestido de lino.
Y una flor en tu pelo: tu señal amorosa.

La risa de los niños desde el pecho nos crece.
La tarde se retira. La alegría amanece.
Y la noche que llega se silencia celosa.



 

En presencia




Vuelvo una y otra vez a esa mínima cabaña de madera sobre el acantilado de mar, en la soledad del mundo y de la noche. Vuelvo a esa luna rosada y cremosa. A esas luces tenues de un interior acogedor y hospitalario.  A una risa, a una voz dulce, serena y grave. Al viento que hace silbar en las lomas las matas duras de pastos verdegrises. Vuelvo al rugido de un mar solitario y espumoso. Siento la sal.

Creo que no he salido de aquel lugar.

Creo que los recuerdos –la palabra misma lo dice– hacen que toda felicidad sea siempre en presente.

La misma memoria tiene su Leteo y su Eunoe, de algún modo. Y nos deja olvidar y hacer desparecer. Y nos permite recordar y poner en el presente, en el sin tiempo, una felicidad.

Y, en el presente, queda la presencia.



domingo, 1 de enero de 2023

Palomas al sur


Noche de luna con tu sola estrella
recostada en el mar. Junto a tu orilla,
duerme en su soledad, sueña la villa.
Y yo te sueño cada vez más bella.
Morena fue la luz de tu mejilla.
Puerto de amor sin sombra. Clara huella
al prado dulce en que mi amor resuella,
era para sembrar en maravilla.
En luna llena iré sobre las lomas.
Haremos el camino acantilado.
Toda la paz al sur, tu mar sureño.
Y tendrás en tus manos las palomas
que vuelan por mi pecho enamorado
y velan en silencio por mi sueño. 

   

ÉClaire


Relámpago de mar, advenimiento
de la luz de tus ojos en la altura,
acantilada en la mañana pura
y en mi refugio de este mar violento. 

Clara en el llano mar y su lisura,
toda en su resplandor, oleaje lento,
compás amado de mi mismo acento,
cimbro en el aire azul de tu cintura.

Clara es la noche y en la sal del mundo
la voz pervive y me amanece. Clara
es esta inmensidad de lo profundo.

Clara es la risa fresca de la espuma.
Pluma de cielo es su caricia. Clara
es esta claridad con que perfuma.




En tus manos


Había dolor y hiel. Los abrazaste.
Yo estaba entre tus manos como un niño
que juega con arena y con tus manos.
Y mirabas el mar y me mirabas.
Y fue en tus ojos que miré mis ojos. 
Y se hizo nuevo el mar. Y una flor nueva
posó en tu pelo un bálsamo de aromas
y en tu piel perfumó la noche, el alba.
Y abrazaste la sal de mi costado,
besaste con tu boca mis oleajes
hasta incendiar estrellas en mi pecho.
Ahora, en cada costa que bramando
acaricia mi pie, desnudo en todo,
siento que somos nuevos en el mundo.



 

sábado, 31 de diciembre de 2022

Qué


También estos son de aquellos versos que sólo en un sentido uno pudo haber compuesto.

También de estos versos se diría que son versos propios que uno no hizo.

Y también que sí los hizo.

Y también que eso sólo lo sabe quien los hizo.

Y también que eso sólo lo sabe uno. 

¿Qué bien recordaré sin los caminos
apartados? ¿Qué verbo sin silencio?
¿Qué habrá que pueda erguir como una gloria?
¿Qué beso de la tarde vendrá vivo
sin la opacidad secreta? ¿Qué abrazos?
¿Qué bien entero de mi amor amante
podrá encender la noche con destellos?
¿De qué tristeza no podré abrigarme?
¿Qué labios? ¿Qué palabra? ¿Qué dulzura
se librará de lo que se lamente?
¿Cómo vendrá el amor desnudo al alba,
desanudado de mi pena muda?
¿Qué amor? ¿Qué bien me buscará sin mí,
a través de la herida que le diera?


 

viernes, 30 de diciembre de 2022

Si


Hay versos que sólo en un sentido uno pudo haber compuesto.

Se dirían versos propios que uno no hizo.

Aunque sí los hizo.

Y eso sólo lo sabe quien los hizo.

Y eso sólo lo sabe uno.

 

Si por buscarte vinieras al alma mía,
al viejo sauce dormido yo volvería.

Si el río fuera mis manos, piedra serías
que en esta danza llegara a la otra orilla,
como la espuma que anida voces del mar.

Si la luz de la tarde te hablara,
si la tarde en tu luz renaciera
por el verde clareando, amaneciera.

Si en el fulgor de la sombra te recobrara,
si en el paso del aire te enamoraras,
si danzando tu paso resplandeciera.

Si al mirar y no verte yo te encontrara,
si con sólo esperarte regresaras,
si danzando llegaras hasta mí.

Si el río fuera tus manos, piedra sería
que en esta danza llegara a la otra orilla,
como la espuma que anida voces del mar.



 

jueves, 29 de diciembre de 2022

Centinela y la mar


Amanezco a tu luz. Fui centinela
de tu noche en la mar. La noche fría
que ahuyenté del refugio en que dormía
tu mirada de mar. Pasé mi vela
bajo una luna llena que reía,
respirando tu aliento con su estela,
cielo infinito mar de lentejuela...
Y yo que te velaba y te veía.
Amanezco en un médano celeste,
campo de hierba gris acantilado,
bebo tu luz que llegará del este.
Centinela y la mar, sólo a tu lado:
allí estaré cuando la mar tempeste,
en el mismo lugar en que he velado.



La luz del día


Voy hacia ti. Voy a la luz del día,
sorteando los silencios y la sombra,
a caminar contigo las tormentas
hasta acallar los truenos y las olas.
Voy a la luz del día, al descubierto,
a sostener la flor de tu cintura
con mis manos, que dicen sin murmullos
que alcanzaron la fuente que perfuma.
Hoy, a la luz del día, los zorzales
enmudecieron su rumor y cantan
su cortejo a tus ojos que me miran
y que me ven llegar para mirarte
esa felicidad que ríe clara
porque voy hacia ti a la luz del día.



 

lunes, 26 de diciembre de 2022

Chesterton, el chestertoniano


La neosecta conservadora –por allá y por aquí– viene insistiendo desde hace un tiempo en apropiarse sin sutileza de Gilbert Keith Chesterton.

De veras que no me importa nada que cualquiera sea chestertoniano. Au contraire, Chesterton es bueno y hace bien, y cuantos más beneficios repartan su persona y su obra, al mayor número, mejor para los beneficiados. Y para todos.

Conservadores de un modo u otro hay hace siglos. Pero ya desde hace bastante hay una neosecta conservadora. Y los entiendo, no crean que no.

Desde que Pedro, Santiago y Juan quisieron levantar una tienda en el Monte Tabor para quedarse ahí, los cristianos de tanto en tanto buscan algún refugio. Especialmente en el Tabor de este mundo bajo la órbita de la luna, claro.

Este conservadurismo que han descubierto desde hace un tiempo y que difunden y empujan sectariamente como la adecuada encarnación de la tradición y el cristiansimo, creo que no es sino otra tienda más en el Tabor.

Y así es como Chesterton es víctima de apropiación indebida, hija de otra apropiación indebida, de una sustitución.

Y los entiendo, no crean que no. Aunque...

Ser diverso entre contrarios, como lo es Chesterton, no es para cualquiera.

Un comunista o un conservador pueden ser todo lo chestertonianos que quieran y puedan y sepan.

Lo que un comunista o un conservador no deberían ser es ser deshonestos.


En este caso, particularmente, con Chesterton.

Porque un conservador o un comunista pueden ser chestertonianos. Pero eso no quiere decir que Chesterton sea conservador o comunista.

Es una proposición sencilla, lo sé.

Pero un sectario no está en las condiciones espirituales necesarias para ser honesto con las proposiciones sencillas.




jueves, 1 de diciembre de 2022

Los abrazos del peronismo




Hace unos días, el Consejo de la Magistratura de la Nación, desestimó a través de una de sus comisiones y en votación dividida, una denuncia contra los jueces Javier Anzóategui y Luis Rizzi. Dejé aquí en su momento un Excursus de Anzoátegui que, en buena medida, lo puso en el ojo de esta tormenta, aunque a decir verdad sus fallos son homogéneos en materia de ideología de género. 

El peronismo fue derrotado en esa votación que, digámoslo también, tuvo más en cuenta la persona de los jueces que sus dichos y sus actos, porque, Ud. perdone, quienes con su voto los exoneraron de los cargos son, en algún caso, también peronistas y, en su mayoría, nada tienen en contra de las perspectivas de género, como se llama ese nuevo código moral universal. De modo que no se trató de discutir los criterios de fondo.

El peronismo anticipó –con la sangre en el ojo– que había y habría otras denuncias contra estos mismos jueces y que entonces allí tomarían revancha de esta derrota.

Ahora bien.

El gorilaje tiene en su diccionario básico la expresión "negros de mierda" para calificar a los adictos al General y a Eva Duarte. Allá ellos, pero creo que –por su conocida y típica ceguera partisana– se equivocan. 

El peronismo muestra más de una vez, cómo decirlo, una raíz que lo conecta al reconocido impulso de Roma por la organización del estado y la arquitectura legal y jurídica de la sociedad. Su raigal sentido práctico y su clara noción de lo que vale el poder en el gobierno de una sociedad le han permitido, a lo largo de ya vamos camino a un siglo, armar proteicamente con su voluntad política las fibras legales y jurídicas de la comunidad, así como ensamblar retóricamente lo oportuno para cada ocasión.

El juicio que esto me despierta ya lo dije más de una vez, pero ahora me limito a una descripción.

El peronismo puede abrazar, y abrazar con voluntad inquebrantable, lo que sea y por la razón que sea. 

También pasa que algunos militantes, refugiados en lo que atesoran como las 20 verdades peronistas, repudian lo que consideran desvíos a derecha o a izquierda. Si ese argumento libresco no prospera, aducen que el peronismo es un movimiento y que puede contener todos los colores del arco iris que haya menester. Si eso tampoco alcanza, elípticamente argumentan que para hacer política y gobernar hay que tener el poder y que para obtener el poder hay que tragar sapos, y así siguiendo.

Lo cierto es que, en materia de abrazos, en los últimos 20 años, el peronismo se abrazó a dos banderas, cada una como leit motiv tópico que signara el rumbo que había elegido por conveniencia o convicción, eso no lo sé. 

En tiempos de Néstor y Cristina Kirchner, el emblema fueron los derechos humanos y la defensa, en último término, de las guerrillas y la subversión, que derivaba en suculentas indemnizaciones que, hay que decirlo, habían sido planeadas en otros gobiernos peronistas de signo contrario. Como fuere, el giro a la izquierda se hizo con la misma aparente convicción (no puedo vislumbrar los fueros íntimos...) con la que se defendió carnalmente el capitalismo a ultranza de la época peronista de Carlos Menem una década antes.

En tiempos de Cristina Kirchner y Alberto Fernández, el peronismo se abrazó esta vez a la ideología de género global y al feminismo revolucionario al uso en el planeta entero, con más la difusión (debe leerse aquí la imposición...) de una concepción ideológica que pretende un nuevo estatuto moral mundial para la consideración de las personas (nacidas o por nacer), la moral sexual, las familias, los usos sociales y así siguiendo. 

El peronismo puede ser al mismo tiempo rebelde y disciplinado. 

Como en este caso se ve, al mismo tiempo que parece que disputa con el poder global del dinero y las finanzas y promueve el multilateralismo, contra los que pretenden un mundo uno económico, así también es un chico obediente y hasta obsecuente en una materia más delicada, porque es más importante, como es el caso de la nueva moral planetaria.

Un ejemplo de esto mismo aparece en un proyecto de ley que ha impulsado en estos días el peronismo en el Senado para modificar dos artículos del Código Procesal Penal y un artículo de la ley 26.485, que se la conoce como Ley de protección integral a las mujeres. El objeto de estas modificaciones aparece en el breve articulado que propone el peronismo y más claramente en los fundamentos: disciplinar a los jueces que no adhieran a la ideología de género planetaria.

La iniciativa del peronismo ingresó en marzo de 2021, pero impulsada ahora, con el antecedente todavía tibio de la votación perdida en el Consejo de la Magistratura en la denuncia contra Anzoátegui y Rizzi, muestra el sentido de oportunidad del peronismo puesto a modificar la realidad y, a la vez, la férrea obediencia del peronismo a la substancia más negra del nuevo orden mundial, el discurso único y la ideología de género como nueva antropología, nueva filosofía y nueva pragmática política y cultural.

Y hasta nueva teología, que en el fondo es lo que cuenta cuando de rebeldía se trata.




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El texto original del proyecto de ley y sus fundamentos, ya aprobado en la Comisión de Justicia, puede leerse en esta página del Senado de la Nación



martes, 15 de noviembre de 2022

Coplitas que cantas conmigo





Un libro pequeño, con 21 coplitas, que aparecieron en días de noviembre de 2022, todas ellas, en una cuenta de facebook de un servidor. La edición es de ese mismo mes. 




lunes, 14 de noviembre de 2022

A Manolo González, ¡salud!


Entre papeles viejos que revisaba, estalló de pronto la felicidad de estos versos que diría son de Manolo González, insigne gallego. Vienen de tiempos viejos. Él ya no está para defenderlos, pero inútilmente estaría, porque no necesitan defensa: se las arreglan más que bien solitos ellos. 

Tiempos eran aquellos días en los que, malentendiendo un poco y malhumorando (con razón, a veces) otro poco, el bueno de Manolo se las tomaba a diestra y siniestra con justos y pecadores. ¿El pecado? La anglofilia que decía tenían casi todos, menos los que él creía que no. Y tenía razón según aquellos que posaban de británicos, pero no tenía razón respecto de aquellos a los que no conocía, no entendía. O no quería, a secas. Que para ser arbitrarios en odios y amores, los de su península bastan y (a veces) sobran.

Pero el asunto es que me dio tanta alegría reencontrar la gracia de aquel buen hombre bueno, que me salvó unos cuantos días de andar trajinando con zonceras y solemnidades. Y eso hasta hoy, que me resuelvo a copiarlos aquí para darles algo más de inmortalidad que la que inmerecidamente les negué en mis cartapacios todos estos años. Ya verán los que puedan ver que la gracia de aquel hombre pasó a los versos. Y eso solamente ya merece la memoria.

Hay tantos guiños en estas coplas, que habría que encender un buen fuego a la intemperie, buscar unos buenos vinos y tabaco negro y estar así hasta que las velas no ardan, yendo y viniendo por cosas que solamente recuerdan los que recuerdan y a algunos de ellos les importan.

Pero lo que vale verdaderamente la pena es pasarse ahora un tiempo con esta orfebrería del gallego insigne, Dios lo tenga en su Gloria. 

Y a eso vamos.

Romancillo corto, para cantar por trovos murcianos que hizo el Canario Viejo del pueblo de Churruarin y que dedica a sus paisanos y amigos, pobladores de la Costa Galana.


Ahí van esas castañuelas
con su giraldillo dentro.
Son amuleto indicado
para ahuyentar a los necios.
Su repique causa estragos
entre los de duro cuello,
que no son sólo mosaicos
los que llevan aquel sello.
Haylos de culo entalcado,
borrachillos de té negro,
haylos cieguicos de humazos
de pipa de gringo viejo.
Igual que el perro no ven
más que lo blanco y lo negro,
aquestos tienen rompida
la baquía y el talento
para entender cuatro cosas
chiquinas, como en el cuento
del granito de mostaza,
pero de gran fundamento,
digo: un pasacalle chulo,
castizo, barriobajero,
las soleares de Triana
que cantan los alfareros
o a una muchacha que hablaba
de tú con dulce "francesco"
–que digamos la verdad
de haberlo conocido ellos
se lo asaban, tan campantes,
romanamente al spiedo–.
O a un hombre que ha sido un hombre,
más allá de sus defectos,
que por pecados los tuvo,
confesados y aun absueltos,
que con la undécima parte 
de un sexto de medio huevo,
tenía más atributos
–cojones, que dice el lego–
que todos los "anglicanos"
de Tolkien town, subporteño.
Ahí van esas castañuelas
que a imperiales puñeteros
les hiciera conocer
lo que es una hembra con fuego,
con sal y sol en la sangre,
en los brazos canasteros
y en las caderas que anuncian
que hay sitio, casa y asiento
para cien generaciones
de pueblo, que es mucho pueblo.
Como dijo, aunque disguste
a siniestros pensamientos,
un Don Ramiro, alavés,
que nombro Maeztu el Bueno.
Así que basta de ronda, 
que se acaba el cante viejo.
Ahí van esas castañuelas,
con su giraldillo dentro.
Su ¡Arriba España! en la voz
y su grito compañero
de ¡Viva Perón, carajo!
que son decires señeros,
señalados y señores
que no ha de vencer el tiempo.
Y allá va mi despedida,
rosa de rosales nuevos
¡Viva Dios! ¡Viva la Virgen!
¡Viva mi raza y mi pueblo!




sábado, 12 de noviembre de 2022

Final feliz. Apuntes sobre la Eucatástrofe y la Esperanza.


Es evidente que la historia tiene un final feliz. 

Los lectores de J. R. R. Tolkien se han acostumbrado a la eucatástrofe de su relato más conocido y pueden esperar que a la larga todo saldrá bien

Pero, al mismo tiempo, es inevitable cierto sobresalto. No se puede dejar de derramar alguna que otra lágrima, incluso en medio del triunfo que de este modo deviene glorioso, sí, aunque con un regusto parcial. Pero parcial también porque el curso total de los hechos parece decirnos que la historia no está completa. No está terminada.

Ningún logro tiene el sabor de lo definitivo.

El anillo ha caído en las Grietas del Destino. ¿Pero han terminado el daño y el mal que quien lo forjó quiere para todo lo plantado por Eru en Arda y puso en su obra?

Narsil, la Espada de Elendil –que, una vez rota, usó Isildur para cortar la mano de Sauron y obtener así el Anillo Único– ha sido forjada de nuevo. Ha vuelto el Rey a Gondor, se ha restablecido el orden en la Tierra Media, los caminos son seguros, la Sombra ha abandonado Rovanion, los Dúnedáin no necesitan recorrer los Páramos. Sin embargo, hay como un hálito en todas las cosas que no deja que la celebración sea total.

Los elfos o añoran el mar o le temen a los Puertos Grises, porque o añoran la tierra tras el mar o los bosques los llaman con reflejos dorados y frescos, como rémora de un tiempo en el que se tomaron decisiones que todavía no han destilado todo su sabor. Ya las gaviotas, ya las alondras los hacen sufrir, si miran adelante. Y sin embargo, miran, para acentuar en algo los rasgos terrenalmente grises de su melancólica faz, hacia un futuro que se les muestra inevitable. Frodo tiene una herida que, sin reverdecer, duele cada año. Aragorn ha postergado el vencimiento de su completa felicidad terrena. Arwen, por partida doble, está sometida a dos despedidas y una de las dos lo es de su naturaleza; otros de su estirpe, miran el tiempo como una elección libre, pero no exenta de cierta opacidad.

El mundo de Tolkien, si bien es heroico y arquetípico –o quizá por ello mismo– no es, en cuanto a las expectativas finales, diferente del mundo real y cotidiano. Pues hay historias que terminan bien, hombres que triunfan, batallas que se ganan. Pero la historia no concluye con ello y los hombres –y todos los demás seres de la saga– aún debemos esperar un final que no es ahora.

Es el eje de la cuestión. El ahora. Cualquier ahora, cualquier presente o futuro histórico, que en cuanto a los términos del tiempo de los hombres es como un ahora, sobre todo porque es un tiempo que transcurre antes de que termine el tiempo definitivamente. Es el aquí y ahora de las cosas de este mundo. Pero este mundo tiene en su raíz el tiempo y por lo mismo, lo no definitivo. Éste no es el único mundo.

De cara a la eternidad, el tiempo humano es diferente. Y la libertad de los hombres –y de otros seres personales en la obra de Tolkien–, mientras permanece unida al tiempo, es una libertad que va tejiendo en la historia una madeja complicada. Por nosotros mismos impredecible. 

No somos adivinos, por otra parte, y nos resulta difícil entender el efectivo final de nuestras acciones. 

No es tanto el problema del fin como intención y dirección, sino como término. No es fácil saber si efectivamente se producirá lo que esperamos que se produzca. Tampoco es fácil sostenernos en lo que esperamos, pues a menudo no sabemos qué esperar; o, aun sabiéndolo, solemos mudar de parecer a medida que nos pasan cosas nuevas y diferentes de lo que esperábamos. En este sentido, también toda la historia en El Señor de los Anillos es una espera.

El ámbito de la teología, por ejemplo, tiene respuesta para tales perplejidades. Y en ese ámbito se resuelven con dos virtudes infusas, no naturales: la Fe y la Esperanza. Una le da contenido a la otra. La Fe nos dice qué creer, es un modo de saber lo que no sabríamos de otro modo. Y eso que sabemos por esta vía, es el contenido de lo que esperamos con una fuerza que no tendríamos por nosotros mismos.

En la saga principal de Tolkien el problema se plantea desde el comienzo mismo.

Hay una misión, alguien que debe tomarla a su cargo, un final imprevisible para el ojo "humano" y algo más que humano –incluyendo el ojo de Gandalf–, la libertad de aceptar o no la misión, y aun de perseverar hasta el final si se la acepta. 

Frodo –sencillo adivinarlo– es el sujeto principal de la esperanza en la novela. Aunque no el único.

Un punto de partida es pensar si, para él, en su calidad de sujeto de tal esperanza, la misión tiene algún sentido. También, en este orden de ideas, puede considerarse si él cree que hay modo de lograr lo que tiene por delante. En qué medida se siente inevitablemente obligado a realizar lo que se le propone. Si acaso cree que tiene la fuerza suficiente para hacerlo. Si todo esto lo pensó alguna vez, ¿acasoresolvió algo en su corazón y lo mantuvo luego? Y así.

Pero una vez que hemos aceptado que indiscutiblemente Frodo nos obliga a esperar con él, padecer con él, desalentarnos y temer con él, hasta ser vencidos con él, debemos admitir que toda la historia, toda entera, con más la suerte de todos los personajes, es el objeto de nuestro interés "empático".

La razón de esto habría que buscarla en los distintos niveles que parece tener la historia en El Señor de los Anillos.

Y de allí nuestras distintas ansiedades con respecto a lo que vaya a ocurrir. Y esto nos habrá de dar una jerarquía en los hechos, una línea que empuja o, para decirlo mejor, tira hacia arriba. Y no sólo hacia adelante.

Parece que se mezcla algo de cierto fatum, cierto designio, entre las acciones libres de cada uno de los sujetos de las distintas razas de seres. Y ese designio está en relación inseparable con la misma libertad. Y ese fatum no parece que pueda cumplirse si cada cual no cumple su parte, y la cumple libremente, por añadidura. No se dice en ningún momento cómo cada cual debe cumplir su parte, tampoco parece que se espere algo determinado de la acción de cada uno en cuanto al modo de ejecutarla. Pero, por otra parte, está claro que, si cada uno no hace lo suyo, el fin será distinto.

El ejemplo más claro –por lo menos, el más a mano– y que a cualquier lector asiduo se le aparece, es la advertencia de Gandalf a Frodo respecto de Gollum-Sméagol. Es el ejemplo más claro porque es el más oscuro, cuando todavía no conocemos el final de la historia e inclusive cuando recién hemos comenzado.

¿Hay que deshacerse de Gollum? Su traición cierta y presumible con facilidad, ¿no debe ser abortada en su raíz y al principio mismo de la aventura riesgosa? ¿A qué esperar? ¿Qué espera Gandalf de Gollum y por qué? ¿No nos obliga el propio autor a esperar algo de él, aunque todo nos indique que sería altamente improbable que de allí saliera algo deseable? 

Al final, Gandalf resulta en lo cierto, pero por razones y caminos que no son los que los hombres estimamos los más probables o seguros. El mismísimo Gollum cierra un capítulo fundamental de la obra. Cosa que quizás ni el propio sabio sabía con certeza. ¿Y lo sabía Tolkien?

Es una línea de acción que nos lleva a considerar algo que está en la médula de la Esperanza. Incluso la esperanza meramente de raíz humana, la mera expectativa, tiene algo de eso. Es difícil al ojo humano ver el final de los caminos con certeza.

Debemos ser cuidadosos. Hasta la prudencia de mejor madera, aun ella, debe considerar que hay sendas posibles donde parece ser todo oscuridad y, pese a todo, ser el camino que permita llegar a alguna luz. 

Y si es buena, esa prudencia humana tiene que estar próxima a la esperanza –y mucho más a la Esperanza con mayúsculas– sabiendo que no gobierna ni controla todos los hilos de la trama. 

Allí, cuando vislumbra esto, el hombre crece y se hace más que mero hombre. Precisamente, cuando obra como si todo dependiera de él y espera sabiendo que no todo depende de lo que él haga. La contingencia, otra vez, no nos permite afirmar tan taxativamente nada respecto de las acciones humanas. La indigencia natural con que nacemos, vivimos y morimos, tampoco.

Ese amable sobresalto continuo al que J.R.R. Tolkien nos habitúa con tanta maestría, tiene como contraparte una confianza cierta en que, al final, las cosas saldrán bien.

La nostalgia de los personajes más relevantes no solamente mira al pasado. Por alguna vía paradojal, se sabe que la nostalgia a veces es la compañía de los que esperan el bien futuro, con una certeza esperanzada que hace de consuelo al mismo dolor de la nostalgia. 


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(Publicado por un servidor en la revista de la Asociación Tolkien Argentina, Mathoms, año 5, número 6 – Julio de 1999