Si fuera una quaestio medieval, de esas para disputar, sería algo así: Utrum Milei mula nos faciat.
A saber: Si Milei nos mete la mula.
Ha venido cacareando una guerra santa contra el estado y lo estatal. Y de ahí entonces que podría ser Mulei, y no Milei, porque al parecer nos mete la mula.
Vayamos al punto. Porque la cuestión es el estado (con mayúscula o no, tanto da ahora).
Mulei, ya lo dije, dice y hace creer que es el Godofredo de Bouillon contra el estado que, por definición y según dice, es opresor, colectivista, populista, y él se siente el cruzado a la reconquista de la tierra santa de la libertad anarco-liberal-libertaria, urbi et orbi.
¿Es verdad? Pues, ¿qué puedo decir? Es tan verdad que Mulei está a favor del estado ausente –si eso fuera iniciativa y libertad para el bien común, cuerpos intermedios y subsidiaridad (pero que en su caso no es)–, como que Cristina está a favor del estado presente –si eso fuera subsidiariedad y bien común (que tampoco es en su caso)–.
Porque ambos han hecho un bastión del estado en beneficio propio o de otros, y para sentarse sobre el poder que eso da, pero no en beneficio de la Argentina y su pueblo. Un pueblo que termina sufriendo cuando le dan algo y termina sufriendo cuando se lo quitan.
Mulei no tiene en la mano en realidad una motosierra, ni una licuadora. Mírese bien, sin dejar que la foto oculte la realidad. Tiene un garrote (si fuera un imperator o un monarca, tendría un cetro o un bastón de mando, pero no es ni lo uno ni lo otro).
Mulei viene haciendo uso y abuso del poder que le da ser el Jefe... ¿de qué?, ¡sí, acertó!: el jefe del Estado, propio-propio. Y, comodísimo en su trono, descubrió la potencia casi infinita que viene con el sillón, y así es como emite rayos fulminantes respaldado en el poder que le otorga estar sentado en ese sitial. El garrote es su atributo, real y figuradamente. Y así obra con asuntos del propio estado y con asuntos de la gente, contra otros poderes, contra personas, opositores, "traidores", díscolos, cantantes, escribidores, opinólogos, futbolistas; e indirectamente también, así obra con los hombres comunes de esta patria. Siempre con el garrote estatal en la mano que, mientras tenga el empleo que tiene ahora, es su concupiscencia mayor.
Es verdad: hasta allí tampoco nos hace extrañar demasiado a los períodos peronistas, por lo pronto del siglo XXI.
Pasa que durante esos tiempos, la consigna del estado presente parecía habilitar los desmanes y tropelías que desde el estado se podían ejecutar. Y se ejecutaron. Me acuerdo de un axioma que se le atribuye a Néstor Kirchner: "no se puede hacer política sin plata...". Así que se trataba de hacerse de plata, pero para conservar el poder, que permitía a su vez hacerse de más plata para aumentar el poder y siguen las firmas.
Pero Mulei dice que no cree en el estado y finge ser un sedicente topo destructor de lo estatal y del Estado.
Sí, será, o no. Pero antes, diría el dicho chusco popular, antes un poquitito de... abuso de poder estatal. Y, lo que es peor, cargándolo a la cuenta del estado. Y no me refiero a cuentas en $ o en u$d, y sobre todo en la nueva herramienta de plata para hacerse de más poder: las criptomonedas..., que de eso hay también, por cierto.
¿Qué de lo que ha hecho y dicho hasta ahora Mulei no lo ha hecho o dicho amparado en su poder estatal, explícitamente por decreto o implícitamente? Él, desnudo del poder estatal que quién sabe bien por qué le ha dado una parte del pueblo, ¿sería algo más que un excéntrico estandapero mediático? ¿A quién ha favorecido o perjudicado sin someter despóticamente con el yugo del garrote del estado y de las herramientas que obtuvo por ocupar el lugar del máximo poder del estado?
¿Por qué creerá que es la medida de todas las cosas, si no es porque cree que él es el Estado? Se sabe que no es un árbitro de la elegancia, pero parece creer que lo es en todo lo demás... porque es el Jefe del Estado, obviamente.
Quiere hacer una Argentina a su imagen y semejanza. Pero entonces será una Argentina sometida al despotismo de un estatista dizque antiestado.
Tiene cada tanto esa cosa de la doble personalidad, como con el caso de la criptomoneda, desdoblándose, actuando como su majestad Mulei, Jefe de Estado, que cuando patina en una estafa trata de convencernos de que hay otro que no es él que hace cosas que puede hacer porque es él y no el otro. Ha puesto a la Argentina en manos de Israel sin preguntarle a los argentinos si eso está bien. No que se haya puesto él en manos del judaísmo, cosa suya. Pretende que los argentinos tengan que consentir, porque él lo dice, las barbaridades israelíes en Gaza, por ejemplo. Saca a la calle a "sus" fuerzas del orden para zapatearle la cabeza a quien no siga su dictamen o a quien pida lo que es justo pedir o reclamar. Compra y vende legisladores. Carpetea a opositores (y hasta a propios...). Paga de las arcas estatales a una recua de purretes que compiten con él en la puteada y la guaranguería misticoide, todo para mantener a raya a los insolentes. Paga de las arcas estatales, cuantiosamente y por su solo dictamen, a un Boris Godunov omnipresente para que discipline y opere en las sombras, mientras le alimenta los sótanos nauseabundos del poder del estado con rupias por miles de millones para que arme su maquinaria de operaciones (es verdad también: nada que el general Milani y otros zombies de los sótanos no hicieran en tiempos del kirchnerismo...). Pone impuestos cuando quiere, saca pocos porque no quiere, pisa sueldos, perdona tránsfugas; redefine palabras (como tránsfugas, por ejemplo, tranformándola en héroes); toma medidas de comercio internacional que funden las industrias y el comercio locales; acogota al campo según sus necesidades financieras; borra a palazos subsidiariedades que verdaderamente le corresponde al estado asumir, y lo hace con el garrote del estado que manipula gustoso; juega al gato y al ratón con gobernadores e intendentes; veta a troche y moche, como si un chico caprichoso se divirtiera acribillando con una MAG .7,62; ni se ocupa de cuestiones vertebrales de la educación y de la cultura porque medio bruto es para esas llanuras, salvo que haya que garrotear sin discriminar qué cosa debe ser administrada, qué cosa ordenada o suprimida, qué torceduras o perversidades educativas y culturales deben ser saneadas. Y así la lista, que hasta acá es de muestra, apenas.
Bajo el paraguas ideológico de un liberal-libertario, anarcocapitalista (pero imperial: ¿?), todos los que se le antoja y decide (y no le siguen la corriente o le lamen las medias) son mandriles, zurdos, econochantas, degenerados, ratas, cerdos, ensobrados, meados; y así les cae el rabioso látigo de la lengua presidencial, fulminados a motes por el Jefe del Estado. Lo sean en realidad o no, porque a algunos les cae bien el mote, aunque se los endilgue uno que podría recibir varios de esos mismos epítetos.
Así que, lo dicho: Mulei.
Nadie le está pidiendo que sea un liberal-libertario o anarcocapitalista o tecno-optimista o quién sabe cuántas más estupideces, y que además sea coherente. Y ojalá no fuera ninguna de esas cosas y menos aún fuera coherente con esas cosas que dice ser.
Pero él dice que es todas esas estupideces y que es coherente con esas estupideces.
Y para nada suena que sea verdad.
Por lo que, a la quaestio Utrum Milei mula nos faciat, respondo: efectivamente, hermanos.
Mulei nos mete la mula.
De modo que, el estado ("que soy yo, yo y nadie más que yo...", diría) está prepotentemente presente.