jueves, 1 de diciembre de 2022

Los abrazos del peronismo




Hace unos días, el Consejo de la Magistratura de la Nación, desestimó a través de una de sus comisiones y en votación dividida, una denuncia contra los jueces Javier Anzóategui y Luis Rizzi. Dejé aquí en su momento un Excursus de Anzoátegui que, en buena medida, lo puso en el ojo de esta tormenta, aunque a decir verdad sus fallos son homogéneos en materia de ideología de género. 

El peronismo fue derrotado en esa votación que, digámoslo también, tuvo más en cuenta la persona de los jueces que sus dichos y sus actos, porque, Ud. perdone, quienes con su voto los exoneraron de los cargos son, en algún caso, también peronistas y, en su mayoría, nada tienen en contra de las perspectivas de género, como se llama ese nuevo código moral universal. De modo que no se trató de discutir los criterios de fondo.

El peronismo anticipó –con la sangre en el ojo– que había y habría otras denuncias contra estos mismos jueces y que entonces allí tomarían revancha de esta derrota.

Ahora bien.

El gorilaje tiene en su diccionario básico la expresión "negros de mierda" para calificar a los adictos al General y a Eva Duarte. Allá ellos, pero creo que –por su conocida y típica ceguera partisana– se equivocan. 

El peronismo muestra más de una vez, cómo decirlo, una raíz que lo conecta al reconocido impulso de Roma por la organización del estado y la arquitectura legal y jurídica de la sociedad. Su raigal sentido práctico y su clara noción de lo que vale el poder en el gobierno de una sociedad le han permitido, a lo largo de ya vamos camino a un siglo, armar proteicamente con su voluntad política las fibras legales y jurídicas de la comunidad, así como ensamblar retóricamente lo oportuno para cada ocasión.

El juicio que esto me despierta ya lo dije más de una vez, pero ahora me limito a una descripción.

El peronismo puede abrazar, y abrazar con voluntad inquebrantable, lo que sea y por la razón que sea. 

También pasa que algunos militantes, refugiados en lo que atesoran como las 20 verdades peronistas, repudian lo que consideran desvíos a derecha o a izquierda. Si ese argumento libresco no prospera, aducen que el peronismo es un movimiento y que puede contener todos los colores del arco iris que haya menester. Si eso tampoco alcanza, elípticamente argumentan que para hacer política y gobernar hay que tener el poder y que para obtener el poder hay que tragar sapos, y así siguiendo.

Lo cierto es que, en materia de abrazos, en los últimos 20 años, el peronismo se abrazó a dos banderas, cada una como leit motiv tópico que signara el rumbo que había elegido por conveniencia o convicción, eso no lo sé. 

En tiempos de Néstor y Cristina Kirchner, el emblema fueron los derechos humanos y la defensa, en último término, de las guerrillas y la subversión, que derivaba en suculentas indemnizaciones que, hay que decirlo, habían sido planeadas en otros gobiernos peronistas de signo contrario. Como fuere, el giro a la izquierda se hizo con la misma aparente convicción (no puedo vislumbrar los fueros íntimos...) con la que se defendió carnalmente el capitalismo a ultranza de la época peronista de Carlos Menem una década antes.

En tiempos de Cristina Kirchner y Alberto Fernández, el peronismo se abrazó esta vez a la ideología de género global y al feminismo revolucionario al uso en el planeta entero, con más la difusión (debe leerse aquí la imposición...) de una concepción ideológica que pretende un nuevo estatuto moral mundial para la consideración de las personas (nacidas o por nacer), la moral sexual, las familias, los usos sociales y así siguiendo. 

El peronismo puede ser al mismo tiempo rebelde y disciplinado. 

Como en este caso se ve, al mismo tiempo que parece que disputa con el poder global del dinero y las finanzas y promueve el multilateralismo, contra los que pretenden un mundo uno económico, así también es un chico obediente y hasta obsecuente en una materia más delicada, porque es más importante, como es el caso de la nueva moral planetaria.

Un ejemplo de esto mismo aparece en un proyecto de ley que ha impulsado en estos días el peronismo en el Senado para modificar dos artículos del Código Procesal Penal y un artículo de la ley 26.485, que se la conoce como Ley de protección integral a las mujeres. El objeto de estas modificaciones aparece en el breve articulado que propone el peronismo y más claramente en los fundamentos: disciplinar a los jueces que no adhieran a la ideología de género planetaria.

La iniciativa del peronismo ingresó en marzo de 2021, pero impulsada ahora, con el antecedente todavía tibio de la votación perdida en el Consejo de la Magistratura en la denuncia contra Anzoátegui y Rizzi, muestra el sentido de oportunidad del peronismo puesto a modificar la realidad y, a la vez, la férrea obediencia del peronismo a la substancia más negra del nuevo orden mundial, el discurso único y la ideología de género como nueva antropología, nueva filosofía y nueva pragmática política y cultural.

Y hasta nueva teología, que en el fondo es lo que cuenta cuando de rebeldía se trata.




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El texto original del proyecto de ley y sus fundamentos, ya aprobado en la Comisión de Justicia, puede leerse en esta página del Senado de la Nación



viernes, 25 de noviembre de 2022

Romances de romance (I)


Romance de su presencia


Está la tarde sin ruido
y anda la lluvia en barbecho
arreando nubes de plata
que van por campos de cielo.
Y afinan mil voces roncas
con las que darán el trueno,
mientras susurra en sordina
un coro como de viento.
Con la luz que mengua el día
rozando unos trigos tiernos,
miro la luz de unos ojos
que estarán mirando lejos,
pensando que yo los miro,
sabiendo que yo los veo.
Un aire como del mar
entra acariciando el pecho:
parece sal y es jazmín
que aroma como su pelo
oscuro de luna buena,
vetas de luz y romero,
que en ondas de viento limpio
dejan mi amor al acecho.
El aire que es mar y llano
todo florecido en trébol,
de puro gozo se arroba,
insomne de amor despierto, 
y abre las venas dormidas
y les deja sangre adentro,
perfumada, roja y dulce
como las flores del ceibo.
Camino cada camino
como si fueran recuerdos
y a cada paso que doy,
todo es ella lo que encuentro:
están su risa y su voz,
el día del primer beso,
su mano trenzando lilas,
su temblor y un reverbero
con el que llama a mis manos
y pone en ellas un fuego
tibio de ser a su lado,
dorado de ser tan nuevo.
Ella es la nube y el ave,
mi pie, la arena, el sendero,
la soledad de este día
y su presencia en mis centros,
la sombra de mi costado,
ese rumor que arde fresco
si me retraso y la miro
estar sin estar. Y luego  
va por delante y se vuelve
y pronunciando en silencio
dice mi nombre sin voz
y sin voz dice "te quiero..."
para que nadie lo oiga,
sólo yo. Con su pañuelo,
que lleva el signo invisible
de que su andar es mi sueño,
fue recogiendo unos lirios
rosados, como sus dedos,
bordes leves, finos, gráciles 
que germinan de su cuerpo.
Y en una loma tan verde
que la lluvia verde ha puesto,
su figura se deshace
como si fuera de vuelo...
Sé que no está, que es nostalgia
de su nombre. Pero es cierto
cada rumor de su paso
de torcaza en mi regreso,
que creo ver y no está,
que digo que está. Y voy ciego.
Y dice la voz del mundo
saudades que va sintiendo
y que punzan con mil flechas
como su flecha que siento
donde nace el corazón,
que por no estar luce muerto.



martes, 15 de noviembre de 2022

Coplitas que cantas conmigo





Un libro pequeño, con 21 coplitas, que aparecieron en días de noviembre de 2022, todas ellas, en una cuenta de facebook de un servidor. La edición es de ese mismo mes. 




lunes, 14 de noviembre de 2022

A Manolo González, ¡salud!


Entre papeles viejos que revisaba, estalló de pronto la felicidad de estos versos que diría son de Manolo González, insigne gallego. Vienen de tiempos viejos. Él ya no está para defenderlos, pero inútilmente estaría, porque no necesitan defensa: se las arreglan más que bien solitos ellos. 

Tiempos eran aquellos días en los que, malentendiendo un poco y malhumorando (con razón, a veces) otro poco, el bueno de Manolo se las tomaba a diestra y siniestra con justos y pecadores. ¿El pecado? La anglofilia que decía tenían casi todos, menos los que él creía que no. Y tenía razón según aquellos que posaban de británicos, pero no tenía razón respecto de aquellos a los que no conocía, no entendía. O no quería, a secas. Que para ser arbitrarios en odios y amores, los de su península bastan y (a veces) sobran.

Pero el asunto es que me dio tanta alegría reencontrar la gracia de aquel buen hombre bueno, que me salvó unos cuantos días de andar trajinando con zonceras y solemnidades. Y eso hasta hoy, que me resuelvo a copiarlos aquí para darles algo más de inmortalidad que la que inmerecidamente les negué en mis cartapacios todos estos años. Ya verán los que puedan ver que la gracia de aquel hombre pasó a los versos. Y eso solamente ya merece la memoria.

Hay tantos guiños en estas coplas, que habría que encender un buen fuego a la intemperie, buscar unos buenos vinos y tabaco negro y estar así hasta que las velas no ardan, yendo y viniendo por cosas que solamente recuerdan los que recuerdan y a algunos de ellos les importan.

Pero lo que vale verdaderamente la pena es pasarse ahora un tiempo con esta orfebrería del gallego insigne, Dios lo tenga en su Gloria. 

Y a eso vamos.

Romancillo corto, para cantar por trovos murcianos que hizo el Canario Viejo del pueblo de Churruarin y que dedica a sus paisanos y amigos, pobladores de la Costa Galana.


Ahí van esas castañuelas
con su giraldillo dentro.
Son amuleto indicado
para ahuyentar a los necios.
Su repique causa estragos
entre los de duro cuello,
que no son sólo mosaicos
los que llevan aquel sello.
Haylos de culo entalcado,
borrachillos de té negro,
haylos cieguicos de humazos
de pipa de gringo viejo.
Igual que el perro no ven
más que lo blanco y lo negro,
aquestos tienen rompida
la baquía y el talento
para entender cuatro cosas
chiquinas, como en el cuento
del granito de mostaza,
pero de gran fundamento,
digo: un pasacalle chulo,
castizo, barriobajero,
las soleares de Triana
que cantan los alfareros
o a una muchacha que hablaba
de tú con dulce "francesco"
–que digamos la verdad
de haberlo conocido ellos
se lo asaban, tan campantes,
romanamente al spiedo–.
O a un hombre que ha sido un hombre,
más allá de sus defectos,
que por pecados los tuvo,
confesados y aun absueltos,
que con la undécima parte 
de un sexto de medio huevo,
tenía más atributos
–cojones, que dice el lego–
que todos los "anglicanos"
de Tolkien town, subporteño.
Ahí van esas castañuelas
que a imperiales puñeteros
les hiciera conocer
lo que es una hembra con fuego,
con sal y sol en la sangre,
en los brazos canasteros
y en las caderas que anuncian
que hay sitio, casa y asiento
para cien generaciones
de pueblo, que es mucho pueblo.
Como dijo, aunque disguste
a siniestros pensamientos,
un Don Ramiro, alavés,
que nombro Maeztu el Bueno.
Así que basta de ronda, 
que se acaba el cante viejo.
Ahí van esas castañuelas,
con su giraldillo dentro.
Su ¡Arriba España! en la voz
y su grito compañero
de ¡Viva Perón, carajo!
que son decires señeros,
señalados y señores
que no ha de vencer el tiempo.
Y allá va mi despedida,
rosa de rosales nuevos
¡Viva Dios! ¡Viva la Virgen!
¡Viva mi raza y mi pueblo!




sábado, 12 de noviembre de 2022

Final feliz. Apuntes sobre la Eucatástrofe y la Esperanza.


Es evidente que la historia tiene un final feliz. 

Los lectores de J. R. R. Tolkien se han acostumbrado a la eucatástrofe de su relato más conocido y pueden esperar que a la larga todo saldrá bien

Pero, al mismo tiempo, es inevitable cierto sobresalto. No se puede dejar de derramar alguna que otra lágrima, incluso en medio del triunfo que de este modo deviene glorioso, sí, aunque con un regusto parcial. Pero parcial también porque el curso total de los hechos parece decirnos que la historia no está completa. No está terminada.

Ningún logro tiene el sabor de lo definitivo.

El anillo ha caído en las Grietas del Destino. ¿Pero han terminado el daño y el mal que quien lo forjó quiere para todo lo plantado por Eru en Arda y puso en su obra?

Narsil, la Espada de Elendil –que, una vez rota, usó Isildur para cortar la mano de Sauron y obtener así el Anillo Único– ha sido forjada de nuevo. Ha vuelto el Rey a Gondor, se ha restablecido el orden en la Tierra Media, los caminos son seguros, la Sombra ha abandonado Rovanion, los Dúnedáin no necesitan recorrer los Páramos. Sin embargo, hay como un hálito en todas las cosas que no deja que la celebración sea total.

Los elfos o añoran el mar o le temen a los Puertos Grises, porque o añoran la tierra tras el mar o los bosques los llaman con reflejos dorados y frescos, como rémora de un tiempo en el que se tomaron decisiones que todavía no han destilado todo su sabor. Ya las gaviotas, ya las alondras los hacen sufrir, si miran adelante. Y sin embargo, miran, para acentuar en algo los rasgos terrenalmente grises de su melancólica faz, hacia un futuro que se les muestra inevitable. Frodo tiene una herida que, sin reverdecer, duele cada año. Aragorn ha postergado el vencimiento de su completa felicidad terrena. Arwen, por partida doble, está sometida a dos despedidas y una de las dos lo es de su naturaleza; otros de su estirpe, miran el tiempo como una elección libre, pero no exenta de cierta opacidad.

El mundo de Tolkien, si bien es heroico y arquetípico –o quizá por ello mismo– no es, en cuanto a las expectativas finales, diferente del mundo real y cotidiano. Pues hay historias que terminan bien, hombres que triunfan, batallas que se ganan. Pero la historia no concluye con ello y los hombres –y todos los demás seres de la saga– aún debemos esperar un final que no es ahora.

Es el eje de la cuestión. El ahora. Cualquier ahora, cualquier presente o futuro histórico, que en cuanto a los términos del tiempo de los hombres es como un ahora, sobre todo porque es un tiempo que transcurre antes de que termine el tiempo definitivamente. Es el aquí y ahora de las cosas de este mundo. Pero este mundo tiene en su raíz el tiempo y por lo mismo, lo no definitivo. Éste no es el único mundo.

De cara a la eternidad, el tiempo humano es diferente. Y la libertad de los hombres –y de otros seres personales en la obra de Tolkien–, mientras permanece unida al tiempo, es una libertad que va tejiendo en la historia una madeja complicada. Por nosotros mismos impredecible. 

No somos adivinos, por otra parte, y nos resulta difícil entender el efectivo final de nuestras acciones. 

No es tanto el problema del fin como intención y dirección, sino como término. No es fácil saber si efectivamente se producirá lo que esperamos que se produzca. Tampoco es fácil sostenernos en lo que esperamos, pues a menudo no sabemos qué esperar; o, aun sabiéndolo, solemos mudar de parecer a medida que nos pasan cosas nuevas y diferentes de lo que esperábamos. En este sentido, también toda la historia en El Señor de los Anillos es una espera.

El ámbito de la teología, por ejemplo, tiene respuesta para tales perplejidades. Y en ese ámbito se resuelven con dos virtudes infusas, no naturales: la Fe y la Esperanza. Una le da contenido a la otra. La Fe nos dice qué creer, es un modo de saber lo que no sabríamos de otro modo. Y eso que sabemos por esta vía, es el contenido de lo que esperamos con una fuerza que no tendríamos por nosotros mismos.

En la saga principal de Tolkien el problema se plantea desde el comienzo mismo.

Hay una misión, alguien que debe tomarla a su cargo, un final imprevisible para el ojo "humano" y algo más que humano –incluyendo el ojo de Gandalf–, la libertad de aceptar o no la misión, y aun de perseverar hasta el final si se la acepta. 

Frodo –sencillo adivinarlo– es el sujeto principal de la esperanza en la novela. Aunque no el único.

Un punto de partida es pensar si, para él, en su calidad de sujeto de tal esperanza, la misión tiene algún sentido. También, en este orden de ideas, puede considerarse si él cree que hay modo de lograr lo que tiene por delante. En qué medida se siente inevitablemente obligado a realizar lo que se le propone. Si acaso cree que tiene la fuerza suficiente para hacerlo. Si todo esto lo pensó alguna vez, ¿acasoresolvió algo en su corazón y lo mantuvo luego? Y así.

Pero una vez que hemos aceptado que indiscutiblemente Frodo nos obliga a esperar con él, padecer con él, desalentarnos y temer con él, hasta ser vencidos con él, debemos admitir que toda la historia, toda entera, con más la suerte de todos los personajes, es el objeto de nuestro interés "empático".

La razón de esto habría que buscarla en los distintos niveles que parece tener la historia en El Señor de los Anillos.

Y de allí nuestras distintas ansiedades con respecto a lo que vaya a ocurrir. Y esto nos habrá de dar una jerarquía en los hechos, una línea que empuja o, para decirlo mejor, tira hacia arriba. Y no sólo hacia adelante.

Parece que se mezcla algo de cierto fatum, cierto designio, entre las acciones libres de cada uno de los sujetos de las distintas razas de seres. Y ese designio está en relación inseparable con la misma libertad. Y ese fatum no parece que pueda cumplirse si cada cual no cumple su parte, y la cumple libremente, por añadidura. No se dice en ningún momento cómo cada cual debe cumplir su parte, tampoco parece que se espere algo determinado de la acción de cada uno en cuanto al modo de ejecutarla. Pero, por otra parte, está claro que, si cada uno no hace lo suyo, el fin será distinto.

El ejemplo más claro –por lo menos, el más a mano– y que a cualquier lector asiduo se le aparece, es la advertencia de Gandalf a Frodo respecto de Gollum-Sméagol. Es el ejemplo más claro porque es el más oscuro, cuando todavía no conocemos el final de la historia e inclusive cuando recién hemos comenzado.

¿Hay que deshacerse de Gollum? Su traición cierta y presumible con facilidad, ¿no debe ser abortada en su raíz y al principio mismo de la aventura riesgosa? ¿A qué esperar? ¿Qué espera Gandalf de Gollum y por qué? ¿No nos obliga el propio autor a esperar algo de él, aunque todo nos indique que sería altamente improbable que de allí saliera algo deseable? 

Al final, Gandalf resulta en lo cierto, pero por razones y caminos que no son los que los hombres estimamos los más probables o seguros. El mismísimo Gollum cierra un capítulo fundamental de la obra. Cosa que quizás ni el propio sabio sabía con certeza. ¿Y lo sabía Tolkien?

Es una línea de acción que nos lleva a considerar algo que está en la médula de la Esperanza. Incluso la esperanza meramente de raíz humana, la mera expectativa, tiene algo de eso. Es difícil al ojo humano ver el final de los caminos con certeza.

Debemos ser cuidadosos. Hasta la prudencia de mejor madera, aun ella, debe considerar que hay sendas posibles donde parece ser todo oscuridad y, pese a todo, ser el camino que permita llegar a alguna luz. 

Y si es buena, esa prudencia humana tiene que estar próxima a la esperanza –y mucho más a la Esperanza con mayúsculas– sabiendo que no gobierna ni controla todos los hilos de la trama. 

Allí, cuando vislumbra esto, el hombre crece y se hace más que mero hombre. Precisamente, cuando obra como si todo dependiera de él y espera sabiendo que no todo depende de lo que él haga. La contingencia, otra vez, no nos permite afirmar tan taxativamente nada respecto de las acciones humanas. La indigencia natural con que nacemos, vivimos y morimos, tampoco.

Ese amable sobresalto continuo al que J.R.R. Tolkien nos habitúa con tanta maestría, tiene como contraparte una confianza cierta en que, al final, las cosas saldrán bien.

La nostalgia de los personajes más relevantes no solamente mira al pasado. Por alguna vía paradojal, se sabe que la nostalgia a veces es la compañía de los que esperan el bien futuro, con una certeza esperanzada que hace de consuelo al mismo dolor de la nostalgia. 


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(Publicado por un servidor en la revista de la Asociación Tolkien Argentina, Mathoms, año 5, número 6 – Julio de 1999



jueves, 10 de noviembre de 2022

El gris que brilla. Apuntes sobre la realeza de Trancos.


Buena parte de su vida extensa pasó Aragorn vestido con la ropa opaca de los Montaraces. 

Dúnadan, heredero de reyes y rey él mismo, con una misión por delante que podría amedrentar a cualquiera en tiempos oscuros, Aragorn hijo de Arathorn es una muestra en cifra de la virtud de la magnanimidad.

***

El apetito de poder desordena. Lo primero, la propia persona. El hombre que ambiciona –pudiendo ambicionar, pues se le ha prometido un reino– tiene habitualmente de sí un concepto excelente. Tanto como el destino que cree le pertenece y ambiciona. Y ese amor de sí mismo será tan desproporcionado y corrosivo como sea sin tasa su apetito de gloria.

El apetito de poder también hiere y mata a otros. Aun antes de matar físicamente, los transforma en peldaño de una escala en cuya cúspide sólo cabe uno –el ambicioso– y desde donde nada se distingue hacia abajo. Y nada importa.

No es ésta una tara propia y exclusiva de los grandes, o de aquellos que llevan impresa en su frente y cincelada en su corazón una grande empresa. Pero es verdad que son éstos, los que tienen pasta de pioneros y conquistadores, los que corren mayores riesgos en lo que toca al olvido de sí mismos.


***

Es cierto también que quien tiene por delante el camino de las estrellas, se dispone habitualmente a un largo camino de arduidades. "A lo alto por lo áspero", dice el adagio latino y así suele ser.

Pero lo que distingue a un hombre grande puesto a la tarea de un destino a su medida, y aun mayor que su propia medida, es la intelección del bien que sostiene y adorna la causa. A ese bien objetivo de su causa acomoda el hombre grande los medios para conseguirla. Y no permite, no tolera, que ningún medio desluzca la causa y la afee. No es su bien personal lo que le llena los ojos. 

Por lo tanto no se entiende el desprendimiento, la magnanimidad –el ánimo grande–, que acompaña las acciones de los hombres grandes, si no se considera antes lo que ese hombre ha visto y en consecuencia ha aceptado. Y lo que ha visto, invariablemente, es que su propio bien, su gloria, su fama, se ordenan al bien de su finalidad. Que se cumpla lo que debe cumplirse.

La figura del Precursor, San Juan el Bautista, es el talle exacto de esta virtud en los hombres. Todas las notas que luce el Bautista se adecuan a Trancos. 

Ese Trancos que será rey, del que se puede decir que no hay hombre mayor que él, a quien por derecho se le debe el honor, se coloca al servicio de algo mayor que sí mismo. 

No podría hacer esto si no fuera grande su alma. Lo más definitivamente personal de sí se opaca y al mismo tiempo se vuelve como traslúcido o aun invisible. De modo que quien lo vea en ese servicio no vea todavía al rey, no vea la gloria, sino su propio sacrificio, su propia abnegación y adhiera a la causa por la que tanto se niega a sí mismo alguien con semejante estatura e incluso tan grande magnetismo personal. 

Grande ha de ser el motivo que requiere un sacrificio tan admirable y tan contagioso. Un sacrificio y una negación de sí mismo que invitan a ser imitados. 

Vestido con harapos, sin que pueda disimularse del todo la inmensa dignidad que brota de su naturaleza, solo y apartado, con el único aplauso del viento en el desierto durante largos años, la descripción vale tanto para el Precursor como para Trancos.

Ambos de un gris refulgente. Sumergidos por propia voluntad a los pies de algo más grande. Conduciendo a otros, sí. Pero no conduciéndolos a sí. No atrayéndolos a su servicio. No adueñándose de otros. 

Antes bien al servicio de otros. Y de aquella causa que los enciende y los forma interiormente.


***

Hay un episodio relacionado con Aragorn que ilustra este punto inmejorablemente. Es la historia de su amor por Arwen Undómiel, hija de Elrond, el Medio Elfo, señor de Rivendel.

Por lo mismo, por su linaje tan subido, Elrond se opuso en un principio a los amores de su única hija mujer y aquel mortal.

Es cierto que Aragorn era del alto linaje de los Numenoreanos. Lo supo cuando tenía apenas 20 años, de boca del mismo Elrond, en cuyo reino vivía protegido de la maldad de Sauron. En ese mismo año, en Rivendel, Arwen y Aragorn se encontraron por primera vez.

Elrond dilataba todo lo que podía los esponsales. Finalmente se habrían de consumar una vez que Aragorn revelara su realeza y, derrotando a Sauron en la Guerra del Anillo, unificara los tronos de Gondor y Arnor y fuera el primer rey de los reinos vueltos un solo reino. 

Pero para que ello ocurriese habrían de pasar desde la primera mirada que cruzaron Arwen y Aragorn, cerca de 70 años. Y la condición que había puesto Elrond, precisamente, era la de que el heredero de Isildur lograra aquella tarea, casi imposible, de la unidad de los reinos.

Grande fue el sacrificio de Arwen al abandonar el destino de los Elfos y ese sacrificio tuvo su premio en los primeros 120 años de la Cuarta Edad, en los que reinó junto a Aragorn.

Pero no menor fue la espera de Aragorn. 

Durante los siguientes casi 70 años desde su primer encuentro, la mayor parte del tiempo Aragorn fue Trancos, un Montaraz, un hombre del desierto, de botas bien calzadas pero gastadas y sucias de barro, su capa verde oliva y su aspecto cansado. Perseguir a los súbditos de Sauron, las batallas y las noches de cierzo en los páramos, los días y años de trajín, lo habían hecho un individuo poco confiable a primera vista. 

Pero "no toda la gente errante anda perdida; / a las raíces profundas no llega la escarcha...".

Fue detrás de esa apariencia que Frodo vio a Aragorn, sin conocerlo aún: "Si hubieses sido un espía del Enemigo...bueno, hubiese parecido más hermoso y al mismo tiempo más horrible..."

Sus ojos grises llevan una llama que no se extingue y que brilla para mostrar que es quien es. Pero, no más allá de los ojos durante todos esos años y ni siquiera muchas veces.

Por eso las apariencias lo condenan. Ante los que comienzan a ser sus amigos y compañeros de lucha, Trancos ha esperado que lo aceptaran por lo que es. O por lo que parece, sin más. Peregrin Tuk, sin saberlo definirá el aspecto de Trancos y el brillo oculto de Aragorn: "Las apariencias están contra ti, a primera vista, por lo menos. Pero luce bien quien hace bien".

Y ese es un fragmento apenas de lo arduo que enfrenta Trancos.

En esta desaparición de la persona real (en su doble sentido), Aragorn desaparece en beneficio de algo superior a sí mismo.

"Un hombre perseguido se cansa a veces de desconfiar y desea tener amigos...", dirá con nostalgia de algo que todavía no conoce en realidad: la gloria del triunfo.

En el momento en que se transfigura ante Sam Gamgee, Trancos parece más alto: "Si quisiera el Anillo, podría tenerlo... ¡ahora!", dirá en la habitación de la posada de Bree, ante un pequeño grupo de hobbits boquiabiertos y aterrorizados. Pero enseguida suaviza el semblante en el que brilla la luz dominante de sus ojos, sonríe. Un poco más adelante toma la espada por el pomo, sobre el que acababa de apoyar la mano amenazante, y al extraer la hoja, se la ve quebrada, inoperante todavía, hasta que vuelva a ser forjada para coronar su larga y penosa misión.

Pero a pesar de estar rota, Trancos la lleva al cinto. Es la espada del rey: "De las cenizas subirá el fuego", dice la profecía que lo acompaña. 

Y él mismo hace una profecía de sí: "Soy Aragorn hijo de Arathorn, y si por la vida o por la muerte puedo salvaros, así lo haré". Con estas palabras, la cenizas grises que cubren al "descoronado" se sacuden y dejan paso al que vuelve. Al que ofrece su vida, porque es quien es, para salvar a otros. Y así adquiere, aun, una figura mayor que la del Precursor.

Estamos en el último tramo de la misión del heredero de Isildur, apenas falta un año para que recoja los frutos de una siembra penosa, oscura y magnánima. 

La Comunidad del Anillo no se ha puesto en marcha formalmente todavía. Lo hará llevada de su mano.

"Si las gentes simples –dirá en el Concilio de Elrond hablando de sí y de los Montaraces– están libres de preocupaciones y temor, simples serán, y nosotros mantendremos el secreto para que así sea".


***

No quiere el Anillo, no quiere la gloria, ni siquiera se nota –y se dice– que del triunfo de su causa depende que su humano amor por la hija del Medio Elfo tenga alguna posibilidad.

Tanto que perder, tanto en juego, tanto propio en el tablero de una guerra fatigosa y terrible. Y Trancos, cubierto del polvo del camino, cansado, apenas encanecida su negra cabeza, no piensa en sí, no reclama nada para sí, ni siquiera la honra que se le debe: "Por mi parte perdono tus dudas. Poco me parezco a esas estatuas majestuosas de Elendil e Isildur tal como puedes verlas en las salas de Denethor. Soy sólo el heredero de Isildur, no Isildur mismo", le dirá a Boromir en Rivendel.

Por eso no sorprenderá que una vez derrotado Sauron y adquirido su reino, Aragorn distribuya honores, tierras y regalos de una manera espléndida y magnífica. Hasta parecer pródiga y desmesurada. No lo es en modo alguno.

Lo viene haciendo desde el comienzo, desde que se lanzó a los páramos del Norte con unos pocos Dúnedain, entregado a una guardia invisible y continua. No hay diferencia en su actitud, ningún cambio. Simplemente ahora dispone de más bienes para dar y los da con la misma largueza con que antes dio sus años opacos. Tampoco ahora le pertenecen todas esas cosas recuperadas, en el sentido en que hablamos habitualmente de que algo es nuestro.


***

Decíamos al principio que el apetito de poder desordena al que posee tal pasión y hace sufrir a los que soportan al ambicioso y posesivo.

Contrariamente, se benefician aquellos que están en manos del hombre magnánimo. Primero porque su yugo es suave; después, porque de él se recibe siempre más de lo que se espera.

Hacia el final, tras un año de fatigas, de regreso hacia la Comarca, en la posada de Bree, Gandalf y Cebadilla Mantecona –siempre reticente a la figura del ajado Trancos– mantienen una conversación reveladora. Especialmente para el posadero.

Y es Gandalf el encargado en esa conversación de cerrar con sus palabras las reflexiones suspicaces que al señor Mantecona le ha despertado a menudo el Montaraz. El rey cuidará tu tierra, la dejará vivir en paz y vivirás feliz en ella. "La conoce y la ama", dice Gandalf. Y le gusta tu cerveza y "dice que siempre es buena".

¿Quién es él? Hasta que entiende quién era Trancos.

"Trancos –exclamó cuando pudo respirar otra vez–. ¡Él con corona y todo, y un cáliz de oro! Bueno ¿dónde vamos a parar?".

"A tiempos mejores, al menos para Bree –respondió Gandalf".



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(Publicado por un servidor en la revista de la Asociación Tolkien Argentina, Mathoms, año 3, número 4 – Mayo de 1997



miércoles, 9 de noviembre de 2022

Sobre el amor de Tom Bombadil y Baya de Oro, hija de la Mujer del Río



Un amor es un afecto complejo entre los humanos.

La cuestión es si Tom Bombadil y Baya de Oro son humanos, del mismo modo en que quien esto escribe es humano, del mismo modo en que era humano quien los creó para la ficción literaria.

Y la respuesta parece indudable: Tom Bombadil no es humano en el mismo sentido. Sus notas accidentales –cuerpo, pelo, ojos, rubicunda faz– lo hacen aparecer como un sujeto sencillo, un hombre corriente, de buen humor, talante apacible, algo distraído. Atento y poderoso cuando atiende a los sonidos interiores de los árboles y el Bosque; no hay Túmulo que se resista a su palabra susurrante, a su canto fresco, los ponies le obedecen, el río le ha entregado sus secretos –y su hija– sin violencia ninguna, como si no se los entregara, como si se los devolviera a quien le pertenecen.

Baya de Oro lo sigue como el agua le obedece, como la piedra le es connatural, como los árboles lo escuchan, como los ponies se alegran de verlo. Y no es desmedro para ella ese asentimiento ante el natural señorío de Tom Bombadil.

Así es el amor que se tienen. Su dama Baya de Oro, su señor Tom Bombadil.

Sin embargo, para el gusto de humanos corrientes, y no sólo de apariencia humana, hay alguna nostalgia en esta peculiar amistad de Baya de Oro y Tom Bombadil. Quizás lo provoca la aparente falta de pasión, ciertamente que de pasión carnal; pero de cualquier pasión. No hay posesividad alguna, pese al “su” del tratamiento cordial que se dispensan mutuamente. No hay deseo, no hay concupiscencia, no hay “tendencia”, ni apetito. ¿Será un amor desencarnado? ¿Símbolo de algún tipo de amistad espiritual, en cifra y apariencia de casto matrimonio?

Pero no falta femineidad en Baya de Oro, no falta cierta sensualidad en el adorno de su cabello o de su mesa, en el viento y la lluvia delicados que refrescan y perfuman el aire de su casa, como ornamentos y no como fenómenos naturales.

Son como la substancia del amor matrimonial sin los accidentes, son como la amistad sin las obras de la amistad, como el desear sin la pena del deseo, como el sentir sin el ahogo del sentimiento. Y aún así no está ausente la presencia física del otro, o el arreglo personal, cargado de interés por agradar, uno complacido en agradar a otro.

Y hay emoción y espera en el amor de ambos; hay alegría en el reencuentro y regocijo en la mención y en el recuerdo del otro ausente. Hay delicadeza y búsqueda de complacencia del otro, interés en la mutua felicidad, en el mutuo bien.

Si es un amor real, ¿cuál de los amores humanos es? Si es un símbolo, ¿qué significa?

Habría que detenerse un instante en la historia general y decir quién es Tom Bombadil, quién es Baya de Oro. Para no complicar la imaginación de los lectores digamos que otros seres de la obra de JRRT comparten con Tom Bombadil su naturaleza.

Es con seguridad un ser angélico, no sabemos si mayor o menor. Quizás su misión está en el orden de lo natural, como guardián de la naturaleza. Y en la medida en que el bosque, el agua y las colinas representan ese orden, que en cierto sentido excluye lo humano, Tom Bombadil es el señor de todo ello.

Es semejante a Gandalf, aunque su aspecto es menos imponente y su participación queda en sordina respecto del curso más general de los sucesos. Lo que no significa que no sea más antiguo que el gran Istari y muy probablemente mayor que él. No resulta heroico y sus intervenciones parecen sí teñidas de un cierto desinterés, digamos cordial, por las grandes líneas de la historia, sin atender con pasión política los asuntos humanos. Es el Antiguo, el sin padre. Más antiguo que la primera gota de lluvia.

Su esposa es Baya de Oro, hija de la Mujer del Río, la bella Goldenberry, un habitante del Bosque Viejo. Bella, suave, gentil, conoce a su marido con un conocimiento sin tiempo. Sabe quién es como si nadie tuviera que habérselo dicho. Y casi nada más, o mejor dicho nada más.

El resto es la mirada que el lector le echa a esta pareja de seres a través de la fascinación de los ojos de los hobbits. Hay quienes los conocen, de un modo que se percibe antiguo, y que descansan su inquietud por la suerte de los pequeños viajeros, sabiendo que están en los dominios de Tom Bombadil y Baya de Oro.

Pero una y otra cosa resultan al final inexplicables. Lo que ellos son, lo que de ellos sabemos en realidad, no alcanza a explicarnos con certeza de dónde salen y –en el punto que ahora más nos interesa– de qué material está hecho el amor que se tienen.

Lo cierto es que hay afecto y es un afecto antropomórfico. Si Tom Bombadil es un ángel, con la encarnación que le significa su misión de guardián de lo plantado en Arda, le vino también el amar a los segundos nacidos con el amor con que ellos se aman entre sí. Si Baya de Oro es una mujer, y lo es, ama como ama una mujer. Curiosamente, en este caso, desprovista de las notas con que el folklore conyugal reviste habitualmente a las mujeres. No es quejosa, es leal, no murmura contra su marido, lo respeta, lo sirve sin que su sometimiento sea humillante, lo conoce profundamente y lo da a conocer describiéndolo con la mirada que el amor pone en los ojos del amante.

Y lo ama como se ama a algo superior, sin que quede explícito que lo es por su origen y naturaleza.

La correspondencia a estos sentimientos tan finamente delineados por JRRT en Baya de Oro es de una curiosa simetría por parte de Tom Bombadil. Y mientras él piensa en regalarla con flores, aromas y canciones, apura el paso para llegar a tiempo pues su amada espera. Si un ángel se encarnase y amara a un ser humano, seguramente amaría de este modo y angelizaría ese amor, sustrayéndole no la concupiscencia sino la extrema carnalidad, la excluyente, cuya satisfacción nos encamina al egoísmo.

No la despreciaría, pero la llevaría por fuerza a la altura de su propia naturaleza espiritual. Encarnado él mismo, como aparece en la figura de Tom Bombadil, él mismo conoce en su humanidad los afectos humanos y los modos humanos de estos afectos. Y lo que tienen de mejor en sí mismos, como propios y adecuados a la naturaleza humana, lo asumiría también y se humanizaría ese amor.

Lo dicho hasta aquí no debe llamar la atención. Hemos visto a JRRT transitar el camino de las posiblidades en otros pasajes y en otros personajes de su obra.

Desde el punto de vista mítico este amor conyugal es una posibilidad y como tal se presenta en el curso de la historia.

JRRT no está obligado a sacar conclusiones. Pero sí a ser coherente en lo que atañe a la naturaleza de los personajes y sus acciones. Y así ocurre en este caso donde la figura de este matrimonio se transforma en paradigmática, en la cordialidad de su trato mutuo que desborda en la afabilidad y hospitalidad para con los otros y en otro desborde, el de la fecundidad espiritual, acorde con lo que aparece como la misión de este guardián de lo plantado en Arda, que ayuda a crecer las cosas, de algún modo las alimenta, les corrige el crecimiento y lo rectifica cuando se tuerce, como lo haría un padre, un tutor o un encargado.

_______________________________________________________________________ 

(Publicado por un servidor en la revista de la Asociación Tolkien Argentina, Mathoms, año 4, número 5 – Abril de 1998) 



jueves, 3 de noviembre de 2022

a.




Hay en este libro 12 sonetos que se publicaron en el mes de octubre de 2022, en la bitácora ens.




domingo, 30 de octubre de 2022

Mi mundo tuyo


Sufre la rosa blanca y te pregunto.
Te cuento del zorzal de la mañana,
Te aviso que brotaron los geranios
y que la salvia azul ya dio una flor.
Te dedico un aroma a pan caliente.
Te hago oír una voz, una sonata.
Te encomiendo a la lluvia o a la tarde
y te muestro la luna si es enorme.
Pruebo un vino excelente y te convido.
Llora un niño y espero que lo alces.
Y cocino los platos que te gustan.
Y vas conmigo si camino el bosque.
Y si rezo en silencio me acompañas.
Y así es el mundo si no estoy contigo.



 

viernes, 28 de octubre de 2022

Y un mar de sola luz


Peña que se alza. Un río que trasmina
manzanilla y romero. Y, a mi paso,
vienes a mí y contigo me acompaso,
pie de mi pie que por tu andar camina.

De sólo andar tu aroma me retraso
y el corazón hacia tu andar se inclina
y un mar de sola luz que me ilumina
es fresca y dulce luz en que me abraso.
 
Todo es andar, mujer, ir a tu encuentro
y contigo llegar al mismo centro
en el que todo, si eres tú, fulgura.

Todo es andar y siempre estar llegando
al mismo gozo que me está esperando,
el mar de sola luz que es tu figura. 



 

De hoy en más


¿Por qué me está rondando tu ave en vuelo?
¿Por qué florece un canto diferente?
¿Qué nota nueva entona sonriente?
¿Qué cielo nuevo surca ya en tu cielo?

¿Qué sed me sacia el agua de tu fuente?
¿Por qué no hay más nostalgia ni desvelo?
¿Qué amanecer despunta en terciopelo?
¿Por qué te miro deliciosamente?

Con tu ave en el aire me confundo,
vuelo en tu vuelo, el tiempo se silencia,
disuelta su apariencia cegadora.

Será que de hoy en más empieza el mundo.
Que con tu risa empieza la presencia.
Que hay una eternidad que empieza ahora.


 

jueves, 27 de octubre de 2022

Mi luna nueva en ti


Ya no hay noche, mujer: está encendida
la lámpara del pecho que ha brotado
de simiente de luna y ha llagado
en cielo adentro de una sombra ardida.

Es cielo, sí, mujer, y en él me has dado
una luna de amor desconocida
que germina en mi vida, que es tu vida
desde que estás en luna a mi costado.

Mi luna nueva en ti de noche viene,
me abraza con los rayos de tu abrazo
que en luz entera estalla y me retiene.

Mi luna nueva en ti me ha convertido,
tibieza dulce y luz de tu regazo,
en mucha más verdad que lo que he sido. 


 

miércoles, 26 de octubre de 2022

No sé si eres milagro


(Creció como un silencio de tormenta, 
urdió la voz con viento suave y silbos.
Miró la tarde y la encontró sin brillo
y en mis ojos fue luz que la encendiera.

Puso la nube en trance y se hizo lirio.
Dijo palabras suyas, pero nuestras,
y alzó su mano y completó la siembra
y al trigo lo hizo verde con suspiros.)

No sé si eres milagro de este día,
si eras mágica enantes y hoy te veo
mágicamente gobernar las cosas.

No sé si eres milagro, amanecida 
en este tiempo que no sé si es tiempo
o en esta eternidad que eres ahora.




martes, 25 de octubre de 2022

Antes de ti no existe

 

No preciso el olvido o la memoria.
Ni la nostalgia o el dolor pasado.
Ni hay un recuerdo que me aprese, anclado,
al torrente de tiempo de la historia.

Tengo ante mí el presente que has labrado
y una luz de alegría perentoria
que es todo gloria, amor: ¡es tanta gloria
que estoy del todo en ti glorificado!

Antes de ti no existe: fue la nada.
Y todo no era todo: no existía.
Y ni siquiera sé si lo sabía.

Pero ahora sé que fuiste inaugurada,
que yo no era hasta que tú me hiciste,
y sé, al final, que antes de ti, no existe. 



Sonríe tu mano


Tropel de claridad, el sol inicia
el día de la siega, un firmamento
de espigas en sazón que, en un momento,
serán torrente y luz, todo primicia.

Sonríe el lino azul, sonríe el viento,
y el agua ríe y es el río albricia;
me sonríe tu mano en su caricia,
paloma de mi paz y mi contento.

Tengo trojes de gozo y de delicia,
y es colmena tu voz, que me es nutricia,
de puro amor que das en mi alimento.

Por sembrar tu alegría me impaciento,
y soy surco feliz de ti y hambriento
de celebrar tu mano que acaricia.



lunes, 24 de octubre de 2022

Renuncia

 

Se harán mudos las manos y el papel
y el desuso será de madrugada.
Con tinta seca y con la voz callada
dormirá cada libro en su anaquel.

A su cantero libraré al clavel
y quedará la rosa abandonada;
no habrá colmena bulliciosa y nada
hablará ya del polen o la miel.

Oxidará el rocío la herramienta.
El tala habrá logrado su anarquía.
Se extinguirán la albahaca, el sol, la menta.

Malvones y zorzales, la alegría,
caducarán, despojos y osamenta...
cuando me falte tu mirada un día.  



domingo, 23 de octubre de 2022

Quien eres


Ser quien eres es ser rosa y paloma,
es ser canto y la luz atardecida,
es ser quietud y mar, costa dormida;
es ser tibieza y viento, es ser aroma.

Ser quien eres es ser toda la vida,
es ser mi noche y ser el sol que asoma,
es ser cada palabra en cada idioma,
es ser y estar en soledad querida.  

Y ser quien eres es ser mi destino.
y ser torrente y manantial, pradera.
Y ser quien eres me hace peregrino.

Pues ser quien eres es ser la primera 
y ser posada al fin de mi camino
y ser el ser que para ser se espera.


 

sábado, 22 de octubre de 2022

Sur que me llama


Fue tuyo el viento azul y no me herías.
Trazo de sal, tu nombre no me hiriera
esa noche en la costa marinera
cuando lo pronuncié mientras dormías.

Sur que me llamas, tú, cielo en espera,
sol de mi abrigo en luz que me decías
hebras de amor sin tiempo y alegrías,
para enhebrarme en ti cuando quisiera.

Sombra del ala tibia es tu cintura,
torcaza de algodón, flor encarnada, 
lirio de plata y trigo tu figura.

Toda en añil de mar fulge anidada
en mi pecho tu voz, si me conjura
y al sur de ti me llama, enamorada. 


 

lunes, 17 de octubre de 2022

Miro este mar


Arena son y tiempo entre mis manos
los años de este mar que miro ahora.
Playas del cielo y luz deslumbradora:
instantes ciegos son, y tan lejanos.

Espuma y fuego son, viento y aurora,
tristes de sal y sol, mudos y arcanos.
Y van trazando huellas mis pies vanos
sobre este acantilado que te ignora.

Este vacío y mar que miro, un día
tuvo el sabor frutal en su costado
y eras todo este mar y yo a tu lado.

Miro este mar ahora. Estás ausente.
Me enfrenta sin oleaje un mar doliente,
que sin ti ya no es mar, es elegía.


 

domingo, 16 de octubre de 2022

Ante la muerte de Perón



En agosto de 1974, la Guardia de San Miguel emitió un documento que tituló Ante la muerte de Perón.

Juan Domingo Perón había muerto hacía poco más de un mes, el 1° de julio de ese año, en ejercicio de la presidencia (la tercera) desde el 12 de octubre del año anterior, tras las elecciones de septiembre, en las que obtuvo casi el 62% de los votos.

Al facsimil de ese documento, que dejo aquí, se llega a través de la imagen, que es su encabezado.

*   *   *

En esas fechas, tenía 17 años.

Me sorprende –y me alegra– ver que lo que suscribí hace casi 50 años es, en substancia, lo mismo que suscribiría hoy. Aunque en estos decenios el peronismo haya cambiado de piel varias veces y haya mutado proteicamente y haya mostrado (a veces al mismo tiempo...) caras diversas –todas con la pretensión de ser peronistas, aunque de hecho resulten contradictorias–, sigue la impronta con la que lo selló Perón, su fundador. Le imprimió un carácter indeleble tal que sus variantes no desmienten nunca a quien lo pergeñó, aunque sean contradictorias. De modo que todas ellas parecen tener razón al sentirse su verdadera versión. Que esto violente el principio de no contradicción, no es culpa de un servidor sino de la naturaleza de Perón y del peronismo.

Varias veces he hablado aquí del peronismo y sus subsedes y seguramente otras varias habré de hablar. Y varias veces dije aquí y en otras partes que su peor raíz es su pretensión de identificar al peronismo con la patria, de modo que a los peronistas (y a Perón) no sólo ambos –patria y peronismo– les resultan idénticos, sino que postulan que no puede existir una sin el otro, creyendo y queriendo hacer creer que no existe la patria sin peronismo. Y hasta creyendo y queriendo hacer creer que el propio peronismo es la patria.

En cualquier caso, este documento, además de una reliquia, que a mi juicio resiste el paso del tiempo, expone puntos significativos de lo que pienso al respecto, y mejor dicho que lo que podría decirlo.



miércoles, 5 de octubre de 2022

¿Cómo pudiste?


¿Cómo pudiste deshacer las horas
y hacer que el tiempo desapareciera
y fuera sólo luz y primavera
y ya no fuera más tiempo y demoras?

¿Como pudiste hacer que el fuego fuera
no más ceniza gris y encantadoras
cenizas de la nada, seductoras
cenizas frías de una fría hoguera?

¿Cómo pudiste gobernar mis días?
¿Cómo pudiste ser mi voz, mi canto?
¿Cómo pudiste siempre florecer?

¿Cómo pudiste amar lo que amarías?
¿Cómo pudiste ser en todo tanto?
¿Cómo pudiste estar con sólo ser?



miércoles, 28 de septiembre de 2022

Los papeles de Miguel (IV)


¿En marcha?

La tarde se me fue en trabajos y escritos. Apenas una salida de unas dos horas para socorrer a un amigo que necesitaba transporte.

Cuando volví, ya oscuro, sobre la mesa estaba el misterio de Miguel en su ropaje de papeles. Una breve demora más para preparar algo caliente con que afrontar el asunto y, con cierta inquietud, me senté finalmente frente a lo que el viejo restaurador me había entregado a la mañana.

La señal que Miguel me dejó en la esquela trabajaba mi ánimo. ¿Debía ponerme en marcha en ese camino imaginario del que hablaba? ¿No era más prudente tomar el asunto como una excentricidad, tramada con unas cuantas metáforas o analogías? ¿Era imaginario o había efectivamente un camino real?

Y resultó que sí lo había.

Estuve un rato mirando lo que se suponía sería la tapa, si eso fuera efectivamente un libro. No había imágenes, sólo tipografía y el nombre de Miguel, además de un año al pie, que, curiosamente, no era el año en el que estábamos, pero en ese momento pensé que se trataba de un error de tipeo y no le di importancia.

La Advertencia al lector eran en realidad tres párrafos crípticos. Si pensaba introducir o guiar con eso la lectura, había fracasado. Eso, al menos, pensé cuando los leí y, ya algo impaciente por ese galimatías, apuré el paso y me fui a la primera página del texto. 

La primera cosa extraña que noté al mirar la página fue que, debajo del título, entre paréntesis y en bastardilla, había una leyenda que indicaba, con un tono que se me figuró algo imperativo, en qué lugar había que leer el poema en cuestión: ("para leer en..."). Tampoco allí faltaba el detalle críptico, porque, como vi después, cada título era el nombre de alguna flor o de algún árbol.

Otra vez sobrevino un cierto disgusto. Miguel se estaba tomando demasiadas atribuciones. Empecé a pasar las páginas rápidamente y en todos los poemas había una instrucción igual, aunque los lugares y la botánica cambiaban cada vez. En el repaso, advertí algo que la molestia de la primera página no me había dejado ver: no era sólo el lugar sino un punto determinado en ese lugar.

Cerré el cartapacio, en parte fastidiado pero de otra parte con una sensación confusa, mezcla de resistencia y obligación. Sobresalía una hoja y por instinto volví a abrir el cartapacio para acomodarla. Era la esquela de Miguel. Y, fantasiosamente, se me presentó como una señal. Como si Miguel me recordara de ese modo el contenido de la esquela y las dos frases subrayadas: siguiendo los caminos, se llega al final, pero que una vez tomado el camino, sólo queda llegar al final.

Tomé los papeles y los llevé al escritorio. Caminé como un autómata hasta el cuarto, busqué una campera y salí a la noche algo más que fresca. Durante bastante tiempo anduve al azar y sin rumbo, porque caminar me parecía que me alejaba sobre todo de una determinación: ¿me pondría en marcha o no?

Cada vez que lo pensaba sentía un rechazo visceral. Tal vez, muy probablemente, porque sentía que se me obligaba a algo que no había decidido por mi propia cuenta. Y no me gusta que me obliguen. Pero tal vez porque intuía muy borrosamente que mi participación en lo que consideraba un disparate tenía un sentido. Y esa era la verdadera obligación: cumplir el papel que aquella aventura pedía de mí.

Pasé sin advertirlo por la puerta de un pequeño bodegón. Lo habré registrado sin mirarlo porque, a los pocos pasos, me volví y entré. Busqué una mesa apartada y una obsequiosa señora de mediana edad se acercó a saludarme y ofrecerme la carta.

Mientras hacía que la leía (debe de haber advertido mi distracción): "Esta noche hay sorrentinos con crema de hongos", dijo con una sonrisa afable y sincera y asintió animándome a hacer lo mismo.

Pedí una copa de vino y comí ensimismado, solo distraído por la mujer que otras dos veces se acercó a la mesa. Siempre algo ido, pagué y volví a caminar un rato ahora por las calles vacías de la casi medianoche.

Cuando llegué a casa, siempre automáticamente, busqué el bolso de viaje y lo dejé junto a la silla. Lo miré meneando la cabeza en un gesto todavía de incredulidad y me dispuse a acostarme. Apenas unos minutos y me dormí. Pero en esos minutos alcancé a tener la imagen de estar manejando por una ruta rumbo a un punto desconocido de un lugar en medio de la provincia.

(continúa)




sábado, 24 de septiembre de 2022

Del amor sin tiempo, ahora





Hace unos cinco años, en una entrada que se tituló Del amor sin tiempo, traje este poema y dije que alguna vez tendría que decir en qué circuntancias misteriosas y felices nació. Felices me parecieron bastante después. Misteriosas son todavía, en algún sentido.

Pero ahora es cuando llegó el momento de contar su historia.

A principios de la década de 1990, todavía hacía algunas cosas en periodismo. Entre ellas, dirigía en mi comarca El Juglar, una revista local que, con todo y eso de ser local, logró alguno de esos premios que suelen darse.

Había un diseñador excelente con el que nos entendíamos de maravillas. Era muy talentoso y no podíamos ser más distintos en casi todo, menos en una cosa: el gozo de la belleza, aunque –hay que decirlo– también en ese territorio teníamos diferencias. 

Por razones de amistad, en esos días ayudaba a un otro amigo con alguna publicación de otro género, que también requería de un diseñador. Le pedí al de El Juglar que hiciera el trabajo. Como un servidor se ocupaba pro bono, a él le pareció que tampoco debía cobrar por su oficio. Y a pesar de que hubo discusión sobre ese punto, así fue finalmente. De modo que ambos nos aplicábamos por amor al arte.

En uno de los últimos encuentros por ese trabajo, me contó que unos amigos se casaban en España y que él había ofrecido su arte para hacerles las participaciones. Era un especialista de muy alto nivel en tipografías y se ocupaba de eso en la UBA, además, en una cátedra prestigiosa. También tenía sus conceptos en materia de papel y tintas a usar y era casi obsesivo buscando la nobleza de los materiales.

Pero resultó que quería ponerle algo de poesía al oficio y no sabía qué. De modo que me preguntó si podía buscar algún texto lírico que sirviera para la ocasión, ya que ése era mi oficio, según él. No el de buscar, sino el de la poesía.

Estaba en deuda con su generosidad, de modo que no quería negarme y sí quería corresponder.

Temprano, una mañana de sábado, lluviosa y destemplada, y con nada de ganas de bajar a la ciudad, tuve que tomar el tren, vacío a esas horas de un día de fin de semana. Llevaba un libro para paliar el viaje a Babilonia, que siempre me disgusta. Unos ensayos de Josef Pieper sobre los mitos platónicos fueron los elegidos. Busqué un asiento, me arropé, veía los goterones apedreando los vidrios de la ventanillas. El aire frío se colaba por todas partes. Lamentaba mi suerte, pero habíamos quedado en reunirnos ese día para retirar el trabajo que le había pedido y que ya había completado.

Apenas al salir de la estación del pueblo, el tren bordeaba a su izquierda un paredón que lucía unas pintadas políticas de ocasión. Miré distraídamente las letras y, quién sabe por cuál asociación insólita, me acordé, sobresaltado, del pedido del diseñador con el que quería cumplir y había olvidado por completo. Mi angustia aumentaba tratando de recordar algo que pudiera servirle. No eran tiempos como los nuestros de estos días. No estaba disponible la biblioteca virtual que ofrece todo de todo, o casi. Pero la verdadera angustia venía de mi memoria raquítica. ¿A qué estante de mi memoria vacía iba a recurrir? Sólo recordaba unos versitos de Machado en Mairena, pero –gustándome y todo– a esa altura sonaban pobres.

Dos o tres estaciones pasé hundido en un sentimiento agrio de ingratitud vergonzosa. Pieper, mientras tanto, no podía abrir la boca: la urgencia no lo dejaba decir lo suyo. De hecho, casi ni reparé en el librito que tenía en la mano. Hasta que reparé en él. Cuando llevo un libro "para el viaje", suelo poner una o dos hojas adentro y llevo un lápiz. Esa vez puse al salir una hoja que ya tenía alguna que otra nota sobre Platón. Quedaba una espacio todavía.

Lo único que podía hacer era remediar el olvido con unas líneas propias. Y eso hice.

¿Era eso escribir versos por encargo? No supe que decirme entonces. Pero sí me lo pregunté una y otra vez durante años y en esos mismos años nunca estuve seguro de la respuesta. Si hubiera sido eso, me rebelaba la idea de tal modo que la rechazaba de plano, siquiera antes de considerarla. Y creo que, por entonces, era una reacción intuitiva.

Y así fue, hasta algunos años después, en medio de estos 30 años que han pasado desde entonces. Y pasó que me di cuenta un día de que el tú lírico siempre es el mismo, siempre corresponde a una sola persona. Y a sólo ella. O, para ser bastante más exacto, a un sólo amor, a una sola amada, siempre ella el de los poemas, aunque jamás se la nombre. 

Porque, como decía días atrás, el nombre que está grabado en el corazón, es el nombre de la persona con la que "se habla" en un poema, en todos los poemas, siempre: "Prendido está en mi alma vuestro gesto", diría Garcilaso, a su modo.

El caso fue que, en cuanto llegué a su estudio, el diseñador tuvo primero que oír la historia de cómo nacieron esos versos. Y eso, que a mi me avergonzaba y humillaba, a él le parecíó increíble y excepcional. Estaba tan entusiasmado que casi ni hablamos de lo que nos había reunido y en cambio se puso a especular respecto del tipo de letra y el papel que usaría, y cosas así...

Pasó casi un año, no volví a verlo. Pero una mañana, los de la casa me anunciaron que alguien me buscaba afuera para entregarme algo que me había traído. Era el diseñador que, con emoción, en la vereda misma, me entregó el original del poema que había usado para hacer la tarjeta. Un finísimo papel de algodón sin químicos, escrito con una tinta especial y con una tipografía que él mismo había rediseñado. Y es eso mismo que me entregó lo que ilustra esta entrada.

Al acto solemne de la entrega ritual, le agregó el cuento de la la suerte que corrieron los versos, después de aquella boda española. Y así fue como contó que se esparcieron por otras partes, porque algunos de los asistentes le pidieron permiso a los novios para usarlos en sus respectivas bodas.

Gustavo –ése es su nombre– estaba más contento que un servidor, que más bien estaba sorprendido, y la suya era una alegría genuina y artística, una alegría despojada completamente de vanidad y sólo atenta a la obra de arte, que fortuitamente mi falta de memoria había ayudado a componer.

Hoy, en una charla con un amigo de visita, mientras hacía unos trabajos de carpintería, recordé el episodio, porque los temas derivaron hacia esos asuntos y porque también él conoció a Gustavo en aquellos años y a propósito de El Juglar.

Es el episodio lo que recordé hoy. No los versos, que son de las pocas cosas que recuerdo de las que pude haber compuesto. 

El misterio de lo que dicen y la razón de ese misterio, tal vez quede para otra vez. Tal vez no.




miércoles, 21 de septiembre de 2022

El amor de su vida


Unas lecturas para preparar unas charlas sobre el lenguaje de la poesía, me llevaron a un ensayo lleno de sugerencias. Trata sobre el retrato y el nombre de la amada grabado en el corazón del amante y el rastreo de esa cuestión en los testimonios literarios. Porque es tópico literario antiguo, muy antiguo, y aun llega a estos días nuestros.

Si alguien se interesa, aquí queda la forma de llegar a él. 


Pero, a la vez, releía también la biografía de F. Dostoievsky que con acierto escribió el ya fallecido noruego Geir Kjietsaa. Y –así son las cosas– a propósito de un episodio que allí se cuenta, me fui por el camino de los ejemplos de poetas que han llevado en el corazón el retrato y el nombre inscripto de su amada. O más precisamente del amor de su vida.

Dostoievsky, se sabe, se casó dos veces y tuvo hijos con la segunda mujer, Anna Grigorievna Snitkina. La primera fue Maria Dmitrievna Isayeva, bastante mayor que él. Sin embargo, el amor de su vida fue Apolinaria Prokofievna Suslova, a quien llamaban Polina Suslova. Más joven que Fiodor, era una muchacha de carácter vivo que iba y venía en los avatares de la relación, relación que no llegó a matrimonio. Pero ella quedó en la obra del escritor en varias novelas y relatos. La que se destaca, entre varias, es la apasionante Nastasia Filipovna de El Idiota, de la que el protagonista, el epiléptico Lev Nicolaievitch Myshkin (como el autor), está perdidamente enamorado.

Algo parecido puede decirse de Catulo, el joven poeta romano del siglo I aC, y su tormentosa relación con Clodia, que dio origen a no pocos de sus Carmina. Tormenta del corazón de la que quería y no quería desprenderse y que atestigua el conocido Carmen 85, Odi et amo

¿Y Dante? No hay un solo verso dedicado a Gemma Donati, su esposa y madre de sus hijos Giovanni, Pietro, Jacopo y Antonia (que tomó los hábitos con el nombre del amor de la vida de Dante... sor Beatrice). Toda la obra del altissimo poeta, prácticamente está puesta bajo el nombre de quien lleva en su corazón: Beatrice.

¿Y su vecino aretino, Petrarca? Sabemos que tuvo dos hijos y no sabemos bien de quién son hijos, y no sabemos mucho más que eso de su vida amorosa. Pero, allí está su Canzionere, para decir que lleva grabado indeleblemente el nombre de Laura de Noves en su corazón y en la mano con la que le escribe y alaba.

Y algo parecido a lo que se dice de Gemma Donati, se dice de Anne Hathaway, la mujer de William Shakespeare, 8 años mayor que él, con quien casó a los 18 años y fue la madre de al menos 3 de sus hijos. De los 154 sonetos que se le atribuyen a Wil Shakespeare, buena parte dedicados a amores del poeta, hay apenas uno dedicado a ella, con frases ambiguas según algunos críticos. Tan difícil como eso es rastrear a la misma Anne en las obras de teatro.

¿Y Garcilaso de la Vega? Hombre gentil y valiente... y enamoradizo y muy atractivo para las mujeres. Con muchas tuvo asuntos. Pero casó con Elena de Zúñiga que le dio 5 de los hijos que tuvo el Príncipe de las letras castellanas. ¿Elena es la Elisa que Garcilaso tiene grabada en su corazón y persiguió en casi toda su obra? No y no sabemos, dicho sea al pasar, quién sea exactamente esa Elisa (si Beatriz de Sa o Isabel Freyre, bellísimas ambas), la Elisa cuyo nombre tuvo en los labios en sus últimas y heroicas horas de vida corta.

¿Y Cervantes? Sabemos que, de un amorío, nació una hija, Isabel de Saavedra, reconocida por él recién cuando la niña tenía 15 años y la única que se le conoce. Pero, poco después del nacimiento de la niña, casó con otra joven, Catalina de Salazar, casi 20 años menor que apenas había conocido hacía unos 2 ó 3 meses, en la casa de amigos y casualmente. Con ella, por largos y frecuentes viajes del poeta, vivió muy intermitentemente por unos 15 años. En cambio, ya  no se separó de ella en los últimos 15 años de vida. Dicen las biografías que Catalina lo amó. Sin embargo, apenas hay unas líneas –muy formales y consideradas– que se estima están dedicadas a ella en el Quijote de 1615, la segunda parte. ¿Era Catalina su Dulcinea, la que Quijote llevaba en su corazón grabada? No parece y diría que no.

En fin. 

No hace falta mucho más –y hay mucho más– para que quede dicho lo que queda dicho.

Ahora bien.

Entre los aforismos de su De tumbo en tumba, Braulio Anzóategui, en el capítulo de Abril de 1966, incluyó uno titulado Anónimo:
Me lo previno una vez un santo confesor, viejo y cargado de juvenil sabiduría: es difícil, muy difícil, hijo, quitarse una mujer de encima; pero más difícil es quitársela de abajo.
Además de arruinarle el chiste al filoso y jacarandoso Braulio, sería una mojigatería zonza ponerse a especular sobre la moralidad del consejo o de la inclusión de la leve zafaduría en el libro...

Pero no puedo dejar pasar un asunto, digamos, espacial, mi estimado Braulio.

Porque no se trata de encima o de abajo.

La cuestión es el adentro: el corazón.

Porque, si es difícil, y muy difícil, lo que dice el confesor que es difícil y muy difícil (y no hay discusión sobre esto), nada dijo en cambio el viejo sabio del adentro, del corazón: allí donde el nombre y el retrato y el ser de la amada se graban, indelebles.

Y conjeturo que no lo dijo porque, precisamente, era sabio. Y sabría que el nombre de la amada que el amante lleva de ese modo en el corazón grabado, resulta que, si allí está, allí se queda.

¿Y con eso?

Y con eso, eso.



domingo, 18 de septiembre de 2022

Los papeles de Miguel (III)


El primer camino.


Estacioné en una calle cortada. A las 10 de la mañana no quedaba un solo lugar libre, salvo ése. Estaba a media cuadra de la dirección que indicaba el pequeño papel de Miguel, a la vuelta de donde había dejado el auto. El contraste entre el páramo de la calle cortada y el resto era curioso: ni un solo árbol en las veredas de la calle chica y en la calle grande había una mezcla de plátanos bastante viejos y una siembra de fresnos relativamente reciente, parecían ciudades distintas.

Casi justo en la mitad de la cuadra, había un pequeño local, pero estaba cerrado. Las rejas eran antiguas y eso llamaba la atención. Parecían ornamentales más que seguras. Pero el paso lo cerraban de cualquier manera. El local estaba adosado a una casa antigua como las que se ven en los barrios viejos. Un pequeño pero muy cuidado jardín al frente y a unos diez metros la casa, que comenzaba, bajo un porche, con una torneada puerta de roble alta con visillos y una ventana alta y angosta a su lado.

Una cortina se corrió después de un minuto cuando llamé con lo que parecía un timbre, pero era en realidad una pequeña campana en el porche. El mecanismo era curioso y en eso estaba pensando cuando una mano me indicaba desde la ventana que ya me atendería enseguida.

Un hombre que habría pasado los 70 años caminó sonriente hasta la reja de la puerta de calle. Cuando levantó la cabeza me miró amablemente intrigado.

Le expliqué lo más claramente que pude qué me había traído hasta allí y me disculpé por molestarlo en la casa, porque el local estaba cerrado y la dirección que tenía era la del local.

Sonrió otra vez y meneó la cabeza asintiendo. 

–Usted viene por lo de Miguel –me dijo y me sorprendió.

– Sí, en realidad, le confieso que no sé exactamente qué es "lo de Miguel..." pero...

–Claro, entiendo... –y siguió sonriendo.

Sin abrir la puerta de reja, me pidió que esperara. Iría a abrir el local.

–Miguel dejó algo para usted y me avisó que vendría, pero yo lo esperaba hace unos meses... 

Lo dijo mientras se daba vuelta y se dirigía al local. Si la mueca sutil era de reproche, había logrado el punto justo como para que no lo supiera de cierto. Alcé los hombros por toda respuesta.

Entró al local por una puerta trasera que no vi. Inmediatamente apareció en el frente abriendo la reja del local con una llave curiosa por lo antigua. Y me hizo pasar. El lugar estaba lleno de libros en estanterías lujosas y apilados en el suelo, láminas con mapas, desparramadas artísticamente sobre una mesa en medio del recinto, algunas reproducciones de cuadros de muy buena calidad. En un rincón había un samovar muy bruñido que se hacía notar. A su lado, sobre la pared, un icono ruso que lucía auténtico y no como una estampa pegada en una madera. Volvió a desaparecer.

Unos minutos después, saliendo de un cuartito diminuto al fondo del local, reapareció. Traía un paquete del tamaño de una caja angosta. Podía ser un libro por las dimensiones. Sobre el papel azul que envolvía el contenido, un hilo de sisal sujetaba el conjunto. En una punta, pegada al papel azul, había una mínima etiqueta con mi nombre. El viejo me entregó el paquete con un gesto de misión cumplida.

–Miguel me dijo que Ud. vendría y que le diera esto.

El viejo parecía entender de qué se trataba, pero yo no. De modo que puse cara de entender y arranqué una breve conversación sobre las cosas que había en el local, la mayoría valiosas, aunque se tratara de libros viejos. Me explicó con mucha precisión la naturaleza de su ocupación. Restauraba libros antiguos y muchas veces recibía ejemplares notables que prefería comprar. Algunos volvía a venderlos a coleccionistas, otros se los quedaba. Algunas gentes pasaban a ver los objetos, en su mayoría conocedores. Había un circuito esotérico para esos objetos y los que los estimaban conocían el camino hasta ese local anodino en una calle de barrio.

Miguel, al parecer, era uno de ellos. El viejo lo conocía "desde hace muchos años..." y eran, también al parecer, más amigos que conocidos.

Apuré la despedida, inquieto porque iban abriéndose ventanas a mundos desconocidos que no podía asimilar. 

–Miguel es así, tiene esas cosas... – terminó diciendo.

Las tendría Miguel y el viejo lo sabría, pero a mí me sorprendió descubrir una vida oculta a mis ojos de alguien que podía considerar mi amigo. Y tanto que había confiado en mí para este asunto. Pero es verdad también que no me había explicado de qué se trataba y en qué me iba a meter. Lo saludé con la promesa de volver a conversar un día, una formalidad que iba a cumplirse, aunque no lo sabía entonces.

En cuanto estuve de nuevo sentado frente al volante, sin encender todavía la máquina, dejé el envoltorio en el asiento del acompañante y me quedé pensando qué había ocurrido en realidad, con la sensación extraña de que estaba entrando –un poco a los empujones– en una novela de suspenso.

Repetí el gesto en cuanto llegué a casa. Dejé el paquete sobre la mesa, sin abrirlo, mirando fijamente la etiqueta con mi nombre. Sólo me aparté para prepararme un té, lo traje a la mesa, acerqué una silla y me dispuse a abrir el misterio.

No era exactamente un libro pero tenía la intención de serlo. Hojas sueltas en un cartapacio de cuero. La primera hoja tenía aspecto de ser la tapa del supuesto libro, la segunda era una portadilla, la tercera sólo tenía una especie de epígrafe, la cuarta estaba en blanco, la quinta tenía un título: Advertencia al lector, y tres párrafos. A partir de allí, un conjunto de poemas y, al final, un índice.

Había una hoja más, manuscrita, después de la última. Y resultó ser una esquela breve con la firma de Miguel... para mí. Sin más explicación, me decía que, siguiendo los caminos, se llega al final, pero que una vez tomado el camino, sólo quedaba llegar al final.

Antes de la firma, como si hubiera adivinado mi estupor, había una frase: "Y sí... escribo poemas".

Dejé los papeles (ya me ocuparía de leer todo con cuidado), aparté la silla, tomé la taza y me dediqué al té, que seguramente digeriría más rápido y más fácil que las peripecias de esa mañana. 

A esa altura, no sabía si considerarlas un disparate o una excentricidad de Miguel o una aventura para mí.


(continúa)

jueves, 15 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (7)


Un día moriré sobre este llano
(y cuándo sabe Dios).

Pero algo saben ellas,
las banderas al aire atadas a ese mástil
que son tus ojos, niña; 
cortejo de arreboles flamígeros te llevan
en las andas del día
y en el sol que te espera en esa tarde 
junto a la fosa abierta:
la puerta solitaria hacia mis huesos, 
el lecho de mi sangre en tierras que labramos
entre surcos de besos y semillas,
tierra que conquistamos con amor y con lágrimas,
en ese tiempo breve que el tiempo nos ha dado.

Un día moriré de verte bella,
erguido el estandarte de tu risa y tu canto,
clavado sobre el pecho en el que anidas
tibiamente cantando,
riendo las campanas sonoras de tus labios.

Y ese día, en el mundo,
verás que no fue vana la guerra. Y el combate.
Con guirnaldas de fuego,
con salvas de calandrias,
con desfiles de gloria, en flor los ruiseñores, 
estarás a mi lado.

Un día moriré, Dios sabe cuándo.

Y cuando llegue el día
nos hallará desnudos del peso de los años,
aparte de las gentes,
un ejército mínimo que no ha dejado el campo,
abrazados al día que cada día trae,
batiéndonos, venciendo al viento de estos días
que taja nuestras manos,
llagadas de un amor que no se rinde nunca,
heridas de un amor 
que nos sembró el amor a una patria que tiene 
tu ternura y tus ojos.


 

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (6)


El corazón aguarda, centinela.

Mira la noche con su cielo en llamas
de estrellas y artificios;
y adivina el peligro y la traición.

Ya sabe que en lo oscuro se agazapa rugiendo
una palabra hipócrita,
una piedad que miente bendiciones.

Y hay mentiras que reptan,
sus codos y rodillas en el barro,
su vientre entumecido,
simulando un coraje y una bondad de estiércol,
buscando ver vencidas las miradas
que respiran amor cuando miramos la gloria de este día.

Viene por ti y por mí, 
viene en su furia el animal furioso,
a devorar las horas que tú enhebras
trazando vida en páramos estériles:
munición de alegría
con la que andamos juntos, 
entre un vaho de celos espumosos,
de soledad fingida y de amores cobardes...

Tú en tu vestido claro de septiembre,
yo en mis silencios de la primavera.
Yo en el puesto de guardia de tus ojos, 
tú en mi atalaya, toda aroma a nuevo.

Nuestra guardia es jazmín,
nuestra guardia es del ave que nos guarda,
nuestra guardia vigila en vilo la esperanza.

Y nos sonríe esta guardia infatigable
porque nada nos es noche en nuestra noche,
porque todo nos es aurora y luz,
de pie sobre este campo que nos fue concedido,
custodia inseperada
de un bien que nos promete nuestro gozo.




martes, 13 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (5)


Nos cruzarán el pecho, metralla de capullos,
y esparcirán sus bocas como pétalos
por la piel. Y su aroma
aromará una muerte perfumada.

Serán ráfagas rojas de rosales
y serán las espinas como besos y trinos
que hendirán con recuerdos cada día
y abrirán lo que llega
y sembrarán la patria que soñamos:
toda de cielo,
toda de nieve y cielo,
toda de nieve y cielo y luz dorada.

Me abrazará la muerte y en tus brazos
reviviré mis horas, si me cantas estrofas de caricias,
con tu rumor que es bálsamo,
con una danza que este fuego avive
y me devuelva, entero,
al campo en el que luchan los que luchan
sin más pendones que el amor más alto.

Iré con tu rosal como un escudo,
en mi mano la espada de tu nombre,
con la coraza dulce
de tu frente en mi pecho.

Es la muerte feliz: 
morir de un derredor de tu dulzura
que al cubrirme me marca con tu inicial a fuego.

Una llama que enciende el corazón
lo hace hoguera feliz,
clarín y voz que anuncia 
la causa y el destino de esta guerra:
una insigna de luna, feroz como un zorzal, 
que enciende mi garganta
y en plata se transforma,
con el amor más puro teñido en tus colores,
con un himno que brama su luz en tu homenaje.