A las cansadas, cuando ya pasó un poco la espuma, vi la serie sobre El Eternauta.
No voy a hablar de Oesterheld, ni de Breccia ni de la suite caótica de todos los hijos de la obra original. Ni de los líos legales.
Menos voy a hablar del tironeo ideológico, ni de la ficción épica conveniente que progres y peronistas terminaron haciendo con las hebras de la historia, tal vez más pensando en el emblema de la militancia del autor. La serie revivió usufructos varios y dibujó nuevos. Y todo a base de eslóganes que ocultan otros usos.
Pero ese amasijo ya tiene defensores, así como revivieron algunas o aparecieron nuevas viudas ideológicas del pobre viajero y sus peripecias. Figúrense: si puede hacerse un pasticcio, para cualquier uso espurio, con los Evangelios y con Cristo mismo, qué no podrá hacerse con esta historieta.
Lo cierto es que la obra tiene muchos padres porque diacrónicamente han metido mano en ella tirios y troyanos. Y así sigue ahora: es como el aloe vera, todos los días le descubren nuevos usos.
Los adeptos de la secta eternauta, así como las "novias" (o "novios") del personaje y el "hecho eternáutico", no admitirían nada sino el elogio, el encomio y el éxtasis. Pero, ya se sabe, la ecuanimidad es producto escaso, más en estos días nuestros. Así que, mejor, no hablarle a la novia mal del novio: siempre será "un amor...".
Entonces.
Dos o tres palabras sobre la serie.
Fue un acierto convocar al uruguayo César Troncoso para el papel del Tano Favalli. Es el único actor de carácter de la serie, plástico en las peripecias y cambios de tono, y solvente.
Me pareció una debilidad cierta insistencia en confundir los tiempos de la narración y superponerlos sin consistencia. Forzadas me parecieron las ganas de traer en toda ocasión música "de época". Lo pedirá la narración cinematográfica y el cine es siempre una nueva factura de una obra original. Será un guiño al espectador. Será un capricho. Será lo que fuere. Pero o cambian la música incidental o sacan los celulares. Simbología desprolijamente ensamblada, diría.
Finalmente, me dejó pensando el envase. Entiendo que poderoso caballero es don dinero y son tiempos de "no hay plata". Pero hay algo que me sonó mal: ¿Netflix? ¿De veras? Tanta comunidad, tanto que nadie se salva solo, tanto que lo que viejo sirve, Juan. Tanta solidaridad y tanto lo colectivo. Entonces, ¿Netflix?, ¿de veras?. Una pantalla en un cuarto a oscuras o a media luz, un living en la semipenumbra, un tipo solo en un sillón o en una silla de escritorio, a los más dos, frente a una pantalla de computadora o de televisión. Pero, solo. Solos. ¿Netflix? Ojo, muchachos: todo comunica, aunque sea inadvertido. Miren que el medio es el mensaje. Un medio "individual e individualista", de maratón de serie a la madrugada. ¿De veras? La serie podrá estar bien editada o bien producida (salvo la mayoría de las actuaciones que me parecen medianas), los efectos y todo eso, la nieve... Sí. Pero eso no la hace ni más colectiva ni más solidaria, si el propósito era también ese. Y, probablemente, ni siquiera sea de ese modo fiel al espíritu (o a los sucesivos espíritus...) de la obra.