Hace algunas semanas, me invitaron a decir algunas palabras en
La Noche de los Libros, algo que se organiza desde hace unos años en un paseo emblemático de Bella Vista.
Me llamó la atención el asunto convocante en esta edición: Antigua Roma.
Por eso mi primera reacción fue preguntar a los organizadores si se habían cerciorado del posible interés que el tema podría despertar en una concurrencia que suele ser variadamente masiva, año tras año.
De allí que, bajo mis propios términos, propuse el asunto del que hablaría. Y de eso hablé.
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¿A quién le importa Roma?
Eduardo B. M. Allegri
Noche de los libros. Bella Vista, 5-6 de diciembre, 2025.
Estamos en tiempos (algo nefastos) en los que parece que no se puede hablar de alguna cosa si no hablamos de números. Entonces, empecemos estas pocas reflexiones hablando de números.
Si tomamos en cuenta que una generación se calcula en promedio cada 25 años, entre la fundación de Roma, el 21 de abril de 753 a.C., y nosotros, 2.800 años después, hay unas 112 generaciones.
Por otra parte, nuestros antepasados se duplican en cada generación: cada uno tiene dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, y así siguiendo. Entonces si queremos calcular cantidad de gentes la cuenta resulta sencilla: 2 a la 112 potencia. Y eso da un completo disparate: una cifra de 34 dígitos (5,192,296,858,534,827,628,530,496,329,220,096). Y ese disparate pasa cuando uno le fía demasiado a los cálculos y la fórmulas.
Pero aunque esa cifra es verdaderamente un disparate, porque no ha habido semejante cantidad de gente en estos 2.800 años, eso no significa que no haya habido mucha gente dedicada a nosotros, sin darse cuenta. Si el cálculo lo hacemos más modestamente con 10 generaciones (que serían 250 años atrás) la cifra parece más manejable y más real: para cada uno de nosotros, 2.046 personas estuvieron haciendo algo por nosotros desde hace 250 años. En números, se hace ya más impresionante lo que tuvo que pasar, si nos vamos 20 generaciones atrás (que es más o menos para la época del Descubrimiento de América): ya podrían ser 1.048.576 personas las que deberían haber hecho algo para que cada uno de nosotros estemos hoy aquí.
¿Son exactas esas cifras? No. Por lo pronto, hay cosas que pudieron pasar para que los números se reduzcan y a veces bastante hasta hacerse más reales. Por ejemplo, lo más fácil: casamientos entre parientes que comparten antepasados.
Pero verlo de esta manera hacia atrás sirve al menos para darse cuenta de lo más fácil de entender: cuántas voluntades tuvieron que alinearse para que hoy existamos. Podría pasar que eso no nos interesara en absoluto. Pero lo cierto es que eso pasó. Y si eso pasó, la deuda con ellos la tenemos igual, seamos buenos o malos pagadores de nuestras deudas.
Se imaginan que hay algo más que antepasados a los que les debemos nuestra existencia histórica, algunos más colaboraron no solamente para nuestra existencia sino para darnos un modo de existir.
Y ya que mencioné el Descubrimiento de América, permítanme otro ejemplo pero ahora respecto del modo de vivir. Cuando uno visita museos en ciudad de México, por ejemplo, es común ver en alguna de las salas antropológicas pequeños tomates, y choclos mínimos y otras especies de alimentos que vienen de restos arqueológicos precolombinos.
Pero lo que hay que saber es que nuestros tomates americanos y nuestros choclos americanos tal como los conocemos hoy día –extendidos ya por todo el mundo– son el resultado de investigación y aplicación de técnicas que permitieron ampliar su tamaño, con el consiguiente aumento de las raciones. Fue producto entre otras causas de la acción de varios frailes que se pusieron el guardapolvo blanco encima del hábito marrón y se aplicaron a esta tarea, que no fue solamente científica, desde el siglo XVI.
El maíz, alimento central de los mesoamericanos, es de verano-otoño, porque la planta sufre el frío. Pero el trigo que introdujeron los europeos (un cultivo de invierno-primavera) permitió a los pobladores de aquellas tierras tener granos en épocas de escasez de maíz. Chile, por ejemplo, tiene buenos vinos (nosotros los argentinos también, claro). Pero resulta que los españoles querían que el trigo, el aceite de oliva y el vino (su dieta mediterránea) estuvieran disponibles en América porque eran la base de su alimentación, así como el maíz, el frijol y la calabaza lo eran para los mexicanos. Y por eso Chile tiene buenos vinos, porque fue allí en los valles donde primero lograron que prendieran las cepas que traían de España y que habían fracasado como el olivo en tierras mesoamericanas y caribeñas. Pero, a su vez, los españoles habían heredado esos tres productos de una tradición más antigua que incluía a la Mesopotamia asiática, a Egipto, a Grecia, a Roma y hasta con el aporte de los árabes en la alta Edad Media.
Este breve recorrido botánico culinario no es para distraerlos o amenizar esta amable reunión. Al igual que con la cuenta de nuestros antepasados, es simplemente y en último término para acentuar la idea de que no hay nada que no hayamos recibido.
En este punto, ya se imaginarán, el título inicial puede cambiar. ¿A quién le importa Roma? En todo caso convendría mejor preguntar ¿A quién podría no importarle Roma?
Porque somos Roma en muchos sentidos. Y es una idea rara pensar que no nos importa para nada saber qué somos o por qué somos, dos de las preguntas importantes que todo hombre se hace en su vida personal.
Hasta donde entiendo, creo que puede ser uno de los motivos para proponer, en esta edición de La Noche de los libros, que el tema sea esta vez Roma.
Sin embargo, hay algo interesante respecto del interés por Roma en nuestros días en distintos ámbitos.
Porque anda dando vueltas una especie de aggiornamento de la Roma antigua. Y como suele verse en casi toda actualización, algo se pierde en el camino y, lo que es tal vez peor, algo se desvirtúa en el camino. Es como si dijéramos que el interés por Roma se limita a disfrazarse de soldado romano, de senador romano o de emperador romano... y salir a pasear por el corredor aeróbico de la avenida Francia, luciendo una Roma que no necesariamente es la Roma que importa y, en muchos casos, ni siquiera es la Roma real.
Hay mucha Roma en Roma a la que le debemos mucho. Su origen pagano (y cuidado, porque pagano no es necesariamente un impugnación, un insulto o una categoría despreciativa, salvo cuando pagano es desprecio u odio a lo cristiano, por ejemplo, desprecio que la propia Roma dejó de lado cuando todavía era imperial...), su origen pagano, entonces, no es por sí mismo un impedimento para haber encontrado dentro de sus límites verdades, o la belleza o el bien. Sería como decir que una escultura romana (vale para Grecia, también) no puede ser un objeto bello porque es un objeto pagano. Sería como decir que la técnica para hacer las columnas del Partenón, en Atenas, o en el Foro romano, son defectuosas porque son técnicas que hicieron los paganos. Desde el punto de vista cristiano, pagano significa simplemente no cristiano, no significa por sí mismo falso o perverso. Salvo cuando lo es.
Publio Virgilio Marón vivió en el siglo I a.C. y es considerado sin duda alguna y con razón el poeta mayor de Roma. Vivió en vida el paso de la república romana al imperio, fue amigo y consejero de César Augusto (Octaviano), el primer emperador de Roma y bajo cuyo reinado nació Jesucristo. Pero Virgilio había muerto unos 15 ó 20 años antes del nacimiento de Jesús. Y digo esto último porque una de sus obras, la Égolga IV, une de manera misteriosa a la Roma pagana con Jesús, antes del nacimiento en Belén.
“Musas de Sicilia, cantemos algo un poco más grande;
no a todos agradan matorrales y bajos tamariscos,
si cantamos bosques, que sean los bosques dignos del cónsul.
Ya llegó la última edad del canto de Cumas;
desde la totalidad nace un gran orden de los siglos.
Ya vuelve la Virgen, vuelven los reinos saturnios;
ya una nueva progenie es descendida del alto cielo.
Favorece, casta Lucina, al niño que nace ya, por el cual
primero cesará el linaje férreo y surgirá por todo el mundo
el linaje áureo; Apolo, tu hermano, reina ya.” (vv. 1-10)
Hay parvas de exégesis sobre esta Égloga y particularmente sobre este fragmento. Para simplificar hay que separar en dos grupos esas parvas. De un lado, la cuestión política de la Roma del tiempo y puede resumirse en pocas líneas lo que se postula desde ese lado. Virgilio utilizó algunos tópicos de raigambre literaria y contenido histórico y filosófico para exaltar la figura de Augusto. El sería para esta interpretación el puer que habrá de alumbrar el tiempo, con todo y su origen divino imperial, para salir de una edad de hierro involutiva e inaugurar una nueva edad de oro. Según eso, la Sibila de Cumas anuncia este advenimiento.
Por otro lado, la interpretación de este tópico del niño adveniente desde el cielo, apunta proféticamente a Jesús. Así lo entiende la Iglesia desde antiguo y la referencia a esa Virgen que engendra un Niño de estirpe divina que cambia la luz de los tiempos, forma parte de himnos y liturgias antiquísimos, que siguen vigentes.
¿Son incompatibles ambas interpretaciones? En realidad, no, en tanto que se las considere bajo el manto de la profecía. Podría ocurrir que un mismo dictum profético refiera asuntos superpuestos, algunos inmediatos otros más mediatos. El mismo Jesucristo habló proféticamente en esos términos al referirse a la destrucción del Templo y a su reconstrucción en tres días, o al hablar de las catástrofes que anteceden al final del tiempo, con el emblema inmediato de las guerras que asolarían y arrasarían a Jerusalén, treinta años después de su Resurrección, como lo consigna el Evangelio de san Mateo.
En este mismo escenario, oirán aspectos importantes de lo que Roma nos legó. Pero me parece que conviene entender que la historia es dinámica en un sentido muy importante.
Y ese dinamismo hace que cosas que se han plasmado en el pasado contengan una definición y un germen que define y condiciona lo que viene. Roma es un ejemplo de eso. Lo es Grecia, lo es Egipto, lo son las oleadas de pueblos que llegando desde el Este se asentaron de manera paulatina en territorios romanos que después fueron Europa con el tiempo, lo son los indios de la India, lo fueron los árabes. Y más ejemplos de todas las harinas, levaduras, sales, aguas que se combinaron para que hoy seamos nosotros el pan que se elaboró con esos ingredientes. Es verdad también que cualquiera que haya manejado harinas sabe que no todas son iguales. Y que hay algunas mejores que otras.
En algún sentido, somo hijos ricos de padres ricos, riquísimos: heredamos una acumulación de riquezas que no produjimos y que nos resultan familiares y cotidianas.
Nuestra lengua, las matemáticas, el ajedrez, la ley, el café, el mate (para los del sur de América), el derecho, la lógica, conocer las estrellas, saber manejar el agua, saber cultivar la tierra, andar a caballo, templar metales, componer poemas, saber curar, cocer los alimentos, la música.
Y también una religión y un concepto de los que somos, de lo que es el universo y la historia.
No todas estas realidades cotidianas para nosotros son herencia de Roma. Pero su enumeración aquí confirma el hecho de que somos herederos de quienes las han puesto a nuestra disposición. Claro que no todas esas cosas valen lo mismo. Un orden jerárquico de lo heredado mostrará que a Roma, como a Grecia, le debemos más que a otros, en lo que tienen ambas de raíz de mucho de nuestra idiosincrasia y visión natural del mundo, e incluso en cuanto han dado pistas para ayudar a entender la herencia sobrenatural, herencia que ellos no aportaron directamente.
Como digo: hijos ricos de padres ricos somos. Claro que como también sabemos por experiencia, dilapidar una herencia es despreciar una herencia.
Pero repasemos un poco Roma.
Un personaje muy importante del siglo I a. C., además de ocupar cargos políticos, fue en Roma filósofo, escritor, abogado. Marco Tulio Cicerón. En una ocasión, un enemigo suyo en las cosas de la política (se llamaba Clodio), lo acusó de impío y de no respetar los oráculos en las decisiones políticas. La cosa era grave porque esa atención a lo que auguraban los arúspices religiosos de Roma, para la vida personal tanto como para la vida pública, no podía ser tomada a broma o ser ignorada. Cicerón se defendió ante el senado romano, custodios además de las tradiciones romanas, y en un momento de su discurso dijo:
«Pese a que, oh senadores, nosotros mismos nos apreciemos cuanto queramos, sin embargo, ni en número hemos superado a los hispanos, ni en robustez a los galos, ni en sagacidad a los púnicos, ni en las artes a los griegos, ni, finalmente, en este mismo sentido doméstico y nativo de su pueblo a los propios itálicos y a los latinos, pero en piedad y en religión, y en este único discernimiento (que percibimos que todas las cosas son regidas y gobernadas por el numen de los dioses) hemos superado a todos los pueblos y a todas las naciones». (De haruspicum responso, 19)
Las nociones de pietas y religio, junto a la sapientia sobre la existencia de los dioses, expresan aquellas áreas en que los romanos se destacan ante otros pueblos, el elemento que los distingue como diferentes y a la vez superiores. La frase clausura la secuencia de lo que viene diciendo Cicerón en su defensa, uniendo las dos fuentes de saber religioso: por un lado pietas y religio, es decir, el culto tradicional heredado de los antepasados que incluye los rituales, la organización en colegios sacerdotales y las prácticas religiosas en sentido amplio; por otro lado, la sapientia acerca del gobierno del mundo por los dioses, que supone la reflexión crítica y la mirada filosófica sobre la relación con la divinidad. Y esa fue la fuerza de Roma durante varios siglos. Una fuerza que estaba detrás y en la raíz de su fuerza civilizatoria.
Roma guerreó durante mucho tiempo el predominio del Mediterráneo con los cartagineses. Puede pensarse el asunto geopolíticamente, los cartagineses tenían riquezas, muy aptos para el comercio, fenicios poderoso en definitiva, se asentaron todo alrededor del mismo espacio al que aspiraban los romanos. Pero había algo más que dinero y poder en juego, si le hacemos caso a Cicerón: había un choque brutal respecto de una concepción del mundo y del hombre y de la vida común en la ciudad, es decir, en el espacio civilizado. Y Roma venció principalmente en eso a Cartago.
Un tiempo después, Roma guerreó contra una concepción que no era la de los cartagineses, sino más bien todo lo contrario. El cristianismo nacido también en una de las márgenes del Mediterráneo. Pero esta vez el resultado fue completamente distinto. Roma fue absorbida por el cristianismo después de 3 siglos, en el siglo IV de nuestra era y después de al menos 10 persecuciones terribles contra los cristianos. Pero el papel que iba a jugar Roma, esta vez también era otro. Y tenemos que volver a ese breve párrafo que cité recién. La concepción profunda de los romanos no era incompatible con el cristianismo. La pietas y la religio y la sapientia eran un punto en el que Roma y el cristianismo iban a converger. Y así, Roma no se transforma en caput mundi solamente por sus raíces, sino que sus raíces son a la vez la tierra en la que otra semilla más grande y más potente se asienta. Porque Roma es el surco, no la semilla. Una civilización que tenía la noción de que el numen de la divinidad gobernaba todas las cosas.
Atila, el rey de los hunos, que fue persuadido por el papa León I para no tomar Roma en el 452, al parecer era hombre culto y hablaba y escribía en latín, tanto como griego. Combatió contra Roma durante decenas de años y en parte colaboró para su caída. Pero admiraba a Roma, tanto como la ciencia de Grecia. Hablaba varias de las lenguas de los pueblos que había conquistado y conocía bien la historia del Occidente que conquistaba. No era igual Genserico, rey de vándalos y alanos, que tres años después también sería persuadido por León Magno, y aunque tomaría Roma, la saqueó en parte pero no la incendió y preservó las iglesias, en las que se refugió una enorme cantidad de pobladores.
Unos 20 años después caería Roma, en el año 476. ¿El imperio cayó? No exactamente. La presencia de los pueblos que venían del este se hizo fuerte y comenzó una nueva etapa todo alrededor del Mediterráneo y en tierras que antes dominaba Roma. Pero Roma siguió siendo fuerte en su diseño político, durante varios siglos, así como se sostuvo su ingenio en materia de administarción política, militar y económica, que los pueblos que invadieron el imperio replicaron y aprovecharon. Culturalmente, Roma nutría a los bárbaros.
En el siglo XIII, santo Tomás de Aquino explicaba una interpretación acerca de quién podría ser el Katejon, es decir, quién o qué habría de oponerse al Anticristo al final de los tiempos. Algunos habían sostenido unos 10 siglos antes que el Imperio Romano podía ser ese Katejon, pero para la época de santo Tomás a fines del 1200 otros negaban esa posibilidad porque, decían, el Imperio ya había caído y el Anticristo no había llegado. Muy parcamente, santo Tomás de Aquino contestó a esto: No ha caído. Y no estaba hablando de cuestiones jurídicas ni de un territorio. Algo substancial de lo que significaba Roma y su imperio existía todavía.
Doscientos años después de esto, y mil desde la caída de Roma, caería Constantinopla, cabeza del Imperio Romano de Oriente, Bizancio, el 29 de mayo de 1453. Fue a manos de Mehmed II, gran sultán del Imperio Turco otomano. Lo notable es que Mehmed haya querido, una vez que consiguió ese triunfo descomunal, imponerse a sí mismo el título de Qayser-i Rûm, es decir César de Roma, pero esta vez imaginando una Roma musulmana.
Un poco después, en Italia, Maquiavelo (en obras del siglo XVI) tomó y exaltó como modelo la república Romana por su arquitectura jurídica, su orden, su estabilidad.
En la otra punta, desde el siglo X los eslavos búlgaros usaron el título de Czar (Caesar), y desde Iván el Terrible (XVI) hasta 1917, lo usaron los rusos, aunque desde Pedro el Grande, en el siglo XVIII, el título fue el de Emperador, lo que rueda a lo mismo.
También en siglo XVIII, en el origen de los EE. UU., los que allí llaman Los Padres Fundadores tuvieron como modelo la organización de la República según Roma. Se ve en la Apoteosis que le dedicaron a George Washington, en el Capitolio. Y se ve en el sistema de gobierno y representatividad que casi copiaron. Aunque no querían el modelo imperial –cosa rara para lo que termina siendo el país– usaron hasta el águila como emblema, con mínimos cambios: la hicieron águila calva, por razones locales.
Napoleón también tenía en su horizonte a Roma y su esplendor tanto republicano como imperial, aunque cuando se apropió de la ciudad y nombró a su hijo rey de Roma, se ensañó con la Iglesia Católica y con el Papado. Algo contradictoriamente porque, aunque el despotismo era el enemigo de la Ilustración, el modelo napoleónico resultó monárquico e imperial. Por otro lado, su famoso Código Civil, por ejemplo, al margen de romper el orden jurídico anterior en asuntos fundamentales, como la familia, mezcló derechos distintos con el Código de Justiniano, emperador del Imperio Romano de Oriente, del siglo VI, porque esa codificación era casi insuperable.
Mussolini, como se sabe, también tenía a Roma y particularmente a la resurrección del Imperio como un paradigma. Y fue uno de los que consideró que después del Imperio y el Papado, la Roma fascista sería la Tercera Roma. Pero, antes que Mussolini, los partidarios de la Unitá italiana en el siglo XIX habían levantado la misma bandera. Giuseppe Mazzini, por ejemplo, que también sostuvo el lema de la Terza Roma: la de los emperadores, la de los papas y finalmente, la del pueblo.
Hoy, en una complicadísima elaboración doctrinaria, hasta Donald Trump y Elon Musk, por nombrar dos conocidos, vuelven los ojos a Roma e intentan volverla a la vida. Hay alrededor del movimiento M.A.G.A. una cantidad de teóricos y doctrinarios que quieren justificar esta vez a los EE. UU. como la Tercera Roma y, según ellos, la definitiva.
Pero también hoy, Vladimir Putin, en Rusia, sostiene las mismas aspiraciones romanas pero ahora para su país o imperio y considera también él a Moscú –como lo hace la Ortodoxia Rusa– como la auténtica Tercera Roma, tal como los paneslavistas lo hicieron en el siglo XIX (Dostoievsky pasó por allí, también), siguiendo a su vez una larga tradición rusa y antes búlgara, considerándose herederos de la Segunda Roma, es decir Constantinopla.
¿Y entre nosotros? También. Es verdad que aquí hay quienes siempre han mirado a Roma, la Roma total, la substancial. El surco latino de la semilla cristiana, en esa doble y complementaria junta. Y han entendido todo lo que la Cristiandad, ya desde el inicio histórico, ha tomado y todo lo que ha pulido, para que la herencia se engrandeciera. Pero en nuestros días, ha surgido una mirada distinta, casi de moda internacional, más bien superficial y hasta en cierto sentido no cristiana (más allá de las palabras algo huecas), por no decir anticristiana. La mirada a la Roma pagana, la mirada excluyente a la mera Roma imperial. Una resurrección imposible (aunque algunos la desean), una resurrección imperial no deseable, pues aparecería a la luz sin aquello que el cristianismo moldeó y enderezó. El mero surco, sin la semilla. Imitando corrientes al día, las que hoy se autodenominan Fuerzas del Cielo libertarias, por ejemplo, adoptan emblemas, estandartes, saludos imperiales incluidos, cotillón romano en pocas palabras. Pero por superficial o frívola que aparezca la moda, aparece lo mismo, está también entre nosotros.
Empecé preguntando ¿A quién le importa Roma? Y la pregunta tiene el tono de una típica exclamación, porque parece ser de esas preguntas que con el tono displicente se definen: ¿Y a quién le importa Roma?
Por lo que vemos, parece entonces que la pregunta debería ser otra: ¿Por qué le importa tanto Roma a
tanta gente? Y eso que todavía ni siquiera terminó la historia. Y eso que no dije nada del significado hondo y profético de Roma para el cristianismo, desde el nacimiento de Jesús hasta el fin de los tiempos.
Pero cualquiera de esas preguntas queda en manos de ustedes. Y la respuesta también. Ustedes, como todos nosotros hoy aquí, hijos ricos de padres riquísimos, que deben querer saber cuál es la herencia recibida, cuánto es y cuánto importa. Y por qué.
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A quién le importa Roma.