En estas semanas últimas, desde la nota anterior, no ha pasado en estas pampas nada que valga demasiado la pena. Salvo lo previsible, como la dispersión (¿descomposición?) todavía mayor de las oposiciones o el avance un poco desmañanado como tropa de orcos, pero constante, de los libertarios en el gobierno que más y más se van vistiendo con los modos de un imperialismo provinciano. Por lo demás, por unos días el Congreso fue el escenario en la temporada estival, la pecera en la que los aparatos del gobierno pescan voluntades sin grandes sobresaltos, para cumplir con los compromisos exigidos por sus valedores de afuera.
Fue interesante, en ese sentido, seguir los debates acerca del Presupuesto en ambas cámaras. Más allá de las fintas obvias de unos y de otros, tal vez lo más significativo es que quedó al desnudo un aspecto trágico de la realidad del peronismo.
En tiempos del kirchnerismo, los ríos de leche y miel en metálico y especies que efluían del gobierno, podían bastar para explicar el acompañamiento de una parte mayoritaria de la población, más allá del núcleo más fiel ideológica o históricamente. Por mucho esfuerzo que hicieran las usinas ideológicas en sus homilías laicas a favor de las "ampliaciones de derechos" y sus diseños de laboratorio social, los hechos que promovían no eran las razones determinantes para acompañar al peronismo. Sólo para los progresistas empeñados en su "batalla cultural", siguiendo los dictados del populismo socialista a la manera de Ernesto Laclau o, para los más serios y más "clásicos", los postulados revolucionarios de Antonio Gramsci o cosas así, según la moda del momento. Como toda batalla cultural del progresismo y de la izquierda en general, no se esforzaba por alcanzar cotas impresionantes de masividad. Un ejemplo fue la aparición del pretendido think tank Carta abierta, con su tramado de alambicadas razones y acciones dizque creativas, en ámbitos tan disímiles (pero homogéneos, al fin y al cabo) como el derecho garantista, la educación sexual y las inclusiones, la épica insurgente, o tejer confusas hebras de multilateralismo.
Digan lo que quieran pero lo cierto es que distribuir pesos en distintos envases nimbados de épíca social justiciera, fue la estrategia de fidelización más rentable electoralmente.
Ahora bien.
Lo que ocurre con los libertarios a partir del 2023, y por ahora, pone al peronismo en un aprieto discursivo. Porque el único alimento que Javier Milei tiene para abastecer las esperanzas escuálidas de la mayoría de la población, es el sadismo de una crueldad para nada refinada: no hay plata... y chito la boca porque habrá palos, además de que no habrá plata.
Pero al cabo no hay plata, especialmente, para aquellos sectores que seguían al peronismo porque manaban de él los ríos de leche y miel. Entonces, ¿por qué ahora siguen al látigo muchos de los que antes mamaban de subsidios y programas de beneficios? Y no solamente lo siguen: parece que lo prefieren.
El peronismo no logra perforar la capa de desencanto y desprecio que le muestra una importante porción de los votantes, y no pocos fueron parte de su base electoral. Y, para el peronismo, este es un capítulo ácido y tal vez inesperado de esa "batalla cultural" libertaria: se le presenta por ahora a la población la alternativa "peronismo o muerte" y la gente elige...muerte.
Sin embargo, por bizarramente berreta y esperpéntico que sea el mundo político local, en alguna de sus manifestaciones alcanza a reflejar movimientos que se dan en otros planos.
Javier Milei, por ejemplo, se ilusiona soñando con la pinta de Carlos Gardel, cantando rock libertario en Davos o en Mar-a-Lago o en Oslo o ante el entero mundo. No siempre se le da, hemos visto ya. Aun así, muestra su aparición en los medios internacionales con el entusiasmo de un chico que ha llenado el álbum de figuritas del mundial, con más la ingenuidad de no advertir que es un empleado de quienes lo exhiben pero como el empleado del mes. Patético. En realidad, no menos patético que el espectáculo de un Donald Trump furibundo. La diferencia es que Trump con un guiño de ojos mueve un portaviones a las costas de Venezuela o unos cuantos marines o miembros de la CIA para llevarse a la fruta madura de Maduro, como quien roba una manzana del árbol y sale disparando; mientras, con el meñique pone a sudar a los europeos frente a Putin; o en el desayuno bombardea al Estado islámico en Nigeria; o, té de manzanilla de por medio, se sienta a deshojar la margarita con Putin y Zelensky (y al ucranio siempre le toca el pétalo de "no me quiere...").
En cambio, para sus movimientos globales o regionales, Javier Milei cuenta con el Gordo Dan, Patricia Bullrich o su hermana Karina. Y paren de contar: todos los demás de los que tiene alrededor, cuando encalle, abandonarán la aventura. Milei, con todo y su megalomanía, es apenas un actor secundario de reparto. Será el que mejor dice
"la cena está servida...", pero es simplemente el que dice
"la cena está servida...". Pero, también, hasta cierto punto Javier Milei es una piedra en el zapato. Sus gritos libertarios van a contramano de las voces de otros líderes con los que supuestamente comparte tribu. Por decir algo, no es poca cosa la incongruencia del "nacionalismo imperial" de Trump con el vasallaje abyecto de Javier Milei, soñándose visir de una provincia del imperio. Tampoco es muy congruente la extraña sintonía que dice tener con Giorgia Meloni: la profesión de cristianismo de la italiana (salvo que sea ficta) no cuadra con los disparates religiosos de oportunidad del argentino. Aunque esto mismo, dicho así, sea una mirada algo ligera y sólo respecto de la superficie de lo que está ocurriendo en el mundo.
Porque cada vez con mayor nitidez los campeonatos mundiales de hegemonía se pelean entre los pesos pesados de este mundo, y solamente entre ellos, tal como viene quedando el mapa geopolítico. Los discursos que debaten modelos son engañosos, como ya veremos. Pero lo cierto es que la cuestión es entre Estados Unidos, Rusia y China, en primer lugar. Venezuela, Taiwán y Ucrania (aunque siguen las firmas), son apenas tres ejemplos del primer round. Claro que hay algunas peleas de semifondo que animan algunos otros países, en realidad en virtud de su volumen pesado o sus alianzas. La India o Corea del Norte son un ejemplo.
Como se quiera, el primer movimiento de lo que viene, aunque tenga un fuerte momento centrífugo (más bien de posicionamiento estratégico o hasta de proselitismo...), va a dar a un gran vórtice de hegemonías, con toda la fuerza centrípeta de la que cada contendiente sea capaz.
No se lo ve del todo, todavía, y hay que hurgar un poco en algunos discursos. Pero esto es lo que en realidad está latiendo ya no tan en sordina en el sótano de la política argentina: los alineamientos internacionales. Y late más o menos en sordina aquí, porque eso mismo truena estrepitosamente fuera de nuestras fronteras y a una velocidad creciente.
* * *
Dije al principio de esta serie que, más allá de cualquier consideración (y hay millones de consideraciones...), si algún sector político tiene alguna posibilidad de enfrentarse al liberal-libertarianismo, ese sector es el peronismo. Pasa, también dije, que la implosión del peronismo, con todo y sus anárquicas capillas y tribus, lo dejó en un estado de atonía.
Dije ya antes también que en el peronismo no hay muchas voces hablando y que las que más presencia tienen en el (parafraseando a Marechal)
campo de nabos de las redes y algunas recorridas presenciales, son las de Guillermo Moreno, las del dúo Buela-Ayerbe y la de Juan Grabois (que, fiel a sus antecedentes, gusta de espectáculos insurgentes
vintage, peleando la calle, a las piñas si es posible). Aunque Juan Grabois sea mucho más débil, es capaz todavía de mostrar algún ruido callejero, con el que sueñan muchos dentro de las murallas de la variopinta ciudad peronista, lo admitan, lo adviertan o quieran promoverlo calladamente.
Repasemos, entonces, someramente.
1. Moreno –al margen de sus análisis económicos, que no terminan de acertar en los hechos o verificarse– insiste con los planteos internacionales, recuerda anécdotas de Perón diciendo que la verdadera política es la internacional, discute con Guelar o con Leandro Santoro (o con quien cuadre) y con el progresismo k (Sabino Vaca Narvaja o Kicillof), negando la complementariedad económica y política con China, aplaude el "nacionalismo peronista" de Trump y postula al peronismo como un nacionalismo de raíz occidental (lo que además del cristianismo, incluye para él al Islam y el judaísmo) y que tiene destino hispanoamericano, cuando no –últimamente– americano,
in toto o –desde hace unos días– una doctrina para el entero mundo mundial.
Aunque la presencia local del gurú ruso no es producto de ninguna gestión de Moreno, él y Alexander Dugin parecen coincidir. Desde hace menos de 10 años, el ruso parece haber visto "la luz". Dugin dice haber descubierto al peronismo a partir de 2014, con su primera visita a la Argentina de las 3 que ya hizo. Así las cosas, en tanto Dugin postule
urbi et orbi al peronismo como eterno, metafísico, esencial, mundial, Moreno lo secundará e insistirá con la consigna de un peronismo cósmico.
Dicho sea al pasar, hasta la muerte todavía discutida de Hugo Chávez, el líder venezolano del socialismo del siglo XXI, en 2013, Dugin –si tenía alguna opinión– tenía una pobre opinión del peronismo. Chávez, que podía enfrentarse a Bush y parecía jugar en primera, era por aquellos años, la cabeza de puente rusa en Hispanoamérica. No lo era necesariamente la Argentina y el peronismo K, algo ambivalente en sus alineamientos internacionales, más allá de su inscripción en el multilateralismo. Tal como pinta la situación actual en desarrollo todavía, probablemente Dugin (y Putin, claro) tendrá que recalcular la configuración de la presencia e influencia rusa en Hispanoamérica, más ahora que, a la vuelta de 200 años, el presidente yanki James Monroe y su doctrina vuelven a ser un hit, ahora en la remake de Donald Trump. Dicho sea de paso, Guillermo Moreno aplaude la acción en Venezuela y en los últimos días con un argumento algo
naïf: Trump no quiere el el petróleo de Venezuela para los States, porque a ellos les sobra: lo quiere para que no lo tenga China, a la que le falta y así debilitarla. En tándem con esta defensa geopolítica de Trump, Moreno sostuvo que a la Argentina le viene bien la agresividad de Trump con Dinamarca y con los británicos, por Groenlandia y Canadá, siguiendo los dictados de Monroe. En la medida que Trump lo logre y expulse a ambos países europeos de América y América sea para los americanos, claro, las Islas Malvinas volverán a su madre patria, pues echará a los ingleses de todo el hemisferio. Los mismos ingleses que están detrás de los negocios con China, petróleo incluido, según Moreno.
Moreno, por otra parte, tiene como uno de sus mantras la defensa irrestricta de sí mismo, es decir de la "década ganada" y, con ello, la interpretación de que desde Duhalde hasta que se fue él mismo del gobierno, se hizo peronismo explícito no progresista. Una interpretación algo amañada, producto de la búsqueda de espacio al interior del Movimiento peronista, que siembra más omisiones que pruebas, especialmente en términos políticos y culturales de lo que fue el período 2002-2012, que habitualmente menciona.
Desde que asumió Javier Milei, Moreno viene anunciando el final de su gobierno. Lo emplazó ya en diciembre de 2023 y le dio apenas 2 meses, después cuatro. Por entonces, la razón era la personalidad desbordada y la endeblez psíquica y afectiva de Milei. No pasó. Milei sigue siendo mal que mal quien era, leve arreglo cosmético y narrativo mediante, obligado por sus mandantes extranjeros. Sus desmanes no han empujado al electorado a execrarlo. Después, los análisis económico-políticos de Moreno reemplazaron a los perfiles emocionales. Y a la vez que le contaba las costillas a las medidas del gobierno, comenzó a anunciarse la posibilidad de un juicio político para evitar, por la vía institucional, el desmadre social que podía terminar violentamente. "Hay que estar preparados", fue la consigna por entonces. Llegó octubre de 2025. Milei parecía ahogarse en las consecuencias de su mala praxis y su crueldad, lo cercaban los escándalos de corrupción y las internas. Recibe una bofetada bonaerense en septiembre y mendiga alguna posibilidad (al precio que sea) para perder lo menos posible en las elecciones legislativas. La caballería –interesada en no perder la baza que ya tenía porque se la habían regalado– llega en forma de ayuda humillante desde los States, aunque con promesas y algo de acción psicológica: o gana Milei o se las arreglan con los kukas. Trump no es exactamente un niño sutil. Moreno hasta la noche misma del recuento aseguraba el triunfo del peronismo. Lo cierto es que, con el resultado imprevisto de octubre, que no sólo no aumentó el caudal del peronismo sino que lo adelgazó, engordando a Milei y sus paniaguados, la vía del juicio político quedó obturada.
No vale la pena un débil tratado sobre ideas económicas y financieras que, por otra parte, un servidor no podría solventar
ad finem. Pero eso no significa que no se pueda apuntar dos o tres ideas fuerza del morenismo. Industrialismo, mercado interno, inversión estatal, pleno empleo, asado del sábado y vacaciones en Mar del Plasta para todos, emisión controlada con fines de crecimiento, son algunas de las recetas que Moreno postula y que, obviamente, son munición contra la teoría y la práctica macro y microeconómica de Milei y su equipo, a la vez que apuntan también al debate económico intraperonista. Nada de eso impide que en la gestión de la economía (y en la social) se pueda ser pragmático y hasta desprolijo, porque, como afirmó hace pocos días: una cosa es lo que se ve en la facultad, otra es la gestión de la economía; la primera es fácil, la segunda, no. Chocolate por la noticia y piedra libre.
Allí, a vuelo de pájaro nomás, hay un asunto. Nuevamente hay que ubicar los modelos en un ámbito internacional, con lo que el valor específico y propio de cada una de esas orientaciones, se vuelve relativo al encuadramiento geopolítico. Y así es como muchas veces el planteo teórico político se vuelve confuso, cuando no engañoso. Lo cierto, en cualquier caso, es que Moreno postula, por una parte, "América para los americanos" y no le hace asco a una alianza con un Trump al que califica de peronista, como se le ha oído hasta el cansancio. Por otro lado, está su ya mencionada oposición a alinearse con China, detrás de la cual ve operando, ancestralmente, a los enemigos británicos de la independencia y la soberanía argentinas.
Pero, entonces, ¿cuál es el alineamiento preferido de Guillermo Moreno? A esta altura, y parecerá chiste, cualquiera que sea peronista, menos con los británicos.
2. Después está el dúo Alberto Buela - Martín Ayerbe.
Me resulta fatigoso hacer algún pormenor "filosófico" de las ideas de quien consideran o se considera "filósofo peronista". En buena medida porque no encuentro ni una sola idea filosófica que sea stricto sensu peronista. Si acaso el eclecticismo. Pero eso sería como decir que una casa es la dueña de la tierra porque los ladrillos con que está construida vienen del barro de la tierra sobre la que está construida. Se puede ser filósofo por muchas razones, pero habría una sola para ser filósofo peronista y no la hallo.
El peronismo no es una especulación filosófica. Si acaso es una doctrina política de fuentes diversas, que se amplía o adelgaza según quien la explica o postula. Tampoco la exégesis de esas fuentes tiene su origen en una elaboración especulativa del peronismo. Porque el peronismo elabora sus consignas en orden al poder y por eso mismo es apenas una doctrina política con elementos procedentes de otras especulaciones, las cuales se agrupan en un conjunto ecléctico y mudable. Reconozco que eso puede darle a su doctrina una elasticidad notable. Pero esa elasticidad no alcanza para calificar a esa doctrina como una corriente en el mundo de la filosofía. Sin embargo, desde hace algunos años, se postula a Alberto Buela como el filósofo peronista.
Puede ser curioso, pero coincidentemente con la aparición de Alexandr Dugin en la escena peronista, en los últimos años, un sector ha tratado de instalar la idea de que, en cuanto filósofo peronista, Buela debería ser el "ordenador ético" del peronismo, precisamente porque el peronismo es un bolonqui y encima anémico. A mi parecer, hay mucho de lenguaje en esa pretensión, hay mucho de palabras de oportunidad. Y no poco de estrategia. Es verdad que el marco para la aparición de iniciativas como esa, es la crisis que el peronismo ya ni siquiera quiere disimular u ocultar. Y, en medio de esa crisis, son varios los que van lanzándose a la tarea de "poner orden", como dicen. Una crisis de identidad, se diría. ¿Ha perdido el rumbo la doctrina? ¿Se ha enchastrado con aguas de otros manantiales embarrados y ya no se sabe bien qué es peronista y qué no lo es? ¿Hay que refundar el peronismo para que tenga no solamente presencia local sino global? ¿Y quién tiene el famoso "peronómetro" que habilite el discrimen acerca de qué es y que no es peronismo? La discusión es interminable. Pero por eso mismo entiendo que no estamos hablando de filosofía.
Mucho más inmediatamente, el punctun dolens del presente peronista es haber sido revolcado en el polvo de la derrota, particularmente entre aquellas gentes que en principio justifican la existencia de un movimiento social como el peronismo. Algo curioso dijo no hace muchos días el propio Guillermo Moreno: si el pueblo no nos vota, el peronismo no tiene razón de ser. Si el peronismo fuera verdaderamente una filosofía, esa misma frase sería la negación misma de que lo es.
La superestructura filosófica que se pretende es parte de un armado político, aunque por fuera de las líneas oficiales del peronismo. La candidatura de Buela como "ordenador ético" viene de la mano de la candidatura a distintos cargos (ahora a presidente para el 2027) de Martín Ayerbe que, por lo que él propio Ayerbe dice, es una hechura más o menos reciente del propio Buela. De modo que es sinérgico: Ayerbe postula a Buela y el candidato de Buela es Ayerbe.
Repito que por ahora voy a dejar al margen la cuestión "filosófica" (porque Dugin tiene bastante que ver en eso y no voy a hablar ahora de él; de hecho, entre otros, fue Alberto Buela el que le explicó el peronismo al ruso, y probablemente, en esa hora se hicieron amigos...).
Vayamos en dos trazos al programa político-económico del candidato del Movimiento de Liberación Nacional, Martín Ayerbe. Y vale advertir que para rastrear el cursus honorum de Ayerbe, hay que partir de 2019, porque antes de eso Ayerbe era otro Ayerbe, no solamente en su aspecto sino también en sus paradigmas y en su discurso político y en su adscripción a tendencias distintas (aparentemente) de las que ahora enarbola. La metamorfosis indumentaria, discursiva, doctrinaria y hasta espiritual, parece deberse a Buela, principalmente, si le hacemos caso al propio Ayerbe.
Eventualmente, eso podría ser una dificultad para representar al peronismo, si no fuera que el peronismo tiene una idea bastante particular de sus estructuras y herramientas electorales. Eso mismo permite que, desde Santiago Cúneo hasta Sergio Massa, y desde Axel Kicillof hasta Juan Manuel Abal Medina, desde Miguel Pichetto hasta Juan Grabois, pasando por todo lo que hay en el medio que no es poco, ocurra ese fenómeno de identificación que los autoriza a reclamar la pertenencia al peronismo, más allá de que exista una estructura electoral institucional, el Partido Justicialista. La tribu kirchnerista, por su parte, no es más que un ejemplo de eso mismo. Ocurre que la coyuntura histórica en la que apareció favoreció su establecimiento casi sinónimo con el peronismo, lo que sólo en parte es verdad. La coyuntura, sí, más el aprovechamiento veloz y astuto con el que sobre todo Néstor Kirchner y en parte Cristina Fernández tomaron el timón de un barco a la deriva en un país a la deriva, y eso con el aval de Eduardo Duhalde.
Por eso Martín Ayerbe puede decir que habla en nombre del peronismo, candidatearse para el 2027 y postular a Alberto Buela como "ordenador ético" del peronismo; tanto como Guillermo Moreno, desde su propia agrupación –Principios y Valores–, que sostiene el lanzamiento de su reciente candidatura para 2027, en nombre del peronismo, y no del Partido Justicialista, al que, según su propio testimonio, no está siquiera afiliado. Otro tanto se diga de Juan Grabois y su agrupación Argentina Humana o del mismo Pichetto (y seguirán las firmas, seguramente...).
Todos ellos reclaman ciudadanía peronista, todos ellos se presentan a la sucesión del peronismo y reclaman ser sus herederos y exhiben un ADN discursivo, en algunos casos; militante, en otros; o simplemente por haber sido funcionarios de algún gobierno peronista o integrantes de algún frente o alianza de oportunidad.
En cuanto al discurso de Ayerbe, a las claras depende de un manual que él no ha escrito y que puede recitar con cierta solvencia oratoria, mientras no se enfrente a quienes puedan pedirle cuentas más precisas de sus helenismos y latinazgos, o de ciertas ideas filosóficas (y hasta teológicas) más complejas, que pueden tener una versión de divulgación que él aprendió a recitar, pero que significan y son bastante más que un recitado emocional. Si se lo oye con atención en distintos ámbitos, son visibles las fisuras en su entramado ideológico. Por otro lado, cuando en su discurso se adivina la lista de amigos y enemigos, el kirchnerismo figura claramente como adversario, con lo cual se distancia de Moreno, tal vez porque su peronismo es más peronista que el de Ayerbe, pues aunque ambos hablan en nombre de un peronismo "por afuera", como ya se ha dicho, Moreno tiene una gimnasia frentista que Ayerbe no aparenta ni proclama: "en 2027, el peronismo tiene que tener muchos candidatos a presidente", dijo el ex secretario de Comercio hace poco.
Por momentos y por varias hendijas, más que una refundación, la posición de Ayerbe parece apuntar a una fundación en la que su Movimiento de Liberación Nacional se vuelva la cabeza de una corriente.
En cuanto a sus propuestas de acción y de gobierno, también allí hay una mixtura. De una parte, Ayerbe postula un comunitarismo a medio cocer que, tal como lo formula, de la mano de una suerte de estatismo ancien régime, puede devenir en colectivismo sin conmoverse demasiado. Al oírlo más, porque últimamente se muestra más activo y proselitista, desde distintos sectores internos del peronismo como de otros externos, que en su momento fueron más o menos afines, como el desarrollismo, han empezado sin sutilezas a calificar como "estatismo nostálgico" a sus "propuestas superadoras". Sus análisis dejan notoriamente afuera propuestas para resolver la complejidad del lugar que debe esperar la Argentina, en medio de una situación nacional débil y desquiciada frente al mundo tal como está hoy.
Entre sus medidas está hacer pie, por ejemplo, en el acero, el petróleo, los metales raros, y en una reflotada marina mercante (se ve allí su sindicalismo naviero), asociada a industrias de defensa, por ejemplo. Básicamente es la línea discusiva dominante para instalar una idea de base de desarrollo, pleno empleo y crecimiento que en estos tiempos resulta extraña, al menos dicha con los parámetros con los que la dice (y no porque en sí misma sea un disparate). No es original, es verdad. Se trata de un concepto conocido de estado empresario en procura de una industrialización que promueva crecimiento económico y pleno empleo, siempre aditado con el condimento de la reactivación de la industria para la defensa. Aparte de que estas propuestas tienen un marcado sabor voluntarista, está la situación real: ese planteo supone algo que no se verifica: que la población mayoritariamente está anhelando un peronismo que la rescate, porque sólo el peronismo podría rescatarla, según una premisa universal de todas las tribus peronistas. Una población ansiosa por conseguir un lugar tronante en el concierto de naciones que, como la Argentina y en este revival de nacionalismo económico y soberanismo, verán de arreglárselas por sí mismas.
En definitiva, el planteo es una oposición frontal a un modelo liberal-libertario antiproductivo y en eso bastante más frontal que la oposición de Guillermo Moreno, tal vez porque Moreno tiene más horas de vuelo en el mundo de las relaciones económicas nacionales e internacionales y como dije que ya dijo, la gestión económica es más difícil que los modelos que se enseñan en la facultad.
Como fuere, el asunto es que, otra vez, nada de eso puede siquiera pensarse hoy sin atender a la realidad del mundo. Y la conclusión de ese análisis ha de partir por fuerza de una cuestión previa: quién en el marco internacional actual tolera, sostiene o permite por ejemplo esa industrialización que debería aportar soberanía política, independencia económica y, claro, justicia social. Sería infantil pensar siquiera que, tal y como se ve el mundo, el crecimiento de la Argentina podría darse en una autonomía absoluta, siquiera autogestionada, en la que ella misma pudiera darse las leyes de su fortaleza, de su crecimiento y de su estabilidad. Ni hablar de la actitud de patrón de estancia de Donald Trump, pero también de los dizque multilateralistas al modo ruso, que reclaman sin sutileza un encuadramiento de las naciones "autónomas" en los intereses rusos. No es extraño: cualquier imperio haría otro tanto. Y de hecho ya se hizo y en otras latitudes también se hace. ¿Está bien o está mal? Veremos. Pero por lo pronto es un fraude discursivo. Sería más honesto decir que estamos igual que en los tiempos de las luchas entre imperios del siglo XIX que fueron a dar al estallido de la Gran Guerra, para dirimir allí parte de las aspiraciones imperiales.
La Argentina tiene efectivamente un valor estratégico, y lo digo sin atender a la molesta megalomanía porteña. Hasta podría tener un papel en alguna medida referencial en ciertos aspectos y para ciertos ámbitos, por su riqueza potencial. Ciertamente es, en términos relativos, un actor con algún papel de cierta relevancia en un futuro no muy lejano, no sólo en términos regionales.
Pero no tiene ni clase dirigente política apta, ni estructura e infraestructura en términos productivos y empresarios. Ni hablar de un elemento que cada vez se revela más importante: un aparato de defensa sólido, potente, eficaz y disuasivo, para proteger los factores de su crecimiento, soberanía e independencia. Mencionar otra vez a Venezuela y a Estados Unidos o a Rusia en Ucrania, suena tedioso Por ejemplo, la Argentina sólo consigue algún financiamiento hoy por hoy por mandato de Trump y a cambio de un sometimiento a las necesidades e intereses geopolíticos de su acreedor. China o Rusia hacen otro tanto y no dejarán así nomás de intentarlo pese a que Trump entre a cualquier parte pateando la puerta. Pero, y para completar su penuria, tampoco tiene la Argentina mecanismos y disciplina que le permita dirigir el ahorro nacional a la inversión productiva.
Pero, más allá de todo eso, tampoco tiene una figura que conduzca un proceso como el que se avecina y ya está en curso acelerado y ni hablar de un conjunto de hombres y dirigentes que formen un equipo homogéneo, capaces de encontrar la propia vía en todos los órdenes, en medio de los tironeos hegemónicos. Aunque sí es verdad que nuestro país produce placebos de referentes mundiales, cuya virtud destacada es más bien o la picardía o la abyección.
* * *
Este repaso responde en parte a la cuestión inicial. Es apenas una recorrida por voces que, con insistencia y desde el mundo de las ideas peronistas, se postulan como recambio o salvaguarda. Voces que más allá de sus inconsistencias u oportunismos discursivos, dicen algo distinto, aunque insuficiente. Pero al menos su mera existencia se presta a la consideración y al análisis, si se está mirando el panorama de las posibilidades argentinas para zafar del corset perverso de la derecha liberal-libertaria y sus paniaguados, algunos de ellos incluso miembros destacados del staff peronista. Fuera de esto, lo que se ve y se oye es niebla, desazón, pusilanimidad, oportunismo, venalidad, ambición. E inoperancia política y hasta desguace ideológico. Casi exclusivamente, eso mismo es la prueba de que, más allá de la rendición incondicional de las banderas liberal-libertarias a las barras y estrellas del Norte mandón, en la Argentina no hay a la vista algo consistente que haya fraguado o tienda a fraguar con solidez, con la vista puesta en el mundo nuevo con su orden nuevo.
Y todavía no se ha mencionado aquí nada respecto de la verdadera batalla cultural que se combate en el mundo, muchas veces velada. Una verdadera batalla cultural en la que la política, la economía, las guerras y hasta los devaneos geopolíticos, son apenas la munición o la cobertura de superficie de algo verdaderamente raigal.