Hace unos 20 años, fui dejando en esta bitácora una serie de notas bajo el título Sobre la causa cristiana del Anticristo. Fue a propósito de un opúsculo de Immanuel Kant (El fin invertido de todas las cosas, de 1794) que encontré siguiendo a Josef Pieper, en El fin del tiempo. En un punto del capítulo II, Pieper reseña lo fundamental del difícil texto de Kant:
Vamos ahora a hablar brevemente del tratado sobre El fin de todas las cosas, que Kant escribió trece años después de su Crítica de la razón pura. Apenas es posible formular su afirmación en forma de una tesis clara dada la dificultad y confusión del razonamiento. Dos puntos sobre todo me parecen dignos de atención: primero, casi al comienzo se dice que el fin de la humanidad hay que concebirlo evidentemente en analogía con la muerte del individuo, que "en el lenguaje piadoso" se designa como un tránsito "del tiempo a la eternidad". Kant califica esa idea de lúgubre y estimulante a la vez, por lo que "los ojos que se apartan horrorizados no (pueden) menos de dirigir a ella su mirada una y otra vez". Es interesante la observación de que esa idea ha de "entretejerse ciertamente con la universal razón humana de un modo maravilloso". Naturalmente que el proceso de semejante transposición del ser temporal del mundo histórico a una participación directa, como quiera que se conciba, de la eternidad de Dios, queda por completo más allá de nuestra capacidad representativa. Y la razón, dejada a sí misma, llega aquí al límite de su capacidad, aunque ya el mero planteamiento conceptual no sea el mismo en cada uno. Pero en cualquier caso esa idea hace totalmente imposible concebir el fin de la historia humana según el modelo de una "evolución", cual si una ascensión quizá difícil pero siempre en un enriquecimiento constante llegara a su conclusión triunfal.
El segundo punto de la concepción kantiana, que a mí se me antoja singularmente importante, es la exposición detallada, en verdad, del fin "invertido", "antinatural" de todas las cosas que, aunque evidentemente sea medio en broma, no deja de considerarse conceptualmente posible al lado del "natural" y del "sobrenatural". Lo que ante todo resulta bastante sorprendente es que ese fin "antinatural", siempre que ocurra, lo "introduciremos nosotros mismos en tanto que malinterpretamos el objetivo final". Por poco en serio que Kant haya podido tomar esa concepción, en cualquier caso se habla expresamente de la posibilidad de una catástrofe final producida por el propio hombre. La exposición, un tanto complicada, empieza por la "amabilidad" esencial al cristianismo en sí, que tiene su fundamento en la "mentalidad liberal" con la que "puede atraerse los corazones de los hombres". Mas "si se descubriera que el cristianismo dejaba de ser amable, el rechazo contra el mismo se convertiría en la mentalidad dominante y el Anticristo empezaría su gobierno (supuestamente fundado en el temor y en el egoísmo)... ; pero después, ya que el cristianismo está ciertamente destinado a ser una religión universal, si no se viera favorecido por el destino para serlo, entraría el fin (invertido) de las cosas en un aspecto moral". Pero ¿qué es propiamente lo que se afirma aquí? Que (posiblemente) el cristianismo perderá la simpatía de los hombres, porque será infiel a su propia esencia. El Apocalipsis (y el Nuevo Testamento en general) dice exactamente lo contrario: que la Iglesia perderá la simpatía de la inmensa mayoría de los hombres por llevar a término su manera de ser propia sin mezcla de ninguna clase. En consecuencia Kant hubiera debido decir: está justificada "la gran apostasía" de los hombres que se apartan de ese cristianismo degenerado. Mientras que en el Apocalipsis, por el contrario, esa huida masiva de la Iglesia aparece casi como una confirmación de su verdad. Para el pensamiento ilustrado resulta ciertamente incomprensible la idea de que la verdad puede ser combatida, aunque sea la verdad o precisamente por serlo. "Me aborrecen sin motivo" (Sal 34, 19; Jn 15, 25). Volvamos por un momento a la distinción kantiana entre "fe eclesiástica" y "fe racional" y a su idea de que la fe eclesiástica será arrinconada por la religión racional, lo que significará la aproximación del "reino de Dios sobre la tierra". En consecuencia, el movimiento contrario de la religión racional que queda arrinconada por la fe eclesiástica, ¿no tendría que aparecer como la aproximación del Anticristo? Pero esto no es sólo una consecuencia que se impone en abstracto: ¡Kant la ha formulado de forma explícita! En la medida en que los sacerdotes "convierten en una obligación esencial unas observancias y una fe histórica" (entendiendo por todo ello el culto, los sacramentos, la fe en los acontecimientos históricos salvíficos), en lugar de "echar en el corazón unos cimientos éticos", hacen "lo que se requiere para introducirle (al Anticristo)". Así, pues, el Anticristo aparece nada más y nada menos que como una figura eclesial.
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Mas todo esto lo piensa Kant de un modus irrealis; su verdadero sentir, o mejor, su esperanza mantenida desesperadamente, es que el género humano está realmente metido en un progreso continuo hacia el "fin natural", hacia la fundación del "reino de Dios sobre la tierra", que es un acontecimiento intrahistórico y lentamente introducido por una fuerzas históricas; en ese reino prevalece una "paz" eterna y "en él pueden desarrollarse plenamente todos los gérmenes hasta poder cumplir su destino aquí sobre la tierra".
La razón de traer esas páginas pasadas a esta serie actual, es que entiendo que la postura de Kant y la de Peter Thiele son primas hermanas. Ambas, por lo pronto, agitan el fantasma del Apocalipsis y del Anticristo para proponer acciones y dibujar a su modo el sentido y el fin de la historia. Ambas, también, le asignan en cierto modo ser el Katejon a posturas exactamente opuestas a las que apuntan las Sagradas Escrituras y la teología, de alguna manera consistentes a lo largo del tiempo. Más directamente en Kant, mucho más sofisticada y enrevesada en Thiele, a punto tal que aquellas 4 sesiones sobre el Anticristo que mencioné, afirma Thiele estar inspiradas nada menos que... en san John Henry Newman: "el escribió cuatro sermones sobre el Anticristo, así que yo daré cuatro conferencias sobre el Anticristo", dijo el tecno-optimista.
En Kant, un cristianismo mundano y "racional", tolerante, progresista y liberal, revela según él la verdadera naturaleza del cristianismo. Lo que Kant llama antipatía del cristianismo, por el contrario, no es otra cosa que su naturaleza misma, que él entiende mal. Y bien lo apunta Pieper. Traducido, el "fin invertido de todas las cosas" se produce, en realidad, porque el cristianismo siendo cristiano como es, se vuelve antipático a un mundo que sólo tolera la tolerancia en términos liberales, es decir, por ejemplo, a la dictadura de lo políticamente correcto, o a lo inclusivo, diríamos hoy.
En Thiele, como digo, la cuestión es más tortuosa. Los enemigos de Thiele y de las corrientes alrededor de los neo-reaccionarios de la derecha alternativa tecno-optimista, son, por varios lados y bien mirados, los hijos de una revolución de la que el mismo Kant participó y que impulsó con sus ideas. Un sentido de la historia que no solamente puso lo humano en el centro, sino que lo divinizó de modo inmanente, para que se llegara al término de una evolución que alcanzaría "la paz perpetua" (otro de los ensayos kantianos). A ese mecanismo histórico de un cristianismo "amado" por el mundo que lleva al hombre a su "plenitud" intrahistórica (y esta palabra es importante), Kant lo designa como la "fe racional". La posibilidad de hacer un cristianismo a imagen y semejanza del hombre. No de Cristo.
Pero resulta que, todo lo que el mundo moderno y postmoderno ha levantado con ese impulso ¿kantiano?, ha ido a parar a un estado de cosas desolador. Anomia, aloguismo, rebelión, relativismo, ateísmo, gnosticismo, depresión, indiferencia, ecologismo alocado, banalización, usufructo de los avances científicos y tecnológicos a la vez que tecno-pesimismo, explotación, esclavitud, guerras impiadosas. Thiele se preocupa por establecer que, incluso en su campo tecnológico –que tiene a la inteligencia artificial y la robótica como mascarón de proa y emblema–, las cosas no son mejores. La verdadera batalla cultural, en definitiva, es por el triunfo del tecno-optimismo. En el fondo, una inteligencia artificial "benévola" y no manchada por fantasmas crueles y totalitarios, y lejos de sus reacciones puramente rebeldes a cualquier cortapisa o restricción, una inteligencia artificial lejos de las agendas dominantes de los "enemigos".
Según Thiele, la propia inteligencia artificial es a la vez Katejon y Anticristo (como lo es Trump, asegura Thiele). Ella misma podrá retener al Anticristo –y ser el equivalente a la fe racional de Kant– si se aviene a encabezar, en esta perspectiva, La república universal tecnológica. Y ella misma será el Anticristo si queda atrapada en el uso que los infieles globalistas le darán a la tecnología para hacer progresar su agenda "deshumanizante", y ser así en algo equivalente a la fe eclesiástica de Kant. Y se entiende que digo esto analógicamente, no sólo porque entre lo que postula Kant y lo que elucubra Thiele hay más de una diferencia. Al margen de la analogía, está el hecho de que sólo podría pensarse la tecnología como instrumento anticrístico. Porque el Anticristo –como Cristo– no es una cosa: es una persona. Persona política coinciden más bien los exégetas, como lo vio Daniel el profeta. Así como la Bestia de la Tierra, el profeta del Anticristo, se entiende más bien como alguien, no algo, que provendría de lo religioso.
A estar por sus dichos, siempre enmarañados, confusos y dizque eruditos, Thiele postula, en definitiva y a mi juicio, que Silicon Valley, convertido (y ya en vertiginoso proceso de conversión) a una nueva fe, será la Nueva Jerusalén que alumbrará una inteligencia artificial que salvará al mundo. Roma, entretanto, la capital de esta nueva fe, la última y definitiva Tercera Roma, serán los Estados Unidos y su ejército de algoritmos omnipresentes.
Pero, para que ello ocurra, el planteo de esta revolución no tiene que dejar áreas baldías. La oposición al globalismo y al wokismo es global a su modo y debe cubrir todas y cada una de las áreas: de allí la cantidad de tribus que se apelmazan en esta reacción revolucionaria (no es un oxímoron literario). Su apariencia es la de una reacción ante los postulados y las obras de la Modernidad y una reacción ante lo líquido y disolvente de la PostModernidad. En esta perspectiva, el amontonamiento que se da de conservadurismos, nacionalismos, soberanismos, romanismos imperiales, anarco-capitalismos, trans-humanismos, tradicionalismos, y también de libertarianismos, es algo que está en el centro de la cuestión. Es a la vez un mapa fijo y un distractor dinámico.
El vértigo con el que se produce la floración de estas corrientes parece cubrir el planeta. Y digo "parece" porque, cuando se observan los bandazos velocísimos de esta nave que ya surca todos los mares del mundo, de pronto vemos en cubierta una concurrencia variopinta: no solamente a Trump y J.D. Vance, a Bannon y a Dugin y hasta el ¿retirado? Surkov, sino a los nacionalismos-imperiales rusos (tampoco es un oxímoron literario), que abona Putin y postula Dugin (resurrección de las naciones para todo el mundo, resurrección del imperio para Rusia), Salvini o Meloni (no son la misma cosa) y hasta el competidor M5S, o Netanyahu y la supremacía, la neo-derecha alemana o austríaca o polaca o húngara; y hasta Xi-Jinpin y su aspiración global no globalista y multilateralista (tampoco esto es un oxímoron literario). Y más miembros unidos o dispersos: todos aquellos que en algo que importe puedan cumplir en apariencia o realmente la máxima ya sofística que reza que "los enemigos de mis enemigos, son mis amigos".
Que todo esto se funde o derive no solamente en un lenguaje teológico, sino específicamente cristiano, y que además de un lenguaje pretenda presentarse como una versión del sentido cristiano de la historia y hasta del mismo cristianismo, es lo que me hace consistente la comparación de aquel texto de Kant con las interpretaciones de Thiele respecto del Katejon y del Anticristo. Ambos, como dije, tienen en mente algo que reemplazará a Cristo, ambos predican una doctrina soteriológica. Ambos tienen premisas y conclusiones que, finalmente, entienden cristianas pero que en realidad no son cristianas en absoluto. Mismas palabras, cosas distintas.
Kant tanto como Thiele –y Dugin, como veremos–, en última instancia piensan en términos inmanentes. No importa si los dos últimos (como otras tribus de este tiempo) derechizan y "tradicionalizan" sus postulados y su lenguaje, sus propuestas culturales o morales, o hasta su misma apelación a la religiosidad. Cada una de las propuestas está contaminada de inmanentismo. Son para aquí abajo, son sólo y orgullosamente para el tiempo histórico, con una concepción que –como bien vio Pieper en Kant– deshace la trascendencia metahistórica, el fin último metahistórico del hombre (y de la misma historia), en fórmulas enmarañadas, ambiguas y en último término funcionales a un proyecto inmanentista.
El oponente a los neo-reaccionarios tecno-optimistas, como dije, es en muchos aspectos hijo de Kant, en este sentido. Pero también enarbola una libertad rebelde y la destrucción de las raíces del pensamiento y todo relativismo hasta el asco del ser y de la verdad y del bien. Y en eso está la mayoría en la versión actual de Europa y también en una parte no despreciable de la política y la cultura y la tópica moral y existencial mainstream, los States incluídos.
Pero la batalla de los neo-reaccionarios y tecno-optimistas contra ese oponente, que no es menos poderoso y extendido planetariamente, es a mi juicio una estrategia de poder. Sus postulados dizque conservadores y tradicionalistas, son una superestructura ideológica, al fin de cuentas: pero no hay ni habrá, ni para unos ni para otros, una manera "conveniente", "oportuna" de ser cristiano.
¿Hasta dónde llegará este combate? ¿Cuánto resistirá la Unión Europea (o el democratismo yanqui) como encarnación ideológica de un proyecto tan deshumanizante como el de sus oponentes? ¿Cuán lábiles o firmes son las alianzas de los supuestos aliados tácticos? ¿Cuál será el paso siguiente a las palabras, a los ensayos, conferencias y discursos, a los acuerdos en los papeles? Es una maraña, sin dudas, un juego de espejos deformados en el que las figuras son y no son lo que aparece reflejado en el espejo.
Lo que sí parece claro, en medio de tanta oscuridad y confusión, es que –cada vez se nota más– las márgenes no están tan alejadas unas de otras, más allá de las apariencias, más allá de las formulaciones programáticas opuestas y beligerantes.
En cualquier caso, no les veo destino: o se conforman con y a lo que el cristianismo es en realidad, con lo que es en realidad para el hombre y la sociedad y la historia y la metahistoria, o deberán seguir intentando levantar –juntos o separados– una Babel que Cristo derrumbará en el fin de los tiempos.
No es necesario que me lo recuerden: no se me escapa que no he nombrado a la Argentina en estas consideraciones.
Por ahora, claro. Porque no termino todavía la serie original y madre de estas reflexiones, Principios y valores.