martes, 31 de diciembre de 2024

Nunca no estás


No conozco la herida de tu ausencia,
ni nostalgia que venga a visitarme
en horas ciegas para flagelarme
con retazos raídos de presencia.

Nunca no estás. Para dejar de amarme,
la muerte o el olvido o la demencia
no son la suficiente indiferencia
que me empuje al vacío de alejarme.

Al mismo tiempo flor y las mareas,
enhebrada en un bosque o mis ideas,
ave en el aire, llano, en toda parte...

De veras quiero que en mis ojos veas 
que miro el mundo y siento que es mirarte
y que no hay cosa que, al mirar, no seas.


domingo, 29 de diciembre de 2024

La b no es la v




Una sola letra puede confundirnos gravemente.

Y de allí, directo al desastre fatal.

Por ejemplo.

En latín existen dos palabras: beneficus y veneficus.

Ambas voces pasaron al castellano (y a otras lenguas romances), aunque la segunda tal vez no la reconozcan algunos porque cayó en desuso entre nosotros.

Benéfico dice claramente que hace el bien o que hace bien. Venéfico, en cambio, significa que envenena.

En la etimología de bene, algunos ven el verbo beare, que significa ser feliz, deleitarse (o deliciarse, una forma que lamentablemente también hemos perdido).

Mientras, en los orígenes de veneno, hay un entrevero de voces interesante.

Por ejemplo, la forma italiana del latín venenus es veleno. Algunos sostienen que esa deriva proviene casi directamente del griego y, más específicamente, de una serie de ideas asociadas. No lo aseguraría a pie juntillas, pero es casi probable.

En griego, bélos es flecha o saeta. así como tóxos es arco o a veces también flecha. Esto último dicen que viene del hecho de que los arcos y las flechas los hacían de madera de tejo (táxos, tóxos, en griego), que es un árbol venenoso. Las mismas puntas de las saetas podían untarse a su vez con el veneno poderoso de sus frutos rojo vivo.

De allí que algunos derivan de ese griego bélos la forma veleno del italiano. Y aún más: por el nombre de aquel árbol, hay otra palabra asociada a esto: tóxico, por la deriva en taxicum-toxicum, que por cierto significa envenenado, debido a las propiedades del árbol en cuestión.

En castellano, y más lenguas romances, también existe el substantivo tósigo que significa, precisamente, veneno o, más interesante aún, poción venenosa.

Y ahora que lo pienso, me pregunto: ¿qué de todo esto podría tener alguna conexión con Eros (o Cupido), primordiales entre los dioses griegos y romanos, a los que ni siquiera perdonan con su arco y sus poderosas flechas enloquecedoras, que pueden mover a quien las recibe al amor y al deseo, tanto como al odio o al desamor, según sus puntas sean de oro o de plomo?

Es curioso que, en la compleja mitología de estos dos muchachones inclementes (para nada unos picarones angelitos culones y regordetes con una arquito de juguete), y más entre los griegos que entre los romanos, se remarca que el amor que pueden inocular con sus flechas es un amor (o algo parecido) más bien pasional en extremo, enloquecedor e incluso tóxico. Otro nombre de Cupido entre los romanos es Amor, lo que más bien aporta a la confusión de los sentimientos. Otro tanto ocurre cuando provocan a puro flechazo el odio o el desamor, tan violentos ambos como sus opuestos.

En términos propios y verdaderos el amor real es benéfico y, por lo mismo, el que simula serlo es venéfico. Pero, a la vez, mientras que hay modos benéficos de apartarse de lo venéfico, también hay modos venéficos de apartarse de lo que puede ser tanto benéfico como venéfico. De habitual, en casos así, los antiguos miraban a los arcos y a las flechas porque las hacían responsables de esto. Pero, de algún modo más o menos humorístico, finalmente hay que hacer la advertencia: preste atención, porque fallar en la ortografía, confundir la -b- con la -v-, puede abrirle la puerta al desastre y que ese desastre campee después lo más orondo por su vida.



sábado, 28 de diciembre de 2024

La muerte de los amigos




A Federico Mihura Seeber
In memoriam

+ Diciembre, 28, 2024 


Viene pasando que se me andan muriendo amigos.

Gente que he querido y admirado, buena gente, respetable por su calidad, respetados por su sabiduría, su sentido común, su talento, su sencillez, su honestidad. 

Y su buen corazón: buena gente, buenas personas.

Sé también que todos los que digo han sido gentes religiosas, sinceras en su fe, valientes en su fe y en su esperanza. Discretos en su caridad.

Se mueren muchas gentes cada día, y ya lo sé.

Pero me importan más que nada "mis" muertos. Son muertes siempre más reales, diría. Son de veras una parte de nosotros que se va con ellos, de un modo vivo, digámoslo así, existencial. Pero no es del todo así, creo.

Dicen muchos que, pasando la vida, sienten que las muertes los van dejando más solos, que se le van yendo los amigos y las querencias, que ya no están tan completos, que han perdido una parte de sí. Lo entiendo perfectamente.

Sí, entiendo eso. Pero tendría que fingir ese sentimiento, porque no lo siento espontáneamente. "Perdí un amigo" no es una frase que pueda decir sin algún fingimiento: no siento tal cosa, y su muerte, en un cierto sentido muy vívido, me alegra. Los he conocido, cuanto pueda conocerse a otro humano. Sé quiénes han sido, hasta donde eso es posible. Y estoy no solamente esperanzado en que finalmente habrán de tener un premio a la altura, cuando pasen las puertas de la muerte, porque su fidelidad hace que la muerte no podrá contra ellos, ni ellos serán su botín de guerra. Y creo –y confío– que así es ya.

Y está la tristeza. Pero tampoco. Por los buenos amigos que se me mueren, por las gentes queridas que no están ahora en este valle. Tampoco del todo. Y por la misma razón: me alegra más su destino, que lo que pueda afectarme lo que se va con su partida, y mi orfandad de ellos.

No es virtud, no se engañen. Aunque tampoco sé qué es. Pero así es.

Lo que sí sé es que, a medida que se van yendo a la Patria, cuando los recuerdo, sólo puedo ser agradecido: Dios ha permitido que tuviera buenos amigos. Y lo estoy diciendo mal: Dios ha permitido que buenas gentes me consideraran su amigo, con el beneficio que eso me ha causado a lo largo de mi vida.

En sentidos distintos, porque son gentes distintas, estimo que todos ellos han sido mejores que un servidor, lo que me turba un poco, porque me sabe siempre a regalo inmerecido. Pero así lo dispuso Dios y me alegro de que así haya sido.

Claro que sé que dejan un hueco que no puede obviarse y que es un hueco ontológico y por eso mismo irreparable, aquí en el llano de este mundo. Y sé bien que eso causa una sana y natural tristeza, como que estar no es lo mismo que no estar, como que un bien perdido entristece. Al menos en cuanto perdido. 

Pero no en cuanto bien. 

Y por eso es más fuerte la certeza de que todas aquellas existencias han sido un regalo inmerecido, del que se me ha permitido participar. 

Un regalo que destila una alegría en mí mucho mayor que la tristeza por cualquier pérdida.



Tanto


¿Con cuántos corazones viviremos?
Uno lo tiene a Dios en lo profundo,
otro guarda a la Patria, otro a los padres,
otro a la amada va, amante siempre.

Otro en el hijo pone la esperanza,
otro es la compañía del amigo,
otro ve el propio pago y lo celebra,
otro espera vivir eternamente.

Cada alegría, todos los dolores, 
la nostalgia y el gozo, las heridas
y la insistencia de enfrentar la muerte.  

Y más, y más, y más. Y siempre amando.
¿Podrá con tanto un solo corazón?
¿Será uno sólo? ¿Cuál es su secreto?

viernes, 27 de diciembre de 2024

Explicación de tu dolor


Todos me dicen
que tu dolor es azul como la noche.

No es verdad.

Tu dolor es incoloro 
como la nostalgia y el cristal.

Me dicen que tu dolor tiene grietas
de las que brota una niebla triste.

Tampoco es verdad.

Tu dolor siempre fue terso,
como la piel de una pantera;
y brilla al sol como el ébano al mediodía.

Todos me dicen 
que tu dolor es seco y gris
como las tablas de un muelle viejo.

Se equivocan.

Tu dolor sabe a mariposas,
a flores tropicales sobre un vestido blanco,
flores húmedas y fragantes.

Me dicen...

Basta.

Ya no voy a corregirlos.
Ellos no conocen tu dolor.

Ellos no saben 
que eso de lo que tanto hablan
es tu alegría.


martes, 24 de diciembre de 2024

Soneto de tierra y Cielo


Para que hasta la tierra llegue el Cielo,
habrá una Madre, noche y los pastores,
y un pesebre que entibie los dolores
que viene a redimir un Niño al suelo.

Tuvo que haber habido el manso Vuelo
de una Paloma, un ángel, los pudores
de una Niña y su gozo; y estupores
de un varón silencioso y su desvelo.

Y en las alturas, Gloria. Y una Estrella
que ilumine una noche sola y fría
para el triple homenaje de ese día.

Y un Niño bello y la Doncella bella,
de una belleza en todo Inmaculada.
Y una Promesa tierna consumada.


lunes, 23 de diciembre de 2024

Gandalf, ¿qué es el poder? (I I I): Ira y algoritmos.




Si Poncio Pilatos hubiera sido un gobernante argentino, seguramente sus palabras ante Jesús podrían haber sonado así: "¿Vos sabés con quién estás hablando? ¿Quién te creés que sos? ¿No sabés que puedo hacer con vos lo que se me cante y si quiero te aplasto como a una hormiga?" 

Pilatos pudo haber sido malo o pusilánime, y hasta haberse arrepentido y haber muerto mártir como creen algunas iglesias cristianas viejas. Pero su intervención queda también en la historia como paradigma de alguna vanidad que ataca a los que gobiernan, mandan o tienen poder (y esas tres cosas no necesariamente son sinónimos).

Esa vanidad se muestra también en la vanagloria con que estiman su papel en los hechos y hasta en la historia. Y suele ser así porque se necesitan algunas virtudes "débiles" para mostrarse lo suficientemente fuerte con el báculo y el orbis terrarum, uno en cada mano, de modo que el que recibe poder "no se la crea". La humildad es la más notable de esas virtudes. Escasa y en general inexistente entre quienes llegan a hacerse a la idea fantasmal de que son no solamente dueños de bienes y vidas, sino la mismísima causa causarum.

Todo el que tiene algún poder debería mirarse en el espejo de Pilatos. Pero lo más frecuente es que no lo hagan o lo hagan con mirada miope. Tan miope que algunos hasta pueden considerarlo el emblema del autócrata imbatible, que hasta puede mandar a Jesús mismo a la Cruz –hecho que muestra a la vez la apariencia de sumo poder y también un fallo inicuo, con más el haberse vuelto un instrumento lateral involuntario del cumplimiento no sólo de las Profecías sino de la mismísima voluntad de Quién las dicta–. No son pocos los gobernantes que se hacen la ilusión de que han ganado el partido, sin advertir que con ese resultado la copa se la lleva Otro.

Es así en la historia del mundo y lo será de principio a fin. Por eso no será la última vez que haya que decir lo que ya cité varias veces de san Agustín en su Enchiridion (cap. 27, 8): Dios juzgó más conveniente sacar bienes de los males que impedir todos los males. (Melius enim judicavit de malis bene facere, quam mala nulla esse permittere,). Bien leído, no se sigue de allí que haya que aplaudir los males de los que Dios puede sacar bienes. Son males y los males son malos. Y Dios no los aplaude, si acaso los tolera.

Es penoso verlo y da un poco de fastidio a la vez. Pero hay un desquicio en aquellos que, por razones torpes de un seso algo liviano, celebran los males, casi siempre por estulticia más que por maldad.

Como si dijera que se entusiasman y bailotean de gozo cuando se enteran de que Drácula acaba de comerse al Hombre Lobo. Si me preguntan, los preferiría partidarios furibundos de Drácula, pero no siempre es esa la razón por la que festejan el almuerzo del Chupasangre epónimo. Se llega a ver incluso que hay algunos que fundan su alegría en motivos religiosos. Y se oyen argumentos que podrían traducirse como que, en la figura de Drácula alimentándose con la sangre ajena buscando su inmortalidad, hay hasta una extraña deriva teológica. Después de todo, supongo que pensarán, no es ajena a la creencia de un creyente la idea de que la sangre redime, y da la vida eterna. Y supongo que así justificarán en sus devaneos que haya víctimas cuya sangre le dé la inmortalidad a un Drácula que a la vez que las aniquila simula que las redime. Es una inversión maligna de la teología cristiana. Y peligrosa. Con eso bastará para justificarse a sí mismo la complacencia por la muerte del Hombre Lobo, que ciertamente era un mal. Pero no alcanza de ninguna manera para alegrarse en ningún sentido por el triunfo de Drácula, quien con ese triunfo ha aumentado su poder y saldrá a la caza de más sangre y, sobre todo, más sangre de los más inocentes, porque esa perversión le da otro gusto a sus manjares. No me crean si no quieren, pero no estoy inventando del todo el símil y los argumentos.

La sentencia de san Agustín (y otros con él) supone que Dios ha preferido sacar bienes de los males. Sacar bienes de los males, se entiende. No males de los males. Y Drácula es un mal, y el triunfo de Drácula es un mal, aunque no estoy seguro de que todos estemos de acuerdo con esto. 

Respecto de la vanidad del que lleva como propio un poder prestado, en la figura del cardenal sevillano del siglo XVI que imaginó Fedor Dostoievsky, en Los hermanos Karamazov, es sabido que hay un buen ejemplo: un príncipe de la Iglesia que se le para de manos al Rey del Universo, y lo amenaza y lo echa del mundo, de su mundo de poder pervertido. Y lo hace porque sabe Quién es, no porque no sepa quién es. También Jesús era "un Justo" a los ojos de Pilatos y mandó que lo crucificaran.


*   *   *

Hace un tiempo traje a colación una exposición de Giuliano da Empoli (el de El mago del Kremlin) en la que el politólogo y novelista italo-suizo, dice algunas cosas útiles, sobre todo en cuanto a la fenomenología de los modos del poder en estos tiempos. Tal vez Da Empoli describa lo que ve y no porque le guste lo que ve, si le hacemos caso a él mismo. Sus investigaciones empezaron cuando detectó un fenómeno nuevo en los modos del poder con la aparición y el ascenso del movimiento 5Stelle en Italia. 

Pero creo que algo que le pasa a Da Empoli es parecido a lo que ya le pasó a Marshall McLuhan en su momento respecto de sus análisis de los medios. Todos creyeron que los análisis del canadiense y sus consecuentes doctrinas –que terminaron como frases de posters–, eran una propuesta de lo irremediable que avanzaba feroz con las tecnologías de la comunicación, y no una descripción y hasta una anticipación alarmada y alarmante. También la fenomenología de Da Empoli es descarnada y si fuera una propuesta programática sería cínica y cruel. Pero según él, insisto, ha hecho un análisis de un peligro operante, desde su perspectiva democrático-liberal. El ejemplo de McLuhan no es caprichoso. Su época no es la de Da Empoli pero la naturaleza del fenómeno mediático y virtual sí los une. Sólo los separa el grado en que se manifiesta la relación entre el poder y los medios y la virtualidad.

La sujeción global a esa virtualidad tiene una matriz que podríamos llamar platónica: mantener al hombre cautivo en la Caverna, lejos de la luz real del sol y atado con cadenas invisibles a una ficción de lo real, que el poder maneja y de la que se vale. Que eso haya sido a través de la televisión, como en el caso de lo que auguró McLuhan, o a través de las redes, como en el caso de lo que analiza Da Empoli, no es más que una diferencia de grado. La naturaleza del asunto es la misma y en consecuencia su finalidad también. Como si dijéramos, algo bastante similar a aquello de que esos artilugios son:

Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.


Como haya sido, algunas de las cosas que Da Empoli dijo en esa presentación en el Malba de Buenos Aires, hace un par de meses, creo que tienen algún interés fenomenológico para esta serie de notas sobre el poder:

“La ira es algo que siempre ha estado ahí, forma parte de nuestras sociedades y crece en tiempos de crisis. Pero incluso cuando no hay ninguna crisis en particular, la ira está ahí y siempre ha sido explotada en la política (...) La tecnología tiene un impacto en la política. Lenin solía decir que el comunismo era ‘soviet más electricidad’. Y creo que la nueva política es ‘ira más algoritmo’”.

“A las plataformas de internet no les importa lo que es verdad, lo que es fake, lo que está bien, lo que está mal, lo que es bueno, lo que es malo, todo eso le da igual. Lo único que les importa es el engagement. Cuánto interactúas, cuánto tiempo pasas en la plataforma, cuántos likes, cuántos retweets”. (...) “El algoritmo en la política de ‘Los ingenieros del caos’ es simplemente aplicar este método básico a la política. Es el mismo principio: crear engagement, no se trata de coherencia, ni de verdadero o falso. Tiende a ir al extremo porque esto es lo que funciona mejor en el sistema de plataformas de Internet. Y crea consenso y atención yendo al extremo, no moviéndose hacia el centro”. (Los ingenieros del caos, un ensayo de Da Empoli de hace unos 5 años, como ya dije antes, describe un fenómeno apenas anterior al que se ve hoy mismo, aunque sea parte de las raíces de lo que se ve hoy: populismo y fragmentación del mundo y la sociedad, por influjo digital. Su perspectiva es la de un moderado de centro, con lo que eso significa.)

“En la vieja política, si querías tener una mayoría, lo que tenías que hacer en un momento dado era hablar con todo el mundo. Incluso si tenías elementos muy radicales dentro de tu partido o dentro de tu movimiento, necesitabas suavizarlos porque necesitabas convencer al votante medio para que te votaran, si querías una mayoría, si querías gobernar, de lo contrario te quedabas con una pequeña cosa en el extremo".

“Hoy en día, en la política cuántica, ya no funciona así. Si tienes un mensaje medio, puede tener mucho sentido, la mayoría de la gente puede estar de acuerdo, puedes plantear una declaración razonable sobre economía, sobre seguridad o inmigración –un tema muy importante en Europa y en los EE.UU.– pero en las redes sociales y en Internet, esto tal vez tendrá dos me gusta, tal vez tres retweets. Nada”.

“Ahora, vas con algo extremo y ahí recoges no sólo la energía de todos los que están de acuerdo contigo, sino especialmente la energía de los que están en tu contra. Es especialmente su energía, sus retweets, su indignación la recoges. ‘Mira esto’, ‘Esto es escandaloso’, ‘¿Qué está diciendo?’, ‘¿Lo dice en serio?’, ‘Pero esto es violento, no podemos aceptarlo’. Esto también produce energía, también produce engagement, que es el único criterio”.

“Esta es la forma de generar hoy energía en la política por una razón muy fácil, y es que el debate se ha trasladado a otra parte. Estamos aquí, discutimos sobre política, estamos en la Argentina, en una democracia, una democracia liberal donde se aplican reglas. Hay algunas cosas que no puedo hacer: no puedo acercarme y golpearte con mi micrófono si no estoy de acuerdo contigo porque hay reglas. Lo mismo ocurre en los medios de comunicación, diarios, TV”.

“Cuando estás en Internet, en las redes sociales, cuando estás en el lugar donde tiene lugar la mayor parte de nuestra vida pública e incluso privada, hoy en día ya no estás en la Argentina: estás en Somalia, estás en un Estado fallido donde hay señores de la guerra que imponen sus reglas. Lo hacen porque tienen sus dominios sobre partes de él, y ganan dinero con ello, y no se aplica ninguna de las reglas previas. Cuanto más trasladamos nuestra vida y nuestro debate político a un Estado fallido, como es Internet y las redes sociales, que son como Somalia o Yemen, más problemas tenemos para mantener la dinámica democrática liberal en su lugar”.

“La forma de adquirir poder hoy es poner en discusión el fundamento de ese poder”.

“La primera promesa de este tipo de líder es la humillación de la casta. Es la humillación del establishment. Y mientras pueda mantener esa promesa, esta será una poderosa energía para mantenerse en el poder y eventualmente volver al poder si lo pierden, porque es la promesa número uno y está por encima de cualquier material o elemento concreto”.

 “Cuando tienes una declaración violenta como las que hace el presidente muy a menudo, hagas lo que hagas estás atrapado. Como medio de comunicación, si reaccionas con indignación diciendo ‘esto es inaceptable, esto es terrible, no debería estar diciendo esto y lo otro’, le estás ayudando –porque de eso se trata–, estás amplificando su mensaje, que tal vez al principio sólo se limitaba a sus seguidores en X, haces que crezca”.

“Por otro lado, si lo ignoras, entonces lo estás normalizando, estás diciendo ‘está bien, así es como hablamos ahora’, o ‘podemos amenazar con violencia física, podemos hacer todo tipo de cosas, y el presidente puede hacerlo, es normal’”. 

“El efecto político del teléfono móvil va mucho más allá de las redes sociales y las cosas que, por lo general, solemos hablar. ¿Cómo usamos el celular? Lo usamos para obtener respuestas: cualquier cosa que no recordamos o no sabemos, vamos aquí, buscamos una respuesta y la obtenemos inmediatamente. Estamos menos dispuestos a aceptar las respuestas de otras personas o a aceptar que alguien tenga una respuesta cuando nosotros podemos encontrarla inmediatamente. Lo segundo es que obtenemos servicios: quieres pedir algo, una comida, un libro, lo que quieras, cualquier cosa, haces clic y lo consigues. Y es inmediato”.

"Frente a estas facilidades, ¿qué es este proceso político que toma tanto tiempo y no proporciona respuestas inmediatas, ni servicios inmediatos y es mucho más ineficiente en comparación con lo que estamos acostumbrados con este viejo iPhone?" 

En un análisis de las selfies, Da Empoli sentenció que el factor selfie entraña un efecto tan corrosivo como inadvertido: “Estamos con alguien famoso, en un entorno hermoso y lo que hacemos es tomarnos una foto de nosotros en el entorno o la persona. Se trata de nosotros, el teléfono es en realidad un espejo que tiene que reflejarnos todo el tiempo”.

“La democracia representativa no es amigable con las selfies. No pone a cada uno de nosotros en el centro de la imagen” (...) “En refugios de animales del Reino Unido se comenzó a notar que ya nadie adoptaba gatos negros, que todos los gatos negros eran abandonados. Empezaron a investigar y se comprobó que la gente ya no quiere gatos negros. Después de un tiempo se entendió que la razón es que no salen bien en las fotos y en las selfies. Es una cosita negra borrosa que no es fotogénica, comparada con los gatos blancos o de otros colores, que son mucho mejor para selfies y para fotos”.

“Creo que la democracia representativa es un poco como un gato negro porque tiene dificultades para ser compatible con un nuevo entorno en el que la interfaz que hemos elegido para todo, para nuestra relación con el mundo, nuestra comprensión al mundo para nuestras interacciones entre las personas que se conocen y amigos para incluso nosotros mismos” (…) Más aún porque estos dispositivos están evolucionando, se están volviendo más inteligentes y satisfarán nuestros deseos cada vez más; están cambiando nuestra relación con el mundo. Y veremos qué pasa con la democracia liberal en este contexto. Pero es un enorme desafío”.


*   *   *

Lo digo otra vez. Da Empoli está denunciando con su descripción una matriz para obtener y conservar el poder que se sintetiza en esa dualidad de ira y algoritmos. Y tiene razón. Claro que lo denuncia como defensor de la democracia liberal y de los modos que el establishment de esa democracia liberal había establecido como paradigmas culturales y políticos inviolables. Y en eso está errado. En su misma descripción de cuál es el modo del poder con su emblema de ira y algoritmos, Da Empoli debería advertir que buena parte de ese fastidio con pretensiones de fastidio global es el hijo natural de la representatividad fallida y falsa de las democracias liberales. El problema no es tanto la erosión o demolición de las democracias liberales (si ese es realmente el resultado final, lo que no está claro). Eso en todo caso le preocupa a Da Empoli y a otros que defienden ese status quo.

El problema no es lo que nos estaríamos perdiendo con esa pérdida. El problema no es tanto lo que se destruye al destruir el universo de sentido y de acciones que ha generado la modernidad en cultura y en política y que también ella ha difundido a través del totalitarismo de la "información y del entretenimiento". El problema real es lo que suplantará a aquello que se destruye o erosiona.

Chesterton, lo parafraseo, decía que con los socialistas estaba de acuerdo en cuanto a lo que pretendían demoler, pero para nada de acuerdo respecto de lo que proponían poner en su lugar. Cuando hablaba de lo que habría que suplantar, se refería a un estado de cosas británico, y en parte ya global, que era la simbiosis de plutocracia, industrialismo desenfrenado, usura y crueldad social manifestada por ejemplo en las normas para la educación o la vivienda, no menos colectivista en los hechos para el hombre común que las propuestas colectivistas de la izquierda. Quiero decir que no basta con destruir Cartago, porque es demoníaca, si lo que vamos a cultivar una vez que destruyamos incluso sus ruinas, es una planta venenosa para con ella alimentar al mundo. Creo que los aplaudidores de Drácula no entenderían estos argumentos.

Que esos populismos de derecha rabiosa y prepotente no hagan mucho por la verdadera salud política y cultural de las sociedades en las que hoy se manifiestan, no significa que no se hayan vuelto una alternativa. Pero a la vez hay algo envenenado en esa alternativa y es que esas propias derechas se consideran la única posibilidad saludable para los pueblos: vanidad otra vez. Y en eso se equivocan, por vanidosos. Y uno de sus yerros fundamentales es precisamente lo que bien describe Da Empoli como el ariete con que se disponen a demoler lo que es el ancien régime de este ciclo histórico. 

Para desarrollar esto último hay que ir un poco bastante más allá de los postulados de Da Empoli y de su cruzada en favor de la democracia liberal. Porque, insisto, lo que está en juego no es la supervivencia de la democracia liberal y menos la de los postulados culturales que le dieron nacimiento y la sostienen.

No basta con que haya visto con agudeza el fenómeno de cómo obtienen poder esas derechas filo-cuasi-totalmente liberales o libertarias o minarquistas o anarco-capitalistas o populistas tecnocráticas.

Con la deglución del Hombre Lobo, parece que hay quienes creen o esperan que –y no estoy seguro de entender bien por qué– vendrá un caballero noble y cristiano, con extremo coraje y costumbres conservadoras, que restaurará con pretensión de eternidad un modelo de bienestar paroxístico, y que será defensor del pueblo ante las hordas turcas, por ejemplo, en pro de los buenos y contra los malos. Así era, básicamente, Vlad Tepes, el noble rumano histórico que dio origen por su crueldad empaladora a la figura literaria de Drácula.

Creo que para ir un poco más allá en esta materia, hay que poner la mirada en dos notas en las que todo poder (de cualquier signo) tiene el riesgo de caer: la crueldad y la vanagloria. Y muy especialmente hay que hacerlo atendiendo a la deriva de los enviones más recientes de estas mezclas de ideas que se dan cita en las dizque derechas de hoy día.

Pero, por ahora, hasta aquí llego.



Soneto sonata


Con esos trinos luz de los jilgueros
y esas notas zorzales entre ramas,
sé que quieres decir que, cuando llamas,
me llamas y ellos son los mensajeros. 

Del sauce cae la música en escamas
que enhebran picaflores jardineros.
Y arrullos de palomas, tan austeros,
me dicen que en murmullos me reclamas.

Y hay un crespín sonando mi tristeza,
la calandria que imita tu alegría.
Y en soledad hay un kakuy clamando.

Mientras, silba en sus alas tu belleza,
anidando tu voz con esta mía
con el lazo de amor que estás cantando.


domingo, 22 de diciembre de 2024

Soneto de la carta


Antes que nada, y sé que lo sabías,
quiero decirte que a la primavera
–aunque le supliqué que no se fuera–
no la tengo a mi lado hace unos días.

Se fue sin más, por más que no quisiera
(y sé que tú tampoco lo querías);
y prometió volver, como decías
que habría de volver cuando volviera.

No me consuela el círculo del cielo:
saber que volverá no me consuela
y tener que esperarla, en algo es triste.

Lo cierto es que no está y ese es mi duelo.
Sólo me queda ser el centinela
que espera ver volver lo que no existe.


 

sábado, 21 de diciembre de 2024

Sonetango


Como el linyera que en su cucha muerde
cada tanto un pedazo de pan duro,
manyo las migas de este mundo oscuro
hace más tiempo que el que yo me acuerde.

Pasó de largo el bondi del futuro:
y fui el boncha boliao que se lo pierde.
Soy todo ramas secas, ni una verde,
y espichar es el yeite que me auguro.

Y soy como la vieja en el cortejo
que mientras llora mira en el espejo
del fiambre que acompaña su destino.

Balurdos de la vida, el entrecejo
de la parca me busca y me imagino
que ya me bate que he llegado a viejo.



Soneto en gris


El tiempo que me queda para amarte
–unos pocos segundos: esta vida–
me es más pena que gozo, es esa herida
que no deja de herirte hasta matarte.

Porque amar sin medida con medida
es abrazarlo todo sólo en parte;
es no poder amar para curarte
del amor, que es la herida consentida.

Pasar la vida amando y recordarte
como una dicha que el amor no olvida,
deja al alma del que ama entristecida.

Siempre detrás de ti para encontrarte
y llegar al final y no alcanzarte,
pues el último encuentro es la partida.


miércoles, 18 de diciembre de 2024

Quienes somos


No todas las cosas
que parece que alguna vez fuimos,
son lo que somos verdaderamente.

Siempre he sido yo mismo,
Nunca he sido el que fingía mi estampa 
y burlaba mi faz y mis huellas 
y se hacía parecido a mí.

Muchas veces,
alguien que quería robar mi figura,
ha burlado mi sombra
y mis manos y mis pasos; 
ha fingido mi propia mirada
y la ha nublado con su propia ceguera;
ha nutrido con sangre amarga un corazón extraño,
que no he sido yo latiendo en realidad.

Alguien ha hablando imitando mi voz,
tal vez apenas deformando las palabras
que no hablaban en mí,
ni por mí.

(Pero no ha podido imitar mi mente,
el fino fondo de mi corazón;
ni logró disfrazarse con un disfraz de mi espíritu, 
aunque ha jugado a ser yo mismo, 
a veces apenas distinto y siempre opuesto.)

Alguien, que quería ser yo mismo distinto, 
intentó desfigurar imaginaciones 
y estampas imborrables
que te recordaban: 
quiso volverte algo que se olvida o se odia;
y violó el santo y seña necesario
para pasar a tu existencia verdadera,
y fraguó sellos que sellan quién eres para siempre.

Inútilmente se ha empeñado.

Fracasó.

Porque sé que no todas las cosas
que parece que alguna vez fuimos
son lo que somos verdaderamente.

Por eso lo que soy lo he confiado a tu pecho, 
lo resguardé en tu memoria
y en la memoria del amor 
en la que vivimos
y en la que somos verdaderamente
quienes somos.


La noche


Ese canto en el agua
está diciendo entre ramajes
arias de viento que tu voz silencia.

Porque tu voz es la noche clara,
la grave noche misma
en la luz de tu voz.

Rescoldos de estrellas son tus sones,
entibian la noche,
serenan, silban, sueñan.

Vera del agua, 
frontera de tus ojos en la noche,
arenas de bodas son tu playa 
y mi alegría. 

Naufragio feliz de la noche,
en el regazo hondo que me espera
para la celebración sin tiempo 
de tu presencia. 


martes, 17 de diciembre de 2024

Locura


No es el extravío de la razón,
no son alucinaciones en las sombras del aire.
No se nos desvanecen las murallas,
no nos brotan manantiales de las alfombras, 
no nos hablan las piedras con voces de plata,
no vemos raíces en las manos,
no perseguimos árboles que huyen.
No nos sentimos semillas sin surcos,
no se nos aparecen zorzales en las hojas del té,
no nos persiguen jaurías de perros de arena, 
no oímos jazmines que reciten en griego,
no vemos montañas en el mar,
no nos sonríe sin motivo la luna cara a cara.

Esto no es el desquicio del corazón,
no es la borrachera de todos los sentidos.

Es el centro de todas las cosas
que mueve el sol y las otras estrellas.


domingo, 15 de diciembre de 2024

El nombre bajo la luna


Últimamente, la muerte me pregunta,
cada día, cada tarde, a cualquier hora,
las cosas más absurdas.

Y tiene ese apuro propio de la muerte,
que paladea el instante,
el segundo sin aviso, 
el minuto corrosivo y sorprendente.
El rapto subrepticio.

Cada tanto, cuando se desespera,
las palabras se le atropellan y farfulle incoherencias.

Ayer, por ejemplo. Anochecía.

Yo miraba la luna del este,
caminando sobre la escollera en ruinas, 
mientras el viento se fumaba mi cigarro
y zarandeaba mi camisa 
como si fuera una bandera.

Y apareció la muerte, 
con el vértigo de su paso 
siempre silencioso.

Oía el oleaje batiendo las piedras,
y él mojaba mis pies con su ritmo brioso, 
inquieto y ceniciento.

Y entonces habló la muerte
y me preguntó la cifra de tu nombre. 

Entrecerré los ojos,
seguí mirando el horizonte de la luna.

Me di cuenta de la trampa sinuosa,
de su desinterés mal fingido, 
de su ansiedad torpe.

No esperó mi respuesta.

Jamás le diría a la muerte
la cifra de tu nombre.

Jamás la ayudaría a encontrarte.


jueves, 12 de diciembre de 2024

Tengo buena memoria


Tengo buena memoria.

Recuerdo que era viernes de tormenta,
y que habían las luces ajadas como faros
cuando la tarde se iba al oeste;
y estaban las calles y su arena fina y gris,
serpenteando anárquicas.

Recuerdo tu vestido con flores azules.
Y es imposible que olvide 
el aroma azul de aquellas flores azules,
disciplinadas en los cercos, 
bajo un cielo nublado,
oscurecido, amenazante.

Espliegos, me dijiste, no lavandas;
y te burlabas,
y te reías de mí con tu sapiencia botánica.

Mi ignorancia sólo veía las flores de lino
en tu vestido blanco. No los espliegos.
Y era bastante.

Pero tengo buena memoria.

No olvido tu mano sobre mi hombro,
ni se me ha borrado el espejo de la luna,
ni las lechuzas sobre los pilares, 
ni los bichos de luz entre los pastos:
Cocuyos, pronunciaste,
y me miraste sonriendo con pericia zoológica.

Sí, tengo buena memoria.

Todavía hoy (ya está amaneciendo el lunes),
recuerdo bien el final del camino, 
y recuerdo bien la casa iluminada;
y el viento, 
que empezaba a batir las ramas del roble. 
Y la noche.

Tengo buena memoria.

Puedo recordar cada minuto de la tarde feliz
del viernes pasado.

Inolvidable.



miércoles, 11 de diciembre de 2024

La puerta


Entre la noche y el roble
hay una puerta.
Es un portal de cenizas
por el que vamos a pasar apenas una vez, 
cuando sea esa vez.

Nada quedará atrás,
todo ya es nada a nuestras espaldas.

En la noche, hasta el umbral del roble,
caminamos a tientas
siguiendo ese bautismo de aguas dulces y claras,
un río que se aquieta en un silencio ciego.

Vamos de la mano. 

Nuestros nombres 
ya bailan en las esquelas de las hojas del árbol,
escritos invisibles que nosotros sabemos,
que se aroman y titilan como estrellas 
de una constelación de dos en el espacio.

Entre la noche y el roble,
la puerta centinela nos espera
con sus brazos abiertos,
labrada su madera con epitalamios;
y ella pone nuestros sueños en el aire,
y nos mira a los ojos,
y vaticina secretamente nuestros destinos.

Y sonríe.

Y reímos.


lunes, 9 de diciembre de 2024

Gandalf, ¿qué es el poder? ( I I ): Poncio Pilatos y el Anillo Único.




Es imposible –para un servidor, al menos– no pensar en el encuentro entre Jesús y Pilatos.
Y volvió a entrar en el Pretorio y dijo a Jesús: "¿De dónde eres tú?" Mas Jesús no le dio respuesta. Y Pilatos le dice: "¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para crucificarte, y que tengo poder para soltarte?" Respondió Jesús: "No tendrías poder alguno sobre mí, si no te hubiera sido dado de arriba. Por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene": Y desde entonces procuraba Pilatos soltarle. (Jn., 19, 9-12)

En su comentario a este pasaje, san Agustín mira dos asuntos: el origen del poder y el uso que quienes lo reciben hacen de él:

He aquí que responde. Por tanto, cuando no respondía, no era que callaba como reo astuto, sino como oveja; y cuando respondía, era como Pastor que enseñaba. Aprendamos, pues, lo que enseñó por medio del Apóstol: "No hay poder que no venga de Dios" (Rom 13,1). Y mayor pecado comete el que entrega a la potestad a un inocente para que le condene, que la potestad misma que condena a muerte por temor de un mal mayor. (Tal era, en verdad, el poder que Dios le había dado con sumisión a la potestad del César). Esta es la razón por qué dijo: "No tendrías potestad alguna sobre mí (esto es, cualquiera que sea la que tengas), si tal como es no te hubiese sido dada de arriba"; pero porque sé hasta dónde llega (la que no es tanta que seas libre omnímodamente), por esto el que me entregó a ti tiene mayor pecado; él entregándome a tu potestad por envidia, y tú abusando de tu potestad sobre mí por miedo. No debe el juez matar a un inocente por temor; pero es mucho peor hacer el mal por envidia que por miedo. Por esto no dice el que me entregó a ti tiene pecado (como si él no lo tuviera), sino que dijo mayor pecado tiene, para que entendiera que también él lo tenía.

Santo Tomás de Aquino, por su parte, va por la misma línea aunque con más precisiones y desarrollo. Son varios los lugares en los que aborda las cuestiones relativas por una parte al poder y por otra al cumplimiento de las leyes, aun de algunas de las injustas, cuestión que se aplica a la obediencia a las autoridades, aun a las autoridades malas y no solamente a las buenas, fundado no solamente de san Pedro y san Pablo y otros, sino en este mismo pasaje de san Juan que comento ahora, en el que la cuestión es el origen del poder –y su uso– tanto de Pilatos como de las propias autoridades judías que llevaron a Jesús ante Pilatos.

Los doctores están de acuerdo en que ese origen divino del poder humano sigue la norma metafísica de la participación. Así lo explica santo Tomás en el comentario al pasaje de la carta de san Pablo a los Romanos que cita san Agustín. Y es claro, por lo mismo, que al ser por vía de participación, lo que en Dios es poder absoluto –y propio– no lo es en quienes lo reciben participado, y esto vale tanto para los ángeles como para los hombres. Y en el hecho de que en primer lugar sean creaturas y por lo mismo incompletas, imperfectas (no completas) y por lo mismo (con su capacidad de elegir) falibles, hace que aquello que reciben participado pueda ser malversado "en sus manos".

Queda así de claro también en el comentario del propio santo Tomás al pasaje de san Juan que se lee al comienzo:
En relación a lo primero dice: "Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto" (Jn. 19,11), como si dijera: si ves que tienes alguna autoridad, esta no la tienes por ti mismo, sino que te ha sido dada de arriba, es decir, por Dios, de quién procede toda autoridad (Rom. 13,1) y "por quien los reyes reinan" (Prov. 8,15). Y dice 'ninguna', es decir cualquier autoridad que tenga, porque esta está limitada por otra mayor, como es la del César.
Cuando comenta el texto de san Pablo en la carta a los Romanos, Santo Tomás distingue respecto del poder y la autoridad tres asuntos: el poder en sí, el modo cómo alguno lo obtiene y el uso que le da. Para que todo sea lícito en ese ámbito, nada puede ser contrario al origen divino del poder participado a las creaturas (pues, sin abrir la cuestión demasiado, todo poder deriva de Dios y en él tiene su causa), tampoco puede ser opuesto al designio de esa participación. Se participa el poder no para cualquier cosa de cualquier manera y para cualquier uso o abuso. 
Toda potestad viene de Dios, como se dice en Rom. 13, y en lo que respecta a la intención de quien da la potestad, está ordenada al bien: sin embargo, nada prohíbe que esta potestad recibida sea mal usada. De donde se sigue que los prelados de la Iglesia tienen potestad para construir y no para destruir, pero pueden hacer muchas cosas ordenadas a la destrucción; así, la virtud de consagrar es dada a la palabra y a los ministros para el honor de Dios; pero puede alguno abusar de ella, como para la burla, el lucro u otras cosas.

No es el lugar para desarrollar estos asuntos con detalle y ver todas las implicaciones que estos y otros conexos, como la ley, tienen para santo Tomás.

Con lo dicho ya se puede volver al texto de Tolkien. Porque, bien mirado, lo que dice Gandalf no contradice lo que sostienen san Pablo, san Agustín y santo Tomás: el poder viene de Eru, Ilúvatar (diciéndolo en el lenguaje de la obra del inglés). Todos los que tienen poder, lo tienen en última instancia participado y nadie lo tiene sino es en virtud de esa participación.

El poder de Melkor, el gran ángel, o el de Sauron su esbirro, y el de todos los esbirros de Sauron, ciertamente procede de Ilúvatar que es la causa de ese poder. El poder del Anillo es secuela de esos poderes participados, y más poderoso es el poder (por decirlo rápido) en aquellas creaturas de mayor dignidad ontológica. Pero en los seres espirituales creados el arbitrio existe para llevar las obras a su fin debido y es prerrogativa de la creatura espiritual hacerlo. Maleadas sus potencias espirituales, en virtud de que son creaturas y por eso es posible que en su imperfección e indigencia natural eso ocurra con ellas, obrarán de acuerdo con el desvío de esas potencias, porque de suyo en las creaturas y porque son creaturas sus potencias espirituales pueden desviarse de su fin. No pueden evitar que el poder que tengan "venga de lo Alto", pero pueden obtenerlo por vías perversas y desviadas y pueden darle un uso consecuentemente perverso y desviado.

Gandalf, seguramente, no leyó ni a san Pablo, ni a san Agustín, ni a Dionisio, ni a santo Tomás. Pero Tolkien sí, muy probablemente. Y si acaso no los leyó a este respecto, argumenta y elabora su ficción sobre las mismas bases y como si los hubiera leído.

Gandalf es una creatura de mayor entidad espiritual que los hombres, los elfos, los enanos y los hobbits, mayor aun que otras creaturas, malignas y pervertidas, de gran poder y de "grandes poderes".

Pero lo que importa ahora a ese respecto es la segunda proposición que está en juego. En razón de lo que es Gandalf, una creatura y poderosa, con esos poderes que ya tiene (ahora aumentados –con la posesión del Anillo Único– por la malignidad que con el uso de su poder le imprimió Sauron) podría hacer una obra terrible, incluso una obra en apariencia "buena" pero terriblemente maligna y perversa. Y eso por efecto de una virtud o poder pervertido y perverso con que fueron forjados todos los Anillos de Poder:
Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.
Siete para los Señores Enanos en palacios de piedra.
Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.
Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
un Anillo para atraerlos a todos y atarlos a las tinieblas
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

Pero Gandalf sabe más cosas que Frodo, que livianamente le ofrece portar el Anillo, y por eso lo rechaza con fiereza:
Mi poder sería entonces demasiado grande y terrible. Conmigo el Anillo adquiriría un poder todavía mayor y más mortal. 

Y apenas después, subraya cualquier intención que pudiera tener respecto del poder, aun del poder del Anillo:  

No quiero convertirme en algo semejante al Señor Oscuro. Todo mi interés por el Anillo se basa en la misericordia, misericordia por los débiles y deseo de poder hacer el bien. ¡No me tientes! No me atrevo a tomarlo, ni siquiera para esconderlo y que nadie lo use. La tentación de recurrir al Anillo sería para mí demasiado fuerte.
Gandalf está pensando, con esa última frase en cuánto sería de utilidad tener ese poder "en bruto",  no porque "quiera" ese poder, sino porque vislumbra todo lo que habrá de venir para él mismo y para toda la Tierra Media. Pero con todo y eso, lo rechaza. Y lo rechaza precisamente por esa cualidad perversa y pervertidora del Anillo.

Allí queda de manifiesto "el uso del poder" tanto como el modo de adquirirlo. Gandalf lo sabe y su arbitrio libre está guiado en la dirección correcta. Sabe que podría querer poseerlo por "misericordia" "para hacer el bien", especialmente a los débiles. Ya le pasará a Boromir algo semejante durante la marcha de la Comunidad, aunque con su nobleza entreverada con su ambición y el deseo torcido de gloria indebida para su casa de senescales en Gondor, bien que su muerte lo redime finalmente de ambas cosas. Pero a diferencia de Boromir, Gandalf desconfía de sí mismo bajo el influjo de un objeto perverso. Sabe que las creaturas son por definición falibles.

Tal vez a alguno le resulte demasiado fina la distinción entre el origen del poder, considerando el poder en sí mismo, y las circunstancia de su obtención y el uso de ese poder. 

¿Por qué sería malo tener el poder del Anillo, si todo poder viene de Dios?

Es que simpliciter, dirían los filósofos, todo poder viene de Dios como de su causa. Pero el Anillo no es el poder y Sauron no es estrictamente el origen y la causa última del poder que tenga el Anillo, sino que en el Anillo hay algo que él es y obra. Como Melkor tampoco es la causa del poder que tiene Sauron y las demás criaturas bajo su gobierno. El Anillo es la consecuencia de lo que Sauron ha hecho con el poder que se le participó (y también en su caso tendría algún poder si no se le hubiera dado desde Arriba, sea cual sea el que tenga, como diría san Agustín). Pero así también adquirió a su vez otros poderes menores con el engaño, como engañó a los herreros elfos para que le enseñaran a forjar objetos en los que incorporar su poder tal como lo tenía maleado en sí. Todo eso, finalmente, se carga a la cuenta del sujeto que obtiene o recibe poder y usa el poder obtenido o recibido. Y no al origen divino último del poder, que en sí mismo es "bueno", en tanto participado por Quien no es el autor del mal ni puede serlo en modo alguno y respecto de cosa alguna.

*   *   *

Quedan algunos asuntos más relacionados con esas cuestiones del poder, ahora más del día. Aparecen a propósito de esto que vengo diciendo y a propósito de cosas que pasan.

Ya vendrá.

_____________________________

sábado, 7 de diciembre de 2024

El Principio y el Fin



Desde el principio al fin, la historia –y el tiempo de la historia– no es circular ni lineal, sino, de algún modo, ambas cosas juntas: es helicoidal, es una espiral de tiempo que va de un punto a otro (es lo que tiene de línea), pero girando sobre un eje, como "repitiéndose" en un círculo abierto (es lo que tiene de circular).

Esa es la concepción cristiana del tiempo y de la historia, porque así es el tiempo de la historia.

Salvo por un hecho mayor y único, uno en la Plenitud de los Tiempos: La Encarnación del Verbo Divino y su acción redentora.

Pero aun respecto de ese momento irrepetible y único, hay figuras, typos de ese Antitypo, que desde Adán hasta la Encarnación han figurado esa presencia y su Misión de distintos modos y a través de distintos personajes y hechos.

También, ahora desde la Ascensión de Jesús hasta el fin del tiempo, hay como reverberos de los cuales el Verbo y su acción redentora son antitypos que se repiten de algún modo en las figuras que los representan: "si esto hacen con el árbol verde que no harán con el seco", que puede entenderse, por ejemplo, como que el Cuerpo padecerá en el tiempo de la historia lo que la Cabeza padeció, siguiendo a su paradigma.

Ocurre que el lenguaje divino es así: hecho de figuras y metáforas en toda cosa y en todo tiempo. Dios habla en parábolas, podría decir, continuamente. 

Eso no le quita entidad real a ninguna figura o typo, sólo le agrega la significación que también está en su naturaleza y que también es su razón de ser histórica temporal: figurar a su antitypo

Creo que con un solo caso podría entenderse.

Isaac, el hijo inocente y "sacrificable" de Abraham, es en efecto el hijo de Abraham y verdaderamente caminó con él cargando la leña hacia donde habría de ser sacrificado por obediencia. Es real también el cordero que lo reemplazó finalmente en el sacrificio en aquel monte. Pero Isaac y el mismo Abraham, el monte y el cordero sacrificado, y el propio sacrificio, son a la vez una figura traslúcida de lo que ha de venir y que es el Hecho sacrificial y redentor por antonomasia:  "el" Hijo, "el" Padre, "la" obediencia, "el" Sacrificio, porque todo ello es en la realidad final el último significado de aquellos hechos –figurados a la vez que reales– en esa historia trágica de Abraham e Isaac.
  
No creo que sea un exceso si me atrevo a decir que toda la Escritura Sagrada habla el mismo lenguaje, en los mismos términos de figuras de realidades que han de ser.

Si exagero literariamente, aunque no demasiado, me atrevería a decir también, en consecuencia, que "atrás" no hay nada que sea solamente eso que aparece, como si sólo fuera historia y hechos que deben ser memorados por sí mismos, preservados por sí mismos y rescatados por sí mismos, porque ellos son figuras de lo que será finalmente, de lo que está "adelante", en el transcurso de la hélice de la historia que va del principio al fin del tiempo.

Y repito: salvo la misma e irrepetible Encarnación del Verbo Divino y su acción redentora, todo lo que hemos visto y oído en la historia y de la historia es a la vez, de alguna manera, y muchas veces misteriosamente, figura de realidades futuras. Su valor metahistórico no se resiente por ello, pues permanece su inscripción en otro orden que trasciende lo histórico simultáneamente. Reconstruir en tres días un Templo destruido muestra eso mismo. Profetizar la próxima ruina de Jerusalén e Israel y que a la vez eso mismo sea figura de ruinas postrimeras no sólo de Israel o de Jerusalén, como relata san Mateo en el capítulo 24 de su Evangelio que hizo Jesús pocos días antes de ser Crucificado, también es otro caso claro de lo mismo. 

Y, por cierto, no solamente puede decirse de lo que traen las Escrituras, sino también de lo que ocurre en la historia civil de los hombres. Y con todo y eso, al mismo tiempo, cada hecho, cada persona tiene un valor real en lo que es, además de lo que tiene de figura respecto de su significado.

La fiesta del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo tiene un significado singular, como lo tiene la celebración Pascual.

Muestran ambas cuál es el centro del tiempo de la historia, el centro único que repetimos año a año, saboreando así en algo siquiera el gusto a eternidad que tienen por sí.

El resto, antes y después, del principio al fin, avanza desde el Origen al Fin de los Tiempos, en su espiral de tiempo e historia, en una sucesión de anticipos y cumplimientos, una sucesión que llegará al fin, cuando se cumpla lo que profetiza Isaías:

Porque he aquí, yo creo nuevos cielos y una nueva tierra; y no habrá memoria de las cosas pasadas, ni se acordarán más. (Isaías 65,17),

lo que confirma san Pablo cuando también dice:

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es. Las cosas viejas pasaron: ¡He aquí que han aparecido cosas nuevas! (2 Corintios 5,17).

Ambos, Isaías profeta y el Apóstol, están nombrando a su vez lo que aparece en la visión del capítulo 21 del Apocalipsis.

Y eso es lo que celebramos con la Encarnación del Verbo, con su Nacimiento y la Pascua y la Resurrección que siguen a su Pasión y Muerte: Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin. (Apo. 22, 13).