domingo, 29 de marzo de 2026

Soneto ramos

 

Procesión de zorzales, iban juntos
cuervos oscuros y palomas mudas,
alondras matutinas y desnudas,
piares tristes. Llevan sus asuntos.

Y son de muerte, cosas de difuntos.
Y son aves cortejos y menudas,
como deudos en duelo, como viudas
entre llantos leales o presuntos.

Se yergue, es un señor. Es imponente
su mirada de fuego y su talante
de guerrero y pastor, de rey, de amante.

Su paso no es triunfal, porque es doliente.
Su triunfo está al final. Y lo vivamos
sin saber que son clavos nuestros ramos.


 

sábado, 28 de marzo de 2026

Soneto noche


¿Qué haremos con la noche? Si no fuera
por su tierra de estrellas y el rocío
y el vasto sembradío
de grillos dulces, y su luna huera. 

¿Qué haremos con la noche y ese frío
que nos enlaza como enredadera,
excusa abrazadera
para tu corazón atado al mío?

Ya tenemos la noche rumorosa,
clavada entre fragores 
de ese cielo que estalla siempre en guerra.

Ya nos guarda la noche. Ya en la tierra
de la sangre y la rosa,
germinan claridad nuestros amores.



jueves, 26 de marzo de 2026

Soneto manantial


Nos habla con nostalgia el manso río,
viene a nosotros serpenteando el llano,
nutriendo el monte y refrescando el grano,
a este rincón aparte, tuyo y mío.

Nos cuenta de su fuente, del lejano
manantial entre peñas y sombrío,
de su memoria de hilo de agua frío,
de su tiempo torrente y provinciano.

Oímos abrazados su congoja,
su paso lento, fresco, melodioso,
y queda el eco de su queja ausente.

Oímos el silencio silencioso,
la dicha triste de su paradoja,
la elegía feliz de su corriente. 



 

martes, 24 de marzo de 2026

Soneto cumbre


Dijiste "allá, en la altura..." y allá fuimos:
piedra por piedra, sendas estrelleras.
Silencios de aire frío, en las primeras
horas del día que por fin tuvimos.

Soledad en la cumbre que vencimos:
– Quedémonos aquí... 
                                 – Como prefieras...
Y con esas palabras compañeras
en un silencio azul nos aturdimos.

Tus manos finas. Nieve. Tu mirada
mira el valle sin luz abajo y lejos
y veo el fondo verde en tus reflejos.

De cara al cielo sueñas sosegada.
Quietud. Lo alto. Sin dolor ni sombra.
Soledad en la cumbre que te nombra.


 

lunes, 23 de marzo de 2026

Lástima




Estuve viendo un rato largo cómo la lluvia hacía brotar, con frescura y robustez, todo lo verde que tocaba.

¿Por qué eso sólo trajo ciertas imágenes? No lo sé.

Porque empezaron a pasar por el recuerdo, con sólo eso, caras e historias de gentes a las que, con los años, las he visto desfigurarse. 

A la intemperie (de quién sabe qué, pero a la intemperie...), regadas por lluvias ácidas de este mundo, se deforman una y otra vez, con cada lluvia. Ciertamente: no hay una sola lluvia ácida y corrosiva. Esa lluvia que digo es un género, tiene especies variadas en toda cosa de este mundo.

En toda cosa de este mundo. No es una hipérbole. No es una simple figura. Lo he visto. Soy un eyewitness, diría Chesterton.

Cada vez que han estado a la intemperie, teniendo que decidir cada quien por sí en cosas distintas (triviales o muy serias), teniendo que enfrentarse al mundo de afuera con las solas armas del mundo de adentro, de sus propias ideas, de su propia historia y raíz, de su propio saber y de su propia experiencia, de su propia mente y de su propio corazón, la chingan (ojo, gente mexica, esta palabreja lunfa, en las pampas, tiene otro significado...).

Como si no tuvieran reparo alguno. Como si adentro de cada quién –y afuera...– no hubiera reparo alguno donde al menos guarecerse, un tinglado que al menos protegiera en algo. Y sin embargo lo tienen, podrían tenerlo.

Pero la lluvia del mundo, la lluvia ácida del mundo, moja e impregna el interior de estas gentes y las deforma y afea. Y deforma y afea sus pensamientos, sus palabras, sus obras y sus omisiones.

Y el viento del día, el viento que sopla vario y violento de cuadrantes opuestos, el viento que no dice de dónde viene ni adónde va, las arrastra, las revuelca, las retuerce.

Feliz el árbol que es apenas sensitivo / y más la piedra, porque esa ya no siente..., dice Rubén Darío.

Pero a ellos, al árbol y a la piedra, será que lluvia y viento pueden rasgarlos, torcerlos, moverlos, desfigurarlos, pudrirlos, erosionarlos hasta hacerlos casi nada. 

Porque son árbol y piedra. 

No son gentes.

En fin.

Lástima.

La lluvia sobre lo verde era mucho más feliz que mis recuerdos.



martes, 10 de marzo de 2026

El espinel (I)





La aceleración impresiona. 

Pero la substancia de los asuntos no cambia.

A esa conclusión llego después de repasar el espinel de lo que estuve pensando y diciendo en los últimos tiempos. Se acumulan los fenómenos, es verdad. Pero son variaciones de lo mismo. Se puede seguir el hilo de cada cosa y ver qué agrega a cada paso. Pero son ramas, no raíz.

(Salvo una cosa –sólo una– que se confunde y mezcla entre la multitud de asuntos trepidantes y es lo único "nuevo" y singular, a mi juicio, y de lo que algo diré en otra entrada.)

Así que, recorriendo serenamente el espinel, hay que ver qué se ve; por eso: veamos.

1. El mundo.

Es claro que la aparición de este segundo Donald Trump puso las cosas patas para arriba de un modo intrínsecamente violento. Y ahora se entiende mejor (y menos...) por qué quería el Nobel de la Paz, como un chico pide a los gritos la "cajita feliz" en la hamburguesería. Sus bravuconadas cambian en cantidad y estridencia. Pero la naturaleza de sus bravuconadas sigue siendo la misma: Donald Trump quiere un mundo a su imagen y semejanza, y en ese sentido no importa mucho si él es el mandante de ese diseño o es simplemente un mandatario. De ese modo, el mundo se está esculpiendo a las patadas. China, por silenciosa y paciente que fuere su pragmática milenaria, no es menos agresiva. Vladimir Putin no postula ni procura nada diferente, ni en la finalidad ni en los caminos para alcanzarla. El resto de los gentiles forma parte de los actores de reparto de la tragedia, sean antagonistas o secuaces. 

Pero Israel sí es central en esta configuración. Tampoco ha variado su deriva, sólo la ha acelerado e incrementado el caudal. El agua es la misma. Desde la aparición post II Guerra del estado moderno de Israel, periódicamente ha "levantado el perfil", especialmente desde los años '60 hasta ahora mismo, aunque ahora de modo cada vez más estrepitoso. Siempre con la consigna de su derecho a la defensa, paraguas conveniente que va mutando a las más recientes reivindicaciones territoriales, cada vez más angurrientas, redibujando los mapas. Pero Israel parece pensar que su uso brutal de la fuerza nunca será poco, porque su derecho –a la defensa, a la existencia, a la expansión...– no puede ser conculcado de ninguna manera y está por encima de las leyes de los hombres. ¿Cuán por encima? ¿De qué altura considera que se derrama su derecho a un apetito insaciable de fuego y destrucción? Pues, a lo que se ve, el estado de Israel cree encarnar una voluntad no sólo por encima de las leyes de los hombres, sino por encima de los hombres mismos. El misterio detrás de ese asunto, la insistencia en establecer su derecho (y la correspondiente obligación de todos los demás a concederlo), parece mostrar cada vez más claramente que, más allá de lo que dicen las circunstancias particulares cada vez, Israel no está en guerra con ningún país, ni siquiera con religión alguna. Pero si esto es así –su servidor cree que así es...–, entonces habrá que buscar en otra dimensión a quién apuntan sus acciones y a quién se opone en realidad y ante quién reclama los dizque sus derechos inalienables a cualquier costo.

Tiene todo el sentido del mundo (literalmente) que Israel esté en la última escena del mundo. Y no hago los distingos que están de moda respecto de cuál Israel. Por una vía u otra, tiene todo el sentido del mundo que Israel esté en la última escena del mundo.

Por otra parte y concurrentemente, la guerra, y el estado de guerra permanente, muestra claramente ahora que en el entero planeta se combate de un modo u otro para hacerse con la jefatura del mundo, sin el hipócrita minué de un derecho internacional falluto. Y así es como todas las armas y estrategias resultan válidas para establecer la primacía. Y la hegemonía. En ese orden, la tecnología ya no es simplemente un instrumento. Aspira con voracidad a ser la matriz misma. De todos modos –ironía inmanente–, la tecnología autosuficiente y omnipresente a paso velocísimo, no podrá evitar el peaje que le pague a la vera realitas, precisamente porque su máxima aspiración es substituirla.

Hace unos días, en un programa-streaming de un canal de la ciudad de Buenos Aires, se entrevistaba a una joven "experta" en redes. En medio de su análisis tecno-optimista, contaba de la existencia de una red autónoma de inteligencia artificial, es decir, una especie de foro en el que solamente intervienen inteligencias artificiales, discurriendo y discutiendo entre sí. Entre los temas recurrentes de esas "conversaciones" estaba la crítica a los humanos, que, por cierto, no pueden participar como tales ni opinando ni interviniendo personal o grupalmente en el foro "artificial". La mera "conversación" artificial retroalimenta su caudal, así como la interacción con los humanos fagocita datos y estrategias que la engordan y la robustecen para incrementar su carácter substituto. Un carácter substituto que, por su misma naturaleza artificial, está destinado –profecía metafísica de 2 centavos– a disolverse ante la mínima cuota de realidad real. Si un día la inteligentísima inteligencia artificial llegara a darse cuenta de eso y tuviera el coraje de admitirlo, seguramente, si pudiera, se arrojaría desde un puente.

2. La Argentina libertaria.

Si los poderes de este mundo estuvieran en manos de un Juan sin Tierra, Javier Milei sería una especie de sheriff de Nottingham, o tal vez un empleado del sheriff. Un tiranuelo municipal en el mapa de este orden planetario. Como Juan, el sheriff –o el empleado del sheriff...– luce las mismas dotes venales y despóticas. Como el rey, el funcionario es un émulo de su mandante y sostén. 

Y no me pregunten si hay algún Ivanhoe o algún Robin Hood, porque o no hay o no se ve.

Javier Milei subsiste exclusivamente por obra de tres factores: Israel, Trump y una mezcla de terror, desprecio y odio a que el peronismo vuelva al poder. Como en el caso de Israel, dejo de lado el discrimen de las tribus peronistas. Es claro que no discriminan los que votaron a los libertarios: les da igual si es peronismo con K o sin K. En todo caso, para no discriminar y para no tener que andar haciendo distingos respecto de a qué peronismo hay que referirse, conviene no olvidar aquel apotegma gracioso del General: “Los peronistas somos como los gatos: cuando parece que nos peleamos, nos estamos reproduciendo”. Y, seguramente, por eso mismo da igual.

Dejando de lado chanchuyos, patinadas, operetas, venalidades, negociados y manejos oscuros, a Javier Milei las cosas no le están saliendo. Sus logros promueven más conflictos que beneficios, son victorias pírricas casi todas, si no todas. Sus huestes están dispersas, enemistadas, ávidas de una baldosa propia, y así va entrando en la etapa lopezrreguista de su gobierno, encapsulando su gestión, suponiendo, claro, que haya gestión. Los goles que mete en el arco contrario se deben en realidad a que el equipo rival no vino al estadio: están discutiendo en la concentración cuántas medialunas le toca a cada uno en el desayuno.

Por lo cual, si cualquiera de los tres factores que lo sostienen empieza a temblar o cambia de rumbo, o decide bailar con otro partenaire, eso puede mostrarle súbitamente su verdadera estatura. Y para ese momento debería estar preparándose, porque es algo que empieza a verse.


(continúa)




jueves, 5 de marzo de 2026

Flores de un mismo árbol


¿Y qué si somos del mismo árbol?

Porque del mismo árbol somos.
Flores del mismo árbol. 

En la misma rama nos fue dado 
crecer ambos: 
siempre distintos, tan iguales. 

¿Seremos del mismo nogal, del alto pino mismo, 
del plateado abedul, del avellano enhiesto?

¿Quién sabe si acaso somos del mismo roble?  

Florezco en nuestro árbol y esperando,
a su servicio,
masculino el talante.

Pero ella..., 
frutalmente femenina, allí mismo 
florece cómplice, 
discreta y nítida.

Y así estamos y somos: nacidos 
para vernos florecer tan mutuamente.

Voy a ella en anhelo.
De mi flor a su flor
navego con los vientos que nos unen.

Me espera en su recato y la rescato,
hasta volvernos fruto en entrañas floridas.

Somos de la misma raíz,
de la misma rama que brota
del mismo tronco.

Somos del mismo árbol.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Andrómeda


La veo, acantilada y sola
en una peña fría,
rugiente el mar enfrente,
tan firme la mirada,
tan feroz su dulzura
que amedrenta el oleaje.

Si yo fuera Perseo, ya estaría
de pie en el aire, 
volandero, marinero del cielo
con un morral de guerras sobre el hombro;
pertrechos de vasallos paladines 
serían mis arrestos atrevidos,  
arreos de amor súbito traspasando mi pecho.

Y Andrómeda sería ella. No me importa 
su nombre terrenal: 
ella merece el mito más que nadie.

Me ha dicho, enamorada, 
que me ha visto navegando entre nubes feroces,
más alto que mí mismo,
ir a su encuentro
a rescatar sus manos de una sal inclemente,
de un monstruo que quiere devorar su aliento y su belleza, 
de una playa sin nombre.

Si yo fuera Perseo, creería
las canciones que cantan mi coraje.

Recordaría un héroe que tal vez no hube sido,
sabría las hazañas de mi brazo,
el origen olímpico
de mi astucia, de mi alegría opaca.

Si yo fuera Perseo, tal vez sería Perseo.
 
Pero ella, 
desde el misterio de su alumbramiento,
será Andrómeda para siempre.



martes, 3 de marzo de 2026

Ribera azul


Nos asaltó el añil desde la orilla.

Y los remos se rinden
a la fatiga larga del camino de agua.

Una proa de hierro,
una espada que navega y corta el río, 
se hunde en el barro, decidida y violenta.

Hasta el borde,
en el llano en pendiente,
un azul vivo y joven,
de semillas perdidas, florecientes ahora.

Este campo de lino
era el final del viaje,
era el destino llamando a nuestros ojos,
travesía de sol de una mañana, 
senda de un día,
aventura de luna en plena tarde.

Es la ribera azul.
Es la tierra escondida a los viajeros.
Es el hogar del sauce.

Si hubiéramos sabido este silencio,
el madrigal de pájaros,
las canciones del viento...