miércoles, 28 de septiembre de 2022

Los papeles de Miguel (IV)


¿En marcha?

La tarde se me fue en trabajos y escritos. Apenas una salida de unas dos horas para socorrer a un amigo que necesitaba transporte.

Cuando volví, ya oscuro, sobre la mesa estaba el misterio de Miguel en su ropaje de papeles. Una breve demora más para preparar algo caliente con que afrontar el asunto y, con cierta inquietud, me senté finalmente frente a lo que el viejo restaurador me había entregado a la mañana.

La señal que Miguel me dejó en la esquela trabajaba mi ánimo. ¿Debía ponerme en marcha en ese camino imaginario del que hablaba? ¿No era más prudente tomar el asunto como una excentricidad, tramada con unas cuantas metáforas o analogías? ¿Era imaginario o había efectivamente un camino real?

Y resultó que sí lo había.

Estuve un rato mirando lo que se suponía sería la tapa, si eso fuera efectivamente un libro. No había imágenes, sólo tipografía y el nombre de Miguel, además de un año al pie, que, curiosamente, no era el año en el que estábamos, pero en ese momento pensé que se trataba de un error de tipeo y no le di importancia.

La Advertencia al lector eran en realidad tres párrafos crípticos. Si pensaba introducir o guiar con eso la lectura, había fracasado. Eso, al menos, pensé cuando los leí y, ya algo impaciente por ese galimatías, apuré el paso y me fui a la primera página del texto. 

La primera cosa extraña que noté al mirar la página fue que, debajo del título, entre paréntesis y en bastardilla, había una leyenda que indicaba, con un tono que se me figuró algo imperativo, en qué lugar había que leer el poema en cuestión: ("para leer en..."). Tampoco allí faltaba el detalle críptico, porque, como vi después, cada título era el nombre de alguna flor o de algún árbol.

Otra vez sobrevino un cierto disgusto. Miguel se estaba tomando demasiadas atribuciones. Empecé a pasar las páginas rápidamente y en todos los poemas había una instrucción igual, aunque los lugares y la botánica cambiaban cada vez. En el repaso, advertí algo que la molestia de la primera página no me había dejado ver: no era sólo el lugar sino un punto determinado en ese lugar.

Cerré el cartapacio, en parte fastidiado pero de otra parte con una sensación confusa, mezcla de resistencia y obligación. Sobresalía una hoja y por instinto volví a abrir el cartapacio para acomodarla. Era la esquela de Miguel. Y, fantasiosamente, se me presentó como una señal. Como si Miguel me recordara de ese modo el contenido de la esquela y las dos frases subrayadas: siguiendo los caminos, se llega al final, pero que una vez tomado el camino, sólo queda llegar al final.

Tomé los papeles y los llevé al escritorio. Caminé como un autómata hasta el cuarto, busqué una campera y salí a la noche algo más que fresca. Durante bastante tiempo anduve al azar y sin rumbo, porque caminar me parecía que me alejaba sobre todo de una determinación: ¿me pondría en marcha o no?

Cada vez que lo pensaba sentía un rechazo visceral. Tal vez, muy probablemente, porque sentía que se me obligaba a algo que no había decidido por mi propia cuenta. Y no me gusta que me obliguen. Pero tal vez porque intuía muy borrosamente que mi participación en lo que consideraba un disparate tenía un sentido. Y esa era la verdadera obligación: cumplir el papel que aquella aventura pedía de mí.

Pasé sin advertirlo por la puerta de un pequeño bodegón. Lo habré registrado sin mirarlo porque, a los pocos pasos, me volví y entré. Busqué una mesa apartada y una obsequiosa señora de mediana edad se acercó a saludarme y ofrecerme la carta.

Mientras hacía que la leía (debe de haber advertido mi distracción): "Esta noche hay sorrentinos con crema de hongos", dijo con una sonrisa afable y sincera y asintió animándome a hacer lo mismo.

Pedí una copa de vino y comí ensimismado, solo distraído por la mujer que otras dos veces se acercó a la mesa. Siempre algo ido, pagué y volví a caminar un rato ahora por las calles vacías de la casi medianoche.

Cuando llegué a casa, siempre automáticamente, busqué el bolso de viaje y lo dejé junto a la silla. Lo miré meneando la cabeza en un gesto todavía de incredulidad y me dispuse a acostarme. Apenas unos minutos y me dormí. Pero en esos minutos alcancé a tener la imagen de estar manejando por una ruta rumbo a un punto desconocido de un lugar en medio de la provincia.

(continúa)




sábado, 24 de septiembre de 2022

Del amor sin tiempo, ahora





Hace unos cinco años, en una entrada que se tituló Del amor sin tiempo, traje este poema y dije que alguna vez tendría que decir en qué circuntancias misteriosas y felices nació. Felices me parecieron bastante después. Misteriosas son todavía, en algún sentido.

Pero ahora es cuando llegó el momento de contar su historia.

A principios de la década de 1990, todavía hacía algunas cosas en periodismo. Entre ellas, dirigía en mi comarca El Juglar, una revista local que, con todo y eso de ser local, logró alguno de esos premios que suelen darse.

Había un diseñador excelente con el que nos entendíamos de maravillas. Era muy talentoso y no podíamos ser más distintos en casi todo, menos en una cosa: el gozo de la belleza, aunque –hay que decirlo– también en ese territorio teníamos diferencias. 

Por razones de amistad, en esos días ayudaba a un otro amigo con alguna publicación de otro género, que también requería de un diseñador. Le pedí al de El Juglar que hiciera el trabajo. Como un servidor se ocupaba pro bono, a él le pareció que tampoco debía cobrar por su oficio. Y a pesar de que hubo discusión sobre ese punto, así fue finalmente. De modo que ambos nos aplicábamos por amor al arte.

En uno de los últimos encuentros por ese trabajo, me contó que unos amigos se casaban en España y que él había ofrecido su arte para hacerles las participaciones. Era un especialista de muy alto nivel en tipografías y se ocupaba de eso en la UBA, además, en una cátedra prestigiosa. También tenía sus conceptos en materia de papel y tintas a usar y era casi obsesivo buscando la nobleza de los materiales.

Pero resultó que quería ponerle algo de poesía al oficio y no sabía qué. De modo que me preguntó si podía buscar algún texto lírico que sirviera para la ocasión, ya que ése era mi oficio, según él. No el de buscar, sino el de la poesía.

Estaba en deuda con su generosidad, de modo que no quería negarme y sí quería corresponder.

Temprano, una mañana de sábado, lluviosa y destemplada, y con nada de ganas de bajar a la ciudad, tuve que tomar el tren, vacío a esas horas de un día de fin de semana. Llevaba un libro para paliar el viaje a Babilonia, que siempre me disgusta. Unos ensayos de Josef Pieper sobre los mitos platónicos fueron los elegidos. Busqué un asiento, me arropé, veía los goterones apedreando los vidrios de la ventanillas. El aire frío se colaba por todas partes. Lamentaba mi suerte, pero habíamos quedado en reunirnos ese día para retirar el trabajo que le había pedido y que ya había completado.

Apenas al salir de la estación del pueblo, el tren bordeaba a su izquierda un paredón que lucía unas pintadas políticas de ocasión. Miré distraídamente las letras y, quién sabe por cuál asociación insólita, me acordé, sobresaltado, del pedido del diseñador con el que quería cumplir y había olvidado por completo. Mi angustia aumentaba tratando de recordar algo que pudiera servirle. No eran tiempos como los nuestros de estos días. No estaba disponible la biblioteca virtual que ofrece todo de todo, o casi. Pero la verdadera angustia venía de mi memoria raquítica. ¿A qué estante de mi memoria vacía iba a recurrir? Sólo recordaba unos versitos de Machado en Mairena, pero –gustándome y todo– a esa altura sonaban pobres.

Dos o tres estaciones pasé hundido en un sentimiento agrio de ingratitud vergonzosa. Pieper, mientras tanto, no podía abrir la boca: la urgencia no lo dejaba decir lo suyo. De hecho, casi ni reparé en el librito que tenía en la mano. Hasta que reparé en él. Cuando llevo un libro "para el viaje", suelo poner una o dos hojas adentro y llevo un lápiz. Esa vez puse al salir una hoja que ya tenía alguna que otra nota sobre Platón. Quedaba una espacio todavía.

Lo único que podía hacer era remediar el olvido con unas líneas propias. Y eso hice.

¿Era eso escribir versos por encargo? No supe que decirme entonces. Pero sí me lo pregunté una y otra vez durante años y en esos mismos años nunca estuve seguro de la respuesta. Si hubiera sido eso, me rebelaba la idea de tal modo que la rechazaba de plano, siquiera antes de considerarla. Y creo que, por entonces, era una reacción intuitiva.

Y así fue, hasta algunos años después, en medio de estos 30 años que han pasado desde entonces. Y pasó que me di cuenta un día de que el tú lírico siempre es el mismo, siempre corresponde a una sola persona. Y a sólo ella. O, para ser bastante más exacto, a un sólo amor, a una sola amada, siempre ella el de los poemas, aunque jamás se la nombre. 

Porque, como decía días atrás, el nombre que está grabado en el corazón, es el nombre de la persona con la que "se habla" en un poema, en todos los poemas, siempre: "Prendido está en mi alma vuestro gesto", diría Garcilaso, a su modo.

El caso fue que, en cuanto llegué a su estudio, el diseñador tuvo primero que oír la historia de cómo nacieron esos versos. Y eso, que a mi me avergonzaba y humillaba, a él le parecíó increíble y excepcional. Estaba tan entusiasmado que casi ni hablamos de lo que nos había reunido y en cambio se puso a especular respecto del tipo de letra y el papel que usaría, y cosas así...

Pasó casi un año, no volví a verlo. Pero una mañana, los de la casa me anunciaron que alguien me buscaba afuera para entregarme algo que me había traído. Era el diseñador que, con emoción, en la vereda misma, me entregó el original del poema que había usado para hacer la tarjeta. Un finísimo papel de algodón sin químicos, escrito con una tinta especial y con una tipografía que él mismo había rediseñado. Y es eso mismo que me entregó lo que ilustra esta entrada.

Al acto solemne de la entrega ritual, le agregó el cuento de la la suerte que corrieron los versos, después de aquella boda española. Y así fue como contó que se esparcieron por otras partes, porque algunos de los asistentes le pidieron permiso a los novios para usarlos en sus respectivas bodas.

Gustavo –ése es su nombre– estaba más contento que un servidor, que más bien estaba sorprendido, y la suya era una alegría genuina y artística, una alegría despojada completamente de vanidad y sólo atenta a la obra de arte, que fortuitamente mi falta de memoria había ayudado a componer.

Hoy, en una charla con un amigo de visita, mientras hacía unos trabajos de carpintería, recordé el episodio, porque los temas derivaron hacia esos asuntos y porque también él conoció a Gustavo en aquellos años y a propósito de El Juglar.

Es el episodio lo que recordé hoy. No los versos, que son de las pocas cosas que recuerdo de las que pude haber compuesto. 

El misterio de lo que dicen y la razón de ese misterio, tal vez quede para otra vez. Tal vez no.




miércoles, 21 de septiembre de 2022

El amor de su vida


Unas lecturas para preparar unas charlas sobre el lenguaje de la poesía, me llevaron a un ensayo lleno de sugerencias. Trata sobre el retrato y el nombre de la amada grabado en el corazón del amante y el rastreo de esa cuestión en los testimonios literarios. Porque es tópico literario antiguo, muy antiguo, y aun llega a estos días nuestros.

Si alguien se interesa, aquí queda la forma de llegar a él. 


Pero, a la vez, releía también la biografía de F. Dostoievsky que con acierto escribió el ya fallecido noruego Geir Kjietsaa. Y –así son las cosas– a propósito de un episodio que allí se cuenta, me fui por el camino de los ejemplos de poetas que han llevado en el corazón el retrato y el nombre inscripto de su amada. O más precisamente del amor de su vida.

Dostoievsky, se sabe, se casó dos veces y tuvo hijos con la segunda mujer, Anna Grigorievna Snitkina. La primera fue Maria Dmitrievna Isayeva, bastante mayor que él. Sin embargo, el amor de su vida fue Apolinaria Prokofievna Suslova, a quien llamaban Polina Suslova. Más joven que Fiodor, era una muchacha de carácter vivo que iba y venía en los avatares de la relación, relación que no llegó a matrimonio. Pero ella quedó en la obra del escritor en varias novelas y relatos. La que se destaca, entre varias, es la apasionante Nastasia Filipovna de El Idiota, de la que el protagonista, el epiléptico Lev Nicolaievitch Myshkin (como el autor), está perdidamente enamorado.

Algo parecido puede decirse de Catulo, el joven poeta romano del siglo I aC, y su tormentosa relación con Clodia, que dio origen a no pocos de sus Carmina. Tormenta del corazón de la que quería y no quería desprenderse y que atestigua el conocido Carmen 85, Odi et amo

¿Y Dante? No hay un solo verso dedicado a Gemma Donati, su esposa y madre de sus hijos Giovanni, Pietro, Jacopo y Antonia (que tomó los hábitos con el nombre del amor de la vida de Dante... sor Beatrice). Toda la obra del altissimo poeta, prácticamente está puesta bajo el nombre de quien lleva en su corazón: Beatrice.

¿Y su vecino aretino, Petrarca? Sabemos que tuvo dos hijos y no sabemos bien de quién son hijos, y no sabemos mucho más que eso de su vida amorosa. Pero, allí está su Canzionere, para decir que lleva grabado indeleblemente el nombre de Laura de Noves en su corazón y en la mano con la que le escribe y alaba.

Y algo parecido a lo que se dice de Gemma Donati, se dice de Anne Hathaway, la mujer de William Shakespeare, 8 años mayor que él, con quien casó a los 18 años y fue la madre de al menos 3 de sus hijos. De los 154 sonetos que se le atribuyen a Wil Shakespeare, buena parte dedicados a amores del poeta, hay apenas uno dedicado a ella, con frases ambiguas según algunos críticos. Tan difícil como eso es rastrear a la misma Anne en las obras de teatro.

¿Y Garcilaso de la Vega? Hombre gentil y valiente... y enamoradizo y muy atractivo para las mujeres. Con muchas tuvo asuntos. Pero casó con Elena de Zúñiga que le dio 5 de los hijos que tuvo el Príncipe de las letras castellanas. ¿Elena es la Elisa que Garcilaso tiene grabada en su corazón y persiguió en casi toda su obra? No y no sabemos, dicho sea al pasar, quién sea exactamente esa Elisa (si Beatriz de Sa o Isabel Freyre, bellísimas ambas), la Elisa cuyo nombre tuvo en los labios en sus últimas y heroicas horas de vida corta.

¿Y Cervantes? Sabemos que, de un amorío, nació una hija, Isabel de Saavedra, reconocida por él recién cuando la niña tenía 15 años y la única que se le conoce. Pero, poco después del nacimiento de la niña, casó con otra joven, Catalina de Salazar, casi 20 años menor que apenas había conocido hacía unos 2 ó 3 meses, en la casa de amigos y casualmente. Con ella, por largos y frecuentes viajes del poeta, vivió muy intermitentemente por unos 15 años. En cambio, ya  no se separó de ella en los últimos 15 años de vida. Dicen las biografías que Catalina lo amó. Sin embargo, apenas hay unas líneas –muy formales y consideradas– que se estima están dedicadas a ella en el Quijote de 1615, la segunda parte. ¿Era Catalina su Dulcinea, la que Quijote llevaba en su corazón grabada? No parece y diría que no.

En fin. 

No hace falta mucho más –y hay mucho más– para que quede dicho lo que queda dicho.

Ahora bien.

Entre los aforismos de su De tumbo en tumba, Braulio Anzóategui, en el capítulo de Abril de 1966, incluyó uno titulado Anónimo:
Me lo previno una vez un santo confesor, viejo y cargado de juvenil sabiduría: es difícil, muy difícil, hijo, quitarse una mujer de encima; pero más difícil es quitársela de abajo.
Además de arruinarle el chiste al filoso y jacarandoso Braulio, sería una mojigatería zonza ponerse a especular sobre la moralidad del consejo o de la inclusión de la leve zafaduría en el libro...

Pero no puedo dejar pasar un asunto, digamos, espacial, mi estimado Braulio.

Porque no se trata de encima o de abajo.

La cuestión es el adentro: el corazón.

Porque, si es difícil, y muy difícil, lo que dice el confesor que es difícil y muy difícil (y no hay discusión sobre esto), nada dijo en cambio el viejo sabio del adentro, del corazón: allí donde el nombre y el retrato y el ser de la amada se graban, indelebles.

Y conjeturo que no lo dijo porque, precisamente, era sabio. Y sabría que el nombre de la amada que el amante lleva de ese modo en el corazón grabado, resulta que, si allí está, allí se queda.

¿Y con eso?

Y con eso, eso.



domingo, 18 de septiembre de 2022

Los papeles de Miguel (III)


El primer camino.


Estacioné en una calle cortada. A las 10 de la mañana no quedaba un solo lugar libre, salvo ése. Estaba a media cuadra de la dirección que indicaba el pequeño papel de Miguel, a la vuelta de donde había dejado el auto. El contraste entre el páramo de la calle cortada y el resto era curioso: ni un solo árbol en las veredas de la calle chica y en la calle grande había una mezcla de plátanos bastante viejos y una siembra de fresnos relativamente reciente, parecían ciudades distintas.

Casi justo en la mitad de la cuadra, había un pequeño local, pero estaba cerrado. Las rejas eran antiguas y eso llamaba la atención. Parecían ornamentales más que seguras. Pero el paso lo cerraban de cualquier manera. El local estaba adosado a una casa antigua como las que se ven en los barrios viejos. Un pequeño pero muy cuidado jardín al frente y a unos diez metros la casa, que comenzaba, bajo un porche, con una torneada puerta de roble alta con visillos y una ventana alta y angosta a su lado.

Una cortina se corrió después de un minuto cuando llamé con lo que parecía un timbre, pero era en realidad una pequeña campana en el porche. El mecanismo era curioso y en eso estaba pensando cuando una mano me indicaba desde la ventana que ya me atendería enseguida.

Un hombre que habría pasado los 70 años caminó sonriente hasta la reja de la puerta de calle. Cuando levantó la cabeza me miró amablemente intrigado.

Le expliqué lo más claramente que pude qué me había traído hasta allí y me disculpé por molestarlo en la casa, porque el local estaba cerrado y la dirección que tenía era la del local.

Sonrió otra vez y meneó la cabeza asintiendo. 

–Usted viene por lo de Miguel –me dijo y me sorprendió.

– Sí, en realidad, le confieso que no sé exactamente qué es "lo de Miguel..." pero...

–Claro, entiendo... –y siguió sonriendo.

Sin abrir la puerta de reja, me pidió que esperara. Iría a abrir el local.

–Miguel dejó algo para usted y me avisó que vendría, pero yo lo esperaba hace unos meses... 

Lo dijo mientras se daba vuelta y se dirigía al local. Si la mueca sutil era de reproche, había logrado el punto justo como para que no lo supiera de cierto. Alcé los hombros por toda respuesta.

Entró al local por una puerta trasera que no vi. Inmediatamente apareció en el frente abriendo la reja del local con una llave curiosa por lo antigua. Y me hizo pasar. El lugar estaba lleno de libros en estanterías lujosas y apilados en el suelo, láminas con mapas, desparramadas artísticamente sobre una mesa en medio del recinto, algunas reproducciones de cuadros de muy buena calidad. En un rincón había un samovar muy bruñido que se hacía notar. A su lado, sobre la pared, un icono ruso que lucía auténtico y no como una estampa pegada en una madera. Volvió a desaparecer.

Unos minutos después, saliendo de un cuartito diminuto al fondo del local, reapareció. Traía un paquete del tamaño de una caja angosta. Podía ser un libro por las dimensiones. Sobre el papel azul que envolvía el contenido, un hilo de sisal sujetaba el conjunto. En una punta, pegada al papel azul, había una mínima etiqueta con mi nombre. El viejo me entregó el paquete con un gesto de misión cumplida.

–Miguel me dijo que Ud. vendría y que le diera esto.

El viejo parecía entender de qué se trataba, pero yo no. De modo que puse cara de entender y arranqué una breve conversación sobre las cosas que había en el local, la mayoría valiosas, aunque se tratara de libros viejos. Me explicó con mucha precisión la naturaleza de su ocupación. Restauraba libros antiguos y muchas veces recibía ejemplares notables que prefería comprar. Algunos volvía a venderlos a coleccionistas, otros se los quedaba. Algunas gentes pasaban a ver los objetos, en su mayoría conocedores. Había un circuito esotérico para esos objetos y los que los estimaban conocían el camino hasta ese local anodino en una calle de barrio.

Miguel, al parecer, era uno de ellos. El viejo lo conocía "desde hace muchos años..." y eran, también al parecer, más amigos que conocidos.

Apuré la despedida, inquieto porque iban abriéndose ventanas a mundos desconocidos que no podía asimilar. 

–Miguel es así, tiene esas cosas... – terminó diciendo.

Las tendría Miguel y el viejo lo sabría, pero a mí me sorprendió descubrir una vida oculta a mis ojos de alguien que podía considerar mi amigo. Y tanto que había confiado en mí para este asunto. Pero es verdad también que no me había explicado de qué se trataba y en qué me iba a meter. Lo saludé con la promesa de volver a conversar un día, una formalidad que iba a cumplirse, aunque no lo sabía entonces.

En cuanto estuve de nuevo sentado frente al volante, sin encender todavía la máquina, dejé el envoltorio en el asiento del acompañante y me quedé pensando qué había ocurrido en realidad, con la sensación extraña de que estaba entrando –un poco a los empujones– en una novela de suspenso.

Repetí el gesto en cuanto llegué a casa. Dejé el paquete sobre la mesa, sin abrirlo, mirando fijamente la etiqueta con mi nombre. Sólo me aparté para prepararme un té, lo traje a la mesa, acerqué una silla y me dispuse a abrir el misterio.

No era exactamente un libro pero tenía la intención de serlo. Hojas sueltas en un cartapacio de cuero. La primera hoja tenía aspecto de ser la tapa del supuesto libro, la segunda era una portadilla, la tercera sólo tenía una especie de epígrafe, la cuarta estaba en blanco, la quinta tenía un título: Advertencia al lector, y tres párrafos. A partir de allí, un conjunto de poemas y, al final, un índice.

Había una hoja más, manuscrita, después de la última. Y resultó ser una esquela breve con la firma de Miguel... para mí. Sin más explicación, me decía que, siguiendo los caminos, se llega al final, pero que una vez tomado el camino, sólo quedaba llegar al final.

Antes de la firma, como si hubiera adivinado mi estupor, había una frase: "Y sí... escribo poemas".

Dejé los papeles (ya me ocuparía de leer todo con cuidado), aparté la silla, tomé la taza y me dediqué al té, que seguramente digeriría más rápido y más fácil que las peripecias de esa mañana. 

A esa altura, no sabía si considerarlas un disparate o una excentricidad de Miguel o una aventura para mí.


(continúa)

jueves, 15 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (7)


Un día moriré sobre este llano
(y cuándo sabe Dios).

Pero algo saben ellas,
las banderas al aire atadas a ese mástil
que son tus ojos, niña; 
cortejo de arreboles flamígeros te llevan
en las andas del día
y en el sol que te espera en esa tarde 
junto a la fosa abierta:
la puerta solitaria hacia mis huesos, 
el lecho de mi sangre en tierras que labramos
entre surcos de besos y semillas,
tierra que conquistamos con amor y con lágrimas,
en ese tiempo breve que el tiempo nos ha dado.

Un día moriré de verte bella,
erguido el estandarte de tu risa y tu canto,
clavado sobre el pecho en el que anidas
tibiamente cantando,
riendo las campanas sonoras de tus labios.

Y ese día, en el mundo,
verás que no fue vana la guerra. Y el combate.
Con guirnaldas de fuego,
con salvas de calandrias,
con desfiles de gloria, en flor los ruiseñores, 
estarás a mi lado.

Un día moriré, Dios sabe cuándo.

Y cuando llegue el día
nos hallará desnudos del peso de los años,
aparte de las gentes,
un ejército mínimo que no ha dejado el campo,
abrazados al día que cada día trae,
batiéndonos, venciendo al viento de estos días
que taja nuestras manos,
llagadas de un amor que no se rinde nunca,
heridas de un amor 
que nos sembró el amor a una patria que tiene 
tu ternura y tus ojos.


 

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (6)


El corazón aguarda, centinela.

Mira la noche con su cielo en llamas
de estrellas y artificios;
y adivina el peligro y la traición.

Ya sabe que en lo oscuro se agazapa rugiendo
una palabra hipócrita,
una piedad que miente bendiciones.

Y hay mentiras que reptan,
sus codos y rodillas en el barro,
su vientre entumecido,
simulando un coraje y una bondad de estiércol,
buscando ver vencidas las miradas
que respiran amor cuando miramos la gloria de este día.

Viene por ti y por mí, 
viene en su furia el animal furioso,
a devorar las horas que tú enhebras
trazando vida en páramos estériles:
munición de alegría
con la que andamos juntos, 
entre un vaho de celos espumosos,
de soledad fingida y de amores cobardes...

Tú en tu vestido claro de septiembre,
yo en mis silencios de la primavera.
Yo en el puesto de guardia de tus ojos, 
tú en mi atalaya, toda aroma a nuevo.

Nuestra guardia es jazmín,
nuestra guardia es del ave que nos guarda,
nuestra guardia vigila en vilo la esperanza.

Y nos sonríe esta guardia infatigable
porque nada nos es noche en nuestra noche,
porque todo nos es aurora y luz,
de pie sobre este campo que nos fue concedido,
custodia inseperada
de un bien que nos promete nuestro gozo.




martes, 13 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (5)


Nos cruzarán el pecho, metralla de capullos,
y esparcirán sus bocas como pétalos
por la piel. Y su aroma
aromará una muerte perfumada.

Serán ráfagas rojas de rosales
y serán las espinas como besos y trinos
que hendirán con recuerdos cada día
y abrirán lo que llega
y sembrarán la patria que soñamos:
toda de cielo,
toda de nieve y cielo,
toda de nieve y cielo y luz dorada.

Me abrazará la muerte y en tus brazos
reviviré mis horas, si me cantas estrofas de caricias,
con tu rumor que es bálsamo,
con una danza que este fuego avive
y me devuelva, entero,
al campo en el que luchan los que luchan
sin más pendones que el amor más alto.

Iré con tu rosal como un escudo,
en mi mano la espada de tu nombre,
con la coraza dulce
de tu frente en mi pecho.

Es la muerte feliz: 
morir de un derredor de tu dulzura
que al cubrirme me marca con tu inicial a fuego.

Una llama que enciende el corazón
lo hace hoguera feliz,
clarín y voz que anuncia 
la causa y el destino de esta guerra:
una insigna de luna, feroz como un zorzal, 
que enciende mi garganta
y en plata se transforma,
con el amor más puro teñido en tus colores,
con un himno que brama su luz en tu homenaje.




domingo, 11 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (4)


Esta trinchera inmensa de jazmines
te anuncia los fragores
de una campaña nueva, enamorada,
que a conquistar tu voz
y a flamear el amor me ha convocado.

Me nombras capitán 
y en capitán de ti me constituyo
y encabezo legiones de luz y ruiseñores
entre matas azules,
en bosques de lapachos y de tarcos,
artillería de oro y el cielo en cada fuego. 
Tropillas de suspiros alazanes ya tomaron mi flanco:
ya son lanzas que hieren
las heridas felices que en mi costado sangran. 

Y así a vencerme voy.

Me rindes y me rindo.

Tú llevas tu victoria en mis entrañas,
donde soy prisionero,
donde cada cadena es un abrazo
y las cuatro paredes de mi celda son un muro celeste
de miradas custodias
de mis pasos, que rondan cada noche
la luna de tu nombre,
que luce tras las rejas con que me hiciste libre.

Venciste y me vencí.

Y el sable de mis días ya tomaste
y ahora estás conmigo,
triunfando mi derrota,
de pie sobre este campo de batalla
que soy, porque tú eres, 
porque sin ti mi guerra sólo es tierra baldía.

Ya tienes mi bandera.

Ya tengo el corazón que he conquistado. 



 

sábado, 10 de septiembre de 2022

Los papeles de Miguel (II)


Algo en Almagro.

Eran sobres y papeles y papeles adentro de sobres. En la parte interior de la tapa de la caja que recién había abierto, había una inscripción a mano, algo desaliñada y a lápiz. Tan poco me impresionó aquello que descuidé su lectura y recién cobró algún sentido pasado el tiempo. Y el espacio. Porque, a partir del primer acertijo, tuve que dedicarle días y kilómetros a aquella caja semivacía pero densa.

Los papeles y los sobres estaban numerados, pero no había ninguna indicación respecto del orden de lectura, salvo aquella numeración. Nada, salvo eso, era uniforme en la colección dispar de papeles de diverso origen, y sobres igual. El número, pensé, guiará la lectura. Y así resultó al final.

¿Por qué decidí leer aquellas cosas que Miguel dejaba "ordenadas" en una caja aparte? No hizo ningún comentario respecto de ella y su contenido. ¿Contaría conmigo para completar lo que él no había dicho? ¿Supondría que haría precisamente lo que estaba haciendo –y lo que hice a partir de haberla abierto– y por eso calló? Así como había tenido la sensación de ser atraído por aquel objeto, tuve inmediatamente la sensación de que en aquella colección despareja había una "misión" para mí. Al menos, algo que Miguel pretendía que hiciera.

Antes de leer siquiera una línea, pasaron por mis manos aquellos papeles y sobres. Los fui sacando de a uno de la caja y los fui poniendo sobre la mesa, ubicándolos en el orden consecutivo que los números parecían indicar. Miré cada cosa como un objeto, no como un escrito. Abrí los sobres y me cercioré de que adentro tuvieran efectivamente hojas o fragmentos de papel. Lo digo ahora y siento que alguien podría tener la impresión de que se trataba de una cantidad importante de aquellos papeles. Y no. La caja estaba en realidad semivacía, como me pareció en cuanto la abrí. Pero ahora veía que eran muy pocos los objetos que contenía. También en sí mismos considerados, porque algunos de aquellos papeles apenas tenían una frase o un párrafo muy breve. Había trozos de alguna hoja de cuaderno con esas inscripciones, ni siquiera eran hojas uniformes. Las había impresas o manuscritas, lo mismo pasaba con los sobres, alguno de ellos procedía de los papeles de cortesía de algún hotel.

Cuando tuve todo dispuesto sobre la mesa, por alguna razón, por alguna intuición, me senté y contemplé aquel ejército en formación muda, sin tocarlo. Estuve así algunos minutos, lleno de preguntas que tal vez los mismos papeles podrían contestar. Pero todavía no les había permitido hablar.

Me levanté y fui a la bodeguita de la biblioteca del living. Estaría demorando la lectura, pero estuve un rato mirando qué licor iba a acompañarme. Había dejado los cigarros en el escritorio. En medio de la elección, la suspendí para cruzar el jardín ya casi a la madrugada y rescatar el tabaco. Volví, busqué una pequeña copa y me llevé a la mesa la botella de cognac, que había sido la elegida.

Tenía la extraña certeza de que estaba por abrir una puerta que no podría cerrar. Tendría que pasar a través de ella una vez abierta y dejarme llevar por lo que me esperaba al otro lado.

Y entonces, como si todo transcurriera en un tiempo muy lento y demorado, me vi tomando un papel amarillento que tenía un número 1 rodeado por un círculo azul. 

Sólo había una dirección. El nombre de una calle en el barrio de Almagro y un número.

Fue muy fuerte la tentación de pasar al número siguiente. El 2 estaba agazapado en el frente de un sobre y adentro ya había visto que había una hoja mecanografiada, con lo que tal vez fuera una lista de nombres y lugares, aunque no había visto el contenido con detenimiento.

Pero no fue posible. No tomé el sobre y volví a mi escritorio. Mientras cruzaba el jardín sentí que algo funcionaba solo en mis movimientos, como si no hubiera decidido mis pasos. Pero pensé que era la hora y el cansancio del día. Busqué un mapa de la ciudad y volví a la mesa, cruzando el jardín con la cabeza gacha. No quise abrir la máquina para no hacer cualquiera de las operaciones posibles digitalmente. Otra vez, llevado por un impulso desconocido y sin fundamento, dictaminé que todo esto era "a mano", que tenía que abocarme "a la vieja usanza", que todo sería papel y ojos y pies reales y nada sería virtual.

En lo que quedaba de esa noche no dormí.

Dejé todo como estaba, apagué las luces, menos la de una lámpara de pie que está junto al sillón de la salamandra en el living. Di unas vueltas por mi cuarto, separé unas ropas que usaría durante el día. Busqué el cognac y lo devolví a la bodeguita, me senté en el sillón y apagué finalmente también aquella luz. Y allí me quedé hasta la salida del sol, con una inquietud extraña. Una ansiedad rara que me obligaba a planear los movimientos que haría en cuanto diera el reloj una hora civilizada. 

Había decidido llegarme hasta aquella dirección en Almagro, sin saber para qué.


(continúa)



viernes, 9 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (3)


Este camino comenzó a tu vera,
en un día de abril,
con un rumor que ardía en medio un llano
y un clarín que traías en tu canción amada. 

Ahora, entre los vientos de un invierno que muerde,
ha crecido, es más hondo,
y llega hasta los lindes de mis manos
y despierta en mis centros toda cosa dormida,
con arreos de guerra me viste el corazón.

Ya no es la furia antigua,
ya no son esas voces que en los años en bruma
parecían conjuros y pócimas, venenos,
que herían la esperanza y al amor aturdían,
fantasmas sin raíces,
como si fuera un rumbo hacia ninguna parte.

Este camino ahora,
esta senda que aferra mi paso y lo acaricia,
y lo viste de luna para que tú lo veas,
viene de un tiempo nuevo:
bruñido está tu acero que taja la tristeza.

Este camino me llevó a mis ojos
y fue el alumbramiento
y vi tu resplandor iluminando el mundo.

Este camino ahora te trajo a la frontera
del sueño que despierta cada noche callada.
Y ya no es sueño más
y se vuelve, a tu lado, 
tu mirada que cuida la risa de mi carne
y el sol con que amanece tu destino y mi puerto.



jueves, 8 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (2)


Ya ves, se desvanece...

Es niebla sobre el campo de luz de esta batalla,
humo de sombras vanas,
reverberos de rabia que se espuman
como si fuera el mar.

Tú, vas entre las piedras, 
buscando el rastro mudo
de ese silencio que nos cubre el alma, 
hollando las canciones que cantan guerras fútiles.

Y así nos encontramos:
oyendo cómo cantan a viva voz los himnos
que hacen rimar la gloria y la victoria,
esa oquedad de gritos.

Pero tú y yo callamos,
nos duele la sonrisa pero igual sonreímos.

Tu mirada llorosa me dice que sabemos
esos versos mejores de amor que se promete
como andanadas dulces,
metrallas de ese amor con que combates
de la mano conmigo,
tu mano sobre mi hombro,
mi mano en tu cintura.

No truenan los cañones ni resplandece el cielo,
no son ráfagas blancas, 
no hay granadas de olvido ni un rayo en desaliento.

Ahora me parece que tú y yo somos solos:
los únicos que saben
que un beso punza tanto 
cuando el dolor estalla en un amor sin ruido
que combate dragones.




miércoles, 7 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (1)


Tu patria es una sola.

Y es mi patria contigo en esta tierra.
Y es tu patria conmigo bajo el cielo.

Porque la sangre ahora
ya tiene la raíz que no tenía,
el tallo que ha surgido
y que prepara el fruto que dará.

Será de sangre el fruto
y será de esta tierra bajo el pie.

La nutrirán arroyos de coraje
que llevas en el nombre
como lanzas de fuego que galopan.

Tu patria es una sola.

Y tiene el brillo opaco de la luna
que ilumina tu cara,
que hace amor en tus ojos
y que siembra montañas de alegría,
nevadas con la miel de la mañana,
rosado el sol que deja que la tarde
ponga su hombro en la noche
y llore ese destino que nosotros
beberemos de un trago,
o a sorbos de dolores que laceran
la garganta y el pecho
y dejan penas más esperanzadas
con que la patria duele en nuestros días.

Tu patria es una sola.

Y es mi patria contigo en esta tierra.
Y es tu patria conmigo bajo el cielo.

Y tú y la patria son mi mismo amor.


 

martes, 6 de septiembre de 2022

Los papeles de Miguel (I)


El principio.


La caja estuvo unos meses en un rincón de mi escritorio, en una de las últimas bibliotecas, casi inaccesible, apoyada en una vieja colección de tomos con mapas de varias épocas hasta el siglo XIX. Así como la recibí, primero la llevé a mi cuarto y estuvo unos días debajo de mi cama, pensando que revisaría pronto lo que tenía adentro. Nunca la abrí. Una madrugada, saliendo para uno de mis viajes, tropecé con ella en la semipenumbra y solamente atento a los últimos preparativos. Con fastidio por el golpe, demorando la salida, crucé el jardín y la dejé exactamente adonde estuvo durante meses, intocada.

Por el tamaño, no lucía substanciosa. Parecía una resma de papel carta, pero, aunque bastante más dura,  era sólo una caja de esas mismas dimensiones, y de contenido más liviano que el de una resma. Una pulcra faja ancha de color verde impedía que se abriera. Y tal vez por todo eso mismo, no despertó apetito ni siquiera algo de curiosidad.

Entre las cosas que Miguel me dejó antes de irse (nunca fue preciso con su destino final), había un bolso de piel de guasuncho con algunas camisas elegantes, dos pares de zapatos de gamuza casi sin uso, un traje de fiesta que, según él, siempre me había gustado, un reloj de bolsillo, una edición en inglés y en cuero de las obras de Evelyn Waugh, una lujosa edición crítica papel biblia de la Commedia, anotada por dos eruditos italianos, una bolsa como de seda cruda (tal vez de uno de los pares de zapatos) con fotografías –"todas te van a decir algo", me advirtió. Y nada más. Salvo, claro, la caja con faja de gros verde oscuro y contenido incierto. En el recuento de esas cosas, nada dijo respecto de la caja y creo que en el momento me pareció de mal gusto mostrar avidez o curiosidad que, a decir verdad, no sentía.

El viaje repentino, cierta inquietud en sus movimientos de los días anteriores, alguna llamada a una hora poco civilizada para preguntar si iba a estar en casa una noche de esa semana porque tenía que pasar a dejarme algunas cosas "por un tiempo". Todo eso, más mis propios asuntos, como capas geológicas nebulosas, fue cubriendo, una sobre la otra, cualquier pregunta. Y las que apenas hice en su momento sólo recibieron respuestas bastante vagas. Así como llegaron a casa, aquella misma noche, cada una de las cosas que me dejó recibió un lugar de depósito y allí quedó (salvo la caja, que sí se movió). En cuanto al viaje, no indagué suponiendo que una próxima conversación iba a permitir volver sobre el tema. Pero eso no pasó.

Así fue que anduvo una noche de lluvia por casa. Nervioso (pensé que era lógico, por lo del viaje, que anunciaba vagamente, aunque sonaba más importante que otros que solía hacer), aceptó una copa de vino que casi ni probó pero no aceptó acompañarme a comer. Con las manos vacías, me preguntó si no me importaba que dejara unas pocas cosas "en custodia, pero con derecho a uso y abuso...", se rió con una mueca rara cuando lo dijo. Lo de "uso y abuso" nunca se cumplió, no parecía decente. Ni necesario.

Miguel fue hasta su auto, trajo todo, lo puso sobre una mesa, indicó al pasar qué era cada entrega (menos una) y advirtió que le quedaban algunas cosas por hacer antes de viajar. 

Perdón por la hora, hablamos, hablamos...

Y se fue.

Al día siguiente, y por casualidad, supe que ya se había ido esa misma noche, casi a la madrugada. Quien me llamó para contármelo sabía lo mismo que yo sobre motivos, destino y paradero: casi nada.

Miguel tenía esos raptos. No nos extrañó. Ni tampoco me preocupó. Nadie pensó nada raro ni malo ni peligroso. Salvo que estaba esa división de bienes, de la que –esa misma noche– sólo dos personas resultamos destinatarios y ninguno de ambos dos tenía idea de lo que estaba haciendo Miguel. El otro era quien me dio la novedad de su partida. Lo sabía porque a la mañana siguiente fue a verlo por si necesitaba algo en relación con su viaje, pero había desaparecido. 

Pasaron unos cuantos meses. Las noticias no aparecían. Ni buenas, ni malas. Miguel podía hacer cosas así y eso no alarmó. En algún momento, ya no preguntamos. Y un momento más tarde, fue diluyéndose el interés. Creo que pensamos que nos enteraríamos, si acaso llegaba a querer que tuviéramos noticias. Las cosas que dejó en casa se fueron confundiendo día tras día con el paisaje. Y así todo el asunto pasó a ser una rareza más de Miguel y, por eso mismo, quedó casi olvidado. El otro destinatario de los bienes que repartió, se instaló en un campo que administraba y por bastante tiempo no hablamos.
  
Pero, una medianoche, hace ya varios meses –y aseguro que no sé por qué–, mientras tomaba en mi escritorio un licor calabrés de fin del día, porque había dejado mis asuntos en paz, displicente, me puse a buscar alguna lectura para antes de dormir. Y fue allí que le tocó el turno a la faja de gros verde oscuro y al contenido extraño de la caja. Como si hubiera estado esperando el momento, el objeto se hizo notar y, en vez de un libro, casi –creo– me obligó a tomarlo. Lo llevé a la casa y finalmente lo abrí.

La historia de lo que siguió es lo que me decidí ahora a contar, aunque no sé exactamente si el final que conozco es realmente el final de esta historia.


(continúa)



viernes, 2 de septiembre de 2022

Sólo este día

 

Sólo pasó este día. Tú no pasas.
Tú estás en el silencio de mis centros
y en el gozo sin par de los reencuentros,
donde a magia y ternura me traspasas.

Sólo pasó este día. El tiempo espera
y la distancia espera. Y tú conmigo.
Y yo contigo voy hacia el abrigo 
de cada vez, que siempre es la primera.

¿Qué tajará en el tiempo este hilo de oro
que enlaza con sus hebras lo invisible,
que solamente con amor se ve?

Calla tu nombre el aire con decoro,
pero sabe tu amor que lo indecible
es más hondo y más alto. Y yo lo sé.


 

Gracias


Al fin supe por qué cada momento
me traspasa feliz. Por qué el rugido
de un corazón, que nunca ha envejecido,
sabe sentir que siento lo que siento.

Lo sé porque ahora sé que lo vivido
me trajo hasta el umbral de mi contento.
Lo sé porque lo sé sin pensamiento
y en cada fibra me ha reverdecido.

Hincada llevo una raíz preciosa
que es nueva y que perfuma mi alegría.
Y es obra dulce y un dolor amado.

Tú me hiciste probar en toda cosa
la huella de tu mano que me hería
y que hoy derrama amor en mi costado.  




Nuestros años míos


¿Y cuántos de tus días son mis días?
¿Y cuántas de mis horas son tus horas?
¿Qué lágrimas son mías cuando lloras?
¿Son tus sonrisas en mis alegrías?

¿Y no es mía la luz que tú coloras?
¿Y no es tu fuego el de mis noches frías?
¿No soy la letra de tus melodías?
¿No es tu aire en mis voces decidoras?

¿Siempre a la vez la sed y el agua pura?
¿Siempre el navío y a la vez el puerto?
¿Siempre a la vez la mano y la escritura? 

¿Cuántos son tuyos de los años míos?
¿Cuántos son míos de los años tuyos?   
¿Cuántos son nuestros de los años míos?