miércoles, 26 de marzo de 2025

Dos estrellas y dos mujeres (Apunte.) (I)




Estoy repasando textos de J. R. R. Tolkien. Quiero ver si encuentro un hilo que me lleve a saber más de las historias de Arwen Undómiel y Éowyn, la Dama Blanca de Rohan. Desde añares son asuntos que me llaman la atención. Claro que Aragorn está en medio de esas historias y quiero ver cuánto y de qué manera.

En el camino, y a propósito de Aragorn, llegué a su ilustre antepasado, Eärendil, el viajero, también llamado Estrella de la Tarde. De su hijo Elros (hermano mellizo de Elrond, el padre de Arwen), con el tiempo aparece en esa rama, Elendil, padre de Isildur y de Anárion, en los orígenes de los reyes de Arnor y Gondor, títulos que se unen, precisamente en Aragorn. Mucho antes, en los días primeros, están las tres casas de los Edain (nombre élfico para 'hombres'), antecesores de los numenoreanos o Dúnedain, de la Segunda Edad. Nobilísimo linaje si los hay a lo largo de miles de años.

Así, resumiendo por ahora, los orígenes y linajes de Aragorn Elessar (Piedra de Elfo) y la medio-elfo Arwen Undómiel (Estrella de la Tarde), se unen fuertemente en las primeras edades del mundo, milenios antes de encontrarse ambos. 

Y también está Éowyn. Es verdad que tiene antecedentes menos altos e importantes aunque, muy atrás en el tiempo, también está emparentada de algún modo con los reyes de Gondor, por los orígenes de la Casa de Eorl, su sangre.

El caso es que me encuentro conque, en una versión antigua de lo que después fue Las dos torres (el segundo tomo de El Señor de los Anillos), Tolkien describe el encuentro entre Aragorn y Éowyn, pero esta vez resulta en su mutuo enamoramiento y su posterior matrimonio. Así aparece en uno de los tomos que Christopher Tolkien publicó como albacea, ordenando papeles y borradores de su padre. Está en una redacción antigua de La Traición de Isengard, después, en ese sentido, rehecha casi desde la raíz.

Respecto de esto, está el testimonio del propio John Tolkien para explicar su decisión de modificar aquella primera versión. Aragorn era mucho mayor en edad que Éowyn, por una parte. Por otra, el linaje de Aragorn era muy superior al de Éowyn. En suma: era mucho más en todo sentido y eso no se modificó.

Parece, sin embargo, que las diferencias no fueron un obstáculo para la aparición posterior de Arwen y su matrimonio con Aragorn. Si bien ella era más adecuada según el criterio de orígenes y nobleza, también era más que él. Ambos habían nacido en la Tercera Edad, pero ella le llevaba más de 2.600 años. Tampoco eran tan parejos en sangre. De hecho, ella tenía orígenes élficos por ambos padres. Y está el hecho muy importante de que sus condiciones existenciales y su situación frente al Don de Ilúvatar a los hombres, es decir la muerte, eran opuestas: uno moriría por ser quien era y la otra no, si así lo quería, porque esa prebenda les había dado Mangwë a los medio-elfos. De modo que, para sellar esa unión con Aragorn, ella debía aceptar morir, que es lo que hace, en un pasaje particularmente conmovedor.

Visto desde ese punto de vista, las razones de Tolkien para desviar el amor de Aragorn hacia Arwen, merecerían una consideración más detenida.

Hay muchas preguntas. ¿Cómo habría resultado la historia si Tolkien hubiera mantenido la primera versión del matrimonio de Aragorn? Por cierto que muy distinta. ¿Cuán distinta y en qué sentido? ¿El carácter literario y personal podría haber sido el mismo que finalmente fue? ¿Será verdad que, pese a su figura noble y heroica, Éowyn no habría estado a la altura de la naturaleza de Aragorn? Y algo más, ¿no quedaron, como me parece, algunos rastros de aquella primera "invención" en la versión definitiva de la relación entre Aragorn y Éowyn, especialmente en lo que a él se refiere?

Estas y otras, no son preguntas que me interesen sólo por razones meramente literarias, en cuanto a la heurística de las historias y respecto de los caminos que se abrieron y se cerraron con ese cambio de mujer, en la narración de Tolkien, por decisión del autor, se entiende. Intuyo que hay algo más en las decisiones de JRRT. 

Pero hay un segundo asunto relacionado con esto, y con toda la historia, a propósito de la figura de Eärendil, Evenstar, Estrella de la Tarde primigenia, y de las piedras élficas luminosas, que hasta tuvieron un papel importante en los tiempos de La Guerra del Anillo. Y que también se relacionan con Aragorn.


Habrá que verlo más adelante, mientras sigo con mis cavilaciones y preguntas sobre las dos mujeres.


(continúa)
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domingo, 23 de marzo de 2025

Carta


Querida,

Esta semana hubo mal tiempo por acá. Hoy no tenemos estrellas. Habrá una tormenta oscura como la pez. Ya se ve el cielo negrecido. Seguro que el río será impermeable, como dicen, igual el cerro. El agua se va a ir toda a las vertientes y los arroyos. ¡Qué suerte para las chacras! 

Deberías estar para ver los relámpagos iluminarme, mientras guardo a los animales asustados, corriéndolos por los lotes. ¡Cómo me gustaría que estuvieras!

¿No habrá más cartas este mes? Hubo una sola... ¡y apenas dos páginas! ¿Por qué?

A finales de abril saldrá una barcaza y tendrán que cargar con unos cuantos atados con cueros nuevos que tengo que vender a mal precio. Pero no importa. Con eso y algo más podré viajar en junio por unos días. Y verte. ¿Iremos al kiosco de la plaza? Puede que vuelva la banda de músicos que oímos el año pasado. ¿Te gustaría? 

Te llevo de regalo un tejido de telar de esa viejita de la que te conté. Es de hilo y tiene flores grandes y chicas, todas de colores. Quería regalármelo cuando le dije para quién era. No la dejé, pobre mujer.

Tengo que dejar de escribir ahora porque no llego a la posta para mandarte esta carta. Espero una pronto. 

Te quiere siempre, tuyo,



viernes, 21 de marzo de 2025

El veneno postcristiano



Un postcristiano no es en absoluto un pagano, sería como creer que una mujer recupera su virginidad gracias a que se divorcia. 

Los cristianos y los paganos tienen mucho más en común entre ellos que con cualquiera de los postcristianos.

El postcristianismo queda separado del pasado cristiano y, por lo tanto, doblemente separado del pasado pagano.

Las tres frases son de C. S. Lewis.

Y vienen a cuento de unas pocas consideraciones, a saber:

1. Está este asunto de la neodevoción por el Imperio Romano. Corre por el mundo y, por eso, llegó a las tierras pampas. No es un simple revisionismo. Es una teoría del poder que conlleva una concepción del mundo y de la historia. Y de la metahistoria. No es Roma, sin más. Es una versión del poder asociada a una concepción de Roma. ¿Esa mirada mira hacia atrás? ¿Culturalmente, políticamente? Si lo hace es sólo para reinterpretar características de aquel paganismo para uso y abuso del poder del presente. Pero conviene dejar en claro, antes que nada, que la disputa entre el paganismo y el cristianismo está saldada desde los tiempos de los Padres de la Iglesia y se saldó con una teología de la historia que no era ni político-partidaria, ni ideológica. Menos todavía se saldó con la frivolidad de un folklore de águilas romanas, saludos de brazo en alto o el amañamiento del verdadero sentido de Roma en la historia humana (no en la historia europea, pavotes: en la historia humana). En ese sentido, volver a una Roma desfigurada es el equivalente de derecha de lo que la izquierda hace con un Jesús guerrillero y guevarista.

2. De modo que, ese fanatismo imperial –más allá de la conveniencia de afiliarse a un paradigma que se redibujó y en el que se resalta tanto la grandeza como la crueldad– es en realidad postcristianismo. Y estoy del lado de Lewis respecto del abismo entre ese postcristianismo y el paganismo auténtico y real tal como fue. Como sea, ese fanatismo imperial de nuestros días sólo es posible con la ablación del cristianismo de todos los ámbitos en los que el propio cristianismo inspiró y moldeó la íntegra vida humana: desde la economía hasta las leyes civiles, desde el arte hasta la educación y la ciencia.

3. El postcristianismo es por fuerza, y llega a ser más temprano que tarde, sencillamente anticristiano. De hecho, los tiempos de gloria de la Roma imperial lo fueron. Mientras que los romanos imperiales dejaron de ser anticristianos cuando empezó a despuntar su decadencia pagana, cuando alcanzaron el límite de lo que por sí podían darle a la historia humana, según los designios de las verdaderas fuerzas del cielo. Porque no fue la expansión del cristianismo lo que produjo esa decadencia, sino el propio agotamiento del paganismo, superado por una comprensión de las cosas del cielo y de la tierra, infinitamente superior a la pagana. Chesterton, entre otros muchos, advirtió sobre ese mismo límite.

4. Habrá –y ciertamente hay– sedicentes creyentes que toleran o se suman a esa especie de neodevoción romana. Los católicos, en particular, están en un problema con eso, si acaso entienden realmente la raíz y la matriz de lo que apoyan o toleran. Una lista sucinta de las que se consideran las 10 grandes persecuciones de cristianos en y por el Imperio, durante tres siglos, no les vendría mal: Nerón (64-68); Domiciano (90-96); Trajano (98-117); Adriano (117-138); Marco Aurelio (161-180); Septimio Severo (202-211); Maximino (235-236); Decio (249-251); Valeriano (259-260) y Diocleciano (303-311). ¿Entenderán el guión? Difícilmente. Porque al mismo tiempo que acarician nuevas imperialidades con la imaginación, todavía se los oye proclamar con orgullo que la Iglesia fue establecida sobre la sangre de los mártires. 

5. Una muestra de la inconsistencia histórica y doctrinal de esa corriente neoimperial, es el apoyo a Israel en cualquier circunstancia. ¿Cómo entenderán esto los propios judíos? ¿Qué pensarán de estos hijos bastardos de la Roma que los dejó sin templo hace unos dos mil años? ¿Creerán (desearán) que esa Roma desfigurada y bastarda sea la que ahora los ayude a reconstruirlo, casi como una vindicta histórica y mística? ¿Entenderán los amigos imperiales de Israel lo que verdaderamente significa el Templo para el pueblo judío y su reconstrucción?

6. Ni Santiago Caputo ni Javier Milei, por mencionar sólo a ellos, son personajes relevantes en una historia humana que les queda enorme. Pero no será la primera vez en estos últimos años en que haya argentinos encaramados a los codazos a los pináculos, para sentarse a la mesa en la que se resuelven asuntos de veras graves y hasta definitorios. Que profesan frívolamente estas devociones (y otras más oscuras en estas materias metahistóricas), es un hecho que no ocultan y del que más y más se ufanan para que el mundo lo oiga y los oiga. Es parte del misterio de la historia y un signo que hay que mirar con atención.

7. Tampoco está fuera de libreto que muchos de estos dislates busquen expandirse, que quieran formar un nuevo paradigma humano e histórico (y hasta metahistórico). Tampoco está fuera de libreto que muchos que creen creer lo que se les ha mandado creer y esperar, crean que están cumpliendo con su papel profético. No sería necesaria la insistente advertencia de toda la Escritura –empezando por las veces que lo advirtió el propio Cristo, y condensada en los profetas y en San Juan, particularmente– si no existiera el hecho cierto –en tanto que profetizado– de que, hasta los que creen creer lo que se les ha mandado creer y esperar, están en peligro de confundirse y confundir, llamando a lo malo bueno, a lo bueno malo, y a lo falso verdadero y a lo verdadero falso. Y, llegado el tiempo, llamando al Enemigo, Mesías. Y al Anticristo, Cristo.



jueves, 20 de marzo de 2025

La espera


Un día no llegaron más cartas. Ninguno de los dos sabía por qué. Los dos, cada uno por su lado, supusieron que algo grave podía haber pasado.

No había noticias. Y pasó el tiempo. Habían terminado la carrera y ella se fue con su familia por un tiempo al norte. Un día tomó la iniciativa. Le escribió varias veces a la que en su adolescencia había sido su mejor amiga. Finalmente recibió respuesta después de más de un mes y cuatro envíos. El resultado de la búsqueda que le había encargado era nulo. Él hacía bastante tiempo que ya no vivía en la casa a la que dirigió primero aquellas cartas y hacia adonde después dirigió a su amiga, para saber algo. Sólo el almacenero de la esquina le dio una respuesta vaga, que era lo mismo que nada. 

Él, por su parte, se limitó a dejar en el buzón del correo una tras otra, semanalmente, cartas largas o breves, con preguntas, reclamos, discursos tiernos. Nunca recibió respuesta. Entonces, dio por entendido que ya no recibiría ninguna otra carta, ninguna explicación. Pasaba de una ocupación a otra, viajando bastante. Pero no quiso pensar en viajar a verla, se veía parado frente al portón de hierro de la quinta, oyendo ladrar a los perros. En su imaginación, el portón, por supuesto, estaba cerrado y aunque llamara nadie lo atendería. Y una y otra vez ese era el resultado de fatigosas y circulares sumas y restas que hacía. No tenía sentido esperar. No tenía sentido buscarla. Y guardó silencio.

Ella, por su parte, se aquietó. O eso parecía.

*   *   *

Varios años después, no hace mucho tiempo, recibí una carta fechada en Bologna. Ella le había dado mi ubicación a su amiga, que ahora vivía en Italia. La carta venía sin dirección, nomás el nombre del paraje donde tenía mi chacra y así me la entregó el encargado del destacamento. Poco después murió. Secuelas graves de un accidente grave en la ruta solitaria que lleva al sur. Un vuelco, iba rápido y pisó el canto rodado de las banquinas. La encontraron en un barranco un día después con varias fracturas, un pulmón y un riñón dañados y a punto de morir congelada si pasaba una noche más en ese estado, a la intemperie.

La carta italiana, larga y detallada, contaba todo lo que yo no sabía de su vida, porque había dejado de verla tiempo después de que terminé la facultad, cuando todavía daba clases. Poco después me afinqué en el sur. Ella y él, por ese tiempo, eran novios y los conocía de las tardes de estudio en la biblioteca o en el bar. Alguna salida juntos a oír jazz o música medieval junto con otros de su camada, en un barcito a la vuelta de la facultad. No mucho más.

Según la carta, ella había seguido las huellas de él durante años, todas señales difusas y hasta algunas contradictorias. Pasaron años. Por esos caminos improbables, que no quería abandonar, llegó a saber mucho después que parecía que vivía en el sur, en una aldea de montaña, a menos de 100 kilómetros de mi casa. Se enteró por una casualidad. Unos amigos habían ido a trepar cerros y les aconsejaron que contrataran un guía para lo que querían hacer. Era él, que a eso terminó dedicándose. Las noches junto al fuego, en la semana que pasaron juntos, hicieron el resto. Ellos conocían la historia y con algunas señas que él dejó sobre su procedencia y su vida, preguntaron prudentemente. Él contestó parcamente, pero lo suficiente para que, con prudencia también, alguna alusión le hicieran a ella a la vuelta, aunque relativizando el encuentro. Ella, sin embargo, retuvo todos los datos. 

Una tarde, su promoción de la carrera –todos se frecuentaban como amigos, además de profesionalmente– se juntó a festejar el nombramiento de uno de ellos como vicedecano. Salió mi nombre por otro asunto lateral y alguien mencionó que vivía en el sur. Ella preguntó como al descuido, y volvió a inquirir sinuosamente para precisar la ubicación, que más tarde buscó en un mapa. 

Decidió al día siguiente ir al sur. Y ocurrió el accidente. Estuvo tres meses internada, varias operaciones. Una convalecencia penosa terminó con ella semipostrada hasta el final, un año después. 

*   *   *

La nevada de la noche anterior había dejado apenas transitable el camino hasta la aldea. Al dar la curva y bajar hasta el valle, me recibieron unas 10 ó 12 chimeneas humeantes y un gris opaco todo alrededor. En un almacencito pregunté por él y 15 minutos después estaba sacudiéndome la nieve de los borceguíes ante la puerta. No me reconoció y tuve que presentarme y recordarle de dónde nos conocíamos. Afable pero taciturno, me hizo pasar a una salita de paredes de piedra y madera en medio de la cual gruñía una salamandra.

La conversación era difícil, le conté dónde vivía y a qué me dedicaba, sorteando con fintas el motivo exacto de mi visita. Pero llegó el momento –demasiado pronto– en que ya no tenía sentido demorar el encargo que ella parecía haberme hecho, y que acepté conmovido por su historia y por su final. Aunque me empujaba también la curiosidad por saber su parte en el asunto. No podía ser indiscreto, es claro. Pero no podía medir tampoco cuánta discreción pedía el momento.

Decidí contar lo que me habían contado, tal como me lo habían contado. Y fue incómodo.

A sus espaldas había una ventana grande por la que entraba esa luz nublada de los días en que nieva. No le veía bien sus expresiones a medida que el relato avanzaba, pero eran muchas menos que las que había supuesto. Casi ni se movió.

Cuando terminé, se puso de pie y haciendo ademán de salir de la salita, se dio vuelta y me comunicó formalmente que iba a servirse alguna bebida, que también me ofrecía. Volvió a su asiento unos cinco minutos después. Estuvo la mayor parte del tiempo en silencio, sorbiendo lentamente. Una sola vez creí que negaba con la cabeza, no para mí, no para el relato. Para él.

*   *   *

Me había imaginado que, con semejante noticia, iba a hacerle infinidad de preguntas, casi morbosamente. O que él mismo tenía mucho que preguntarme.

Casi en la puerta, cuando me acompañaba y me despedía no mucho después, se detuvo, me miró fijamente con los ojos vidriosos y entristecidos e hizo los únicos comentarios que le oí. "Gracias por venir".  

Con la puerta abierta, hizo otra pausa larga, mirando ahora la nieve que caía. Volvió a mirarme: "Murió el amor de mi vida. Todo lo demás de esta historia triste, ya no importa...".



miércoles, 19 de marzo de 2025

Media Vida


La lápida era tan estrecha como lacónica, apenas dos palabras. Era la más curiosa del cementerio mínimo que estaba junto a una capilla en ruinas, en la última cuadra del pueblo. Después, inmensidades verdes que latían todo alrededor.

La primera vez me sorprendió. Suelo visitar los cementerios de pueblos chicos. Casi tienen más historias que los pueblerinos supérstites, de habitual parcos. La siguiente vez, volví al cementerio y encaré sin preámbulos hasta la lápida casi muda. Ni nombres, ni fechas. Sólo Media Vida.

Nunca estoy más de tres días en esos viajes, pero alcanza para aprender el dialecto taciturno de aquellas gentes. Y para aprender que, si hay algo que preguntar, son cosas que se hablan en el boliche, a veces pagando una copa.

El viejo se me acercó preguntando si era el que quería saber de Media Vida. Me volví a sorprender: ¿era un nombre de persona? Hubiera pensado que era una clave de alguna historia, no un nombre.

El viejo esperó que lo invitara y, mirando lejos, empezó. Media Vida llegó mozo todavía, aunque mayor, con unos treinta y tantos años. Ocupó un puesto venido a menos y apartado un cuarto de legua, que primero acomodó sin ostentaciones, salvo la blanqueada con cal de todas las paredes. Trabajaba desde la madrugada hasta el almuerzo en un tambo. El resto del tiempo, en el puesto, pero nadie sabía bien qué hacía, porque muchas veces no salía del rancho y hablaba poco. Había un corral chico, algunos pocos animales, tres o cuatro gallinas. Una quinta breve pero cuidada y algo nutrida. Dos perros y una reynamora, que vivía libre pero afincada.

Estuvo así, casi invariable, durante un cuantos años, contó el viejo con cierta precisión, porque recordaba, por sucesos del pueblo y del campo, la época de la llegada y la de la partida.

No se le conoció mujer. No tenía amigos. Iba al boliche muy temprano, con la caída del sol, pero no siempre; tomaba una cerveza. Nada más. Sólo una vez se ausentó. Un par de meses, calculaba el viejo. Después volvió y siguió con su vida.

Le pagué otra Mariposa por su memoria exacta aunque sin mucho ornato. Y esperé.

Se fue al silencio algunos minutos, saludó con la mano a un par de bebedores vespertinos. Y concluyó, lentamente. El nombre se lo puso más bien el propio Media Vida a sí mismo. Nadie se acordaba muy bien por qué. Pero el viejo decía que al principio, alguna que otra vez y sin entrar en confidencias, había repetido que la suya era media vida, y que la otra mitad se había perdido. Que él era media vida. Y le quedó.

El viejo me miró buscando mi parecer. Levanté un poco los hombros, entrecerré los ojos recapitulando y me refugié en mi cerveza. Y nada más. El viejo se despidió con unas pocas palabras que apenas oí. Salí también pero para el lado contrario. Ya era de noche.

Verdad o cuento, lo cierto es que repasé la historia como buena. Por las señas deshilvanadas que me iba dando el viejo sobre el personaje, Media Vida había vivido más o menos exactamente media vida en aquel pueblucho mínimo, si era cierto que había llegado con treinta y pico y que otro tanto había vivido entre ellos. 

Cuando empezamos a hablar, de lo primero que me enteré fue de que la lápida la había mandado a hacer el viejo mismo y que había sido él quien, por todo expediente, puso en ella Media Vida. Y nada más, porque no tenía más que eso para poner.



martes, 18 de marzo de 2025

De cómo Clara descubrió el mar


Toda su niñez está retratada entre bosques en medio de cerros, cubierta por nevadas interminables, acunada por ventiscas que silban por debajo de las puertas y en las comisuras de los ventanales. Ahumada por la madera ardiente, leía libros infantiles con estampas, pero prefería mucho más las colecciones de pintores famosos que se apilaban a un costado de la chimenea enorme.

Unos años más y fue la meseta. Una soledad que la fascinaba. Podía caminar horas cara al viento, cara al sol. Sus hermanos iban habitualmente bien montados, ella prefería caminar. Ellos se adelantaban y ella elegía un roquedal pelado en medio de la nada, con una suave pendiente hacia el este. Y se quedaba allí abrazando sus rodillas, la cara apoyada sobre ellas, como dispuesta a saltar, a volar. En esos días, pensaba que esa inmensidad gris y ocre era el mar. Pero Clara no conocía el mar en esa época.

Hasta que llegó su juventud. Y llegó con una retracción que le era refugio y paz. Los varones mayores fueron a la ciudad, junto al mar. Iban a estudiar. Los menores heredaban los caballos de los mayores y apenas si volvían a la casa para comer o sólo para dormir. En ese tiempo sereno y solitario, Clara ya no creía que la meseta ondulante era el mar. Ahora miraba el cielo y veía las nubes dibujar marejadas y tormentas marinas. La pintura había hecho mella y sus ojos dibujaban paisajes y hasta personas en el cielo.

Pero un día llegó el mar. El auténtico mar. Primera vez. Una costa mayormente acantilada y fría, un viento helado, una rompiente abajo, furiosa; o una lisura de agua azulverdosa hasta donde podía mirar y ver. 

Fue una visita a sus hermanos. Los padres insistieron con que fuera con ellos, apenas dos o tres días. Clara guardó como abrigo una sola campera de lona con capucha, porque pensó que eso era lo que serviría.

Llegaron bien entrada la noche. Sólo olió el salitre y oyó el murmullo hueco de las olas que rompían desde las piedras al norte y al sur hasta la playa exigua que quedaba en el medio. 

Eso no fue el mar hasta el día siguiente, muy temprano. Mucho antes de que todos amanecieran, tomó su campera, calzó la capucha sobre su cabeza y, antes de ponerse a caminar rumbo al mar, miró a sus espaldas, hacia un bosque ralo que apenas ocultaba la meseta. 

Llegó a la playa, miró la arena, miró las piedras multicolores que tomaban vida con el agua. Un poco más y trepó el terreno entre roquedales de tosca y piedra y llegó al sitio donde la meseta se hacía final, se hacía techo del acantilado y el mar.

Volvió a desayunar con sus padres, apenas una media hora después.

Y no volvió ni a la playa ni a mirar el mar hasta que a los prometidos dos días volvieron a su casa. Y no volvió al mar después de ese viaje.

Me contó eso una madrugada, unos cuantos años después.

Mirábamos distraídamente el mar. Estábamos allí, en una playa ancha y desierta, desde la medianoche, junto a un fuego alimentado con palos de resaca, algunas maderas o el ramaje seco de los médanos.



lunes, 17 de marzo de 2025

Una señal


Ahora no hay relojes, porque el tiempo no cuenta. Se detuvo y se deshizo hace algunos años, se transformó en una niebla opaca. Fue una noche. Nadie supo cómo pasó aquello ni por qué.

Desde esa vez, no hubo mañanas o tardes. Una madrugada continua, a veces más cerca de lo que había sido la salida del sol; otras veces, en el momento más vacío de luz, bastante después de la medianoche. Pero cada vez así era cada día.

Casi todo el mundo salía de la cama a esas horas, iban hacia la ventana, se paraban en los jardines o patios, se asomaban a la puerta de entrada, otros se recostaban en las rejas, acodados sobre paredes o pilares. Siempre solos. Miraban primero el cielo como si buscaran algo inhallable. Si había suficiente horizonte, miraban hasta que la vista perdía la línea del campo, el desierto o la estepa; o se detenía en algún monte borroso a la distancia, en la inmensidad del mar que adivinaban o en las siluetas difusas de bosques alrededor.

Sin poder explicárselo, todos tenían una fuerte impresión de que la hora, el silencio y, sobre todo, la soledad, darían paso a alguna señal, aunque nadie sabía por qué ni cuál señal sería.

El silencio y la soledad de esas horas indefinidas algo agobiaba la mirada y el corazón. Pero, a la vez, cada noche, con ese mismo silencio parecía renovarse la esperanza de algún signo. Había quienes creían que la señal eran ellos mismos, como si con sus gestos repetidos dieran a quién sabe quién una especie de presente, la confirmación de asistencia, de que estaban allí. De que todavía estaban allí y que siempre estarían allí, en esas horas innombrables de la noche. Parecían tener la impresión –o el deseo– de ser vistos. No oídos, sino vistos. De hecho, en esas horas en medio de aquella nada del tiempo, no se oían voces o murmullos de animales, ni sonidos en los ramajes de los árboles, ni el rumor del viento o de la brisa. No sonaba el mar, no había eco en los valles. 

En esas horas, el mundo se volvía taciturno. También las gentes.

Con aquel silencio, el mundo parecía teñirse de eternidad. Y, a la vez, aquella semipenumbra parecía acentuar la soledad.

Pronto se hicieron costumbre y aquellos desvelos isócronos de la madrugada se fueron envolviendo en rituales personales, variados, distintos, pero siempre con el mismo propósito: la señal.

Desde mi ventana, o detenido como una escultura gris en medio del jardín, o ínfimo en medio del campo, o al pie de algún cerro, a orillas del mar, donde me sorprenda aquella hora, miro alrededor también yo.

Puedo ver, palpar, oír la expectativa sorda y muda de las gentes, sus pasos sin sonidos, sus rituales solitarios y silenciosos. 

Y su esperanza de una señal. 

De la señal.



viernes, 14 de marzo de 2025

Querencia (y III)




El poema termina como empezó: con la queja por el desarraigo del paisano, a manos de un modo fallido de civilización que lo desprecia y lo persigue.

Un signo fuerte de ese desarraigo está al comienzo del último canto, el XXXIII de La vuelta de Martín Fierro:

Después a los cuatro vientos
los cuatro se dirijieron;
una promesa se hicieron
que todos debían cumplir;
mas no la puedo decir,
pues secreto prometieron.

Les advierto solamente
y esto a ninguno le asombre
pues muchas veces el hombre
tiene que hacer de ese modo,
convinieron entre todos
en mudar allí de nombre.

Sin ninguna intención mala
lo hicieron, no tengo duda;
pero es la verdá desnuda,
siempre suele suceder:
aquél que su nombre muda
tiene culpas que esconder.

Dispersos, a los cuatro vientos, los paisanos se separan, con la promesa misteriosa y con otro signo del desarraigo al que han sido sometidos: cambiar sus nombres. Desarraigo de su propia historia cifrada en sus nombres.

Pero, poco más adelante, lo que concluye la narración de Hernández es precisamente el reclamo de arraigo . 

Vive el águila en su nido,
el tigre vive en la selva,
el zorro en la cueva agena,
y, en su destino incostante,
sólo el gaucho vive errante
donde la suerte lo lleva.

Es el pobre en su orfandá
de la fortuna el desecho
porque naides toma a pechos
el defender a su raza;
debe el gaucho tener casa
escuela, iglesia y derechos.

¿Vizcacha es parte de lo mismo? ¿También él es víctima de esos empujones civilizatorios que le han hurtado al paisano "casa, escuela, iglesia y derechos"? En parte, pero sólo accidentalmente. Es su propio talante el que lo hace poco afecto a las raíces, son sus hábitos sinuosos, su vida a expensas de unos pocos bienes mal habidos, su envilecimiento, su poco afecto por las propias costumbres de sus hermanos en el paisanaje: su desarraigo de su naturaleza gaucha. Lo que disfruta Fierro con las faenas camperas y la vida de familia, y es su quicio y el eje existencial, le es extraño e indeseable a Vizcacha.

Aquellas contradicciones que se ven en las tres estrofas de los consejos con las que empezó esta serie, son ellas mismas signo de ese desarraigo, no ya material, respecto de un terruño, sino formal respecto de una situación existencial desasida de cualquier finalidad duradera, y aun del fin último, hecha de circunstancias, de momentos, de conveniencias. De soledad y distancia respecto de los demás. De un desapego que no conoce el amor en ninguna de sus formas humanas.

Todo el poema reclama arraigo y permanencia, aun en los modos libres con los que el gaucho pretende vivir, acostumbrado a las extensiones pampas, sin horizonte casi, sin alambrados. Vizcacha es en eso la contrafigura del paisano. Como la incomprensión y el desprecio citadino, gubernamental, institucional, son por ello mismo otro modo de contrafigura.

Esa desnaturalización, que se muestra en la figura de un paisano que no es gaucho y en las instituciones que le son ajenas al paisano, bien puede estar en la raíz de nuestros destinos y desatinos políticos y sociales. 

¿Sólo se trata de paisanos y gauchos? ¿Sólo se habla de ellos cuando se menciona el desarraigo como una de las claves del poema? Claro que no. La poesía siempre tiene un alcance mayor que el que tiene la historia y la crónica de los hechos, diría Aristóteles con razón. Porque clausurar a Martín Fierro en el último cuarto del siglo XIX, sería como decir que los poemas de Homero sólo cuadran para las personas de Aquiles y Héctor, para las de Agamenón y Príamo o para Odiseo. Y que ninguno de ellos es arquetípico de formas de lo humano, más allá del tiempo y del espacio.

Por eso, seguramente, está como sin saldar ese apetito de arraigo y de querencia, local e histórico, de la Argentina y en la Argentina, que las peripecias de Fierro muestran en el poema. 

Y todavía sigue así. 

Y pervive en idas y vueltas. Tanto de los defensores del pueblo como de los opresores del pueblo, ambos tan prepotentes como venales y corruptos, ávidos de poderes omnímodos, ávidos de oro y poder para sí, ávidos de esclavos obedientes a su servicio.

*   *   *

No tiene que quedar sin algún subtotal lo que se dijo aquí antes sobre las querencias como querencia. El arraigo de y en nuestros amores.

El amor es fuerza poderosa y unitiva. Pero, propiamente hablando, es en sí personal, de alguien con alguien, de alguien para y por alguien: y así será de dos que serán uno por su virtud unitiva. Esa es la unión que el amor produce: ser el otro en tanto que otro sin dejar de ser uno sí mismo.

Un ahondamiento de cada quien en su propia raíz, y a la vez un arraigo de alguien en uno y de uno en alguien.

Como con Vizcacha, el desarraigo en esas cuestiones de querencias produce una esterilidad y una frustración que desluce la natura humana y la vuelve raída y opaca, y ciertamente más allá de su apariencia que en ocasiones puede aparecer tersa, lucida y brillante. 

Es esa esterilidad, producto del desarraigo, que atrasa la parición –hasta anularla– de quien se apartó de aquellas querencias que son su querencia.

Es esa frustración honda y existencial de quien se desarraiga de ese modo y lleva las raíces al viento hasta secarse, tal vez, antes del fin, dando algunas flores pero ningún fruto.



jueves, 6 de marzo de 2025

Querencia (II)




Para plantear sucintamente el asunto, diría que pueden considerarse dos formas de arraigo: una material, otra formal.

La material es patente: hincarse en el suelo, hundirse en él y en lo obscuro de la tierra, afirmarse para crecer y elevarse y buscar la luz.

La formal tiene a su vez, creo, dos grandes líneas: la existencial y la social-comunitaria.

La raíz existencial es la propia naturaleza de un ser: más se hunde en lo que verdaderamente es, más posibilidades tiene su desarrollo y su plenitud.

La raíz social-comunitaria es semejante a la existencial –en razón de que los seres espirituales son "sociales" por naturaleza–; pero ahora, en vez de tomar los nutrientes de la raíz de su propia naturaleza, los recibe de otros. Nutrientes que también aportan a su crecimiento y plenitud, porque en un sentido muy determinante para un hombre su querencia son los otros en cuanto otros. Y esos nutrientes son otro modo para alcanzar a ser verdaderamente lo que cada quien es. La familia, la educación, el culto, la historia, la misma fe, las pertenencias diversas son los dadores de esos nutrientes. Hay misterio en la relación de esos nutrientes con cada quién. Del todo con la parte y de la parte con el todo. ¿Por qué este tiempo histórico? ¿Por qué esta nación y esta lengua? ¿Por qué esta familia? Y así siguiendo.

Arraigados primero en una naturaleza, arraigados en una comunidad, los sujetos pueden desarrollarse y crecer. Como una semilla que tiene en sí el impulso existencial para ser lo que será y de lo que es semilla. Pero a su vez necesita de la tierra, el sol y el agua para desenvolver lo que lleva envuelto en sí.

Todo ello para volver a su principio al final. Cuando sepamos por qué existimos y para qué llegamos a la existencia.

La querencia es, así entendida, aquello en lo que se hincan nuestras raíces y es a la vez la misma raíz.

Pero la propia palabra querencia que usa el poema nos lleva por otro rumbo: los amores como raíces, las querencias como querencia.

El desarraigo, entonces, supone un descalabro en toda dimensión de la persona. Y, como ocurre con las raíces, fuera de su querencia, muere. Aun en vida.

La esterilidad existencial es una de esas formas de muerte que produce el desarraigo en su expresión más profunda y formal, aunque también en su expresión material, trasladando el símil de la semilla a la vida personal. 

Hay modos de desarraigo que vienen de la esterilidad existencial: no poder ser aquello que está inscripto en nuestra naturaleza personal. No poder. No querer. Negarse. Esquivar y burlar, tergiversar, mentir, fingir, despreciar, abandonar. Y al fin un desarraigo personal que empuja a personales arraigos fictos, falsos, fingidos.

Los amores fingidos, las querencias falsas, desarraigan. Arrojan sobre la existencia velos y obscuridades. Nieblas y humos de apariencias.

No se trata tanto de arraigar en los amores. Se trata de que más bien los amores arraiguen en cada quien, de modo que echen raíces en la existencia. Y se vuelvan inamovibles, imperturbables. Hay misterio también es esto. No tanto en el desarraigo, que suele ser más transparente.

Así y todo, la liviandad del desarraigo puede ser persistente. Tanto que hasta llega a parecer que, verdaderamente, el desarraigo tiene una raíz. Y esto acompañado de habitual por una fronda de gestos y razones que tratan de justificarlo.

Arraigarse en el desarraigo no es solamente una especie de paradoja. Es la condición de una frustración existencial que procede de un fraude existencial. Es la disolución de la persona que sustenta o debería sustentar, desde detrás de su apariencia, su faz exterior. Eso significa en última instancia el término persona en su origen teatral: aquella máscara que usaban los actores para que su voz se amplificara en los anfiteatros (per-sonare). Otro tanto, con sentido en parte similar, es la versión griega anterior del mismo término: prosopon.

Pero esa máscara visible sólo amplifica la voz o indica la condición del personaje. Lo que está arraigado detrás de esa expresión sensible es lo que cuenta. Es en el desarraigo cuando queda sólo la máscara exterior, lo mudable, y nada hay detrás. Y lo que debería haber sido una persona, sólo resulta al fin una máscara que recubre un vacío. O una voz que no pertenece en realidad a ninguna persona.

De allí que la querencia y las querencias sean de tal importancia.

En último término, creo, eso significa lo que dice Cristo: "donde está tu tesoro, estará tu corazón", que traen san Mateo y san Lucas. Y eso habrá que explicarlo.

Como habrá que revisar algo más. Porque queda volcar estas consideraciones breves sobre los versos de Vizcacha y ver en qué sentido le cuadran.



miércoles, 5 de marzo de 2025

Querencia (I)




En La vuelta de Martín Fierro (en el Canto XV), cuenta el hijo del gaucho que el Viejo Vizcacha lo aconsejaba "cuando se ponía en pedo":

«No andés cambiando de cueva,
hacé las que hace el ratón—
Conserváte en el rincón
en que empesó tu esistencia—:
vaca que cambia querencia,
se atrasa en la parición.»

Un poco después, le dijo:

«Yo voy donde me conviene
y jamás me descarrío,
lleváte el ejemplo mío
y llenarás la barriga;
aprendé de las hormigas,
no van a un noque vacío.»

Pero hay otro consejo más adelante:

«Donde los vientos me llevan
allí estoy como en mi centro—.
Cuando una tristeza encuentro
tomo un trago pa' alegrarme:
a mí me gusta mojarme
por ajuera y por adentro.»

Entonces, ¿en qué quedamos, Vizcacha? Porque las tres cosas no concuerdan: no andés cambiando de cueva, yo voy donde me conviene, donde los vientos me llevan / allí estoy como en mi centro.

Hay un detalle: dicen en el campo que, efectivamente, cambiando de querencia puede atrasarse la parición de un ternero, pero no mucho más de una semana porque el ternero puede morir. Veo que en México dicen lo mismo y con el mismo refrán que usa José Hernández.

Ahora bien.

Avisa el hijo de Fierro que Vizcacha hablaba en consejos "cuando se ponía en pedo", y tal vez sea esa la razón de las contradicciones que aparecen en la retahila.

Pero lo que importa aquí y principalmente es otra cosa: el arraigo, la querencia, las querencias.

Especialmente, no solamente, respecto del primero de los tres consejos.

Y sobre eso hay que decir algo.


lunes, 3 de marzo de 2025

¿Lamento o estallido? El sentido de la historia.






En la versión completa de Apocalypse Now, de 1979, Francis Ford Coppola incluye este poema de T. S. Eliot, que le hace decir a Marlon Brandon –el coronel Walter E. Kurtz– en unas escenas sugestivas.  



The Hollow Men

Mistah Kurtz-he dead
            A penny for the Old Guy


                        I

    We are the hollow men
    We are the stuffed men
    Leaning together
    Headpiece filled with straw. Alas!
    Our dried voices, when
    We whisper together
    Are quiet and meaningless
    As wind in dry grass
    Or rats' feet over broken glass
    In our dry cellar
   
    Shape without form, shade without colour,
    Paralysed force, gesture without motion;
   
    Those who have crossed
    With direct eyes, to death's other Kingdom
    Remember us-if at all-not as lost
    Violent souls, but only
    As the hollow men
    The stuffed men.

   
                              II

    Eyes I dare not meet in dreams
    In death's dream kingdom
    These do not appear:
    There, the eyes are
    Sunlight on a broken column
    There, is a tree swinging
    And voices are
    In the wind's singing
    More distant and more solemn
    Than a fading star.
   
    Let me be no nearer
    In death's dream kingdom
    Let me also wear
    Such deliberate disguises
    Rat's coat, crowskin, crossed staves
    In a field
    Behaving as the wind behaves
    No nearer-
   
    Not that final meeting
    In the twilight kingdom

   
                    III

    This is the dead land
    This is cactus land
    Here the stone images
    Are raised, here they receive
    The supplication of a dead man's hand
    Under the twinkle of a fading star.
   
    Is it like this
    In death's other kingdom
    Waking alone
    At the hour when we are
    Trembling with tenderness
    Lips that would kiss
    Form prayers to broken stone.

   
                      IV

    The eyes are not here
    There are no eyes here
    In this valley of dying stars
    In this hollow valley
    This broken jaw of our lost kingdoms
   
    In this last of meeting places
    We grope together
    And avoid speech
    Gathered on this beach of the tumid river
   
    Sightless, unless
    The eyes reappear
    As the perpetual star
    Multifoliate rose
    Of death's twilight kingdom
    The hope only
    Of empty men.

   
                            V

    Here we go round the prickly pear
    Prickly pear prickly pear
    Here we go round the prickly pear
    At five o'clock in the morning.
   
    Between the idea
    And the reality
    Between the motion
    And the act
    Falls the Shadow
                                    For Thine is the Kingdom
   
    Between the conception
    And the creation
    Between the emotion
    And the response
    Falls the Shadow
                                    Life is very long
   
    Between the desire
    And the spasm
    Between the potency
    And the existence
    Between the essence
    And the descent
    Falls the Shadow
                                    For Thine is the Kingdom
   
    For Thine is
    Life is
    For Thine is the
   
    This is the way the world ends
    This is the way the world ends
    This is the way the world ends
    Not with a bang but a whimper.


Los hombres huecos

Mistah Kurtz-he dead

A penny for the Old Guy

I

Somos los hombres huecos
somos los hombres rellenos
apoyados uno en otro
la mollera llena de paja. ¡Ay!
Nuestras voces resecas, cuando
susurramos juntos
son tranquilas y sin significado
como viento en hierba seca
o patas de ratas sobre cristal roto
en la bodega seca de nuestras provisiones

Figura sin forma, sombra sin color,
fuerza paralizada, gesto sin movimiento;

los que han cruzado
con los ojos derechos, al otro Reino de la muerte
nos recuerdan —si es que nos recuerdan— no como
perdidas almas violentas, sino sólo
como los hombres huecos
los hombres rellenados.

II

Ojos que no me atrevo a encontrar en sueños
en el reino de sueño de la muerte
esos ojos no aparecen:
ahí, los ojos son
luz del sol en la columna rota
ahí, hay un árbol meciéndose
y las voces son
en el canto del viento
más lejanas y más solemnes
que una estrella que se apaga.

No me acerque yo más
en el reino de sueño de la muerte
revístame yo también
de tan deliberados disfraces
pelaje de rata, piel de cuervo, palos cruzados
en un campo
comportándome igual que el viento
sin acercarme más…

No ese encuentro final
en el reino crepuscular.

III

Esta es la tierra muerta
esta es tierra de cactus
aquí se elevan las imágenes
de piedra, aquí reciben
la súplica de la mano de un muerto
bajo el titilar de una estrella que se apaga.

Así es
en el otro reino de la muerte
despertar solo
a la hora en que
temblamos de ternura
labios que querrían besar
forman oraciones a piedra rota.

IV

Los ojos no están aquí
no hay ojos aquí
en este valle de estrellas que mueren
en este valle hueco
la quijada rota de nuestros reinos perdidos

en éste, el último de los lugares de encuentro
vamos a tientas juntos
y evitamos hablar
reunidos en esta playa del río hinchado

sin vista, a no ser que
reaparezcan los ojos
como la estrella perpetua
rosa multifoliada
del crepuscular reino de la muerte
la esperanza solamente
de hombres vacíos.

V

Al corro del higo chumbo
al higo chumbo higo chumbo
al corro del higo chumbo
a las cinco de la mañana.

Entre la idea
y la realidad
entre el movimiento
y el acto
cae la Sombra

porque Tuyo es el Reino

Entre la concepción
y la creación
entre la emoción
y la respuesta
cae la Sombra

la Vida es muy larga

Entre el deseo
y el espasmo
entre la potencia
y la existencia
entre la esencia
y el descenso
cae la Sombra

pues Tuyo es el Reino

pues Tuyo es
la Vida es
pues Tuyo es el

Así es como acaba el mundo
Así es como acaba el mundo
Así es como acaba el mundo

No con un estallido sino con un quejido.

*   *   *

El poema (la traducción es de José María Valverde) lo compuso T. S. Eliot en 1925 y está en su libro Cuatro Cuartetos, desde 1943.

Recordé entonces que, por los menos dos veces en los últimos 20 años, publiqué aquí unas líneas con una respuesta de Chesterton a este poema de Eliot, especialmente una respuesta a ese final. Chesterton contestó los versos finales de Eliot 11 años después de que apareciera el poema... y tres meses antes de morir, en su última aparición radial en un programa que tenía en la BBC.

Me vino a la mente ahora el asunto porque leí esta mañana un extraño artículo de Antonio Socci en su blog: Il papa, Trump e Georgia Meloni. Costruire la pace e poi... (Consigli da Eliot e Scruton).

A como lo veo, lo de Socci o es una expresión de deseo o es una argumentación a favor de, al menos, el revivido conservadurismo actual.

Pero creo que es forzada la mezcla del inicio de la próxima Cuaresma, con el Papa hablando desde su internación, con Meloni, con la paz en el mundo, con el impulso a una Europa conservadora y tradicionalista, con Ucrania, con Trump, con Eliot, con Scruton.

Una argumentación de oportunidad, diría, a favor de algo que no me queda claro bien qué es.

Pero, aun así y todo, no puedo dejar de percibir en todos esos argumentos, no sólo en los de Socci, un fuerte sabor inmanentista.

Algo substancial falta. Algo que solamente el sentido de la historia del Cristianismo puede aportar a todas esas argumentaciones.

Oigo nombrar al cristianismo, oigo nombrar raíces europeas y occidentales. Oigo el pasado trasladado al presente y al futuro. Como pasado.

Pero no oigo al futuro –es decir al sentido teólogico con el que el Cristianismo ilumina la historia– venir al presente, hasta para, incluso, iluminar el pasado.