sábado, 28 de febrero de 2026

Receta


Vi las manos bajo el agua fría
frotarse con elegancia cirujana.

Era blanco el repasador
con guardas tenues en los bordes,
y quedé hipnotizado con los dedos finos,
repasando el lienzo para secarse
con ritmo de gacela 
trotando sobre una sabana de hierbas doradas.

¿Quién corta así 
las capas de una cebolla turgente?
¿Por qué le obedecen ajos y pimientos,
sumisos, atropellando sus aromas?
¿Cómo es posible oliva tan fragante?
¿Cuánto duraría esa danza
que se lleva a la rastra
los ojos fascinados
y una pituitaria en trance?

Una concentración oriental le vi en el gesto
para abrirle el paso a las pimientas,
al fuerte estragón,
al jengibre pendenciero,
y dejarlos a su suerte 
sobre un solomillo rosado, salado,
azucarado y altivo.

Las ollas de los caldos en barbecho, 
los extractos,
la oscura cerveza espumada 
lanzándose al vacío de la paila.

Hasta que murmuró una melodía.

Hubiera dicho que el entero mundo
solamente bullía y crepitaba,
que los líquidos vertiéndose eran la única voz...

Ella podría haber estado 
toda ella 
sólo en sus manos diestras, precisas, implacables.

Hasta que murmuró una melodía.

Y sonrió, no para mí.

Estaba componiendo.

Lírica de hornallas y cazuelas,
de cuchillos y tablas.

Con versos de sangre roja, 
con versos de naranjas y especias, 
con metáforas bienolientes, 
con el calor justo de los colores,
con sinécdoques de sabores enlazados,
encabalgamientos de guarniciones,
un hipérbaton creativo y exacto de puerros,
intuición de última hora.

Y entonces todo fue a su rumbo, 
sin la compañía de sus ojos timoneles.  

Abandonó la faena: el cocido haría su obra.

Volví a ver las manos bajo el agua fría,
frotarse con una ternura satisfecha, 
elegante.

Y fui feliz.


Doce noches


¿Quién puede ser feliz en doce noches?

¿Quién puede ser feliz en doce noches
con sus doce días, 
con sus doce tardes de marfil y hierro,
sedosas y cortantes como una luna que nace 
filosa de luz, entre el lino y las nubes?

Inefable.

Es nada el tiempo en doce días con sus tardes,
con sus doce noches. 

Es nada.

Parece un animal que duerme sosegado
sobre la hierba y sus rocíos,
morosamente, 
ajeno al derredor ansioso,
sonriente en sus sueños de misterios de luz,
bajo un parsimonioso olmo verde oscuro,
sobre una hierba de oro y de cristal
que el viento hace bailar con sus oleadas
de aire frío y brillante.

Así son doce días con sus doce noches.

Insuficientes, 
silenciosamente intensos,
vaivén de madrugadas y de ocasos,
en soledades rústicas,
en estepas de distancias a pie firme
con su rumor sereno y complacido.

Así son doce noches con sus días.

Aletea la felicidad
(viento atemporal,
invisible monumento,
artera  y punzante como un don impredecible),  
en la jornada sin tiempo de doce días con sus noches.


viernes, 27 de febrero de 2026

Campana


No hay suficientes campanas
que hagan silenciar el tiempo fláccido
de la arena del tiempo;
campanas que canten por el hombre,
para el hombre,
los asuntos eternos.

Lo sé porque he oído,
de pronto,
en la oscuridad muda 
de unas calles empapadas de noche,
tres golpes de un badajo
sobre un bronce robusto y antiguo.

Una torre rústica y blanca, no lejos,
sostiene el peso de las llamadas,
en su guardia perpetua.

Entonces, me escabullí.
Se quebró la tibieza del sueño.

Parecía el llamado a la oración.
Tal vez era apenas un memento,
una diana pidiendo la cuenta de mis días,
la cuenta de este día,
la cuenta de mis gozos
y de los hondones de mi corazón. 

Busqué el balcón exiguo,
el mirador que nos enfrenta 
a un bosque cómplice y protector,
ahora más oscuro que la noche.

El tiempo se midió en sonidos. 

A mis espaldas, soñaba una mirada clara,
serenamente rítmica, feliz.

En el aire, 
todavía en el aire,
cantaban los ecos de tres golpes de un badajo
sobre un bronce robusto y antiguo.



miércoles, 25 de febrero de 2026

Un secreto


Tengo sólo un secreto.

Me queda este secreto solo,
de tantos cuantos tuve,
vanamente.

Vive en un aire sur,
en un silencio de araucarias,
tiene el signo del fuego en la mirada y las manos,
cuando el viento y la mañana
acechan su figura de gracia
con tajos de ventisca.

Allí se guarda mi secreto en un rincón 
de piedra y maderas aromadas.

Allí se entibia mi secreto 
con el rescoldo pardo de la lana,
lo arrebuja una mano invisible con rumores y canciones,
lo alimenta con trigos y avellanas maduras
y miel de flores,
silenciosas y aguerridas. 

Por las ventanas,
heladas de soledad y brillantes de ternura, 
quieto al fondo de un valle de tormentas,
está de pie la majestad de un cerro,
con su ceño de cumbre en guardia cada día, 
cada noche sin luna.

Vigila mi secreto como un padre,
como un rey a su reino.
Como un guardia a mi reino:
tan insignificante yo
con ese reino inmenso... 

Algunas noches,
mi secreto visita mi lecho a oscuras.
Una sonrisa de lirio ilumina
mi sueño, 
que apenas es sereno y feliz en este llano,
tan lejos de su aire.


martes, 24 de febrero de 2026

Sombra


Hay algo de fantasía
(y de fantasmas)
en la sombra.

Y en las sombras que evanescen, 
en los reflejos que nos hacen dudar,
en la inquietud de haber visto 
o no haber visto.

Hay una inmensa fantasía 
en el fantasma dúctil, plástico, 
de mi sombra.

Cambiando su largo, su alto, su ancho,
trepando lo escarpado, 
andando sobre las aguas a pie firme
y seco.

Me imagino un día
liberar a mi sombra a su aire, 
a su gusto, 
que me dé igual que esté
o que ande por allí,
sin pedirme cuentas, 
sin darme cuentas. 

Y sin darme cuenta.

Pero me doy cuenta.

Puede conversar, 
gesticular, arrodillarse, abrazar, 
quedarse en silencio, 
imitar mi paso.

¿Prefiero a mi sombra siempre conmigo?

No lo sé.

A veces pienso que no.

Pero, entonces, 
inmediatamente sorprendido,
temeroso y nostálgico, 
entiendo.

Ella no solamente está siempre donde estoy.

Ella solamente está donde hay luz. Siempre.


 


lunes, 23 de febrero de 2026

Coraje


Para entrar, hay que abrir la puerta.
Sólo eso.

No es necesario
buscar una aldaba que anuncie,
ni una campana 
y su estridencia mensajera.
No es preciso 
ir a las ventanas del jardín
para ver si hay alguien en la casa, 
si alguien abrirá la puerta
y dará una sonrisa cortés
de bienvenida.
No hace falta 
una esquela de vista,
una tarjeta de presentación,
un anuncio que anticipe.

Es sólo abrir la puerta 
y entrar.

O no abrir la puerta, 
y no entrar.

Y seguir de largo, 
pasar adelante,
buscar un camino,
un rumbo distinto, 
alejarse
y no mirar atrás.
Y no lamentarlo.
Y olvidar.

Porque, para entrar,
sólo hay que abrir la puerta.
Nada más que eso.

Sin ese coraje inédito,
todo es afuera.


domingo, 22 de febrero de 2026

Luna del pinar


La luna del pinar,
¡miren la luna del pinar!

Noche de luna de cuernos en ristre,
pinos de lanza oscura 
sobre el sueño,
sobre el río sin orillas,
sobre mí.

¡Miren la luna del pinar!

Así vi esta cárcel de lanzas,
así aferré sus barrotes de resinas, 
así conocí el gozo 
y la condena del gozo
en noche de luna bajo el pinar oscuro.

Mido la distancia en lunas y pinos,
mido los silencios en ríos y sueños,
mido las medidas en gozos y noches.

¡Miren la luna del pinar!

Canten conmigo.
Sueñen estas batallas.
Duerman estas noches.

Beban conmigo en el pinar:
beban la luna,
monten esta guardia,
canten este canto.

¡Miren la luna del pinar!

¡Amen conmigo el amor que amo!

Esta guerra es de fuego en la mirada.
Este combate es de alegría en esta noche.


El puente


Tuve razón:
se puede confiar en un puente
de maderas nobles.

Pasar de un lado a otro
sobre un hondón salvaje de piedras,
sima de rigores
y cascadas de hielo,
es la vida misma.

Sospechar que habrá de traicionarnos
el paso de madera,
fatigado de lluvias,
de inclemencias de nieve y viento helado,
es la vida misma.

Mirar, dudar, decidir,
es la vida misma.

Resolverse a cruzar
aun con el pie estragado, 
memoria de cruces decepcionantes,
con el cansancio de caminos a ninguna parte, 
es la vida misma.

Pero tuve razón:
la nobleza de lo que nos sostiene, 
la firmeza de lo que nos acompaña, 
por una vez
(por esta vez nueva, al fin...)
nos llevó al otro lado, 
sobre un hondón salvaje de piedras,
sima de rigores
y cascadas de hielo.

Lo sabemos cuando ocurre.

Es la vida misma.



viernes, 20 de febrero de 2026

Finas hierbas


Romero sobre el ala,
áspero de tanto el cielo perfumado, 
luz de la sierra.

Una paloma lleva la señal
de rama en rama yendo,
primicia de un otoño que esperamos.

Así pasan los días,
así camina el aire
en la intensidad del monte azul,
mientras andamos bajo una luna negra.

Ahora son tardes de tomillo,
suaves y ligeras sobre la piedra.

Es de tomillo el silencio
que navega la siesta del camino
ansiando yerbabuena 
por el arroyo entre los cedros:
nuestra barca de sueño en su aroma 
surca la tarde.

Hay esponsales de albahaca:
entrelaza las manos y nos hiere
de frescura.

Y ya vamos al fuego
y sus rescoldos.

Los ojos anochecen deleitando
una tabla de roble, 
que abraza un pan de trigo
con la caricia rústica de unas manos finas, 
como finas hierbas.


miércoles, 18 de febrero de 2026

Adverbio


Ya es conmovedor y urgente,
pero aquí, en este valle, es engañoso.
Nada es ya para siempre,
perentorio, conclusivo, final.

No aquí.

Ya no es de este mundo.

Todavía, es mejor todavía.
Porque todavía todavía espera
lo que ya engaña,
lo que ya no necesita esperar.

Ya es un todavía presuntuoso,
la estación intermedia que cree 
ser el final del viaje.

Todavía es camino.

Ya es cansancio, 
desesperación,
miedo, 
desprecio del camino.

Ya clausura.

Todavía alienta.

Ya son los ojos abiertos,
que no saben que están cerrados.

Todavía son los ojos abiertos,
que saben que no están cerrados.


martes, 17 de febrero de 2026

Caffè dei Frari


Una postal, 
al fin una postal.

No una imagen que navega algoritmos.

Una postal.

Esta cartolina estuvo en tus manos,
tiene el trazo de tu letra,
estuvo en Venecia,
estuvo a tu lado,
huele a café.

Mis ojos, ahora,
están tocando el Caffè dei Frari.

Y mis manos tocan tus manos
y mis ojos y mis manos
recorren el trazo de tu letra.

Mis manos y mis ojos huelen el café.

Aquí atardece.

Pero voy demorando mis pasos 
por la medianoche fría
de Venecia.


sábado, 14 de febrero de 2026

Celebración


Un festejo de mariposa, de colibrí:
beber un largo vino viejo a sorbos breves.

Frente a un campo de lino;
cercanía del viento,
aire de hierba fresca; estar cerca,
en el silencio de palomas entre las acacias
y una quietud de espuma en el pecho.

La mirada sin tiempo, los ojos entornados,
rumor de paz en las pupilas.

Lento, el día fue a la noche 
en puntas de pie.

La primera estrella de la tarde
ardió en el oeste, 
más que la llama nueva 
de un fuego que apenas brota de las ascuas.

Pero menos que los corazones
donde Venus se incendiará
con temblores de plumas
y reverberos.



viernes, 13 de febrero de 2026

La verdad


Es falso el dolor 
de lo que no sabemos,
de lo que nunca supimos ni imaginamos.

Es falso el dolor
por lo que jamás nos hirió.

Son flores de papel:
¿cómo podríamos deleitarnos
con un aroma de lirios de papel,
de lavandas de alambre y de trapo?

En la playa virgen, prístina:
¿cómo podríamos perder un rastro,
cómo podrían haberse borrado las huellas
que nadie deja?

Es falso el dolor 
de la carne que no ha muerto
porque jamás vivió.

Es falso el dolor
de la nostalgia de unos ríos desconocidos
que corren a un mar que no existe.

Una herida que sangra es verdad.

Es verdadera herida,
es sangre verdadera.

Es verdadero dolor.


miércoles, 11 de febrero de 2026

Terminal


Cuando los relojes no saben qué decir,
mienten, confunden,
cubren de niebla el tiempo.

Los relojes son ingenuos: 
estamos al acecho de los minutos,
no pueden engañarnos.

Pero nos engañan.

Cincuenta años atrás,
es apenas ayer.
La espera en el andén,
se mide en años.

Es peor a la madrugada.

¿Por qué amanece tan de pronto?
Entre lo oscuro y la claridad,
¿sólo hay segundos?

Pasos infinitos, perdidos.
Apoyarse en una columna
y volver a caminar,  
y volver a sentarse en un banco de metal,
en un andén casi vacío.

Fumar en soledad,
a la semiluz del día,
siempre deja una estela fina de cansancio,
grisáceo.
Un humo innecesario, banal.
No alcanza a matar el tiempo.

Ahora, finalmente,
la terminal se ilumina:
la sonrisa camina feliz por el andén,
alegría atemporal de los encuentros.

No imagina que hace un siglo
que estoy esperando.


martes, 10 de febrero de 2026

Fuegos de la noche


Es joven, italiano del norte,
tiene unos anteojitos sin marco,
barba de una semana
y una sencillez ficticia.

El fuego está a la altura de la noche,
paisaje del pinar, 
tumulto del mar cercano,
luna llena sin atenuantes.

Tiene poco más de 30.
Morena, silenciosa, 
bonita,
elegante con sus borceguíes gastados,
su pañuelo con flores al cuello.
Montañesa marítima esta vez.
Es andaluza y un poco argelina.

Los miro. 
Los oigo.
Los demás en la rueda 
beben con parsimonia, 
acodados, somnolientos,
miran el fuego,
apenas hablan.

Él dice algo del desiderio inconscio;
leyó a Lacan, 
trata de impresionarla.
Casi ni la mira,
finge indiferencia.

m'illumino
d'immenso
con un breve
moto
di sguardo,
lo digo a media voz, 
lo digo al aire, a nadie.

Lo miro, 
le pregunto si leyó a Ungaretti.

No, dice, ¿para qué?

Y ella me mira,
sonríe con inteligencia 
y baja la vista hasta la arena;
y, después de un rato, mira el fuego
en silencio.


lunes, 9 de febrero de 2026

Último tiempo


Dos veces en mi vida
el tiempo me cruzó en la calle,
casi violentamente 
al doblar una esquina.

Y se paró frente a mí,
desafiante.

Me quedé inmóvil, 
las dos veces. 
Durante años.

Y ninguna de las dos veces
supe qué hacer.
Y me quedé inmóvil,
durante años.

Parecía saberlo siempre,
una vez y otra vez,
parecía que dictaba la ley de los minutos y los meses.

No era verdad.

Eran sólo segundos corriendo, 
sin destino.

Y entonces desapareció.

Primero, desapareció una vez.
Después, otra vez.

No dejó más que unas pocas huellas,
borrosas, grises,
que tuvieron el sabor de las cenizas. 

Un día, no hace tanto,
apareció un tiempo desconocido.

Y me llamó por mi nombre.

Y lo voy siguiendo.
Segundo a segundo.

Para ver adónde va, 
adónde me lleva.

Para ver por qué esa sombra que va con él,
clara, luminosa y amable, 
abraza mi sangre de tal modo
que el tiempo se detiene.


El sable no se oxida




Así como la pelota no se mancha.

No va a ser esta vez la última vez que los liberales quieran joder a San Martín. Así como en estas pampas fueron los primeros y siguieron jodiéndolo hasta después de muerto. Hasta cuando escribieron tomazos para... elogiarlo. Salvo alguna que otra excepción.

Es verdad también que es un deporte político nacional tironearlo para quedarse con él, siquiera con algo de él, el nombre no más fuera o un cuadrito para ponerlo en yunta con otros, a conveniencia oportuna. Algo así hicieron los griegos con el lugar de nacimiento de Homero. A un servidor no le pasa ni le va a pasar: porque no soy Homero. Ni José de San Martín. Porque hay que ser San Martín (u Homero) para que valga la pena, para que signifique algo decir "es nuestro". Y es así como siguen jodiéndolo. Y jodiendo lo que hizo. Y lo que dijo.

Nadie: lo digo otra vez: nadie puede hacer un San Martín distinto. Es lo que es. Fue lo que fue. Ya déjense de joder. Elógienlo, destrócenlo, ignórenlo, olvídenlo. Sean justos, sean injustos. Lo que prefieran. Pero no lo jodan más. Traguen saliva (la garganta de quien sea), pero resígnense a que San Martín es San Martín.

Hasta el filo del siglo XIX lo maltrataron, lo hostigaron, lo calumniaron, lo echaron, lo ignoraron. Pero en el XX fue en parte peor: lo elogiaron, lo saludaron con 21 cañonazos, lo canonizaron. Y lo saquearon a mansalva.

Javier Milei, o cualquier Javier Milei del partido o del movimiento que fuere, puede con posibilidad material hacer con San Martín y su sable lo que se le cante. Traerlo, llevarlo, ponerlo, sacarlo, lo que sea. Pero eso es todo lo que puede hacer. Y no más. Nada más.

San Martín y su sable son lo que son. Y eso no se puede cambiar ni manipular. No se puede resignificar. Porque el significado de ambos y el destino de ambos es formal. No material. No local. No espacial.

Por eso hay que dejarse de joder con San Martín y su sable.

San Martín y su sable tienen destino. Ya lo tienen. San Martín nació para cumplir su destino. El sable, cumplió su destino acompañando a San Martín. Y después San Martín lo destinó.

Milei, como Carranza, como Onganía, como Cristina Fernández, los liberales, los peronistas, cualquiera: pueden hacer con el sable lo que pueden hacer con un pedazo de latón curvo: traerlo, llevarlo, ponerlo, sacarlo, lo que sea. Pero eso es todo lo que pueden hacer. Y no más. Nada más. 

El sable está ya destinado. Y lo destinó San Martín: el sable está con Juan Manuel de Rosas. Y punto.

Y eso, tal vez, sea uno de los motivos principales por lo que joden tanto con el sable.

Pero, a joderse: el destino del sable no se oxida. Está donde está, no importa dónde esté.






miércoles, 4 de febrero de 2026

Esto no es un poema


Esto no es un poema.

Parecen versos, pero son,
solamente, 
renglones más cortos.

Esto es apenas una súplica,
es un ruego.
No es un poema,
no son versos.

Aunque, si fueran versos,
serían versos de rodillas,
versos con los ojos clavados en el suelo,
con la boca muda,
con manos de pedir limosna.

Si esto fuera un poema,
nunca lo oirías.

Nunca lo diría.

Nunca hubiera sido.

No hay poemas de rodillas.

Hay súplicas de rodillas,
en renglones más cortos.