
–¡Quiero destruirlo de veras! –exclamó Frodo–. O que lo destruyan. No estoy hecho para empresas peligrosas. Hubiese preferido no haberlo visto nunca. ¿Por qué vino a
mí? ¿Por qué fui elegido?
–Preguntas que nadie puede responder –dijo Gandalf –. De lo que puedes estar seguro es de que no fue por ningún mérito que otros no tengan. Ni por poder ni por sabiduría, a lo menos. Pero has sido elegido y necesitarás de todos tus recursos: fuerza, ánimo, inteligencia.
–¡Tengo tan poco de esas cosas! Tú eres sabio y poderoso. ¿No quieres el Anillo?
–¡No, no! –exclamó Gandalf, incorporándose–. Mi poder sería entonces demasiado grande y terrible. Conmigo el Anillo adquiriría un poder todavía mayor y más mortal.
Los ojos de Gandalf relampaguearon y la cara se le iluminó como con un fuego interior.
– ¡No me tientes! Pues no quiero convertirme en algo semejante al Señor Oscuro. Todo mi interés por el Anillo se basa en la misericordia, misericordia por los débiles y deseo de poder hacer el bien. ¡No me tientes! No me atrevo a tomarlo, ni siquiera para esconderlo y que nadie lo use. La tentación de recurrir al Anillo sería para mí demasiado fuerte. ¡Tal vez lo necesitara! Me acechan grandes peligros.
Hace años de años que tengo este pasaje en la cabeza. Está en el capítulo 2 de la primera parte del primer libro de El Señor de los Anillos.
Hay tres cosas allí: el poder a secas, el Anillo Único, Gandalf. O, que es lo mismo, la naturaleza y la acción de esas tres cosas.
Pero antes de sacarle punta a la cuestión, un breve recorrido "político" por la Tierra Media en esos días. No sé si es estrictamente necesario, pero se me hace útil ver cómo estaba el mundo en vísperas de una guerra terrible.
* * *
Hay actores que "de cajón" tendrán que tener algún papel: la dinámica de la historia lo pide. Son, como si dijera, los actores naturales de la tragedia.
Está Gondor, el reino activo principal aunque menguado en términos humanos por aquellos días. Es el objeto de deseo mayor para Mordor. En el origen de Gondor están de un modo más o menos directo los numenoreanos Elendil y su hijo Isildur, quien cortó el dedo de Sauron y se quedó con el Anillo Único que portaba el Oscuro y era la fuente de su poder, todo lo cual está en las raíces de la Guerra del Anillo que cuenta la obra. Pero por importante que sea Gondor, lo visible está carcomido, envejecido. Sus hombres principales están literalmente enloquecidos por el poder: por el propio, que apenas tienen prestado, así como por otro poder que creen que podría ayudarlos a conservar lo que de hecho no les es propio, sino, precisamente, prestado. Rancios y conservadores, los jefes de Gondor no quieren ni oír hablar de que custodian y conservan algo de lo que son simplemente "senescales" y no herederos ni dueños. No ocurre lo mismo con un Gondor "invisible", que late en la sangre del heredero del Reino, Aragorn.
Está Rohan, por otra parte. Son en buena medida una casta guerrera. De modo análogo a Gondor, son insuficientes, por aquellos días, a la par que deseosos por idiosincrasia de hazañas y de glorias guerreras. Insuficientes, en gran medida, no sólo porque se enfrentan a amenazas que los superan en poder y potencia militar. Lo definitorio es que su rey ha caído en una decrepitud que no necesariamente corresponde a su edad. Envilecido por su estado, roído por insidias y voces serpentinas que lo debilitan y lo enervan, ha trasmitido a su reinado y en parte a su pueblo una pusilanimidad, que es el estado conveniente que instiga su mayor enemigo. Rohan no tiene ni los orígenes ni la jerarquía de Gondor. Son ciertamente gentes nobles, pero son a la vez lo que la mano o el pie es a la persona. Su referencia es Gondor, sin duda, más altos que ellos en dignidad y densidad.
Están también, en varias partes, los Elfos de distintas categorías, remanentes en la Tierra Media. Pero a estas alturas todos ellos miran al mar y al Reino Bendecido del otro lado del mar, al que cruzarán lo antes que puedan, pues o llegó la hora de volver o se han demorado demasiado tiempo en la Tierra Media, de este lado del mar, algunos "castigados" por el Valar, otros enamorados de las bellezas que ayudaron a conservar. Son en gran medida los que han llevado una parte dura de la lucha contra la Oscuridad y su Señor, el Oscuro. Durante milenios. Y lo han derrotado en más de una ocasión, solos o con el concurso de numenoreanos, aunque nunca la derrota fue definitiva porque no es de su rango esa victoria definitiva, por muy nobles, altos y poderosos que sean, no sólo ni principalmente en la guerra. Han custodiado la Tierra Media durante siglos y siglos, pero finalmente se han recluido, como un resto, y, aunque vigilan y participan de la vida de ese mundo, atesoran sus bienes alrededor de ellos mismos, en reinos y bosques casi inhallables para los demás seres. Por supuesto que la Oscuridad los acecha siempre y en varios aspectos les teme. Pero creen que su tiempo entre las demás criaturas de la Tierra Media (e incluso de Arda misma) ya ha pasado, más allá del papel que les depare el curso de los hechos, hermanados a los demás hijos de Ilúvatar que habitan la Tierra Media.
Están, así las cosas, los seres que deberíamos llamar –sin entrar ahora en distingos– humanos, en cualquiera de sus categorías, todos representados en la obra con papeles que cumplir, significativos o no.
Pero hay otros seres que tienen una misión particular entre las gentes de la Tierra Media y no son humanos. Unos pocos seres, los Istari, un grupo de Maiar, como ángeles encarnados en forma humana, que fueron enviados a la Tierra Media para defenderla de las maldades del Oscuro, Sauron. Gandalf y Saruman (el mayor entre los cinco) son dos de ellos. Poderosos, suele vérselos como Magos terribles y hasta estrafalarios a la mirada corriente, pese a su apariencia de viejos valetudinarios y hasta andrajosos.
Muy por afuera de las tormentas de un mundo amenazado del que los demás participan (hasta los Enanos), están los Hobbits. No tienen noción de la guerra en ciernes, pocas nociones de otras cosas que no sean las de la Comarca, ningún apetito de glorias guerreras, ninguna mirada "global", ningún interés por las cosas "políticas" de la Tierra Media. Pero el curso de los hechos les tiene preparado un lugar inusitado. Como piedra que desechan los constructores o custodios del mundo, y que se vuelve angular finalmente.
El cuadro pinta sin dudas un mundo débil para resistir el mal, y mal preparado para una gran guerra cuyo sentido ni siquiera registra, inerme mayormente ante los ingenios de Sauron, confundido, olvidado de cosas que, de haber sido mantenidas plenamente vivas, lo hubieran fortalecido espiritualmente para resistir; pero esas cosas, esos conocimientos y virtudes, han sido tergiversados, vaciados y vueltos a llenar con argucias o directamente sepultados bajo el polvo. Sólo unos poquísimos conocen y entienden no tanto lo que está pasando sino qué pasa en realidad.
Hasta que un día, lenta y perversamente enhebrada, se produce la (re)aparición de un poder arrollador, astuto, instigador incluso de las mismas debilidades de quienes son sus enemigos y oponentes en la guerra que se avecina y que promueve. Cruel y dotado de poderes "tecnológicos" increíbles, Sauron y quienes seducidos o no lo siguen y colaboran con él, amenaza no solamente a la Tierra Media. Él, Sauron, es al fin y al cabo el lugarteniente de uno más alto que él mismo y mucho más poderoso y maligno.
La guerra que sobreviene a la Tierra Media, en razón del Anillo Único, no es la última instancia, más allá de su resultado. El Oscuro mayor mira todavía con resentimiento y odio al otro lado del mar, de donde fue expulsado quien en última instancia es el verdadero artífice y comandante de la gran rebelión y que macera en su corazón la que si pudiera sería una venganza eterna.
El apetito de poder está en la raíz de esa aspiración. Y la disputa por el poder es la razón última de quien lleva en su nombre esa misma ambición que lo quema y lo empuja: Melkor, así llamado con el nombre primigenio para los altos elfos que, en quenya, su lengua, significa, precisamente, "el que se alza con poder".