Hace casi un mes –en una entrada de aquí mismo: ¿Quién le teme a Donald Trump?–, traje la figura rechoncha del magnate yanqui Spruille Braden, y eso por otro capítulo de la bamboleante relación con los Estados Unidos, siempre ácida y corrosiva (sí, dije bien: siempre, a favor o en contra...).
Cuando escribí aquello tuve la sensación de estar diciendo una obviedad. Porque es obvia la tensión pendular en las relaciones entre los dos países y, principalmente, porque un emblema de esa tensión ya estaba fijado en la historia de hace 80 años y en aquellos carteles de campaña para las elecciones de 1946; Braden o Perón. Vinieron después las "relaciones carnales" de los '90 de Menem, que son el emblema del otro extremo del péndulo, ahora reeditado también, curiosamente. Como las ofertas, 2 x 1.
Pero creo que no me equivoqué del todo en las dos cosas. Por un lado, la tensión secular, que siempre está, vuelve a mostrarse; a la vez, la mención del binomio Braden o Perón hoy es obvia. Una prueba de esa obviedad es que Cristina Fernández aprovechó el día de la lealtad, que conmemora el peronismo en octubre, para traer al escenario consignas que son como secuelas de aquella original.
Ella arriesgó dos: Bessent o Perón, Milei o Argentina, y son la substitución oportuna de aquel Braden o Perón. Lo dicho: una obviedad.
Pero la cuestión de fondo es lo verdaderamente importante. No necesariamente porque el peronismo quiera aprovechar el éxito de aquella primera consigna de 1945 e inyectarlo ahora en estas segundas consignas de 2025, oportunamente. Y eso no es importante porque eso es irrelevante.
La cuestión de fondo es importante porque la supervivencia de la Argentina es importante. Y es claro que la supervivencia de la Argentina no es lo mismo que la supervivencia del peronismo, aunque el peronismo insista en su creencia mística de que ambos términos son intercambiables y que se implican e incluyen mutuamente con absoluta necesidad. Es obvio que si la Argentina desapareciera de algún modo, de algún modo también los argentinos desapareceríamos. Y, sólo en ese sentido, de algún modo desaparecería también el peronismo, que –repito– no es la Argentina, sólo forma parte de ella.
En razón de eso mismo, me quedo pensando –después del discurso de Fernández de Kirchner– quién verdaderamente es el peronismo.
Por fijar un momento, ya antes de la vuelta de Perón al país desde España en los '70, quién es verdaderamente el peronismo y quién no, fue una cuestión muy meneada, que se volvió cruenta.
¿Con quién hablaba y con quién no? ¿Quiénes eran invitados a Puerta de Hierro y a quiénes no recibía? ¿A quiénes promovía y a quiénes defenestraba? ¿Por qué?
La historia del peronismo –ahora vista con Perón o sin Perón– es tan plástica y dinámica que se vuelve confusa por inasible. Traidores y leales son siempre términos relativos y acomodables a las circunstancias. Y eso se vuelve más agudo si Perón ya no está. Con Perón vivo, sus vaivenes tenían su firma y, si no te gustan, andá a cantarle...a Perón. No ocurre lo mismo desde su desaparición. Porque desde entonces, cualquiera puede falsificarle la firma y decretar traidores y leales. Y se ha hecho.
He oído decir que los peronistas traidores no se traicionan entre sí sino que traicionan al peronismo. Y ahí la cosa se vuelve circular e infinita: otra vez, ¿quién es el peronismo?
En este punto, hay que decir algo en favor del peronismo: todo eso es moneda corriente en el mundo del poder político, principal aunque no únicamente político. Y lo es desde que hay historia y todavía antes, seguramente. No es el peronismo argentino para nada exclusivo en esas lides. Y en el mundo mundial y a lo largo de toda la historia humana, traiciones y lealtades circunstanciales casi son la materia misma del poder, según se ve a lo largo de milenios.
Tomarse el trabajo de seguirle la pista a los grandes hombres de la República y el Imperio en Roma y seguir la huella de sus bandazos de un partido a otro, fluctuando lealtades y traiciones, es un ejercicio ilustrativo. Y soy consciente de que con Roma no alcanza para muestra. Hay que seguir y zambullirse desde Babilonia a Egipto, de Alejandro Magno al Islam durante siglos, hay que mirar al Papado medieval o las disputas en el Sacro Imperio. Y más y más. ¿Y en la historia Argentina? Hasta en historias que narran las Sagradas Escrituras, a partir del Génesis mismo. Y más y más y no alcanzará una vida de hombre para completar el registro de ejemplos aleccionadores.
El peronismo y sus circunstancias no son para nada inéditos. De hecho, son un caso más y en cierto sentido periférico.
Pero, sin embargo, en la Argentina, la incidencia del peronismo en la vida política, social y económica desde mediados del siglo pasado a hoy es tal que, obligadamente, al menos los argentinos tenemos que prestarle atención.
La cuestión es que se reedita hoy el cartel antinómico, ya vintage: Braden o Perón, aunque con sucedáneos, algunos significativos. Por ejemplo, la asociación, en las dos consignas substitutas, de Perón con la Argentina (y de Bessent –es decir: el emblema del poder de los EE.UU.– con Milei), son casi un silogismo abreviado que continúa la mística peronista que sostiene que el peronismo es la Patria. Y que la Patria es peronista o no es.
Entonces, y a propósito de esa reedición, la pregunta acerca de quién es el peronismo es pertinente, diría.
¿Valle? ¿Cooke? ¿Framini? ¿Vandor? ¿Ongaro? ¿Galimberti? ¿El Gallego Álvarez? ¿Fernando Abal? ¿Cámpora? ¿Osinde? ¿Firmenich? ¿Otalagano? ¿Montoneros? ¿Rucci? ¿Fernando Abak? ¿López Rega? ¿La patria sindical? ¿La Tendencia? ¿Ortega Peña? ¿Herminio? ¿Patricia Bullrich? ¿La Renovación peronista de los '80? ¿Lorenzo Miguel? ¿Chacho Álvarez? ¿Ritondo? ¿Menem y sus '90? ¿Bauzá? ¿Los "celestes"? ¿Kohan? ¿Los "rojo punzó"? ¿Taiana? ¿Santilli? ¿Ruckauf? ¿Duhalde? ¿Kirchner? ¿De Vido? ¿Moreno? ¿Alberto? ¿Sergio? ¿Scioli? ¿Julio Bárbaro? ¿Insaurralde? ¿Cúneo? ¿De Pedro? ¿Mayra Mendoza? ¿La Cámpora? ¿Randazzo? ¿Pichetto? ¿Cristina? ¿El Galleguito Álvarez? ¿Kicillof?
¿Faltan nombres tan contrapuestos, tan contradictorios como esos, de otros muchos "traidores" y "leales"? Claro que sí, seguramente cientos en 80 años. Y cada uno de ellos se dijo (o se dice) peronista. Entonces, ¿traidores a quién, a qué?, ¿leales a quién, a qué?
Ahora estamos en 2025 y el peronismo revive para unas elecciones legislativas nacionales, y ante los desmanes crecientes de Javier Milei, la consigna Braden o Perón.
Bessent o Perón, dice Cristina Fernández.
Pero Perón no está.
¿Y el peronismo? ¿Está? ¿Dónde no está? ¿Quién es hoy Perón? ¿Quién es hoy el peronismo?
Si, por ejemplo, alguien quiere apoyar hoy al peronismo frente a Milei, frente a Bessent, frente a Trump, ¿adónde va? ¿Quién es el peronismo? Y si alguien quiere apoyar a Milei, ¿también está el peronismo?
Salvo para alguien que crea que el peronismo es asunto de una disciplina arcana, oculta y esotérica, y por lo mismo incognoscible e indefinible, la pregunta es pertinente. Y si la pregunta es pertinente, la respuesta es al menos posible.
Es verdad, se puede dar una respuesta cínica, al modo, por ejemplo, de lo que han hecho toda la vida los liberales en la historia argentina, desembarcando en una isla desierta y sin agua ni comida al liberalismo que fracasa o al que no les da cabida. Y ahí están para muestra las quejas contra gentes de su tribu liberal del mismísimo Juan Bautista Alberdi.
Es verdad también que puede decirse que el peronismo tiene los genes del multiforme Proteo, contradicciones incluidas.
Pero puede haber una respuesta mejor que esas que, además de cínicas, son berretas.
Que una respuesta honesta y fundada (y haría bien en pensarla el mismísimo peronismo) no llegue a conformar a los cambiantes "leales" y "traidores", es un asunto que a un servidor lo tiene completamente sin cuidado.
Así que: ¿quién es el peronismo?
En cualquier caso, se podrá o no coincidir con la respuesta que se dé, pero si el peronismo no puede dar una respuesta inequívoca, clara, honesta y fundada a la pregunta, su realidad seguirá desdibujándose hasta el punto en que el peronismo pretenda ser todas las cosas y ninguna cosa, con lo cual se volverá muy poco respetable como entidad política. Aunque siga ganando o perdiendo elecciones.