lunes, 29 de junio de 2026

Romancero Sur: III. Romancillo de la sierra

 

Ladera de ñires
teñida de verde,
senda de frambuesas
con hebras de nieve,
isla de araucarias
que en su altura tienen
silbidos de un viento
que a la tarde crece.
Como la cintura
de tu cuerpo leve,
la sierra se ondula
y tan suavemente
que se hace refugio
como hondura tenue
donde todo pasa,
donde nada muere.



 

domingo, 28 de junio de 2026

Romancero Sur: II. Romance del mar helado


Es piedra la costa fría,
tan alta y al viento afrenta,
se asoma al mar insolente
y lo resiste sin queja.
De su altura acantilada
nos llegan vuelos que sueñan:
cormoranes atrevidos
y gaviotas de tristeza,
que lanzan sobre la espuma
sus ansiedades de pesca.
El mar tirita en las olas
su soledad marinera.
Su orfandad bajo las nubes
y su nostalgia estrellera,
congelan el aire arriba
y el aire abajo congelan,
en unas playas heladas
que tiemblan ya sin arenas,
pintadas de sal marina
las agujas de sus piedras.
Andamos las lejanías
de estas sombras ribereñas
con un sol entre las manos
que se entrelazan y esperan
una esperanza que entibie
–esa esperanza es tibieza–,
la vida que está llegando
mientras buscamos sus huellas.


 

martes, 23 de junio de 2026

Romancero Sur: I. Romance de la Paloma


El cielo ya está de fuego
y la tarde de oro puro,
y hay un murmullo que late
que no parece un murmullo.
Es todo un silencio gris
y azulado, casi oscuro,
que en una rama del sauce
desgrana un rumor de luto.
Secretamente gimiendo, 
fingiendo la paz su arrullo,
inhallable en el ramaje,
sangra un lamento menudo,
mientras las alas redoblan
un De profundis nocturno,
porque ya la noche llega
y la noche es su futuro.
Mira el río y le parece
que se detiene su rumbo,
que es sin sentido fluir,
que seguir es tan absurdo
ahora que en su viudez
de paloma de difunto,
le llega la soledad
y le habla como en susurros
de un tiempo que, sin amor,
ya no es tiempo, es un verdugo
de días, sueños y amparos
de nidos en los arbustos. 
El cielo ya no es de fuego,
un carbón triste y negruzco
traza líneas de la noche
que está celebrando un búho.
La paloma se refugia 
en la altura de un saúco,
como llevando su pena
lo más lejos del terruño
donde tenía un hogar
que se le ha vuelto sepulcro.


miércoles, 10 de junio de 2026

De muerte en muerte




En las últimas semanas, a partir del 23 de mayo, hubo en la Argentina dos muertes singulares, por distintos motivos.

Agostina Vera, una niña cordobesa de 14 años, fue secuestrada, probablemente abusada, muerta y descuartizada por al menos una persona que tenía alguna relación con su madre. 

Días más tarde, murió Carlos Alberto Solari de un ACV hemorrágico, mientras se bañaba de madrugada en su pileta de natación, en su quinta de Parque Leloir.

No escribo esto para decir de ellos algo en particular. No ahora al menos.

Están aquí porque a ambos los une un fenómeno de esos que surgen como de la nada, pero significan algo.

Agostina Vera, por su suerte terrible, fue a parar a las pancartas de la multitudinaria 4ta. marcha Ni una menos, como emblema político, y como bandera de un feminismo que juntó a madres de Plaza de Mayo, a pañuelos verdes, a "colectivos" lgbt... etc., a parte de la dirigencia partidaria, artistas, escritores y público en general.

La muerte de Solari puso en escena a una multitud muchas veces mayor que la de la marcha, en la que no faltaron en todo momento voces políticas y del staff de un sector artístico. Muchas de esas voces compartieron ambas manifestaciones.

El asunto es que, en ese breve tiempo, se vio también en las calles y en las tribunas políticas un claro aprovechamiento de expresiones multitudinarias para expresar malestar con el gobierno, en primer lugar, y con la deriva ideológica que impulsa.

Nadie pudo haber tenido en el radar la súbita aparición de multitudes callejeras que, mayoritariamente, se mostraron como opositores. Ni siquiera en vida del cantante se expresó la multitud en esos términos tan explícitos, fuera de los límites del pogo de las presentaciones. Pero, ya que estamos, hablemos de cantidades: quien diga que nunca el cantante congregó a parvas y parvas de files a sus "misas" (¡qué ganas de joder con la religión!), o no lo sabe o se hace el distraído.  

Por su parte, fue la cercanía de la marcha feminista –y la marcha misma– la que le dio a Agostina Vera un efímero papel que nadie podría haber supuesto que encarnaría.

Lamentablemente, Agostina Vera no es la primera niña que desaparece y aparece muerta tiempo después, ni es la primera mujer muerta y descuartizada por gente que tiene relación con el poder político.

Las canciones de Solari, en medio de delirios que tal vez quisieron ser imitaciones de autores de la onda beat, siempre tuvieron un contenido político y siempre expresaron un modo de vida, un estado de cultura, hasta un perfil religioso (y va de nuevo...), afín a corrientes políticas de izquierda, de centro izquierda, nacionales-populares, progres, o lo que diantres fuera que quiso decir y que las multitudes consumieron. No me consta que hayan entendido todo, especialmente aquellas cosas que eran producto del fluir de la conciencia o de la escritura automática de su autor. Pero se identificaron con el ruido potente de su rock y se sintieron representados por su perfil de gurú esotérico o de mistagogo de liturgias extravagantes. Sus seguidores, mayormente, se consideran "pueblo" y muchos de ellos peronistas, en sentido lato. Tal vez fruto de una alquimia misteriosa que el cantante destiló con habilidad.

Pero es la proximidad y las consecuencias de ambas muertes en la calle lo que quiero subrayar.

Porque así pasan las cosas. Mientras algunos están mirando el daño que puede causarle a la autoestima de Javier Milei la rebeldía de Patricia Bullrich en el senado, u otros están hurgando en la corrupción de miembros del gobierno o algunos más maquinan sucesiones potables que sigan el rumbo en el próximo turno, algo pasa en Dinamarca.

Entonces, también importa subrayar que, con ambas muertes y sus secuelas callejeras, brotó un memento estridente: una cultura, un modo de cultura, política, social, económica, sexual, moral, religiosa (y van tres...).

Una liturgia conocida (usemos el lenguaje periodístico...) que, por ejemplo, los libertarios no saben cómo ahogar, porque no tienen con qué, porque en el fondo no es su asunto. Porque no es la batalla cultural que vinieron a dar. Una liturgia conocida que despierta el apetito de quienes por afinidad quieren colgarse de ella y pescar votos entre sus fieles.

Pero también una liturgia que tiene raíz extendida que viene de una semilla que fue sembrada con tiempo y muchos recursos para que creciera y se hiciera fuerte.

La marcha feminista y el (¿último?) "pogo más grande del mundo", estallaron (casi) sin pedir permiso, sin avisar. Aunque no sin alguna preparación.

Si el peronismo lo hubiera programado no le salía, como no viene saliéndole juntar multitudes para arropar a Cristina Fernández o juntar cabezas para empujar un capitalismo de estado o un estado empresario o un colectivismo industrialista agazapado en un nacionalismo popular, que es apenas una etiqueta que esconde elucubraciones geopolíticas más sofisticadas y no siempre nacidas en estas pampas.

Si la izquierda quisiera poner esa cantidad de cabezas en la calle, no le saldría, porque no le sale y querría que le saliera, pero no tiene esa cantidad de cabezas para pensar siquiera que podría salirle.

Parece que hay concluir en que la Argentina se despierta un día y descubre que la gente que se desparrama por las calles es feminista porque descuartizaron a una niña inocente en Córdoba o es nacional y popular, digamos así, porque un cantante dizque surrealista y más bien peronista murió de un ACV en su pileta, en una madrugada de Parque Leloir.

Si la patria va a terminar siendo ricotera, alguien tiene que hacerse cargo de la ricota que los ricoteros consumen. Si la patria ya tiene ese feminismo en la sangre, alguien tiene que hacerse cargo de la sangre que le trasfundieron.

Si lo que vimos en estas últimas dos semanas en las calles es una muestra de lo que veremos, alguien tiene que hacerse cargo del menú.

Finalmente, entre otras cosas que se dicen a propósito particularmente de la muerte del cantante, había expresiones que no me llamaron la atención. Son aquellas que hacen un dream team de lo popular argentino. Siguen la línea de la identificación obligada de lo popular con preferencias partidarias, a veces algo ampliadas para que quepan todas las figuras que se oponen o dicen que se oponen a un modelo que se sitúa en el lado opuesto, sea cual sea. La figura geométrica que resulta de ese rejunte es un poliedro, para que en cada cara de ese poliedro haya algo o alguien que resulte opuesto a algo. Un panteón de padres de la patria que se agrupan en un cartel para expresar una concepción de la patria opuesta a otra.

Tal vez sea un poco iluso pensar que esas muertes se van a trasladar, así como así, a las urnas. No porque este gobierno tenga méritos para perdurar, sino porque se necesita mucho más que gente en la calle para que este gobierno se vaya y no vuelva más.

Si acaso, eso podría servir para que este gobierno pierda una elección.

Pero para no que vuelva más hace falta algo que no se ve que alguien o algo esté en condiciones de ofrecer y llevar a la práctica, ni moral ni políticamente. 



sábado, 6 de junio de 2026

Lo que hubo antes


Es la misma calle. No sé si ahora sea la misma calle, eso no es posible saberlo del todo.

Cuando era la calle que conocí hace años, podía ser entrañable porque era conocida, porque se había hecho para mí la calle habitual, la que acostumbraba a recorrer de camino a otra parte. No era la salida obligada. Creo que era un atajo imaginado a ninguna parte, porque –ahora que lo recuerdo– el verdadero itinerario empezaba al abandonar esas tres cuadras.

Tenía rasgos, apariencias de ser una calle al menos ordenada. Siempre esquivaba las veredas y caminaba sobre la tierra empedrada de una especie de arena ocre, porque parecía más tersa. Había unos zanjones en ambas márgenes, cubiertos de pastos verdes y algunas plantas silvestres que daban flores vistosas. Tampoco eso era del todo verdadero: por los zanjones corrían, en el fondo, las aguas que salían de las casas. Los días muy húmedos o calurosos, los pastos y las flores silvestres no alcanzaban a ocultar cierto hedor sutil pero testigo de que aquellas aguas se estancaban. De tanto en tanto, aparecían algunos montones de desperdicios. A veces bolsas de basura rotas por algunos animales callejeros, casi siempre gatos nocturnos.

Algunos terrenos baldíos incrustados en la cuadra cada tanto, hacían la figura de un paisaje más rústico que el de una típica cuadra lejana del centro, daban un aire pueblerino casi campestre. Pero aparente, también. Bastaba una parada de colectivos, en el cruce de dos calles; entonces la apariencia se deslucía y surgía impetuoso el aire citadino, de ruidos de frenos de aire potentes, cierre de puertas automáticas, motores arrancando después de la carga o descarga de pasajeros, cada día hasta bien entrada la noche, con el último recorrido, igual que poco antes de que amaneciera.

Pero no es posible saber del todo si la de ahora es aquella misma calle. Tal vez sea un mentís de aquello que dicen: todo tiempo pasado fue mejor.

La calle aquella ha desaparecido. En su lugar hay una calle mejor, aunque sin demasiados cambios drásticos. No se asfaltó, no tiene los cordones que suelen contener los cementos, ni hay cemento. Han entubado los zanjones pero no asfaltaron, sólo alisaron la traza con "macadam", como en otras calles de la periferia. Discreto, vistoso pero vivo. Cuando llueve, todo toma colores fuertes en contraste: el oscuro gris de la calle con los pastos y flores de los bordes exultantes, en tonos distintos de pastos que ahora casi siempre llegan hasta veredas de ladrillos, no muy anchas, parejas y sencillas.

Aquello que hubo antes podía ser entrañable porque era para mí la calle habitual, la salida habitual a ninguna parte, un atajo irreal.

Después de muchos años, volví a vivir cerca de aquel rincón. Y vi que aquello que hubo antes ya era otro lugar, algo que ahora me es a la vez un recuerdo fastidioso y un sitio agradable.

En el otoño pasado, empecé a acostumbrarme a salir a caminar por esos rumbos.

Me hace feliz gozar de esas caminatas, que incluyen también esas tres cuadras.

Antes no me pasaba.



viernes, 5 de junio de 2026

Serenidad


Los últimos días fueron bastante grises, aunque tranquilos abajo, en el pueblo. Pero ayer, a media tarde, apenas llegábamos a la cabaña cuando una lluvia fina y continua oscureció algo más el cielo y el aire. Arriba llovía desde hacía varios días.

Como los fuegos eran mi territorio, traje pronto madera fina del alero y un poco de leña para empezar a entibiar la tarde adentro. Desde el ventanal, se veía el camino por el que habíamos llegado; ahora lucía como una cinta de hierro oscura que contrastaba con el verde del valle. El primer humo seco ya le daba aroma hogareño a la cabaña, que había estado cerrada por más de dos semanas. Al entrar, un frío preciso y cortante nos hizo temblar, pero muy rápidamente los troncos de las paredes tomaron calor y el ambiente fue haciéndose más amable.

Me senté al costado de la chimenea, en el suelo que todavía conservaba el encerado y pronto subió la mezcla de olor de las tablas y la cera que me envolvía. 

Detrás de la barra del desayunador, se la veía de espaldas, trabajando con serenidad sobre la mesada,  vigilando el agua que había puesto a calentar, preparando un poco de té, poniendo dentro de una canasta unos bizcochos y unas porciones de torta galesa que había preparado para la ocasión abajo, en el pueblo.

Busqué un par de medias seco en la mochila. Al cruzar el arroyo que había crecido por las lluvias en las cumbres, el agua helada había entrado un poco en los borceguíes y ya empezaba a sentir frío en los pies. Las medias mojadas humeaban su humedad sobre las piedras.

Cuando llegó con la bandeja, estaba adormecido. Me llamó para que despejara la pequeña mesa y refunfuñó simpáticamente. 

La torta era lo más rico del lote y cuando lo dije preguntó por los bizcochos. Una réplica clásica, de manual. Prepara dos cosas, elogio una de ellas y quiere la rendición incondicional y completa. Una réplica clásica.

Oscurecía muy rápido, la lluvia ya no era tan fina y las nubes se cerraban sobre el valle. Apenas abrí la puerta para buscar más leña, una ráfaga hizo temblar las llamas.

Cerrando rápidamente la puerta, todo volvió al silencio y a la quietud.

Solamente la chimenea parecía hablar, sola, en su lenguaje de llamas y chisporroteos.



martes, 2 de junio de 2026

Agua sin viento


Sin viento, el agua es un tapiz acerado, de los colores del cielo y de toda cosa que tenga alrededor. 

El viento, cuando está, no le da tiempo a las cosas a plasmarse sobre la superficie, en la que no llegan a espejarse. O hace que se atiborre el agua de formas informes. 

El viento en el agua parecería que despierta algo dormido y entonces el agua sólo se ocupa de sí misma y desdeña lo que hay a su alrededor.

Pero sin viento, los ojos descansan, se serenan. 

Y entonces tenemos con el agua –y con nosotros mismos– una conversación quieta, silenciosa. Sedante y honda. 

El mar no puede hacer eso. El lago sí, la laguna también.

El mar tiene una inquietud y una inestabilidad que suelen ser contagiosas. 

El lago espera, la laguna también. Saben callar.

El mar, no. Si acaso ofrece ritmo, siquiera el murmullo de la última espuma. Pero le cuesta el silencio.

El lago puede callar cuando uno calla. La laguna se hace mansa y aquieta. Y parece que sólo así la conversación es posible. Con el agua y las cosas. Y con nosotros mismos.

Pienso que tal vez el viento les teme, o al menos que se allana y calla cuando el agua calla y se aquieta.