viernes, 24 de julio de 2026

Romancero Sur: XII. Romance pena


Vi llorar silencios tristes
mientras la tarde lloraba,
y tu figura y tus ojos,
clavados en la ventana,
veían llegar la noche
que despaciosa se entraba
por visillos de tristeza
en las puertas de tu alma.
No sé qué lagrimas fueron
tampoco sé si eran lágrimas
aquellos hilos de pena,
o manantiales de plata
que en las mejillas corrían,
o perlas de espuma clara
de las orillas de un mar
que se ha quedado sin playa.
Te vi con el paso triste,
te vi con la blusa blanca
con vivos de raso negro,
vi qué oscura era tu falda
y el manto que nunca usaste
porque negro no hizo falta.
Te vi mirar el vacío
de un cuenco de porcelana,
como si fuera la hondura
vacía y sin esperanza
de la vida de ahora en más,
como si el tiempo escapara
en brazos de cada ausencia
que llegará en la mañana
con el eco de haber nadie
cada día y en tu cama.
Y al fin vi que se moría
toda luz en tu mirada 
y vi tus manos desnudas
inmóviles y calladas,
con las caricias inútiles,
huérfanas y delicadas,
que ya no serán de seda,
ni de lino, ni de nada.




jueves, 23 de julio de 2026

Romancero Sur: XI. Romance a tus pies

 

La calle de piedra tiene
alegrías desparejas
y pastos en las hendijas
para alegrar a las piedras.
Se abrazan unas a otras
como antiguas compañeras,
como parientes sin sangre,
hilvanando una madeja
de hilos de peñas grises
para tejerte una senda.
La calle que está a tus pies
y que al pisarla requiebra
no es la calle, sí mi voz
que cuando pasas festeja
haciendo el eco a tus plantas
que más que pisar, me besan.
Si la mañana es de invierno,
tu andar abriga y me deja
el rumor de cada paso,
un aroma como en hebras
con que perfumas sonriendo
las sombras de mi dureza.
Cada tarde soleada, 
los días de primavera, 
a tus pies cubro el camino
de un suspiro como arena
que va llegando a tus ojos
para que viéndome veas
con qué suavidad caminas,
lo sepas o no lo sepas,
sobre ese mar de suspiros
que hacen verdecer las hierbas
al borde de ese sendero
que hasta mi casa te lleva.
Y así a tus pies acompaño
tu marcha alegre y serena, 
de la que hace un tiempo soy
eco y flor, herido apenas
gozosamente doliente
de esa herida dulce y tierna
que me hiere en la sonrisa
cuando ya veo que llegas.
Y cuando a tus pies me inclino
ya no recuerdo la espera
y el corazón se hace abrigo
de todo, menos de pena,
y me atraviesa tu voz
y hay un temblor que atraviesa
entrañas que se emocionan
hasta mis manos que tiemblan.
Por eso a tus pies me quedo
cuando veo que te acercas
por piedras, que vuelves luz,
que hasta mi casa te llevan.



domingo, 19 de julio de 2026

Romancero Sur: X. Romance preguntas


¿Qué es este dolor tan dulce?
¿Qué es esta herida feliz?
¿Qué sinrazón es amarte?
¿Qué vida es este morir?
¿Qué es este tiempo sin tiempo?
¿Qué es de mí si soy sin ti?



 

viernes, 17 de julio de 2026

Romancero Sur: IX. Romancillo de ti


Toda la vida,
toda,
que no te asombre,
busqué una estrella
sola:
la de tu nombre.
Toda la vida,
toda,
yo la esperé.
Llegó una tarde,
sola.
Ya no se fue. 



 

lunes, 13 de julio de 2026

Romancero Sur: VIII. Romance fiesta


Estalla de puro agosto
el julio de tu mirada,
mientras mi septiembre espera
y tu sonrisa prepara
candelas de luz de luna
para prender en las ramas
de los laureles oscuros
a la vera de tu casa.
Tu corazón va en arroyos
de susurros con que aguardas
verme por la calle vieja 
ir por la vereda alta
hasta estar frente a la reja,
de verde hiedra abrazada,
donde tu abrazo me acecha,
donde tus besos me amparan.
¿Qué podrá tener la noche
del día de las guirnaldas
de estrellas como faroles
y nubes algodonadas,
para oscurecer la fiesta
que ya te brilla en las palmas?
¿Qué habrá de dar el lucero,
sin pedir ninguna paga, 
para lucir como luce
en aquella tarde clara
que morirá sólo en luz
y vivirá en luz plateada,
añil el cielo de fondo,
azul de noche en tu falda?
Y aquel festín que darás,
festín de pocas palabras
con que alimentas el gozo
sin tener que ofrecer viandas,
sin beber vinos añejos:
sólo servir en el alma,
finamente aderezado
y en bandejas nacaradas,
el callado amor que tienes,
el amor blanco que en llamas
arde silenciosamente,
silenciosamente labra
con hebras dulces un nombre
que ahora anida en las entrañas
como de piedra, en mis centros,
donde te guardo y me estallas.


viernes, 10 de julio de 2026

Romancero Sur: VII. Romancillo de la muerte de la rosa


Vive la rosa, ella vive.
Vive abrazada al terrón
que ha maltratado este invierno
de hielo. En el corazón
de la rosa vive ya
la memoria y el dolor
–no de la vida perdida–
de cuánto no perfumó
su aroma, por más que bella
vivió y como tal murió.
Campanas hay en el prado
y a duelo tocan un son
que repica en las escarchas
pero no en las flores, no.
La noche que la custodia
ni una lágrima lloró,
no puso luto en el cielo
ni en las estrellas pendón
negro. La rosa que ha muerto
en el aire, no dejó
estelas que la recuerden.
Apenas esta canción. 


 

miércoles, 8 de julio de 2026

Romancero Sur: VI. Romance de un té contigo


Está la glorieta sola
con dos sillones y mesa
y acecha la tarde fría 
y cobija la glorieta.
Sobre un mantel que bordaste,
pusiste un ramo de fresias
para alegrar los scones
y acompañar la tetera
que guarda un té de la India
que en sus entrañas humea.
Delicadamente ausente,
como si eso nada fuera,
serviste medidas justas
–de leche, una nube apenas–
y preguntaste sonriendo
si acaso una madalena
o un budín de nuez tostado
o un scone tal vez quisiera;
o esa tarta roja oscura
con delicias de frambuesas
o la de manzanas verdes
–pizcas tiene de canela–
que es un manjar de los dioses
si se acompaña con crema.

De tanto verte en tus dones, 
de tanto verte tan dueña,
tan de fina porcelana,
tan solícita y serena,
tan de vestido floreado,
tan de chal y tan de seda,
me pregunté si es que estabas
en esta vida terrena
sólo para ese momento
de la tarde ribereña,
mirándome la mirada
y librándola de penas.

Porque tu voz y tu risa,
que no sé de qué están hechas,
tienen un trazo de cielo
y dos alas que aletean
y llegan hasta tus manos
morenas, que también vuelan
con un vuelo de torcazas
de tan suaves y ligeras.

De toda esa epifanía
que aquella tarde sintiera
tomando aquel té contigo
en la paz de la glorieta,
me queda más que el recuerdo
de esos que a veces nos quedan.

Sigo mirándote ahora
como ese día te viera
y me digo todavía
si son verdad verdadera
la dicha que se hizo vida
con una gracia completa, 
la sencillez con que hiciste
que esa vida no muriera.

domingo, 5 de julio de 2026

Romancero Sur: V. Romancillo náufrago


Sobre espuma fría,
transida mi barca
surcaba un mar fiero
que se deleitaba
viendo que el naufragio
de mi pobre alma
pronto llegaría,
sobre espuma fría
de la mar salada.

Ya azotaba el viento
el palo aterido
de mi nave vieja,
y arreciaba el frío
y crujía el casco,
refugio en peligro
de mi pobre alma
pronta a ir al vacío
de la mar salada,
terrible destino
para mi esperanza.

Vi luz en la costa
–tal vez lo soñé–;
y vi una figura
que llegó después
y una voz muy dulce,
una voz de miel,
y unos ojos tibios,
flores en la sien,
y una mano fina
tendida cortés
que tomó mi mano
cuando ya el vaivén
hundía mi cuerpo,
quebraba mi fe.

Desperté en la arena
sobre su regazo
y supe la suerte
que tuvo el naufragio;
cómo al fin de todo
me vi rescatado,
cómo sus amores
me dieron amparo.


jueves, 2 de julio de 2026

Romancero Sur: IV. Romance peregrino


Ya llega la sombra al día,
ya se alargaron las sombras;
ya el corazón de la noche
acecha el monte y la loma
donde se cruza el camino
con una senda. Se topa
la vista con el lucero
que el sol dejó de custodia,
mientras esconde en el cielo
su delicia alumbradora;
mientras juega con estrellas; 
mientras duerme, sueña y goza
su trajín de luz que deja
a la vista toda cosa. 

Camina mi paso andando
senderos que están dormidos.
Y parece que no hubiera
más que andar y sin destino.
Pero parece y no es,
porque voy de peregrino.
Sigo tus huellas que hieren
soledades junto al río,
porque oigo el agua que canta
y escucho tu voz de trino
que abraza lazos de juncos
y se aleja con sigilo
a un silencio que es nostalgia 
de que cantes a mi abrigo,
andando trigales nuevos
por campos desconocidos,
o en duermevela de amores
en el monte de eucaliptos.



lunes, 29 de junio de 2026

Romancero Sur: III. Romancillo de la sierra

 

Ladera de ñires
teñida de verde,
senda de frambuesas
con hebras de nieve,
isla de araucarias
que en su altura tienen
silbidos de un viento
que a la tarde crece.
Como la cintura
de tu cuerpo leve,
la sierra se ondula
y tan suavemente
que se hace refugio
como hondura tenue
donde todo pasa,
donde nada muere.



 

domingo, 28 de junio de 2026

Romancero Sur: II. Romance del mar helado


Es piedra la costa fría,
tan alta y al viento afrenta,
se asoma al mar insolente
y lo resiste sin queja.
De su altura acantilada
nos llegan vuelos que sueñan:
cormoranes atrevidos
y gaviotas de tristeza,
que lanzan sobre la espuma
sus ansiedades de pesca.
El mar tirita en las olas
su soledad marinera.
Su orfandad bajo las nubes
y su nostalgia estrellera,
congelan el aire arriba
y el aire abajo congelan,
en unas playas heladas
que tiemblan ya sin arenas,
pintadas de sal marina
las agujas de sus piedras.
Andamos las lejanías
de estas sombras ribereñas
con un sol entre las manos
que se entrelazan y esperan
una esperanza que entibie
–esa esperanza es tibieza–,
la vida que está llegando
mientras buscamos sus huellas.


 

martes, 23 de junio de 2026

Romancero Sur: I. Romance de la Paloma


El cielo ya está de fuego
y la tarde de oro puro,
y hay un murmullo que late
que no parece un murmullo.
Es todo un silencio gris
y azulado, casi oscuro,
que en una rama del sauce
desgrana un rumor de luto.
Secretamente gimiendo, 
fingiendo la paz su arrullo,
inhallable en el ramaje,
sangra un lamento menudo,
mientras las alas redoblan
un De profundis nocturno,
porque ya la noche llega
y la noche es su futuro.
Mira el río y le parece
que se detiene su rumbo,
que es sin sentido fluir,
que seguir es tan absurdo
ahora que en su viudez
de paloma de difunto,
le llega la soledad
y le habla como en susurros
de un tiempo que, sin amor,
ya no es tiempo, es un verdugo
de días, sueños y amparos
de nidos en los arbustos. 
El cielo ya no es de fuego,
un carbón triste y negruzco
traza líneas de la noche
que está celebrando un búho.
La paloma se refugia 
en la altura de un saúco,
como llevando su pena
lo más lejos del terruño
donde tenía un hogar
que se le ha vuelto sepulcro.


miércoles, 10 de junio de 2026

De muerte en muerte




En las últimas semanas, a partir del 23 de mayo, hubo en la Argentina dos muertes singulares, por distintos motivos.

Agostina Vera, una niña cordobesa de 14 años, fue secuestrada, probablemente abusada, muerta y descuartizada por al menos una persona que tenía alguna relación con su madre. 

Días más tarde, murió Carlos Alberto Solari de un ACV hemorrágico, mientras se bañaba de madrugada en su pileta de natación, en su quinta de Parque Leloir.

No escribo esto para decir de ellos algo en particular. No ahora al menos.

Están aquí porque a ambos los une un fenómeno de esos que surgen como de la nada, pero significan algo.

Agostina Vera, por su suerte terrible, fue a parar a las pancartas de la multitudinaria 4ta. marcha Ni una menos, como emblema político, y como bandera de un feminismo que juntó a madres de Plaza de Mayo, a pañuelos verdes, a "colectivos" lgbt... etc., a parte de la dirigencia partidaria, artistas, escritores y público en general.

La muerte de Solari puso en escena a una multitud muchas veces mayor que la de la marcha, en la que no faltaron en todo momento voces políticas y del staff de un sector artístico. Muchas de esas voces compartieron ambas manifestaciones.

El asunto es que, en ese breve tiempo, se vio también en las calles y en las tribunas políticas un claro aprovechamiento de expresiones multitudinarias para expresar malestar con el gobierno, en primer lugar, y con la deriva ideológica que impulsa.

Nadie pudo haber tenido en el radar la súbita aparición de multitudes callejeras que, mayoritariamente, se mostraron como opositores. Ni siquiera en vida del cantante se expresó la multitud en esos términos tan explícitos, fuera de los límites del pogo de las presentaciones. Pero, ya que estamos, hablemos de cantidades: quien diga que nunca el cantante congregó a parvas y parvas de files a sus "misas" (¡qué ganas de joder con la religión!), o no lo sabe o se hace el distraído.  

Por su parte, fue la cercanía de la marcha feminista –y la marcha misma– la que le dio a Agostina Vera un efímero papel que nadie podría haber supuesto que encarnaría.

Lamentablemente, Agostina Vera no es la primera niña que desaparece y aparece muerta tiempo después, ni es la primera mujer muerta y descuartizada por gente que tiene relación con el poder político.

Las canciones de Solari, en medio de delirios que tal vez quisieron ser imitaciones de autores de la onda beat, siempre tuvieron un contenido político y siempre expresaron un modo de vida, un estado de cultura, hasta un perfil religioso (y va de nuevo...), afín a corrientes políticas de izquierda, de centro izquierda, nacionales-populares, progres, o lo que diantres fuera que quiso decir y que las multitudes consumieron. No me consta que hayan entendido todo, especialmente aquellas cosas que eran producto del fluir de la conciencia o de la escritura automática de su autor. Pero se identificaron con el ruido potente de su rock y se sintieron representados por su perfil de gurú esotérico o de mistagogo de liturgias extravagantes. Sus seguidores, mayormente, se consideran "pueblo" y muchos de ellos peronistas, en sentido lato. Tal vez fruto de una alquimia misteriosa que el cantante destiló con habilidad.

Pero es la proximidad y las consecuencias de ambas muertes en la calle lo que quiero subrayar.

Porque así pasan las cosas. Mientras algunos están mirando el daño que puede causarle a la autoestima de Javier Milei la rebeldía de Patricia Bullrich en el senado, u otros están hurgando en la corrupción de miembros del gobierno o algunos más maquinan sucesiones potables que sigan el rumbo en el próximo turno, algo pasa en Dinamarca.

Entonces, también importa subrayar que, con ambas muertes y sus secuelas callejeras, brotó un memento estridente: una cultura, un modo de cultura, política, social, económica, sexual, moral, religiosa (y van tres...).

Una liturgia conocida (usemos el lenguaje periodístico...) que, por ejemplo, los libertarios no saben cómo ahogar, porque no tienen con qué, porque en el fondo no es su asunto. Porque no es la batalla cultural que vinieron a dar. Una liturgia conocida que despierta el apetito de quienes por afinidad quieren colgarse de ella y pescar votos entre sus fieles.

Pero también una liturgia que tiene raíz extendida que viene de una semilla que fue sembrada con tiempo y muchos recursos para que creciera y se hiciera fuerte.

La marcha feminista y el (¿último?) "pogo más grande del mundo", estallaron (casi) sin pedir permiso, sin avisar. Aunque no sin alguna preparación.

Si el peronismo lo hubiera programado no le salía, como no viene saliéndole juntar multitudes para arropar a Cristina Fernández o juntar cabezas para empujar un capitalismo de estado o un estado empresario o un colectivismo industrialista agazapado en un nacionalismo popular, que es apenas una etiqueta que esconde elucubraciones geopolíticas más sofisticadas y no siempre nacidas en estas pampas.

Si la izquierda quisiera poner esa cantidad de cabezas en la calle, no le saldría, porque no le sale y querría que le saliera, pero no tiene esa cantidad de cabezas para pensar siquiera que podría salirle.

Parece que hay concluir en que la Argentina se despierta un día y descubre que la gente que se desparrama por las calles es feminista porque descuartizaron a una niña inocente en Córdoba o es nacional y popular, digamos así, porque un cantante dizque surrealista y más bien peronista murió de un ACV en su pileta, en una madrugada de Parque Leloir.

Si la patria va a terminar siendo ricotera, alguien tiene que hacerse cargo de la ricota que los ricoteros consumen. Si la patria ya tiene ese feminismo en la sangre, alguien tiene que hacerse cargo de la sangre que le trasfundieron.

Si lo que vimos en estas últimas dos semanas en las calles es una muestra de lo que veremos, alguien tiene que hacerse cargo del menú.

Finalmente, entre otras cosas que se dicen a propósito particularmente de la muerte del cantante, había expresiones que no me llamaron la atención. Son aquellas que hacen un dream team de lo popular argentino. Siguen la línea de la identificación obligada de lo popular con preferencias partidarias, a veces algo ampliadas para que quepan todas las figuras que se oponen o dicen que se oponen a un modelo que se sitúa en el lado opuesto, sea cual sea. La figura geométrica que resulta de ese rejunte es un poliedro, para que en cada cara de ese poliedro haya algo o alguien que resulte opuesto a algo. Un panteón de padres de la patria que se agrupan en un cartel para expresar una concepción de la patria opuesta a otra.

Tal vez sea un poco iluso pensar que esas muertes se van a trasladar, así como así, a las urnas. No porque este gobierno tenga méritos para perdurar, sino porque se necesita mucho más que gente en la calle para que este gobierno se vaya y no vuelva más.

Si acaso, eso podría servir para que este gobierno pierda una elección.

Pero para no que vuelva más hace falta algo que no se ve que alguien o algo esté en condiciones de ofrecer y llevar a la práctica, ni moral ni políticamente. 



sábado, 6 de junio de 2026

Lo que hubo antes


Es la misma calle. No sé si ahora sea la misma calle, eso no es posible saberlo del todo.

Cuando era la calle que conocí hace años, podía ser entrañable porque era conocida, porque se había hecho para mí la calle habitual, la que acostumbraba a recorrer de camino a otra parte. No era la salida obligada. Creo que era un atajo imaginado a ninguna parte, porque –ahora que lo recuerdo– el verdadero itinerario empezaba al abandonar esas tres cuadras.

Tenía rasgos, apariencias de ser una calle al menos ordenada. Siempre esquivaba las veredas y caminaba sobre la tierra empedrada de una especie de arena ocre, porque parecía más tersa. Había unos zanjones en ambas márgenes, cubiertos de pastos verdes y algunas plantas silvestres que daban flores vistosas. Tampoco eso era del todo verdadero: por los zanjones corrían, en el fondo, las aguas que salían de las casas. Los días muy húmedos o calurosos, los pastos y las flores silvestres no alcanzaban a ocultar cierto hedor sutil pero testigo de que aquellas aguas se estancaban. De tanto en tanto, aparecían algunos montones de desperdicios. A veces bolsas de basura rotas por algunos animales callejeros, casi siempre gatos nocturnos.

Algunos terrenos baldíos incrustados en la cuadra cada tanto, hacían la figura de un paisaje más rústico que el de una típica cuadra lejana del centro, daban un aire pueblerino casi campestre. Pero aparente, también. Bastaba una parada de colectivos, en el cruce de dos calles; entonces la apariencia se deslucía y surgía impetuoso el aire citadino, de ruidos de frenos de aire potentes, cierre de puertas automáticas, motores arrancando después de la carga o descarga de pasajeros, cada día hasta bien entrada la noche, con el último recorrido, igual que poco antes de que amaneciera.

Pero no es posible saber del todo si la de ahora es aquella misma calle. Tal vez sea un mentís de aquello que dicen: todo tiempo pasado fue mejor.

La calle aquella ha desaparecido. En su lugar hay una calle mejor, aunque sin demasiados cambios drásticos. No se asfaltó, no tiene los cordones que suelen contener los cementos, ni hay cemento. Han entubado los zanjones pero no asfaltaron, sólo alisaron la traza con "macadam", como en otras calles de la periferia. Discreto, vistoso pero vivo. Cuando llueve, todo toma colores fuertes en contraste: el oscuro gris de la calle con los pastos y flores de los bordes exultantes, en tonos distintos de pastos que ahora casi siempre llegan hasta veredas de ladrillos, no muy anchas, parejas y sencillas.

Aquello que hubo antes podía ser entrañable porque era para mí la calle habitual, la salida habitual a ninguna parte, un atajo irreal.

Después de muchos años, volví a vivir cerca de aquel rincón. Y vi que aquello que hubo antes ya era otro lugar, algo que ahora me es a la vez un recuerdo fastidioso y un sitio agradable.

En el otoño pasado, empecé a acostumbrarme a salir a caminar por esos rumbos.

Me hace feliz gozar de esas caminatas, que incluyen también esas tres cuadras.

Antes no me pasaba.



viernes, 5 de junio de 2026

Serenidad


Los últimos días fueron bastante grises, aunque tranquilos abajo, en el pueblo. Pero ayer, a media tarde, apenas llegábamos a la cabaña cuando una lluvia fina y continua oscureció algo más el cielo y el aire. Arriba llovía desde hacía varios días.

Como los fuegos eran mi territorio, traje pronto madera fina del alero y un poco de leña para empezar a entibiar la tarde adentro. Desde el ventanal, se veía el camino por el que habíamos llegado; ahora lucía como una cinta de hierro oscura que contrastaba con el verde del valle. El primer humo seco ya le daba aroma hogareño a la cabaña, que había estado cerrada por más de dos semanas. Al entrar, un frío preciso y cortante nos hizo temblar, pero muy rápidamente los troncos de las paredes tomaron calor y el ambiente fue haciéndose más amable.

Me senté al costado de la chimenea, en el suelo que todavía conservaba el encerado y pronto subió la mezcla de olor de las tablas y la cera que me envolvía. 

Detrás de la barra del desayunador, se la veía de espaldas, trabajando con serenidad sobre la mesada,  vigilando el agua que había puesto a calentar, preparando un poco de té, poniendo dentro de una canasta unos bizcochos y unas porciones de torta galesa que había preparado para la ocasión abajo, en el pueblo.

Busqué un par de medias seco en la mochila. Al cruzar el arroyo que había crecido por las lluvias en las cumbres, el agua helada había entrado un poco en los borceguíes y ya empezaba a sentir frío en los pies. Las medias mojadas humeaban su humedad sobre las piedras.

Cuando llegó con la bandeja, estaba adormecido. Me llamó para que despejara la pequeña mesa y refunfuñó simpáticamente. 

La torta era lo más rico del lote y cuando lo dije preguntó por los bizcochos. Una réplica clásica, de manual. Prepara dos cosas, elogio una de ellas y quiere la rendición incondicional y completa. Una réplica clásica.

Oscurecía muy rápido, la lluvia ya no era tan fina y las nubes se cerraban sobre el valle. Apenas abrí la puerta para buscar más leña, una ráfaga hizo temblar las llamas.

Cerrando rápidamente la puerta, todo volvió al silencio y a la quietud.

Solamente la chimenea parecía hablar, sola, en su lenguaje de llamas y chisporroteos.



martes, 2 de junio de 2026

Agua sin viento


Sin viento, el agua es un tapiz acerado, de los colores del cielo y de toda cosa que tenga alrededor. 

El viento, cuando está, no le da tiempo a las cosas a plasmarse sobre la superficie, en la que no llegan a espejarse. O hace que se atiborre el agua de formas informes. 

El viento en el agua parecería que despierta algo dormido y entonces el agua sólo se ocupa de sí misma y desdeña lo que hay a su alrededor.

Pero sin viento, los ojos descansan, se serenan. 

Y entonces tenemos con el agua –y con nosotros mismos– una conversación quieta, silenciosa. Sedante y honda. 

El mar no puede hacer eso. El lago sí, la laguna también.

El mar tiene una inquietud y una inestabilidad que suelen ser contagiosas. 

El lago espera, la laguna también. Saben callar.

El mar, no. Si acaso ofrece ritmo, siquiera el murmullo de la última espuma. Pero le cuesta el silencio.

El lago puede callar cuando uno calla. La laguna se hace mansa y aquieta. Y parece que sólo así la conversación es posible. Con el agua y las cosas. Y con nosotros mismos.

Pienso que tal vez el viento les teme, o al menos que se allana y calla cuando el agua calla y se aquieta.



viernes, 29 de mayo de 2026

Telar


Había dicho al principio que el tapiz le iba a llevar mucho tiempo.

No era un tapiz corriente, no recuerdo haber visto uno igual. Tramas de hilos de colores variados pero apagados que terminaban formando, cuando lo vi, un tejido que se hubiera dicho a la primera mirada que era monocromo. Y sin embargo, mirando con atención, se veía la policromía. Pero había que estar muy cerca del tejido para notarla. Pese al aspecto algo rústico, el tapiz resultaba extrañamente lujoso.

Las veces que pasé por el taller –tejiendo siempre estaba– no pude distraerme con otras piezas que había colgado en las maderas del techo o en las que estaban incrustadas en el adobe de las paredes. El tapiz era el rey del taller, era el centro inocultable y atractivo.

Pensé siempre que lo sabía y que sentía no orgullo sino complacencia por los resultados de su obra.

Siempre fue así. Hasta hace unos días. 

Era una mañana fría, en el medio del taller, sobre un brasero singular de terracota gruesa, obra de sus manos también (siempre lo codicié con admiración), bullía una pava enorme, verde oscuro. En el rincón habitual, el telar, como abandonado. Al menos, ocioso, tal vez reposando. Pensé que el tejido había sido terminado y que estaría en la casa. Me asomé desde el alero del taller, mirando en varias direcciones, para ver si andaba por allí. No aparecía. La casa estaba cerrada.

Fue la curiosidad de la escena lo que me retuvo. Debería haberme ido y lo pensé, pero fui quedándome. Recorrí el taller para ver si el tejido estaba doblado en la pila de los ya terminados. No estaba. Removí, finalmente, la pava y la puse sobre los ladrillos del suelo. Volví al alero y fumé un cigarrillo que no terminé, porque llegaba por el camino que venía de la quinta, con un morral que cargaba al hombro con unos pocos limones adentro.

Abrí los brazos interrogando. Me miró sonriendo porque adivinó la pregunta.

¿Qué pasó?, dije mientras entrábamos juntos al taller. No preguntó de qué hablaba.

Destejí, dijo sin inflexiones en la voz grave.

Pero si estaba tan adelantado y era tan impresionante, reproché suavemente.

Por eso mismo, y me miró como si tuviera que entender el laconismo críptico.

Se hizo un silencio.

Pasa que no era eso, ni era necesario ya. Ya no soy ese tejido y lo seguía tejiendo quién sabe por qué. Hasta que me di cuenta y lo destejí. Me llevó casi toda la noche...

Me vio con el ceño fruncido y la boca entreabierta y sonrió.

Fui a buscar unos limones para hacerme un té con miel. ¿Querés que te prepare uno?

Desde ese día estoy pensando en lo que dijo tan parcamente y casi con alegría. Y pienso si no debería destejer yo también algún tejido que "ya no soy yo", como dijo. Si debería dejar reposando el telar. Tal vez.



jueves, 28 de mayo de 2026

Solveig


Nos reunimos a leer. La novela permite pasar bastante tiempo juntos y es lo que hicimos durante casi un mes. Las horas de las que disponíamos nos dejaban avanzar sin apuro. Las únicas demoras eran algunas explicaciones sobre lo que había detrás de algún signo, de cada personaje enmascarado o de las situaciones más crípticas. Oía con curiosidad y parecía que le preocupaba más que yo supiera esas cosas que la trama misma de la obra. Por lo menos así fue hasta cerca de la mitad del volumen que le pareció al principio inmenso e inabarcable.

Pero pronto su perspicacia natural pudo hilvanar, entrecruzar líneas del relato y hasta proyectarlas. Entendió el sistema.

No es una novela policial, pero parece, ¿no?, dijo sosteniendo y sacudiendo el mamotreto en su turno de lectura, como si fuera un abogado vapuleando en sus manos un prueba ante el jurado. Sí, había entendido el sistema.

Cuando entraba en un laberinto, a cada oración o breve párrafo, levantaba la vista y me miraba casi suplicante, interrogándome con los ojos. Después de algún comentario de mi parte, sonreía con satisfacción. 

Si me tocaba leer, se extendía en el sillón junto a la chimenea y miraba el fuego con una concentración completa que sólo quebraba, sin preguntar siquiera, sólo mirándome. Así entendía yo que debía volver a leer algo o a explicarlo.

Así estuvimos algunas horas por día durante unas veinte tardes, que a veces se estiraban hasta la hora de comer. Yo cerraba el libro, si era mi turno, y con eso daba la señal de que ya no seguiría leyendo. Un breve silencio, alguna interjección laudatoria o signo de un esfuerzo de comprensión, según el ritmo y la claridad del texto. Entonces me acompañaba hasta la puerta tomando mi mano con sus dos manos.

Cuando la parte restante de las hojas del libro ya mostraban que el final de la novela se acercaba, me pidió que leyera solo. La lectura llevó dos días más y su semblante iba nublándose de cierta lejanía, tal vez tristeza, que duró hasta el final. 

Para la última tarde apenas quedaban unas pocas hojas, de modo que ese día terminamos bastante temprano.

Cerré el libro y me eché hacia atrás en el sillón. Ese día no hubo fuego en la chimenea, no había hecho frío. 

Entonces, después de un silencio que no fue breve, miré su expresión como esperando algún comentario, algún gesto, un dictamen tal vez, aprobación, decepción, sorpresa, cualquier cosa.

Me miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa que no podía descifrar. ¿Tristeza? ¿Ternura? ¿Complicidad?

¿Cómo es?, dijo al final y sin variar el gesto.

No entendí y se notó en mi cara.

¿Cómo es?, repitió, ¿qué se siente leer el Adán Buenosayres con Solveig al lado, mirándote leer y oyéndote hablar de ella?



martes, 26 de mayo de 2026

Futuro antiguo


Me acordé de un programa de radio que se llamaba así, o parecido, que solía oír por la radio estatal hace unos años. Futuro antiguo, pasaba muy buena música durante algo menos de una hora, por las noches.

Pero me acordé no por la música sino por la conversación que habíamos tenido a la tarde. 

Tiene la virtud de narrar el futuro con una nitidez que atrapa, parece pasado o presente, pero ninguno de ambos quieto, inmóvil. Vívido y vivaz, en todo caso. Es algo difícil de hacer con el futuro: dar la impresión de que es algo que está ocurriendo. Y no sé si decir ya está ocurriendo o, mejor, todavía está ocurriendo.

¿Qué nos espera?, dijo de pronto. 

La pregunta salió de la nada y desencadenó un juego literario. La narración no era conjetural, ni utópica, ni puramente "creativa".

Era la visión de un hecho continuado que arrancaba en la pregunta y velozmente se confundía con un tiempo real, con un suceso.

Mezcló con arte nuestra historia pasada y presente con la futura. No era exactamente una respuesta a la pregunta que había formulado, era un ensayo de composición que yo oía cada vez más fascinado. No tanto por los hechos que encontraba para dibujarnos en el futuro, aunque un poco sí. Pero más por la naturalidad con la yo que iba teniendo como recuerdos de algo que tal vez pasaría, porque era futuro y por definición era contingente.

A cada paso tenía ante sí una bifurcación que debía resolver tomando una de las posibles direcciones. Imperceptiblemente para mí, fue modulando las secuelas de cada elección que resultaban naturales en el relato, pero que llevaban una dirección como premeditada. Aseguro que no me di cuenta de eso hasta el final, cuando ya tuvo el tono y el sabor de lo necesario, de lo inamovible.

Como me plegué espontáneamente al juego, no tenía de qué quejarme, aunque sus secuencias suponían decisiones que no siempre eran las que yo hubiera tomado.

Y así va a terminar esto..., dijo abruptamente, cuando yo esperaba nuevas peripecias que disolvió apenas con el gesto de mirarme con una sonrisa que sellaba la fatalidad futura.

Notó mi sorpresa (no quise mostrar una extraña decepción que me asaltó, tal vez por lo abrupto del punto final) y sacudió la cabeza como confirmando lo ineluctable.

No es que el final que proponía el relato me disgustara. Era definitivamente lo abrupto de la resolución lo que me incomodaba. Tenía la tonta sensación de que no había sido consultado, de que no se me había pedido mi intervención de ningún modo. Sentí claramente que eso ya era pasado, que efectivamente había pasado y que yo estaba recibiendo solamente el envión de los hechos, como tantas veces pasa en la vida.

Era, ni más ni menos, el envión de un futuro antiguo que a la vez se hacía presente enarbolando un dictamen viniendo de un pasado que pasaría en el futuro, engarzándose en un collar de eventos misteriosos y a la vez evidentes. Tan inquietantes como casi felices.

Ya era de noche cuando llegué al cruce de caminos, había muchísima niebla en la calle larga bordeada de fresnos que tenía que tomar: árboles fantasmagóricos que apenas dejaban ver la base de sus copas incrustadas en el cielo invisible, cerrando completamente el horizonte final de la calle.

Sonreí. 

Me había llevado –y yo había aceptado ir– al futuro que sentía sólidamente ya pasado.

Había estado en un futuro antiguo.



jueves, 21 de mayo de 2026

Amor presente pasado


Me lo contó hace poco. Tomábamos una taza de té en la vieja casa eslovena que está al final del camino, al pie del cerro siempre blanco.

Después de un sorbo lento y pensativo, miró por la ventana y empezó a hablar. El protagonista era un perro, un ovejero que había criado desde su adolescencia.  

Con detalles infinitos, contó desde que llegó a su casa, cómo su padre se lo entregó como quien pasa un legado, sonriendo de satisfacción por su sorpresa feliz. Después, cómo le había elegido un nombre y un lugar, cómo empezó a entrenarlo, cómo lo había alimentado viéndolo crecer con fascinación por el tamaño que iba tomando. Las idas al veterinario que había en la avenida, las vueltas a la casa pasando por la plaza, soltándole la correa para que corriera y potreara, jugando y corriendo entre persecuciones y mimos.

Cuando lo llevaron a la costa, primero. Al año siguiente, al campo. Después siempre a la montaña o a las sierras. La vez que casi se congela y hubo que rescatarlo porque se había alejando de la orilla del lago casi helado, arroparlo en la cabaña al lado del fuego, dormir a su lado una noche hasta verlo recuperado a la mañana. O la vez que se peleó con un mastín vecino y, aunque salió triunfante, quedó herido en una pata que rengueó hasta el final.

Era relativamente joven el animal cuando salieron a andar a caballo una mañana, para ir a pasar el día al lago. El caballo que montaba venía ya intranquilo, nervioso y arisco.

La mirada se le nubló y dejó de hablar unos cuantos segundos. No era una técnica narrativa, era el preludio de un recuerdo triste que enseguida iba a desgranar.

Me miró fijamente con los ojos llorosos, pero sin llorar todavía.

El caballo relinchó, se inquietó, mañereó, corcoveó un par de veces. El perro se impacientó, ladró primero y después se plantó frente al animal ladrando cada vez con más ímpetu, agresivo. Rodeó inmediatamente al caballo una vez, dos veces. Uno a otro, en una sinergia insólita y sin motivo aparente, se iban desafiando. Los gritos no valieron de nada, la espiral de provocaciones mutuas parecía que no iba a terminar. El caballo lo buscaba y bajaba la cabeza y sus orejas, anunciando combate. Más se acendraba el perro.

En un momento, el perro volvió a la retaguardia del caballo y ladró muy cerca de los garrones, probablemente le tiró un mordiscón. Más se encabritó el animal y empezó a patear. Una, dos veces. La tercera patada le dio de lleno y con mucha fuerza a la cabeza del perro y lo hizo volar varios metros.

Se bajó del caballo, corrió al animal caído, el caballo, que no había sido sujetado, pegó la vuelta espantado por los movimientos y galopeó por el sendero hacia la casa, que no estaba lejos, pero tampoco cerca. Su hermano, el otro jinete que iba a su lado, desmontó y cargó al animal sobre la cruz de su monta. Se subieron ambos y corrieron hacia la casa buscando ayuda para el perro que, cuando llegaron, apenas respiraba, sangrando mucho por la boca.

Esa tarde vino el veterinario y dio su dictamen: había que esperar hasta la mañana, si no reaccionaba había que tomar una decisión más drástica. Otra vez se recostó a su lado sobre unos pellones, una manta liviana pero abrigada cubría al pobre animal. Pasó la noche casi sin dormir. Más que el cansancio, la emoción de todo el episodio y la angustia de ver al perro tan mal herido le daban un sueño ligero, intranquilo. Pero, ya a la madrugada, se rindió y se durmió. Apenas una hora, porque se despertó con la conciencia de sus cuidados. 

Y allí, al arroparlo, se dio cuenta de que el perro había muerto.

Lloraba, mirando el cerro siempre blanco por la ventana. No quería mirarme.

Al fin, levantó los ojos que había clavado en la taza de té. Me miró con tristeza. Era un hecho de su juventud, hacía años ya. No entendía por qué el relato la había emocionado tanto.

Pero volvió a mirarme, ahora había más ternura que tristeza en la mirada y en el gesto. Buscó mi mano sobre la mesa, la tomó primero y la acarició después suavemente.

Volvió a mirar la taza de té y sin levantar los ojos, dijo: ¿Dónde estabas? ¿Por qué no estabas? ¿Por qué no estuviste?

En esa época, no nos habíamos conocido todavía. Nos encontramos mucho después. 



martes, 19 de mayo de 2026

Itinerario


El fuego había tomado fuerza lentamente. Eran una llamas jóvenes, de aroma seco y hondo de maderas nobles.

Sólo era cosa de mirarlo crecer, robustecerse, crepitar cada vez más ronco.

Esa hipnosis de las llamas y las brasas es seductora: mientras la mirada queda fija y quieta en ellas, llevan a la mente y el corazón hacia los rincones del alma, a una memoria agazapada. Al fuego lo dejo jugar esas partidas morosas y tibias; tanto que habitualmente tengo ocasión de elegir, de entre los recuerdos y las ideas, cuál tomará el centro solitario de la escena, a cuál oiré o interrogaré sin apuro y con todas las mesetas y pausas que se presenten en el itinerario.

Tiene que ser al atardecer, cuando ya cae la luz y hay tiempo baldío. El fuego me basta, pocas veces hay la necesidad de tomar algo mientras. La bebida preferida son las memorias de las cosas.

Ayer, por ejemplo, fue un episodio que se coló de repente. Un viaje entre la costa y el llano, un momento del viaje, en realidad. Un alto temprano yendo por caminos "de adentro", para hacer noche en un poblado chico, que conoció glorias mayores y que había quedado quieto en el tiempo. Una especie de comedor campero en una especie de refugio anhelante, un hotelito de paso que también había tenido días prósperos. A la hora de la comida, fuimos llegando. Había una mujer de mediana edad, sola; una pareja de viejos simpáticos y una familia campera, con dos hijas. Y nada más. De ahí me habrá quedado la idea de que el lugar era un refugio anhelante: esperaban gente, viajeros, que era claro que no venían con frecuencia. Pero igual esperaban. Y los que sí llegaban iban, sabiéndolo o no, a un refugio en medio de un páramo.

La atención era familiar y paisana, la comida casera, y sencilla, abundante sin exagerar.

Frente al fuego, el lugar cobraba vida y se animaba vivo ante mis ojos, y me pareció saliendo más de las llamas que de mis recuerdos. 

Vi un paseo por unas calles larguísimas, arboladas con árboles que habían sido plantados probablemente unos cien años atrás. Unas casas abandonadas a la vera de lotes enormes, de pastos altos, con algún animal aprovechando la pastura silvestre y gratuita. Al fondo del poblado, una cantera que parecía una ruina romana, si no fuera por un viejísimo camión volcador abandonado que cerraba la entrada. En sus días, en el centro del poblado hubo una plaza que se resistía a morir y que evidentemente alguien cuidaba hasta donde era posible para que unos bancos de piedra no fueran devorados por la maleza; los pocos caminos supérstites, y que iban hacia un monolito central en la plaza, apenas mantenidos, ya no eran de grava sino de un manto ralo de piedra partida.

El itinerario se desenvolvía nítido y vívido, hasta podía sentir el aire fuerte del viento en la calle de las casuarinas y el sonido de mis borceguíes pisando la arena gruesa que cubría la única avenida, que dividía el poblado en dos, todo a lo largo y que era la entrada desde una ruta.

Pero irrumpió una voz, sorpresivamente. 

Y sentí un disgusto revivido, el que me había causado entonces el timbre y el tono de la voz.

Era apenas un comentario, una pregunta y un comentario, para ser preciso. Aquella mujer sola que había en el salón del comedor, a una mesa de distancia de la mía.

Un timbre indefinido entre grave y agudo, falsamente cortés. Una pregunta sobre el menú con un comentario que quería ser ingenioso, pero era agrio e hiriente.

La expresión sorprendida del joven que servía las mesas, pero lo suficientemente "profesional" como para acusar recibo de la ofensa.

El fuego, de pronto, tomó un color extraño, o eso me pareció. Como a tono con la oscura opacidad del recuerdo inoportuno.

Entonces, ahora incómodo en el sillón, volví a darme cuenta de que no era la primera vez que había estado mi memoria recorriendo aquel itinerario. Y recordé entonces que, cada vez, ese breve episodio en el comedor había herido el itinerario con una saeta envenenada, que no alcanzaba a matar, pero que hería siempre ácida y tristemente.



domingo, 17 de mayo de 2026

Años buenos


Tiene la costumbre de hacerme algunas preguntas que no pueden responderse sin pensar. Más de una vez tengo que decir que debería darme más tiempo para contestar, bastante más que un día o dos.

Caminar con frío obliga a caminar más bien en silencio. Y caminábamos con el frío de la tarde. Basta decir apenas lo necesario, ninguna conversación continua, un telar de pocas frases cada tanto para tejer un asunto o el cuento de algún hecho. Nada de párrafos, oraciones nada más, hebras de palabras.

Más silencio hubo cuando, en medio de uno de esos silencios, me preguntó: "¿tuviste años buenos? no días, no meses: años...; seguro que tuviste, ¿cuándo fue? ¿por qué fueron buenos?"

Me entrené con el tiempo, ya sabía que para entender el calado de sus preguntas (y la calidad de las respuestas) tenía que mirar sus ojos, su mirada. Durante la pregunta y después, cuando esperaba una respuesta.

Enseguida sentí una fuerte advertencia: esta era una de las preguntas que no podía responder sin tomarme tiempo, bastante tiempo. Podía responder paráfrasis, rodeos, "conversación social", que le dicen. Pero hacía frío y el silencio era más confortable. Quería saber algo determinado y preciso, no un fragmento de biografía no autorizada, amasada con hechos reales mezclados con ficción. Y mirando su mirada, que vagaba presuntamente distraída entre los árboles y el arroyo, me pareció entender que tenía un interés especial en la respuesta y que ese interés era por ver si esos años incluían su presencia.

Tengo que pensar, dije.

Lo dije y pensé que no era del todo verdad. Tal vez me daba miedo contestar, tal vez me sorprendió que de repente me pidieran cuentas (y no me gusta que me pidan cuentas...). Tal vez creí, tomado por sorpresa, que me oiría confesar algo innecesario.

Al fin y al cabo, era verdad que tenía que pensar.



sábado, 16 de mayo de 2026

Castellani y algo sobre la universidad




La alta vida intelectual no es un lujo para una nación (no hablo de colonias y factorías): es una necesidad. El poseer sabios es antes que el poseer máquinas; cosa que sabían nuestros padres, y que vio no solamente Tomás de Aquino y Alfonso X y Rosmini y Newman, sino hasta Enrique VIII, y si me apuran, hasta Eisenhower, rector de una Universidad y ganador de una guerra: "e porque de los homes sabios, los omes e las tierras e los rreynos se aprovechan, e se guardan, e se guían por consejo dellos; porende queremos..." fundar Universidades o "Estudios Generales" –dijo nuestro Rey Alfonso X el Sabio, rey que tenemos bien olvidado. (Las Partidas, partida II, título XXXI, Proemio Ibid. Ley 1a). 

Pueden hacer todo lo que quieran, y sobre todo hablar mucho, pero estos son hechos, y de ellos no se puede salir. Nación sin alta vida intelectual es nación descabezada, y una gallina con la cabeza cortada puede disparar bastante en todas direcciones y hasta cacarear, para al fin desangrarse y caer.

Al comienzo de su novelita, dice Dorothy Baker describiendo el "tea-party" de los graduados:

Where she was, no one was yawning, no one looked worried, no one edged off. They listened, all of them, and they talked. They used langage to express ideas, their own ideas, and other good ideas. The golden curtains were drawn across the glass wall, the lamps gave light, and civilization was in this room, drinking its tea". (Donde ella estaba, nadie bostezaba, nadie parecía preocupado, nadie se alejaba. Escucharon, todos ellos, y hablaron. Usaron el lenguaje para expresar ideas, sus propias ideas y otras buenas ideas. Las cortinas doradas fueron dibujadas a través de la pared de cristal, las lámparas dieron luz, y la civilización estaba en esta habitación, bebiendo su té".)

He ahí. "Y la civilización estaba en ese aposento, tomando su té". Busquen en Buenos Aires, por todos los rincones, a la civilización tomando su té, a ver si la encuentran. Si anda por aquí, estará escondida con los ermitaños urbanos. Ciertamente no está en Viamonte al 400.

Este fragmento es de Leonardo Castellani –y alude al final a la sede del rectorado de la UBA–; está en Dinámica social, en el número de julio de 1955, en un comentario bibliográfico a la novela Trío, de Dorothy Baker.

Mencioné estos párrafos hace poco en una conferencia al este de Cuyo. Se hablaba sobre san Juan Enrique Newman y la universidad. Y a la vuelta del viaje fue la 4ta. marcha por el financiamiento universitario. La miré de a ratos por las pantallas y pensé en lo que Castellani decía hace 70 años.

La civilización tomando su té. ¿Anglofilia del cura? Diría que no, no necesariamente al menos. 

La palabra que importa –y que LE importa– es civilización, no té. Y para confirmarlo está la cita de las Partidas de Alfonso el Sabio, más arriba.

Té o mate da igual.

El problema es si verdaderamente en la universidad pública argentina está la civilización.

Creo que, en general, no. Igual que Castellani hace 70 años. Y no es un argumento de autoridad. Es por experiencia personal.

En general, la universidad pública adopta una visión del hombre, de la sociedad y del estado, que se abre en un abanico homogéneo para la definición y la interpretación de todas las cosas de la tierra y del cielo. La civilización que Castellani añora para la Argentina se forja en parte en la universidad. Pero en tanto la educación pública obligue con su sesgo a formar un "hombre nuevo" en una "sociedad nueva" se aleja de esa civilización. Y eso se da en todos los niveles de enseñanza oficial en la Argentina: desde el nivel inicial hasta el universitario.

Aquí me detengo unos pocos minutos.

Para quien quiera, puede ver un ejemplo fragmentario tomado al azar de un texto de Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado (ICSE), una de las materias del Ciclo Básico Común (CBC), de la UBA  (son apenas unos puntos del capítulo I), de una cátedra al azar:

1.2.1. El orden como organización a escala local y regional

La “Revolución Agrícola” generó un proceso de concentración de la creciente población en las primeras aldeas y ciudades, algunas de las cuales llegarían a contar con miles y miles de habitantes. La nueva situación implicó un proceso de especialización en las tareas que tendría implicancias en la estratificación social, en los cultos religiosos, en la burocracia civil, y en la distribución del poder militar y político. La invención de distintos sistemas de escritura en varios puntos del planeta —en la Mesopotamia, Egipto, el Cercano Oriente, China o América precolombina, entre otros— acompañó esta evolución del orden a escala local y regional. La capacidad de recoger, transmitir y almacenar información requirió de herramientas flexibles para llevar registros de la producción, el almacenamiento, el pago de tributos y las actividades comerciales. Al disponer por primera vez de excedentes suficientes como para sostener las nuevas estructuras, el orden surgido de estas innovaciones sentaría las bases para el control del territorio circundante y zonas cada vez más alejadas de los núcleos poblacionales. Al quedar atrás la etapa de una economía de reciprocidad y trueque, la concentración demográfica y el aumento de la especialización en el trabajo marcaron el pasaje a una etapa de expansión del comercio que tarde o temprano daría origen a las distintas formas de dinero que conoció la Humanidad. Una economía más compleja ya no podía basarse en el trueque, que solamente podía ser utilizado para una cantidad bastante limitada de productos y servicios. Así, el dinero en sus diversas formas —cacao, sal, tabaco, granos, pieles, moneda— permitió unir a una cantidad de extraños que tenían algo para ofrecer con aquellos que lo necesitaban o deseaban. Para ello, se requería de una “revolución” en la manera de entender las relaciones económicas, comerciales y financieras que fuera compartida por todos, más allá de las diferencias que podían existir entre las comunidades humanas que habían alcanzado cierto grado de organización. Esa nueva forma de pensar fue otro caso de confianza colectiva en un mecanismo imaginado y adoptado progresivamente por personas absolutamente desconocidas entre sí. El paso del tiempo demostraría que fue el medio más efectivo y universal de generación de relaciones de confianza. A medida que muchas personas, y sobre todo autoridades políticas respaldaron la utilización de las diversas formas de dinero en cada época y lugar, garantizando su valor y autenticidad, la tendencia se hizo irreversible. Desde la antigua Anatolia y a través de la expansión de Roma, de las conquistas del islam y de las potencias europeas, las monedas de plata y oro se convirtieron en la mayor realidad imaginada, siendo continuada hasta el presente por otras monedas y formas de pago electrónico aceptadas internacionalmente. Advertíamos anteriormente que la cooperación social a gran escala requería de un “adhesivo” que permitiera llevar adelante las tareas requeridas por una organización que incluyera a personas que no se conocían entre sí, logrando que se sintieran parte de un proyecto común. Las creencias y rituales religiosos cumplieron en ello un papel fundamental, junto a los mecanismos económicos y políticos que se irían consolidando a la par. Los hallazgos arqueológicos de los últimos veinte años demuestran que en épocas tan antiguas como el 10.000 a.C. se destinaron esfuerzos monumentales para la construcción de enormes estructuras de piedra destinadas a reuniones ceremoniales. Estas evidencias nos permiten afirmar que los rasgos culturales de los grupos humanos en transición del nomadismo al sedentarismo eran mucho más complejos que lo que se ha aceptado de manera corriente. Dichos trabajos de construcción implicaban el esfuerzo de cientos y miles de personas, de modo coordinado, mientras otros tantos garantizaban el suministro de alimentos para todos.

1.2.2. Orden, mitos y religión

El trabajo agrícola-ganadero implicó la reducción de movimientos dela población que debía permanecer fijada a los terrenos que requerían de un cuidado continuo, la protección de las cosechas almacenadas y de los productos elaborados a partir de las materias primas obtenidas. Los tiempos se ajustaron al ciclo de la tierra e implicaron una nueva mirada sobre las previsiones necesarias frente a las amenazas de las sequías, las inundaciones o las pestes. No solo los factores climáticos adquirieron una importancia fundamental sino también el ataque de otros grupos dedicados al saqueo y al pillaje. Se tornó imprescindible aumentar las obras de infraestructura que resguardaran el trabajo invertido durante meses en las tareas rurales, así como destinar recursos para la construcción de muros defensivos y la creación de unidades militarizadas. En este punto, las posibilidades de cooperación social requirieron de un orden diferente, que propugnara principios de organización más “universales” que, en parte debían ser impuestos y en parte imaginados como reales, para alcanzar el objetivo de la supervivencia y la proyección en el tiempo. La consolidación de creencias y rituales alrededor de la existencia de un orden más allá de lo humano cobró fuerza a medida que dicha supervivencia dependía del favor de los “dioses” de la naturaleza para que fuesen benignos y retribuyeran la adoración y las ofrendas con las condiciones necesarias para obtener los mejores frutos de la tierra. Los relatos míticos y el panteón se plagaron de historias que sostenían la preexistencia de un orden sobrenatural que imponía normas y obligaciones a cumplir en el mundo terrenal. De alguna manera, se constituyeron en la legitimación de los órdenes sociales y políticos que se fueron instalando en las primeras grandes comunidades agrícolas que dispusieron de los excedentes necesarios para solventar los costos de las nuevas élites religiosas, militares y administrativas. Al comienzo predominaron distintas formas de animismo, pero a medida que la Revolución Agrícola se extendió hasta convertirse en un proceso sin retorno, las nuevas divinidades de la fertilidad, el sol, la lluvia o el rayo adquirieron un papel central. La mayoría de los relatos mitológicos presentaban la relación entre dioses y humanos bajo las formas de un contrato a partir del cual los primeros otorgaban a los segundos el favor de la dominación sobre plantas, animales y demás recursos naturales, exigiendo a cambio obediencia, fidelidad, la realización de rituales de adoración, la construcción de grandes templos y la entrega regular de ofrendas y sacrificios. La expansión del territorio que abarcaban las ciudades-Estado y los primeros reinos otorgaron a una cantidad de dioses un poder superior a los que respondían a pequeños cultos locales o a aquellos relacionados con los distintos clanes. Si bien estos no desaparecieron del todo, los dioses encargados de los grandes asuntos se convirtieron en las típicas deidades predominantes en todos los sistemas politeístas, convertidos en el código religioso común hasta el siglo I d.C., con pocas excepciones. En esta línea, el nuevo orden construido por los humanos se legitimó cada vez más como reflejo del orden sobrehumano correspondiente al mundo de las divinidades, con sus roles, sus jerarquías, sus poderes y sus relaciones. Ese nuevo orden, construido y alimentado a lo largo de siglos, se nutrió de imposiciones que, generalmente, establecieron divisiones bastante rígidas entre una minoría privilegiada y otros grupos definidos como subalternos, según diversos criterios.

1.2.3. Violencia y aceptación voluntaria

Pero este nuevo orden imaginado requería no solamente de coerción y violencia para el cumplimiento de las normas, sino también de una fuerte dosis de aceptación tanto de las clases subalternas como de las élites dirigentes. Debía creerse también en una misión específica y gloriosa a cumplir, en los dioses, el honor, la memoria o la tierra de los ancestros, en síntesis, en una gama de ideas, sentimientos y valores que permitieran el funcionamiento de estructuras claramente desiguales. Una parte muy importante de la producción intelectual desde la Antigüedad hasta la modernidad fue dirigida a presentar el orden humano vigente en cada lugar como el resultado de la acción divina o de las leyes naturales. El papel que cumplieron las religiones como el cristianismo y el islamismo fue fundamental en este sentido al establecer la base ideológica sobre la cual se asentó el orden sociopolítico en una gran parte de Europa, Asia y África, antes de expandirse hacia América y Oceanía. La acción de los gobernantes y las clases privilegiadas se dirigía así mantener el orden social y evitar cambios que pudieran amenazar su solidez. 


Esa visión histórica de la formación del orden social, sin disimulo, califica y reinterpreta hechos históricos y realidades naturales y sobrenaturales y lo hace con categorías historicistas y materialistas que desfiguran la naturaleza humana y su finalidad, así como sus realizaciones sociales a lo largo de la historia, en procura de esa misma finalidad.

Hace unos meses, repasé y comenté aquí mismo la bibliografía para Educación Sexual Integral, materia de la currícula en la provincia de Buenos Aires, con carácter universal también en el sistema educativo oficial, desde el nivel inicial hasta el nivel superior. Otro ámbito de conocimiento y acción educativa, pero la misma matriz.

No pretendo hacer una análisis exhaustivo de la cuestión. Simplemente señalo que hablar de educación pública en la Argentina requiere un análisis muchísimo más profundo y radical.

No se trata de financiamiento, no se trata de la currícula productivista. Tampoco es un avance reemplazar a Foucault y Marx por las divinidades del panteón liberal o libertario. Tanto da una cosa como la otra.

El asunto capital y axial es si la educación pública argentina debe ser debatida y discutida en términos económicos y financieros, casi con exclusividad.

Y peor aun. Cuando el gobierno liberal o libertario levanta el dedito para denunciar adoctrinamiento, lo hace con absoluta hipocresía. Simplemente quiere substituir un adoctrinamiento por otro en términos simétricos opuestos, pero siempre dentro de una referencia común. Por decirlo en bruto, ¿qué ganamos con que Juan Bautista Alberdi y Murray Rothbard reemplacen a Marcuse, Habermas y Beatriz Sarlo?

Las dos batallas culturales opuestas tienen un mismo adversario a desplazar y reemplazar.

En ambos casos se trata de lo que C. S. Lewis llamó la abolición del hombre o lo que Josef Pieper llamó la proletarización del mundo del espíritu. Todos mecanismos de poder deshumanizador.

Sabios y no máquinas, dice Castellani. Eso debe darle la alta vida intelectual a una nación.

Porque, pregunto: ¿de qué universidad salieron, de qué sistema educativo salieron los legisladores que aprobaron la ley que promueve el aborto? ¿De qué universidad salieron, en qué sistema educativo se formaron los legisladores y lenguaraces que abominan del bien común y la justicia social? ¿A qué escuela fueron los que proponen la eutanasia? ¿Qué institución oficial educativa le dio un título a Javier Milei, a Cristina Fernández, a Myriam Bregman, a Mauricio Macri, a Juan Grabois, a Horacio Rodríguez Larreta, a Patricia Bullrich, a Bertie Benegas Lynch, a Axel Kicillof, a Christian Castillo, a Manuel Adorni, por sólo hablar de los políticos y no aburrir con la lista de los intelectuales del staff oficial de la cultura argentina?

Hagan todas la marchas que quieran y llenen las arcas de las universidades y aumenten el presupuesto educativo. 

¿Conseguirán con eso alta vida intelectual? ¿Tendrá la Argentina más sabios

¿O solamente engordarán a la bestia de varias cabezas?



jueves, 14 de mayo de 2026

Mujer del vestido floreado (otoñal)


Desde que la vi la primera vez, habrán pasado unos tres meses. Ya era otoño. También en ella.

Una falda otoñal de colores otoñales, un saco marrón oscuro de gamuza. Cuando volví a verla, salía de la casa antigua de la esquina, que había creído abandonada. Siempre estaba cerrada, pese a que se mantenía pulcra, y pulcro el jardín que llevaba a una reja de entrada. No había luces exteriores por las noches.  

Estuvo unos minutos en el jardín del frente mirando plantas y flores, salió al fin y tomó rumbo a la avenida. Nos cruzamos en la mitad de la cuadra, me miró y me sonrió. Incliné la cabeza como tengo costumbre, sonrisa para desconocidos, sólo eso.

Pero cuando llegué a la esquina desde la que ella había venido, en un impulso raro volví y la alcancé. Le pregunté si nos conocíamos, como si reparara una desatención descortés. Con otra sonrisa me dijo que sí, que al menos nos habíamos visto hace un tiempo cuando ella llegó al pueblo. Dijo que yo era el que ese día había hecho ademán de entrar al bar y que sólo había saludado a Fermín (lo nombró ya como habitué...).

Elogié su memoria, con vergüenza de niño descubierto. Pensé preguntarle dónde había estado en esos meses, pero me sentí impertinente. Y apenas pocas palabras más. Llegamos a la avenida enseguida y nos separamos con un saludo breve, formal.

Algo había en su semblante, en sus modos, tal vez en su mirada o en la voz, que me paralizaba. Era la única persona que me causaba ese efecto. 

Cuando se lo dije –bastante tiempo después, en plena primavera–, bajó la cabeza, y mirándose las manos, sonrió como si recordara una travesura.



lunes, 11 de mayo de 2026

Los ojos


Está una cordialidad protocolar, está otra cordialidad de buena educación, está la cordialidad ficta.

Hasta que sin merecerlo, sin esperarlo, nos sorprende una cordialidad genuina, espontánea. Una delicadeza sin estridencia, un servicio sin abyección. Una atención que nos hace sentir inmensos: inmensamente pequeños.

Algo del alma, no de la sonrisa o el gesto suave.

Y está, más que en cualquier otro lugar, en los ojos. Una mirada firme sin atropello, suave sin debilidad. Atenta sin adulación.

¿De dónde sale?

No lo sé, pero nos detiene, nos silencia, nos hace hablar en voz baja, tenue, pausada, medida y pesada en balanza de oro. Con reverencia, diría.

¿Por qué esa cordialidad nos hace callar y oír con delectación, saboreando el aire de las palabras y el aire de los silencios?

Y al fin, cuando uno se aleja, queda una reminiscencia vaga de la voz, de la modulación de la voz. Y se desvanecen mayormente los rasgos.

No la cordialidad. No los ojos cordiales. Y queda una imagen que no es sensible. 

Es algo del corazón. Algo cordial, claro.



viernes, 8 de mayo de 2026

Los nombres nuevos


No es necesario prestar mucha atención.

Enseguida nos damos cuenta de si alguien tiene una imaginación completamente peculiar y distinta y lo dicen de un modo sorprendente. Llamamos a esas gentes "originales", pero no es del todo acertado. Tienen, eso sí, un lenguaje distinto que les vendrá de una imaginación de un tipo no común, que supongo que vendrá de una mirada infrecuente y de una síntesis interior diferente a la común.

Como se quiera, me había acostumbrado enseguida a esos giros como líricos, que podían sonar extravagantes pero que en realidad eran de una penetración intuitiva completamente inédita, dichos sin afectación, naturalmente.

Lo más notable es que era capaz de nombrar como si esos nombres no solamente sonaran por primera vez, sino que podían dar la impresión de ser los nombres verdaderamente propios de aquello que nombraba.

Por eso, no me inquietó ni me sorprendió cuando aquella vez, caminando a oscuras por los lindes del pueblo –la segunda noche de luna nueva–, miró el cielo y sonriendo dijo "hay silencio de luna...".

Algo parecido hizo la primera vez que hablamos: "una conversación es como la flor y su aroma". O en aquella otra salida al campo: "el único menú que importa de un almuerzo es quien nos acompaña".

En esos días, si estaba de buen humor, hablaba como navegando en el aire y no podía detenerme en una expresión feliz porque se acumulaban una tras otra.

Hasta la última, cuando me despedía al pie del tren, en un andén semivacío: "¡qué raro es! la tristeza feliz tiene lágrimas secas".



miércoles, 6 de mayo de 2026

Llegar al roble


Veníamos caminando por los bordes de la laguna. Una tarde mansa y casi azul, el agua se había puesto de un color gris brillante, como de acero. El cielo lleno de bandadas de pájaros y cotorras. Iba mostrándole los montes distintos que habían plantado hace años apenas un poco lejos de las costas, todo alrededor. Era un lindo paisaje, imponente.

Para esta época, el otoño los hacía una fiesta de fuegos artificiales de colores, como suele. 

Enumeraba las variedades: olmos, arces, sauces, casuarinas, cedros, eucaliptos, algunas acacias blancas, fresnos, tilos. Un festival.

"No hay robles, ¿o sí? No veo..."

Y, no: no había ni un montecito de robles siquiera.

"Pero hay uno...", y lo dije como si fuera un secreto del pago. Y no lo era.

Había que apartarse de la laguna, ir hasta el otro lado del pueblo. ¿Habría tiempo? Porque estaba lejos.

Se entusiasmó, no le importó. Y apuró el paso, llevándome como a la rastra.

Vimos un cuadro espléndido en nuestra caminata. Pero el roble valía todo eso y más. ¿Porque era el único? Quién sabe. 

Y entonces disparó decenas de preguntas sobre el roble. Por qué uno sólo. ¿Había habido un robledal y quedó sólo ese? ¿Por qué tan lejos de la laguna y del pueblo? Por supuesto, no pude contestar ninguna.

Rodeamos el pueblo y tomamos el camino real. El árbol estaba en la esquina de un lote. Íbamos hacia el oeste, me imaginé la silueta del enorme roble con el poniente de fondo, como en llamas.

Después de una curva leve, el camino ascendía una loma baja y allí se vería el roble en lo alto, hacia la izquierda, a unos trescientos metros.

Me inquieté y me desorienté. No había ningún árbol donde debería estar el roble. Una semana atrás había ido por ese camino para traer unos fardos y había pasado casi sin mirar por ese lote, pero lo había visto. Empezaba a estar multicolor.

No dije que no lo veía. Iba inquieto.

Cuando llegamos al lugar me miró con extrañeza, se abalanzó hasta el alambrado, lo cruzó y caminó alrededor de un tocón del roble, casi al ras, sorteando unas cuantas ramas apiladas. Volvió a mirarme como acusándome. Eso sentí, al menos.

Y bajé la cabeza, casi con tanta tristeza como vergüenza.

Era un árbol magnífico.



domingo, 3 de mayo de 2026

Tina


Hay personas que guardan tesoros sin saberlo. Tina es una de esas personas.

Durante años fui anotando mentalmente sus sentencias. Porque no eran frases nada más. Eran sentencias. Con el tiempo las anoté, ahora por escrito. Y no eran sólo sentencias, también había preguntas, como acertijos casi, preguntas "programáticas" (dicen los tirifilos de las academias), pero sobre cosas aparentemente comunes, inmediatas.

Los tesoros de Tina eran sus sentencias, sus preguntas, sus reflexiones sobre cosas tan simples como la poda de los rosales o el punto justo de la mermelada casera, por decir algo. Pero todo tenía o se diría que tenía "segundas", como se suele decir. O me lo parecía. Dicho siempre con un aire que tanto podía ser cachazudo como contemplativo, lo que largaba al ruedo obligaba a seguir caminos que nos alejaban de rosales o mermeladas y nos dirigían hacia lo oportuno en cada tiempo y en cada caso o hacia el justo medio de las virtudes.

Tina no creo que supiera solventar sus invitaciones. Sólo las jalonaba. No era su trabajo ni su finalidad ensayar un argumento. Era experiencia en sintaxis breve y redonda, como un refrán.

Cuando los años empezaron a notarse, se le había dado por detectar y formular los signos de la vejez, cómo nos damos cuenta de que envejecimos, cómo se define la vejez misma. No sé qué se le había dado por ese recuento que suena deprimente, pero retumbaba como una descripción taxonómica de un asunto vivo y hasta vivificante para ella, me parece.

La cruzaba en un pasillo de la casa, me preparaba el desayuno casi al amanecer, me acercaba algo que llegaba por el correo, apilaba las camisas sobre la cama para que yo mismo las guardara. Cualquier ocasión se hizo buena para que agregara una coordenada más. Ya ni siquiera tenían título sus intervenciones, como había sido al principio, las primeras dos o tres veces: "se me ocurrió esto, niño" o "acá hay otra de la vejez, señor", porque para ella en los últimos años era tan niño como señor. Y tal vez, sin saberlo ella, esa era otra nota más de la senectud. 

Algo de eso dijo la tarde anterior a que tuve que llevarla al hospital para internarla. Entraba del jardín hablándome, con un manojo de margaritas y lavandas. De pronto, parecía haber tropezado y haberse golpeado la cabeza en la caída, pero en realidad era un desmayo del que no despertó en los diez días que estuvo internada. 

"Una cosa que tiene la vejez, niño, no es que uno empieza a olvidarse las cosas. Lo que les pasa a los viejos es que se olvidan de que han olvidado...", y esa fue su última sentencia.



sábado, 2 de mayo de 2026

Prisión


Vive en la mitad de la cuadra. Edad indefinida pero grande ya, medianamente arreglada y compuesta, lo más notable es su soledad. 

Cuando me mudé a este pueblo, ella fue mi primera impresión por su aparición algunos días en el jardincito que anticipa la casa. Una especie de escoba en mano y un movimiento a la vez mecánico y agitado. En general desde la mañana hasta el atardecer, recorre rincones del espacio y los barre con mayor concentración cuanto más pequeños o apartados son. Apenas desaparece una hora o un poco más, tal vez para comer algo, pienso. Y vuelve a su escrutinio pulcro de rincones. 

Por discreción y porque soy nuevo en el lugar, no quise averiguar quién era. Pero no hizo falta quedar mal. Primero el almacenero de la avenida, después una vecina que hace pan casero y lo vende por la cuadra y así unos y otras. Todos en algún momento de un cruce circunstancial se quedaban hablando y preguntando por el forastero –un servidor–: ¿de dónde viene? ¿qué hace por acá? ¿vino solo?, y así cada uno, con esa curiosa sutileza paisana que indaga sin atropellar.

Como es también costumbre, en medio del interrogatorio van noticias personales, historias pueblerinas, asuntos del campo. Y siempre, alguna referencia a la mujer de la escoba, como la llamaba.

Así supe que el marido la había abandonado hacía muchos años ella joven todavía, y que se quedó en la casa con un par de hijos. Crecieron en pocos años los gurises y se fueron, no de la casa sino del pueblo, lejos. Ahí empezó, decían, a ponerse rara. La rareza primera fue que apenas si salía de la casa, salvo al jardincito. 

Alguien la vio algunas veces en el almacén de campo que hay a la entrada del pueblo, sobre la ruta, al que casi nadie del pueblo iba porque era más bien para la gente de las chacras, que están del otro lado del camino. Vieron que no compraba cerca y, claro, se preguntaban cómo hacía para comer, porque comer tenía que comer. Y, así, de casualidad se sacaron la duda.

En seguida me hice a esa costumbre de salir a tomar mate a la vereda, con un banquito. Siempre me gustó y siempre quise hacerlo. Es la ventana a lo que pasa, es la invitación a dar y recibir noticias de lo que pasa y de lo que nos pasa. 

Y allí estaba ese día, la calle particularmente vacía, pese al lindo sol de otoño sin viento. Apoyé los arreos del mate en el pilarcito y acomodé el banquito mirando a la casa, justo al lado del fresno que crecía frente a la entrada, en la vereda.

Desde allí primero alcancé a ver su cabeza, algunos pelos de su cabeza (hay un cerco que apenas deja ver eso), moviéndose en el jardincito. En seguida, empecé a oír el ritmo y el rasguido de la escoba, que se oía al mismo tiempo en que veía la cabeza moverse de aquí para allá, urgando rincones.

"Sí, pensé con cierta compasión, esa no es su casa, es su prisión..."



miércoles, 29 de abril de 2026

Ilusiones


Cuando estaba todo listo para empezar el viaje, recordé que había prestado mis botas y que estaban inalcanzables ahora, a cuatrocientos kilómetros. Era lo que faltaba cargar y ahí mismo me di cuenta de dos cosas: me había olvidado de asegurarme de que las tenía y no las tenía.

Toda la travesía prevista tembló primero y casi se disolvió después. Había puesto un énfasis puntilloso y, reconozco, casi exasperante, en que podíamos olvidar cualquier cosa menos las botas. Cruzar más de 4 ó 5 kilómetros de bañado sin botas de agua era no poder cruzar.

Miré la caja de la camioneta, una y otra vez. No se convence uno de que si no están, no están. Pero insistir fue inútil: no estaban. El motor quedó en marcha, como tiene que pasar con el diesel, y el ritmo entusiasta de la máquina parecía que se mofaba de mí.

La humillación de aparecer en el punto donde íbamos a encontrarnos, a las 5 de la mañana y sin las botas, era casi tan dolorosa como el olvido. Pensé a las apuradas y desesperadamente que resolvería la cuestión comprando un par por el camino. Pero, dónde podría encontrarlas en una ruta en medio de la nada rumbo al medio del campo. Lograr un par de botas suponía agregar casi doscientos kilómetros al viaje. No podía dejar de preguntarme cómo pudo haberme pasado eso.  

Miré una vez más con fastidio y tristeza los arreos de acampar, los de cocinar, las provisiones y la ropa, todo ajustadamente ordenado en una mochila Cargo. Todo parecía inerte, baldío ahora. 

Prendí un cigarrillo, me apoyé sobre la puerta y lo fumé despacio, como quien entra en un trance pacífico.

A mis espaldas iba a quedar el silencio de la casa a la que no iba a volver hasta dentro de unos diez días. Adelante, había una posible broma burlesca, un seguro reproche, una mirada de desilusión disimulada que iba a traspasarme como una lanza.

Entre una cosa y otra, ocurrió esta frenada brusca, un golpe súbito y seco. 

Ilusiones luminosas que tenía hacía minutos nomás, ahora languideciendo enfermizas y agonizando.

Momentos así, triviales o no, se resuelvan o no, son imborrables.



martes, 28 de abril de 2026

Mujer del vestido floreado


Creo que para que el verano sea verano, debe haber, en alguna calle de algún lugar, una mujer con un vestido floreado.

Y allí estaba ella, ese diciembre de verano recién estrenado. Viento fuerte del este había, tibio y murmurando entre las hojas de los arces en la vereda. El vestido no era llamativo pero sí muy elegante. Y floreado.

Tal vez esperaba a alguien, aunque parecía en todo caso querer orientarse. Al borde de la calle, en la mitad de una cuadra apacible, buscó en su bolso y dejó ver una libreta de tapas verdes. La abrió y leyó. Miró la calle, la numeración de las casas. 

De pronto me vio. Era de los pocos a esa hora, casi nadie había. Sonrió y me pareció que hacía ademán de querer preguntarme algo, entornando los ojos. Volvió a su libreta, sin embargo.

Pronto pasé a su lado. Volvió mirarme sin prestarme atención esta vez. Hice una especie de saludo, por cortesía, inclinando la cabeza.

En la esquina, saludé a Fermín, el mozo del café. Sobre la avenida tomé un taxi, estaba llegando tarde.

Cuando volví ya casi no había luz, eran como a las 7 y media, y me había demorado caminando unas cuadras por la avenida. Llegué al bar y pensé en entrar y tomar algo. Pero la vi.

En una de las mesas del fondo del local, cerca del mostrador, leía un libro muy concentrada. Pensé que me estaba esperando. Una zoncera. Por alguna razón, me cohibí. Saludé sólo levantando la mano desde la puerta, para que no se oyera mi voz y me hiciera notar en el bar casi vacío y silencioso.

En la calle, me di cuenta de que empezaba a flotar una llovizna muy fina.