viernes, 13 de mayo de 2022

José Pérez




Lo conozco. Creo que desde siempre. No puedo decir la cantidad de años. Desde siempre, diría.

Conviví con él. Fue la presencia presente tantísimos días. Presente muchas noches incluso. Juntos en la celebración y en la desgracia; en el dolor y en las felicidades menguadas (cada vez más...) en este valle de lágrimas.

Lo distinguiría en medio de la multitud, inmediatamente. Imposible no.

Y ahí está. Sé quién es. 

Cambiará su cara en esto y aquello, su apariencia. Hasta su edad, de algún modo, si quiere que le diga. 

Pero no su condición. Siempre es José Pérez. Siempre.

Es Brown en la Inglaterra de Chesterton, por ejemplo. Un nadie. Un Don Nadie. Un invisible. Migaja de la masa, apenas, si acaso. Es el José Pérez de los demócratas, de los revolucionarios, de los monárquicos, de los ácratas, de los contrarrevolucionarios, de los siervos del caos, de los adoradores del orden, de los modernosos, de los tradicionalistas. De la izquierda. De las derechas.

A José Pérez, en realidad, no hay que mirarle la fortuna o el barrio. No hay que pedirle título o legajo.

Porque no importa. No hace falta. Se confundiría quien lo hiciera, porque, si lo hace, no sabría que está hablando con José Pérez.

Es José Pérez. Y listo.

De él, realmente de él, no se ocupa nadie. Nadie del todo. Y, en general, se ocupan de él porque, precisamente, es José Pérez. Que es como decir Nadie y Todos, un nombre genérico. Un caso, un emblema, un ariete, un calmador de la conciencia, una excusa. La mención políticamente correcta de que se está del buen lado. 

Es un nombre en un discurso para hablar de José Pérez. Del José Pérez esencial, raíz, sangre, carne y huesos de la patria, del país, de cualquier cosa numérica (importante: que sea numérica...). 

Pero no están hablando de José Pérez. Están hablando de un José Pérez. Y le están hablando a un José Pérez.

Están hablando de lo que un José Pérez les significa. De cuánto importa y vale (importante que valga... votos, por ejemplo, guarismos de estadística, masa crítica, tal vez, y así..., importante que sean muchos José Pérez.)

José Pérez es algo que hay que mostrar. Como hay que mostrar la preocupación por los José Pérez. Es lo que hay que hacer (que quiere decir que es útil hacerlo...)

Pero después...

Después es otra cosa. No hay que mezclar. La política es así. Hasta acá llegamos con José Pérez. De acá en más, no es cosa de los José Pérez. Seamos serios: negocios son negocios. Aunque el negocio sea simplemente el poder.

Eso sí: le mejorarán la vida, en todo. Su cuerpo que come, se viste, se guarece bajo un techo y cobra un sueldo o ningún sueldo. Su mente que hay que educar y adiestrar. Su alma que hay que elevar y nutrir de gloria y consignas de gloria y grandeza, gloria y grandeza de la patria terrestre y hasta de la celeste, claro que sí, si cuadra. Su dignidad que ha perdido a manos de la manipulación de los sinvergüenzas y de los ideólogos a la violeta. Su futuro que está allí al alcance de la mano y que le roban los que ya sabemos, los de siempre. Su patria, sepultada bajo los escombros que deja la vileza y la corrupción, la perversidad o la imundicia... Todo le mejorarán a los José Pérez.

Pero.

No conocen la vida-vida de José Pérez. La leen, la escriben, la pronuncian. No la padecen. No la com-padecen.

Si acaso, los que no hacen política (ni nada), hablan con unción de José Pérez y de la vida del hombre común que es José Pérez, o la miran por la pantalla de sus pantallas, cuando miran fascinados la vida de José Pérez, dicha en los discursos de los que hablan de José Pérez y que oyen en sus pantallas. Hasta hay quienes rezan por José Pérez, por los José Pérez. O lo enarbolan en las andas de la procesión de los pobres José Pérez de este mundo. Y no mucho más, si acaso hay más.



Pero José Pérez existe. 

Lo conozco. 

Y sé que no es ése.



martes, 10 de mayo de 2022

Dios (y nosotros)


Algunos lo saben. Otros lo han olvidado. Otros prefieren no recordarlo.

Pero lo cierto es que es imposible lastimar a Dios. En nada. No hay modo. No se puede.

Es el Único. Y eso es mucho decir. Infinitamente mucho decir (aunque no tengamos idea de lo que eso realmente significa...).

Y también porque es eternamente el Único, nada (ni nadie) hiere su felicidad eterna.

Nada. Nadie.

No se lo puede atacar. No se lo puede vencer. No se lo puede adular. No es posible engañarlo, amenazarlo, sobornarlo, partirlo, comprarlo, trampearlo, seducirlo, mentirle, someterlo.

Porque es el Único, se alegra en la verdad. Con la verdad. Y es verdadera su alegría en la verdad.

Nada lo hiere. Nada. No lo alcanza ni la espada ni la lisonja. No lo lastima nada. Ni la mentira vital, ni el desprecio malvestido de devoción, ni el resentimiento enmascarado en conversión, ni el insulto envuelto en plegaria, ni el odio disfrazado de celo. Ni lo solemne hueco. Ni la humildad hinchada. Ni las lágrimas perfumadas con la miel de las avispas venenosas. Ni la oración frívola.

Nada.

Ni siquiera lo hiere la mueca perfeccionada e impecable de amarlo como al único amado. Como al Único.

Ni siquiera lo hiere la humillación de que para algunos sea la segunda opción, el no hay más remedio, el último refugio, cuando ya no se encuentra ni opción ni remedio ni refugio en nada más, en nadie más. Porque no queda nada más, nadie más. Que si hubiera...

Él sabe que es el Único.

Por eso, no hay caso: es imposible lastimar a Dios. 

A Él nada lo hiere. Nadie.

Ni puede ser engañado por nuestras estrategias untuosas, teatrales. Por nuestra hipocresía de tahúres de barrio, de mercachifles de la Gracia. Todas las estrategias infantilmente arteras o sinuosas, desplegadas al viento, son inútiles. 

Como si Él no supiera de veras lo que sabe de veras: todo.

Si Él no existiera, nuestras mentiras y falsedades no podrían sostenerse. Nuestra hipocresía sería volátil, desnuda, ridícula. Todas ellas, de un modo tortuoso, viven de Él. Y por eso, si Él no existiera, todas ellas serían el agujero de un queso. Sin el queso.

Él también sabe eso. Y sabe que si no lo sabemos, si lo hemos ignorado o preferimos no recordarlo, si acaso, en la tarde de la vida, el daño será nuestro. 

A Él nada lo daña. A Él nadie le quita la Vida. Ni la felicidad inarrugable.

Su felicidad es inmutable, sin tiempo. Siempre. Cuando es Justo. Cuando es Misericorde. Cuando se humilla y perdona. Cuando reina y juzga. Siempre.

Porque es el Amor mismo. El verdadero Amor mismo (aunque no tengamos ni la más remota idea de lo que eso realmente significa y sólo mencionemos la palabra, hasta enmelarla, gastarla y perderla...)

Y por eso nada lo daña. Nadie. Nunca.


Y todo esto, algunos lo saben. Otros lo han olvidado. Otros prefieren no recordarlo.



lunes, 9 de mayo de 2022

Borrachera



Si lo buscan, lo encuentran. Está en el archivo de la bitácora: domingo, 10 de octubre de 2004.

Es un relato de un episodio de hace casi 20 años. Lo que importa ahora es que, en esa ocasión, el Kolla Mercado dijo una copla que me ha vuelto en los últimos días, con insistencia, al magín. Y no lo viene soltando.
Le tengo miedo al coraje
que me da la borrachera;
miedo a que nadie me ataje
o a que me ataje cualquiera.


Estoy que la digo y la repito.

Es una maravilla.

Y pienso (no se puede no...) 

¿Qué cosas son una borrachera?

De veras hay cantidad de asuntos y cosas que son una borrachera. ¿Y el coraje? Anche: cantidad de cosas que son coraje de borrachera, según y conforme se entienda borrachera...

Borrachos de miles de cosas podemos estar. Y que cada una de esas borracheras nos empuje desde adentro a quién sabe qué, a qué corajes.

Y que pase, en ese coraje de borrachera, que nadie nos ataje. Que no haya cómo ni quién, salvo uno mismo y mal, porque está borracho. Y así, borrachos, que nos despeñemos. Tal vez hasta lo hondo. Aunque creamos que vamos en la dirección opuesta. Porque hay borracheras de lo alto, claro. Y no son infrecuentes. Y si nadie ataja el coraje que da esa borrachera, más temprano que tarde llega la locura. La que Chesterton decía: no perder la capacidad de razonar, sino la realidad. Y vivir en el mundo propio y fantasmagórico de un borracho...

¿Y si nos ataja cualquiera? Peor, diría. En todos los casos. Querer aprender de quienes no debemos o ir por caminos disparatados en cosas que nos exceden (cosas de la mente o del corazón), hiere al alma. Y si no me creen, vean el tratado de la modestia de santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica (II-II), cuando trata la virtud de la templanza. Y cuánto y cómo no que la hiere, sí, señor...

Y así siguiendo.

Pónganse a pensar.

Le tengo miedo al coraje
que me da la borrachera;
miedo a que nadie me ataje
o a que me ataje cualquiera.




jueves, 5 de mayo de 2022

S







De lo verdadero y tu voz


Apenas dos palabras, sólo apenas
dos palabras que, casi sin sonido,
tronaron el silencio y el olvido
y en tropeles de luz van por mis venas.

Apenas dos palabras tan serenas
que hallé, de sólo oírlas, lo perdido.
Y no eran dos palabras en mi oído:
eras tú misma, que en tu voz resuenas.

Y fue verdad, entonces. Verdadero
cada gesto impensado. Y el dolor
de tanto ser de nadie cada hora,

hasta llegar tu nombre, todo entero,
tu nombre verdadero y el sabor
verdadero en tu voz reveladora.



De este otoño primavera


Feliz entre las hojas, tu reposo
de otoño. Y el otoño se estremece,
pues le hablo al aire. Y en tus ojos crece
un gesto tierno, cálido. Y celoso.

Descubriste que el tiempo me obedece.
Si digo primavera, temeroso
el sol se empina más y hay un furioso
bullir de abejas, que no desaparece. 

Y si era otoño ayer, ya es primavera.
Y las hojas brotaron a tus pies.
Y viste azahares nuevos. Y después

que el jazmín en aroma te vistiera,
oíste un ruiseñor acompasado,
primaveral, celeste, enamorado.


 

martes, 3 de mayo de 2022

Del mar y nosotros


Estaba el mar y ese turbión de arena
que te hería la piel. Y ya es la tarde.
El viento es frío, quiero que te guarde
el sol. Él sólo ve a la luna llena,

le enrojece su cara en un alarde
por ser ardiente, con pasión terrena.
Con el verde salado es más morena
la sombra fina de tu piel, que arde

toda de sal y viento y sol y frío.
Y busco tu mirada que me mira
mirar inmensamente ese vacío,

que no sé si me aterra o si me admira.
Y está tu corazón rozando el mío
que, con sólo rozarlo, ya respira.




lunes, 2 de mayo de 2022

De la mujer dormida


Yo sabía tu pelo negro al viento.
Conocía tus ojos de pradera
verde, del verde claro de la espera.
Oía los rumores de tu acento.

Vi tu mano morena, el movimiento
de tu paso. Y, antes que lo sintiera,
el cielo de tu beso. Y la manera
de sonreír con cada pensamiento.

Dormida, el negro de tu pelo es suave.
Tus ojos vagan sueños de llanura.
Tu voz respira como un vuelo de ave. 

El beso ausente. Toda la dulzura
de tu mano en silencio. Y esa grave
y amorosa quietud de tu figura.




domingo, 1 de mayo de 2022

De tu calle y el tilo


Nos esperaba el tilo de tu calle.
Todavía es amparo y a él volvimos.
Repetimos los gestos. Repetimos
mi mano en el refugio de tu talle, 

tu silencio esperando que me calle,
y callar lo que nunca nos decimos,
y decir una vez por quién vivimos
y otra vez, y otra vez. Cada detalle

es el mismo detalle conocido,
como abrazar al árbol y decirte:
"si te abrazara así, te mataría...";

y decirme, y tu aire contenido:
"y cuántas veces tengo que pedirte 
que me abraces, si no no viviría..."



 

sábado, 30 de abril de 2022

De la antigua flor nueva


Sé de un romance viejo, florecido
siempre. Su aroma perfumaba el mundo
de un corazón cerril, dueño errabundo
de un jardín descuidado y mal querido.

Raíz antigua, late en lo profundo
y resiste las zarpas del olvido:
silenciosa, amorosa, sin quejido,
raíz de un fuego mágico y fecundo.

Del tallo fuerte que se eleva al vuelo,
de entre las hojas verdes en la brisa,
como si fuera la primera flor

sin vestido de flor, sólo de cielo;
sin palabras, no más que la sonrisa;
sin tiempo, sin espacio. Sólo amor.



  

jueves, 28 de abril de 2022

De la mujer amada


Lo sabe el fuego que no tiene llama
y arde sin tiempo y sin dolor nos quema.
El fuego, que nos marca con su emblema,
nos traspasa y abrasa y amalgama.

El fuego, que en su luz clama y proclama
que no hay mirada que no sea un poema
y que cada caricia es la suprema
y fina encarnación de quien nos ama.

Yo sé que la mujer amada existe.
Lo sé porque conozco su presencia
y, en su presencia, me he sentido un hombre.

Y quema esa verdad. Pero no es triste.
Y es feliz ver que el mundo se silencia
porque ella, amada, pronunció mi nombre.



miércoles, 27 de abril de 2022

De mis caminos y tus ojos


Tus ojos y mis pasos. El camino
tiene una misteriosa y mansa lumbre
que dice, con su clara mansedumbre,
que en el principio estaba mi destino.  

Tiene aroma a jazmín la certidumbre.
Tiene un perfume que conozco, el sino.
Tiene una voz que ya cantó ese trino.
Tiene el mismo dulzor su dulcedumbre.

Tus ojos y mis pasos. Voy volviendo
y adelante me esperan y sonriendo
los mismos pasos que en el tiempo di.

Mis pasos y tus ojos. Voy llegando
a tu mirada, que me está nombrando
sin tiempo, desde el tiempo que no fui. 




martes, 26 de abril de 2022

Del tiempo que no pasa


Cuando miramos, vimos la distancia.
Ayer o medio siglo. Es el instante.
Y aquella calle vuelve a ser fragante
y nos hiere de nuevo su fragancia.

Cuando miramos, vimos adelante
eso que fue. Y la misma resonancia
de la voz. Y la tímida elegancia.
Y aquel silencio antiguo y anhelante.

Cuando el tiempo no pasa, no pasamos.
Somos nosotros, a través del tiempo
inmóvil, en la misma partitura.

Ahora que lo vimos, nos miramos:
las mismas notas pero en otro tempo,
el mismo corazón y otra figura.





lunes, 25 de abril de 2022

De la noche que ríe

 

La luna ríe estrellas cuando miras
y la noche enmudece de juiciosa
para oírte cantar a cada cosa
que respira tu amor cuando respiras.

Todo reposa en ti, todo reposa:
zorzales tientan silbos en sus liras,
enamorados de la luz que inspiras
con la voz de tu noche luminosa.

Serenidad azul, tinta en tu vino
de alegre oscuridad, dulce y morada,
sonrisa que se estrella sobre el lecho.

Canto de advenimiento de un destino
que deshace el otoño en luz alada
y ríe entre las fibras de mi pecho. 




domingo, 24 de abril de 2022

De la lluvia en tus manos


Por ti, bajo la nube nombradora,
está cantando el aire. Y me gobiernas
a manantiales de tus manos tiernas,
en tu lluvia de abril, ya vencedora.

Ya vencedora, sí, ya vencedora
en ráfagas de luz, lloviznas tiernas
que me dices cantando. Y me gobiernas
con tu boca en jazmín y nombradora.

Son tus manos el viento, el viento... El viento
en esta inmensidad de llano, pura...
Lluvia de viento que mis ojos gozan.

Llevo en mis ojos besos y tu viento;
cada caricia de tu lluvia pura;
cielo en tus manos que mis manos gozan.

  


sábado, 23 de abril de 2022

(Tarde...)




Precisamente: es tarde.

Por eso mismo, es el momento adecuado.


Me cae bien llegar tarde, donde nunca pasa nada (se queja Juanito Serrat de eso mismo en su carta cantada hace 40 años y se equivoca; pero es porque, seguramente, no habría probado por esos años el sabor frutal de una calle por la que ya no pasa nadie, de una plaza vacía al amanecer, de una playa hueca al atardecer...)

¿Tarde pero seguro, como dice el dicho? En absoluto. No hay nada seguro en ese mundo. 

Tardi perché mi piace tardi. Perché ora che è tardi è quando è...

En los últimos 10 años, dicen los lenguaraces de las redes, el interés de las gentes por facebook ha caído un 90% y pese a los esfuerzos de Marquitos (meta y meta esfuerzos...), no levanta. Claro que además ha perdido algo que le interesa mucho (además del poder): unas cuantas monedas de dizque 11 cifras...


Ahora es cuando, entonces. Cuando la calle se vacía y hay solamente hojas de fresnos y tilos en las veredas; cuando en la plaza quedan bancos, grava, árboles, sin más; cuando la playa ya no es un balneario y es casi solamente arena, y sonido de viento y mar y gaviotas.

Ahora es cuando.


¿Y para qué?

No sé del todo eso. Alguna idea me hago, en borrador.

Pero, si me dura el interés, ya veré qué destino darle a la la cuenta de facebook que inauguré hace unos días.

Y espero que sea algo que me valga la pena de hacerlo.

Veré. Veremos...



jueves, 21 de abril de 2022

De la tierra sin sal


Con tu nombre grabado en mi bandera
ando este llano azul, siembra de lino,
con un ángel custodio del destino
de tu nombre de sol y gracia entera.

A esta tierra sin sal voy campesino
y eres la tierra toda y sin frontera;
silencio y surco que germina espera
como una viña se destina al vino.

Con mis manos abriendo los terrones
llego donando vientos de simiente,
mientras el ave en alas me corteja.

Y me alza a ti y en tus constelaciones
me abrazo a tu raíz, toda creciente,
talle que luce y en mi amor se espeja.



 

miércoles, 20 de abril de 2022

Donde hubo fuego


οὐδεὶς ἐραστὴς ὅστις οὐκ ἀεὶ φιλεῖ.

En el capítulo XXI del libro II de la Retórica, Aristóteles se ocupa, entre otras cosas, del uso de las máximas y las sentencias en los discursos. Las clasifica y entre las cuatro clases está la de las evidentes por sí mismas. Y la que está al comienzo es una de ellas.

Ese texto procede de Las Troyanas, de Eurípides (distinto allí: οὐκ ἔστ᾽ ἐραστὴς ὅστις οὐκ ἀεὶ φιλεῖ, es el verso 1051), y de un diálogo entre Menelao y Hécuba, la mujer de Príamo, el rey de Troya, que será llevada como esclava a Grecia, junto con otras mujeres troyanas sorteadas entre los griegos vencedores, porque en el sorteo quedó para Odiseo.

Ella es la que habla y una traducción sensata de las palabras de Hécuba sería: No es amante el que no ama siempre. Y, según Aristóteles, la máxima no necesita explicación porque es de las que se entienden nomás decirlas.

Y ya que me ocupé de las cenizas, es justo que ahora me ocupe del fuego.

Amor es fuego. Y el fuego es signo del amor. En principio, por dos razones: el fuego es calor y luz, luz y calor. Como el amor. Que es vida. Y la muerte, se sabe, es fría y oscura.

El amor, así tan seriamente entendido, es en sí mismo fuego que no se apaga. Si es amor, claro. Una chispa, como la pasión por durable que sea, se apaga. Pero es porque no es fuego. No es amor.

No puede haber amante, que ame con verdadero amor, que no ame siempre. Y más aún, como indicio indirecto de que esto es así: mientras ama, no concibe que ese amor termine alguna vez. Porque es de la naturaleza del amor esa pulsión a la eternidad. Sin esa nota, ese amor puede ser puesto en cuestión con toda razón. Y debe serlo.

Que llamemos amor a cualquier cosa, es otra cosa. 

En cierta ocasión, Chesterton se preguntó por qué se obliga a los amantes a prometer amor para siempre en su boda, que es cuando su amor no tiene dudas de que nunca terminará. La pregunta tiene algo de retórica, porque él mismo contesta que es el momento apropiado para prometer lo que un día (vaivenes y desavenencias de la vida mudable en este valle mediante) deberá reafirmar, recordando esa promesa hecha "innecesariamente". No está a prueba la promesa, tanto como la verdad de ese amor prometido. Porque la sensación subjetiva de amor eterno en quien dice amar, no es necesariamente signo de que ese amor es verdadero, aunque lo crea el que dice amar.

El amor es propio de la eternidad. Es intercambiable con ella, en sí mismo considerado (no necesariamente quoad nos, desde la orilla imperfecta y falible de nuestro tránsito bajo la luna); y de ese intercambio esencial, entre eternidad y amor, mana la sensación inequívoca del amante de que su amor será efectivamente más fuerte que la muerte. Un fuego inextinguible. Y eso ocurre –hay que decirlo– aun en los amores rengos de este mundo, al decir de C. S. Lewis, por ejemplo.

Esto quiere decir que ese apetito de la naturaleza de fundirse con su bien y con su término, aspira a lo eterno, porque quien ama, aspira a amar siempre, porque no puede concebir desprenderse del bien que en esos términos es su bien. De ese amor, que es fuego, le vienen la luz y el calor. La vida no sobrevive sin ambas cosas. Y el que ama, tampoco.

El amor es el modo de vida y de sobrevida de los seres espirituales. Y los hombres somos seres espirituales. Entendemos el bien y lo buscamos. El bien no sólo entendido moralmente sino como culmen de lo que somos, realización completa de lo que somos. 

Cada amante ama a su amado como a su bien. Y ama el bien de su bien, si se me perdona decirlo así. No puede sino eso. Y no puede hacerlo sino siempre, si el amado es su bien.

Hay, y se entiende creo, un valor simbólico en los amores humanos, que son análogos por naturaleza, como el ser lo es en las creaturas. Pero ese simbolismo y esa analogía no significa de ningún modo que esos amores humanos no sean reales, del mismo modo en que el ser de las creaturas es real.

¿Y las cenizas?

Eso, las cenizas. Esas cenizas que se usan en el dicho para representar una rémora amorosa en el corazón de quien dice haber amado o dice haber sido amado (que no es lo mismo que haber amado o haberlo sido...)

Pues, qué decir. 

Ya está dicho: es infeliz usar las cenizas como emblema o figura de un amor que ha sobrevivido. Posiblemente, las cenizas puedan ser otras muchas cosas, restos, tal vez escombros, quizá mojones de una senda que va a una ciudad abandonada. 

Tal vez, el refrán no debería decir: Donde hubo fuego, cenizas quedan.

Tal vez sería más verdad decir, como dice Eurípides, que no es amante quien no ama siempre: Donde hubo fuego, fuego queda.

Pero, claro, tal vez, entre los hombres y en este eón, sólo pueda decirse algo así de grandes y verdaderos amores, casi divinos.

Para el resto, habrá que hablar de cenizas, nomás.



martes, 19 de abril de 2022

Cenizas quedan


¿Estará bien: donde hubo fuego, cenizas quedan? 

No sé. Las cenizas se pavonean un poco allí, a mi entender.

Porque el asunto no son las cenizas. El asunto es el fuego. Porque sin fuego, no es un refrán, es una verdad de Pero Grullo. Algo ardió, se consumió y quedaron cenizas. Y listo.

Fuego sin cenizas, puede ser que haya, aunque difícil, porque cenizas son lo que queda de lo que el fuego consumió al arder. Pero, precisamente, mientras haya fuego, ¿quién se ocupa de las cenizas (como no sea para que no ahoguen el fuego...)?

Por otra parte (y es el punto), ya sin fuego, ¿a quién le importarían unas cenizas frías?

El refrán es rengo por algún lado. Claro que se entiende lo que quiere decir, pero allí, insisto, las cenizas suenan sobrevaloradas. Sin fuego, son eso: cenizas. Es decir: polvo (según la etimología). Y el polvo es como nada, en cualquier lenguaje simbólico o poético.

Sí, ya sé. No soy tan tonto...: así dicho como se dice, se quiere decir que cenizas de aquel fuego traen a la memoria aquel fuego, y esa memoria aviva las cenizas ahora en forma de recuerdo o reminiscencia, y así siguiendo... 

Pero, si ese quedan de cenizas quedan vale algo, es porque lo que queda es algo del fuego aquel. Y no valen nada las cenizas sólo porque de aquel fuego queden cenizas. La reminiscencia no es reviviscencia, es solo algún rastro de la cosa, pero sin la cosa. El fuego es la cosa. Lo que cuenta. Es, casi, la diferencia entre la vida y la muerte, y casi sin casi. No por nada las cenizas son la muerte, también.

Un carmen de Catulo, el famoso 101 –Multas per gentes o Ave atque vale, según su principio o su famoso final, trae un ejemplo de lo que pueden valer las cenizas.

De Verona a la Tróade, en Asia menor, va Catulo a la tumba de su hermano, al que solamente conocemos por estos versos y otros pocos en otros dos poemas. Allí, frente al túmulo, canta una elegía breve ante las cenizas mudas. Pero como no es frío el afecto que se tenían y dura aún en el corazón del poeta, eso hizo que, trajinando a través de naciones y mares, él fuera a postrarse lloroso ante la tumba de su hermano y celebrara, ante aquellas cenizas, los ritos ancestrales con los que despedirlo hasta la eternidad. Eternidad en la que espera que con amor ardiente y fraterno su hermano reciba aquella ofrenda. Las cenizas son mudas, pero el fuego de ellas y en ellas habla por ellas y conversan al fin con Catulo en el corazón de Catulo. Es el fuego el que pone la nota de eternidad a las cenizas, como lo ha hecho con la ofrenda. Fuego que, en este caso y de este lado de la muerte, empapa con lágrimas la ofrenda, lágrimas que lejos de aplacar el fuego, lo enardecen. A ese fuego, a esa vida, le confía Catulo su ofrenda. Las cenizas, allí, valen a condición de que sean fuego también ellas, es decir, vida, del otro lado de la muerte. Et si non, non...

Multas per gentes et multa per aequora vectus
advenio has miseras, frater, ad inferias,
ut te postremo donarem munere mortis
et mutam nequiquam alloquerer cinerem.
Quandoquidem fortuna mihi tete abstulit ipsum.
Heu miser indigne frater adempte mihi,
nunc tamen interea haec, prisco quae more parentum
tradita sunt tristi munere ad inferias,
accipe fraterno multum manantia fletu,
atque in perpetuum, frater, ave atque vale. (*)

También hay muchos ejemplos cenicientos y variados en las Odas y Epístolas de Q. Horacio, con parecido sentido.

Pero.

El asunto es el fuego, insisto. No las cenizas.

Tal vez por eso, más antiguamente, en español por ejemplo, refranes de esta laya apuntaban mejor y acertaban más.

Así por ejemplo aquel que dice: Donde hubo fuego, siempre quedan rescoldos. Rescoldos que no son cenizas nada más y menos frías cenizas. Aunque ese siempre es algo presuntuoso, diría (y los españoles, de puro sentenciosos, suelen ser algo presuntuosos...), porque no siempre quedan rescoldos que sobrevivan y no se vuelvan al final cenizas.

Hay otros varios, ya sin tacha alguna: do no hay fuego, no se levanta humo; donde fuego no hay, humo no sal; donde no hay fuego ninguno, no sale humo, o con la variante no se levanta humo

Se los considera ejemplos negativos del primero. Y a mí no me lo parecen, sino al contrario. Otra vez: el acento no está puesto en el humo (ni en las cenizas) sino en el fuego. Como que, insisto, en el primer caso los rescoldos no son cenizas frías, sino al revés, porque arden aún, aunque se cubran de ceniza. Importan mientras ardan aunque la llama ya no suba sobre ellos, claro.

Pero allí está para el caso también otra pieza famosa: el soneto de Francisco de Quevedo, sobre el amor más fuerte que la muerte (que es como decir: el fuego más fuerte que las cenizas):

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

¿Donde hubo fuego, cenizas quedan? Entiendo, sí.

Pero para hablar de amores es poca cosa, si lo que queda es cenizas y no polvo enamorado, polvo que arde. Una metáfora pobre del amor son las cenizas, una metáfora inexacta si falta el fuego que las dignifique. Fuego que nunca puede suponerse así como así nomás presente en las cenizas, por el sólo hecho de que hayan quedado cenizas de un antiguo fuego, al cabo testigos insuficientes de algo que alguna vez el fuego hizo arder.

Cuando eso pasa, si el fuego no ha dejado sino cenizas frías, "es inútil remover las cenizas de un amor", como dice con toda razón la muchacha del tango de Contursi. Porque falta el fuego, precisamente.


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(*) Conformémonos con esta traducción de ese poema de Catulo, al que le han escapado grandes poetas porque dicen que su tono es irrepetible...

Arrojado a través de muchos pueblos y muchos mares,
vengo a estas desdichadas exequias tuyas, hermano,
para obsequiarte con el último regalo que se les debe a los muertos
y a conversar, aunque sea en vano, con tus cenizas mudas.
Ya que la fortuna te me arrebató,
¡ay! pobre hermano indignamente arrancado de mí,
recibe esta ofrenda que –fiel a la antigua costumbre de los antepasados–
he traído como triste regalo para tus exequias:
recíbela empapada en el llanto fraterno
y que pueda con ella, hermano, para toda la eternidad, despedirte, adiós... 



domingo, 10 de abril de 2022

La poesía en el gobierno (o la insurrección de los verdugos)




Tristes guerras
si no es amor la empresa.

Tristes. Tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.

Tristes. Tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.

Tristes. Tristes.

Es un poema breve –Tristes guerras– del español Miguel Hernández, en su Cancionero y Romancero de ausencias. Y estos versos del Pastor de Orihuela son la llave que abre la puerta de lo que viene.

Entiendo que, en tiempos de guerra, nada más fácil que asociar la cita a la guerra presente. Fácil, pero equivocado. Lo que haya en estos párrafos de aplicable a la guerra en Europa oriental, será por accidente. Porque en realidad mi propósito viene de otra parte y va a otro lado. Por muchas razones que creo importantes, esa guerra no me es indiferente. Pero sería oportunismo de mala uva empujarla aquí para que comparezca de contrabando.

El asunto que me trae ahora es otro. Me detuve días pasados en un comentario que un amable lector hizo a propósito de una colaboración de un servidor. Está en los archivos, podemos ahorrar tinta. Vi allí cómo aparecían, y en oposición, algo que se consideraba eficaz como remedio social y otro algo que ni siquiera se consideraba remedio: la guillotina y la poesía. No tengo ningún ánimo de polémica y eso porque el asunto mismo tiene su miga sin necesidad de más.

Decía Chesterton en sus años, cito más o menos, que al entrar a la Iglesia a un hombre se le pedía quitarse el sombrero, pero no la cabeza. Más allá del contexto en el que lo dijo, la frase dice una verdad: no somos el homo erectus por casualidad. Simbólicamente, nuestra verticalidad es el signo de nuestra racionalidad e intelecto que están representados en nuestra cumbre, la cabeza; así como también el corazón es simbólicamente en esa figura el centro de la persona. El centro de su mismísima intimidad espiritual.

Quitarle la cabeza a alguien (como quitarle su corazón, aunque fuera ritualmente), siempre fue un símbolo fuerte de la abolición de esa persona. Ninguno de los otros miembros de su organismo tiene esa maciza carga simbólica, como la tienen la cabeza y el corazón.

En el Deuteronomio del Antiguo Testamento, como en boca de Jesús en el Nuevo, el primer mandamiento (el mayor de todos) enumera con qué amará a Dios el hombre: con toda el alma, con todo el corazón y con toda la mente. Y eso porque esas tres realidades son los pilares del conocimiento y del amor. Ambas cosas, conocimiento y amor, son fines para el hombre. Y en términos teológicos, están presentes en su último acto eterno, si alcanza el Cielo, su fin último.

No hace falta estar de acuerdo con esto, si no se quiere. Pero en parte convendría: lo que nos distingue de todos los demás seres en este mundo es nuestra capacidad de conocer y amar. La cabeza y el corazón. Querer dejar al hombre frustrado en ambas cosas es al menos un signo de desesperanza. Porque, en el mar de este mundo, no se llega a puerto sin esos dos remos. En general, mutilarle la cabeza y el corazón es bastante más que un acto quirúrgico sobre el cuerpo de un hombre.

viernes, 1 de abril de 2022

Conquista de abril


Entero ya, maduro, vida nueva.

Llega en la espuma amorosa
y hace nacer de nuevo la tarde del tiempo.
El mes de los amores que aman.
Los días de miradas otoñales
del corazón que ve ojos que esperan.

La antigua vida nueva
luce en el resplandor de tu figura:
viene en abril a conquistar  
manos que enlazan manos,
cuerpos ateridos refugiados en abril,
en la tibieza pálida de abril que llega,
entero ya, maduro, vida nueva.



 


jueves, 31 de marzo de 2022

Cenizas de marzo


El aire silba su esmeril opaco.

Cubre marzo,
ya escamado de niebla a mis espaldas.

Navegan con el viento las cenizas,
como la nada, sutiles.
Una proa, sin embargo, surca las horas, 
taja el tiempo adelante, 
lo convoca,
va a su encuentro.

En un lecho de otoño,
a mí, timonel de abril,
me espera el epitalamio de hojas doradas,
que celebra el amor 
más fuerte que la muerte.





miércoles, 30 de marzo de 2022

Secretos

 

Murmuran entre salvias taciturnas,
colorean de rumores la mañana fría.

Si supiera ese dialecto,
si sus voces perfumaran en voz alta,
oiría secretos en la savia y en los tallos,
conocería mi pasado.

Pero quién fui lo mantienen oculto
esas pocas flores, sentenciosas,
que dicen mi nombre susurrando,
escondidas del viento del sur
y de mí.




Lluvia de vísperas


Hoy, ahora. El día.
En vísperas del alba de las vísperas.

Hoy, la tarde,
manantial de la estrella vespertina,
vísperas del firmamento.
Y la noche, 
vísperas de la mañana.

Mañana: la mañana del día de las vísperas.

Y el arco tenso del corazón en ascuas
que bebe las horas de las vísperas,
como se bebe, sediento, 
la lluvia.




 

martes, 29 de marzo de 2022

Vestido de novia


Lo trama el sol en hebras:
cielo marfil en hilos tenues,
brillo otoñal de la tarde.

Es una límpida llanura nueva
de un abril que aguarda.

Sin flores, sin hojas,
sólo la memoria del aroma
del trigo de noviembre.

Puedo tomar el talle blanquecino
y abrazar en él la tierra de la siembra
y esperar la luz de una promesa.




 


Augurio


Vuela hacia el sol que tarda
una paloma.
Tiemblan en su quietud los tilos 
y el sauce reverdece.
Sobre la tierra húmeda, anhelante,
hay un súbito resplandor de niebla. 
Lloran diamantes de rocío en las hojas del ceibo.
Y esas nubes nacientes, tormentosas,
como brasas de nubes...

Ahora es claro.

En esta luz primera
en la que crece tu otoño,
has hablado. 




 

lunes, 28 de marzo de 2022

Esa ternura

 

No es la suave palabra dulce.
Ni la misma suavidad es.
No es la caricia, ni el beso es.
No es la mirada.
No es la serenidad de la mirada.
No es el rumor atento de los pasos.
No es la canción inefable.
No es el abrazo quieto.

La presencia 
y a mi vera la callada presencia
y el silencio mismo es 
esa ternura.




 

 

domingo, 27 de marzo de 2022

La noche


La noche fue como la alcoba de tu pecho.
Tibia y silenciosa fue la noche.

Y me dormí sobre hierba.
Salvaje, trasmina 
la menta misma de tus manos;
y también ella me abraza,
y me dice bienvenido entre aromas. 

Es oscuro el regazo de la noche.

Es el abismo de estrellas de tu mirada,
mientras navego,
insomne,
hasta los lindes de tu cielo.




 

Una hoja


Y oí que en el árbol de tu voz
sólo una hoja sola
el otoño de los años no marchita.

Y vi que se empecina el viento,
como el tiempo, que la agita en vano.

Sólo la hace cantar.
Sólo una nota sola.
Sólo un solo amor.

En cada otoño de los años,
en el árbol de tu voz
sólo una nota canta una hoja sola.

Y sólo nombra lo que ama.

 



martes, 22 de marzo de 2022

Lo sé


Son apenas el instante,
y punzan como flechas.

Ciertos murmullos cuando cae el día.
Un aroma que destila la luz:
alucinaciones, pienso.
O el roce de una mano descuidada.
Un gesto, una risa, 
la gracia de una silueta.
Alguien se dio vuelta en la calle.

Lo sé.

Después, silenciosamente,
el tiempo vuelve a sus rutinas
y el mundo sigue siendo el mundo:
ese lugar deshabitado.




 

domingo, 20 de marzo de 2022

Algún día de estos


No volveré a mirar la sombra 
que me sigue los pasos.
No buscaré las flores de la noche.
No dejaré puertas abiertas.
No hablaré sino con personas desconocidas.
No mediré más distancias.
No encontraré más caminos.
No guardaré hojas secas.
No tomaré sino el vino de mis manos.

Ningún recuento más haré.

Y nunca más diré tres palabras.




 

sábado, 19 de marzo de 2022

Última canción en marzo


Soñé una canción en marzo.

Vi una sonrisa triste.
Bajaba por el otoño de tu pelo.
Te surcaba la frente,
lagrimeaba silencios en tu mirada perdida.   
Y era triste la luna.
Y un rumor tiritaba en tus labios
para decir palabras olvidadas.


Ahora, 
en la noche,
con los ojos en sueño,
mojados de rocío
y ardientes como estrellas,
oigo una voz que no sabía
y una canción que no he compuesto.



miércoles, 16 de marzo de 2022

Memorias del bodegón (I)




Es el primer cuaderno de las Memorias del bodegón.


Si llega a continuar la serie, ya me enteraré.

Como los demás escritos, está alojado en la página que los agrupa.




jueves, 3 de marzo de 2022

La Argentina 420

 



¿Para qué pasar por erudito? Todo el que quiera saberlo sabe que marihuana y 420 son hermanos. Al menos primos. Después están los eufemismos del cannabis recreativo, la cultura cannabis, la cultura 420. Y así recorriendo la jerga, que se afana en disimularse detrás de motes biensonantes como si tuviera algún complejo de culpa retorcido entre las hebras de la hierba. Como si en el fondo supieran por qué necesitan contraseñas, palabras en clave que adecenten lo indeseable. Extraña conducta elusiva de los que promueven el daño y la muerte quemando pasto o a pinchazos o a nariguetazos o con el paco criminal.

Que 4:20 era la hora de la tarde a la que se citaban unos estudiantes californianos para fumarse un porrito (o muchos porritos) en algún colegio de California, allá por mediados de los '70, ¿quién no lo sabe? Que el 20 de abril (secuela numérica poco ingeniosa) terminó siendo un día de celebración marihuanera, ¿hace falta mucho ingenio para descubrirlo?

No perdamos tiempo con estas obviedades. Vayamos a asuntos más obvios todavía.

La Argentina se va pareciendo (¿pareciendo?) demasiado rápido a un narco-país. Y eso no puede hacerse si los dineros y las amenazas no fluyen como ríos hacia los que toman decisiones (y las ejecutan o no) en los más altos niveles, en los niveles medios o en los más bajos. Las drogas solamente pueden ofrecer dinero o adicción. No tienen muchos más argumentos. Y, eso sí: el inmenso poder de coacción que logran con ambas cosas y que usan cruelmente y sin escrúpulos. Poder que también reparten como caramelos, a los golosos insaciables de poder.

El tráfico de drogas no es un entretenimiento privado como coleccionar estampillas, no es un hobby como armar casitas con fósforos de madera, algo a lo que uno se dedica en la soledad y la tranquilidad inocente de su casa.

Es un monstruo grande y pisa fuerte. Y ocupa un espacio enorme. Y está dispuesto a cualquier cosa con tal de expandirse proteicamente. Al infinito y más allá.

Sí. La Argentina está muy cerca de ser deglutida por semejante animal, que ya se ha desayunado aquí a funcionarios de todos los ámbitos posibles, y por cierto que también a varios de aquellos que deben combatir al monstruo. Recién está despertando su apetito. Todos ellos son un aperitivo. ¿Es un fenómeno argentino? ¡Pero, no y no...! ¡Qué va a ser argentino!

Pero a un servidor le interesa la Argentina, antes que nada. De modo que no me dicen mucho ahora las guerras por imponer el opio que el narco-imperio británico haya hecho a la China imperial en el siglo XIX, como no me aflige demasiado que hoy los pulcros funcionarios holandeses hagan profilaxis de agujas con narco-camionetas por las calles de Amsterdam. Salvo porque los damnificados y las víctimas son, como diría Kierkegaard, "mis hermanos los hombres".

viernes, 4 de febrero de 2022

Escritos y publicaciones


Un primer resultado del escrutinio de esta bitácora ha sido agrupar, en una biblioteca personal, los libros y escritos que ya contenía.

El trabajo llevará su tiempo, pero ya empezó y se irá completando a medida que se ubiquen allí los libros y escritos, en su gran mayoría en versiones digitales.

Lo que llevará tiempo también (y algo más que el de completar la biblioteca) será revisar lo que se haya publicado en ens y no forme parte de un libro y solamente sean entradas sueltas, de cuya suerte, por ahora, nada sabe su servidor.



A la biblioteca se accede siguiendo el enlace que dejo aquí abajo.


  

viernes, 14 de enero de 2022

Hacedores de mitos




Sé que esta entrada es extensa, extensísima. Pero diría que –salvo las de un servidor– vale cada línea de este texto de John R. R. Tolkien, Mythopeia, que dejo completo para que lo aproveche quien lo quiera (el original en inglés, otro día).

Se sabe que el poema es una respuesta a una famosa conversación en la tarde-noche del 19 de septiembre de 1931 por los alrededores del Magdalen College, en Oxford, entre Tolkien, C.S. Lewis y Hugo Dyson, con este asunto de la validez de los mitos como eje, entre otros asuntos mayores.

Pero se engaña fácil quien crea que se está hablando de literatura y nada más. Cierto: es, al menos, literatura. Pero no es solamente literatura. O, diciéndolo mejor, la literatura es mucho más que lo que creen quienes creen que la literatura es solamente literatura.

Mythopoeia es un buen ejemplo. 

Por eso mismo creo que vale la pena ver en estos versos todo lo que ellos puedan decirnos, aun de las cosas más inmediatas del tiempo presente. El modo de ver esos mismos tiempos y sus púas, por ejemplo. Algo que, los que no saben lo que es la literatura en su fino fondo, difícilmente puedan ver o gustar.

No lo veía Lewis –con todo y su penetración y cultura– hasta que Tolkien se lo mostró. Y con Lewis se lo dijo a cualquier Lewis –o menos que Lewis o más que Lewis– que tampoco lo vea.

jueves, 6 de enero de 2022

El ruido del mar






viernes, 17 de julio de 2009

El ruido del mar

El mar, dice la mayoría de los exégetas, es el mundo en las Sagradas Escrituras. Así Rábano Mauro comentando una tempestad calmada en san Mateo (la vorágine del mundo, dice más exactamente); y similarmente san Beda, en el comentario al mismo pasaje en san Marcos y más extensamente en el comentario al pasaje en san Lucas; así como san Ambrosio. Y otros.

No el mundo creado sin más, claro. La vorágine del mundo, la mundanidad del mundo opuesta al designio original que lo creó. La agitación tenebrosa y amarga de este mundo, que confirma san Beda, explicando el sentido alegórico de los elementos del pasaje. "Tú dominas el poder del mar, y calmas la agitación de sus olas", cita san Cirilo el Salmo 88, en el mismo sentido.

Poder y agitación. Pavorosos en el mar. Otro poder y una quietud gloriosos en Él.

En ese sentido, el mundo es por sí mismo ruido. Un ruido tan ensordecedor como sutil. Tan evanescente como poderoso. Tanto estrépito como susurros.

Batirse de vientos y olas parece ruido fuerte. Cualquiera que haya visto el mar lo sabe, nada más fuera parado en sus orillas, frente a su poder y su ruido. El que navegó una tormenta en el mar, lo sabe; siquiera quien vivió un mar ‘picado’ navegando sobre él, lo sabe. Y hasta el que navegó a secas lo sabe. Ese poder tan raro, ese dominio, esa seducción del mar.

Es poderoso el mundo mar. El mar del mundo.

Dicen también los exégetas que este mar bravo es tentación y tribulación. No sólo ruido de sonidos, sino vacíos de negrura y desesperanza. Olas de preocupaciones y agitaciones. Amargas, al fin, aunque tal vez dulces un tiempo en la boca, como el Libro de la Revelación que dice el Apocaleta, en otro sentido.

Tinieblas de mar, tinieblas de viento en el mar.

También se entiende así, por ejemplo, ante las dos pescas milagrosas, con un signo muy fuerte en la segunda y última pesca, Jesús resucitado en la playa y los hombres en el mar, como comentan san Gregorio, san Agustín, san Jerónimo y otros. Lo espiritual y el mundo.

Pobre mar, dirá más de uno. Y sin embargo, allí lo tenemos, campante en su símbolo.

Pero el ruido del mar es lo que importa ahora.

La agitación del mar. La agitación –con ruido o sin ruido–, el ruido como tiniebla y desazón, el ruido como angustia y ansiedad, el ruido como soledad estéril, el ruido como palabras huecas y movidas por la acedia y la desesperación. El ruido del mar en medio de los ruidos del mundo, la misma cosa. En la oscuridad del alma que teme quién sabe cuántas cosas del mundo mar, que teme según la mundanidad del mundo mar. Que teme los sustos mundanos, que se ahoga en las esclavitudes del mar. Que se ahoga, sin más.

Amarguras, ansiedades, temores, dolor, angustias, vacíos, soledades, desesperanzas.

El ruido del mar. El ruido sin ruido del mar. El ruido oscuro del mar que agita y nos agita. La tiniebla del ruido del mar. Tribulaciones sordas del ruido del mar. Preocupaciones vanas del ruido del mar. Angustias prepotentes del ruido del mar. Falsas ocupaciones oyendo el ruido del mar. Inquietas preocupaciones que son más ruido en el mar. Los vientos vanos sobre el mar y dentro del corazón ruidoso frente al mar ruidoso, agitado, amargo, oscuro.

“¡Calla!”, dijo Jesús.

Y el viento se calló. Y el mar se calmó.

En una de las tempestades calmadas, Jesús deja a los hombres toda la noche en el ruido del mar, en la agitación amarga, en la tiniebla. Dicen los Evangelios que, recién a la cuarta vigilia, fue a ellos caminando sobre el mar tempestuoso e hizo ademán de pasar de largo (en otra noche triste y ventosa, en Emaús, haría el mismo gesto, ya resucitado).

San Hilario dice, comentando este pasaje de san Mateo, que la cuarta vigilia de la noche es la última anterior al día, esto es, el tiempo de la venida en Gloria de Jesús al final del tiempo. Los hombres han estado toda esa noche anterior batidos por las olas, aterrados y descorazonados por los ruidos del mar. Y por los silencios de Dios. Y por los silencios ruidosos y agitados de su propio corazón, que no son el mismo silencio.

Habló Jesús esa vez a los hombres que estaban sobre la barca agitada, les dijo que no temieran, que era Él y así lo reconocieron. Tanto que Pedro pidió ir a Él en medio del ruido del mar y la agitación del viento sobre el mar. Y fue, pero aunque no había temido lo más, que era caminar sobre el mar, temió lo menos: temió el ruido del mar y el ruido del viento feroz y así comenzó a hundirse, hasta que Jesús tomó su mano y lo rescató.

Esta vez, al poner Jesús un pie en la barca, el ruido cesó, el viento se aplacó y la nave fue muy rápido al punto de la playa de la tierra al que iban.

El ruido del mar es hoy también el mundo en su agitación amarga y tenebrosa. Y el eco de esas tinieblas y amarguras en nuestro corazón, también es el ruido del mar.

Nuestro silencio estéril, nuestras vocinglerías estériles. Nuestra angustia, nuestra desorientación y desazón. Nuestras presunciones, nuestras desesperanzas.

Ruidos de mar.

Ese ruido se detendrá cuando Él lo mande, claro.

Cuando le impere “¡Calla!” al mar y al viento. Cuando ponga un pie en la barca, en la cuarta vigilia.

A veces tratamos de tapar el ruido del mar con más ruido. Pretendemos aquietar la agitación con nuestras propias agitaciones e inquietudes.

Vana cosa. Vana luz tenebrosa, vana quietud inquieta, vano coraje temeroso, vana impavidez temblorosa.

Es parte del tiempo, se ve. No importa de dónde viene el ruido del mar. Un día serán las hipotecas tóxicas, otro las guerras y sus rumores, otro K o el neoliberalismo, otro el tsunami, otro la sequía, otro la precariedad de la vida, otro la Iglesia y sus cosas y sus dichos y silencios y sus hechos y omisiones, otro las pandemias, otro la muerte y los desamores, otro y otro y otro más. Y nuestros propios ruidos que cada quien sabe y oye, y nuestras agitaciones propias que cada quien sabe y mueve. O todo junto.

Se agita el mar. El ruido es espantoso. En el corazón del mar y en el mar del corazón. La furia del viento barre el aire y seca el alma.

Sí.

Pero más grito sólo será más ruido. Más agitación sólo será más viento.

La noche es larga.

Y el que duda se hunde, así como el que estira su mano es rescatado.

Llegará a la cuarta vigilia de la noche, o dormirá sobre un cabezal en la popa mientras el mar grita ruidos de mar y el viento azota vientos sobre el mar. Pero llegará.

Y dirá “¡Calla!” y se callará. Pondrá un pie en la barca y todo será calma.

Un día, un preciso día, lo hará. Lo volverá a hacer, como lo hizo en Genesareth.

Pero lo hace ya, lo está haciendo cada vez. Cada vez que alguno sabe que Él puede decir “¡Calla!” al mar y al viento, aunque no lo diga cuando yo quiero. Cada vez que alguno sabe que al poner el pie en la barca habrá ya calma, aunque no lo haga cuando yo quiero.

Cada vez que uno confía en que lo hace. Y en que Él es el único que lo hace.

Lo demás es ruido de mar.



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Fui conducido, fortuitamente, a esta entrada antigua que transcribo arriba y que, como se ve, tiene unos 13 años, casi.

No la recordaba, aunque sí sé lo que allí escribí. Y por eso me pareció oportuno traerla otra vez a la vista, exactamente ella, como apareció en aquel entonces, sin agregar ni quitar una iota, porque de hecho, volvería a decir lo mismo hoy día.




jueves, 30 de diciembre de 2021

Elemental




Se va este año y lo bien que hace.


Mientras, ya al final, en medio de tanto asunto agridulce y una que otra cosa bien buena de veras, aquí queda este último libro de versos, que por más de una razón me son elementales.

Pocas veces lo hago, pero, en esta ocasión señalada, lo dedico a quien, durante casi un año ya hace 40 agostos, me enseñó algunas cuantas cosas bellas que hay enhebradas en la trama de este mundo, y lo hizo de manera feliz, sencilla y conmovedora, con gracia elemental.

Decir que cumplo (tarde) con un deber de agradecimiento y justicia, no es decir exactamente lo que en realidad le debo, aparte de un recuerdo luminoso que no se apaga.



Cancionero elemental (XIV)


Romancillo elemental

El agua busca la tierra 
como el fuego busca el aire,
y así busca el corazón
el bien que feliz lo hace.
Y aunque esta vida es muy corta
y aunque eso nunca se alcance
bajo esta luna que brilla
y en las sendas de este valle,
hay algo que se parece
y es parecido en su talle
a lo que un día será
el bien que feliz me hace.



Cancionero elemental (XIII)


Cuando el rescoldo se apaga
ya no hay el calor que había,
la llama que lo encendía
ya no es llama sino llaga;
y en las cenizas naufraga
algo que el fuego traía.

Sin fuego la noche es dura
y la mañana es helada;
es la tarde desolada,
como vivir sin amor,
que el fuego es más que calor 
y el amor que llamarada.



miércoles, 29 de diciembre de 2021

Cancionero elemental (XII)

 

Como el aire, enciende el fuego;
y como el agua, lo apaga.
Hiere con una caricia
y cura con una daga.

             *  *  *

Sobre la tierra llorando
no tiene el sauce consuelo.
Con llanto triste en las ramas
no conoce más que el duelo.

              *  *  *

El ceibo sangra en la flor, 
el tarco en flor es del cielo,
el aromo es oro en pleno:
todo tiene su color.

               *  *  *

Cuando llora la nube
la tierra canta.
Cuando canta el crespín,
brota una lágrima.



Cancionero elemental (XI)


Hay lugares en la tierra
donde se siembra la altura:
el monte, el cerro, la sierra,
y el cielo de tu figura.

*   *   *

Una senda hay en el cerro
que nunca pude subir,
No sé cuándo será el cuándo.
Será cuando sea el fin.

*  *  *

La lluvia dejó el poleo
enamorando a la menta,
y entre las peñas suspiran
matitas de yerbabuena.

*  *  *

Una vez me trajo el eco
palabras que yo no dije
y que no quise decir.
Él me dijo lo que quise.


Cancionero elemental (X)

 

Al aire va la paloma,
mi paloma mensajera.
Una vez lleva el amor
y otra vez sólo aire lleva.

            *  *  *

Torcaza del limonero
de azahar en el corazón,
aire verde de limón,
vuelo de limón velero.


           *   *  *

¿Qué tiene el aire, mi niña,
qué tiene el aire?
De viento se ha vuelto brisa
y se deshace.
¿Que tiene el aire, morena,
qué tiene el aire?
De clavel se hizo verbena
para endulzarme.


Cancionero elemental (IX)


La llama que alumbra más
es la de madera dura.
Así es la vida del hombre
que enfrenta una suerte oscura
y en esperanza se alumbra.

                *  *  *

Si es rojo el hierro en la fragua, 
en el yunque aguanta el golpe.
Si al fuego se pone blanco,
se hace astilla aunque se doble.
Aprendan de eso los hombres.

                *  *  *

La ceniza de la brasa
es buena para lejía.
Es negro el tizón y mancha
y con ceniza se limpia.
Y así nos pasa en la vida.



martes, 28 de diciembre de 2021

Cancionero elemental (VIII)


Romancillo del marinero

Ay, olas, furias del mar,
que altura y dolor que llevan
sobre mi barca que va,
tan rotas mi alma y sus velas.
Ay, que voy a naufragar...

Ay, el viento se enfurece
y me quiere gobernar
sobre la furia del mar.

Ay, si otra vez amanece,
ay, si el sol vuelve a brillar
sobre la calma del mar
y la borrasca enmudece,
volverá dulce a bogar
la barca que me guarece
y el corazón a soñar.



Cancionero elemental (VII)

 
Serán el agua y el aire.
Serán la tierra y el fuego.
Serán la luz en el cielo.

Serán el fuego y el agua.
Serán el aire y la tierra.
O la luz de las estrellas.

Serán la guerra.
O la paz.
Y nada más.



Cancionero elemental (VI)


Un cielo de nubarrones 
hace la sombra en el suelo.
Lloverá.

Y en el aire ensaya el vuelo
la bandada de gorriones.
Y se va.

Y así son las ilusiones
como la sombra del cielo
y el vuelo de los gorriones.
Ya verá.



Cancionero elemental (V)


Si el silencio de un hombre
se le parece
a la tierra fecunda,
lo reverdece.

Si el silencio es estéril
como la arena
donde nada florece,
no es más que pena.


Cancionero elemental (IV)


El agua del río limpia
muy más que el agua del mar:
bautiza, riega y, sedientos,
la vida de nuevo da.

              *   *   *

La sed de los caminantes
el mar no puede calmar
porque el hombre es de la tierra,
que dizque es el más allá.

              *   *   *

Por el agua crecen trigos
y hay verde en el manantial
y en el arroyo los lirios
han principiado a brotar.

              *   *   *

Las aguas que son amargas
veneno tienen o sal.
Y si es dulce el agua dulce
nunca llega a empalagar.