martes, 4 de agosto de 2020

La amada lejos


Me mirarán tus ojos, tan vestidos de mar;
perfumarás tu pelo que es la noche en jazmines;
tu voz irá encendida de ángeles serafines,
me adiestrará tu canto en tu arte de amar.
Te miro a la distancia que el tiempo nos ha dado.
La oliva de tus manos sutiles y morenas
da al aire las caricias que tú desencadenas
y a la distancia siento que estás a mi costado.
Miramos hacia el cielo por ver la misma luna,
pronunciamos requiebros que van con las estrellas
diciendo la presencia en esta lejanía.
Miramos y no vemos y no hay ausencia alguna,
porque hallamos en todo aromas y las huellas
por donde llegaremos hacia lo amado un día.




domingo, 2 de agosto de 2020

Dos minutos de odio (IV y final... final)




Fue el 7 de julio, 2020. La revista estadounidense Harper's creyó oportuno publicar en su edición digital una carta firmada por una cantidad de representantes del mundo mundano, de todo pelo y laya, desde -el infaltable- Noam Chomsky y Francis Fukuyama hasta Wynton Marsalis, Salman Rushdie o Margaret Atwood, entre los casi 150 firmantes, todos procedentes del mundo de los medios o de la educación y dizque la cultura.

El contexto (y pretexto) fue la muerte de George Floyd y la aparición del movimeinto Black Live Matter y las marchas ÿ desmanes consecuentes (que todavía duran), además de la cantidad de actos simbólicos estridentes que se espacieron por el planeta a ese respecto. Actos simbólicos pero no por eso menos operantes. Junto con ese motivo, como quien saca la lata de abajo de la pila, aparecieron otros en cascada que llenaron el pasiaje. Incluso, otras iniciativas anteriores de temas diversos fueron a dar a una nueva modalidad de combate cultural, de la que ya hablaremos.

El tono de la carta de Harper's era más bien el del talante de la modernidad y del progresismo democratista: racionalidad y libre discusión de ideas contra la censura de los fundamentalismos de la corrección política, para decirlo fácil. La palabra que amparaba la iniciativa era, por cierto, democracia. El enemigo al que apuntaban, la cancelación. Enemigo velado en parte en la carta, porque en ella también se postulaba la discusión sobre los derechos vulnerados y la agenda mundana de la nueva moral.

Sin embargo, no faltaron quienes -tarde- le vieron la pata a la sota. Algunos firmantes se arrepintieron y despotricaron cuando notaron que la carta estaba envenenada y finalmente era un artilugio. Ellos, los protestantes, estaban más allá de la propuesta discusión libre de ideas con respeto y tolerancia democráticos: porque -sostienen- al enemigo, ni justicia.

Una de las firmantes de la carta fue la inglesa Joanne Rowling, la de Harry Potter. Ella no se arrepintió de nada.

Ahora bien. Su caso es interesante y ejemplifica. Ya le había pasado en otra ocasión pero, en lo inmediato, venía de un escandalete de tenor parecido, apenas un mes antes. Había hecho una afirmación respecto de la "femineidad" de las mujeres que, como dicen, se autoperciben varones, lo que en ciertos círculos militantes se entendió como una expresión transfóbica y Terf (lo quiere representar, en inglés, que es una feminista radical que excluye a personas denominadas trans). Quiso dar como si dijéramos explicaciones. Inútilmente. Había dicho las palabras indebidas para referirse al asunto y desató el vendaval de los puristas de la ampliación irrestricta de derechos, que en el fondo parecían sancionarla por el uso de un lenguaje difuso y perversamente "antiderechos", en vez del inequívoco y total que debería haber usado en la materia, para aguantar los trapos de la completa y absoluta diversidad.

El propio Harry, Hermione y otros actores de las películas que encarnan personajes de sus libros, la dejaron colgada del pincel. Tembló un poco la compañía que filma sus cosas. Escritores que convivían con ella en la agencia que la representa, se fueron a otras, disconformes con sus dichos. Sus ventas no subieron lo esperado y comenzaron a bajar. En el camino de Potter, en Edimburgo, la baldosa en la que plasmó sus manos apareció manchada con pintura simil sangre y una banderita que representa al colectivo trans. Los trabajadores de la editorial de un libro último que está para salir, se niegan a seguir trabajando en él. Hasta Stephen King la maltrató en Twitter, sumándose a una larga lista de puteadas. Y la tragicomedia de "sanciones" no terminó todavía.

A todo esto, Rowling es feminista declarada y apoya los movimientos y asociaciones LGBT y siguiendo con las letras... Un galimatías, una interna, una grieta. Pero, ¿qué dijo la escritora, que le trae tantos quebrantos? Que solamente las mujeres menstruan. Y que el sexo biológico es la única forma de conocer el sexo de una persona. Alambicada postura que afirma sin negar y niega sin afirmar. A los gritos y con espuma en la boca, le constestaron una estupidez: las mujeres que optan por decirse varones, deben considerarse varones y también tienen su período lunar, esto es, en jerga trans: varones que menstruan.

Mientras tanto, a la carta de Harper's se le sumaron otras repercusiones, está vez en la lengua de Castilla. Los mascarones de proa fueron personajes como Vargas Llosa y Savater y sus definiciones fueron algo más jugadas que el manifiesto algo sinuoso de la revista yanky.

*   *   *

El caso es que este asunto dejó al descubierto un capítulo importante de una batalla cultural al interior de la rebelión. 

Tal vez, algo de algún modo similar a lo que pasó en la España que conoció George Orwell, en la que anarquistas y comunistas se trenzaron a morir (literalmente...), bastante antes de que la República se enfrentara con los nacionales de Francisco Franco, aunque en algún momento esos encontronazos a dos manos fueron simultáneos. O similar a las infinitas guerras de orcos en medio de la revolución francesa entre duros y blandos o semiduros y semiblandos. O las interminables escaramuzas entre las numerosas militancias marxistas en el entero orbe por ver quién se queda con más pelos de la barba del profeta.

En nuestros últimos años, la modernidad casi tuvo más enemigos ad intra que ad extra. Puede parecer curioso, pero es bastante comprensible, al fin y al cabo.

Esta batalla de nuestros días tiene antecedentes, claro. Pero lo notable es la aceleración con la que se han ido trabando en lucha.

La modernidad tradicional (pavada de oxímoron...) disuelve y reformula la naturaleza humana, para empezar, y la naturaleza a secas, al fin de cuentas. También viene erosionando (a veces a los hachazos...) el mundo sobrenatural ya hace algunos siglos, claro que sí. Porque, valga decirlo, ése es, en definitiva, el premio mayor, el sentido último de la rebelión.

Sin embargo, como un líquido en un embudo, todo va a parar al mismo lugar. Es por allí que debe salir lo que ha entrado por la parte opuesta. De habitual, la entrada es ancha y caben en ella muchas cosas diversas que van girando y mezclándose rumbo a la salida. Pero la salida no es ancha y tiene su protocolo, de modo que, no importa qué entre allí y qué se mezcle en el proceso, sólo saldrá lo que el embudo permita.

No es ahora el lugar para el pormenor respecto de las constantes de la modernidad. Sólo importa el apunte somero, y eso para mirar amplificado este último tramo del devenir de la rebelión.

*   *   *

En su propio diccionario, la modernidad mimó términos como razón, racionalidad, ciencia, luz, tolerancia, diálogo, democracia, libertad, igualdad, prosperidad, derechos (humanos), paz, bienestar, humanidad (epicentral, por cierto). Y la lista sigue, pero con eso basta para darse una idea.

Más temprano que tarde, el moderno epónimo advirtió que había una inconsistencia en su decálogo. Aunque pudieran hacer esfuerzos retóricos para juntar en las palabras cosas que no se juntan, en los hechos no ocurría lo mismo. Y así como se acuñó aquello de que la revolución es como Saturno, que devora a sus propios hijos (lo haya dicho Robespierre o algún girondino, tanto da...), la rebelión entendió que sus postulados vivían en tensión permanente y la mayor parte de las veces producían incongruencias insolubles.

Éste de ahora es un epígono de lo que siempre estuvo latente en la rebelión. Y la carta de Harper's y las reacciones de los militantes de la cancel culture, no son más que un emblema de ese epígono.

Pero, un momento: ¿qué es la cancel culture? Dejo el rastreo para el lector ávido. Baste decir que es la vertiente escarpada e inclemente de lo mismo.

Digámoslo así: desde hace unos años, se ha venido consolidando un talante prepotente que se trama con hebras de distintas procedencias.

En términos del discurso político y de la tópica cultural, primero fue la consideración de las minorías. Había que dejar un espacio para ellas. Y debía plasmarse en el plano más alto: una legislación inclusiva. Una cultura incluidora debía ser para todos y todas y las minorías debían tener una parte de la torta. En esa concepción, minorías ya empezaba a ser una boca ancha capaz de tragar toda suerte de "diferencias". Legislar se debía incluyendo un apartado para los pobres, los paralíticos, los negros, los gordos, las pelirrojas, los ciegos, los migrantes, los aborígenes, las mujeres in toto, los musulmanes, los niños, los celíacos. Y así siguiendo, porque cada diferencia por minoritaria que fuere, debía ser atendida. Tímidamente apuntaban los diferentes "morales", divorciados, prostitutas, presos (todavía considerados reos de algún delito). La homosexualidad y los dislates de género tenían sus dificultades de aceptación y fueron las últimas cosas en aparecer en el menú. Todo eso, todavía, se hacía al amparo de la palabra talismán de la modernidad: democracia. De modo que aquel dogmático gobierno de las mayorías se perfeccionaba ahora con la inclusión democrática de las minorías.

Pero pronto comenzó el deslizamiento. Y éste se produjo cuando se invirtió la relación entre minorías y mayorías, reclamando para las primeras no sólo un lugar, sino el lugar preferencial. La argumentación no venía sola, la acompañaba la furia y el rayo. Porque la panacea de la tolerancia democrática tenía que ser puesta bajo el rigor que requerían los derechos que se proclamaban conculcados. La libertad estaba muy bien, pero sin igualdad (y justicia, esto es, el nombre rebelde para reclamar "derechos"), esa libertad se vuelve incluso el nombre mismo de la opresión para los que se considera vulnerables y marginados. Habrá verdadera libertad cuando haya absoluta igualdad. Pero para que haya igualdad, los que han sido oprimidos tienen que hacer valer sus derechos a como dé lugar y arrebatar a los privilegiados el primer privilegio: dictar la ley. Claro que, cuando eso sea así, ya no habrá igualdad. Pero ya no importará porque la igualdad, en ese caso, será un postulado obligatorio. Se impondrá por el rigor y la impondrán unos que no serán iguales a los que deben ser iguales por decreto. Y quien no acepte esos términos, será cancelado.

Es difuso el origen de esta cultura de la cancelación, y con el correr del tiempo ha tomado nombres diversos, pero digamos a grandes trazos que es una secuela de la inconsistencia de concepción para asuntos como la libertad y la igualdad.

La cuestión parece esparcirse a través de las redes virtuales, preferentemente, y en el mundo extendido de los personajes públicos. Pero no es verdad que sólo sea así. Es verdad que todavía es un aire y un espíritu sulfuroso que va llenando todo ámbito difundiéndose como un viento, aunque produciendo hechos y acciones bien tangibles y visibles. Dañando famas, ridiculizando ideas, estigmatizando con ferocidad.

Pero ya está en distintos rubros y se manifiesta de diversas maneras, todas similares. La substancia del asunto es arrinconar ideas y acciones que se estimen despreciables (y a las personas que las sostienen) para desterrarlas o categorizarlas de modo absolutamente negativo hasta volverlas inoperantes e inexistentes. La burla, la ironía, el insulto, el escrache, son apenas algunas de las armas en esta táctica. La mentira ayuda, la caricatura y el estereotipo, también. La agresividad, siempre. Y eso precisamente perturba el democratismo de los modernos racionales que se quejan insólitamente de la tiranía de lo políticamente correcto y del pensamiento único. 

Mientras tanto, son legión los "arrepentidos" (y van en aumento) que no quieren verse vapuleados por los dos minutos de odio social que les propinarán por sus fechorías pasadas. Y no importa cuán pasadas. Ejemplo tonto: correr a retirar "Gone with the wind" por un tiempo y volver a reponerla ahora con un cartel en el que se advierta y se censure la forma en que se presenta la esclavitud en la película, es un caso apenas y vale lo mismo. De eso se trata. Los cómicos deben pasar por la oficina de arrepentimientos y jurar que no volverán a hacer los chistes que hacían, Así como se pide perdón por mostrar estereotipos familiares naturales, o se asigna en los productos del espectáculo masivo una cuota (se la llama así en la industria de Hollywood) para negros, orientales, étnicos en general, homosexuales o cualquiera que sea considerado una minoría avasallada por la historia, venga a cuento esa presencia o resulte extravagante. Y hay más. Ese terror al odio social promovido y a la cancelación llega hasta el pedido de perdón -en grados y modos diversos- por la Evangelización.

Suele citarse como una broma macabra la Ley constitucional contra el odio, por la convivencia pacífica y la tolerancia, sancionada en la Venezuela bolivariana, en 2017, que establece penas de hasta 20 años de prisión para quien odie y promueva el odio, en resumidas cuentas. Pero ya dije, en otra parte de esta serie, que la táctica es endilgarle al otro el odio, la intolerancia, el ser "antiderechos". Esa ley es un producto de la cultura de la cancelación.

Debajo de muchos nombres se empolla el huevo de la cancelación como instrumento de vasallaje y avasallamiento y la promoción del odio que amedrente: populismos, multiculturalismos, garantismos, feminismos, globalismos. Todos ellos comparten el recurrir a esta táctica retórica.

Quien crea que es una cuestión de jugadores de fútbol que se arrodillan en homenaje a George Floyd y en protesta por una sociedad anquilosada y perversa que oprime a los diferentes, un gesto que supone además mirar mal al que no lo hace, se equivoca de medio a medio.

El impulso cancelatorio no se limita a pequeñas parcelas del submundo de miríadas de influencers de toda laya. Allí es donde hace más ruido. Pero su verdadera importancia está en ámbitos más duros: la política, la ciencia, la educación, la historia, las artes y la cultura en general, la propia moral, el derecho y, finalmente, claro, la religión y, particularmente, la religión católica.

Con esta herramienta se logran fenómenos potentes en la opinión común. El feminismo logra (y pretende, debo decir...), más que derechos para las mujeres, cancelar al varón. Lo negro logra cancelar a lo blanco. El homosexual y sus variantes, cancelar al heterosexual. El género cancela al sexo. El migrante al nacional. El ateo o el escéptico o el agnóstico al creyente. Y así.

De este modo, por ejemplo, un varón blanco heterosexual amante de su nación y su historia y además creyente, corre serios riesgos y está, por definición, cancelado, de lo cual se va a enterar en cualquier momento. Y más si aduce que cualquiera de esas notas son de suyo buenas en sí y que no cargan con ninguna culpa. Anatema sit, para la cancelación.

Entre otras cosas raigales, también hay anatema para la familia natural (y para lo natural...), también para la maternidad natural. Para un ama de casa que ame su papel en el hogar, como para la filiación natural, o la autoridad legítima y lícita.

Pero, en particular, y como ya he dicho en otra parte, la pretensión de cancelación del patriarcado (el plato fuerte) tiene en último término y como finalidad, enfrentarse a un adversario mayor que no es de este mundo.

Todo esto está en ebullición en nuestros días y la batalla entre el manifiesto de Harper's y los canceladores es una prueba de que los bandos no se han sacado ventajas definitivas.

Pero, ¿entienden los firmantes de la carta de Harper's -hombres y mujeres de la intelligentzia- que su pretensión de libre discusión y sin censuras, es la raíz de aquello de lo que se quejan? ¿Serán capaces de advertir -y de admitir- que sus ideas libertarias y tolerantes han engendrado hijos que pretenden devorarlos también a ellos?

¿Podrán reconocer en su propio germen rebelde la floración de esas otras rebeliones más violentas y agresivas que ahora los preocupa y los asusta?

Una advertencia que hago a desgano por lo obvia. En los comentarios de los últimos años sobre varios de estos fenómenos, suele atribuirse a la izquierda más agresiva la táctica de la cancelación, como parte de una estrategia mayor de dominación y de imposición de un pensamiento único y prepotente. Suelen ser los mismos que creen que el liberalismo, los conservadurismos in genere, el capitalismo, y cosas similares, son mejores que la izquierda. Casi exclusivamente porque no son la izquierda.

Permítame, mi estimado, que dude de que eso sea así.

Para las corrientes de izquierda dura, sin duda, la cancelación es un método afín. Les gustan las cosas brutales.Y creen, más bien, aquello de que autoridad que no abusa, pierde prestigio.

Pero lo que creo que estamos viendo es la versión desprolija de un estado de cosas que se pretende más "ordenado" y definitivo, en el que la cancelación sea un acto de amor. Y eso no es patrimonio de la izquierda, ni dura ni blanda. Es patrimonio de la rebelión de la modernidad. Y -por nombrarlos en términos de nuestros días- los neoliberales resultan tan rebeldes en el mismo sentido, como lo es la izquierda. Ambos creen que sus atropellos son actos de amor a la humanidad.

Y lo digo así, aplicando las ironías de George Orwell. El protagonista de su novela Winston Smith, así como su amada Julia, terminan la historia cancelados en la Habitación 101 del Ministerio del Amor (que es donde se tortura a los remisos y traidores) y eso por haberse rebelado contra el partido, custodio del bienestar de todos y todas...

Todavía, todo eso que es en varios sentidos una realidad y que ya opera y es tan agresivo como edulcorado, según quienes lo pongan por obra, todo eso que ya se va transformando en leyes y mandatos sociales y en prácticas y opiniones comunes y en un pervertido sentido común de muchos, todavía, digo, y por extendido y arraigado que esté, todo eso es como si dijera informal.

Los dos minutos de odio, establecidos y obligatorios, no son la práctica universal. Lo que esos dos minutos de odio significa todavía es desprolijo. Todavía hay una batalla en curso y es principalmente la propia modernidad (la racional de izquierda y la racional del otro lado) la que se encabrita y censura a los censuradores, que parecen una avanzada de algo que, emprolijado, tiene aspecto de volverse ley universal en cualquier momento.

Pero, aunque pueda parecer que una porción de la rebelión moderna se resiste a que se establezcan esos dos minutos de odio formalmente (la cultura de cancelación por ahora resulta apenas un ensayo, por brutal y estridente que resulte), y aunque chillen y pataleen contra los orcos más babeantes de la cancelación, es a la vez improbable que admitan que la harina con la que se amasa esa hogaza del pan amargo del odio, ya ha sido molida. Y lo fue determinadamente durante los últimos quinientos años. Y son las capillas de esa religión rebelde, que es lo que en substancia es la modernidad, los molinos donde se ha ido produciendo la molienda.

Chesterton, entre otros, en su Autobiografía y poco antes de morir, había advertido con agudeza acerca de la raíz de la modernidad. En el capítulo La sombra de la espada, cuenta con detalle un episodio en apariencia anodino. Su propuesta para erigir, en un sitio central del pequeño Beaconsfield, una Cruz en homenaje a los caídos en combate y que hubieran sido hijos de esa comarca. Infinitas reuniones y propuestas absurdas de toda clase de iniciativas que, en el homenaje que nadie rechazaba, subsituyeran a la Cruz, por el hecho de ser una Cruz. Pocas estridencias, más o o menos buenos modales y buen tono, argumentos especiosos y de conveniencia. Sí. Pero, la verdadera violencia era el subterfugio y las sinuosidades que escondían el odio a la Cruz, porque era una Cruz. De allí es una sentencia de Chesterton que se ha hecho característica: "La primera nota característica sobresaliente de la nota moderna, es un cierto efecto de tolerancia que se manifiesta por la timidez. La libertad religiosa podría significar que todo el mundo es libre de discutir acerca de la religión. En la práctica, significa que casi nadie tiene permiso para mencionarla."

Tal vez, en el curso de nuestra vida, veamos establecerse ut sic esa práctica de los dos minutos de odio. Y seguramente, de ocurrir, ante nuestros ojos pasarán disciplinada y formalmente decenas o cientos de objetos que hayan sido calificados como odiables.

Si eso pasa (si eso ya hace tiempo que empezó a pasar...) lo que queda esperar, al menos, es poder distinguir, poder reconocer la verdadera cara que está detrás de cada uno de esos objetos, elegidos tal vez arbitrariamente, pero con la intención de disciplinar el odio de la sociedad a la única cosa que al poder inicuo le resultará odiable en último término verdaderamente.

Y entonces, más allá de lo que cada quien crea que haría si se enfrentara a esa cuestión sin poder eludirla, allí veremos realmente cuántos pares son tres botas. Y que el buen Dios nos asista.



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Dos notas.

Por una parte, la ilustración de esta entrada campea por distintas publicaciones, desde centones feministas contra la opresión del patriarcado a grupos de opinión antibolivarianos. Ambos se atribuyen el amor y la lucha por los derechos y le atribuyen al opuesto el odio y ser antiderechos.

Por otra parte, quedó larga esta última parte, así que no hay problema en que copie aquí los dos manifiestos a los que aludí, para quien los quiera leer.


La carta de Harper's

Una carta sobre justicia y debate abierto

(https://harpers.org/a-letter-on-justice-and-open-debate/)
 
7 de julio de 2020

La siguiente carta aparecerá en la sección de Cartas del número de octubre de la revista. Agradecemos las respuestas a letters@harpers.org

Nuestras instituciones culturales se enfrentan a un momento de prueba. Las poderosas protestas por la justicia racial y social están llevando a demandas atrasadas de reforma policial, junto con llamamientos más amplios para una mayor igualdad e inclusión en nuestra sociedad, especialmente en educación superior, periodismo, filantropía y artes. Pero este ajuste de cuentas necesario también ha intensificado un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y la tolerancia de las diferencias a favor de la conformidad ideológica. Mientras aplaudimos el primer desarrollo, también levantamos nuestras voces contra el segundo. Las fuerzas del iliberalismo están ganando fuerza en todo el mundo y tienen un poderoso aliado en Donald Trump, que representa una amenaza real para la democracia. Pero no se debe permitir que la resistencia se endurezca en su propio tipo de dogma o coerción, que los demagogos de derecha ya están explotando. La inclusión democrática que queremos se puede lograr solo si hablamos en contra del clima intolerante que se ha establecido en todos los lados.

El libre intercambio de información e ideas, el alma de una sociedad liberal, se está volviendo cada vez más restringido. Si bien hemos llegado a esperar esto en la derecha radical, la censura también se está extendiendo más ampliamente en nuestra cultura: una intolerancia de puntos de vista opuestos, una moda para la vergüenza pública y el ostracismo, y la tendencia a disolver cuestiones políticas complejas en una ceguera moral cegadora. Mantenemos el valor de la contra-voz robusta e incluso cáustica de todos los sectores. Pero ahora es demasiado común escuchar llamados a represalias rápidas y severas en respuesta a las transgresiones percibidas del habla y el pensamiento. Más preocupante aún, los líderes institucionales, en un espíritu de control de daños en pánico, están aplicando castigos apresurados y desproporcionados en lugar de reformas consideradas. Los editores son despedidos por dirigir piezas controvertidas; los libros son retirados por presunta falta de autenticidad; los periodistas tienen prohibido escribir sobre ciertos temas; los profesores son investigados por citar trabajos de literatura en clase; un investigador es despedido por distribuir un estudio académico revisado por pares; y los jefes de las organizaciones son expulsados por lo que a veces son simples errores torpes. Ya estamos pagando el precio con mayor aversión al riesgo entre escritores, artistas y periodistas que temen por su sustento si se apartan del consenso, o incluso carecen de suficiente celo en el acuerdo.

Esta atmósfera sofocante dañará en última instancia las causas más vitales de nuestro tiempo. La restricción del debate, ya sea por parte de un gobierno represivo o una sociedad intolerante, perjudica invariablemente a quienes carecen de poder y hace que todos sean menos capaces de participar democráticamente. La forma de derrotar las malas ideas es mediante la exposición, la discusión y la persuasión, no tratando de silenciarlas o desearlas. Rechazamos cualquier elección falsa entre justicia y libertad, que no puede existir la una sin la otra. Como escritores, necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la toma de riesgos e incluso los errores. Necesitamos preservar la posibilidad de desacuerdos de buena fe sin consecuencias profesionales nefastas. Si no defendemos exactamente de lo que depende nuestro trabajo, no deberíamos esperar que el público o el estado lo defiendan por nosotros.

(Las firmas no las copio aquí, puede verlas el que quiera en la dirección que parece a la cabeza. tampoco las firmas de la adhesión de hispanohablantes.)


La adhesión de Vargas Llosa, Savater, et al.


Somos de la opinión que la carta remitida a HARPER’S por escritores e intelectuales de diversas procedencias y tendencias políticas, dentro de una corriente liberal, progresista y democrática, contiene un mensaje importante.

Queremos dejar claro que nos sumamos a los movimientos que luchan no solo en Estados Unidos sino globalmente contra lacras de la sociedad como son el sexismo, el racismo o el menosprecio al inmigrante, pero manifestamos asimismo nuestra preocupación por el uso perverso de causas justas para estigmatizar a personas que no son sexistas o xenófobas o, más en general, para introducir la censura, la cancelación y el rechazo del pensamiento libre, independiente, y ajeno a una corrección política intransigente. Desafortunadamente, en la última década hemos asistido a la irrupción de unas corrientes ideológicas, supuestamente progresistas, que se caracterizan por una radicalidad, y que apela a tales causas para justificar actitudes y comportamientos que consideramos inaceptables.

Así, lamentamos que se hayan producido represalias en los medios de comunicación contra intelectuales y periodistas que han criticado los abusos oportunistas del #MeToo o del antiesclavismo new age; represalias que se han hecho también patentes en nuestro país mediante maniobras discretas o ruidosas de ostracismo y olvido contra pensadores libres tildados injustamente de machistas o racistas y maltratados en los medios, cuando no linchados en las redes. De todo ello (despidos, cancelación de congresos, boicot a profesionales) tienen especial responsabilidad líderes empresariales, representantes institucionales, editores y responsables de redacción, temerosos de la repercusión negativa que para ellos pudieran tener las opiniones discrepantes con los planteamientos hegemónicos en ciertos sectores.

La conformidad ideológica que trata de imponer la nueva radicalidad –que tanto parecido tiene con la censura supersticiosa o de la extrema derecha- tiene un fundamento antidemocrático e implica una actitud de supremacismo moral que creemos inapropiada y contraria a los postulados de cualquier ideología que se reclame “de la justicia y del progreso”.

Por si fuera poco, la intransigencia y el dogmatismo que se han ido abriendo paso entre cierta izquierda, no harán más que reforzar las posiciones políticas conservadoras y nacionalpopulistas y, como un bumerán, se volverán contra los cambios que muchos juzgamos inaplazables para lograr una convivencia más justa y amable.

Desde estas líneas recabamos el apoyo de quienes comparten la preocupación por la censura que se ejerce sobre el debate acerca de determinadas cuestiones que quedan convertidas en nuevos tabúes ideológicos, que se suponen intocables e indiscutibles.

La cultura libre no es perjudicial para los grupos sociales desfavorecidos: al contrario, creemos que la cultura es emancipadora y la censura, por bienintencionada que quiera presentarse, contraproducente. Tal como opinan los firmantes del manifiesto Harper’s, “la superación de las malas ideas se consigue mediante el debate abierto, la argumentación y la persuasión y no silenciándolas o repudiándolas”.





sábado, 1 de agosto de 2020

Hablan de amor


Entre los antiguos, la ejercitación era un momento fundamental en la adquisición de las reglas de un arte de la palabra. Desde hace ya tiempo, no lo es. Y en todo caso es algo prohibido o poco menos.

Esa parte del arte significaba, ni más ni menos, imitar a los modelos clásicos o superiores. Imitación casi servil, pues era cuestión de volcar en sus moldes y estilos los temas que se le proponían al aprendiz, como si dijéramos componiendo desde adentro mismo del autor imitado.

Con el tiempo, y con desquiciados modos de entender la originalidad, ya no fue posible. Un error grave. Si el aprendiz tenía talento y voz propia, ya surgirían ambos a la luz. Si no tenía talento, en cualquier caso habría aprendido de sus mayores buenos modos de decir, que a él no se le ocurrirían sin esa ayuda estilística.

Estos doce sonetos son el homenaje de un servidor a la ejercitación tal como la entendían los antiguos, poco más o menos. Y es claro que, si el resultado no conforma, no es por culpa de los autores que han servido de modelos.


Así dice la presentación de este breve volumen de versos que aquí queda. Y es verdad lo que dice.





viernes, 31 de julio de 2020

Baudelaire habla de amor


Ya tuve suficiente de alondras y de rosas.
De lunas empedradas en un París de hielo.
De gárgolas que burlan amores sin consuelo.
De lápidas que escupen sus frases amorosas.
Ya tuve suficiente del gesto satisfecho.
Del horror a lo sucio de placeres fingidos.
Del vino que no embriaga ni embota los sentidos.
Del sórdido refugio de un corazón maltrecho.
Flores que yo he soñado y nacieron marchitas.
Un místico futuro que fue una noche oscura.
La pasión anodina de un demonio insolente.
Espero ver el humo de mil horas malditas.
Espero que me espere un alma nueva y pura.
Pues de todo lo demás, ya tuve suficiente.




sábado, 25 de julio de 2020

Un día claro


En silencio, la música completa.
Un derredor de cielo, un vino oscuro.
Brasa del corazón, la noche quieta.

Fruto de la esperanza, ya maduro.
Amor que espera en soledad secreta.
Sólo presente en siembra de futuro.



lunes, 20 de julio de 2020

Dos minutos de odio (IV y final..., pero en dos partes: 1*)




En la habitación 101, Winston Smith dejó de ser quien era.

Ése es el lugar, según cuenta la novela 1984, en el que se aplica el método con el cual el Partido se asegura de que nada ni nadie compita con él. Su apetito de amor excluyente y exclusivo (no, no es amor, claro...), solamente es posible si el amante (que no es amante, claro...) ya no es una persona. El Ministerio del Amor consigue eso gracias a la tortura.

Y la tortura básica es enfrentar al torturado con sus miedos más hondos, que el Partido conoce, se entiende, mejor que el mismo torturado. Hasta que se logre que la tortura venza la repugnacia espiritual de afirmar una falsedad evidente, como que 2+2=5.

Y es verdad que la guerra espiritual es análoga a la guerra epónima: se gana la guerra cuando el adversario acepta y admite convencido que no vale la pena combatir. Si no lo acepta, puede haberse ganado circunstancial y materialmente una batalla, pero formalmente no se ha ganado la guerra.

Cuando alguno acepta como verdadera una evidente falsedad y está convencido de que no tiene ningún sentido oponerse, y no encuentra en su interior ningún motivo para hacerlo, entonces ha sido vencido. Pero no solamente ha sido derrotado, sino que ha sido vaciado. El eje de su vida espiritual se ha torcido y el hombre gira defectuosamente no sólo dañándose a sí mismo, sino también dañando a quienes tiene alrededor o, lo que es bastante parecido, siendo como nulo para los otros.

Y así fue el final de Winston y Julia.

Intentaron algo al margen de los preceptos del Partido, pensaron que podrían de algún modo burlarlo. Sostener algo íntimo lejos de la mirada del Partido. Algo interior. Una convicción, un afecto secreto y verdadero. Y no les fue posible. No pudieron.

*   *   *

Muy bien.

¿Y, entonces...?

Pues, aquí es donde empieza el último capítulo de estas notas.

*   *   *

Terminaré, al final de estos apuntes, hablando de algo que no es del todo un mecanismo nuevo. De hecho, puestos a ver, ha sido una práctica habitual y bastante obvia a lo largo de milenios. Hasta los grandes pudieron haberla puesto por obra. Por distintos motivos y en diversas circunstancias. Recuerdo haber leído que Platón eligió a su sobrino Espeusipo para sucederlo al frente de la Academia. Pudo haber designado a Aristóteles, que era su alumno más destacado, y muchos sostienen que debió hacerlo, pero... Aristóteles era macedonio. Y Platón eligió a un ateniense.

Hay infinidad de casos de este tipo. Una premisa mueve a la conclusión en un sentido determinado.

Sin embargo, tal vez lo decididamente nuevo desde hace tiempo sea el paradigma. El completo paradigma. Bajo una cierta perspectiva, toda cosa va camino de girar en una galaxia distinta y toda cosa va camino de girar en una órbita que la desnaturaliza.

Visto de otro modo, ese fenómeno tampoco es nuevo, a decir verdad. Todo sistema de ideas tiende a ser, por decir así, totalizante, omnicomprensivo. Tiende a su coherencia. Y saca las conclusiones de sus premisas, como es propio de todo razonamiento. Si sus permisas fallan, las conclusiones no están allí para corregirlas, sino para seguirlas. Una apenas disimulada renuncia de la inteligencia y un cierto desmadre de la voluntad pueden hacer eso. Y de hecho lo hacen.

Y esto es así desde antiguo. Sin exgaerar, nuestros primeros padres fueron los primeros en sacar conclusiones desviadas de premisas falsas y los primeros en obrar en tal sentido desviado. Y así es como el hombre se atiene a las consecuencias sobre esta tierra, desde entonces hasta el fin de este eón.

Pero en estos últimos tiempos lo característico y hasta cierto punto inédito es la pretensión avasallante de hegemonía. Por cierto que es una pretensión de hegemonía pretenciosa. Su intención es herir con una ley propia el nomos íntimo de la realidad natural y ayudarse para ello con la difusión de una tópica que termine volviéndose el fundamento del nomos civil, de la ley que los hombres establecen para conducir y conducirse en sociedad, formalmente si es posible, nos sólo de manera invididual, informal o espontánea.

Tópica y ley son los brazos de hierro con los que se pretende atenazar toda concepción y práctica individual y social.

La tópica se difunde a través de infinidad de canales. Los dictados y presupuestos de la ciencia tal y como se la entiende desde hace ya unos cinco siglos, aunque de modo creciente en las dos útimas centurias. Es notable en este sentido que la filosofía -cristalizando un proyecto sofístico de más de dos milenios- haya ido degradando su objeto desde el ente al lenguaje, pero no por notable es casual. Y el lenguaje mismo no como objeto de resonancias hasta teológicas, sino como mundo claustro humanísimo, y hasta sin siquiera conexión con las cosas extramentales.

La educación sistemática es otro de los canales, todavía más universal que el mundo científico. El llamado mundo de la cultura es otro potente generador y emisor de una tópica como la que menciono.  La cultura incluye por cierto el arte, en todo orden, desde la novelística o la poesía, hasta la música o la plástica. La aparición universal de la tarea indiscriminada del periodismo ha sido otro canal todavía más extendido, en razón de su temática y su lenguaje, dizque adaptados a la presunta pobreza de comprensión y expresión de los estamentos menos ilustrados. En este caso, de hecho y como ya se ha dicho tantas veces, es el propio mundo mediático el que ha terminado en buena medida generando la masividad anómala de la masa y aprovechando esa condición generada en beneficio de la difusión de mensajes y del propio mecanismo del consumo, consumo del que mayormente viven los medios, dependientes como son de la publicidad. El mismo consumo ha sido vehículo de nueva tópica, como es el caso de la alimentación, la recreación, los preceptos ecologistas y tantas nuevas formas de consumir modelos de vida individual y social.

Nada ha escapado a esta "evolución" de las ideas y las costumbres. Ni siquiera el mundo en otro tiempo hierático de la religión, principalmente la religión católica, que ha seguido una deriva de indiscriminada "humanización" de su fe, su moral y de sus prácticas rituales. Pero esa humanización, que significa lisamente el abandono de la trascendencia, no se detiene en el ámbito temporal de la creatura. También avanza sobre la naturaleza de la divinidad y llega hasta el sincretismo, de hecho otro modo de humanización de la fe. Pero no sólo: pretende avanzar aún más porque, puestos a pedir, pidamos todo. También en el caso de la religión, ese mundo de referencias no solamente perturba el conocimiento de la realidad sino que se encarna más y más en las costumbres. Costumbres y prácticas individuales y sociales que empujan a su vez a las concepciones. Y de allí que muchos adoptan concepciones a partir de costumbres, violentando para poder hacerlo sus propias conciencias en muchas ocasiones. En el ámbito de la fe, también allí, se reproducen los brazos de hierro de la tópica y la ley, que también atenazan la vida espiritual. Esa íntima rebelión tiene sus consecuencias. De modo que, cuando se miran los escándalos que lastiman a la Iglesia, no solamente habría que ver sus causas en las debilidades humanas.

Como esto son notas y apuntes, y no es un tratado, no cuadra que explaye una fenomenología pormenor de esta tópica; creo que basta con los títulos de lo que en un tratado serían capítulos.

*   *   *

La otra fuerza de esa tenaza, la ley, por su parte, tiene dos ámbitos bien diferenciados aunque interdependientes de modo creciente.

Por un lado, el establecimiento de leyes positivas va uniformando la dispersión de concepciones y las manifiestas contradicicones. Contradiciones que son de concepción y paradigmas, principalmente. Como capas geológicas, el mero paso del tiempo acumula y superpone esas concepciones que van a nutrir las leyes. Con una velocidad mayor en los últimos tiempos, la ley positiva también tiende a hegemonizar un paradigma humano y social al que todo hombre y comunidad deben someterse. Mayormente es un nomos anómico, clara paradoja. Un cuerpo de normas positivas que sanciona a la realidad por no ajustarse a la voluntad legislativa hegemónica que el hombre sostiene y expresa, con la sola fuerza de sus propios hombros.

Pero, como digo, hay otro ámbito de la ley. Un ámbito no escrito ni promulgado que no surge del poder formal del gobierno o de las instituciones políticas. Pero no por eso menos potente, si no más, acaso. Y aquí es donde se ha venido produciendo una curiosa sucesión de cortocircuitos culturales en los últimos tal vez 70 años.

Pongámoslo en estos términos. Más allá de las precisiones y los matices, en substancia la modernidad es básicamente el espíritu de una rebelión. Para algunos, esa rebelión se alza contra una época y las realizaciones de una época, planteo historicista. Esa interpretación es como la flecha que se queda corta, y muy corta, a mi entender. Para otros es una continuidad de mismo espíritu y distintas realizaciones a lo que había. Aparte el hecho de que no es verdad que el espíritu sea el mismo, esa interpretación se me figura simétrica con el tradicionalismo y opuesta a él, y por lo mismo, renga.

Y, después, claro, están los defensores à outrance de la misma modernidad como liberación y elevación de lo humano, ya libre de lo que consideran oscuridad y sojuzgamiento, lo humano de camino a entrar triunfante al reino de la iluminación y la autonomía.

En definitiva, ese es el núcleo duro de la rebelión, precisamente por lo que tiene de substitución, que, con la noción adyacente de progreso indefinido, hace de esa substitución un programa hegemónico y totalizante del que nada puede ni debe escapar.

Como en la tópica, tampoco aquí voy a hacer el pormenor y la fenomenología que exhiba este último caso de la ley. 

Ocurre, mientras tanto, que a ese ánimo libertador del hombre, a ese impulso por sacarlo de las tinieblas de la ignorancia, la opresión de la heteronomía y la esclavitud de la fe, le ocurrió algo feo: su promesa era la ilusión de arrebatar titánicamente el cielo con el progreso, la ciencia, la técnica y la libertad omnímoda. Y esa ilusión fue seguida y aplastada brutalmente por la decepción. Lo mismo que fue alzado como un becerro de oro, se devoró a sus adoradores. Tiempo atrás, y de un plumazo, Aníbal D'Angelo Rodríguez enumeró claramente los ingredientes del proceso en su Aproximación a la Postmodernidad. Léanlo ahí que está mejor dicho.

Porque de eso se trata el cortocircuito. A la propia modernidad y secuela de sus propios genes le ha salido un hijo macho, como se dice en el campo (y esa misma expresión hoy sería puesta en cuestión por lo mismo que diré después y ya estarán adivinando): ese hijo es la postmodernidad.

Hace ya unas décadas que vienen debatiendo la cuestión de límites entre la modernidad y la postmodernidad y los bandos en pugna que tironean de esa sábana, se encarnizan de tanto en tanto de modo que las placas tecnónicas se convulsionan en los gabinetes de los pensadores, pero también en las expresiones más bizarras de los círculos exteriores del asunto, desde el mundo del espectáculo hasta el deporte.

¿Cuál es el revulsivo?

Precisamente, un subproducto de las elucubraciones modernas: la libertad. No la cosa, que eso no depende de escuelas, sino la concepción de la cosa. Y con ello, la consideración de sus límites, si los tiene.

Como banderas para esta contienda, el nombre talismán de la modernidad es democracia. El nombre talismán de la postmodernidad es más bien derechos. Y digo más bien, porque en ese rincón del ring todavía no ha cuajado una entera doctrina y sus expresiones suelen aparecer a partir de episodios en cualquier ámbito, desde lo político a las prácticas sexuales. Con todo, creo que no falta mucho para que la concepción de fondo que sustenta esa parcialidad se muestre en un corpus más articulado de fundamentos y preceptos.

Como fuere, hay que advertir algo que no es necesario (espero): ni democracia ni derechos son términos de fácil definición, porque más allá de lo líquido del pensamiento de los últimos decenios, ambos términos son más bien proyectos, son términos programáticos, son expresiones inacabadas cuyo contenido está in fieri, incluso en el caso de la modernidad que a esta altura ya debería tenerlo definido y no lo tiene.

Es como si dijéramos que la modernidad y la postmodernidad llevan el germen de su escepticismo radical y eso les impide afirmar con demasiada fuerza. Sus respectivos credos (que son algo más que consecutivos, hay que alertarlo...) son renuentes a las afirmaciones que supongan algo establecido, cuya naturaleza esté fuera del alcance de la voluntad del hombre. A la vez, siempre está presente el artilugio del lenguaje, artilugio de matriz retórica, que permite (casi obliga) a redifinir las palabras para poder dotarlas del sentido oportuno que haga más "vendible" la idea, y que permita que se impregnen de este modo incluso las capas coriáceas del imaginario más refractario. Con todo, algún esfuerzo hará su servidor por exponer el sentido y el contexto en el que esos términos tienen eficacia social.

Lo cierto es que hoy día mismo, ese debate entre esas palabras talismán como democracia y derechos está vigente y bastante ardiente. Pero eso mismo es secuela de una aceleración.

Se me hace que la expresión más clara de esa confrontación viene dándose en sucesivas oleadas. Y se ha activado, se ha despertado un impulso de rebelión que se alza aun contra la propia modernidad. Como si ésta hubiera sido un prolegómeno, una fase, que alcanzara para destuir las bases del edificio anterior, pero no para construir el que lo suplantará, con la pretensión de que sea el edificio definitivo, al menos programáticamente definitivo. Aunque a la vez móvil y dinámico, proteico: un edificio siempre maleable para producir nuevos cambios de oportunidad en su estructura.

Pero esto mismo es ya o una nueva contradicción implícita o una mentira. Y un servidor se inclina por una mezcla de ambas cosas. Es una contradicción implícita porque semejante intento no puede sino tener fallas graves en su concepción, tanto en la modernidad como en su secuela. Sólo un Creador -uno que verdaderamente sea el Ser mismo- crea con coherencia absoluta. Y es una mentira a la vez porque la pretensión última es la hegemonía, de modo que todo movimiento va encaminado a la plasmación de un paradigma que se pretende universal.

*   *   *

Como lo anuncié al principio de la serie, voy a tomar un episodio que creo que permite de algún modo significar esta cuestión. Es un signo. No es la totalidad del asunto ni mucho menos, pero de él voy a poder colgar los restantes episodios que me resultan coincidentes y concluir lo mejor que pueda, fundado en esos elementos.

Y cuando eso ocurra, la próxima vez, creo que habré dicho lo que quería decir.




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1 No es enteramente culpa del autor, y por cierto que en ningún caso del lector. Pero, al ver viendo, ocurre que la resolución del asunto se demora por la materia misma de la que se trata.

¿Y quién te manda a meterte en este jardín? Para esa pregunta hay una respuesta que no interesa aquí en absoluto.


Nota:

La ilustración de esta entrada es una de las obras más conocidas del holandés Maurits Cornelis Escher, que de algún modo representa la relatividad que la física contemporánea a sus trabajos como dibujante postulaba desde principios del siglo XX.

La obra, que se llama Relatividad, precisamente, es de 1953 y el autor dijo a propósito de ella: “dos habitantes de mundos distintos no pueden andar sobre el mismo suelo, estar sentados o de pie, ya que no coinciden las ideas que tienen de lo que es horizontal o de lo que es vertical”. Está en la coleción del Gemeentemuseum Den Haag, en Holanda.

Murió a los 74 años en 1972.





lunes, 13 de julio de 2020

Dos minutos de odio (III)









Precisamente en 1984, muy oportuno, el inglés Michael Radford estrenó una versión para el cine de la novela de George Orwell, que no fue la primera ni la última. Tiene dos buenas actuaciones de John Hurt y Richard Burton. En el original, tanto el inglés que hablan como el tono de las voces de ambos, son un acierto que sostiene el clima que genera la trama.

En estos extractos que apunto, se ven dos o tres asuntos interesantes.

El director eligió comenzar el film con la escena en que se muestra una sesión de los dos minutos de odio que el Partido tiene prescriptos para sus súbditos. Allí se ve primero la propaganda y el relato acerca de lo que pasa en el mundo, algo que nadie puede verificar, pero que están obligados a dar por verdadero. Algo que muchos, casi todos, ya hacen no por temor (sí con temor), sino por una inducida convicción, arrastrados emotiva y racionalmente. 

En parte es la consecuencia de la división social en tres clases que el Partido ha impuesto.

Los miembros del Partido interior tiene sus privilegios y casi diría todos los privilegios y en principio ningún deber.

Para los del Partido exterior (diríamos, casas más o menos, la clase media) todo es cumplir normas y reglamentos; les han cargado sobre sus espaldas la administración y los trabajos que sostienen esa maquinaria social y los tienen por eso mismo permanentemente bajo la luz implacable y policial que los vigila y que con frecuencia los trampea para que caigan en las trampas preparadas para detectar oposiciones y defecciones entre sus filas.

De allí la existencia de una supuesta Resistencia (la Hermandad), que algunos sospechan es una operación de inteligencia del propio Partido. El dizque traidor Emmanuel Goldstein -a quien nadie ha visto jamás- es la figura a odiar como denunciante y resistente, el jefe de una oposición que se non è vera è ben trovata, útil para representar todo lo malo, que no es sino todo lo que se opone al Partido. Y lo que principalmente se le opone es su versión de todas las cosas, por raro que parezca. Interesante es la visión de Orwell cuando postula que un arma para combatir a la Resistencia es ni más ni menos que la destrucción del lenguaje.

Mientras, como emblema del Partido, está Gran Hermano, otro a quien nadie ha visto. Es la figura a quien amar junto con el Partido, amor que significa simplemente a quien temer, obedecer y servir. Su cara omnipresente no permite dudar acerca de qué significa. Con su cara, la omnipresencia de pantallas que taladran la visión, el oído, la imaginación y la conciencia de los miembros del Partido exterior, con informaciones que son la presencia constante -día y noche- del relato oficial respecto de todas las cosas.

Y para la tercera parte de la sociedad, los que quedan afuera, los parias del sistema, nada de nada, porque son simples existentes sin valor moral o intelectual, mano de obra pobre, simples proles como se los llama, un poco de pan -poco- y circo, casi ni siquiera ideológico, para que los distraiga. La gilada, dirían unos; la negrada, dirían otros.

La otra cuestión que se apunta en esas escenas que muestro, además de la del odio obligatorio, es la del lenguaje. Un instrumento no sólo necesario sino axial. Su manipulación es la llave de las conciencias, es la argamasa de las construcciones ideológicas y políticas, es la osamenta del edificio interior, intelectual y moral. Para decirlo en términos de Tolkien, junto con el terror, el lenguaje es como si dijéramos un anillo único para gobernarlos a todos.

La reescritura constante de la historia a través del lenguaje es la obra maestra de esa manipulación. Tanto respecto del presente y el futuro, como, y esto es muy importante, respecto del pasado. Por otra parte, que una de las formas de tortura más crueles esté destinada a hacer que un reo, por remiso y traidor al Partido siquiera en su fuero íntimo, admita y consienta convencido que 2+2 es cinco, es un punto inspirado.

Un hombre de la deriva intelectual e ideológica de Orwell que ponga la verdad objetiva como un bien preciado y que afirme que la contraparte de la libertad es el conocimiento de la verdad, ciertamente ha traspasado -sin saber, quizá- el diktat al que como intelectual de izquierda está sometido. Ciertamente que Orwell pertenece al grupo de voces que es políticamente correcto escuchar en el mundo de la cultura, precisamente por su filiación ideológica, claro. Sin embargo, lo que no es políticamente correcto es el rechazo visceral de Orwell a esa intelligentzia, de cualquier signo.

Orwell nunca estuvo orgulloso de su trabajo en la BBC durante la guerra. Él mismo ya había juzgado con desprecio el papel de la prensa española del Frente Popular durante la guerra civil. Como anarquista, también él sufría las operaciones de prensa en contra de los enemigos de Moscú y eso le causó una impresión desagradable, perpleja y algo adolescente, que lo llevó a satirizar la situación en el Minitrue (ministerio de la verdad) para el que trabaja el protagonista Winston Smith en 1984, redactando constantemente los cambios y redefiniendo constantemente las palabras para que signifiquen lo que el Partido manda que signifiquen. La Neolengua es la herramiernta del automatismo individual y social.

Los otros tres ministerios del Partido en la novela, completan un cuadro que conviene retener. Inventar guerras contra lo que sea y asignarle a esos inventos sucesivos el papel de enemigo exterminador al que hay que combatir sin misericordia, con tal de mantener la cohesión interior, unidos los de adentro frente a las agresiones siempre exteriores; mantener en estado de escasez y control férreo los bienes y servicios para que la población dependa del Partido siempre, viviendo siempre racionada y al límite y aun teniendo que agradecer las dádivas mañosas; prohibir férreamente los amores al tiempo que promover un amor excluyente al Partido y a Gran Hermano, aniquilando todo afecto que no se dirija a ellos y procurándolo a través del constante condicionamiento, la persecución y la tortura.

Que los ministerios que regulan de este modo la vida entera se llamen, respectivamente, de la Paz, de la Abundancia y del Amor, es un intento simpático de Orwell por mostrar que su distopía es una sátira. Pero creo que no sabía del todo lo que estaba diciendo.

Lo que Orwell no vio -pasa con la obra de otros escritores- es que su perplejidad y fastidio ante el imperio, como ante el comunismo, el estalinismo, y de paso el fascismo o el nazismo, lo llevaba a describir un sistema terrible que no es patrimonio exclusivo de ninguna de esas formas.

Murió antes de cumplir los 47 años y no sé a qué punto podría haber llegado su crítica al sistema y cuáles habrían sido las consecuencias culturales de esa crítica. Pero a la vez se me hace que estaba muy condicionado por su experiencia existencial de los años que vivió. Su familia, su padre, el imperio, la India, Birmania, su pobreza, las decepciones políticas e ideológicas, las guerras mundiales, la falsedad de los intelectuales que lo rodeaban, su falta de fe (aunque al final de sus días pidió la asistencia del rito anglicano para sus exequias), hasta su mala salud, con la tuberculosis que al final se lo llevó de este valle.

Aun con ese handicap, sin embargo, creo que, hasta cierto punto, profetizó sin querer.

Y lo que pintó es un cuadro oscuro al estilo Goya en el que pueden verse, algo más que bocetadas, algunas líneas que crecieron monstruosamente y de modo constante y acelerado en los últimos 70 años. Orwell murió en 1950, cuando empezaba a trazarse el mapa espiritual del mundo actual. Como le ocurrió a Chesterton de otro modo, combatió enemigos que habrían de venir. Chesterton lo hizo con más clarividencia, a mi sabor. Y con más fundamento, porque su visión del mundo era más consistente, homogénea y verdadera. La propia ideología de Orwell iba a ser la responsable (no única, pero casi) del estado cultural que lo sobrevivió y que fue transformándose de manera proteica en el pensamiento único al que le queda poco espacio que ocupar en nuestros días, porque ya ha ocupado casi todo el orbe.

Hay muchas cuestiones que comentar de la novela, respecto de sus intenciones, sus orígenes, su influencia en ciertos ambientes, su secuela en el mundo y la cultura del mundo. Es obra muy socorrida y muy tironeada, como es inevitable que pase con las figuras y los símbolos polisémicos. Pero me basta lo que menciono.

Paradojas tiene la historia. Ha hecho que uno, que es uno de los suyos por tantos motivos, sea uno de los que ha puesto frente al mundo el espejo en el que se refleja una faz espantosa y opresiva. Y que lo haga no con la satisfacción angelical de una utopía, sino con la mueca y el rictus amargo y desencantado de una distopía asfixiante. Y más paradójico aún es, como ya se dijo, que la misma denuncia venga de quien, si viera triunfar las ideas que lo movieron a denunciar, lo que vería finalmente es su propia pesadilla hecha realidad.


Dicho esto, queda lo último por decir en esta serie. Pero será la próxima vez.





sábado, 11 de julio de 2020

Dos minutos de odio (II)





Tiene su miga el asunto del opio y por eso me demoro un poco en esto.

Hágame caso. Si yo fuera usted, leería con atención la deriva que llevó el narcotráfico inglés y holandés en China, pero más que nada el inglés y lo que hubo a su alrededor durante más de 200 años. Lo más lejos, todo arranca en los siglos XVI-XVII y de allí en adelante hasta mediados del siglo XX, aunque nunca se detuvo del todo la relación comercial. Claro que China ya no es de ninguna manera lo que fue en los siglos XVIII y XIX y menos aún lo que fue cuando perdió las dos guerras del opio, mayormente ante los ingleses, entre 1839 y 1860.

Pero, cuando lo lea, además de sorprenderse grandemente, tal vez no le parezca tan disparatada una suposición como ésta: acaso la paciencia china, digo yo, se tomó casi dos siglos para devolverle a Occidente las atenciones. Y la inundación de opio de los británicos, que tantos estragos de todo tipo les causó a los chinos en salud y economía, tal vez (tal vez justicia inmanente) fue devuelta envuelta para regalo en la forma de un bichito que dio vuelta al mundo patas pa'arriba, con curiosas y simétricas consecuencias en salud (reales o fictas) y en economía (éstas sí reales). Y si el bicihito no es chino de ningún modo, y aunque se sabe que la economía no es lo más importante, al menos China tiene la ocasión de aprovechar las consecuencias, para sus fines de hoy, como nunca antes en la historia la tuvo.

Hay una falacia que se llama post hoc, ergo propter hoc. Y no voy a caer en ella. Aunque lo que digo lo digo porque es curiosa la inversión de papeles, de ningún modo estoy postulando ut sic que las humillaciones chinas en torno al comercio del opio son la causa del descalabro planetario de nuestros días, que tiene un presunto origen chino. Por otra parte, decir se debe, la China humillada por el apetito comercial del Occidente mercantil en los siglos pasados, no era exactamente un convento de ursulinas: así como la China que parece que saldrá beneficiada en nuestros días tampoco tiene los motivos culturales y políticos que tal vez haya tenido aquella otra. Tienen otros motivos, también culturales y políticos, lejanamente emparentados con aquellos por la misma idiosincrasia china. Pero no son los mismos motivos y los que tiene ahora son decididamente nefastos y perversos. Creo que aun así esos motivos pueden cristalizar en modalidades parecidas que no dependen tanto de su raíz ideológica, como de una visión del mundo y los hombres que no es ni confucionista ni marxista, sino china. El gigante asiático sigue siendo un mundo misterioso y más bien cerrado sobre sí mismo. Lo era entonces y lo es ahora; pero ahora, a diferencia de antes, ha decidido adoptar, desde hace algunas decenas de años, un traje global que antes no usaba. Su capitalismo de estado, como llaman a lo que hace hoy China, es lo mismo que haber cambiado las vestes ancestrales o las revolucionarias maoístas por un traje, hasta incluso de Armani. Pero lo que hay adentro sigue siendo un chino. El traje le ha permitido sentarse sin desentonar a la mesa en la que se sientan los que hacen los grandes negocios, e ir a llevarlos o ir a buscarlos bien lejos de sus fronteras, con un pragmatismo del que no deberían alegrarse tanto cualesquiera de los modos capitalistas occidentales. Y estos señores no deberían sentirse tan ufanos de haber hecho entrar al rodeo del capital a los prescindentes e impredecibles orientales, porque los chinos se inmiscuyen en un Occidente ya casi sin espíritu, con algo más que también Occidente les exportó y les impuso: el marxismo, que también en la versión china es un opio al menos tan devastador como el de las amapolas, y ciertamente más.

Pero dejemos eso por ahora y volvamos un poco atrás. Porque el caso es que tan importante fue la "operación opio" para el comercio del imperio británico, que erigieron una administración formal y gubernamental que atendiera un inmenso negocio infame, con sus oficinas, presupuesto, papelería y funcionarios en la metrópoli y en las posesiones ultramarinas. Una compleja trama de contrabandos, sembradíos, producción y logística que abarcaba la entera Asia, desde Persia a la India, requirió las mismas condiciones de administración que hubiera insumido el tráfico de una materia noble a escala global, aunque ésta que ellos traficaban a mansalva era nefasta por naturaleza y por finalidad. Y todo eso requirió, además, de una inversión inglesa en sobornos ingentes para endulzar y malear las voluntades de los funcionarios chinos. Y, es claro, sin tales sobornos, a los emperadores que persiguieron el opio y lo prohibieron infructuosamente varias veces en los siglos XVIII y XIX, les hubiera resultado algo más fácil erradicar o controlar aquel narcotráfico y consumo devastador.

Cuando George Orwell nació en 1903, su padre era funcionario de esa red administrativa en la India, que era por entonces la plataforma británica de ese comercio vil en el Oriente lejano. Es interesante notar que Orwell tuvo una infancia de padre ausente, pues de corta edad volvió con su madre a Inglaterra, dejando atrás al funcionario narcotraficante. Por otra parte, hay que recordar también que apenas unos 40 años antes de que él naciera, en 1865, los ingleses habían fundado un banco, el HSBC, para atender las enormes ganancias que les dejaba el tráfico de opio y los negocios adyacentes.

Los británicos estaban muy orgullosos del ingenio con el que habían sorteado su angustiosa escasez de metálico, de principios del siglo XIX, para comerciar con China en abultadísimo beneficio propio, estableciendo el opio como moneda de cambio. Y, seguramente, se habrán sentado durante décadas en cómodos sillones desperdigados en la semipenumbra de los salones de paredes forradas de boiserie de caoba oscura de la Honourable East India Company, a trasegar morosamente su single malt, mientras se contaban unos a otros las proezas comerciales que el opio les habilitaba.

Pero si un día un neoimperio chino, en algo distinto del antiguo pero también parecido a un dragón voraz, impiadoso e impío, con una invariable expresión inescrutable en la mirada, teje alrededor del mundo una malla de seda cruel como el hierro e implacable como un libro rojo de Mao, tal vez los británicos vean, y sufran, antes de ser esclavizados por los dineros de un nuevo poder -amarillo y rojo... como el whiskey-, como si vieran en un espejo, qué significa la perversidad imperial de pretender ser, a como dé lugar, los señores del mundo, un mundo dominado a su imagen y semejanza.

Chesterton siempre fue un patriota sincero y eso le impedía amar, siquiera respetar, al imperio británico, el mismo imperio que cobijaba en su cúspide a conservadores que conservaban cosas indeseables en propio beneficio y en colusión infame con socialistas y líberals que esclavizaban al maltratado pueblo inglés en nombre de una historia y un estado tiránicos. Tal vez Eric Blair haya tenido una sensación parecida, pero tal vez haya sido lo bastante escéptico como para creer en una utopía socialista.

Tal vez a Blair-Orwell apenas le alcanzó para barruntar nubladamente qué era lo que quería destruir y merecía ser demolido. Y hasta para hacer una vibrante fenomenología de lo que un imperio espantoso haría con los hombres. Pero tal vez no pudo, no supo o no quiso darse cuenta de que lo que él propiciaba con los socialistas nombres filantrópicos de paz, progreso, democracia, libertad, y hasta revolución, eran los mismos nombres que la newspeak (la neolengua homicida que denunciaba en su propia novela 1984) usaba para encantar hipnóticamente a los futuros esclavos.

Tal vez, los años que su padre malgastó como perro guardián del negocio británico del opio, por una vía impensada hayan dejado alguna huella en el hijo, quién sabe. No sería extraño, con todo, porque así también la feliz inocencia en la que creció Chesterton, amparado por el custodio del país de las hadas que fue Edward, su padre, con su teatro de títeres, estuvo en la raíz del talante de Chesterton e hizo de él, finalmente, el que fue siendo.

De donde tal vez se siga un desopilante consejo para padres: si en vez de negociar con opio (cualquier cosa que se le parezca), puede hacer un teatro de títeres para sus hijos (y no se puede ni se debe de ningún modo mezclar ambos oficios): no lo dude, elija los títeres. De ese modo, es más probable que su hijo no se convierta en uno de ellos cuando llegue a adulto.


Y eso es todo por ahora, hasta el próximo capítulo de estas notas, que todavía falta.





jueves, 9 de julio de 2020

Dos minutos de odio (I)





En 1904, G. K. Chesterton publicó El Napoleón de Notting Hill. Hasta hace poco, sabíamos que era su primera novela. Después apareció una de juventud.

La acción se sitúa 80 años después, en un Londres ridículo de 1984 y de monarquía por sorteo. Por eso mismo, le toca ser rey a un chistoso empleado público que -dizque como broma- restablece el amor a lo inmediato, al barrio, con categorías medievales de estética y política. A los 30 años, Chesterton ya profesaba hacia rato su aversión al imperialismo del british imperio, pero advertía a la vez sobre una deformación posible del small is beautiful.

Eric Arthur Blair (lo conocemos como George Orwell, desde 1933) tenía afición a esta novela. En 1945 publica Animal Farm (Rebelión en la granja). Ya la tenía escrita en 1943 y recién pudo publicarla al finalizar la guerra. Cuatro años después, en 1949 (un año antes de morir de tuberculosis), publicó 1984.

Orwell detestaba el imperio al que había conocido en acción en el sudeste de Asia, donde fue policía en Birmania (había nacido en la India por el curioso oficio de su padre, oscuro funcionario en el imperial ministerio del opio, asunto de lo más interesante si lo miramos con ojos de hoy...)

Políticamente, Orwell fue derivando de su izquierda inicial hacia el trotskismo y el anarcosindicalismo, posiciones que adoptó después de su experiencia con obreros en Inglaterra y Francia y, más tarde, por su paso por los campos de batalla durante la guerra civil en la España de los años '30. Así las cosas, profesaba una versión del socialismo propia, que él llamaba democrático, vaya uno a saber por qué. Hay que apuntar a la vez que, en 1984, el partido de poder omnímodo y que ha generado la figura omnipresente de Gran hermano, se llama precisamente Ingsoc (socialismo inglés), parodia de lo que censuraba en el comunismo soviético aplicado en su propia tierra.

Tanto Animal farm como 1984 son novelitas distópicas. Una distopía más amarga que la de Notting Hill de GK y con intereses muy distintos. Las une, tal vez, la aversión al imperio. Pero Orwell, por más admirador de Chesterton que haya sido, apuntaba a la denuncia contra el comunismo en su versión soviética (particularmente, el stalinismo) y, en parte también (en 1984) contra el nazismo o toda forma que le cuadrara como totalitaria.

De todos modos, la coincidencia del 1984 chestertoniano con el de Orwell, no es casual. tampoco es casual que, en Animal farm, el cerdo finalmente tirano se llame Napoleón. En su caso, con ese nombre bautiza Chesterton a quien para amar lo propio -su barrio, Notting Hill- oprime a otros y a todos, en un desequilibrio no deseado por la broma inicial del rey por sorteo y que vuelve así las cosas al estado imperial, paradojalmente. Una batalla final perdida termina con las aspiraciones del Napoleón de Notting Hill pero, a la vez, pone las cosas en un punto muerto, en lo que siempre fue una especie de misterio para los lectores de GK. Algo le repicaba insistentemente a Orwell se ve.

Respecto de Animal farm (y en relación directa con la intención de estas notas que estoy desgranando aquí), no deja de ser curioso que un autor como Thomas S. Eliot la hubiera rechazado como editor. En un testimonio que rescata un artículo periodístico de Pepe Gutiérrez-Álvarez, hace unos 3 años, Eliot aparece haciéndole a Orwell una rara crítica para justificar el rechazo:
Otro editor que lo rechazó fue su admirado T, S. Eliot —admirado como poeta, porque Orwell nunca pudo transigir con un hombre que se sintió hasta cierto punto identificado con el franquismo y que llegó a apreciar a Salazar—, que en aquel momento coincidía curiosamente con el clima prosoviético existente en el país. La opinión de Eliot sobre la obra era bastante notable, reconocía que Orwell había logrado una "obra literaria perfecta", algo digno de Swift, pero no recomendaba la edición de un libro que fuera contra la corriente del momento. Para Eliot el compromiso editorial implicaba: "(La adhesión) a las tesis del autor, tanto en lo que reclama como en lo que rechaza; y el punto positivo, que interpreto como ‘trotskista’, no resulta convincente. Pienso que usted -Orwell- correrá el riesgo sin obtener en contrapartida el apoyo firme de algunos partidos—esos que critican a la URSS en nombre del comunismo puro y esos que, por el contrario, se preocupan por el porvenir de las pequeñas naciones- y, después de todo, sus cerdos son bastante más inteligentes que los otros animales y, en consecuencia, están más cualificados para dirigir la granja —de hecho no habría Rebelión en la granja sin ellos—; lo que no necesariamente tiene por qué aplicarse al comunismo sino a unos cerdos dotados de un mejor espíritu público".
Ya conocía Orwell esa actitud. Un editor líberal (con acento hay que decirlo para que se entienda que es de izquierda) ya había rechazado la obra por sugerencia de un funcionario del ministerio de Información británico, pues el gobierno estaba alineado en esos años con la URSS de Josip Stalin y la novela era inadmisiblemente trotskista.

En una columna que escribía en el Tribune, Orwell denunció el hecho hablando de la libertad de prensa. En otra ocasión, allí mismo, se enfureció con los intelectuales políticamente correctos (diríamos hoy) que, cuando la batalla de Varsovia, no censuraron la pasividad soviética ente la masacre de polacos, les dijo:
"Ante todo, un aviso a los periodistas ingleses de izquierdas y a los intelectuales en general: recuerden que la deshonestidad y la cobardía siempre se pagan. No vayan a creerse que por años y años pueden estar haciendo de serviles propagandistas del régimen soviético o de otro cualquiera y después volver repentinamente a la honestidad intelectual. Eso es prostitución y nada más que prostitución".

Dicho lo cual, que algo es algo, seguiré en la próxima.

Me queda pendiente el apunte sobre el opio inglés, cosas de 1984 que reputo vienen muy a cuento, algo más sobre Chesterton y, finalmente, el lío que se les armó a los esbirros de la intelligentzia con el asunto estadounidense de la muerte de George Floyd y el subsiguiente, ruidoso y oportunista Black Lives Matters.

Todo es parte del mismo paquete y se entrega por el mismo precio.

Y sépase que, el que las cosas estén tan entreveradas, no es culpa de su servidor.






lunes, 6 de julio de 2020

El amor al odio



 


Fue hace unos 6 años. Un stand up de Luis D'Elía en un barato show periodístico, un exabrupto que por entonces sonaba ridículo.

Del corazón de la militancia dura salía un gritito no solamente inverosímil sino mal actuado: amor, amor, amor...

Por entonces nadie lo tomó demasiado en serio. Había en esa payasada algo que disonaba con tanta evidencia que podía perfectamente pasarse por alto. Daba tantas posibilidades para el ramplón humor político porteño que ninguno tuvo la sobriedad de evitar la tentación y ponerse a mirarlo seriamente. A lo más que llegaron es a hacerle un legajo audiovisual de escrache, para mostrar que era inverosímil. Una estupidez efectista. Pero no lo tomaron en serio. Creo que fue lo que pasó. Mal hecho. Había que seguirlo con atención. Era una depurada estrategia retórica. Y lo es.

Al poco tiempo, desde la otra vereda, el amor volvió a salir al ruedo como argumento de campaña. Los asesores de imagen Pro se empeñaron a fondo para mostrar que los aspirantes a quedarse con la torta, esos muchachos casuals y de buenas maneras, eran realmente mansos y humildes de corazón. Enfrente, el odio de los corruptos y perversos. Lo mismo pero al revés.

No digo que con eso ganó Macri las elecciones de 2015. Pero, ¿habría ganado sin eso? No sé. Y creo que no, más bien. Produjo su efecto sedante y seráfico, que era el buscado. Se termina el odio: llega el amor. Y eso dijeron aquellas urnas ilusas y manipuladas.

Desde entonces, la batalla retórica se asentó finalmente con armas y bagajes en ese territorio. Los que aman, los que odian.

Simétricos, la lucha es por ver quién se queda con las palabras. Porque con esas palabras se modela el mundo, no en la realidad, sino en la cabeza y las emociones de los espectadores álogos.

La erección asistida de Alberto al podio de los jefes que mandan, estuvo acompañada por la misma melodía. Todos le fían ya derechamente el triunfo al antagónico par amor-odio. Bastó con un cepo bucal para Cristina y propalar la melíflua voz aguda y levemente ronca de Alberto, muy a propósito para el susurro de un amador. Un masaje acústico sin gritos, que tuvo su momento de abrazos, fotos de familia ampliada con amadores de la otra vereda, convergencias de papel maché, marionetas y títeres que se abrazan en defensa propia. Al adversario, si se sienta a la mesa, se lo considera un amador. Si no se sienta, es uno de los que odian.

La estructura retórica de esa navegación política es rentable. Una Argentina unida. Afuera quedan los que no quieren amar. Son los que odian y quieren odiar empecinadamente.

En eso estaba la comparsa de los dirigentes, cuando el bicho descalabró lo que apenas si se sostenía en pie.

Pero la estrategia proteica no se amilanó. Muy por el contrario, se trasladó al nuevo escenario sanitario.

Cuaretena y cuidarnos es amor. Lo demás es odio. La vereda inversa, con mucha menos fuerza (es verdad...) intentó lo mismo, pero sin convicción o tal vez sin suficiente pericia en la dialéctica. La vida (no entremos en demasiadas precisiones sobre el término...) sigue siendo una difusa pero eficacísima artillería, mucho más eficaz que las palabras económicas. Vean si no: los millones que la muy Pro ciudad de Buenos Aires gasta en misoprostol para abortar son una muestra de amor, pero su apertura a los runners y comercios, es odio. Diría que todos y cada uno de los asuntos que aparecen en la escena política y cultural hoy día, son susceptibles de ser pasados por el pan rallado de esa dupla de manipulación. Y descule usted las superposiciones dialécticas si le divierte el sudoku de las tramas discursivas.
 
De ese modo, sutilmente, el amor -ese amor político...- se pone y se saca el barbijo astutamente y merodea por muchas otras partes, lejos de las terapias intensivas o de los laboratorios de análisis. Y entonces, sólo algunos ejemplos, incursiona por los oportunistas programas sobre promoción de derechos de mujeres y colectivos LGTBHIJKetc. (más amor, contra el odio de los antiderechos...), el adoctrinamiento de emergencia para alumnos con prisión domiciliaria, pasando por soberanías alimentarias (otro nombre del amor, claro...) o la defensa irrestricta de Maduro (amor latinoamericano a la Patria Grande... digámoslo así...) y la complementaria excecración de los Trump, de los Bolsonaro o de cualquiera que fuera por otros rumbos, y dejemos las razones de esas otras derivas al margen, que no vienen al caso: es preciso tener el opuesto dialéctico vivo y a mano, para que el amor politizado destaque como el negro sobre el blanco y deje al adversario en el páramo siniestro del odio. Y así con toda cosa.

Siempre a mano el agitar la dupla antagónica para tratar de acorralar al adversario y, más que nada (porque es lo más importante), para amilanar la raquítica resistencia crítica del hombre común.

¿Quién quiere verse en el papel del odiador, si le ofrecen la pichincha de ser el amador?

Es así entonces como, estratégicamente, este par oportuno de amor y odio sigue allí. A ambos lados de la mesa, a ambos lados de la calle. Armas eficaces: el amor y el odio, sonsonetes machacadores para ablandar la carne de la opinión como se ablanda la carne para hacer una milanesa.

D'Elía puede ser muchas cosas, pero de boludo no tiene ni un rizo. Podrán decir que fue un atolondrado y que ventiló una estrategia a las apuradas. Y ni siquiera eso creo, mire, no lo creo en absoluto.

En esta batalla por el imaginario del hombre corriente, es tan consistente el tironeo diametral, con la soga del amor-odio en el medio, que tal vez lo que se vio entonces no haya sido más que un punto de arranque, lo suficientemente kitsch como causar una impresión significativa. Una especie de bomba de estruendo que daba inicio a los festejos.

¿Cómo se disuelve esa estrategia retórica? ¿Cómo se anula esa dialéctica perversa?

Difícil, le garanto. Muy difícil.

El aloguismo social es un buen terreno para la siembra de paradigmas envueltos en slogans.

Aunque saberlo, advertirlo, desnudarlo y defenderse todo lo que se pueda y críticamente de eso, ya es algo. No mucho. Pero algo es.