miércoles, 14 de octubre de 2020

Primavera en viaje




En el epígrafe de esta obrita breve que aquí dejo, hecha de 12 estampas de viaje en prosa y verso, hay una cita de Antoine de Saint-Exupéry, tomada de Ciudadela, que dice: Solo la dirección tiene sentido. Lo que importa es ir hacia y no haber llegado, porque nunca se llega a ninguna parte, salvo en la muerte,

Eso es todo.



martes, 13 de octubre de 2020

Lo último

 
No se cuenta por horas ni por días.

Parecen varias vidas superpuestas, tramos de vida. Y como muertes superpuestas. Lo siente así el corazón que ve que los lugares se van quedando y los pasos se van yendo, alejándose en el tiempo, primero. Y en la distancia después. 

No. No es tiempo. No es tiempo exactamente. Es distinto. Y es más.

En el aire había ese rumor de ausencia que al final de un viaje tiñe y opaca las cosas, los gestos, las palabras.

La mano se ufana en aprestos. Pero el corazón no se engaña, aunque no diga nada. Deja hacer, pero sabe.

– Lindos días...

– ...

– ¿Volvemos por los mismos caminos?

– No sé...

– En el camino se verá, ¿no?...

– Claro. Eso es viajar. 

– ¿Entonces hay que preparar algo para el camino? Algo de comer. ¿Vemos por ahí?

– No... 

– ¿No hay que preparar o no vemos?

– No vale la pena preparar nada. Seguro hay lugares simpáticos, lo mejor es encontrar algo por ahí.

– Es verdad... Buscamos algo por ahí y...

– No, buscar no. Encontrar, dije...

– Bueno, eso...

– No es lo mismo...

Pero los trajines de la partida se tragaron la guerra incipiente. Eso hace tener que volver: opaca las cosas, las palabras. Es un estado entre dos tiempos y dos lugares. Y el corazón en tensión entre un atrás de Arcadia y un adelante de odisea. 

Hasta que los pasos van a dar a los caminos. Y entonces viajar es otro viaje. No es estar. Es ir. Estando, los destinos son otra cosa. Un punto u otro, esto o aquello que hacer, planear no hacer nada. Estar es distinto. 

Pero también ir es distinto. Una flecha lanzada. Una flecha que apunta sin saber a un lugar que no se sabe, y que la lleva a otro lugar que no sabe, hasta llegar adonde sabe que va.

Y después están la ausencia y la distancia. Alejarse.

– Mejor no mirar para atrás, ¿no creés?

– Sería injusto. Si fue bueno, si fue feliz, ¿por qué hacer como que no fue?

– Eso es verdad...

– Mejor mirar para atrás, verlo de nuevo. Verlo alejarse. Alejarse, ¿ves? Hacerse lejos algo, hacerse lejos uno... pero si no hay de dónde alejarse es casi no haber estado uno en ningún lugar. Es injusto. Es mejor saber que está ahí. Y que uno estuvo ahí. Y si fue feliz allí recordar que allí fue feliz. Y querer volver, ¿no? Aunque no vuelva jamás. Querer volver. A ese lugar, a esos lugares o a otros que son como esos lugares. Después de todo, no es solamente el lugar, ¿no? Hay algo más que el lugar en un lugar. ¿O no?

– Sí, sí..., no es simplemente un lugar.




lunes, 12 de octubre de 2020

Lo anteúltimo

 

Este será el día inolvidable.

Eso decían a coro –mi espalda en tierra– los susurros verdes de los pastos tiernos.
Y un resplandor, solista sobre el agua,   
me cegaba la paz del mediodía con un ronco sonido de gozo.

El trigo, apenas doblegado;
el señorío límpido de la calandria sobre un sauce;
ese rumor de abejas sin abejas;
las manos enlazadas;
la mirada sin puerto navegando una nube transparente;
los pies descalzos y al aire dulce de los aromos en flor...

El día inolvidable.

El reposo anteúltimo, antes del último suspiro de la noche última;
antes de la nostalgia vuelta silencio en los caminos finales, indolentes,
que no saben nada de este día inolvidable.
Del día inolvidable y el de la luz más clara,
tibia como la memoria de estas horas.
De este día inolvidable, el de una mirada eterna y amorosa, 
que mira mi mirada que la mira como remedio del olvido.


Desamparo


La lluvia, en la intemperie del campo abierto, puede ser uno de los nombres del desamparo.

– ¿Y si no para?

– Es una agüita, nada más. Va a parar...

– Allá el cielo está muy negro, y oí esos truenos...

– El viento se la está llevando, eso no viene para este lado. Un poco de agua viene bien, faltó agua este año. En el invierno casi ni llovió. Una lluviecita de primavera, nada más.

Corrimos hasta un montecito medio ralo. Pero alcanzaba para refugio. Estábamos bien ahí.

– ¿Estamos lejos?

– No mucho. Igual, si volvemos nos mojamos lo mismo. Estamos bien acá. No va a empeorar. Pero podemos pegar la vuelta, si querés...

– No, no me da miedo. Pero digo por las cosas, se nos va a terminar mojando la mochila, todo...

Pero tenía miedo.

Llovió. No duró mucho. No demasiado, al menos. Pero la siguiente media hora se le hizo eterna.

Proponía movimientos de emergencia, imaginaba diluvios que mostraban su extranjería. 

En el llano no hay torrentes ni desbordes con una lluvia así. Salvo los temores a la catástrofe, si no se conoce mucho el campo. O si punza el desamparo.

– Vas a ver: en dos horas ni te vas a dar cuenta de que llovió, el viento seca todo. Está muy seca la tierra. Ropa y todo se seca. La mochila, las botas. Todo.

– ¿Es para tranquilizarme?

Una mueca simpática que ensayé sin dar vuelta la cara le dio la respuesta.


Así es el desamparo. 

A veces tiene esa pizca de fantasmas de soledad, de sin refugio. Nada podrá abrazarnos y ponernos a resguardo. Nada. Nadie.

Y entonces no basta con guarecerse. Porque esa intemperie no está afuera.

No es la lluvia. Ni el campo. Ni el viento.

Tal vez sea el corazón. 



domingo, 11 de octubre de 2020

Día que sonríe


Todas las cosas amanecen al unísono.

Y la misma alegría, cada una.

Piares bulliciosos, aleteos.
Y esa luz cobriza en las copas tempraneras,
penachos insolentes de unos troncos severos.
Un plantel de terneros que alborotan el bajo;
y ese blanco de garzas,
pintas de claridad sobre el agua oscura.

Sonrisas polifónicas,
partitura concorde 
que trama con rocío un vivace impetuoso 
y hace el frescor que estalla con el día. 

Sobre el campo, 
se despereza la bruma,
todavía somnolienta de su sueño amoroso. 
Y envuelta todavía en su traje de luna traslúcida, 
se abraza al humo fragante de un fuego revivido.

Entonces, aparece.

Y entonces, nuevamente,
todo imita expectante una sonrisa que viene de la noche:
y es ese el primer gesto que ven los ojos de todo alrededor,
la señal que hace renacer cada mañana.


 

Un camino


– Hasta aquí llegamos. Ahora hay que elegir...

Sin un mapa, un camino real pero de tierra, en medio del campo. Encajonado, desconocido. Sólo alambrados por todas partes. Ninguna tranquera. Sembrados, algún lote grande con un poco de hacienda. Pocos montes de árboles a la distancia. Ninguna casa, ningún molino. Rastros humanos todo alrededor y nadie a la vista. 

– Pero veníamos bien...

– Sí... O deberíamos haber doblado antes, no sé...

Ahora hay una bifurcación repentina. Dos caminos casi idénticos. Anchos los dos, huellas iguales. Y parece que se perdieran en medio de la nada los dos. 

– ¿Qué te parece a vos? ¿Qué hacemos?

– ...

Hay una nota de urgencia y de ansiedad en la voz. Es verdad: esa soledad en el campo puede ser inquietante. Y desorientarse un poco. 

Pero, ¿no pasa que a veces haya que esperar? Y esperar. Y ver. Tratar de ver. No poco tiempo. 

Y la bifurcación adelante, impávida. Esperándonos ella a nosotros. Viendo a ver qué haremos.

– No podemos quedarnos acá. Pero, ¿y si le erramos?

– Claro...




sábado, 10 de octubre de 2020

El río


Fue una mañana inesperada de dos primaveras juntas.

Entonces un llano se abrió al cielo.

Y brotó una mansedumbre hacia el este
que fluía delicadamente,
mientras acariciaba manzanillas diminutas 
y el dorado de unos dientes de león sedientos.

Oí su rumor,
y su rumor me atrajo: 
aromaba como un perfume de mujer.

Ahora, por una llanura azul y bajo un cielo de plata,
había un agua nueva y fresca. 

Amorosamente limpia.

Remansada, rítmica, graciosa, libre. 
Orladas sus orillas de dos primaveras.

Cantaba susurrando como un río.

Era un río.



Explicación


Es tan grande la laguna que bordearla nos llevó toda la mañana hasta el mediodía, aunque salimos cuando clareaba.

En el rincón más alejado, adonde no se llega sino por agua o como lo hicimos, siguiendo su costa casi entera, había una mezcla de refugio y choza. Nos dijeron después que era de los pescadores y que allí hacían noche cuando llegaba la temporada del pejerrey.

Apenas un muelle precario. Tablas grises, muy viejas. Unos postes de madera dura, clavados en el agua.

Habíamos llevado una vianda muy frugal. Sentados allí, el silencio era impresionante.

– ¿Te diste cuenta de que hay una cantidad de ruidos y sonidos? Y parece todo tan callado...

– Será por nuestros propios ruidos, cuando caminamos, la respiración, mover los pastos, las ramas. Cruzamos unas palabras. Y cuando nos paramos a mirar o a descansar, todo eso desaparece y nos hará la impresión de que se hace el silencio...

– ¿Y no tenés una explicación más poética? Parece el diario de viaje de un explorador...

– ...

Lo dijo con una sonrisa divertida, sin mirarme. Pero era un reproche. Y tenía algo de razón.

Pero si había una explicación más poética, la tenía en la mirada. 

Porque ese día, allí, el silencio estaba en la mirada, no en el oído.




viernes, 9 de octubre de 2020

Una sola vez


– ¿Lo viste?

– ¿El pájaro?

– Sí..., ¿lo viste?

– Sí. Qué raro el color, ¿no?

– Muy raro... y tan chiquito..., qué lindo es...

– Ahora no lo veo... voló...

– No, yo tampoco. Qué lástima. Y qué lindo cómo canta.

– Lástima, sí...


Y no lo volvimos a ver. Ni a oír. Pasó la tarde y no volvió a aparecer.


– ¿Estamos buscando al pajarito de ayer?

Era la mañana siguiente, casi al mediodía.

– No..., no... Estamos caminando...

– Querés volver a verlo...

– ...

– Por ahí aparece. O no lo vemos nunca más. Eso también sería lindo, ¿no?

– ...

– De veras, te digo. Una cosa única, una sola vez...

– ...




Javier Anzoátegui




Justicia al mérito.

Hace poco, como juez de un tribunal oral, Javier Anzoátegui agregó un Excursus al voto con el que falló en un caso que incluía un aborto practicado a una niña de 13 años. Luis Rizzi, otro de los jueces del mismo tribunal, adhirió a ese voto y al agregado, claro. 

El Excursus se refiere al aborto al que fue sometida la niña y a las responsabilidades por ese asesinato.

De izquierda a derecha, funcionarios, periodistas, lenguaraces y más y más, hicieron jirones de Anzoátegui y de Rizzi. Y no es la primera vez. Y no es improbable que eso les cueste algo a ambos.

Inmundo y previsible.

Pero el gesto de Anzoátegui ahí está y ahí se queda. Porque las palabras de Anzoátegui son, además de palabras, un hecho. Toda palabra lo es, y de un modo que los hombres –porque están hechas de aire– no advertimos del todo.

No es del todo cierto eso de que verba volant, scripta manent.

Cuidado: las palabras dichas también quedan. Las palabras dichas y no solo las escritas. Las palabras, todas las palabras, quedan. 

Y, antes que nada, quedan en el hombre mismo que las dice.

Porque "no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre".

Y lo que sale no solo contamina. También puede hacer lo contrario. 

Dios primero, ya se van a enterar de esto al final Javier Anzoátegui y Luis Rizzi.

Y los que hicieron jirones de las personas y famas de Javier Anzoátegui y Luis Rizzi, Dios primero, también se van a enterar, al final.



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El boletín perseverante Notivida, de Mónica del Río, se ocupó de publicar el Excursus y lo dejo, tomándoselo prestado, en este enlace:


Excursus del voto de Javier Anzoátegui.