En las últimas semanas, a partir del 23 de mayo, hubo en la Argentina dos muertes singulares, por distintos motivos.
Agostina Vera, una niña cordobesa de 14 años, fue secuestrada, probablemente abusada, muerta y descuartizada por al menos una persona que tenía alguna relación con su madre.
Días más tarde, murió Carlos Alberto Solari de un ACV hemorrágico, mientras se bañaba de madrugada en su pileta de natación, en su quinta de Parque Leloir.
No escribo esto para decir de ellos algo en particular. No ahora al menos.
Están aquí porque a ambos los une un fenómeno de esos que surgen como de la nada, pero significan algo.
Agostina Vera, por su suerte terrible, fue a parar a las pancartas de la multitudinaria 4ta. marcha Ni una menos, como emblema político, y como bandera de un feminismo que juntó a madres de Plaza de Mayo, a pañuelos verdes, a "colectivos" lgbt... etc., a parte de la dirigencia partidaria, artistas, escritores y público en general.
La muerte de Solari puso en escena a una multitud muchas veces mayor que la de la marcha, en la que no faltaron en todo momento voces políticas y del staff de un sector artístico. Muchas de esas voces compartieron ambas manifestaciones.
El asunto es que, en ese breve tiempo, se vio también en las calles y en las tribunas políticas un claro aprovechamiento de expresiones multitudinarias para expresar malestar con el gobierno, en primer lugar, y con la deriva ideológica que impulsa.
Nadie pudo haber tenido en el radar la súbita aparición de multitudes callejeras que, mayoritariamente, se mostraron como opositores. Ni siquiera en vida del cantante se expresó la multitud en esos términos tan explícitos, fuera de los límites del pogo de las presentaciones. Pero, ya que estamos, hablemos de cantidades: quien diga que nunca el cantante congregó a parvas y parvas de files a sus "misas" (¡qué ganas de joder con la religión!), o no lo sabe o se hace el distraído.
Por su parte, fue la cercanía de la marcha feminista –y la marcha misma– la que le dio a Agostina Vera un efímero papel que nadie podría haber supuesto que encarnaría.
Lamentablemente, Agostina Vera no es la primera niña que desaparece y aparece muerta tiempo después, ni es la primera mujer muerta y descuartizada por gente que tiene relación con el poder político.
Las canciones de Solari, en medio de delirios que tal vez quisieron ser imitaciones de autores de la onda beat, siempre tuvieron un contenido político y siempre expresaron un modo de vida, un estado de cultura, hasta un perfil religioso (y va de nuevo...), afín a corrientes políticas de izquierda, de centro izquierda, nacionales-populares, progres, o lo que diantres fuera que quiso decir y que las multitudes consumieron. No me consta que hayan entendido todo, especialmente aquellas cosas que eran producto del fluir de la conciencia o de la escritura automática de su autor. Pero se identificaron con el ruido potente de su rock y se sintieron representados por su perfil de gurú esotérico o de mistagogo de liturgias extravagantes. Sus seguidores, mayormente, se consideran "pueblo" y muchos de ellos peronistas, en sentido lato. Tal vez fruto de una alquimia misteriosa que el cantante destiló con habilidad.
Pero es la proximidad y las consecuencias de ambas muertes en la calle lo que quiero subrayar.
Porque así pasan las cosas. Mientras algunos están mirando el daño que puede causarle a la autoestima de Javier Milei la rebeldía de Patricia Bullrich en el senado, u otros están hurgando en la corrupción de miembros del gobierno o algunos más maquinan sucesiones potables que sigan el rumbo en el próximo turno, algo pasa en Dinamarca.
Entonces, también importa subrayar que, con ambas muertes y sus secuelas callejeras, brotó un memento estridente: una cultura, un modo de cultura, política, social, económica, sexual, moral, religiosa (y van tres...).
Una liturgia conocida (usemos el lenguaje periodístico...) que, por ejemplo, los libertarios no saben cómo ahogar, porque no tienen con qué, porque en el fondo no es su asunto. Porque no es la batalla cultural que vinieron a dar. Una liturgia conocida que despierta el apetito de quienes por afinidad quieren colgarse de ella y pescar votos entre sus fieles.
Pero también una liturgia que tiene raíz extendida que viene de una semilla que fue sembrada con tiempo y muchos recursos para que creciera y se hiciera fuerte.
La marcha feminista y el (¿último?) "pogo más grande del mundo", estallaron (casi) sin pedir permiso, sin avisar. Aunque no sin alguna preparación.
Si el peronismo lo hubiera programado no le salía, como no viene saliéndole juntar multitudes para arropar a Cristina Fernández o juntar cabezas para empujar un capitalismo de estado o un estado empresario o un colectivismo industrialista agazapado en un nacionalismo popular, que es apenas una etiqueta que esconde elucubraciones geopolíticas más sofisticadas y no siempre nacidas en estas pampas.
Si la izquierda quisiera poner esa cantidad de cabezas en la calle, no le saldría, porque no le sale y querría que le saliera, pero no tiene esa cantidad de cabezas para pensar siquiera que podría salirle.
Parece que hay concluir en que la Argentina se despierta un día y descubre que la gente que se desparrama por las calles es feminista porque descuartizaron a una niña inocente en Córdoba o es nacional y popular, digamos así, porque un cantante dizque surrealista y más bien peronista murió de un ACV en su pileta, en una madrugada de Parque Leloir.
Si la patria va a terminar siendo ricotera, alguien tiene que hacerse cargo de la ricota que los ricoteros consumen. Si la patria ya tiene ese feminismo en la sangre, alguien tiene que hacerse cargo de la sangre que le trasfundieron.
Si lo que vimos en estas últimas dos semanas en las calles es una muestra de lo que veremos, alguien tiene que hacerse cargo del menú.
Finalmente, entre otras cosas que se dicen a propósito particularmente de la muerte del cantante, había expresiones que no me llamaron la atención. Son aquellas que hacen un dream team de lo popular argentino. Siguen la línea de la identificación obligada de lo popular con preferencias partidarias, a veces algo ampliadas para que quepan todas las figuras que se oponen o dicen que se oponen a un modelo que se sitúa en el lado opuesto, sea cual sea. La figura geométrica que resulta de ese rejunte es un poliedro, para que en cada cara de ese poliedro haya algo o alguien que resulte opuesto a algo. Un panteón de padres de la patria que se agrupan en un cartel para expresar una concepción de la patria opuesta a otra.
Tal vez sea un poco iluso pensar que esas muertes se van a trasladar, así como así, a las urnas. No porque este gobierno tenga méritos para perdurar, sino porque se necesita mucho más que gente en la calle para que este gobierno se vaya y no vuelva más.
Si acaso, eso podría servir para que este gobierno pierda una elección.
Pero para no que vuelva más hace falta algo que no se ve que alguien o algo esté en condiciones de ofrecer y llevar a la práctica, ni moral ni políticamente.