miércoles, 28 de septiembre de 2022

Los papeles de Miguel (IV)


¿En marcha?

La tarde se me fue en trabajos y escritos. Apenas una salida de unas dos horas para socorrer a un amigo que necesitaba transporte.

Cuando volví, ya oscuro, sobre la mesa estaba el misterio de Miguel en su ropaje de papeles. Una breve demora más para preparar algo caliente con que afrontar el asunto y, con cierta inquietud, me senté finalmente frente a lo que el viejo restaurador me había entregado a la mañana.

La señal que Miguel me dejó en la esquela trabajaba mi ánimo. ¿Debía ponerme en marcha en ese camino imaginario del que hablaba? ¿No era más prudente tomar el asunto como una excentricidad, tramada con unas cuantas metáforas o analogías? ¿Era imaginario o había efectivamente un camino real?

Y resultó que sí lo había.

Estuve un rato mirando lo que se suponía sería la tapa, si eso fuera efectivamente un libro. No había imágenes, sólo tipografía y el nombre de Miguel, además de un año al pie, que, curiosamente, no era el año en el que estábamos, pero en ese momento pensé que se trataba de un error de tipeo y no le di importancia.

La Advertencia al lector eran en realidad tres párrafos crípticos. Si pensaba introducir o guiar con eso la lectura, había fracasado. Eso, al menos, pensé cuando los leí y, ya algo impaciente por ese galimatías, apuré el paso y me fui a la primera página del texto. 

La primera cosa extraña que noté al mirar la página fue que, debajo del título, entre paréntesis y en bastardilla, había una leyenda que indicaba, con un tono que se me figuró algo imperativo, en qué lugar había que leer el poema en cuestión: ("para leer en..."). Tampoco allí faltaba el detalle críptico, porque, como vi después, cada título era el nombre de alguna flor o de algún árbol.

Otra vez sobrevino un cierto disgusto. Miguel se estaba tomando demasiadas atribuciones. Empecé a pasar las páginas rápidamente y en todos los poemas había una instrucción igual, aunque los lugares y la botánica cambiaban cada vez. En el repaso, advertí algo que la molestia de la primera página no me había dejado ver: no era sólo el lugar sino un punto determinado en ese lugar.

Cerré el cartapacio, en parte fastidiado pero de otra parte con una sensación confusa, mezcla de resistencia y obligación. Sobresalía una hoja y por instinto volví a abrir el cartapacio para acomodarla. Era la esquela de Miguel. Y, fantasiosamente, se me presentó como una señal. Como si Miguel me recordara de ese modo el contenido de la esquela y las dos frases subrayadas: siguiendo los caminos, se llega al final, pero que una vez tomado el camino, sólo queda llegar al final.

Tomé los papeles y los llevé al escritorio. Caminé como un autómata hasta el cuarto, busqué una campera y salí a la noche algo más que fresca. Durante bastante tiempo anduve al azar y sin rumbo, porque caminar me parecía que me alejaba sobre todo de una determinación: ¿me pondría en marcha o no?

Cada vez que lo pensaba sentía un rechazo visceral. Tal vez, muy probablemente, porque sentía que se me obligaba a algo que no había decidido por mi propia cuenta. Y no me gusta que me obliguen. Pero tal vez porque intuía muy borrosamente que mi participación en lo que consideraba un disparate tenía un sentido. Y esa era la verdadera obligación: cumplir el papel que aquella aventura pedía de mí.

Pasé sin advertirlo por la puerta de un pequeño bodegón. Lo habré registrado sin mirarlo porque, a los pocos pasos, me volví y entré. Busqué una mesa apartada y una obsequiosa señora de mediana edad se acercó a saludarme y ofrecerme la carta.

Mientras hacía que la leía (debe de haber advertido mi distracción): "Esta noche hay sorrentinos con crema de hongos", dijo con una sonrisa afable y sincera y asintió animándome a hacer lo mismo.

Pedí una copa de vino y comí ensimismado, solo distraído por la mujer que otras dos veces se acercó a la mesa. Siempre algo ido, pagué y volví a caminar un rato ahora por las calles vacías de la casi medianoche.

Cuando llegué a casa, siempre automáticamente, busqué el bolso de viaje y lo dejé junto a la silla. Lo miré meneando la cabeza en un gesto todavía de incredulidad y me dispuse a acostarme. Apenas unos minutos y me dormí. Pero en esos minutos alcancé a tener la imagen de estar manejando por una ruta rumbo a un punto desconocido de un lugar en medio de la provincia.

(continúa)




sábado, 24 de septiembre de 2022

Del amor sin tiempo, ahora





Hace unos cinco años, en una entrada que se tituló Del amor sin tiempo, traje este poema y dije que alguna vez tendría que decir en qué circuntancias misteriosas y felices nació. Felices me parecieron bastante después. Misteriosas son todavía, en algún sentido.

Pero ahora es cuando llegó el momento de contar su historia.

A principios de la década de 1990, todavía hacía algunas cosas en periodismo. Entre ellas, dirigía en mi comarca El Juglar, una revista local que, con todo y eso de ser local, logró alguno de esos premios que suelen darse.

Había un diseñador excelente con el que nos entendíamos de maravillas. Era muy talentoso y no podíamos ser más distintos en casi todo, menos en una cosa: el gozo de la belleza, aunque –hay que decirlo– también en ese territorio teníamos diferencias. 

Por razones de amistad, en esos días ayudaba a un otro amigo con alguna publicación de otro género, que también requería de un diseñador. Le pedí al de El Juglar que hiciera el trabajo. Como un servidor se ocupaba pro bono, a él le pareció que tampoco debía cobrar por su oficio. Y a pesar de que hubo discusión sobre ese punto, así fue finalmente. De modo que ambos nos aplicábamos por amor al arte.

En uno de los últimos encuentros por ese trabajo, me contó que unos amigos se casaban en España y que él había ofrecido su arte para hacerles las participaciones. Era un especialista de muy alto nivel en tipografías y se ocupaba de eso en la UBA, además, en una cátedra prestigiosa. También tenía sus conceptos en materia de papel y tintas a usar y era casi obsesivo buscando la nobleza de los materiales.

Pero resultó que quería ponerle algo de poesía al oficio y no sabía qué. De modo que me preguntó si podía buscar algún texto lírico que sirviera para la ocasión, ya que ése era mi oficio, según él. No el de buscar, sino el de la poesía.

Estaba en deuda con su generosidad, de modo que no quería negarme y sí quería corresponder.

Temprano, una mañana de sábado, lluviosa y destemplada, y con nada de ganas de bajar a la ciudad, tuve que tomar el tren, vacío a esas horas de un día de fin de semana. Llevaba un libro para paliar el viaje a Babilonia, que siempre me disgusta. Unos ensayos de Josef Pieper sobre los mitos platónicos fueron los elegidos. Busqué un asiento, me arropé, veía los goterones apedreando los vidrios de la ventanillas. El aire frío se colaba por todas partes. Lamentaba mi suerte, pero habíamos quedado en reunirnos ese día para retirar el trabajo que le había pedido y que ya había completado.

Apenas al salir de la estación del pueblo, el tren bordeaba a su izquierda un paredón que lucía unas pintadas políticas de ocasión. Miré distraídamente las letras y, quién sabe por cuál asociación insólita, me acordé, sobresaltado, del pedido del diseñador con el que quería cumplir y había olvidado por completo. Mi angustia aumentaba tratando de recordar algo que pudiera servirle. No eran tiempos como los nuestros de estos días. No estaba disponible la biblioteca virtual que ofrece todo de todo, o casi. Pero la verdadera angustia venía de mi memoria raquítica. ¿A qué estante de mi memoria vacía iba a recurrir? Sólo recordaba unos versitos de Machado en Mairena, pero –gustándome y todo– a esa altura sonaban pobres.

Dos o tres estaciones pasé hundido en un sentimiento agrio de ingratitud vergonzosa. Pieper, mientras tanto, no podía abrir la boca: la urgencia no lo dejaba decir lo suyo. De hecho, casi ni reparé en el librito que tenía en la mano. Hasta que reparé en él. Cuando llevo un libro "para el viaje", suelo poner una o dos hojas adentro y llevo un lápiz. Esa vez puse al salir una hoja que ya tenía alguna que otra nota sobre Platón. Quedaba una espacio todavía.

Lo único que podía hacer era remediar el olvido con unas líneas propias. Y eso hice.

¿Era eso escribir versos por encargo? No supe que decirme entonces. Pero sí me lo pregunté una y otra vez durante años y en esos mismos años nunca estuve seguro de la respuesta. Si hubiera sido eso, me rebelaba la idea de tal modo que la rechazaba de plano, siquiera antes de considerarla. Y creo que, por entonces, era una reacción intuitiva.

Y así fue, hasta algunos años después, en medio de estos 30 años que han pasado desde entonces. Y pasó que me di cuenta un día de que el tú lírico siempre es el mismo, siempre corresponde a una sola persona. Y a sólo ella. O, para ser bastante más exacto, a un sólo amor, a una sola amada, siempre ella el de los poemas, aunque jamás se la nombre. 

Porque, como decía días atrás, el nombre que está grabado en el corazón, es el nombre de la persona con la que "se habla" en un poema, en todos los poemas, siempre: "Prendido está en mi alma vuestro gesto", diría Garcilaso, a su modo.

El caso fue que, en cuanto llegué a su estudio, el diseñador tuvo primero que oír la historia de cómo nacieron esos versos. Y eso, que a mi me avergonzaba y humillaba, a él le parecíó increíble y excepcional. Estaba tan entusiasmado que casi ni hablamos de lo que nos había reunido y en cambio se puso a especular respecto del tipo de letra y el papel que usaría, y cosas así...

Pasó casi un año, no volví a verlo. Pero una mañana, los de la casa me anunciaron que alguien me buscaba afuera para entregarme algo que me había traído. Era el diseñador que, con emoción, en la vereda misma, me entregó el original del poema que había usado para hacer la tarjeta. Un finísimo papel de algodón sin químicos, escrito con una tinta especial y con una tipografía que él mismo había rediseñado. Y es eso mismo que me entregó lo que ilustra esta entrada.

Al acto solemne de la entrega ritual, le agregó el cuento de la la suerte que corrieron los versos, después de aquella boda española. Y así fue como contó que se esparcieron por otras partes, porque algunos de los asistentes le pidieron permiso a los novios para usarlos en sus respectivas bodas.

Gustavo –ése es su nombre– estaba más contento que un servidor, que más bien estaba sorprendido, y la suya era una alegría genuina y artística, una alegría despojada completamente de vanidad y sólo atenta a la obra de arte, que fortuitamente mi falta de memoria había ayudado a componer.

Hoy, en una charla con un amigo de visita, mientras hacía unos trabajos de carpintería, recordé el episodio, porque los temas derivaron hacia esos asuntos y porque también él conoció a Gustavo en aquellos años y a propósito de El Juglar.

Es el episodio lo que recordé hoy. No los versos, que son de las pocas cosas que recuerdo de las que pude haber compuesto. 

El misterio de lo que dicen y la razón de ese misterio, tal vez quede para otra vez. Tal vez no.




miércoles, 21 de septiembre de 2022

El amor de su vida


Unas lecturas para preparar unas charlas sobre el lenguaje de la poesía, me llevaron a un ensayo lleno de sugerencias. Trata sobre el retrato y el nombre de la amada grabado en el corazón del amante y el rastreo de esa cuestión en los testimonios literarios. Porque es tópico literario antiguo, muy antiguo, y aun llega a estos días nuestros.

Si alguien se interesa, aquí queda la forma de llegar a él. 


Pero, a la vez, releía también la biografía de F. Dostoievsky que con acierto escribió el ya fallecido noruego Geir Kjietsaa. Y –así son las cosas– a propósito de un episodio que allí se cuenta, me fui por el camino de los ejemplos de poetas que han llevado en el corazón el retrato y el nombre inscripto de su amada. O más precisamente del amor de su vida.

Dostoievsky, se sabe, se casó dos veces y tuvo hijos con la segunda mujer, Anna Grigorievna Snitkina. La primera fue Maria Dmitrievna Isayeva, bastante mayor que él. Sin embargo, el amor de su vida fue Apolinaria Prokofievna Suslova, a quien llamaban Polina Suslova. Más joven que Fiodor, era una muchacha de carácter vivo que iba y venía en los avatares de la relación, relación que no llegó a matrimonio. Pero ella quedó en la obra del escritor en varias novelas y relatos. La que se destaca, entre varias, es la apasionante Nastasia Filipovna de El Idiota, de la que el protagonista, el epiléptico Lev Nicolaievitch Myshkin (como el autor), está perdidamente enamorado.

Algo parecido puede decirse de Catulo, el joven poeta romano del siglo I aC, y su tormentosa relación con Clodia, que dio origen a no pocos de sus Carmina. Tormenta del corazón de la que quería y no quería desprenderse y que atestigua el conocido Carmen 85, Odi et amo

¿Y Dante? No hay un solo verso dedicado a Gemma Donati, su esposa y madre de sus hijos Giovanni, Pietro, Jacopo y Antonia (que tomó los hábitos con el nombre del amor de la vida de Dante... sor Beatrice). Toda la obra del altissimo poeta, prácticamente está puesta bajo el nombre de quien lleva en su corazón: Beatrice.

¿Y su vecino aretino, Petrarca? Sabemos que tuvo dos hijos y no sabemos bien de quién son hijos, y no sabemos mucho más que eso de su vida amorosa. Pero, allí está su Canzionere, para decir que lleva grabado indeleblemente el nombre de Laura de Noves en su corazón y en la mano con la que le escribe y alaba.

Y algo parecido a lo que se dice de Gemma Donati, se dice de Anne Hathaway, la mujer de William Shakespeare, 8 años mayor que él, con quien casó a los 18 años y fue la madre de al menos 3 de sus hijos. De los 154 sonetos que se le atribuyen a Wil Shakespeare, buena parte dedicados a amores del poeta, hay apenas uno dedicado a ella, con frases ambiguas según algunos críticos. Tan difícil como eso es rastrear a la misma Anne en las obras de teatro.

¿Y Garcilaso de la Vega? Hombre gentil y valiente... y enamoradizo y muy atractivo para las mujeres. Con muchas tuvo asuntos. Pero casó con Elena de Zúñiga que le dio 5 de los hijos que tuvo el Príncipe de las letras castellanas. ¿Elena es la Elisa que Garcilaso tiene grabada en su corazón y persiguió en casi toda su obra? No y no sabemos, dicho sea al pasar, quién sea exactamente esa Elisa (si Beatriz de Sa o Isabel Freyre, bellísimas ambas), la Elisa cuyo nombre tuvo en los labios en sus últimas y heroicas horas de vida corta.

¿Y Cervantes? Sabemos que, de un amorío, nació una hija, Isabel de Saavedra, reconocida por él recién cuando la niña tenía 15 años y la única que se le conoce. Pero, poco después del nacimiento de la niña, casó con otra joven, Catalina de Salazar, casi 20 años menor que apenas había conocido hacía unos 2 ó 3 meses, en la casa de amigos y casualmente. Con ella, por largos y frecuentes viajes del poeta, vivió muy intermitentemente por unos 15 años. En cambio, ya  no se separó de ella en los últimos 15 años de vida. Dicen las biografías que Catalina lo amó. Sin embargo, apenas hay unas líneas –muy formales y consideradas– que se estima están dedicadas a ella en el Quijote de 1615, la segunda parte. ¿Era Catalina su Dulcinea, la que Quijote llevaba en su corazón grabada? No parece y diría que no.

En fin. 

No hace falta mucho más –y hay mucho más– para que quede dicho lo que queda dicho.

Ahora bien.

Entre los aforismos de su De tumbo en tumba, Braulio Anzóategui, en el capítulo de Abril de 1966, incluyó uno titulado Anónimo:
Me lo previno una vez un santo confesor, viejo y cargado de juvenil sabiduría: es difícil, muy difícil, hijo, quitarse una mujer de encima; pero más difícil es quitársela de abajo.
Además de arruinarle el chiste al filoso y jacarandoso Braulio, sería una mojigatería zonza ponerse a especular sobre la moralidad del consejo o de la inclusión de la leve zafaduría en el libro...

Pero no puedo dejar pasar un asunto, digamos, espacial, mi estimado Braulio.

Porque no se trata de encima o de abajo.

La cuestión es el adentro: el corazón.

Porque, si es difícil, y muy difícil, lo que dice el confesor que es difícil y muy difícil (y no hay discusión sobre esto), nada dijo en cambio el viejo sabio del adentro, del corazón: allí donde el nombre y el retrato y el ser de la amada se graban, indelebles.

Y conjeturo que no lo dijo porque, precisamente, era sabio. Y sabría que el nombre de la amada que el amante lleva de ese modo en el corazón grabado, resulta que, si allí está, allí se queda.

¿Y con eso?

Y con eso, eso.



domingo, 18 de septiembre de 2022

Los papeles de Miguel (III)


El primer camino.


Estacioné en una calle cortada. A las 10 de la mañana no quedaba un solo lugar libre, salvo ése. Estaba a media cuadra de la dirección que indicaba el pequeño papel de Miguel, a la vuelta de donde había dejado el auto. El contraste entre el páramo de la calle cortada y el resto era curioso: ni un solo árbol en las veredas de la calle chica y en la calle grande había una mezcla de plátanos bastante viejos y una siembra de fresnos relativamente reciente, parecían ciudades distintas.

Casi justo en la mitad de la cuadra, había un pequeño local, pero estaba cerrado. Las rejas eran antiguas y eso llamaba la atención. Parecían ornamentales más que seguras. Pero el paso lo cerraban de cualquier manera. El local estaba adosado a una casa antigua como las que se ven en los barrios viejos. Un pequeño pero muy cuidado jardín al frente y a unos diez metros la casa, que comenzaba, bajo un porche, con una torneada puerta de roble alta con visillos y una ventana alta y angosta a su lado.

Una cortina se corrió después de un minuto cuando llamé con lo que parecía un timbre, pero era en realidad una pequeña campana en el porche. El mecanismo era curioso y en eso estaba pensando cuando una mano me indicaba desde la ventana que ya me atendería enseguida.

Un hombre que habría pasado los 70 años caminó sonriente hasta la reja de la puerta de calle. Cuando levantó la cabeza me miró amablemente intrigado.

Le expliqué lo más claramente que pude qué me había traído hasta allí y me disculpé por molestarlo en la casa, porque el local estaba cerrado y la dirección que tenía era la del local.

Sonrió otra vez y meneó la cabeza asintiendo. 

–Usted viene por lo de Miguel –me dijo y me sorprendió.

– Sí, en realidad, le confieso que no sé exactamente qué es "lo de Miguel..." pero...

–Claro, entiendo... –y siguió sonriendo.

Sin abrir la puerta de reja, me pidió que esperara. Iría a abrir el local.

–Miguel dejó algo para usted y me avisó que vendría, pero yo lo esperaba hace unos meses... 

Lo dijo mientras se daba vuelta y se dirigía al local. Si la mueca sutil era de reproche, había logrado el punto justo como para que no lo supiera de cierto. Alcé los hombros por toda respuesta.

Entró al local por una puerta trasera que no vi. Inmediatamente apareció en el frente abriendo la reja del local con una llave curiosa por lo antigua. Y me hizo pasar. El lugar estaba lleno de libros en estanterías lujosas y apilados en el suelo, láminas con mapas, desparramadas artísticamente sobre una mesa en medio del recinto, algunas reproducciones de cuadros de muy buena calidad. En un rincón había un samovar muy bruñido que se hacía notar. A su lado, sobre la pared, un icono ruso que lucía auténtico y no como una estampa pegada en una madera. Volvió a desaparecer.

Unos minutos después, saliendo de un cuartito diminuto al fondo del local, reapareció. Traía un paquete del tamaño de una caja angosta. Podía ser un libro por las dimensiones. Sobre el papel azul que envolvía el contenido, un hilo de sisal sujetaba el conjunto. En una punta, pegada al papel azul, había una mínima etiqueta con mi nombre. El viejo me entregó el paquete con un gesto de misión cumplida.

–Miguel me dijo que Ud. vendría y que le diera esto.

El viejo parecía entender de qué se trataba, pero yo no. De modo que puse cara de entender y arranqué una breve conversación sobre las cosas que había en el local, la mayoría valiosas, aunque se tratara de libros viejos. Me explicó con mucha precisión la naturaleza de su ocupación. Restauraba libros antiguos y muchas veces recibía ejemplares notables que prefería comprar. Algunos volvía a venderlos a coleccionistas, otros se los quedaba. Algunas gentes pasaban a ver los objetos, en su mayoría conocedores. Había un circuito esotérico para esos objetos y los que los estimaban conocían el camino hasta ese local anodino en una calle de barrio.

Miguel, al parecer, era uno de ellos. El viejo lo conocía "desde hace muchos años..." y eran, también al parecer, más amigos que conocidos.

Apuré la despedida, inquieto porque iban abriéndose ventanas a mundos desconocidos que no podía asimilar. 

–Miguel es así, tiene esas cosas... – terminó diciendo.

Las tendría Miguel y el viejo lo sabría, pero a mí me sorprendió descubrir una vida oculta a mis ojos de alguien que podía considerar mi amigo. Y tanto que había confiado en mí para este asunto. Pero es verdad también que no me había explicado de qué se trataba y en qué me iba a meter. Lo saludé con la promesa de volver a conversar un día, una formalidad que iba a cumplirse, aunque no lo sabía entonces.

En cuanto estuve de nuevo sentado frente al volante, sin encender todavía la máquina, dejé el envoltorio en el asiento del acompañante y me quedé pensando qué había ocurrido en realidad, con la sensación extraña de que estaba entrando –un poco a los empujones– en una novela de suspenso.

Repetí el gesto en cuanto llegué a casa. Dejé el paquete sobre la mesa, sin abrirlo, mirando fijamente la etiqueta con mi nombre. Sólo me aparté para prepararme un té, lo traje a la mesa, acerqué una silla y me dispuse a abrir el misterio.

No era exactamente un libro pero tenía la intención de serlo. Hojas sueltas en un cartapacio de cuero. La primera hoja tenía aspecto de ser la tapa del supuesto libro, la segunda era una portadilla, la tercera sólo tenía una especie de epígrafe, la cuarta estaba en blanco, la quinta tenía un título: Advertencia al lector, y tres párrafos. A partir de allí, un conjunto de poemas y, al final, un índice.

Había una hoja más, manuscrita, después de la última. Y resultó ser una esquela breve con la firma de Miguel... para mí. Sin más explicación, me decía que, siguiendo los caminos, se llega al final, pero que una vez tomado el camino, sólo quedaba llegar al final.

Antes de la firma, como si hubiera adivinado mi estupor, había una frase: "Y sí... escribo poemas".

Dejé los papeles (ya me ocuparía de leer todo con cuidado), aparté la silla, tomé la taza y me dediqué al té, que seguramente digeriría más rápido y más fácil que las peripecias de esa mañana. 

A esa altura, no sabía si considerarlas un disparate o una excentricidad de Miguel o una aventura para mí.


(continúa)

jueves, 15 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (7)


Un día moriré sobre este llano
(y cuándo sabe Dios).

Pero algo saben ellas,
las banderas al aire atadas a ese mástil
que son tus ojos, niña; 
cortejo de arreboles flamígeros te llevan
en las andas del día
y en el sol que te espera en esa tarde 
junto a la fosa abierta:
la puerta solitaria hacia mis huesos, 
el lecho de mi sangre en tierras que labramos
entre surcos de besos y semillas,
tierra que conquistamos con amor y con lágrimas,
en ese tiempo breve que el tiempo nos ha dado.

Un día moriré de verte bella,
erguido el estandarte de tu risa y tu canto,
clavado sobre el pecho en el que anidas
tibiamente cantando,
riendo las campanas sonoras de tus labios.

Y ese día, en el mundo,
verás que no fue vana la guerra. Y el combate.
Con guirnaldas de fuego,
con salvas de calandrias,
con desfiles de gloria, en flor los ruiseñores, 
estarás a mi lado.

Un día moriré, Dios sabe cuándo.

Y cuando llegue el día
nos hallará desnudos del peso de los años,
aparte de las gentes,
un ejército mínimo que no ha dejado el campo,
abrazados al día que cada día trae,
batiéndonos, venciendo al viento de estos días
que taja nuestras manos,
llagadas de un amor que no se rinde nunca,
heridas de un amor 
que nos sembró el amor a una patria que tiene 
tu ternura y tus ojos.


 

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (6)


El corazón aguarda, centinela.

Mira la noche con su cielo en llamas
de estrellas y artificios;
y adivina el peligro y la traición.

Ya sabe que en lo oscuro se agazapa rugiendo
una palabra hipócrita,
una piedad que miente bendiciones.

Y hay mentiras que reptan,
sus codos y rodillas en el barro,
su vientre entumecido,
simulando un coraje y una bondad de estiércol,
buscando ver vencidas las miradas
que respiran amor cuando miramos la gloria de este día.

Viene por ti y por mí, 
viene en su furia el animal furioso,
a devorar las horas que tú enhebras
trazando vida en páramos estériles:
munición de alegría
con la que andamos juntos, 
entre un vaho de celos espumosos,
de soledad fingida y de amores cobardes...

Tú en tu vestido claro de septiembre,
yo en mis silencios de la primavera.
Yo en el puesto de guardia de tus ojos, 
tú en mi atalaya, toda aroma a nuevo.

Nuestra guardia es jazmín,
nuestra guardia es del ave que nos guarda,
nuestra guardia vigila en vilo la esperanza.

Y nos sonríe esta guardia infatigable
porque nada nos es noche en nuestra noche,
porque todo nos es aurora y luz,
de pie sobre este campo que nos fue concedido,
custodia inseperada
de un bien que nos promete nuestro gozo.




martes, 13 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (5)


Nos cruzarán el pecho, metralla de capullos,
y esparcirán sus bocas como pétalos
por la piel. Y su aroma
aromará una muerte perfumada.

Serán ráfagas rojas de rosales
y serán las espinas como besos y trinos
que hendirán con recuerdos cada día
y abrirán lo que llega
y sembrarán la patria que soñamos:
toda de cielo,
toda de nieve y cielo,
toda de nieve y cielo y luz dorada.

Me abrazará la muerte y en tus brazos
reviviré mis horas, si me cantas estrofas de caricias,
con tu rumor que es bálsamo,
con una danza que este fuego avive
y me devuelva, entero,
al campo en el que luchan los que luchan
sin más pendones que el amor más alto.

Iré con tu rosal como un escudo,
en mi mano la espada de tu nombre,
con la coraza dulce
de tu frente en mi pecho.

Es la muerte feliz: 
morir de un derredor de tu dulzura
que al cubrirme me marca con tu inicial a fuego.

Una llama que enciende el corazón
lo hace hoguera feliz,
clarín y voz que anuncia 
la causa y el destino de esta guerra:
una insigna de luna, feroz como un zorzal, 
que enciende mi garganta
y en plata se transforma,
con el amor más puro teñido en tus colores,
con un himno que brama su luz en tu homenaje.




domingo, 11 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (4)


Esta trinchera inmensa de jazmines
te anuncia los fragores
de una campaña nueva, enamorada,
que a conquistar tu voz
y a flamear el amor me ha convocado.

Me nombras capitán 
y en capitán de ti me constituyo
y encabezo legiones de luz y ruiseñores
entre matas azules,
en bosques de lapachos y de tarcos,
artillería de oro y el cielo en cada fuego. 
Tropillas de suspiros alazanes ya tomaron mi flanco:
ya son lanzas que hieren
las heridas felices que en mi costado sangran. 

Y así a vencerme voy.

Me rindes y me rindo.

Tú llevas tu victoria en mis entrañas,
donde soy prisionero,
donde cada cadena es un abrazo
y las cuatro paredes de mi celda son un muro celeste
de miradas custodias
de mis pasos, que rondan cada noche
la luna de tu nombre,
que luce tras las rejas con que me hiciste libre.

Venciste y me vencí.

Y el sable de mis días ya tomaste
y ahora estás conmigo,
triunfando mi derrota,
de pie sobre este campo de batalla
que soy, porque tú eres, 
porque sin ti mi guerra sólo es tierra baldía.

Ya tienes mi bandera.

Ya tengo el corazón que he conquistado. 



 

sábado, 10 de septiembre de 2022

Los papeles de Miguel (II)


Algo en Almagro.

Eran sobres y papeles y papeles adentro de sobres. En la parte interior de la tapa de la caja que recién había abierto, había una inscripción a mano, algo desaliñada y a lápiz. Tan poco me impresionó aquello que descuidé su lectura y recién cobró algún sentido pasado el tiempo. Y el espacio. Porque, a partir del primer acertijo, tuve que dedicarle días y kilómetros a aquella caja semivacía pero densa.

Los papeles y los sobres estaban numerados, pero no había ninguna indicación respecto del orden de lectura, salvo aquella numeración. Nada, salvo eso, era uniforme en la colección dispar de papeles de diverso origen, y sobres igual. El número, pensé, guiará la lectura. Y así resultó al final.

¿Por qué decidí leer aquellas cosas que Miguel dejaba "ordenadas" en una caja aparte? No hizo ningún comentario respecto de ella y su contenido. ¿Contaría conmigo para completar lo que él no había dicho? ¿Supondría que haría precisamente lo que estaba haciendo –y lo que hice a partir de haberla abierto– y por eso calló? Así como había tenido la sensación de ser atraído por aquel objeto, tuve inmediatamente la sensación de que en aquella colección despareja había una "misión" para mí. Al menos, algo que Miguel pretendía que hiciera.

Antes de leer siquiera una línea, pasaron por mis manos aquellos papeles y sobres. Los fui sacando de a uno de la caja y los fui poniendo sobre la mesa, ubicándolos en el orden consecutivo que los números parecían indicar. Miré cada cosa como un objeto, no como un escrito. Abrí los sobres y me cercioré de que adentro tuvieran efectivamente hojas o fragmentos de papel. Lo digo ahora y siento que alguien podría tener la impresión de que se trataba de una cantidad importante de aquellos papeles. Y no. La caja estaba en realidad semivacía, como me pareció en cuanto la abrí. Pero ahora veía que eran muy pocos los objetos que contenía. También en sí mismos considerados, porque algunos de aquellos papeles apenas tenían una frase o un párrafo muy breve. Había trozos de alguna hoja de cuaderno con esas inscripciones, ni siquiera eran hojas uniformes. Las había impresas o manuscritas, lo mismo pasaba con los sobres, alguno de ellos procedía de los papeles de cortesía de algún hotel.

Cuando tuve todo dispuesto sobre la mesa, por alguna razón, por alguna intuición, me senté y contemplé aquel ejército en formación muda, sin tocarlo. Estuve así algunos minutos, lleno de preguntas que tal vez los mismos papeles podrían contestar. Pero todavía no les había permitido hablar.

Me levanté y fui a la bodeguita de la biblioteca del living. Estaría demorando la lectura, pero estuve un rato mirando qué licor iba a acompañarme. Había dejado los cigarros en el escritorio. En medio de la elección, la suspendí para cruzar el jardín ya casi a la madrugada y rescatar el tabaco. Volví, busqué una pequeña copa y me llevé a la mesa la botella de cognac, que había sido la elegida.

Tenía la extraña certeza de que estaba por abrir una puerta que no podría cerrar. Tendría que pasar a través de ella una vez abierta y dejarme llevar por lo que me esperaba al otro lado.

Y entonces, como si todo transcurriera en un tiempo muy lento y demorado, me vi tomando un papel amarillento que tenía un número 1 rodeado por un círculo azul. 

Sólo había una dirección. El nombre de una calle en el barrio de Almagro y un número.

Fue muy fuerte la tentación de pasar al número siguiente. El 2 estaba agazapado en el frente de un sobre y adentro ya había visto que había una hoja mecanografiada, con lo que tal vez fuera una lista de nombres y lugares, aunque no había visto el contenido con detenimiento.

Pero no fue posible. No tomé el sobre y volví a mi escritorio. Mientras cruzaba el jardín sentí que algo funcionaba solo en mis movimientos, como si no hubiera decidido mis pasos. Pero pensé que era la hora y el cansancio del día. Busqué un mapa de la ciudad y volví a la mesa, cruzando el jardín con la cabeza gacha. No quise abrir la máquina para no hacer cualquiera de las operaciones posibles digitalmente. Otra vez, llevado por un impulso desconocido y sin fundamento, dictaminé que todo esto era "a mano", que tenía que abocarme "a la vieja usanza", que todo sería papel y ojos y pies reales y nada sería virtual.

En lo que quedaba de esa noche no dormí.

Dejé todo como estaba, apagué las luces, menos la de una lámpara de pie que está junto al sillón de la salamandra en el living. Di unas vueltas por mi cuarto, separé unas ropas que usaría durante el día. Busqué el cognac y lo devolví a la bodeguita, me senté en el sillón y apagué finalmente también aquella luz. Y allí me quedé hasta la salida del sol, con una inquietud extraña. Una ansiedad rara que me obligaba a planear los movimientos que haría en cuanto diera el reloj una hora civilizada. 

Había decidido llegarme hasta aquella dirección en Almagro, sin saber para qué.


(continúa)



viernes, 9 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (3)


Este camino comenzó a tu vera,
en un día de abril,
con un rumor que ardía en medio un llano
y un clarín que traías en tu canción amada. 

Ahora, entre los vientos de un invierno que muerde,
ha crecido, es más hondo,
y llega hasta los lindes de mis manos
y despierta en mis centros toda cosa dormida,
con arreos de guerra me viste el corazón.

Ya no es la furia antigua,
ya no son esas voces que en los años en bruma
parecían conjuros y pócimas, venenos,
que herían la esperanza y al amor aturdían,
fantasmas sin raíces,
como si fuera un rumbo hacia ninguna parte.

Este camino ahora,
esta senda que aferra mi paso y lo acaricia,
y lo viste de luna para que tú lo veas,
viene de un tiempo nuevo:
bruñido está tu acero que taja la tristeza.

Este camino me llevó a mis ojos
y fue el alumbramiento
y vi tu resplandor iluminando el mundo.

Este camino ahora te trajo a la frontera
del sueño que despierta cada noche callada.
Y ya no es sueño más
y se vuelve, a tu lado, 
tu mirada que cuida la risa de mi carne
y el sol con que amanece tu destino y mi puerto.



jueves, 8 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (2)


Ya ves, se desvanece...

Es niebla sobre el campo de luz de esta batalla,
humo de sombras vanas,
reverberos de rabia que se espuman
como si fuera el mar.

Tú, vas entre las piedras, 
buscando el rastro mudo
de ese silencio que nos cubre el alma, 
hollando las canciones que cantan guerras fútiles.

Y así nos encontramos:
oyendo cómo cantan a viva voz los himnos
que hacen rimar la gloria y la victoria,
esa oquedad de gritos.

Pero tú y yo callamos,
nos duele la sonrisa pero igual sonreímos.

Tu mirada llorosa me dice que sabemos
esos versos mejores de amor que se promete
como andanadas dulces,
metrallas de ese amor con que combates
de la mano conmigo,
tu mano sobre mi hombro,
mi mano en tu cintura.

No truenan los cañones ni resplandece el cielo,
no son ráfagas blancas, 
no hay granadas de olvido ni un rayo en desaliento.

Ahora me parece que tú y yo somos solos:
los únicos que saben
que un beso punza tanto 
cuando el dolor estalla en un amor sin ruido
que combate dragones.




miércoles, 7 de septiembre de 2022

Son canciones contigo (1)


Tu patria es una sola.

Y es mi patria contigo en esta tierra.
Y es tu patria conmigo bajo el cielo.

Porque la sangre ahora
ya tiene la raíz que no tenía,
el tallo que ha surgido
y que prepara el fruto que dará.

Será de sangre el fruto
y será de esta tierra bajo el pie.

La nutrirán arroyos de coraje
que llevas en el nombre
como lanzas de fuego que galopan.

Tu patria es una sola.

Y tiene el brillo opaco de la luna
que ilumina tu cara,
que hace amor en tus ojos
y que siembra montañas de alegría,
nevadas con la miel de la mañana,
rosado el sol que deja que la tarde
ponga su hombro en la noche
y llore ese destino que nosotros
beberemos de un trago,
o a sorbos de dolores que laceran
la garganta y el pecho
y dejan penas más esperanzadas
con que la patria duele en nuestros días.

Tu patria es una sola.

Y es mi patria contigo en esta tierra.
Y es tu patria conmigo bajo el cielo.

Y tú y la patria son mi mismo amor.


 

martes, 6 de septiembre de 2022

Los papeles de Miguel (I)


El principio.


La caja estuvo unos meses en un rincón de mi escritorio, en una de las últimas bibliotecas, casi inaccesible, apoyada en una vieja colección de tomos con mapas de varias épocas hasta el siglo XIX. Así como la recibí, primero la llevé a mi cuarto y estuvo unos días debajo de mi cama, pensando que revisaría pronto lo que tenía adentro. Nunca la abrí. Una madrugada, saliendo para uno de mis viajes, tropecé con ella en la semipenumbra y solamente atento a los últimos preparativos. Con fastidio por el golpe, demorando la salida, crucé el jardín y la dejé exactamente adonde estuvo durante meses, intocada.

Por el tamaño, no lucía substanciosa. Parecía una resma de papel carta, pero, aunque bastante más dura,  era sólo una caja de esas mismas dimensiones, y de contenido más liviano que el de una resma. Una pulcra faja ancha de color verde impedía que se abriera. Y tal vez por todo eso mismo, no despertó apetito ni siquiera algo de curiosidad.

Entre las cosas que Miguel me dejó antes de irse (nunca fue preciso con su destino final), había un bolso de piel de guasuncho con algunas camisas elegantes, dos pares de zapatos de gamuza casi sin uso, un traje de fiesta que, según él, siempre me había gustado, un reloj de bolsillo, una edición en inglés y en cuero de las obras de Evelyn Waugh, una lujosa edición crítica papel biblia de la Commedia, anotada por dos eruditos italianos, una bolsa como de seda cruda (tal vez de uno de los pares de zapatos) con fotografías –"todas te van a decir algo", me advirtió. Y nada más. Salvo, claro, la caja con faja de gros verde oscuro y contenido incierto. En el recuento de esas cosas, nada dijo respecto de la caja y creo que en el momento me pareció de mal gusto mostrar avidez o curiosidad que, a decir verdad, no sentía.

El viaje repentino, cierta inquietud en sus movimientos de los días anteriores, alguna llamada a una hora poco civilizada para preguntar si iba a estar en casa una noche de esa semana porque tenía que pasar a dejarme algunas cosas "por un tiempo". Todo eso, más mis propios asuntos, como capas geológicas nebulosas, fue cubriendo, una sobre la otra, cualquier pregunta. Y las que apenas hice en su momento sólo recibieron respuestas bastante vagas. Así como llegaron a casa, aquella misma noche, cada una de las cosas que me dejó recibió un lugar de depósito y allí quedó (salvo la caja, que sí se movió). En cuanto al viaje, no indagué suponiendo que una próxima conversación iba a permitir volver sobre el tema. Pero eso no pasó.

Así fue que anduvo una noche de lluvia por casa. Nervioso (pensé que era lógico, por lo del viaje, que anunciaba vagamente, aunque sonaba más importante que otros que solía hacer), aceptó una copa de vino que casi ni probó pero no aceptó acompañarme a comer. Con las manos vacías, me preguntó si no me importaba que dejara unas pocas cosas "en custodia, pero con derecho a uso y abuso...", se rió con una mueca rara cuando lo dijo. Lo de "uso y abuso" nunca se cumplió, no parecía decente. Ni necesario.

Miguel fue hasta su auto, trajo todo, lo puso sobre una mesa, indicó al pasar qué era cada entrega (menos una) y advirtió que le quedaban algunas cosas por hacer antes de viajar. 

Perdón por la hora, hablamos, hablamos...

Y se fue.

Al día siguiente, y por casualidad, supe que ya se había ido esa misma noche, casi a la madrugada. Quien me llamó para contármelo sabía lo mismo que yo sobre motivos, destino y paradero: casi nada.

Miguel tenía esos raptos. No nos extrañó. Ni tampoco me preocupó. Nadie pensó nada raro ni malo ni peligroso. Salvo que estaba esa división de bienes, de la que –esa misma noche– sólo dos personas resultamos destinatarios y ninguno de ambos dos tenía idea de lo que estaba haciendo Miguel. El otro era quien me dio la novedad de su partida. Lo sabía porque a la mañana siguiente fue a verlo por si necesitaba algo en relación con su viaje, pero había desaparecido. 

Pasaron unos cuantos meses. Las noticias no aparecían. Ni buenas, ni malas. Miguel podía hacer cosas así y eso no alarmó. En algún momento, ya no preguntamos. Y un momento más tarde, fue diluyéndose el interés. Creo que pensamos que nos enteraríamos, si acaso llegaba a querer que tuviéramos noticias. Las cosas que dejó en casa se fueron confundiendo día tras día con el paisaje. Y así todo el asunto pasó a ser una rareza más de Miguel y, por eso mismo, quedó casi olvidado. El otro destinatario de los bienes que repartió, se instaló en un campo que administraba y por bastante tiempo no hablamos.
  
Pero, una medianoche, hace ya varios meses –y aseguro que no sé por qué–, mientras tomaba en mi escritorio un licor calabrés de fin del día, porque había dejado mis asuntos en paz, displicente, me puse a buscar alguna lectura para antes de dormir. Y fue allí que le tocó el turno a la faja de gros verde oscuro y al contenido extraño de la caja. Como si hubiera estado esperando el momento, el objeto se hizo notar y, en vez de un libro, casi –creo– me obligó a tomarlo. Lo llevé a la casa y finalmente lo abrí.

La historia de lo que siguió es lo que me decidí ahora a contar, aunque no sé exactamente si el final que conozco es realmente el final de esta historia.


(continúa)



viernes, 2 de septiembre de 2022

Sólo este día

 

Sólo pasó este día. Tú no pasas.
Tú estás en el silencio de mis centros
y en el gozo sin par de los reencuentros,
donde a magia y ternura me traspasas.

Sólo pasó este día. El tiempo espera
y la distancia espera. Y tú conmigo.
Y yo contigo voy hacia el abrigo 
de cada vez, que siempre es la primera.

¿Qué tajará en el tiempo este hilo de oro
que enlaza con sus hebras lo invisible,
que solamente con amor se ve?

Calla tu nombre el aire con decoro,
pero sabe tu amor que lo indecible
es más hondo y más alto. Y yo lo sé.


 

Gracias


Al fin supe por qué cada momento
me traspasa feliz. Por qué el rugido
de un corazón, que nunca ha envejecido,
sabe sentir que siento lo que siento.

Lo sé porque ahora sé que lo vivido
me trajo hasta el umbral de mi contento.
Lo sé porque lo sé sin pensamiento
y en cada fibra me ha reverdecido.

Hincada llevo una raíz preciosa
que es nueva y que perfuma mi alegría.
Y es obra dulce y un dolor amado.

Tú me hiciste probar en toda cosa
la huella de tu mano que me hería
y que hoy derrama amor en mi costado.  




Nuestros años míos


¿Y cuántos de tus días son mis días?
¿Y cuántas de mis horas son tus horas?
¿Qué lágrimas son mías cuando lloras?
¿Son tus sonrisas en mis alegrías?

¿Y no es mía la luz que tú coloras?
¿Y no es tu fuego el de mis noches frías?
¿No soy la letra de tus melodías?
¿No es tu aire en mis voces decidoras?

¿Siempre a la vez la sed y el agua pura?
¿Siempre el navío y a la vez el puerto?
¿Siempre a la vez la mano y la escritura? 

¿Cuántos son tuyos de los años míos?
¿Cuántos son míos de los años tuyos?   
¿Cuántos son nuestros de los años míos?



martes, 30 de agosto de 2022

A sorbos de jazmines


Son nueve lunas quietas sobre el llano,
que rondaron mis ojos. Y punzantes
y rotundas están. Y, desafiantes,
lamen su luz del hueco de mi mano.

Son nueve lunas de los caminantes
que caminan el tiempo, nunca en vano:
de lunas de verano hasta el verano
de lunas nuevas, nunca más menguantes.

Sigo el consejo de los picaflores
y a sorbos de jazmines me alimento;
de lunas que no son, convalesciente.

En deliciosas órbitas mejores,
el corazón amante halló el sustento
que aroma lo que sabe y lo que siente. 



 

 

lunes, 29 de agosto de 2022

Tu señal


No sé si en la bandada peregrina,
o en las flores de agosto, en los panales,
o en las bellotas de los robledales,
en algún gesto, en una serpentina
que gire a contraluz, o en manantiales
de un bermellón de sol, o en la cantina
con dinteles de pino, en los umbrales
de los nidos de ramas de zorzales, 
o en un raro vaivén de una cortina...
No sé. Yo no lo sé. Pero la espero.
Cada hora la espero. A cada paso
me fío de las voces del acaso:
sigo mil huellas por cualquier sendero
y algunas veces llego hasta un rosal
donde tal vez encuentre tu señal.



 

 

domingo, 28 de agosto de 2022

Silencios


Sabe a limón el cielo que amanece,
y te cubre de azahar la melodía
del viento azul de la mañana fría.
Y mi brazo te abraza y te obedece.

Silencio de este llano que guarece
de la distancia y la melancolía.
¿Qué canción en sus versos repetía
"...y vuelve, amor...", que ahora te estremece?

Se quiebra la mañana de amapola.
Vetas en gris me tajan el camino
y llegan, puro sur, nubes de acero.

En tu horizonte, tu figura sola
se vuelve mi pasado y mi destino,
lo que dejo detrás y lo que espero.



 

jueves, 25 de agosto de 2022

Fronteras




Aquí queda, en conmemoración de los 150 años de la aparición de El gaucho Martín Fierro.

Roque Raúl Aragón, ya en el Cielo de los tucumanos, me enseñó a leerlo y a saberlo. Espero, en su homenaje, haber aprendido algo de lo que me enseñó. Los aciertos que encuentren, son sus aciertos. Lo demás, es más o menos de un servidor.





lunes, 22 de agosto de 2022

El camino de tu casa


Hay un rumor azul de casuarina
que vuelve el cielo tibio y melodioso.
Un camino de sirga pedregoso
bordea en ocre el agua campesina.

Silba en los fresnos un zorzal fogoso
y el aromo dorado se ilumina.
Y vuela una calandria hasta la encina
con un requiebro triste y amoroso.

Detrás de los alerces y frutales,
un jardín de magnolias y rosales
abre sus brazos porque voy llegando.

Con un aire a madera me perfumo,
y es otro abrazo que regala el humo
del fuego, con que estabas esperando.



 

domingo, 21 de agosto de 2022

Lo que somos


​Somos un cielo en llamas que atardece
y vamos a una noche que madura
estrellas de dolor y de dulzura,
insomnes de algún sueño que envejece. 

Somos después la noche, sombra pura
que, mientras cubre el cielo y lo ensombrece,
siembra en lo oscuro el día que amanece,
sedienta de una luz que transfigura.

Seremos la mañana, nuevo fuego,
vueltos en sol, seremos primavera
de un amor fuerte que en su luz veremos.

Como el mendigo que, al decir su ruego
y al extender su mano, siempre espera,
limosnas de ese amor esperaremos.


 

viernes, 19 de agosto de 2022

Muerte del zorzal

 

Y vio el zorzal que pronto moriría.
Y su canto a la flor de la mañana,
fue pena​ pura en la canción galana
de la alondra que amó y ya no vería.

La alondra triste ve la tarde grana​:
​va en ​el​ cortejo ​hacia​ una sombra fría
​que al llegar a ​la noche ​repetía
​el canto ausente que el dolor desgrana.

Se reclinó el zorzal en el ramaje
y ​​subió por sus alas y fue al pecho
​un silencio de duelo funeral​.​

​Lecho en silencio y gris es el paisaje
y lo amortajan trinos en el lecho,
que guardan la memoria del zorzal. ​



 

miércoles, 17 de agosto de 2022

Tú, en guerra con mi mar


En su costa de invierno acantilado
se ha enfurecido el mar porque te miro
y te veo y soy mar y me retiro
y regreso espumando y a tu lado.

Costa de mar tu esfinge, es tu suspiro
todo luz y misterio desusado:
viento que encrespa el mar de mi costado;
tú, arena de oro, y yo, luz de zafiro.

Tú, en guerra con mi mar, costa amorosa,
proa de fuego que al tajar me besa;
peña y delicia, todo en un instante.

Se encela el mar, la ola está celosa:
son celos por la guerra, que no cesa,
de un mar de amor contra la costa amante.


 

martes, 16 de agosto de 2022

Es tiempo de no estar


Es tiempo de no estar, de haber partido,
de medir con olvido la distancia
y olvidar cada cosa y la fragancia
de cada cosa que se va al olvido.

Es tiempo de partir, no haber estado
ni presente ni ausente; la existencia
sin rastros de la ausencia y la presencia,
sin futuro o presente y sin pasado.

Es tiempo de que el mundo en su espesura
deje de ser aquella selva oscura
por la que Dante llega hasta Beatriz.

Es la hora del tiempo en que una rosa
sea la flor verdadera y misteriosa
que incendia aquí en mi centro su raíz.




sábado, 6 de agosto de 2022

décimas mínimas




Catorce décimas hay en este pequeño volumen. Se compusieron entre julio y agosto y se editaron en este último mes de 2022.

Un epígrafe en el libro dice: Entre la tierra y el cielo, y así es como nació.



 

martes, 2 de agosto de 2022

Sueño de lapacho


Si duermo un sur de sal, de viento y nada,
sueño con unos montes aguerridos.
Si duermo arena mustia y espumada,
sueño con unos cerros florecidos.
Si duermo en una oscura noche ajada,
sueño con unos cielos encendidos.
Si duermo una llanura desolada,
sueño con unos valles verdecidos.
Y entre que duermo y voy y sueño y vengo,
se deshace la niebla de la vida
y a cada paso el corazón despierta
la noche muerta. Y ya en el alma tengo
la luz dorada de un lapacho, abierta
en flor de miel que nace bienvenida.




lunes, 1 de agosto de 2022

Mansidão


La niebla sueña que ella enciende el día
y que es la luz su velo iluminado,
y sueña que en el aire silenciado
ella es el sol de esta mañana fría.
Sueña que el cielo ha abierto su costado
y que el amanecer, que antes tenía,
envuelto en neblinosa hechicería,
de sus manos de niebla le ha brotado.
(Quietud en flor los ojos de mi dueña,
mientras las llamas de mi fuego crecen,
pura verdad su mano enamorada...)
Los sueños vanos que la niebla sueña,
en hebras de algodón se desvanecen
y de la niebla apenas queda nada
.



miércoles, 20 de julio de 2022

Nostalgia del mal




Bilbo: Tell me again, lad, where are we going?
Frodo: To the harbour, Bilbo. The Elves have accorded you a special honour, a place on the last ship to leave Middle-earth.
Bilbo: Frodo, any chance of seeing that old Ring of mine again? Hmm? The one I gave you.
Frodo: I’m sorry, Uncle. I’m afraid I lost it.
Bilbo: Oh. Pity! I should like to have held it one last time. (*)


Este diálogo está solamente en la tercera película que filmó Peter Jackson sobre El Señor de los Anillos. No está en el libro. 

Hace días que lo tengo en la cabeza y le doy vueltas. Llegué a una primera conclusión: Jackson se metió en un lío y diría que sin querer. Sin querer significa que tocó un asunto que lo excede por completo y que ni siquiera se dio cuenta. 

En el nivel bajo de las sensaciones, es posible que haya querido "cerrar", con algún toque de efecto emotivo, la vida de ambos: Frodo contestando apesadumbrado a una pregunta "inocente" que le trae a la memoria sus mayores dolores y vergüenzas, Bilbo como saboreando en la boca las últimas hebras de un caramelo antiguo. Con la nostalgia de cuando lo probó al principio, con la nostalgia de volver a sentir su gusto primero.

Jackson no es teólogo, claro. Ni siquiera sé si es creyente. Pero es evidente que no pesó el sentido de ese diálogo. Dejo de lado la inconsistencia de la cuestión así planteada, aparte el hecho de haber traslocado algo parecido y llevarlo a un momento completamente distinto, con lo que el sentido cambia radicalmente. Puso a un Bilbo decrépito y senil que con trazas de Alzheimer alumbra de repente la materialidad del asunto, sin nada de la formalidad intrínseca del Anillo. Bilbo que no parece haber sentido nada en sus entrañas cuando el Anillo fue destruido, pese a la trabazón espiritual que el objeto genera con sus portadores. Bilbo que moraba entre los elfos de Rivendel y jamás tuvo noticias de la aventura y la suerte que corrieron su sobrino y su carga. Disparate.

Como dije, algo parecido pero completamente distinto en cuanto al significado ocurre en la novela cuando Frodo, herido en la Cima de los Vientos, pasa el Vado del Bruinen y es llevado a curarse a Rivendel. Allí se encontrará con Bilbo antes del Concilio de Elrond y, en un aparte, efectivamente, Bilbo querrá ver otra vez el Anillo. Pese a su estancia en aquel bosque mágico y bendecido, a Bilbo le queda todavía el apetito que fogonea el propio Anillo. Frodo, dolido, ve a un Bilbo tal como es cuando la codicia lo transfigura y se aparta de él. Bilbo pide perdón y no se vuelve a hablar del asunto. Pero entonces no había ocurrido nada de lo que ocurrió después. Tampoco habían pasado los 20 años que pasaron hasta que Bilbo y Frodo vuelven a encontrarse de camino a los Puertos Grises. El pasticcio de Jackson hizo el resto, juntando dos momentos distintos y poniendo donde no debería el apetito de un Bilbo inverosímil a esa altura de la historia.

La falta de densidad de ese pasaje sentimental del film puede ser que venga de la traducción cinematográfica (y su necesidad de espectáculo) de un texto que tiene otra gravedad. Y otro sentido. No es la primera ni la última falla de Jackson. Pero ni él ni sus fallos son lo que me interesa ahora. Porque el asunto que deja planteado (como si hablara una burra del Antiguo Testamento) es interesante. Al menos para un servidor.

De modo que hablo respecto de lo que presenta con líneas torcidas el señor Jackson y sus guionistas. Y no tengo un nombre mejor que el del título: la nostalgia del mal.

Porque creo que de eso trata la cuestión. En cierto sentido, en el pasaje, Frodo dice algo verdadero y que, en buena medida, es la causa de su gesto sombrío: 

I’m afraid I lost it. 

Lo "perdió", efectivamente. No lo arrojó a la Grieta, no lo soltó por propia voluntad. Lo perdió, le fue arrancado, apartado. Y fue a manos de Gollum, que así cumplió el papel más importante que le fue asignado en esta historia, perdiéndose él mismo con la Carga, y agrisando de ese modo el corazón de Frodo, que deberá curarse (no en este mundo) de esa herida, la más honda que lleva.

Pero eso no es lo más serio. Porque está Bilbo.

¿Lo perdiste? ¡Qué pena! Me habría gustado haberlo tenido en mi mano por última vez.

¿Qué cosa, Bilbo? ¿El Anillo? ¿El Único? ¿Ahora? ¿Después de todo lo que pasó por culpa del Anillo? ¿El Anillo que fue forjado para someter a todos y a todo? ¿El que Gandalf te obligó a soltar? ¿El que dejaste en herencia a Frodo y con eso quedó a prueba, expuesto a la terrible prueba que tuvo que soportar y en la que de algún modo fracasó? ¿El que movió ejércitos inmensos de seres inmundos? ¿El que despertó a los perros de una guerra cruel? ¿El que asedió y avasalló Rohan, Gondor y la misma Comarca? ¿El que trasegó cadáveres de hombres y elfos? ¿El que despertó monstruos espantosos y perversos? ¿El que instigó la "muerte" de Gandalf? ¿Ese Anillo? ¿La encarnación misma del poder de la maldad y del Malo?

¿¡Qué pena!? ¿De veras te es una pena que se haya perdido? ¿De veras te habría gustado sostenerlo en tu mano una vez más? ¿Por qué? ¿Para qué?

¿Perdió la memoria al final? ¿No sabe lo que dice? ¿Miente Bilbo? ¿Finge desmemoria y echa un comentario casual, descafeinado, para ocultar una llama que, algo débil y todo, aún lo quema?

¿Eso hace el mal? ¿Deja en el corazón algo de esa nostalgia del mal?

Frodo no la tiene. Ni en la novela ni en Jackson. Hay sí algún rastro de melancolía. Pero, repito: se refiere a él, no al Anillo.

Es verdad, a la vez, y hay que decirlo, que si alguno de los dos hubiera dicho en ese momento final lo que Bilbo dice en la película, ese sería tal vez el propio Bilbo. No hay que olvidar el diálogo que compuso Tolkien para la despedida de Bilbo y Gandalf, en El Hobbit:
¡Entonces las profecías de las viejas canciones se han cumplido de alguna manera! —dijo Bilbo. 
¡Claro! —dijo Gandalf—. ¿Y por qué no tendrían que cumplirse? ¿No dejarás de creer en las profecías sólo porque ayudaste a que se cumplieran? No supondrás, ¿verdad?, que todas tus aventuras y escapadas fueron producto de la mera suerte, para tu beneficio exclusivo. Te considero una gran persona, señor Bolsón, y te aprecio mucho; pero en última instancia ¡eres sólo un simple individuo en un mundo enorme! 
¡Gracias al cielo! —dijo Bilbo riendo, y le pasó el pote de tabaco—
Por cierto que Tolkien no es responsable de lo que inventó Jackson, porque ni lo dijo así, ni aun siquiera lo planteó como el cineasta lo hizo, algo atolondradamente, creo.

Jackson no sabía lo que decía ni lo que hacía.

Pero si él no lo supo, yo sí lo sé.

Insisto: las inconsistencias me vuelven más superficial ese pasaje de la película. Pero no me parece superficial lo que deja como una estela a su paso respecto de la nostalgia del mal.

Por eso hace días que lo tengo en la cabeza y le doy vueltas.

Y me pregunto si el mal efectivamente tendrá esa capacidad de sugestión que haga ver deseable un daño hondo y horrendo. Y que haga ver un mal perdido como un bien perdido. 

Y creo que sí.

Entonces, siendo así, tal vez no solamente Frodo deba irse para curar la herida espiritual que le dejó su empresa heroica y fallida. 

Tal vez también Bilbo (sólo un simple individuo en un mundo enorme), deba irse porque sólo así podrá curarse de la "felicidad" que le dejó la posesión del Anillo.


__________________________________

(*)
Dime de nuevo, muchacho, ¿adónde estamos yendo?
A los Puertos, Bilbo. Los Elfos te han concedido un honor especial: un lugar en el último barco que dejará la Tierra Media.
Frodo, ¿habrá alguna posibilidad de ver otra vez aquel viejo Anillo mío? ¿Hmmm? El que te di...
Lo lamento, Tío. Me temo que lo perdí...
¿Lo perdiste? ¡Qué pena! Me habría gustado haberlo tenido en mi mano por última vez.




viernes, 15 de julio de 2022

Autobiografía



Hablando de su Autobiografía, Chesterton decía algo así como que no sería honorable ser demasiado exacto y preciso con los datos de su propia vida, cuando había sido tan impreciso e inexacto con los datos de aquellos a quienes les había dedicado una biografía.

Bromas aparte, y salvo contadísimas excepciones, no me gustan las autobiografías. Es muy difícil que el autor no sea allí un mentiroso (sutil o brutal), un chismoso o simplemente impúdico. Insisto, salvo contadísimas excepciones en las que esto no se cumple.

También ocurre que, entre otras cosas, en una autobiografía hay habitualmente otras biografías, que no son las del autor sino las de otros a quienes él conoció o trató.

Y hay allí dos asuntos que pueden ser escollos para que la obra valga la pena de ser leída, y que no cualquiera puede solventar honestamente: 1. no decir suficientes verdades sobre uno mismo, y 2. decir demasiadas verdades acerca de quienes hemos conocido o nos han rodeado en nuestra vida.

Creo, con todo y eso, que podría escribir una, sorteando lo más posible ambos escollos. Pero resulta que lo más posible nunca es posible, porque, de ser así, el libro debería quedar bastante flaco.

Y por eso no voy a escribir ninguna autobiografía.

Chesterton escribió la suya, aunque el libro vio la luz un poco después de que hubiera muerto, de modo que, a cualquier efecto, no había a quien patalearle, si hubiera sido el caso. Y no hubiera sido el caso porque su caridad y amabilidad limaron asperezas aunque haya dicho verdades sobre quienes habló, contando su propia vida de él.

Ahora bien.

Si a pesar de mi propósito firme de no hacerlo jamás, alguna vez escribiera semejante obra (de bastante poco interés, salvo para un servidor y eso por algunas pocas líneas...), sólo autorizaría su publicación recién cuando ya no estuvieran en este valle todas las personas que haya mencionado en esas páginas.

Porque sería injusto que se encontraran allí con algunas verdades sobre ellas mismas y no tuvieran oportunidad de enojarse con el autor. O de darle la razón, algo igualmente penoso para la mayoría de las gentes, hasta donde mis años me informan.



lunes, 11 de julio de 2022

Carta sobre la tradición




En julio de 2001 (tiempos difíciles y felices, todo a la vez...), escribí el texto que dejaré más abajo.

Pasaron 21 años que, en términos de la historia de los hombres, es apenas un segundo. Y publicarla ahora, otra vez, de alguna manera me sorprende, porque hoy volvería a escribirla sin quitarle una iota, como que en nada la he modificado.

Y digo otra vez porque circuló suelta hasta 2006, año en que se publicó en el primer número de la revista Bueyes perdidos; más tarde, integró el tercer Cuaderno de ens, El Reino, una colección de ensayos (no todos publicados en la bitácora), sobre teología de la historia, escatología y asuntos del género.

Hace unos días, alguien me recordó esa Carta, porque alguien se la estuvo mentando, y de allí que volvió a aparecer.

sábado, 9 de julio de 2022

i.

 



Este libro, i., es una miscelánea de versos. Hay allí 10 sonetos, que fueron apareciendo en esta bitácora, y 14 coplas, que fueron apareciendo en otra parte, también digital. 

Se compusieron entre junio y julio de 2022 y se editaron en este último mes y año.




viernes, 8 de julio de 2022

Verdad de una mujer

 

Eres toda verdad. Verdad entera.
No hay falsedad en ti y nada es mentira.
Tu mirada es verdad cuando me mira.
Y tu palabra es siempre verdadera.
Es verdad tu suspiro si suspira.
No hay caricia que en ti no sea sincera.
Ni un beso falso me besó siquiera.
Sólo lo que es tu corazón respira.
Tu silencio es el aire verdadero.
Y si cantas, es música, no más.   
Y no hay partes de ti, todo es entero.
Nada quitas de todo lo que das.
Sé que estarás si dices: yo te espero,
y me querrás si dices: yo te quiero



miércoles, 6 de julio de 2022

Esperanza de una mujer


¿Quién te podrá quitar esa sonrisa?
¿Qué noche? ¿Qué tormenta? ¿Qué desierto?
¿Qué soledad de mí y a campo abierto?
¿Qué pena fantasmal, gris, imprecisa?
¿Qué lágrima de sal? ¿Qué llanto incierto?
¿Qué angostura? ¿Qué riesgo? ¿Qué cornisa?
¿Qué furia en vendaval que el cielo avisa?
¿Qué naufragio de sol? ¿Qué mar sin puerto?
Nada, mujer, a ti nada te alcanza.
Es tan honda tu altura y tan segura
que no hay raíz que en ti no haya crecido,
como crece en tus centros la esperanza,
que vuelve más hermosa tu hermosura,
y que por ti en amor he conocido.



martes, 5 de julio de 2022

Canción de una mujer


Tu voz entibia inviernos y me llama;
tu voz pastora de mi amor adentro,
en el árido campo de mi centro;
tu voz zorzal en tímida retama. 
Tu voz canción, melódico epicentro
del corazón que entona y que en su llama
es bálsamo que quema, canta y ama,
y hace feliz en música el encuentro.
Así, con tu canción, me conquistaste:
ejército que vence en la llanura
fresca y sutil que traza tu figura.
Así, con tu canción, me conquistaste
y soy tu prisionero y me he rendido
al sonido, mujer, de tu sonido.



 

domingo, 3 de julio de 2022

Amor de una mujer


Ya ves. Esto es amar. Habernos visto
esperar que la tarde se encendiera
en rojos otoñales; que dijera
que por tus ojos ahora sé que existo;
que la torcaza en su rumor supiera
que su aleteo trae el imprevisto
amor; que con nombrarte, reconquisto
mi nombre y tu alegría verdadera.
Esto es amar, mujer, pequeñas cosas,
mano en la mano, azul sin estridencias,
no saber que existías, ser conmigo,
domarme con sonrisas misteriosas
y oír tu amor rugir cuando silencias
tan suavemente el beso que persigo.  


 

Silencio de una mujer


Ya tengo por delante mi camino.
No miro atrás. Si miro, no podría
dar otro paso más. Me volvería
y cambiaría el tiempo y el destino.
En el aire, tu viento campesino
esparce invierno gris. Y tu alegría
va germinando por la tierra fría.
Y es un futuro azul, un mar de lino.
Va a mi lado el silencio que dejaste
y que llevo conmigo hasta que vuelva
y otra vez la distancia se disuelva
y me envuelva la voz con que nombraste
el nombre nuevo, que el silencio guarda,
milagro azul en esta tierra parda.



 

sábado, 2 de julio de 2022

Tiempo de una mujer


Este día, mujer, y en cada hora,
eres cada minuto. El tiempo mismo
se horada si no estás, el tiempo mismo
se vacía y me opaca y me devora.
Sin ti, un segundo fragua un espejismo
que finge tu figura y me enamora
y simula tu voz conquistadora.
Y sólo es un fantasma en un abismo.
Abrazo el tiempo ahora, en tu presencia,
y aroma a eternidad sin sucesión:
es puro instante puro interminable.
No es duración el tiempo, es existencia
feliz y atemporal, amor en don,
inefable infinito deleitable.  


 

miércoles, 29 de junio de 2022

Cielos de una mujer


Entre ambos cielos vas, mientras me llevas
de un cielo al otro cielo, conmovido
por un celeste en todo, renacido
en tu universo de galaxias nuevas.
En un cielo, hay la luz en la que abrevas
y quedo pleno en luz, de ti encendido.
En otro cielo, el gozo he comprendido
ascendiendo por ti, porque a él me elevas.
Entre ambos cielos voy. Cuando me miras,
me clavas en el pecho un sol ardiente
y en mis entrañas ruge un firmamento.
Respiro cielo porque tú respiras.
Y el corazón no sabe exactamente
cuándo es amor o cielo lo que siento. 


 

martes, 28 de junio de 2022

Mar de una mujer


Y llegamos al mar. Pero sabíamos
que no era nuestro el mar y que nosotros
éramos piedra y trigo y bosque y potros
y que nada a ese mar le dejaríamos.
Mirábamos el mar y nos decíamos
la dulzura del cerro... El mar es de otros
que no somos nosotros. Y nosotros
en la luz de otro mar sin mar vivíamos.
Y nos fuimos del mar. Atardecía.
Delante de tu paso se sembraba
el cielo y una luna demoraba
la noche. Lentamente, yo te sigo.
Vas por tu mar de lino tan callada
que te pierde entre sombras la mirada
y te encuentra en la playa de mi abrigo.


lunes, 27 de junio de 2022

Río de una mujer


Esta orilla, mujer, entre juncales,
deshace el tiempo ajado de esta vida:
bajo este cielo gris todo se olvida
y las horas son todas esenciales.
Por este cauce, boga amanecida
tu sonrisa de notas musicales
y dice que ya somos inmortales,
sin muerte y sin dolor y sin herida.
Río en la orilla de este río y digo
palabras que naufragan a tu lado.
¿Con qué palabras llegaría a hallarte?
Porque el silencio que nació contigo
basta para saber que soy amado,
como basta tu río para amarte.


 

domingo, 26 de junio de 2022

Mugre, belleza y Gramsci



En el blog del periodista y escritor italiano Antonio Socci, leo la nota del día sábdo 25 dedicada a la invasión de jabalíes en una Roma que, por la mugre y los basurales a los que van a saciarse aves de rapiña y los chanchos salvajes, es una verdadera porquería, según parece.

En 2025 habrá un Jubileo de la Iglesia de Roma y el gobierno le ha encargado al 'sindaco di Roma' Roberto Gualtieri la organización de las festividades en la ciudad que será sede, aunque parece claro que ni siquiera puede barrer la ciudad que le encomendaron en 2021. El 'sindaco' es un comunista y profesor de Letras e Historia que procede del Instituto Gramsci.

Se pregunta Socci qué diría Gramsci al ver la roña de la Eterna de estos días. Allí mismo empalma, en la última parte de la nota, precisamente con unos escritos tempranos de Gramsci que están publicándose.

La cita es ésta:

Da la casualidad de que la respuesta a esta pregunta (sobre qué pensaría Gramsci) ha llegado justo en estas horas desde las columnas del "Fatto Quotidiano", donde Gad Lerner, dando una auténtica primicia, está publicando tres escritos juveniles (inéditos) de (Antonio) Gramsci .

En el primero, publicado ayer, dice: "Creo que el error de la Edad Moderna es haber separado el arte y la belleza de la vida común, haber relegado a los museos todas las expresiones más bellas del sentimiento artístico".

Entonces el joven Gramsci elogió las "ciudades jardín" diseñadas en Inglaterra, comparándolas con desaliento con las casas de algunos de nuestros centros habitados, "costosas, sucias y sin adornos".

Finalmente observó: “cuán lejos estamos de la vida de los griegos y de la de nuestro Renacimiento: la euritmia dominaba en todas las manifestaciones de la vida ; aun durante los trabajos más rudos el ojo se posaba en una línea graciosa, en una figurilla estilizada y elegante y la pupila se dilataba de placer y el alma se endulzaba”.

El intelectual de 20 años señaló que vivir en una ciudad inhóspita, sucia y ruidosa tiene efectos desastrosos en la vida personal y social. Mientras, viviendo en un contexto hermoso, humano y limpio , “habrá una catarsis aristotélica… y entonces el alma se purificará de malas pasiones, y soñará con ideales más elevados”.

(https://www.antoniosocci.com/gualtieri-gramsci-e-la-grande-monnezza/)


Celebro las palabras del joven Gramsci.

Y, a la vez y por lo mismo que celebro esas palabras, lamento que muchos católicos -especialmente pero no sólo en las redes (una especie de segunda casa o ciudad para tantos, si no la primera...)- no cuiden un poco más la estética de sus publicaciones y de sus sitios.

Como si lo bello no tuviera que llegar hasta allí, como si sus mensajes pasaran por alto esa dimensión de lo real y de lo humano. Como si la belleza no fuera uno de los nombres de Cristo y mereciera ser parte de la catequesis a la que se obligan, con buena intención, seguro, pero atolondradamente.

Pero a veces, curiosamente por el contrario, lo que lamento es la preocupación por embellecer sus producciones con una estética kitsch, desmañada, o por acumulación sin criterio o sin ton ni son.

Está el hecho claro de que se ha dejado a "los otros" la poiesis de lo bello. ¿Por qué? Tengo mis razones y las dejo para otro día. Lo cierto es que, en vez de hacer belleza hoy, se contentan con alabar la belleza de ayer. Y eso supuesto que lo que estén haciendo sea sólo eso. Porque en tantísimos casos lo que se hace es o elegir lo que a cada quien le gusta (con la sola condición de que sea pasado) o ir por los caminos de lo políticamente correcto para cierta mentalidad conservadora (sí, también allí hay corrección política...) y difundir "lo que hay que difundir". Y todo eso no está bien. No del todo, al menos, ni en la mayor parte.

Como si bastara con hablar de la belleza y elogiarla.

Sé que de gustos y colores no disputan los doctores.

Pero sé también que el mal gusto existe y que suele hacer más daño que la inexistencia de belleza. Porque, de algún modo, queriendo o sin querer, falsea la verdad y la afea.

Y aunque el Espíritu sopla donde quiere, no deja de ser gracioso que venga a recordarlo un joven de 20 años y de izquierda, llamado Antonio Gramsci.