sábado, 31 de mayo de 2025

Lo que amamos al amar





Tengo esta foto hace muchos años.

Gilbert y Frances.

No tengo que describir lo que están viendo: lo están viendo.

Basta mirar, tomarse el tiempo para ver lo que uno está mirando. Detalles, una sinfonía de detalles.

Es curioso, basta un poco de imaginación para nada forzada para darnos cuenta de que lo que estamos mirando es lo mismo que miraba Frances, lo mismo que miraba Gilbert. A diario, a cada momento.

Pero.

Creo que no vemos lo mismo que ellos veían. Y, a la vez, tal vez podamos ver algo que ellos no podían ver.

Deténganse en Gilbert, su aspecto desaliñado, su volumen, su enormidad, su atuendo, su mirada de hombre perplejo y sorprendido. Su mirada más hacia adentro que hacia afuera y sin embargo completamente abierta, su tormenta de pelos que anuncia un viento de ideas e imaginaciones para nada desaliñadas. Su brazo en cabestrillo, su cigarro casi displicente.

Deténganse en Frances, su pulcritud serena, su elegancia simple, sus manos finas y firmes, los íntimos gatos. Su estatura. Su mirada benévolamente pícara, como reconcentrada pero perspicaz. Sonriente apenas. Complacida. Su comodidad sin sumisión, su aspecto dominante con dominio feliz y amoroso, junto a la mole insólita, rota, despeinada, perpleja con perplejidad casi infantil.

El conjunto es dispar. Pero el conjunto patente es una conjunción curiosamente manifiesta. Su misma distancia explica misteriosamente su cercanía. Su disparidad exige una pregunta inquisitiva sobre su paridad.

Sin embargo. 

¿Quién de los dos parece estar a punto de tomar la palabra? ¿Quién parece atento a lo que el otro dirá, querrá, pedirá? ¿Quién parece al cuidado de quién?

¿Verían ellos esa disparidad que vemos por evidente? ¿O verían solamente una paridad, que también vemos pero que nos resulta misteriosa?

¿Qué amaron al amarse?

Porque grandemente se amaron durante tanto tiempo. Aun cuando uno de ellos se adelantara a morir, el amor supérstite, y doliente, seguía joven en el otro.

Hace años que miro esa fotografía. Estoy enamorado de esa disparidad que suena concertada y sinfónica y no puedo dejar de mirar y ver lo que miro y veo allí.

¿Cómo un alma enorme y vivaz como la de Gilbert cabe en la aparente pequeñez de Frances? ¿Cómo es que ella con su esmirriada figura llenó cada rincón de aquello enorme? ¿Será que ella era inmensa y él pequeño –y puro– como un niño? ¿Será que ella fue la catedral en la que cabía sobradamente el alma evangélicamente niña de la mole?

Tengo todavía preguntas como para seguir mirando esa fotografía hasta el fin de mis días. Y el mismo tiempo para ensayar respuestas que me digan alguna vez qué amaron al amarse.

Porque lo que amamos al amar es así de misterioso.

Y cuando nos enfrentamos a una paridad en la disparidad como parece ser esta, más aún.

Y se nos da por hacer silencio y seguir mirando a ver si vemos.

Y creo que, mirando en ellos ese misterio, tratamos inevitablemente de ver el misterio de nuestros propios amores.

Y ver, en nuestro amor, qué amamos al amar.



martes, 27 de mayo de 2025

Roma no paga traidores





– ¿Y usted qué dice?

– ¿Sobre qué?

– Eso de que "Roma no paga traidores..."

– ¿Viriato y esas cosas? ¿Las guerras lusitanas? Es cosa de historiadores y políticos de esa época y después. Hasta donde me acuerdo, que no es mucho, Viriato sirvió de bandera para los de un lado y los del otro, durante siglos. Y está el asunto de Roma que...

– No, hombre, no... qué Viriato ni qué Roma. Lo que dijo Javier Milei, lo de los saludos negados y esas cosas de acá, lo del Te Deum, lo del 25 de mayo... Y lo que dijo el ganso de Gerardo Werthein, después, y otros igual...

– Ah, sí, es verdad... lo vi, sí.

– ¿Y usted qué dice?

– Qué sé yo. ¿Quiere que le diga la verdad? Dicen tantas estupideces... Yo me distraigo con esas cosas, me embarullo, me voy por las ramas. Fíjese si no seré pavote: empecé por lo de los traidores. Viera usted las hojas que llené, la de listas de nombres que anoté y eran sólo argentinos los que anotaba... A cuatro columnas lo hice: en una el nombre, en otra la traición que le imputaron o cometió, en la tercera la época y el gobierno en que dizque traicionó y en la cuarta cómo le fue después. ¿Sabe que anoté varias veces el mismo nombre? Varios nombres se repiten en distintas traiciones, épocas distintas, gobiernos distintos y con resultado parecido: siempre algún premio, algún pago. Eso sí vi. De veras le digo: una vez que empecé ya no podía parar...

– Pero de la frase, le digo, del asunto del otro día...

– Sí, sí, de eso estoy hablando. Separé en dos la cuestión, ¿no le digo? Por un lado, los traidores y por otro, Roma. Pero le digo la verdad: de Roma no encontré nada. Le repito: tengo nombres de traidores para hacer barriles de mermelada. Pero no encontré nada que se pareciera a Roma. Sé lo que quisieron decir con traidores. No sé a qué se referían con Roma. Habrá sido una alusión infeliz, un metáfora estúpida, qué sé yo. Porque, le digo en serio: qué cosa, qué persona, qué idea, qué ideología, qué sistema, qué gobierno tiene por estos lados y en estos últimos –póngale– 150 años siquiera algún rasgo de Roma, como para que la frase signifique algo ahora. ¿Quién es Roma en esa frase dicha en este momento? Y no, nada. nada de nada. Ni un solo rasgo, ni una idea. nada. Vi mucho Nueva York, Miami, Washington, Londres o Tel Aviv en esa frase: eso sí. Pero Roma, lo que se dice Roma, no. Y después está lo de "pagar". No sé si fue verdad que Roma dijo lo que dijo cuando los que traicionaron a Viriato pasaron por ventanilla, nadie sabe. Y tampoco sé si Nueva York, Miami, Washington, Londres o Tel Aviv (o Moscú, o Teherán o Damasco u otros de esas orillas), pagan. Sé que cobran, eso sí. Siempre. pero no sé si pagan. Ni traidores ni nada. Y más bien creo que no. Por ahora al menos. ¿Quién sabe? Tal vez algún día tengan que pagar...

– …

jueves, 22 de mayo de 2025

Desencuentro

 

Está el corazón andando,
sin ir al camino, yendo
sin pensar en ti, pensando.

Va en su canción y diciendo,
sin decirte, está cantando
lo que quiere, no queriendo.

Y apenas vaya llegando,
sin llegar, irá sintiendo,
sin sentir, que vino amando.

Y allí estarás porque, estando,
sin estar, estarás siendo
lo que yo estaba esperando.



 

lunes, 19 de mayo de 2025

Pensamiento, palabra, obra u omisión




La ciudad de Buenos Aires es burguesa. Ciudad del Plata y de la plata, casi como el país, que diría Castellani.

Pero su burguesía, su aburguesamiento, es poco menos que congénito. Ciudad contrabandista y, como puerto, algo prostituida y fascinada por las novedades del mundo. Tilinga, avariciosa, déspota con el despotismo mediocre de una aristocracia que apenas si tiene raíz en el dinero. Y cosas así. Porque ese es el núcleo duro de la ciudad. Hay más cosas, sí. Y hasta cosas y gentes distintas. Pero en su tono general, los porteños siguen el patrón. Y siguen al patrón, al providente que les asegure su concepto burgués de la vida. Y su aburguesamiento.

Dos que supieron eso muy temprano y lo sufrieron: José de San Martín y Manuel Belgrano.

Pero no es sólo burguesa en cuanto a los bienes de este mundo. También lo es fuertemente en cuanto a las ideas de este mundo. Buenos Aires es progresista: progre, para que se entienda mejor. Bascula en ocasiones entre sus dos notas dominantes: a veces más progre que burguesa, a veces más burguesa que progre. Pero de ahí no sale. Y ahí se queda. Y cuando encuentra en algo las dos cosas juntas, Buenos Aires se apoltrona cómodamente y se toma un whisky. O un café o un mate. Porque eso le calma los nervios a gentes de todos o casi todos los escalones sociales. Lo demás son matices que dependen, precisamente, de que las dos notas "atraviesan", como dice la neojerga, todas las clases.

Creo que si uno pasa por este tamiz a la dirigencia política (no sólo a ella, pero ahora es ella la que cuenta), verá que el menú no se aleja de estas dos notas. Y que en sus historias políticas las dos notas son dominantes. Populismo o anarcocapitalismo no cuentan porque son apenas especies de los mismos géneros dominantes. 

Se que algunos dirán que Juan Manuel Olmos, Juan Manuel Abal Medina o Leandro Santoro no son lo mismo que Javier Milei, Santiago Caputo y Manuel Adorni o que Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta y Silvia Lospennato.

Y diré que en parte me enternece el voluntarismo y la inocencia de quienes lo digan. 

No es cuestión de dar por buenos los posicionamientos oportunos de cada quien en distintos momentos. Es la matriz lo que importa. La matriz que sale a relucir en sus proyectos, en sus discursos, en sus acciones.

Al final, todo eso explica los números de las preferencias porteñas. No de una u otra elección. De todas o de casisimísimas todas.

Desde donde lo estoy mirando, los nombres de las listas de candidatos y el favor que obtengan entre los porteños, no me cambia demasiado.

Más allá de sus legajos, de sus miserias o trayectorias personales, los tres candidatos más votados en la última elección porteña, gozan de las dos notas dominantes. 

En medidas diversas, en asuntos diversos. 

Pero de la guita y el progresismo no se mueven. 

Las dos mismas notas. 

La misma honda matriz en pensamiento, palabra, obra u omisión. 



sábado, 17 de mayo de 2025

Cerca o lejos: ¿de qué, de quién?





Es tan obvio: no se juzgará a León XIV por su proximidad o lejanía respecto de su antecesor Francisco.

Como a su antecesor, san Pedro, se lo juzgará por su proximidad o extranjería respecto del Cristianismo. Y, por eso mismo, por su proximidad o extranjería respecto de Cristo. Y de eso dependerá que se lo exonere o se lo condene.

Aunque al hacerlo se dé por entendido que la lejanía de Francisco tiene que significar eo ipso estar lejos de lo que el Cristianismo "debe" ser, si no quiere quedar atrasado respecto del aire de estos tiempos.

A eso, Chesterton contestaría: "la cuestión no es si la respuesta corresponde a nuestro tiempo, la cuestión es si la respuesta corresponde a la pregunta".  

Un ejemplo de este tipo de juicios respecto del nuevo papa, es el barullo que se armó por una de tantas frases pronunciadas por el Pontífice, ante las representaciones diplomáticas ante el Vaticano, el viernes 16 de mayo. Apenas diez palabras de un párrafo de un largo discurso:

Es tarea de quien tiene responsabilidad de gobierno aplicarse para construir sociedades civiles armónicas y pacíficas. Esto puede realizarse sobre todo invirtiendo en la familia, fundada sobre la unión estable entre el hombre y la mujer, «bien pequeña, es cierto, pero verdadera sociedad y más antigua que cualquiera otra». Además, nadie puede eximirse de favorecer contextos en los que se tutele la dignidad de cada persona, especialmente de aquellas más frágiles e indefensas, desde el niño por nacer hasta el anciano, desde el enfermo al desocupado, sean estos ciudadanos o inmigrantes. 
La cita entre comillas, no casualmente, la toma León XIV de la Rerum Novarum, de León XIII. El resaltado, entretanto, es la frase que movió el termómetro de la calentura y hasta espumas de rabia incipiente.

Pero hay algo más que rueda a lo mismo y es necesario tener en cuenta.

Más de un portal, más de un medio, se hizo eco de algo que podría calificarse en términos pampas como un carpetazo.

Se trata de una información de archivo (2012, precisamente), sepultada en la cuenta de YouTube de Catholic News Service; que obtuvo la consiguiente difusión desde medios de una orilla y de otra, apenas nombrado León XIV. El material queda al final para los interesados, con el texto en español.

Algunos celebrando, otros impugnando, difundieron y comentaron la intervención del entonces superior de los Agustinos ante el Sínodo de Obispos para la Nueva Evangelización, que convocó en 2012 Benedicto XVI.

Es fatigosa la investigación de cómo y quién hizo revivir aquella intervención. Y créanme porque un servidor lo hizo y se metió en las internas violentas de los bandos eclesiales en Estados Unidos, la Conferencia Episcopal y los medios oficiales y (sedicentes) independientes, que distribuyen información de la Iglesia Católica en aquel país, todos peleados entre sí. No me voy a distraer con eso. 

Lo anterior y esto segundo ocurrió apenas en una semana.

Pero corrobora lo que ya he dicho: si acaso a León se lo comparará en esto (y otras cosas) con Francisco, no será porque León se aparta de Francisco sino porque se acerca al Cristianismo.

La sentencia que el mundo emite al juzgar a un Papa (la misma que nombra el delito por el que se le aplica esa sentencia) tiene una sola línea: es cristiano. 





La contracultura en la nueva evangelización

Los medios occidentales de comunicación de masas son extraordinariamente eficaces promoviendo en la opinión pública una gran simpatía hacia creencias y prácticas contrarias al Evangelio: por ejemplo, el aborto, el estilo de vida homosexual, la eutanasia.

Como mucho, los medios toleran la religión como algo inane o pintoresco siempre que no se oponga activamente a los posicionamientos en cuestiones éticas que los medios asumen como propios. Sin embargo, cuando la voz de las personas religiosas se alza contra esos posicionamientos, los medios ponen a la religión en el punto de mira, caracterizándola como ideológica e insensible ante las supuestas necesidades vitales de las personas en el mundo contemporáneo.

La simpatía por las opciones de vida anticristianas que los medios alientan está incrustada en la opinión pública de forma tan brillante e ingeniosa, que cuando la gente escucha el mensaje cristiano, aparece inevitablemente como ideológico y emocionalmente cruel, por contraste con el supuesto humanitarismo de la perspectiva anticristiana.

A los pastores católicos que predican contra la legalización del aborto o la redefinición del matrimonio se les retrata como ideologizados, duros y poco compasivos. Pero no por nada que ellos hayan hecho o dicho, sino porque la audiencia compara su mensaje con el tono bondadoso y compasivo de la imagen -que los medios han fabricado- de unos seres humanos atrapados en situaciones vitales moralmente complejas que toman decisiones que se presentan como sanas y buenas.

Es el caso, por ejemplo, de cómo se representa hoy en las series de televisión y en el cine a las familias alternativas, incluidas las de parejas del mismo sexo que han adoptado hijos.

Si la nueva evangelización quiere contrarrestar con éxito esta distorsión mediática de la religión y de la ética, los pastores, predicadores, profesores y catequistas van a tener que estar mucho mejor informados sobre el contexto de la evangelización en un mundo dominado por los medios de comunicación de masas. 

Los Padres de la Iglesia ofrecieron una respuesta formidable a las corrientes literarias y retóricas no cristianas y anticristianas que actuaban en el Imperio Romano y definían el imaginario religioso y ético del momento.

Las Confesiones de Agustín, con su imagen crucial del cor inquietum [corazón inquieto: 'Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto mientras no halle descanso en ti'], definieron la forma en que los cristianos y no cristianos de Occidente re-concibieron la aventura de la conversión religiosa. 

En La Ciudad de Dios, Agustín utilizó la historia del encuentro de Alejandro Magno con un pirata al que había capturado para ironizar sobre la supuesta legitimidad moral del Imperio Romano. 

Los Santos Padres, entre ellos Juan Crisóstomo, Ambrosio, León Magno o Gregorio de Nisa, no eran grandes retóricos porque fueran grandes predicadores: eran grandes predicadores porque antes eran grandes retóricos. En otras palabras: su evangelización tuvo éxito en gran parte porque comprendieron los fundamentos de la comunicación social adecuada al mundo en que vivían.

En consecuencia, comprendieron al detalle las técnicas con las que los centros del poder secular de aquel mundo manipulaban las imágenes populares religiosas y éticas de su tiempo.

Es más: la Iglesia debería resistir la tentación de creer que puede competir con los modernos medios de comunicación de masas convirtiendo la sagrada liturgia en un espectáculo.

También en esto, Padres de la Iglesia como Tertuliano nos recuerdan hoy que el espectáculo visual es el dominio propio del siglo, y que nuestra misión es introducir a la gente en la naturaleza del misterio como un antídoto al espectáculo.

En consecuencia, la evangelización en el mundo moderno debe encontrar los medios adecuados para redirigir la atención pública, alejándola del espectáculo para introducirla en el misterio.  (Fr. Robert Francis Prévost, OSA, 2012.)


 

jueves, 15 de mayo de 2025

Sobre gatos y liebres




Uno de los defectos profesionales de quienes enseñamos el arte de la Retórica o la filosofía del Lenguaje, es que, sin querer, tenemos el hábito de analizar las expresiones que oímos. Y, para ese entendimiento de lo que se oye (o nos están diciendo), aplicamos lo que se nos ha enseñado y hemos aprendido, que en buena medida ya forma parte de nuestros juicios, con naturalidad, precisamente porque es un hábito.

En estos días, especialmente, esa pasión por entender lo que se dice, viendo cómo se dice, tuvo materia como para hartarse.

Quiero poner un ejemplo breve de las "herramientas" de las que –espontáneamente o según el arte– se vale la inteligencia para entender lo que se dice. Y también para componer lo que uno mismo dirá.

En el Arte de la Retórica, Aristóteles da una definición de virtud y de lo noble, para uso argumental en los discursos de género demostrativo o epidíctico. Inmediatamente, enumera las partes de la virtud y las define; después agrupa una serie de ejemplos respecto de qué es noble y honesto y por qué. Al final, hace estas consideraciones sobre el uso de las virtudes en la argumentación, que dejo más abajo. 

Hay que advertir lo que dice al principio de este párrafo, es decir, que estas instrucciones de uso, son válidas tanto para alabar como para vituperar, lo que quiere decir que con estos consejos puede, el que habla o razona, elaborar su discurso o defenderse de otra argumentación, porque hay una velada advertencia en este breve texto que dejo. Y una salvedad importante: Aristóteles insiste con que el arte sirve para argumentar sobre contrarios opuestos, pero no porque sea indiferente cualquier posición que uno adopte, sino que sólo lo justo, lo noble, lo verdadero y lo prudente merecen defensa, mientras que de sus opuestos uno debe defenderse y por lo mismo debe aprender cómo.

Veamos este breve texto (Retórica, Libro I, Parte I, cap. 9):

Pero tanto para alabar como para vituperar, conviene tomar también lo que está próximo a la realidad, como si se identificase con ello. Por ejemplo, representar al precavido como calculador e intrigante; al simple como bueno y al insensible como manso. Es decir, que siempre hay que atribuir cada una de las cualidades semejantes según lo que más convenga. Por ejemplo, presentar al iracundo y al furioso como francos; y al arrogante como de gran altura y distinción; a los que se exceden en algo, como si poseyesen las virtudes correspondientes; por ejemplo, al audaz como valeroso y al pródigo como liberal y magnificente. Pues esto es lo que creerá la mayor parte de los hombres, y al mismo tiempo equivaldrá a un razonamiento capcioso, a un paralogismo, derivado de la causa. Porque, si no siendo necesario, está alguien dispuesto a afrontar el peligro, mucho más parecerá estarlo cuando se trate de algo honesto; y si está dispuesto a dar a cualquiera, también lo estará a dar a los amigos, pues la excelencia de la virtud consiste en hacer bien a todos. 

Lee o relee uno estas líneas y ve allí el identikit de un político, de un periodista, o de cualquiera que tome la palabra para ensalzar o denostar a otro. Y cualquiera es cualquiera: desde un director técnico hasta un obispo (o cardenal). Y lo que está leyendo allí es algo elaborado en el siglo IV antes de Cristo.

Así que por pillos o sofisticados o sutiles que se autoperciban los que así discursean, no han alumbrado nada original.

Si me preguntan (y ahora me pongo la gorra... de profesor), creo que es un ejercicio crítico muy útil: 1. la observación de lo que se dice y la detección de estos recursos que llegan a hacer pasar gato por liebre; 2. probar de hacer pasar uno mismo gato por liebre, como entrenamiento honesto y defensivo, dándole un nombre virtuoso a algo infame. Para hacerlo más fácil a los ejercitantes, dejo algunos ejemplos (que no pueden usar en el ejercicio): llamar héroes a empresarios tránsfugas y especuladores; llamar comprometido a un cura que dejó de lado la raíz de su ministerio para ser dirigente político y social; llamar jóvenes idealistas a guerrilleros asesinos de inocentes; llamar defensor de la libertad a un gorila que defiende la libertad, sobre todo de un zorro en un gallinero. Y cosas así.  

Si se animan, buena suerte.


miércoles, 14 de mayo de 2025

Leopardos (y gatopardismo)




Cuando un italiano pronuncia gattopardo, en primer lugar se figura un animal, un gran felino. Básicamente un leopardo, aunque guerrean los traductores entre el guepardo (cheettah, para los anglos), la onza. No le hace: un gran felino con la piel moteada, como este leopardo y este guepardo que se enfrentan en la ilustración. Cierto, cada uno de ellos tiene características distintas, la fuerza, la velocidad, la agilidad, la astucia cazadora, la mirada nerviosa o calmadamente escrutadora, y así.

En una serie nueva, que traduce a su modo el único libro publicado por Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, coronando el arco de entrada de la villa solariega de Fabrizio Cordera, príncipe de Salina, en Sicilia, hay una escultura en piedra de un gattopardo al acecho. También está en el escudo de los Corbera, rampante, que aparece en hartas ediciones de Il Gattopardo, en todos los formatos imaginables, formalmente heráldicos o casi paródicos.

Muy bien.

De nada de esto quiero hablar ahora, aunque hay decenas de asuntos allí, muy apropiados para tiempos como los de hoy día. 

Me interesa en cambio una cuestión: de cómo gatopardo reemplazó a gattopardo.

Es decir, de cómo una actitud reemplazó a un leopardo.

La exégesis de la substitución es delicada, y más hoy. No sé cuántos conocían y habían leído la novela de 1958 antes de seguir los capítulos de la serie. Y lo digo porque hay matices en el guión, creo, que no responden exactamente al talante de la novela.

La intención del autor ciertamente que está en línea con la suerte semántica que terminó corriendo gattopardo hasta volverse la matriz del gatopardismo. Lo deja claro la elección de la época y de la circunstancia que es el centro de la narración: la unificación de Italia que llega a Sicilia de la mano de José Garibaldi, alrededor de 1860, y la actitud de, principalmente, una parte importante de la nobleza isleña ante la nueva realidad. Quiero decir que no es que eso no esté en las líneas principales de la novela, sino que hay más que eso en la figura de il gattopardo.

Pero pienso, finalmente, que la carga simbólica que puso el autor de la novela en il gattopardo, como figura y no como adjetivo en primer lugar, se hace más lineal y explícita, no sólo en la serie, sino mucho antes, cuando la palabra empezó a correr. Tal vez esa carga simbólica fue más potente en épocas de mayor dominio de las realidades superpuestas que hay en las cosas.

En la Commedia, por caso, Dante Alighieri, antes de comenzar de la mano de Virgilio su descenso a los infiernos, enfrenta en la selva oscura a tres animales: precisamente a una onza, y a un león y una loba: lujuria, ambición de poder y avaricia, respectivamente. Pero no traduce el símbolo de cada animal, sino veladamente en el caso de la loba (por razones tanto personales, como polítícas y eclesiásticas de sus días).

Grita demasiado el símbolo en el caso de la substitución de il gattopardo por gatopardismo, hasta que ese significado hace que se pierda cualidad cuando se hace explícito en un sólo aspecto. E, insisto, es una muestra de la debilidad simbólica contemporánea. Entre otras cosas, porque es improbable que la realidad del felino transporte simbólicamente a la realidad del oportunista. Pero hay algo más. Il gattopardo felino es más que un símbolo del oportunista acomodaticio que acepta que las cosas cambien siempre y cuando no cambie nada. Y ese algo más se pierde con la traducción inmediata ya entre el felino y el oportunista acomodaticio en beneficio propio. Y todo eso cuando todavía falta escrutar en qué sentido un leopardo es oportunista, como para que de una cosa se siga la otra.

Creo que Fabrizio Cordera, príncipe de Salina, al fin de cuentas, es il gattopardo por más razones que la mera voluntad de acomodarse a la suerte de la historia en beneficio propio.



martes, 13 de mayo de 2025

La pagoda de GK

 

El asunto de este libro, en otras palabras, es que lo mejor después de estar realmente dentro de la Cristiandad es estar realmente fuera de ella. Y un punto en particular es que los críticos populares del Cristianismo no están realmente fuera de ella. Se mueven en un terreno debatible, en todos los sentidos de la palabra. Dudan incluso de sus propias dudas. Su crítica ha adquirido un tono curioso, como el de una irrupción aleatoria e inculta. Así, convierten la jerga actual y anticlerical en una especie de charla informal. Se quejan de que los párrocos se visten como párrocos; como si fuéramos más libres porque todos los policías que nos vigilaban o nos arrestaban fueron detectives vestidos de civil. O se quejan de que un sermón no puede ser interrumpido y llaman al púlpito castillo de cobardes; aunque no llaman castillo de cobardes a la oficina del editor de un medio.

(…) 

Cuando el mundo va mal, demuestra más bien que la Iglesia tiene razón. La Iglesia está justificada, no porque sus hijos no pequen, sino porque sí lo hacen. Pero eso define su actitud (la de los críticos de la Iglesia. NdT) hacia toda la tradición religiosa: se encuentran en un estado de reacción contra ella. Al niño le va bien cuando vive en la tierra de su padre; y le va de nuevo bien cuando está lo suficientemente lejos como para mirar atrás y verla en su conjunto. Pero estas personas han caído en un estado intermedio, han caído en un valle intermedio desde el cual no pueden ver ni las alturas que los rodean ni las que están detrás. No pueden salir de la penumbra de la controversia cristiana. No pueden ser cristianos y no pueden dejar de ser anticristianos. Todo su ambiente es de reacción: enfado, perversidad, críticas mezquinas. Siguen viviendo a la sombra de la fe y han perdido la luz de la fe.

Ahora bien, la mejor relación con nuestro hogar espiritual es estar lo suficientemente cerca como para amarlo. Pero la segunda mejor opción es estar lo suficientemente lejos como para no odiarlo. El argumento de estas páginas es que, si bien el mejor juez del cristianismo es un cristiano, el segundo mejor juez sería algo más parecido a un seguidor de Confucio. El peor juez de todos es el hombre que ahora es más perspicaz en sus juicios; el cristiano mal educado que se transforma gradualmente en un agnóstico malhumorado, enredado en el final de una disputa cuyo origen jamás entendió, atormentado por una especie de aburrimiento hereditario con quién sabe qué, y ya hastiado de oír lo que nunca ha oído. No juzga al Cristianismo con la serenidad con que lo haría un seguidor de Confucio; no lo juzga como juzgaría al confucianismo. No puede, ni con un esfuerzo de imaginación, situar a la Iglesia católica a miles de kilómetros de distancia, en extraños cielos matutinos, y juzgarla con la imparcialidad con la que juzgaría una pagoda china.


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G. K. Chesterton: El hombre eterno, Introducción.



domingo, 11 de mayo de 2025

Soneto


Es más vida y más luz que las palabras
esta presencia siempre, este milagro
de que nada de ti desaparezca,
andando tú entre todo siendo todo.
Y siendo todo siempre a cada hora,
a cada paso, en cada advenimiento,
en cada pena, en cada gozo que arde:
es esta herida dulce en las entrañas.
No hace falta el recuerdo: no hay olvido.
Y es en vano buscarte: no te pierdo.
Ni mido las distancias: no hay ausencia.
Sólo hay amar amarte en todo, siempre.
Sólo hay amar tu ser amable, siempre.
Sólo hay amar tu amor que me ama, siempre.


 

jueves, 8 de mayo de 2025

Tironeando




Notables los tironeos.

Y el pobre hombre común que no conoce el reglamento de este deporte cruel, que el desdichado consume como una droga, sin saber si tiene que alegrarse, aterrorizarse o irse a dormir la siesta hasta que amaine.

Pero.

Son cuatro cosas. a saber:

1. La Iglesia adopta la semántica del cristianismo, porque es genético en ella "hablar en parábolas". Roma es particularmente afecta a esa semántica simbólica, de modo que, en principio, en dichos y hechos hay que ver signos.

2. Cualquier cristiano –o no cristiano– de a pie, tiene a mano al menos dos o tres cosas que podrían darle elementos para conjeturar la razón del nombre León elegido por Robert Prevost. En realidad son tres. Y con el nombre, el destino, como decían los antiguos:

a. "Fray León es el más celebre de los compañeros de San Francisco. Era sacerdote. Debido a su gran pureza de alma y a su sencillez, Francisco lo escogía con frecuencia como compañero y le hacía confidente de sus secretos. Le llamaba «ovejuela de Dios». Era su confesor y también su secretario. Debió de unirse a la fraternidad en 1210 y vivió hasta 1271. Gran parte de las fuentes biográficas sobre San Francisco, desde la Vida segunda de Celano, en adelante, se inspiran en los recuerdos que dejó escritos el hermano León; el sector de los «espirituales» le miró como la personificación y el testigo de excepción del auténtico ideal del Fundador. Fue el único testigo de la estigmatización de San Francisco. De él recibió el conocido autógrafo con la bendición y las alabanzas de Dios, que llevó siempre junto al pecho como reliquia preciosa, lo mismo que la carta de libertad evangélica, que se halla entre los escritos del Santo." (https://www.franciscanos.org/enciclopedia/leondeasis.htm).

b. El antecesor del actual XIV es León XIII de quien se pueden saber al menos dos cosas: la encíclica Rerum Novarum, que da el puntapié a la doctrina de la Iglesia frente al socialismo y al liberalismo en materia social, política y económica; y la encíclica Aeterni Patris que promueve la reinstalación de Santo Tomás de Aquino y su obra en la base de la formación sacerdotal y su utilidad para la respuesta a las doctrinas filosóficas y científicas de fines del siglo XIX y después, con sus secuelas culturales. Puede irse uno más atrás, al Magno León del siglo V, el primero de ese nombre, que entre otras cosas, detuvo a Atila, rey de los Hunos, a las puertas de Roma, además de su defensa de la ortodoxia ante al menos 4 herejías.

3. Están la vida y obra, las grandezas y miserias personales y públicas de Robert Francis Prevost. Su pensamiento, su acción pastoral, sus opiniones, sus yerros, sus aciertos, etc..

4. ¿Entonces? ¿En qué quedamos? ¿León es reflejo de Francisco o es reflejo de León? ¿O será el vivo reflejo de R. F. Prevost? ¿O qué es? ¿O cómo será?

Vamos a ver. 

¿Así que usted pretende que un servidor haga adivinación o que mezcle los signos como se mezclan las barajas para sacar la ganadora? Usted se confunde conmigo. Tiene que hablar con Gandalf.

Miro lo mismo que usted y veo lo que veo. Y veré lo que vea andando el tiempo.

Mientras tanto –ignorando sesudos, alambicados o pedestres tironeos para ver quién se queda con León–, me guio por algunas máximas que son como signos universales y las aplico sin prisa y sin pausa.

Por ejemplo.

Con agudeza teológica, Braulio Anzoátegui formuló una infalible: si querés conocer a Agapito, dale un carguito.

Porque, como dicen: al caminar se nota la renguera.



lunes, 5 de mayo de 2025

Lo que viene (y III)

 



Creo que es pertinente la inclusión de este capítulo final de aquella serie Sobre la causa "cristiana" del Anticristo, como una especie de conclusión de esta serie sobre lo que viene, y eso por dos razones, principalmente.

Por un lado, porque lo que se analiza allí respecto de los escritos de Immanuel Kant sobre el fin de los tiempos, es como una matriz de todo progresismo y también de toda expectativa inmanente en general. Kant sentó, sin quererlo del todo, una doctrina y una expectativa vigente todavía respecto de la marcha del mundo. Pero, sin quererlo menos aun, trazó parámetros y una hermenéutica respecto de la marcha de la Iglesia y de su papel en el fin del tiempo.

¿Cómo tendrá que ser la Iglesia si no quiere ser la causante de lo que Kant llamó el fin perverso del tiempo y de todas las cosas?

Y aquí vale una mínima aclaración, que se repetirá: Kant se enfrenta con sus escritos al espíritu cerril de un luteranismo "oficial" de su tiempo, que lo censuraba severamente por sus ideas de librepensador. Pero, repito, creo que, en esa misma contienda y sin quererlo, trazó un cuadro de cuál será la alternativa de la Iglesia... Católica, en el curso de la historia, de cara al fin del tiempo, aunque ciertamente no estaba hablando de esa Iglesia, que es a la que pertenece un católico y que es el depósito de la Fe cristiana.

Por otra parte, de modo paradójico, la descripción enconada de "su" iglesia luterana, también podría tener un correlato católico, según y conforme se perviertan y deformen en el catolicismo las notas observantes de la doctrina perenne del cristianismo respecto de Dios, el mundo y el hombre, de la moral que se sigue de ella, de la liturgia, de los sacramentos. Y también respecto del sentido del la historia de principio a fin. Y también, finalmente y lo más importante, respecto de la naturaleza del cristianismo mismo y de la misma Iglesia y de su misterio y su sentido intrahistórico.

En estos días, encarnizadamente y a la luz pública, se debate con tambores de guerra sobre estos mismos asuntos que a su modo trató Kant en su opúsculo El fin de todas las cosas, hace 230 años. Eso ya sería motivo ahora para traer la cuestión y volver a considerarla.

Dejo a continuación, entonces, esa parte décima de aquella serie de 2006 y 2007, que recopilé en un cuaderno, en 2017. Para quien se interese en estas materias, invitó a leer el texto, pidiendo disculpas anticipadas, por si parece extenso. Entonces, como ahora, traté de ser cuidadoso en extremo con un asunto grave (y tal vez un asunto más grave ahora que lo que era entonces).


Sobre la causa "cristiana" del Anticristo (X)
 

Hay que hacer una recapitulación de aquello que dio origen a esta serie.

Fue en ocasión de un capítulo –el segundo– del ensayo El fin del tiempo, de Josef Pieper. En particular, lo que específicamente movió a estas reflexiones es la tesis de Immanuel Kant acerca de cómo y en qué sentido los cristianos son o serán vistos como los promotores del Anticristo y, en una visión escatológica particular, cómo con su conducta provocan la catástrofe final.

Las obras que enhebran estas consideraciones en Kant son las que dedicó a estos temas –en clave tanto política como teológica– en los últimos años de su vida. Además del intrincado ensayo breve sobre El fin de todas las cosas en el que postula esta idea, la visión escatológica de Kant hay que rastrearla en trabajos como Idea para una historia universal en la visión burguesa del mundo, Victoria del principio bueno sobre el malo y fundación del reino de Dios sobre la tierra, Si el género humano está en un constante progreso hacia algo mejor, La paz perpetua.

Concretamente, y en lo que se refiere al objeto de estas reflexiones, esa visión escatológica postula –tanto en Victoria del principio bueno sobre el malo y fundación del reino de Dios sobre la tierra, como en El fin de todas las cosas– que los cristianos no se adecuan a los tiempos y al sentido de la historia y en razón de ello mismo provocan la crueldad final de una religiosidad no racional y por lo mismo nefasta, que será lo anticrístico de un cristianismo que se niegue a cumplir no solamente su papel histórico sino lo que Kant entiende es su verdadera naturaleza.

Algunos elementos más a tener en cuenta son –tal como bien lo señala Pieper– la resistencia ilustrada a concebir que una verdad –racional o incluso religiosa, más allá de lo puramente moral– pueda ser rechazada universalmente, tanto como el escándalo a concebir un fin catastrófico intrahistórico como datum. Lo mismo podría decirse, para el caso de Kant, respecto de la entidad que podría concedérsele a un fin extrahistórico de cualquier género, más allá de concebirlo como una especie de enigmática transposición de los tiempos y de un estado feliz de la humanidad en ese ‘momento’, con la figura del carro de Elías como emblema.

Ciertamente que hay que admitir que la mención de un fin catastrófico intrahistórico tiene por fuerza que ser inquietante a primera vista, más allá de que se conciba que el fin del tiempo es extrahistórico, como lo ha sido su comienzo. El mismo carácter catastrófico de dicho fin es materia de distinciones de toda clase, en particular respecto de aquellas cosas que habrán de ocurrir. Está claro que, en materia de catástrofes, en las profecías se asocian males de índole en principio bien diversa, como que se enumeran terremotos, conmociones astronómicas, guerras, plagas, pero también confusiones gravísimas, perversiones, persecuciones y apostasías.


* * *


Ahora bien, a partir de allí hay que apuntar un hecho algo curioso. Por lo que ha sido profetizado se entiende precisamente que antes del fin habrá una gran apostasía y persecución. Así está dicho por Jesús y profetizado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Otro tanto, como se dijo, respecto de cataclismos y redomas de males.

Parece entenderse entonces que la acción del demonio en el mundo en algún sentido mueve la historia hacia su final, toda vez que se entiende habitualmente que el fin de las iniquidades –Anticristo incluido– llega con la irrupción abrupta –como un rayo en el cielo– de Cristo que vuelve, y de ese modo termina, no solamente el reinado breve del Anticristo, sino la acción del mal en la historia, tanto como la historia misma, para pasar a un nuevo estado de todas las cosas: cielos nuevos y tierras nuevas. Así queda dicho en las Sagradas Escrituras, por el propio Jesús, y en todos los pasajes que se refieren específicamente a aquellos días que vendrán, desde el profeta Daniel hasta el Apocalipsis de san Juan.

De modo que parece entenderse así que hay un proceso de degradación y de abyección que causa el fin, pues se entiende que el fin es el acabamiento de ese proceso de degradación de la creación. Incluso, en esta misma línea, se asocia el crecimiento de la maldad en el mundo con las catástrofes naturales, entendiéndolas y viéndolas como reverbero cósmico de esa misma maldad espiritual, tanto humana como angélica; no sólo porque esas catástrofes pudieran ser parte de la degradación, sino incluso porque pueden ser consideradas como secuelas o efectos, cuando no castigo.

Esto forma parte de la afirmación de la profecía revelada acerca del fin: que si bien la transposición no pueda ser introducida por fuerzas intrahistóricas, no deja de estar en relación con el curso intrahistórico; que el proceso histórico avanza por sí mismo hacia su fin y que, por así decirlo provoca esa transposición, no ciertamente como un effectus, sino como una salvación. La profecía del fin parece afirmar que la tensión, por la que la historia se ha puesto en  marcha y con la que se funde de raíz, experimentará al final una agudización extrema; que según ello el fin del tiempo posee un carácter absolutamente catastrófico, tanto en un plano interior como en el exterior, y que la historia en su final desemboca en una especie de liberación que llega de fuera (aunque realmente no llega "de fuera", sino del fundamento ontológico más íntimo de la creación, que desde luego es un fundamento ontológico que trasciende en absoluto a esa creación. (Pieper, II, 71, 72)

Sin embargo, es verdad también que el cuadro espantable de los días que anteceden a la Segunda Venida de Jesucristo es profetizado como signo del fin, no necesariamente como causa: Cuando veáis que ocurren estas cosas, alegraos...

Esto que ha de pasar por el fuego, con todo, ya fue purificado por el agua en el 'tipo' o figura anterior de fin que es el Diluvio, que también es figura del agua del bautismo. Por lo mismo, también hay que entender que esa sucesión de agua y fuego es una sucesión de signos acerca de otros signos particulares como son los sacramentos, además de ser ellos mismos signos de las teofanías (Mt. 24, 37-39).

Con todo, no hay que olvidar que una versión menos recurrida de los hechos por venir sostiene que, completado el número de los elegidos, vendrá el fin. Lo cual signa el tiempo de otro modo y le pone otro reloj a la historia.

En estos mismos términos puede entenderse la 'alusión' a la higuera que reverdece, puesta en la semana anterior a su Pasión por el mismo Cristo, como uno de los signos del fin. [Ver: Mc. 11, 12-14; 20-26; 13, 1-37; Mt. 21, 18-22; Mc. 13 28-32; Mt. 24, 32-33, Lc. 21, 29-31, en la parábola de la higuera brotada.]

Hay en los textos que siguen, y en sus contextos, rastros de esta otra visión:

Esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento. (Mc. 13, 8)

Pero todo esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento. (Mt. 24, 8)

Misión de Jesús: Jn. 16-17 (Alusión al gozo de la parturienta 16, 20-22)

Pero vosotros mirad por vosotros mismos... (Mc. 13, 9)

Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvara. (Mt. 24, 13)

Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. (Lc. 21, 19)

Y enviará a sus ángeles con sonora trompeta, y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de los cielos hasta el otro... (Mt. 24, 31)

Y si el Señor no abreviara aquellos días, no se salvaría nadie, pero en atención a los elegidos que Él escogió, ha abreviado los días. (Mc. 13, 20; Mt. 14, 22)

Precisamente en este orden de cosas, aquel signo de la higuera –así como el del parto– es un signo paradójico con respecto al resto y es un signo que debe entenderse en sentido también intrahistórico. No es caída sino renacimiento y no uno cualquiera, al parecer, pues se ha entendido esa higuera – probablemente la misma que maldijo un poco antes por su esterilidad, inéditamente, hasta secarla– como la figura de Israel y su conversión al Señor apenas antes del Día del Señor. Signo éste que no sería causa tampoco stricto sensu, pero, en un sentido real, sí distinto a los otros signos en la medida en que resulta distinto decir que antes del fin habrá apostasía, maldad y catástrofes, que decir que antes del fin Israel –el corazón de Israel, su 'resto', no importa si cada uno de todos los israelitas– volverá su mirada a su Señor y reconocerá en Jesús al Unigénito del Padre y al Mesías, y no aquel rex meramente carnal, político e intrahistórico.

Volvamos a recordar entonces aquí la forma en que Kant amonesta al cristianismo que se niega a 'convertirse' a la fe racional, que él llama pura fe religiosa. Tratemos de entender –en paralelo y por otra parte– cómo podrá comprenderse en este registro puramente temporalista, la vuelta atrás de Israel, que abandona la expectativa mesiánica temporal e inmanente y vuelve sus ojos al Crucificado y en Él ve el cumplimiento de la Promesa, y la prenda de la Alianza, con lo cual se dispone al fin.

En su segunda Carta, dirigida a los cristianos del Asia menor, san Pedro parece hablarle a los fieles en general y les refiere los acontecimientos anteriores a la Venida, así como les advierte sobre los falsos doctores y las doctrinas engañosas (entre otras, curiosamente, una doctrina similar a cierta inmutabilidad del universo, que negaría el final –tanto como el principio– y por lo mismo se burlaría de la propia Parusía.) También les explica las razones por las cuales Jesús 'se demora':

Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día. No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión. El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá.

Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la venida del Día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados se fundirán? Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia.

Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha. (2Pe. 3, 8-14)

San Pedro utiliza aquí para 'acelerar' el verbo griego speudadzoo que en latín se lee impello, incito, tanto como speudo es festino, propero. En definitiva, nuestro acelerar.

El apóstol se refiere aquí a un tema que ha tratado en sus dos cartas canónicas: el tiempo de la venida, de la Parusía y la acción de la misericordia Divina, que no se retrasa en el cumplimiento de la promesa sino que no quiere que algunos de ellos se pierdan y que todos ellos alcancen la salvación.

Una parte central del mismo texto, dicha también por el mismo apóstol, se encuentra aludida en un discurso referido en los Hechos de los Apóstoles, dirigiéndose san Pedro –junto con san Juan– a los judíos de Jerusalén, luego de curar a un tullido en el Templo.

Ya sé yo, hermanos, que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes. Pero Dios dio cumplimiento de este modo a lo que había anunciado por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería. Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus santos profetas. (Hechos 3, 17-21)

Este modo de entender las relaciones causales –de diversos tipos de causas– entre la historia y su fin extrahistórico (e incluso las circunstancias catastróficas intrahistóricas), no es la forma de entender la cuestión a la que estamos mayormente acostumbrados.

Una versión simplificada de esto mismo, diría: no es por el ritmo del mal, por su propia acción y las acciones que suscita y por el ritmo y la espectacularidad de las catástrofes que habrá de acaecer como un rayo la Venida, sino por el historial de los santos, por su fidelidad y piedad, motores que no sólo miden sino que además 'aceleran' la Parusía, la impelen.

A propósito de "... Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal...", hay que recordar a la vez que san Pablo afirmó que la finalidad de la historia es el plan del Padre de recapitular todas las cosas en Cristo, las del cielo y las de la tierra (Ef. 1, 10).

En este mismo sentido puede entenderse aquello que afirma Pieper y que repito aquí:

(...) que el proceso histórico avanza por sí mismo hacia su fin y que, por así decirlo provoca esa transposición, no ciertamente como un effectus, sino como una salvación. La profecía del fin parece afirmar que la tensión, por la que la historia se ha puesto en marcha y con la que se funde de raíz, experimentará al final una agudización extrema; que según ello el fin del tiempo posee un carácter absolutamente catastrófico, tanto en un plano interior como en el exterior, y que la historia en su final desemboca en una especie de liberación que llega de fuera (aunque realmente no llega "de fuera", sino del fundamento ontológico más íntimo de la creación, que desde luego es un fundamento ontológico que trasciende en absoluto a esa creación.

Visto así, el cristianismo cumple otro papel respecto del fin. Y en ese sentido se vuelve sí de algún modo una especie de causa del fin, tanto como de los signos y episodios anteriores al fin.

Aunque está claro que, en absoluto, la causa del fin es la voluntad divina y su diseño eterno respecto de lo creado.

Parecería, entonces, que puede entenderse que, a mayor fe y mayor caridad –no necesariamente en el mayor número de creyentes y caritativos–, más proximidad habrá con el fin y la Venida que lo ocasiona.

Es importante entender tal vez que esa sucesión no es indiferente: no es el fin el que ocasiona la Venida, sino la Venida la que ocasiona el fin.

Dios no se ve obligado a recapitular toda la creación en Cristo y entonces, por ello mismo, el fin es un paso obligado, un daño colateral, al que se ve obligado o que deba tolerar, por la maldad de los ángeles y de los hombres. Más bien, llegado el tiempo, Dios recapitula la creación en Cristo y a eso llamamos el fin.

Las palabras de san Pedro parecen claras:

Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la venida del Día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados se fundirán? Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia.

La santidad y la piedad no solamente son el quicio de la esperanza de la Venida, son allí también lo que la 'acelera'. Y parece que podría entenderse esta palabra en un sentido próximo al que se le adjudica al término 'predestinación', aunque esto mismo permanezca oscuro para nosotros.

Sin duda, entonces, se planteará allí un asunto difícil de entender, como siempre que entran en aparente colisión la presciencia divina, su providencia, la acción y los designios de Dios en la historia, la predestinación y la libertad del hombre.

Podrá entonces hacerse una más o menos nutrida cantidad de salvedades a esta admonición petrina de que la santidad de la conducta y la piedad de los fieles 'aceleran' lo que Dios tiene visto desde toda la eternidad y en razón de ello tiene profetizado. Como quisiere entendérselo, allí está dicho.

Ahora bien, se dice además en las Escrituras, el propio Jesús lo dice, que llegados los horrores próximos al fin, la persecución y la iniquidad serán tales, que de no acortarse esos días, los justos podrían perecer –en términos eternales, claro–, es decir, podrían no perseverar. También esto se ha entendido como causa de la Venida, toda vez que con ella Dios irrumpiría desde su eternidad en el proceso histórico para salvaguardar a los suyos, a quienes se han mostrado fieles y perseverantes, pero que enfrentados a ciertos hechos (tanto seducciones como persecuciones), podrían defeccionar. Pero tal vez aquí deberíamos traer nuevamente a su quicio el orden en que las cosas parecen suceder.

Tenemos, es verdad, términos opuestos: la piedad del hombre que acelera el Día del Señor y la piedad del Señor que acorta los padecimientos de los fieles.

Entonces bien, tenemos con esto varias versiones de cómo son las cosas, próximos al fin.

Sin embargo, no son contradictorias, según se ve. Las palabras de Jesús respecto de esta perseverancia resultan claras e inequívocas. Complementadas con las que trae san Juan en los capítulos 16 y 17 de su Evangelio, parecen más claras aún. Todo esto atañe al misterioso tramado entre gracia y libertad, como al más misterioso aún entre predestinación y libertad. Pero también debe considerarse allí alguna diferencia, pertinente al asunto del que se trata, entre la razón por la cual se produce el fin y el tiempo en que esto acaece, a lo que deben sumarse las razones de Dios para irrumpir en el tiempo una segunda vez tras la Encarnación y acabar con él.

Seguramente, es probable que Kant no estuviera pensando en esto cuando auguraba a un cristianismo ‘desvirtuado’ producir los males del fin y el fin mismo, que en este caso llama invertido, no natural, creyendo, hay que repetirlo, que el fin natural era una durable bonanza ilustrada o a lo sumo una enigmática transposición. El caso es que acertaba en parte y no necesariamente queriendo acertar.

Una noción habría que agregar a estas consideraciones: akoluthía.

El verbo griego akoloutheoo significa seguir, acompañar, imitar, de allí el término acólito que también se refiere a ministro.

La palabra significa consecuencia, secuencia, ordenación, congruencia, hacer símil, seguir, sucesión. El mismo año litúrgico –él mismo una sucesión, una akoluthía– se vuelve así una representación, a través de los tiempos que estipula y ritos sagrados, de una akoluthía mayor que recorre toda la existencia incluso más allá del tiempo histórico.

El concepto puede rastrearse, por ejemplo, a partir del capítulo VI (El desarrollo de la historia) de El Misterio de la Historia, del cardenal Jean Daniélou.

El término, explica Daniélou, procede de la filosofía griega –más concretamente de Aristóteles– y tiene un desarrollo particularmente importante en la filosofía y en teología oriental; es san Gregorio de Nisa quien lo aplica especialmente y, a través de sus obras –y en particular el Tratado de la Virginidad (371 d.C.)–, sigue Daniélou la aplicación de esta doctrina.

Es importante. Es particularmente significativa la aplicación de esta noción a dos visiones de la historia que, si bien resultan opuestas, no son contradictorias pues si no se complementan exactamente, de algún modo resultan congruentes. Como si dijéramos dos sucesiones en el tramado de la historia, incluso dos progresiones.

Hay que destacar ante todo que esta noción se compadece con la centralidad del tiempo en la historia. Y de la contemplación del misterio del tiempo, saca san Gregorio conclusiones que son imprescindibles para este trabajo.

Habrá que recordar otra vez que uno de los motivos de estas consideraciones que aquí se desarrollan, es precisamente cierta causalidad escatológica que parece deducirse de los dichos de Kant.

Algo que hacen los cristianos cuando obran históricamente –desnaturalizando la substancia del cristianismo, según Kant–, actúa a modo de causa respecto de la aparición del Anticristo y del fin –no natural, dice– de las cosas en la historia.

Kant afirma la progresión y sucesión como mecanismo natural de la temporalidad histórica y la orienta augurando –con dispar optimismo, apunta Pieper– el progreso de la humanidad; pero consigna, a la vez, una progresión negativa no menos causal.

Es decir, dos elementos hay que observar: la propia noción de progresión, por una parte; y la naturaleza de aquello que progresa, naturaleza entitativa tanto como moral.

Y es del caso notar a su vez que esos pares resultantes interactúan causalmente respecto del fin de la historia. Importa advertir que las relaciones establecidas por Kant no son en absoluto una novedad, por peculiares que sean en su sistema y en su modalidad. Lo que sí son es una postulación que ha dominado de un modo u otro –como hemos tenido ocasión de ver a través de ejemplos de esta serie, tan varios como de calidad disímil– la visión moderna y contemporánea de la historia y su desarrollo o fin, incluso en cierta visión cristiana de la historia en los últimos siglos, tanto en lo que tiene de optimista y progresista, como en parte, en lo que podría caracterizarse como pesimista, aunque esto de modo más indirecto (sobre este asunto, particularmente en lo referido a la expectativa mesiánica dentro de una determinada modalidad tradicionalista, hice algunas reflexiones en un trabajo Sobre la Parusía, considerando la oposición entre apocalípticos y parusíacos. No creo que las páginas de una bitácora resistan otro abuso de tantas páginas...).

Para decirlo otra vez, en forma quizás en exceso llana: la sucesión y progresión de algo malo, causa el fin; la sucesión y progresión de algo bueno, causa el fin.

Para Kant, una fe determinada, la religiosa o eclesiástica, y en ese mismo orden opuesta a una religiosidad que pretende pura o racional, embalsa el mal del mundo, lo hace crecer y con ese mismo acto llama a una crueldad y a una perversión anticristiana –en la concepción kantiana del cristianismo y su papel histórico– y al propio Anticristo, cuyo espíritu y acción se confunden con la así llamada fe eclesiástica. El modo de evitar ese fin nefasto, postula Kant, es que el cristianismo se vuelva esa pura fe religiosa o racional que sería su puerto natural y su verdadera esencia, y con ello universalmente amable. Su amabilidad, se entiende, es una especie de tolerancia moral, fundada en la razón libre, en la propia libertad y en un vago concepto del amor.

Sin embargo, esa visión de esa fe religiosa o eclesiástica que Kant impugna, coincide, tal como afirma Pieper precisamente, no con ese acre luteranismo supersticioso y totalitario al que tuvo que enfrentarse Kant en parte de sus últimos años, sino con la Iglesia Católica, su credo y su acción histórica, incluso con su expectativa parusíaca y su continuo conflicto con el espíritu del mundo, espíritu más bien asociable a la fe racional o pura fe religiosa a la que Kant le atribuye cualidades mesiánicas y efectos salvíficos inmanentes intrahistóricos, para su tiempo y su gusto, visibles en la que sería la Revolución Francesa, por ejemplo, como posible encarnación de un nuevo espíritu de libertad y racionalidad. 

Finalmente, Kant pretende evitar el peor de los males históricos: que el cristianismo se vuelva anticrístico. Si eso ocurre, se acelera y acaece el fin –invertido o no natural– de todas las cosas. Para que ello ocurra sólo debe pasar que el cristianismo insista en ser una fe eclesiástica. No ocurrirá tal fin si el cristianismo se resuelve a ser lo que, según Kant es en realidad: una fe racional o pura fe religiosa –como la ha denominado– que promueve y practica una racional bondad inmanente y una racional tolerancia sin dogmas ni ritos, una fe que dé progreso y felicidad al hombre en la historia. Así actuante, un cristianismo tal no tendrá resistencias en el mundo, lo cual resulta imprescindible para Kant.

Esta visión se superpone tanto a lo que dice el Evangelio, como a lo que alude san Pedro en su segunda Carta, como a lo que desarrolla san Gregorio de Nisa. Pero se superpone en sentido inverso. Tales lugares apelan a una akoluthía, a un secuencia del crecimiento del bien en orden al fin de la historia y a la Segunda Venida:

(...) ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la venida del Día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados se fundirán?

Pero ese bien que crece en intensidad, crece en el sentido en que lo postula una fe verdaderamente religiosa, no una fe racional. Al mismo tiempo, hay otra superposición. Para Kant, el crecimiento de la fe que denomina eclesiástica produce un efecto que se estima no deseado: el fin anticrístico, no natural, de todas las cosas, alejando la posibilidad de una especie de transposición de un estadio histórico a otra especie de plenitud también histórica, de paz perpetua, felicidad, bienestar. El cristianismo de esa fe eclesiástica, se aferra a su Revelación, sostiene sus dogmas y sus ritos, sostiene incluso sus profecías de catástrofe intrahistórica y de ese modo obtiene el rechazo del mundo, lo cual escandaliza a Kant, y, en su concepto, desvirtúa la naturaleza bonancible y amable del propio cristianismo, volviéndolo cruel y coartando el libre uso de la razón al hombre, en el entendimiento kantiano.

Es verdad que la profecía, en el Antiguo y más en el Nuevo Testamento, afirma la existencia de un Anticristo y de un Profeta del Anticristo y una especie de religión anticrística, que por lo que se entiende es una adulteración y perversión del cristianismo mismo, como se afirma también una profanación del lugar santo, y una abominación de la desolación en el lugar en que no debe estar.

Pero no es verdad que todo ello se refiera en realidad a una fe religiosa o eclesiástica –según la definición kantiana–, sino más bien por el contrario a una fe racional, a una especie de mera moralidad sin dogmas, sin Revelación en la historia, sin rito, sin Profecía incluso.

En tanto el Anticristo substituye y pretende substituir a Cristo, la suya no puede sino ser una figura que reemplace lo religioso –e incluso haga una propia eclesialidad–, pero si reemplaza lo religioso lo hace suplantando lo religioso en el sentido en el que Cristo lo entiende. Y si en sentido anticrístico lo humano se opone en algún sentido a lo divino, eso será por la religiosidad que exalte lo humano opuesto a lo divino, no –si acaso esto se concibiera posible– de lo divino opuesto a lo humano (aunque en este sentido tal vez convendría releer los diálogos de los 'primeros nacidos' con el Tentador, en la novela Perelandra, de C. S. Lewis.)

La pretensión de que el hombre llegue a ser todo lo divino que pudiere ser, es en todo caso propia de Dios más que del hombre; y sea cual fuere el modo en que esto ocurriere (dicho, por otra parte, en las Escrituras) habrá de hacerse al modo divino y no al modo humano. En boca –y en la pretensión– del hombre, esta divinización se vuelve anticrística eo ipso, aunque el hombre pretenda así algo que entienda ser el reino de Dios.

Es bastante claro que Kant toma los que él considera los defectos y miserias de una religión y se los aplica a su fe religiosa o eclesiástica, mientras que su fe racional o pura fe religiosa recibe en herencia notas que él estima benignas y bienhechoras, filantrópicas, libres de todo dogma, rito e incluso de necesidad de salvación extrahistórica. Para poder hacer esto, tiene, por fuerza, que considerar el tiempo histórico como el territorio de la indefinida perfección humana, la tierra futura de interminables beneficios, incluso lo dude o no por ser hombre perspicaz, le produzca insatisfacción o no en el transcurso de los tiempos, tal como los ve o los va vislumbrando.

El propio final de la historia en esa visión sería ya el mal mismo. Solamente una fe eclesiástica o religiosa –y su empecinamiento– parecería producir por sí semejante descalabro cósmico. En la concepción kantiana, la akoluthía que se encamina al fin perverso de todas las cosas, es la propia pretensión de esa fe religiosa de interrumpir, desviar o malversar el fin mismo del hombre y de la historia.

El cristianismo ve las cosas de modo exactamente opuesto. Y espera en consecuencia.



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Hoy, como ya dije, se debate la misma cuestión y casi en los mismos términos y con las mismas opciones, en cierto sentido. 

Y en cierto sentido porque hay un tercer elemento que a Kant no le preocupaba ni le interesaba. Como  ya se dijo, él se enfrentaba específicamente a la iglesia luterana, en la versión de Federico Guillermo y de su ministro omnipotente Johann Christian Woellner, que también fogoneba sus posiciones religiosas.

Lo que Kant no considera, precisamente, es lo que aquí se viene diciendo respecto de que el cristianismo tiene por naturaleza la imitación de Cristo. Y que, por eso mismo, como Cuerpo sigue el curso de la Cabeza, ahora en la historia y hasta Su Vuelta.

Su mayor fidelidad a la Cabeza, por eso mismo, arroja al Cuerpo en manos de sus adversarios y enemigos. Su victoria no es histórica y mundana, precisamente porque lo que en la Cabeza fue su Resurrección será, con la Vuelta del Esposo, un desposorio celeste y no terrestre. Deberá, antes de ello, ser parte de la Pasión y Muerte de su Esposo, como ha dicho santo Tomás, para que la Esposa se halle ya purificada para la Gloria en sus Bodas con el Cordero.

Kant equivocándose acierta lateralmente. Eso que él llama fe eclesiástica (lo dice respecto del luteranismo oficial que lo censura), termina siendo hoy una caricatura –extremada por sus preferencias racionalistas y liberales–, del vero cristianismo de la Iglesia Católica y la condición necesaria para su purificación. La religiosidad de Kant, la que él propone y que se opone a esa fe eclesiástica, espera una gloria inmanente: la racionalidad, la apertura al mundo, en suma la "amabilidad" que le asigna al cristianismo, según él la entiende. Pero eso mismo se encarna en los postulados de todo progresismo, aun del que traspasa lo teológico a lo político, en cualquiera de sus versiones.  

Pero tiene un raro acierto inverso, también. Más difícil de evaluar y aun de ver.

Su caricatura de un cristianismo fiel a su Maestro y Cabeza, es eso mismo: una caricatura. Pero al trasluz, se haya dado cuenta o no, aparece la figura de algo que en el fondo combate tanto como al luteranismo de Federico Guillermo y Woellner. Porque ese luteranismo no encarna la verdad del cristianismo. Su rigor es rigor, no fidelidad.

Pero la fidelidad también le parecería rigurosa y más que rigurosa, si la tuviera en cuenta.

Porque toda la Escritura revela la suerte de aquellos que siguen al Cordero fielmente. Y dice también La Escritura la razón de esa suerte que correrán si permanecen fieles.

El triunfo intrahistórico intrahistórico de los fieles es la fidelidad. Y habrán sido fieles también porque han vencido las tres tentaciones del Maligno y se encaminan a la Cruz, después de haberlas sorteado, sostenidos por la Gracia de su único Señor. Igual que su Señor.

Se les aplicará a ellos, entonces, aquello que se dice de los 144 mil elegidos (Apo., 14, 4-5):
Hi sunt, qui cum mulieribus non sunt coinquinati: virgines enim sunt. Hi sequuntur Agnum quocumque ierit. Hi empti sunt ex hominibus primitiae Deo, et Agno: et in ore eorum non est inventum mendacium: sine macula enim sunt ante thronum Dei.

Si Kant hubiera terciado en las disputas de nuestros días respecto del futuro de la Iglesia, hubiera representado en un sentido raigal lo que hoy es el progresismo en todas sus formas. Dentro y fuera de la Iglesia. Era su credo, precisamente. 

Pero también les habría hablado particularmente a los católicos que representan una estricta y completa observancia fiel del cristianismo. Porque son quienes se oponen a su credo respecto de la naturaleza del cristianismo y su acción en el mundo.

Pero allí es, precisamente, donde se abre una cuestión capital que se refiere a lo que viene.

Con las mismas palabras de Kant –pero con un sentido por completo distinto– podría advertírsele a quienes se oponen al progresismo del mundo y en la Iglesia, que su acción y su fidelidad llevan a la Iglesia a la persecución y al martirio. 

Lo cierto es que esa perspectiva respecto de lo que viene es la verdadera, mal que le pese a Kant, al progresismo y, hay que decirlo, a muchos que se oponen al progresismo y lo combaten.

Porque quienes se oponen al progresismo y lo combaten, deben saber  que la fidelidad a la Cabeza significa para el Cuerpo el triunfo celeste y la persecución del mundo en este mundo.

Kant estaba seguro de que los verdaderos cristianos tenían que ser progresistas. Y se quejaba de que la persecución caía sobre ellos (y sobre él mismo) precisamente por eso: por ser progresistas.

Pero se equivocaba porque lo cierto es que los cristianos verdaderamente fieles a la Cabeza serán los perseguidos: son los llamados, en su fidelidad, a completar en ellos lo que falta a la Pasión de Cristo.

Si alguno cree que el triunfo de los verdaderamente fieles a Cristo será un triunfo temporal, no es en substancia sino un progresista. Si alguno cree que lo que se ha de esperar de lo que viene es una "primavera de la Iglesia" en términos temporales, con las consiguientes secuelas en el ámbito político y cultural, es también en substancia un progresista.

Salvo que estas palabras de Cristo, la Cabeza, no se apliquen a su Cuerpo Místico, la Iglesia y lo que haya que esperar de lo que viene no sea lo que Él dijo (Jn. 15, 18-27):

Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros.
Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo.
Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán.
Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.
Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado.
El que me odia, odia también a mi Padre.
Si no hubiera hecho entre ellos obras que no ha hecho ningún otro, no tendrían pecado; pero ahora las han visto, y nos odian a mí y a mi Padre.
Pero es para que se cumpla lo que está escrito en su Ley: Me han odiado sin motivo.
Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí.
Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio.




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Dejo en esta portada el enlace al texto completo de este cuaderno.





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(NOTA: La ilustración de esta entrada muestra a san Dionisio, primer obispo y patrono de París. Murió mártir en el siglo III. Si los que no la conocen se interesan por su vida, verán por qué lleva su cabeza en sus manos.)