viernes, 29 de mayo de 2026

Telar


Había dicho al principio que el tapiz le iba a llevar mucho tiempo.

No era un tapiz corriente, no recuerdo haber visto uno igual. Tramas de hilos de colores variados pero apagados que terminaban formando, cuando lo vi, un tejido que se hubiera dicho a la primera mirada que era monocromo. Y sin embargo, mirando con atención, se veía la policromía. Pero había que estar muy cerca del tejido para notarla. Pese al aspecto algo rústico, el tapiz resultaba extrañamente lujoso.

Las veces que pasé por el taller –tejiendo siempre estaba– no pude distraerme con otras piezas que había colgado en las maderas del techo o en las que estaban incrustadas en el adobe de las paredes. El tapiz era el rey del taller, era el centro inocultable y atractivo.

Pensé siempre que lo sabía y que sentía no orgullo sino complacencia por los resultados de su obra.

Siempre fue así. Hasta hace unos días. 

Era una mañana fría, en el medio del taller, sobre un brasero singular de terracota gruesa, obra de sus manos también (siempre lo codicié con admiración), bullía una pava enorme, verde oscuro. En el rincón habitual, el telar, como abandonado. Al menos, ocioso, tal vez reposando. Pensé que el tejido había sido terminado y que estaría en la casa. Me asomé desde el alero del taller, mirando en varias direcciones, para ver si andaba por allí. No aparecía. La casa estaba cerrada.

Fue la curiosidad de la escena lo que me retuvo. Debería haberme ido y lo pensé, pero fui quedándome. Recorrí el taller para ver si el tejido estaba doblado en la pila de los ya terminados. No estaba. Removí, finalmente, la pava y la puse sobre los ladrillos del suelo. Volví al alero y fumé un cigarrillo que no terminé, porque llegaba por el camino que venía de la quinta, con un morral que cargaba al hombro con unos pocos limones adentro.

Abrí los brazos interrogando. Me miró sonriendo porque adivinó la pregunta.

¿Qué pasó?, dije mientras entrábamos juntos al taller. No preguntó de qué hablaba.

Destejí, dijo sin inflexiones en la voz grave.

Pero si estaba tan adelantado y era tan impresionante, reproché suavemente.

Por eso mismo, y me miró como si tuviera que entender el laconismo críptico.

Se hizo un silencio.

Pasa que no era eso, ni era necesario ya. Ya no soy ese tejido y lo seguía tejiendo quién sabe por qué. Hasta que me di cuenta y lo destejí. Me llevó casi toda la noche...

Me vio con el ceño fruncido y la boca entreabierta y sonrió.

Fui a buscar unos limones para hacerme un té con miel. ¿Querés que te prepare uno?

Desde ese día estoy pensando en lo que dijo tan parcamente y casi con alegría. Y pienso si no debería destejer yo también algún tejido que "ya no soy yo", como dijo. Si debería dejar reposando el telar. Tal vez.



jueves, 28 de mayo de 2026

Solveig


Nos reunimos a leer. La novela permite pasar bastante tiempo juntos y es lo que hicimos durante casi un mes. Las horas de las que disponíamos nos dejaban avanzar sin apuro. Las únicas demoras eran algunas explicaciones sobre lo que había detrás de algún signo, de cada personaje enmascarado o de las situaciones más crípticas. Oía con curiosidad y parecía que le preocupaba más que yo supiera esas cosas que la trama misma de la obra. Por lo menos así fue hasta cerca de la mitad del volumen que le pareció al principio inmenso e inabarcable.

Pero pronto su perspicacia natural pudo hilvanar, entrecruzar líneas del relato y hasta proyectarlas. Entendió el sistema.

No es una novela policial, pero parece, ¿no?, dijo sosteniendo y sacudiendo el mamotreto en su turno de lectura, como si fuera un abogado vapuleando en sus manos un prueba ante el jurado. Sí, había entendido el sistema.

Cuando entraba en un laberinto, a cada oración o breve párrafo, levantaba la vista y me miraba casi suplicante, interrogándome con los ojos. Después de algún comentario de mi parte, sonreía con satisfacción. 

Si me tocaba leer, se extendía en el sillón junto a la chimenea y miraba el fuego con una concentración completa que sólo quebraba, sin preguntar siquiera, sólo mirándome. Así entendía yo que debía volver a leer algo o a explicarlo.

Así estuvimos algunas horas por día durante unas veinte tardes, que a veces se estiraban hasta la hora de comer. Yo cerraba el libro, si era mi turno, y con eso daba la señal de que ya no seguiría leyendo. Un breve silencio, alguna interjección laudatoria o signo de un esfuerzo de comprensión, según el ritmo y la claridad del texto. Entonces me acompañaba hasta la puerta tomando mi mano con sus dos manos.

Cuando la parte restante de las hojas del libro ya mostraban que el final de la novela se acercaba, me pidió que leyera solo. La lectura llevó dos días más y su semblante iba nublándose de cierta lejanía, tal vez tristeza, que duró hasta el final. 

Para la última tarde apenas quedaban unas pocas hojas, de modo que ese día terminamos bastante temprano.

Cerré el libro y me eché hacia atrás en el sillón. Ese día no hubo fuego en la chimenea, no había hecho frío. 

Entonces, después de un silencio que no fue breve, miré su expresión como esperando algún comentario, algún gesto, un dictamen tal vez, aprobación, decepción, sorpresa, cualquier cosa.

Me miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa que no podía descifrar. ¿Tristeza? ¿Ternura? ¿Complicidad?

¿Cómo es?, dijo al final y sin variar el gesto.

No entendí y se notó en mi cara.

¿Cómo es?, repitió, ¿qué se siente leer el Adán Buenosayres con Solveig al lado, mirándote leer y oyéndote hablar de ella?



martes, 26 de mayo de 2026

Futuro antiguo


Me acordé de un programa de radio que se llamaba así, o parecido, que solía oír por la radio estatal hace unos años. Futuro antiguo, pasaba muy buena música durante algo menos de una hora, por las noches.

Pero me acordé no por la música sino por la conversación que habíamos tenido a la tarde. 

Tiene la virtud de narrar el futuro con una nitidez que atrapa, parece pasado o presente, pero ninguno de ambos quieto, inmóvil. Vívido y vivaz, en todo caso. Es algo difícil de hacer con el futuro: dar la impresión de que es algo que está ocurriendo. Y no sé si decir ya está ocurriendo o, mejor, todavía está ocurriendo.

¿Qué nos espera?, dijo de pronto. 

La pregunta salió de la nada y desencadenó un juego literario. La narración no era conjetural, ni utópica, ni puramente "creativa".

Era la visión de un hecho continuado que arrancaba en la pregunta y velozmente se confundía con un tiempo real, con un suceso.

Mezcló con arte nuestra historia pasada y presente con la futura. No era exactamente una respuesta a la pregunta que había formulado, era un ensayo de composición que yo oía cada vez más fascinado. No tanto por los hechos que encontraba para dibujarnos en el futuro, aunque un poco sí. Pero más por la naturalidad con la yo que iba teniendo como recuerdos de algo que tal vez pasaría, porque era futuro y por definición era contingente.

A cada paso tenía ante sí una bifurcación que debía resolver tomando una de las posibles direcciones. Imperceptiblemente para mí, fue modulando las secuelas de cada elección que resultaban naturales en el relato, pero que llevaban una dirección como premeditada. Aseguro que no me di cuenta de eso hasta el final, cuando ya tuvo el tono y el sabor de lo necesario, de lo inamovible.

Como me plegué espontáneamente al juego, no tenía de qué quejarme, aunque sus secuencias suponían decisiones que no siempre eran las que yo hubiera tomado.

Y así va a terminar esto..., dijo abruptamente, cuando yo esperaba nuevas peripecias que disolvió apenas con el gesto de mirarme con una sonrisa que sellaba la fatalidad futura.

Notó mi sorpresa (no quise mostrar una extraña decepción que me asaltó, tal vez por lo abrupto del punto final) y sacudió la cabeza como confirmando lo ineluctable.

No es que el final que proponía el relato me disgustara. Era definitivamente lo abrupto de la resolución lo que me incomodaba. Tenía la tonta sensación de que no había sido consultado, de que no se me había pedido mi intervención de ningún modo. Sentí claramente que eso ya era pasado, que efectivamente había pasado y que yo estaba recibiendo solamente el envión de los hechos, como tantas veces pasa en la vida.

Era, ni más ni menos, el envión de un futuro antiguo que a la vez se hacía presente enarbolando un dictamen viniendo de un pasado que pasaría en el futuro, engarzándose en un collar de eventos misteriosos y a la vez evidentes. Tan inquietantes como casi felices.

Ya era de noche cuando llegué al cruce de caminos, había muchísima niebla en la calle larga bordeada de fresnos que tenía que tomar: árboles fantasmagóricos que apenas dejaban ver la base de sus copas incrustadas en el cielo invisible, cerrando completamente el horizonte final de la calle.

Sonreí. 

Me había llevado –y yo había aceptado ir– al futuro que sentía sólidamente ya pasado.

Había estado en un futuro antiguo.



jueves, 21 de mayo de 2026

Amor presente pasado


Me lo contó hace poco. Tomábamos una taza de té en la vieja casa eslovena que está al final del camino, al pie del cerro siempre blanco.

Después de un sorbo lento y pensativo, miró por la ventana y empezó a hablar. El protagonista era un perro, un ovejero que había criado desde su adolescencia.  

Con detalles infinitos, contó desde que llegó a su casa, cómo su padre se lo entregó como quien pasa un legado, sonriendo de satisfacción por su sorpresa feliz. Después, cómo le había elegido un nombre y un lugar, cómo empezó a entrenarlo, cómo lo había alimentado viéndolo crecer con fascinación por el tamaño que iba tomando. Las idas al veterinario que había en la avenida, las vueltas a la casa pasando por la plaza, soltándole la correa para que corriera y potreara, jugando y corriendo entre persecuciones y mimos.

Cuando lo llevaron a la costa, primero. Al año siguiente, al campo. Después siempre a la montaña o a las sierras. La vez que casi se congela y hubo que rescatarlo porque se había alejando de la orilla del lago casi helado, arroparlo en la cabaña al lado del fuego, dormir a su lado una noche hasta verlo recuperado a la mañana. O la vez que se peleó con un mastín vecino y, aunque salió triunfante, quedó herido en una pata que rengueó hasta el final.

Era relativamente joven el animal cuando salieron a andar a caballo una mañana, para ir a pasar el día al lago. El caballo que montaba venía ya intranquilo, nervioso y arisco.

La mirada se le nubló y dejó de hablar unos cuantos segundos. No era una técnica narrativa, era el preludio de un recuerdo triste que enseguida iba a desgranar.

Me miró fijamente con los ojos llorosos, pero sin llorar todavía.

El caballo relinchó, se inquietó, mañereó, corcoveó un par de veces. El perro se impacientó, ladró primero y después se plantó frente al animal ladrando cada vez con más ímpetu, agresivo. Rodeó inmediatamente al caballo una vez, dos veces. Uno a otro, en una sinergia insólita y sin motivo aparente, se iban desafiando. Los gritos no valieron de nada, la espiral de provocaciones mutuas parecía que no iba a terminar. El caballo lo buscaba y bajaba la cabeza y sus orejas, anunciando combate. Más se acendraba el perro.

En un momento, el perro volvió a la retaguardia del caballo y ladró muy cerca de los garrones, probablemente le tiró un mordiscón. Más se encabritó el animal y empezó a patear. Una, dos veces. La tercera patada le dio de lleno y con mucha fuerza a la cabeza del perro y lo hizo volar varios metros.

Se bajó del caballo, corrió al animal caído, el caballo, que no había sido sujetado, pegó la vuelta espantado por los movimientos y galopeó por el sendero hacia la casa, que no estaba lejos, pero tampoco cerca. Su hermano, el otro jinete que iba a su lado, desmontó y cargó al animal sobre la cruz de su monta. Se subieron ambos y corrieron hacia la casa buscando ayuda para el perro que, cuando llegaron, apenas respiraba, sangrando mucho por la boca.

Esa tarde vino el veterinario y dio su dictamen: había que esperar hasta la mañana, si no reaccionaba había que tomar una decisión más drástica. Otra vez se recostó a su lado sobre unos pellones, una manta liviana pero abrigada cubría al pobre animal. Pasó la noche casi sin dormir. Más que el cansancio, la emoción de todo el episodio y la angustia de ver al perro tan mal herido le daban un sueño ligero, intranquilo. Pero, ya a la madrugada, se rindió y se durmió. Apenas una hora, porque se despertó con la conciencia de sus cuidados. 

Y allí, al arroparlo, se dio cuenta de que el perro había muerto.

Lloraba, mirando el cerro siempre blanco por la ventana. No quería mirarme.

Al fin, levantó los ojos que había clavado en la taza de té. Me miró con tristeza. Era un hecho de su juventud, hacía años ya. No entendía por qué el relato la había emocionado tanto.

Pero volvió a mirarme, ahora había más ternura que tristeza en la mirada y en el gesto. Buscó mi mano sobre la mesa, la tomó primero y la acarició después suavemente.

Volvió a mirar la taza de té y sin levantar los ojos, dijo: ¿Dónde estabas? ¿Por qué no estabas? ¿Por qué no estuviste?

En esa época, no nos habíamos conocido todavía. Nos encontramos mucho después. 



martes, 19 de mayo de 2026

Itinerario


El fuego había tomado fuerza lentamente. Eran una llamas jóvenes, de aroma seco y hondo de maderas nobles.

Sólo era cosa de mirarlo crecer, robustecerse, crepitar cada vez más ronco.

Esa hipnosis de las llamas y las brasas es seductora: mientras la mirada queda fija y quieta en ellas, llevan a la mente y el corazón hacia los rincones del alma, a una memoria agazapada. Al fuego lo dejo jugar esas partidas morosas y tibias; tanto que habitualmente tengo ocasión de elegir, de entre los recuerdos y las ideas, cuál tomará el centro solitario de la escena, a cuál oiré o interrogaré sin apuro y con todas las mesetas y pausas que se presenten en el itinerario.

Tiene que ser al atardecer, cuando ya cae la luz y hay tiempo baldío. El fuego me basta, pocas veces hay la necesidad de tomar algo mientras. La bebida preferida son las memorias de las cosas.

Ayer, por ejemplo, fue un episodio que se coló de repente. Un viaje entre la costa y el llano, un momento del viaje, en realidad. Un alto temprano yendo por caminos "de adentro", para hacer noche en un poblado chico, que conoció glorias mayores y que había quedado quieto en el tiempo. Una especie de comedor campero en una especie de refugio anhelante, un hotelito de paso que también había tenido días prósperos. A la hora de la comida, fuimos llegando. Había una mujer de mediana edad, sola; una pareja de viejos simpáticos y una familia campera, con dos hijas. Y nada más. De ahí me habrá quedado la idea de que el lugar era un refugio anhelante: esperaban gente, viajeros, que era claro que no venían con frecuencia. Pero igual esperaban. Y los que sí llegaban iban, sabiéndolo o no, a un refugio en medio de un páramo.

La atención era familiar y paisana, la comida casera, y sencilla, abundante sin exagerar.

Frente al fuego, el lugar cobraba vida y se animaba vivo ante mis ojos, y me pareció saliendo más de las llamas que de mis recuerdos. 

Vi un paseo por unas calles larguísimas, arboladas con árboles que habían sido plantados probablemente unos cien años atrás. Unas casas abandonadas a la vera de lotes enormes, de pastos altos, con algún animal aprovechando la pastura silvestre y gratuita. Al fondo del poblado, una cantera que parecía una ruina romana, si no fuera por un viejísimo camión volcador abandonado que cerraba la entrada. En sus días, en el centro del poblado hubo una plaza que se resistía a morir y que evidentemente alguien cuidaba hasta donde era posible para que unos bancos de piedra no fueran devorados por la maleza; los pocos caminos supérstites, y que iban hacia un monolito central en la plaza, apenas mantenidos, ya no eran de grava sino de un manto ralo de piedra partida.

El itinerario se desenvolvía nítido y vívido, hasta podía sentir el aire fuerte del viento en la calle de las casuarinas y el sonido de mis borceguíes pisando la arena gruesa que cubría la única avenida, que dividía el poblado en dos, todo a lo largo y que era la entrada desde una ruta.

Pero irrumpió una voz, sorpresivamente. 

Y sentí un disgusto revivido, el que me había causado entonces el timbre y el tono de la voz.

Era apenas un comentario, una pregunta y un comentario, para ser preciso. Aquella mujer sola que había en el salón del comedor, a una mesa de distancia de la mía.

Un timbre indefinido entre grave y agudo, falsamente cortés. Una pregunta sobre el menú con un comentario que quería ser ingenioso, pero era agrio e hiriente.

La expresión sorprendida del joven que servía las mesas, pero lo suficientemente "profesional" como para acusar recibo de la ofensa.

El fuego, de pronto, tomó un color extraño, o eso me pareció. Como a tono con la oscura opacidad del recuerdo inoportuno.

Entonces, ahora incómodo en el sillón, volví a darme cuenta de que no era la primera vez que había estado mi memoria recorriendo aquel itinerario. Y recordé entonces que, cada vez, ese breve episodio en el comedor había herido el itinerario con una saeta envenenada, que no alcanzaba a matar, pero que hería siempre ácida y tristemente.



domingo, 17 de mayo de 2026

Años buenos


Tiene la costumbre de hacerme algunas preguntas que no pueden responderse sin pensar. Más de una vez tengo que decir que debería darme más tiempo para contestar, bastante más que un día o dos.

Caminar con frío obliga a caminar más bien en silencio. Y caminábamos con el frío de la tarde. Basta decir apenas lo necesario, ninguna conversación continua, un telar de pocas frases cada tanto para tejer un asunto o el cuento de algún hecho. Nada de párrafos, oraciones nada más, hebras de palabras.

Más silencio hubo cuando, en medio de uno de esos silencios, me preguntó: "¿tuviste años buenos? no días, no meses: años...; seguro que tuviste, ¿cuándo fue? ¿por qué fueron buenos?"

Me entrené con el tiempo, ya sabía que para entender el calado de sus preguntas (y la calidad de las respuestas) tenía que mirar sus ojos, su mirada. Durante la pregunta y después, cuando esperaba una respuesta.

Enseguida sentí una fuerte advertencia: esta era una de las preguntas que no podía responder sin tomarme tiempo, bastante tiempo. Podía responder paráfrasis, rodeos, "conversación social", que le dicen. Pero hacía frío y el silencio era más confortable. Quería saber algo determinado y preciso, no un fragmento de biografía no autorizada, amasada con hechos reales mezclados con ficción. Y mirando su mirada, que vagaba presuntamente distraída entre los árboles y el arroyo, me pareció entender que tenía un interés especial en la respuesta y que ese interés era por ver si esos años incluían su presencia.

Tengo que pensar, dije.

Lo dije y pensé que no era del todo verdad. Tal vez me daba miedo contestar, tal vez me sorprendió que de repente me pidieran cuentas (y no me gusta que me pidan cuentas...). Tal vez creí, tomado por sorpresa, que me oiría confesar algo innecesario.

Al fin y al cabo, era verdad que tenía que pensar.



sábado, 16 de mayo de 2026

Castellani y algo sobre la universidad




La alta vida intelectual no es un lujo para una nación (no hablo de colonias y factorías): es una necesidad. El poseer sabios es antes que el poseer máquinas; cosa que sabían nuestros padres, y que vio no solamente Tomás de Aquino y Alfonso X y Rosmini y Newman, sino hasta Enrique VIII, y si me apuran, hasta Eisenhower, rector de una Universidad y ganador de una guerra: "e porque de los homes sabios, los omes e las tierras e los rreynos se aprovechan, e se guardan, e se guían por consejo dellos; porende queremos..." fundar Universidades o "Estudios Generales" –dijo nuestro Rey Alfonso X el Sabio, rey que tenemos bien olvidado. (Las Partidas, partida II, título XXXI, Proemio Ibid. Ley 1a). 

Pueden hacer todo lo que quieran, y sobre todo hablar mucho, pero estos son hechos, y de ellos no se puede salir. Nación sin alta vida intelectual es nación descabezada, y una gallina con la cabeza cortada puede disparar bastante en todas direcciones y hasta cacarear, para al fin desangrarse y caer.

Al comienzo de su novelita, dice Dorothy Baker describiendo el "tea-party" de los graduados:

Where she was, no one was yawning, no one looked worried, no one edged off. They listened, all of them, and they talked. They used langage to express ideas, their own ideas, and other good ideas. The golden curtains were drawn across the glass wall, the lamps gave light, and civilization was in this room, drinking its tea". (Donde ella estaba, nadie bostezaba, nadie parecía preocupado, nadie se alejaba. Escucharon, todos ellos, y hablaron. Usaron el lenguaje para expresar ideas, sus propias ideas y otras buenas ideas. Las cortinas doradas fueron dibujadas a través de la pared de cristal, las lámparas dieron luz, y la civilización estaba en esta habitación, bebiendo su té".)

He ahí. "Y la civilización estaba en ese aposento, tomando su té". Busquen en Buenos Aires, por todos los rincones, a la civilización tomando su té, a ver si la encuentran. Si anda por aquí, estará escondida con los ermitaños urbanos. Ciertamente no está en Viamonte al 400.

Este fragmento es de Leonardo Castellani –y alude al final a la sede del rectorado de la UBA–; está en Dinámica social, en el número de julio de 1955, en un comentario bibliográfico a la novela Trío, de Dorothy Baker.

Mencioné estos párrafos hace poco en una conferencia al este de Cuyo. Se hablaba sobre san Juan Enrique Newman y la universidad. Y a la vuelta del viaje fue la 4ta. marcha por el financiamiento universitario. La miré de a ratos por las pantallas y pensé en lo que Castellani decía hace 70 años.

La civilización tomando su té. ¿Anglofilia del cura? Diría que no, no necesariamente al menos. 

La palabra que importa –y que LE importa– es civilización, no té. Y para confirmarlo está la cita de las Partidas de Alfonso el Sabio, más arriba.

Té o mate da igual.

El problema es si verdaderamente en la universidad pública argentina está la civilización.

Creo que, en general, no. Igual que Castellani hace 70 años. Y no es un argumento de autoridad. Es por experiencia personal.

En general, la universidad pública adopta una visión del hombre, de la sociedad y del estado, que se abre en un abanico homogéneo para la definición y la interpretación de todas las cosas de la tierra y del cielo. La civilización que Castellani añora para la Argentina se forja en parte en la universidad. Pero en tanto la educación pública obligue con su sesgo a formar un "hombre nuevo" en una "sociedad nueva" se aleja de esa civilización. Y eso se da en todos los niveles de enseñanza oficial en la Argentina: desde el nivel inicial hasta el universitario.

Aquí me detengo unos pocos minutos.

Para quien quiera, puede ver un ejemplo fragmentario tomado al azar de un texto de Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado (ICSE), una de las materias del Ciclo Básico Común (CBC), de la UBA  (son apenas unos puntos del capítulo I), de una cátedra al azar:

1.2.1. El orden como organización a escala local y regional

La “Revolución Agrícola” generó un proceso de concentración de la creciente población en las primeras aldeas y ciudades, algunas de las cuales llegarían a contar con miles y miles de habitantes. La nueva situación implicó un proceso de especialización en las tareas que tendría implicancias en la estratificación social, en los cultos religiosos, en la burocracia civil, y en la distribución del poder militar y político. La invención de distintos sistemas de escritura en varios puntos del planeta —en la Mesopotamia, Egipto, el Cercano Oriente, China o América precolombina, entre otros— acompañó esta evolución del orden a escala local y regional. La capacidad de recoger, transmitir y almacenar información requirió de herramientas flexibles para llevar registros de la producción, el almacenamiento, el pago de tributos y las actividades comerciales. Al disponer por primera vez de excedentes suficientes como para sostener las nuevas estructuras, el orden surgido de estas innovaciones sentaría las bases para el control del territorio circundante y zonas cada vez más alejadas de los núcleos poblacionales. Al quedar atrás la etapa de una economía de reciprocidad y trueque, la concentración demográfica y el aumento de la especialización en el trabajo marcaron el pasaje a una etapa de expansión del comercio que tarde o temprano daría origen a las distintas formas de dinero que conoció la Humanidad. Una economía más compleja ya no podía basarse en el trueque, que solamente podía ser utilizado para una cantidad bastante limitada de productos y servicios. Así, el dinero en sus diversas formas —cacao, sal, tabaco, granos, pieles, moneda— permitió unir a una cantidad de extraños que tenían algo para ofrecer con aquellos que lo necesitaban o deseaban. Para ello, se requería de una “revolución” en la manera de entender las relaciones económicas, comerciales y financieras que fuera compartida por todos, más allá de las diferencias que podían existir entre las comunidades humanas que habían alcanzado cierto grado de organización. Esa nueva forma de pensar fue otro caso de confianza colectiva en un mecanismo imaginado y adoptado progresivamente por personas absolutamente desconocidas entre sí. El paso del tiempo demostraría que fue el medio más efectivo y universal de generación de relaciones de confianza. A medida que muchas personas, y sobre todo autoridades políticas respaldaron la utilización de las diversas formas de dinero en cada época y lugar, garantizando su valor y autenticidad, la tendencia se hizo irreversible. Desde la antigua Anatolia y a través de la expansión de Roma, de las conquistas del islam y de las potencias europeas, las monedas de plata y oro se convirtieron en la mayor realidad imaginada, siendo continuada hasta el presente por otras monedas y formas de pago electrónico aceptadas internacionalmente. Advertíamos anteriormente que la cooperación social a gran escala requería de un “adhesivo” que permitiera llevar adelante las tareas requeridas por una organización que incluyera a personas que no se conocían entre sí, logrando que se sintieran parte de un proyecto común. Las creencias y rituales religiosos cumplieron en ello un papel fundamental, junto a los mecanismos económicos y políticos que se irían consolidando a la par. Los hallazgos arqueológicos de los últimos veinte años demuestran que en épocas tan antiguas como el 10.000 a.C. se destinaron esfuerzos monumentales para la construcción de enormes estructuras de piedra destinadas a reuniones ceremoniales. Estas evidencias nos permiten afirmar que los rasgos culturales de los grupos humanos en transición del nomadismo al sedentarismo eran mucho más complejos que lo que se ha aceptado de manera corriente. Dichos trabajos de construcción implicaban el esfuerzo de cientos y miles de personas, de modo coordinado, mientras otros tantos garantizaban el suministro de alimentos para todos.

1.2.2. Orden, mitos y religión

El trabajo agrícola-ganadero implicó la reducción de movimientos dela población que debía permanecer fijada a los terrenos que requerían de un cuidado continuo, la protección de las cosechas almacenadas y de los productos elaborados a partir de las materias primas obtenidas. Los tiempos se ajustaron al ciclo de la tierra e implicaron una nueva mirada sobre las previsiones necesarias frente a las amenazas de las sequías, las inundaciones o las pestes. No solo los factores climáticos adquirieron una importancia fundamental sino también el ataque de otros grupos dedicados al saqueo y al pillaje. Se tornó imprescindible aumentar las obras de infraestructura que resguardaran el trabajo invertido durante meses en las tareas rurales, así como destinar recursos para la construcción de muros defensivos y la creación de unidades militarizadas. En este punto, las posibilidades de cooperación social requirieron de un orden diferente, que propugnara principios de organización más “universales” que, en parte debían ser impuestos y en parte imaginados como reales, para alcanzar el objetivo de la supervivencia y la proyección en el tiempo. La consolidación de creencias y rituales alrededor de la existencia de un orden más allá de lo humano cobró fuerza a medida que dicha supervivencia dependía del favor de los “dioses” de la naturaleza para que fuesen benignos y retribuyeran la adoración y las ofrendas con las condiciones necesarias para obtener los mejores frutos de la tierra. Los relatos míticos y el panteón se plagaron de historias que sostenían la preexistencia de un orden sobrenatural que imponía normas y obligaciones a cumplir en el mundo terrenal. De alguna manera, se constituyeron en la legitimación de los órdenes sociales y políticos que se fueron instalando en las primeras grandes comunidades agrícolas que dispusieron de los excedentes necesarios para solventar los costos de las nuevas élites religiosas, militares y administrativas. Al comienzo predominaron distintas formas de animismo, pero a medida que la Revolución Agrícola se extendió hasta convertirse en un proceso sin retorno, las nuevas divinidades de la fertilidad, el sol, la lluvia o el rayo adquirieron un papel central. La mayoría de los relatos mitológicos presentaban la relación entre dioses y humanos bajo las formas de un contrato a partir del cual los primeros otorgaban a los segundos el favor de la dominación sobre plantas, animales y demás recursos naturales, exigiendo a cambio obediencia, fidelidad, la realización de rituales de adoración, la construcción de grandes templos y la entrega regular de ofrendas y sacrificios. La expansión del territorio que abarcaban las ciudades-Estado y los primeros reinos otorgaron a una cantidad de dioses un poder superior a los que respondían a pequeños cultos locales o a aquellos relacionados con los distintos clanes. Si bien estos no desaparecieron del todo, los dioses encargados de los grandes asuntos se convirtieron en las típicas deidades predominantes en todos los sistemas politeístas, convertidos en el código religioso común hasta el siglo I d.C., con pocas excepciones. En esta línea, el nuevo orden construido por los humanos se legitimó cada vez más como reflejo del orden sobrehumano correspondiente al mundo de las divinidades, con sus roles, sus jerarquías, sus poderes y sus relaciones. Ese nuevo orden, construido y alimentado a lo largo de siglos, se nutrió de imposiciones que, generalmente, establecieron divisiones bastante rígidas entre una minoría privilegiada y otros grupos definidos como subalternos, según diversos criterios.

1.2.3. Violencia y aceptación voluntaria

Pero este nuevo orden imaginado requería no solamente de coerción y violencia para el cumplimiento de las normas, sino también de una fuerte dosis de aceptación tanto de las clases subalternas como de las élites dirigentes. Debía creerse también en una misión específica y gloriosa a cumplir, en los dioses, el honor, la memoria o la tierra de los ancestros, en síntesis, en una gama de ideas, sentimientos y valores que permitieran el funcionamiento de estructuras claramente desiguales. Una parte muy importante de la producción intelectual desde la Antigüedad hasta la modernidad fue dirigida a presentar el orden humano vigente en cada lugar como el resultado de la acción divina o de las leyes naturales. El papel que cumplieron las religiones como el cristianismo y el islamismo fue fundamental en este sentido al establecer la base ideológica sobre la cual se asentó el orden sociopolítico en una gran parte de Europa, Asia y África, antes de expandirse hacia América y Oceanía. La acción de los gobernantes y las clases privilegiadas se dirigía así mantener el orden social y evitar cambios que pudieran amenazar su solidez. 


Esa visión histórica de la formación del orden social, sin disimulo, califica y reinterpreta hechos históricos y realidades naturales y sobrenaturales y lo hace con categorías historicistas y materialistas que desfiguran la naturaleza humana y su finalidad, así como sus realizaciones sociales a lo largo de la historia, en procura de esa misma finalidad.

Hace unos meses, repasé y comenté aquí mismo la bibliografía para Educación Sexual Integral, materia de la currícula en la provincia de Buenos Aires, con carácter universal también en el sistema educativo oficial, desde el nivel inicial hasta el nivel superior. Otro ámbito de conocimiento y acción educativa, pero la misma matriz.

No pretendo hacer una análisis exhaustivo de la cuestión. Simplemente señalo que hablar de educación pública en la Argentina requiere un análisis muchísimo más profundo y radical.

No se trata de financiamiento, no se trata de la currícula productivista. Tampoco es un avance reemplazar a Foucault y Marx por las divinidades del panteón liberal o libertario. Tanto da una cosa como la otra.

El asunto capital y axial es si la educación pública argentina debe ser debatida y discutida en términos económicos y financieros, casi con exclusividad.

Y peor aun. Cuando el gobierno liberal o libertario levanta el dedito para denunciar adoctrinamiento, lo hace con absoluta hipocresía. Simplemente quiere substituir un adoctrinamiento por otro en términos simétricos opuestos, pero siempre dentro de una referencia común. Por decirlo en bruto, ¿qué ganamos con que Juan Bautista Alberdi y Murray Rothbard reemplacen a Marcuse, Habermas y Beatriz Sarlo?

Las dos batallas culturales opuestas tienen un mismo adversario a desplazar y reemplazar.

En ambos casos se trata de lo que C. S. Lewis llamó la abolición del hombre o lo que Josef Pieper llamó la proletarización del mundo del espíritu. Todos mecanismos de poder deshumanizador.

Sabios y no máquinas, dice Castellani. Eso debe darle la alta vida intelectual a una nación.

Porque, pregunto: ¿de qué universidad salieron, de qué sistema educativo salieron los legisladores que aprobaron la ley que promueve el aborto? ¿De qué universidad salieron, en qué sistema educativo se formaron los legisladores y lenguaraces que abominan del bien común y la justicia social? ¿A qué escuela fueron los que proponen la eutanasia? ¿Qué institución oficial educativa le dio un título a Javier Milei, a Cristina Fernández, a Myriam Bregman, a Mauricio Macri, a Juan Grabois, a Horacio Rodríguez Larreta, a Patricia Bullrich, a Bertie Benegas Lynch, a Axel Kicillof, a Christian Castillo, a Manuel Adorni, por sólo hablar de los políticos y no aburrir con la lista de los intelectuales del staff oficial de la cultura argentina?

Hagan todas la marchas que quieran y llenen las arcas de las universidades y aumenten el presupuesto educativo. 

¿Conseguirán con eso alta vida intelectual? ¿Tendrá la Argentina más sabios

¿O solamente engordarán a la bestia de varias cabezas?



jueves, 14 de mayo de 2026

Mujer del vestido floreado (otoñal)


Desde que la vi la primera vez, habrán pasado unos tres meses. Ya era otoño. También en ella.

Una falda otoñal de colores otoñales, un saco marrón oscuro de gamuza. Cuando volví a verla, salía de la casa antigua de la esquina, que había creído abandonada. Siempre estaba cerrada, pese a que se mantenía pulcra, y pulcro el jardín que llevaba a una reja de entrada. No había luces exteriores por las noches.  

Estuvo unos minutos en el jardín del frente mirando plantas y flores, salió al fin y tomó rumbo a la avenida. Nos cruzamos en la mitad de la cuadra, me miró y me sonrió. Incliné la cabeza como tengo costumbre, sonrisa para desconocidos, sólo eso.

Pero cuando llegué a la esquina desde la que ella había venido, en un impulso raro volví y la alcancé. Le pregunté si nos conocíamos, como si reparara una desatención descortés. Con otra sonrisa me dijo que sí, que al menos nos habíamos visto hace un tiempo cuando ella llegó al pueblo. Dijo que yo era el que ese día había hecho ademán de entrar al bar y que sólo había saludado a Fermín (lo nombró ya como habitué...).

Elogié su memoria, con vergüenza de niño descubierto. Pensé preguntarle dónde había estado en esos meses, pero me sentí impertinente. Y apenas pocas palabras más. Llegamos a la avenida enseguida y nos separamos con un saludo breve, formal.

Algo había en su semblante, en sus modos, tal vez en su mirada o en la voz, que me paralizaba. Era la única persona que me causaba ese efecto. 

Cuando se lo dije –bastante tiempo después, en plena primavera–, bajó la cabeza, y mirándose las manos, sonrió como si recordara una travesura.



lunes, 11 de mayo de 2026

Los ojos


Está una cordialidad protocolar, está otra cordialidad de buena educación, está la cordialidad ficta.

Hasta que sin merecerlo, sin esperarlo, nos sorprende una cordialidad genuina, espontánea. Una delicadeza sin estridencia, un servicio sin abyección. Una atención que nos hace sentir inmensos: inmensamente pequeños.

Algo del alma, no de la sonrisa o el gesto suave.

Y está, más que en cualquier otro lugar, en los ojos. Una mirada firme sin atropello, suave sin debilidad. Atenta sin adulación.

¿De dónde sale?

No lo sé, pero nos detiene, nos silencia, nos hace hablar en voz baja, tenue, pausada, medida y pesada en balanza de oro. Con reverencia, diría.

¿Por qué esa cordialidad nos hace callar y oír con delectación, saboreando el aire de las palabras y el aire de los silencios?

Y al fin, cuando uno se aleja, queda una reminiscencia vaga de la voz, de la modulación de la voz. Y se desvanecen mayormente los rasgos.

No la cordialidad. No los ojos cordiales. Y queda una imagen que no es sensible. 

Es algo del corazón. Algo cordial, claro.



viernes, 8 de mayo de 2026

Los nombres nuevos


No es necesario prestar mucha atención.

Enseguida nos damos cuenta de si alguien tiene una imaginación completamente peculiar y distinta y lo dicen de un modo sorprendente. Llamamos a esas gentes "originales", pero no es del todo acertado. Tienen, eso sí, un lenguaje distinto que les vendrá de una imaginación de un tipo no común, que supongo que vendrá de una mirada infrecuente y de una síntesis interior diferente a la común.

Como se quiera, me había acostumbrado enseguida a esos giros como líricos, que podían sonar extravagantes pero que en realidad eran de una penetración intuitiva completamente inédita, dichos sin afectación, naturalmente.

Lo más notable es que era capaz de nombrar como si esos nombres no solamente sonaran por primera vez, sino que podían dar la impresión de ser los nombres verdaderamente propios de aquello que nombraba.

Por eso, no me inquietó ni me sorprendió cuando aquella vez, caminando a oscuras por los lindes del pueblo –la segunda noche de luna nueva–, miró el cielo y sonriendo dijo "hay silencio de luna...".

Algo parecido hizo la primera vez que hablamos: "una conversación es como la flor y su aroma". O en aquella otra salida al campo: "el único menú que importa de un almuerzo es quien nos acompaña".

En esos días, si estaba de buen humor, hablaba como navegando en el aire y no podía detenerme en una expresión feliz porque se acumulaban una tras otra.

Hasta la última, cuando me despedía al pie del tren, en un andén semivacío: "¡qué raro es! la tristeza feliz tiene lágrimas secas".



miércoles, 6 de mayo de 2026

Llegar al roble


Veníamos caminando por los bordes de la laguna. Una tarde mansa y casi azul, el agua se había puesto de un color gris brillante, como de acero. El cielo lleno de bandadas de pájaros y cotorras. Iba mostrándole los montes distintos que habían plantado hace años apenas un poco lejos de las costas, todo alrededor. Era un lindo paisaje, imponente.

Para esta época, el otoño los hacía una fiesta de fuegos artificiales de colores, como suele. 

Enumeraba las variedades: olmos, arces, sauces, casuarinas, cedros, eucaliptos, algunas acacias blancas, fresnos, tilos. Un festival.

"No hay robles, ¿o sí? No veo..."

Y, no: no había ni un montecito de robles siquiera.

"Pero hay uno...", y lo dije como si fuera un secreto del pago. Y no lo era.

Había que apartarse de la laguna, ir hasta el otro lado del pueblo. ¿Habría tiempo? Porque estaba lejos.

Se entusiasmó, no le importó. Y apuró el paso, llevándome como a la rastra.

Vimos un cuadro espléndido en nuestra caminata. Pero el roble valía todo eso y más. ¿Porque era el único? Quién sabe. 

Y entonces disparó decenas de preguntas sobre el roble. Por qué uno sólo. ¿Había habido un robledal y quedó sólo ese? ¿Por qué tan lejos de la laguna y del pueblo? Por supuesto, no pude contestar ninguna.

Rodeamos el pueblo y tomamos el camino real. El árbol estaba en la esquina de un lote. Íbamos hacia el oeste, me imaginé la silueta del enorme roble con el poniente de fondo, como en llamas.

Después de una curva leve, el camino ascendía una loma baja y allí se vería el roble en lo alto, hacia la izquierda, a unos trescientos metros.

Me inquieté y me desorienté. No había ningún árbol donde debería estar el roble. Una semana atrás había ido por ese camino para traer unos fardos y había pasado casi sin mirar por ese lote, pero lo había visto. Empezaba a estar multicolor.

No dije que no lo veía. Iba inquieto.

Cuando llegamos al lugar me miró con extrañeza, se abalanzó hasta el alambrado, lo cruzó y caminó alrededor de un tocón del roble, casi al ras, sorteando unas cuantas ramas apiladas. Volvió a mirarme como acusándome. Eso sentí, al menos.

Y bajé la cabeza, casi con tanta tristeza como vergüenza.

Era un árbol magnífico.



domingo, 3 de mayo de 2026

Tina


Hay personas que guardan tesoros sin saberlo. Tina es una de esas personas.

Durante años fui anotando mentalmente sus sentencias. Porque no eran frases nada más. Eran sentencias. Con el tiempo las anoté, ahora por escrito. Y no eran sólo sentencias, también había preguntas, como acertijos casi, preguntas "programáticas" (dicen los tirifilos de las academias), pero sobre cosas aparentemente comunes, inmediatas.

Los tesoros de Tina eran sus sentencias, sus preguntas, sus reflexiones sobre cosas tan simples como la poda de los rosales o el punto justo de la mermelada casera, por decir algo. Pero todo tenía o se diría que tenía "segundas", como se suele decir. O me lo parecía. Dicho siempre con un aire que tanto podía ser cachazudo como contemplativo, lo que largaba al ruedo obligaba a seguir caminos que nos alejaban de rosales o mermeladas y nos dirigían hacia lo oportuno en cada tiempo y en cada caso o hacia el justo medio de las virtudes.

Tina no creo que supiera solventar sus invitaciones. Sólo las jalonaba. No era su trabajo ni su finalidad ensayar un argumento. Era experiencia en sintaxis breve y redonda, como un refrán.

Cuando los años empezaron a notarse, se le había dado por detectar y formular los signos de la vejez, cómo nos damos cuenta de que envejecimos, cómo se define la vejez misma. No sé qué se le había dado por ese recuento que suena deprimente, pero retumbaba como una descripción taxonómica de un asunto vivo y hasta vivificante para ella, me parece.

La cruzaba en un pasillo de la casa, me preparaba el desayuno casi al amanecer, me acercaba algo que llegaba por el correo, apilaba las camisas sobre la cama para que yo mismo las guardara. Cualquier ocasión se hizo buena para que agregara una coordenada más. Ya ni siquiera tenían título sus intervenciones, como había sido al principio, las primeras dos o tres veces: "se me ocurrió esto, niño" o "acá hay otra de la vejez, señor", porque para ella en los últimos años era tan niño como señor. Y tal vez, sin saberlo ella, esa era otra nota más de la senectud. 

Algo de eso dijo la tarde anterior a que tuve que llevarla al hospital para internarla. Entraba del jardín hablándome, con un manojo de margaritas y lavandas. De pronto, parecía haber tropezado y haberse golpeado la cabeza en la caída, pero en realidad era un desmayo del que no despertó en los diez días que estuvo internada. 

"Una cosa que tiene la vejez, niño, no es que uno empieza a olvidarse las cosas. Lo que les pasa a los viejos es que se olvidan de que han olvidado...", y esa fue su última sentencia.



sábado, 2 de mayo de 2026

Prisión


Vive en la mitad de la cuadra. Edad indefinida pero grande ya, medianamente arreglada y compuesta, lo más notable es su soledad. 

Cuando me mudé a este pueblo, ella fue mi primera impresión por su aparición algunos días en el jardincito que anticipa la casa. Una especie de escoba en mano y un movimiento a la vez mecánico y agitado. En general desde la mañana hasta el atardecer, recorre rincones del espacio y los barre con mayor concentración cuanto más pequeños o apartados son. Apenas desaparece una hora o un poco más, tal vez para comer algo, pienso. Y vuelve a su escrutinio pulcro de rincones. 

Por discreción y porque soy nuevo en el lugar, no quise averiguar quién era. Pero no hizo falta quedar mal. Primero el almacenero de la avenida, después una vecina que hace pan casero y lo vende por la cuadra y así unos y otras. Todos en algún momento de un cruce circunstancial se quedaban hablando y preguntando por el forastero –un servidor–: ¿de dónde viene? ¿qué hace por acá? ¿vino solo?, y así cada uno, con esa curiosa sutileza paisana que indaga sin atropellar.

Como es también costumbre, en medio del interrogatorio van noticias personales, historias pueblerinas, asuntos del campo. Y siempre, alguna referencia a la mujer de la escoba, como la llamaba.

Así supe que el marido la había abandonado hacía muchos años ella joven todavía, y que se quedó en la casa con un par de hijos. Crecieron en pocos años los gurises y se fueron, no de la casa sino del pueblo, lejos. Ahí empezó, decían, a ponerse rara. La rareza primera fue que apenas si salía de la casa, salvo al jardincito. 

Alguien la vio algunas veces en el almacén de campo que hay a la entrada del pueblo, sobre la ruta, al que casi nadie del pueblo iba porque era más bien para la gente de las chacras, que están del otro lado del camino. Vieron que no compraba cerca y, claro, se preguntaban cómo hacía para comer, porque comer tenía que comer. Y, así, de casualidad se sacaron la duda.

En seguida me hice a esa costumbre de salir a tomar mate a la vereda, con un banquito. Siempre me gustó y siempre quise hacerlo. Es la ventana a lo que pasa, es la invitación a dar y recibir noticias de lo que pasa y de lo que nos pasa. 

Y allí estaba ese día, la calle particularmente vacía, pese al lindo sol de otoño sin viento. Apoyé los arreos del mate en el pilarcito y acomodé el banquito mirando a la casa, justo al lado del fresno que crecía frente a la entrada, en la vereda.

Desde allí primero alcancé a ver su cabeza, algunos pelos de su cabeza (hay un cerco que apenas deja ver eso), moviéndose en el jardincito. En seguida, empecé a oír el ritmo y el rasguido de la escoba, que se oía al mismo tiempo en que veía la cabeza moverse de aquí para allá, urgando rincones.

"Sí, pensé con cierta compasión, esa no es su casa, es su prisión..."