sábado, 26 de abril de 2025

Lo que viene (II)





A la Iglesia, Dios le ha asignado el papel real de Cuerpo Místico de Quien es su Cabeza, Cristo. Ya dijo santo Tomás en los textos que cité que Cristo es Cabeza como principio, que también se entiende como paradigma, un aspecto de esa relación que es importante aquí. Consecuentemente, Cristo es principio en relación con la Gloria:

Asimismo es principio cuanto al estado de la gloria. Por eso dice: "primogénito de entre los muertos"; puesto que la resurrección de los muertos es como una especie de segunda generación, ya que el hombre repárase y prepárase por ella para la vida eterna (Mt., 19), y Cristo por encima de todos es el primero; por eso precisamente es el primogénito de entre los muertos, esto es, de los que han sido engendrados por la resurrección; aunque lo de Lázaro (Jn., 11) parece que va en contra. Respondo diciendo que éste y otros no resucitaron para esa vida inmortal, sino para la mortal; pero Cristo, al resucitar de entre los muertos ya no muere (Rom., 6; Apo., 1; 1Co, 15); y esto para tener Él la primacía en todo, cuanto a los dones de gracia, porque es el principio; y cuanto a los dones de gloria, porque es el primogénito (Si., 24).

En este capítulo 24 (45-47) del Eclesiástico (Si. por Sirácida) al que refiere, se lee al final estas palabras de la Sabiduría-Cristo:

Penetraré hasta lo más profundo de la tierra, miraré a todos los que duermen y daré luz a todos los que esperan en el Señor. Aún derramaré la enseñanza como si fuera una profecía y la dejaré por generaciones de siglos y no cesaré en sus descendientes hasta la era santa. Mira que no he trabajado sólo para mí, sino también para todos los que la buscan.

La Iglesia Cuerpo místico, tanto como Esposa. Cita santo Tomás, respecto de esta Esposa, un versículo de un texto siempre recurrido en las bodas cristianas, el de san Pablo en el capítulo 5 (25-32) de la carta a los de Éfeso: 

Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a Sí mismo por ella, para santificarla, purificándola en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en gloria, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, se ama a sí mismo; porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio: ¡Pero estoy hablando de Cristo y de la Iglesia!

La insistencia vehemente de san Pablo al final de este fragmento, dicho sea de paso, refuerza lo principal: Cristo y la Iglesia tiene una unión mística indisoluble. El matrimonio humano es, o en todo caso aspira a ser, un signo de esa realidad superior, en una unión que en su caso la muerte separa.

Ahora bien.

Cristo ha padecido en su cuerpo mortal y lo ha hecho para la redención de los hombres. Pero recordemos otra vez lo que decía santo Tomás en cuanto a completar lo que falta a esos padecimientos y por quién se sufren:

Pues esto faltaba, que así como Cristo había padecido en su cuerpo, así padeciese en Pablo, miembro suyo, y de manera semejante en los demás. Y en pro de su cuerpo, la Iglesia, que había de ser redimida por Cristo, "para sacarla a vistas, delante de Él, llena de gloria, sin mácula ni arruga, ni cosa semejante" (Ef. 5,27). De modo parecido todos los santos padecen por la Iglesia, que se robustece con su ejemplo. Restan pasiones todavía, por no estar llena aún de méritos la paritoria de la Iglesia, ni se llenará hasta que el siglo haya concluido. La paritoria es un recipiente o una casa donde se meten juntas muchas cosas.

De este modo entendido, el Cuerpo sigue y ha de seguir el camino de su Principio y Paradigma, la Cabeza, en orden a los padecimientos. Y eso en razón de que su destino de Esposa es ser sacada "a vistas, delante de Él, llena de gloria, sin mácula ni arruga, ni cosa semejante". Y así ha de entenderse completar.

Cuerpo místico y Esposa que, en la historia, han de replicar la suerte histórica de su Cabeza, como que, como Esposo y Esposa, también son uno, al igual que la Cabeza y el Cuerpo.

Completar la Pasión sabemos que no es posible, pues la Pasión está completa. Pero la Cabeza es a su vez, repito, el Paradigma y el Principio y el Primogénito, no solamente en la Resurrección y la Gloria, sino en lo que las antecede: la Pasión y la Muerte.

La Iglesia, en cuanto Cuerpo Místico, vive en la historia la vida histórica de su Cabeza, Cristo.

Cristo padeció y murió. Y, volvamos a decirlo, "de modo parecido todos los santos padecen por la Iglesia, que se robustece con su ejemplo. Restan pasiones todavía, por no estar llena aún de méritos la paritoria de la Iglesia, ni se llenará hasta que el siglo haya concluido. La paritoria es un recipiente o una casa donde se meten juntas muchas cosas." 

Hasta que el siglo haya concluido, dice el comentario y se refiere con esa expresión al tiempo de la historia. Y será así mientras el siglo dure.

Aún derramaré la enseñanza como si fuera una profecía y la dejaré por generaciones de siglos y no cesaré en sus descendientes hasta la era santa. Mira que no he trabajado sólo para mí, sino también para todos los que la buscan, ha dicho el Verbo, la Sabiduría de Dios, refrendando de este modo que la purificación de la Esposa se da en el tiempo de la historia hasta la Vuelta del Esposo y las Bodas Celestes.

Pero en esa similitud mística entre la vida histórica de la Cabeza y su Cuerpo, hay que apuntar algo sobre la naturaleza de aquello que ha de ser purificado con sus padecimientos.

Y allí, entiendo, una interpretación de aquellas palabras de Jesús que trae san Lucas en su evangelio, algo dicen también.

Porque si así tratan al árbol verde, ¿qué harán con el seco?

Se llamó a sí mismo árbol verde y a nosotros árbol seco, porque Él tenía la fuerza de la divinidad, pero como nosotros somos puros hombres, se nos llama árbol seco, comentaba San Gregorio.

Puros hombres, y por cierto no necesariamente hombres puros, agregaría. Y en sentido similar son las palabras de santo Tomás en su comentario a Colosenses, 6: Restan pasiones todavía, por no estar llena aún de méritos la paritoria de la Iglesia, ni se llenará hasta que el siglo haya concluido. La paritoria es un recipiente o una casa donde se meten juntas muchas cosas.

Debemos entendernos como un árbol seco y mirarnos en el árbol verde para dar frutos. Frutos que embellecerán a la Esposa, que embellecida se encaminará a las Bodas, cuando el siglo haya concluido.

Pero hay al menos dos sentidos para árbol seco. Uno es el que menciona san Gregorio. Algo distinto es lo que dicen san Beda y Teofilacto de Ocrida:

Como si dijese a todos: Si yo, que no he cometido culpa alguna y me llamo árbol de vida, no salgo de este mundo sin ser víctima del fuego de las pasiones humanas, ¿qué clase de tormentos creéis que sobrevendrán a los que carecen de fruto? (Beda)
Como si dijese a los judíos: Si, pues, en mí, que soy un árbol que doy fruto saludable y estoy floreciente, de tal modo obran los romanos, ¿qué no harán con vosotros? El pueblo digo, que es semejante a un árbol seco, privado de toda virtud vivificante, y que no da fruto alguno. (Teofilacto)
Con todo, la relación entre un árbol y otro es al menos clara y pone de manifiesto la excelencia de uno y la deficiencia del otro. Aunque hay algo más.

¿Deberá purificarse el árbol seco para dar fruto al final? ¿Es posible? Podría ser. La alusión a los judíos en ambos comentarios, una explícita y otra por extensión (respecto de la falta de frutos, tópico recurrente en Jesús respecto de su pueblo), parece indicar que Dios espera que su pueblo dé los frutos para los que ha sido llamado a existir. Lo dijo de manera terminante en la maldición de la higuera, en la semana previa a la Pascua, de camino a Betania.

¿Sería aplicable a la Iglesia, entonces? En ese caso, absolutamente sí. Además de su Cuerpo y su Esposa, es su Pueblo y de él ansía frutos. Al margen, san Beda extiende la amonestación a todos, con lo que queda comprendida implícitamente.

Y, si fuera así, cuál sea la purificación ya está dicho: el Cuerpo ha de completar la Pasión. 


*   *   *


La historia bien puede ser entendida como un guión divino actuado por hombres. Y todo ello inscripto en una obra mayor que es la Creación misma, con todo y sus ángeles.

Misterio de designios divinos y libertad de los seres creados dotados de espíritu, todo a la vez. Más la Gracia que opera realmente.

La particular relación que Dios ha querido entre el Paradigma que es su Hijo y los humanos, es más misteriosa todavía, si cabe.

Pero por misteriosa que pueda ser, Dios ha significado, en su Revelación, huellas y caminos que conducen al final y que acompañan, específicamente, la marcha del hombre por el tiempo de su historia, hasta el final. Y para la comprensión cabal de tales huellas y caminos, ha donado la Fe y las particulares llamas del Espíritu Santo que son la Ciencia, el Entendimiento y la Sabiduría. Y también las Profecías, las de sus heraldos, los profetas, y las que profirió el mismo Jesús, ya en primera persona y sin intermediarios.

Un caso particular –y central– es la relación especialísima de la Cabeza con el Cuerpo, precisamente objeto de las profecías todo a lo largo de la Revelación.

Y una clave de esa relación es que están concertadas de tal modo que lo que es en una es en el otro, a su modo.

Al mirar la historia, un cristiano mira en Él la suerte de la Esposa, como que ella es su Cuerpo. Y de ese modo contempla no solamente lo que pasa en la historia a la luz de la Vida de su Cabeza, sino lo que viene.

Lo que viene en la historia tiene dos momentos que cruzan de modo principalísimo la eternidad con el tiempo: la Encarnación del Verbo y la Parusía. Una es la promesa cumplida, la otra es la consumación de su obra, ya de cara absolutamente a la eternidad. 

Ambos hechos son axiales, ambos hechos son irrupciones metahistóricas que iluminan la historia. Y el eje principal entre esos ejes es Cristo.

La profecía primera para la Iglesia y su suerte en el tiempo de la historia mientras dure el siglo, está explícita en la vida histórica de su Esposo: ¿quiere saber qué será de Ella?, pues deberá verse siempre en Él y lo sabrá.

Pero es verdad también, y no lo ignoro, que lo que viene, para muchos, es más bien –y en algunos exclusivamente– una serie de especulaciones sobre contingentes históricos. En muchas ocasiones, esos contingentes futuros se cargan con las expectativas horizontales que se tiñen o directamente nacen de preferencias fundadas en doctrinas propias o en interpretaciones sesgadas, incompletas o erróneas de las palabras de las Escrituras y aun de las doctrinas de los Padres y del Magisterio.

Lo que viene, para un cristiano, siempre es lo que Dios ha dicho que viene. Y hasta lo que ha dicho respecto de cómo ha de venir.  
  
Dicho así, la Iglesia sabe que lo que viene, antes de que vuelva El que ha de venir, es completar lo que falta a la Pasión de Cristo en Ella misma.

Porque si con Él, su Cabeza, el Esposo, árbol verde, han hecho lo que han hecho, también lo harán con Ella, porque, en última instancia, Ella habrá de presentarse ante Él "llena de gloria, sin mácula ni arruga, ni cosa semejante".

Es la réplica y el reverbero de un acto de amor, es como el desborde de un amor que se acrisola y que en esa acción y en esa fidelidad, da el fruto.

Eso es lo que viene. Hasta que dure el siglo.


*   *   *


Cualquier expectativa que se hunda en la inmanencia –queriendo o sin querer– también es un modo directo o indirecto de soslayar el acompañamiento que, en la historia, corresponde a la Esposa respecto de su Esposo. Incluso hasta pretender que el padecimiento en su carne, sea sólo de Cristo. Y que el Cuerpo Místico no pase por eso. Podrá pedirlo, porque su Esposo mismo lo pidió en el Huerto. Pero al cabo deberá ir obedientemente a su Pasión, como Él mismo fue.

Hay modos sofisticados y sutiles de esa pretensión de librarse de la Pasión en la historia y se muestran de muchas maneras. No es nada inédito en los hombres. Viene con la naturaleza humana caída.

El propio Demonio, sin saber de cierto con Quién estaba hablando, recurrió a la estrategia de tentar a Jesús con la espectacularidad en este mundo, con los bienes de este mundo y con el poder en este mundo. 

Es claro que también el Cuerpo recibirá –como recibe desde su instauración– las mismas tentaciones que recibió en su hora la Cabeza. Algo así expuso Fedor Dostoievsky en la conocida Leyenda del Gran Inquisidor

Pero, ¿sucumbirá el Cuerpo donde no sucumbió la Cabeza? ¿Se aplicará también esto a lo de san Gregorio, que repetimos ya: Él tenía la fuerza de la divinidad, pero como nosotros somos puros hombres, se nos llama árbol seco?

Al imaginar o desear lo que viene, un cristiano debe contemplar esos pasajes y acomodar su expectativa a la Esperanza que se funda en la Fe, que es substancia de las cosas que esperamos.


*   *   *


Debería terminar aquí estos apuntes.

Pasa que mientras pensaba estas cosas, recordé unos escritos de hace unos 20 años que se titularon "Sobre la causa "cristiana" del Anticristo".

Creo que algunas líneas sobre ese asunto serían un corolario adecuado a lo que ya quedó dicho, también porque aquello de hace dos décadas tiene hoy el sabor acorde para las noticias del día, aun dejando de lado el resultado de lo que habrá de ocurrir en breve tiempo.

Pero será en la parte final, que no será ahora.


(continúa)




viernes, 25 de abril de 2025

Los días sin


Interminablemente doloridos
son estos días de mirar la luna
doliente. Interminable es esta noche,
lecho sin sueño, surcos de tu ausencia.

Querría se acortaran con un tajo
de una espada de fuego interminable
que hendiera pliegues de un silencio oscuro,
que hiriera el hielo de estos días sin...

Y vivo entre unas horas que ya han muerto.
Una mortaja, seca de no verte,
cubrirá mi mirada, hasta que vuelva

tu mano a rescatarme de esta hondura
que se ha abierto a mis pies, y a levantarme
hasta tu altura, pronto, antes del fin.


miércoles, 23 de abril de 2025

Dardo (entre la vida y la muerte)


– Todos estuvimos muertos alguna vez. Y a veces más de una. Pero una, seguro.

Dardo solía ser críptico. Sentencias como estiletes fantasmales quedaban flotando en medio de una discusión hasta que, con cierta benevolencia, aclaraba apenas los dichos. Muchas veces el comentario era polémico y al final había que admitir que había tenido razón. Otras, no sabíamos, porque o no explicaba el estilete o no llegábamos a entender los fragmentos que nos arrojaba como migas de pan para encontrar la salida de su bosque de imágenes y de ideas. Estábamos solos esta vez. Lo invité a comer porque hacía tiempo que no nos veíamos.

– Una nueva línea espiritual, Dardo. ¿Reencarnación? ¿Más de una?

– Eso lo hace cualquiera, hasta un chico puede imaginarse que en otra vida fue un pterodáctilo o una manzana. La cosa es pasar por la muerte, estando vivo. 

Quedaban pocas personas en el bodegón. Es el momento en que la gente pierde la contractura del comensal, se recuesta despreocupadamente sobre los respaldos. Pide otra botella de lo que viene tomando, ya sin viandas. Pellizcan los panes. Se acodan en la mesa, conversan. A veces hay risotadas. Dardo hacía otro tanto, pero sin risotadas y mirando al salón y a los comensales, el bamboleo cansino de los mozos. Era casi el final de la noche. 

– ¿Cuántas veces te moriste, Dardo?

– Una. Y no dije que nos morimos: dije estuvimos muertos... pero vivos. Creo que es peor que la muerte misma. Me pasó una vez. Una vez estuve muerto. Varios años.

Lo miraba con simpatía. Lo conozco. Sé que hay una historia atrás, y sé que no va a contármela. No completa, si acaso, no sin misterio. Me tocó pedir el vino ritual de sobremesa, pero sólo una copa para cada uno. Dardo miraba a la ventana casi fijamente.

– Pero... –arrancó con la mitad de la idea callada, sólo sonando en su mente–, te das cuenta recién después, al final. Cuando la muerte termina. Es como bajar al Infierno de Dante, como un mundo de sombras. No te das cuenta mientras estás muerto, las cosas te parecen reales. O reales verdaderamente, sin más. Hasta agradables o lindas, incluso. Otras son emocionantes o intensas. Felices, diría. También se siente dolor, nostalgia, miedo. Después, cuando ya no estás muerto, todas esas cosas se hacen jirones, como de gasa transparente, u opaca, hasta sucia puede parecer. Y muchas cosas desaparecen como si nunca hubieran existido. O vagan como espectros por un tiempo y van disolviéndose. Y cuando estás vivo y ya no muerto, llega el olvido, que no es olvidarse. Porque no siempre se olvida uno. Y el olvido es como el recuerdo de una pesadilla o de un sueño. Sólo que se va sabiendo de a poco que todo eso pasó cuando uno estuvo muerto...

Y abruptamente, como había empezado, dejó de hablar.

No sé si lo entendí. Creo que lo que creí entender era demasiado simple para ser una descripción de algo real y muy complejo para ser una figura, una metáfora. Volvió a acomodarse en la silla y se quedó mirando el mantel a cuadros, como si los estuviera contando.

No quise preguntar. Lo conozco. Cuando habla en esos términos no funciona el interrogatorio o seguir la conversación. Porque en realidad no es exactamente una conversación. Pasó tiempo. Tal vez fueron unos cuantos minutos. Él no esperaba que hablase. Yo no quería hablar. Pero, en un momento, no sé cómo se me ocurrió, le pregunté. Y hablé en sus términos. No, no en sus términos idénticos. Quise seguir lo que me parecía era el hilo de lo que decía. 

– Entonces, ¿estás vivo ahora?

– No sé. La verdad es que todavía no sé. Cuando uno estuvo muerto tanto tiempo le cuesta distinguir. Creo que sí, pero no sé...



martes, 22 de abril de 2025

Lo que viene (I)




Cuando lo llevaban, encontraron a un tal Simón de Cirene que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz para que la llevara detrás de Jesús.

Lo seguía muchísima gente, especialmente mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.

Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloren por mí. Lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos.

Porque llegarán días en que se dirá: «Felices las mujeres que no tienen hijos. Felices las que no dieron a luz ni amamantaron.»

Entonces dirán: «¡Que caigan sobre nosotros los montes, y nos sepulten los cerros!»

Porque si así tratan al árbol verde, ¿qué harán con el seco?»

Este pasaje es del evangelio de san Lucas (23, 26-31) y la última frase de este breve y denso discurso de Jesús está sólo allí, pues los otros tres evangelistas no la traen.

Porque si así tratan al árbol verde, ¿qué harán con el seco?

En esas líneas que muestran un pasaje del Via Crucis de Jesús, hay el encuentro con Simón de Cirene y con las mujeres que lloran a su paso. Los Padres que se citan en la Catena Aurea, comentan ambas cosas con claras referencias tanto a la incorporación de los gentiles a la Iglesia tanto como a los tiempos inmediatamente anteriores a la Parusía, en un resumen apretado de lo que ya había dicho cuando caminaba con sus discípulos por el Templo en Jerusalén, poco antes de su Pasión. Es la admiración de sus discípulos por la magnificencia de las construcciones de Herodes lo que dispara la voz profética de Jesús anunciando los difíciles y peligrosos días del final, antes de su Vuelta.  Pero no hace allí otra cosa que decir en primera persona muchas de las cosas que ya había dicho de esos días por la boca de, entre otros, Daniel, Joel, Zacarías o Isaías.

El pasaje es notable. Simón es obligado a cargar una cruz que a Jesús se le hace cada vez más pesada. Sin embargo, ese despojo de hombre que cae, sangra y se arrastra por el polvo, se detiene a profetizar ante las mujeres con palabras e imágenes fuertes. Los Padres desglosan y abren el sentido de cada gesto y cada paso de esa breve dramatización. 

*   *   *

Pero está esa última expresión: Porque si así tratan al árbol verde, ¿qué harán con el seco?

La exégesis patrística de esta frase no es terminante. Es clara la expresión árbol verde, es decir, el mismo Jesucristo. Pero árbol seco está más abierta a significados diversos. En principio, es una referencia similar a los sarmientos secos que no dan fruto. Pero está esa conjunción de la sequedad en virtudes y obras, en vida sin la Gracia, con esos "otros" que, así como al sin culpa han lastimado y muerto como al árbol verde, harán mucho más con el seco, culpable de su olvido de Dios.

Tres citas de los comentarios en la Catena Aurea a esta frase:

Se llamó a sí mismo árbol verde y a nosotros árbol seco, porque Él tenía la fuerza de la divinidad, pero como nosotros somos puros hombres, se nos llama árbol seco. (San Gregorio, Moralium 12, 4)

Como si dijese a los judíos: Si, pues, en mí, que soy un árbol que doy fruto saludable y estoy floreciente, de tal modo obran los romanos, ¿qué no harán con vosotros? El pueblo digo, que es semejante a un árbol seco, privado de toda virtud vivificante, y que no da fruto alguno. (Teofilacto)

Como si dijese a todos: Si yo, que no he cometido culpa alguna y me llamo árbol de vida, no salgo de este mundo sin ser víctima del fuego de las pasiones humanas, ¿qué clase de tormentos creéis que sobrevendrán a los que carecen de fruto? (Beda)
 
*   *   *

Hay una expresión de san Pablo en su carta a los de Colosas (1, 24):

Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia.

No ha traído poca discusión lo que dice san Pablo allí. Para empezar, a la Pasión de Cristo no le falta nada. Es verdad, aunque san Pablo no niega esto.

Estas palabras, superficialmente tomadas, pueden entenderse mal, en el sentido de que la Pasión de Cristo no fue suficiente para la redención, sino que fue necesario para completarla añadirle las pasiones de los santos. Pero esto es herético, porque la Sangre de Cristo es suficiente para la redención no de uno, sino aun de mil mundos (1Jn. 2). 

Esto dice santo Tomás de Aquino (Comentario a la Epístola de san Pablo a los Colosenses, Lección 6) y sigue inmediatamente, aclarando el punto: 

Mas es de advertir que Cristo y su Iglesia es una persona mística, cuya cabeza es Cristo y su cuerpo todos los justos, y cualquier justo es cuasi miembro de esta cabeza (1Co. 12); y Dios ordenó, en su predestinación, la cantidad de méritos que debe haber en toda la Iglesia, tanto en la cabeza, como en los miembros, así como predestinó el número de los elegidos; y entre estos méritos se llevan la palma las pasiones de los santos Mártires. Cierto que los méritos de Cristo, cabeza, son infinitos, pero cada santo contribuye, según su capacidad o medida, con algunos méritos. Por eso dice: "completo en mi carne lo que resta de padecer a Cristo", esto es, a toda la Iglesia, cuya cabeza es Cristo. Completo, esto es, añado mi granito de arena. Y esto en mi carne, es a saber, padeciendo yo mismo. O lo que resta de padecer a mi carne. Pues esto faltaba, que así como Cristo había padecido en su cuerpo, así padeciese en Pablo, miembro suyo, y de manera semejante en los demás. Y en pro de su cuerpo, la Iglesia, que había de ser redimida por Cristo, "para sacarla a vistas, delante de Él, llena de gloria, sin mácula ni arruga, ni cosa semejante" (Ef. 5,27). De modo parecido todos los santos padecen por la Iglesia, que se robustece con su ejemplo. Restan pasiones todavía, por no estar llena aún de méritos la paritoria de la Iglesia, ni se llenará hasta que el siglo haya concluido. La paritoria es un recipiente o una casa donde se meten juntas muchas cosas.

Ya antes, en la Lección 5, con más desarrollo comenta santo Tomás los versículos 18 a 23, en los que expone la relación de Cristo, cabeza, con la Iglesia, su cuerpo. Y esto, precisamente, va a desembocar en el versículo controvertido, el 24 del primer capítulo, que se citó más arriba.

(Remito con el enlace a la Lección completa porque importa al entendimiento mejor de este apunte.)


*   *   *

Pues bien.

En cierta medida (no poco significativa para un servidor), de estos dos versículos:

Porque si así tratan al árbol verde, ¿qué harán con el seco?

Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia.

he tomado la dirección que tiene la que creo debería ser la visión teológica de la historia, entendiendo que es lo que Dios le anuncia a los hombres, particularmente desde la Encarnación del Verbo hasta el fin de los tiempos y su Vuelta. Y más concretamente en cuanto a la relación –también histórica– entre Cristo y Su cuerpo, la Iglesia.

Y tendré que exponer aquí, aunque sea sucintamente, cómo y por qué.


(continúa)



Siempre en todo


Más de ti es imposible. Porque todo
tiene una huella, una palabra, un signo
que te señala. Hay una senda clara
que va de todo a ti. Como si hubiera
mil formas de tu nombre y tu figura,
de tu color, de tu perfume. Llego
por todos tus caminos a tu lado.
Jamás me pierdes y jamás me aparto 
recorriendo la esfera de este mundo
o navegando estrellas mi mirada,
surcando un mar sin días ni horizontes.
Mas de ti es imposible. Es imposible
la distancia en el tiempo y el espacio:
siempre en todo es el nombre de tu amor. 


 

lunes, 21 de abril de 2025

Tecka y el mar


– Es como el atardecer aquel, en Tecka... ¿Te acordás?

Claro que me acordaba. La expedición había sido algo fallida. Se nos ocurrió ver si podíamos unir la ruta 40 con la 44, haciendo la 17 hasta Corcovado. Porque sí, nomás. Por las ganas de cruzar parte de la meseta y llegar a los cerros. Porque sí, para ver qué veíamos y porque íbamos a cualquier parte. Si había tiempo, el plan era bajar hasta el Lago Vintter, volver hacia el norte y seguir viaje hasta Trevelin.

A la altura de Foyel, casi en la mitad de la 17, con el traqueteo se soltó una manguera de freno. Adelante teníamos un camino que iba a necesitar el frenaje. Hubo que parar. El camino que habíamos hecho ya lo conocíamos. La decisión más sensata era emparchar y volver a Tecka. Y así fue.

Llegamos a la hora de la siesta y no había más que esperar para que un mecánico, en la salida norte, reparara el caño. Después veríamos si seguíamos con la ruta que habíamos decidido hacer.

Pero el hombre había tenido que ir a Madryn, dos días atrás. Estaba por volver, nos dijo su mujer, que salió a la calle con media docena de caritas sonrientes y asombradas. Por alguna razón les llamaba la atención su vestimenta de exploradora y los enormes anteojos para sol, que le sujetaban el pelo arriba de la frente.

Salimos a buscar por el pueblo alargado algún lugar para pasar la noche, no confiábamos en que el hombre regresara ese mismo día y, aunque lo hiciera y arreglara el freno, no íbamos a meternos en la 17 de noche. Nos dijeron de una casita en el lado sur, y que ahí había habitaciones para viajeros. Y fuimos.

Una mujer bastante mayor, tal vez de más de 75, sonrió al vernos en la calle golpeando las manos. No era exactamente ni un jardincito ni un patio. Pero la mujer se empeñaba en poner unas flores coloridas todo a lo largo de una especie de caminito que iba de la entrada a la puerta de la casa, humilde y limpia.

A la mañana siguiente, toda la casa olía a café y a pan. Cuando llegamos al taller, nos sorprendió un hombretón mestizo y ceñudo. Era el mecánico. Nos dijo que estaba por salir a buscarnos. Apenas eran las ocho y media, pero se había enterado de nosotros y de lo que la mujer le había contado sobre el arreglo. Hosco, sí. Pero servicial.

Inspeccionó de rodillas, casi acostándose en el ripio: es una pavada, sentenció. Parecía de lo más satisfecho. Sin embargo, no nos entregó el auto hasta la media mañana del día siguiente. Sin muchas explicaciones, puso la llave en mi mano y aclaró que con el viaje a Madryn se había retrasado, que tenía otras cosas antes de liquidar nuestra "pavada". Y no dijo más, salvo una cifra algo ridícula por lo módica.

Con el auto internado, no había nada que hacer durante todo ese día. Insistió en llevarnos hasta la otra punta de Tecka y nos dejó en la casita. Cuando la mujer nos vio bajar de la camioneta, menos de una hora después de haber salido para el taller, sonrió con una mueca como si ya supiera. Y sí, dijo, el Negro es así: te cumple pero te hace esperar, es muy formal...

El resto de la mañana fue para recorrer el pueblo. Un almuerzo campero (un guiso de cordero, un poco de vino, una torta de arándanos recién hecha, un café ) y una siesta.  Y otra vez a caminar, pero remontando una altura que había al suroeste y que prometía una buena vista hacia la cordillera de un lado y Tecka del otro. Y fue así: una buena vista.

Mientras íbamos caminando, un viento sur empezó a soplar intermitente. Cuando ya estábamos un poco más arriba, al principio de esta cadenita de sierras como lomas, el viento se hizo más fuerte y empezó a azotarnos un poco la arena. Para cuando llegamos a lo más alto, la vista era doblemente agradable. Por lo que se veía pero sobre todo por lo que no se veía. Al volver supimos por la mujer que aquello no era para nada frecuente. A la altura en la que estábamos, que no era gran cosa, la arena llegaba y nos envolvía en forma de una especie de humo seco y polvoriento. Más abajo, la arena lastimaba en rachas violentas. Por lo raro del fenómeno más que nada, decidimos quedarnos arriba para ver cómo seguía esa ira repentina del aire. 

– ¿De veras te acordás o me lo decís porque sí...?, dijo con un gesto inquisitivo.

Y de verdad aquello y esto que veíamos ahora, del otro lado de la meseta y sobre la costa, se parecían mucho. También acá el viento galopaba por la meseta furioso, pero esta vez se arrojaba al mar como una tropilla de caballos enloquecidos y asustados. También acá la arena en el aire lastimaba. También ahora el sol se puso primero de un color amarillo agrisado hasta volverse rojo en medio de la nube de polvo.

Había, sin embargo, dos diferencias. En Tecka atardecía y aquí amanecía. En Tecka había alguna saliente en la que nos refugiamos apenas, aquí no había donde guarecerse, salvo una mínima barda como de tosca en la que el viento se enroscaba y parecía que tomaba más fuerza.

Tecka casi desapareció el tiempo que estuvimos en esa altura y el sol enrojecido detrás de los cerros, casi tornasolado, nos hacía un paisaje extravagante y mágico que no podíamos dejar de mirar, mientras tratábamos de que el viento no nos castigara con púas de arena y con el polvo en los ojos y en la boca. Acá el mar casi desaparecía también y el oriente rojo se opacaba también. Pero el frío era distinto, ahora más intenso.

Se acurrucó debajo de mi brazo y protegió su manos dentro de mi campera, de espaldas al viento de la meseta, en lo alto del acantilado, con la mirada fija en un mar huidizo y en el amanecer polvoriento y desvaído pero fascinante.

La voz insistía, pero le temblaba un poco, aterida.

– De veras te digo, ¿te acordás de Tecka o no...?



jueves, 17 de abril de 2025

Nombre de abril


Tal vez será la espuma de Afrodita
–por aphrós, que es espuma entre los griegos–,
que da nombre a la diosa y a este mes
que estaba dedicado a su memoria.

Tal vez será el latín que dio aperire
para nombrar la tierra que se abre
en cada primavera con sus frutos,
como pasa en el norte de este mundo.

Será, yo no lo sé. Abril del sur
huele a una niebla que el otoño trae,
y a una llovizna que se vuelve lluvia

con la melancolía y la distancia.
Y el corazón que queda en carne viva
porque abril, que te nombra, se va yendo. 



miércoles, 16 de abril de 2025

Dos estrellas y dos mujeres (Apéndice: Sobre la Estrella Matutina.) (y III)





Hay una Estrella Matutina y hay una Estrella Vespertina. Ambas son el planeta Venus en horas diversas. En cada caso, y respectivamente, unas tres horas antes de salir el sol al oriente y durante otras tres horas después del ocaso del sol, en nuestro occidente.

El sol, por su parte, siempre fue un símbolo fuerte de una realidad eminente: Cristo. Al mismo tiempo, símbolo de la Luz eminente, el propio sol tienen una significación alta y honda en la Creación, como reflejo de la Luz Eterna. Más específicamente, la asociación del sol naciente como figura de la Encarnación tanto como de la Redención y de la Resurrección mismas.

En las Sagradas Escrituras, por otro lado, varias veces Cristo es designado también como la Estrella Matutina, de modo explícito o alusivo. La Estrella Matutina es también su signo, como la que vieron los Reyes en Oriente y los guío a Belén. También Cristo será como el sol en su Segunda Venida, haciendo el mismo recorrido, ahora como la luz de un relámpago que sale de oriente y va a occidente. La Iglesia desde antiguo ha querido asociarlos, y lo ha hecho en las más grandes celebraciones de la cristiandad, superponiendo a las creencias antiguas y paganas, las más antiguas nociones cristianas acerca de la realidad significativa de la Luz naciente. 

Son muchos los pasajes con los que nos topamos rastreando al Sol de Justicia y a la Estrella Matutina, celestes y encarnados. Y desde el principio hasta el fin y más allá del fin. Y es comprensible. El asunto es importantísimo y seguir sus huellas, por lo mismo, lleva mucho tiempo, si acaso hay tiempo humano para medir la aproximación a semejantes alturas y honduras. Bastaría con recordar que lo significado es anterior al signo que lo significa y que, por lo mismo, el sol es lo que es y significa lo que significa, porque Dios, la Luz, y Cristo, su lámpara, son lo que son. Y otro tanto con la estrella.

"La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero", dice san Juan en el final de su revelación hablando de la Jerusalén Celeste (Ap. 21, 23).

También san Francisco de Asís sabe esto y lo afirma en su Cántico de las Creaturas: “Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas, especialmente en el señor hermano sol, por quien nos das el día y nos iluminas. Y es bello y radiante con gran esplendor; de Ti, Altísimo, lleva significación”.

Sin embargo.

Hay otros dos seres creados que también aparecen asociados a la Estrella Matutina y por razones completamente diversas. Uno es el Ángel de Luz, Lucifer. Otro, María Santísima. Y Ella repetidamente como Estrella en las devociones, así la Stella Matutina de las Letanías de Loreto y la Stella Maris de milenaria tradición católica.

Es claro que no se dice de la misma manera de ambos. Uno, creado excelentísimo con la dote de una Luz que le fue propia por participación, rechazó la recibida y la creyó propia sin más, rechazando ser el que recibe en sí lo que no es suyo, y así se oscureció ya para la eternidad. Ella, contrario sensu, aceptó humildemente ser Foederis Arca, el Arca que contiene la Alianza de Dios con los hombres para su redención, y no sólo anunció así la venida del Sol, como Estrella Matutina, sino que se iluminó de tal modo que, como Stella Maris, guía a los hombres a puerto –que es Cristo mismo– en medio del terrible mar de este mundo, como repiten una y otra vez jaculatorias y oraciones antiquísimas.

Más alturas y honduras y misterios hay en este lenguaje divino respecto de la Luz. Pero allí está su lenguaje para con los hombres, en el que cada signo lleva en sí una densidad inconmensurable, acorde con su procedencia: el Sumo Significante.

*   *   *

Aquel texto que al decir de muchos inspiró como una verdadera fuente la obra de John Tolkien, contiene una referencia explícita a la Luz. Valga detallar que esa obra de la antigua literatura de la isla, el Christ, tiene tres partes. La referida a la Encarnación, la referida a la Pasión, Cruz y Resurrección y, por último, la referida a la Segunda Venida de Cristo. Los versos que conmovieron a Tolkien, como dije, están en la primera de las tres.

Recordémoslos, sobre todo porque impresionaron a Tolkien desde 1913, año en que los conoció:

Salve, Éarendel, el más brillante de los ángeles, 
enviado a los hombres sobre la tierra media.

Pero hay algo más que Tolkien primero vislumbró y después confirmó. Por una parte, que había detrás de aquello una tradición más antigua que lo que pudiera expresarse en anglosajón. Por otra parte, que la identificación de la luz con Cristo y con la divinidad que luce desde toda la eternidad, era capital en el poema y quedaba asociada también a un mundo feérico y épico del norte de Europa, tanto en sus creencias y en sus mitologías como en sus tradiciones literarias. Y, finalmente, que todo ello tenía un sabor fuertemente primordial.

Se ha dicho muchas veces que la luz ocupa un lugar alto en los relatos que ingenió a partir de allí. Una ponencia de Santiago Aníbal Di Salvo, en las X Jornadas Nacionales de Literatura Comparada, en La Plata hace unos 15 años, lo deja de manifiesto, recurriendo precisamente a la obra del poeta medieval inglés, cruzada con la de Tolkien. También hay trabajos muy completos sobre las mitologías nórdicas, que alimentaron también la invención original de Tolkien a lo largo de los años, como un artículo de Francis Stark sobre esos asuntos relacionados con Eärendil. Sirvan ambos como muestras de que el tema está en la mente de los investigadores, como lo estuvo en Tolkien en su momento. No discuto aquí sus interpretaciones y conclusiones, pues son concurrentes por vías diversas fundamentadas.

Sin embargo.

Hay algo determinado que me movió a estos apuntes, especialmente en el caso de la Estrella.

Como se ve, la figura de luz que significa la Luz –además del sol– es la Estrella de la Mañana.

Tolkien, por el contrario, pone el emblema desde el comienzo mismo en la Estrella Vespertina. Se coincide con fundamento en que Tolkien imagina desde el humus cristiano y católico. Tanto para las figuras crísticas y sus rasgos en distintos personajes de sus obras (como bien lo demostraron con sus trabajos Jorge Ferro repetidamente y Fr. Horacio Ibáñez, op.), como de modo similar esto se trasluce en figuras de la Virgen María (también asociada a la Luz primera y también Ella Estrella de la Mañana –en tanto anuncia al Sol-Cristo–), como es el caso de Galadriel.

Pero no hay que dejar de subrayar el hecho (para mí algo misterioso) de que la Estrella, desde que aparece en sus escritos, cambia de polo en su obra, así como cambia su ubicación que pasa de oriente a occidente, y por lo mismo de Matutina a Vespertina, aunque –desde el primigenio Éarendel en más– conserva el reverbero de la figura de Cristo.

Cuál sea la razón de esto, cuál sea su significado, es un asunto que requiere un tratamiento más extenso y profundo que estos apuntes.

No he visto, sin embargo, que el tema haya llamado la atención a los que se han ocupado de la Estrella y que he leído con interés. He visto, más bien al contrario, que ni siquiera mencionan esa inversión. 

Y es una inversión evidente que no dudo de que al propio Tolkien no le ha pasado inadvertida. Ni por su conocimiento teológico y de las Escrituras cristianas, ni por su versación en las literaturas y mitologías del norte europeo. Pero está también la comprensión que el autor mostró acerca de la cualidad simbólica en todo lo creado. Tanto en la realidad como en su obra.

Tal vez en alguna parte esté la explicación y el origen de esta inversión, que tendré que seguir buscando.




lunes, 14 de abril de 2025

Batallas cul-turales



De los manejos con la guita del país (choreada, malversada, lavada, malgastada...) por parte de peronistas o liberales/libertarios et al., no vale la pena hablar demasiado. Unos y otros se las ingenian para hacerse los burros o para decir que esa guita choreada, malversada, lavada, malgastada, jamás ha sido choreada, malversada, lavada, malgastada.

Por eso.

Ahora apenas nada más que un comentario al margen sobre la batalla cultural. La verdadera batalla cultural.

Creo que el peronismo, el k-peronismo, la izquierda, el progresismo de derecha, el radicalismo, las patotas culturales, intelectuales, artísticas y sectores importantes de la Iglesia Católica, han demostrado en esa batalla cultural una determinación y una eficacia inconmensurablemente mayor que los pocos apóstoles liberales y libertarios y algún que otro derechoso no liberal o libertario, socio o lamesuelas de libertarios y liberales.

Pour la galerie, estos segundos dicen alguna que otra cosa cada tanto, descafeinada o sobreactuada. Pero se cuidan: o nadie les da bolilla o les cae la policía cultural y los escracha, corriéndolos con la vaina.

Precisamente, unas semanas atrás, cuando la estrella de Milei parecía ir opacándose en medio de fallidos y errores no forzados, los opinólogos adictos y también con más razón los críticos especulaban cuándo había empezado el tobogán de los aplausos. Los unos nerviosos, los otros relamiéndose.

Aunque la lista variaba según la vereda, todos coincidían más bien en que Davos fue el principio de los dolores. Y no cuando habló de guita y de épicas económicas ampulosas, sino cuando habló de las uniones homosexuales y la pedofilia que acompaña las uniones homosexuales. Los encuestadores invitados confirmaban casi en general que eso había influido en la opinión pública, para mirar a Milei con una mueca de disgusto.

Un ejemplo nomás. Pero al tomarse el trabajo de seguir el asunto en la opinión emitida o difundida por los medios de todos los colores, una y otra vez aparecen los "derechos" como una verdad ya escrita en piedra e intocable. Y aparece el error o la crueldad, según la vereda, de volver atrás con las conquistas conquistadas.

Pero ¿qué piensa, qué siente el hombre de a pie? En realidad no es fácil saberlo. Hay que escarbar bastante, hay que ir al segundo o al tercer subsuelo de sus convicciones o de su imaginario para sacar algo en limpio, porque en la planta baja a la calle, la tópica progresista lleva ventaja. 

Por eso se les hace bastante fácil a los opositores juntar el aumento del tomate, la encanutada de alimentos para los comedores, los negociados del litio, las jubilaciones paupérrimas, el precio de los remedios, los negociados de las deudas, la represión a las marchas, las paritarias pisadas y otras economicidades con "las ideas retrógradas y medievales" (mayormente fictas) del gobierno.

Un gobierno que no fue votado por "las ideas retrógradas y medievales", sino con exclusión más o menos explícita de esas iniciativas, confusamente expuestas en la campaña por Javier Milei y otras voces libertarias o asociadas. "No estoy de acuerdo con todo, pero lo voy a votar...", es una frase ya olvidada pero repetida en 2023, aun por muchos opositores y hasta por gentes de tradición peronista. 

Un gobierno que fue votado sólo o mayormente con el hartazgo en la mano. Hartazgo de que todo fuera un kilombo extenuante, un continuo choreo o patoteo, y otras virtudes así.

A quienes hartaron a los votantes hay que agradecerles la incorporación de Javier Milei al panteón de los vaivenes argentinos. A quienes lo votaron hartos de los vaivenes desdichados les esperan más harturas.

Pero hay algo que, en cualquier caso, se me hace más o menos evidente: ese pueblo que vota no está esperando que al fin se lo libere de la opresión ideológica del progresismo de izquierda o de derecha que impulsa y sostiene "la ampliación de derechos".

En otras latitudes, esa batalla no tiene mucha mejor fortuna. Sólo el voluntarismo ve otra cosa.

Pero a los voluntaristas del wishful thinking los espera tal vez una noticia agridulce. No basta con salir corriendo de la patoteada progre, no basta con vomitar en presencia de los dueños de los "derechos" y escupirles en la cara. Puede incluso ser un error amargo al final lanzarse a los brazos de algunos enemigos de mis enemigos.

Porque puede pasar que la patoteada de los enemigos de mis enemigos llegue a la puerta de mi casa y una de dos: o me sumo a la patoteada de los neopatoteros (triste destino) o las patadas de los neopatoteros vienen a dar a mi traste propio. Aunque no sería un mal destino, sobre todo si es porque no me arrodillo ante los ídolos falsos .

Los que lo saben y lo vivieron, no deberían olvidarlo o hacer que no lo saben: ya les pasó (a ellos mismos) a otros, en otros tiempos de buena parte del siglo pasado, sin ir muy lejos.




domingo, 13 de abril de 2025

Dos estrellas y dos mujeres (Apunte.) (II)




El 27 de noviembre de 1914, John Tolkien le escribe a Edith Bratt (por entonces su novia, hasta su matrimonio en marzo de 1916) unas pocas líneas, dándole parte de su día. La mitad final del escrito breve dice: "...tuve que asistir a una reunión del Essay Club: una especie informal de último suspiro (?). El ensayo presentado fue malo, pero el debate resultó interesante. Era también una reunión para presentar composiciones y leí 'Earendel', que recibió muy buenas críticas." A esa altura de su vida, Tolkien todavía no había pensado las historias que surgirían de esa primera invención. Tampoco el destino que la Estrella de la Tarde cumpliría en su obra. Pero sí se adentraba más y más en las sagas nórdicas y en el estudio de las lenguas que estaban en las raíces del inglés que le era contemporáneo.

En esa carta, se refiere a The Voyage of Éarendel the Evening Star, un poema compuesto, en septiembre de 1914, durante unas vacaciones en la granja de un familiar, en Nottinghamshire. Según se dice, la inspiración provino de unos versos que leyó en el poema Christ I, The Advent que algunos atribuyen al poeta de la alta edad media inglesa, Cynewulf, y otros, más recientemente, lo atribuyen a un autor desconocido: “Éala Éarendel engla beorhtast / Ofer middangeard monnum sended” (Salve, Éarendel, el más brillante de los ángeles. Enviado a los hombres sobre la tierra media). Al autor y la obra hay que ubicarlos probablemente entre el siglo VIII y el IX. La historia del poema de Tolkien, por su parte, ensaya un mito acerca de la aparición precisamente de la Estrella de la Tarde. Con los años, Tolkien reformó los versos al menos cinco veces, pero no la substancia del poema, en la que, como ya dije, todavía no hay rastros de las especies que luego ingeniaría.

La primera de las estrofas en su versión primigenia dice:

Éarendel sprang up from the Ocean’s cup
In the gloom of the mid-world’s rim;
From the door of Night as a ray of light
Leapt over the twilight brim,
And launching his bark like a silver spark
From the golden-fading sand;
Down the sunlit breath of Day’s fiery Death
He sped from Westerland.  

(Éarendel surgió de la copa del Océano.
En la penumbra del borde del mundo medio,
desde la puerta de la Noche como un rayo de luz,
saltó sobre el borde del crepúsculo;
y lanzando su ladrido como una chispa de plata
desde la arena dorada que se desvanece,
por el aliento iluminado por el sol de la ardiente Muerte del Día,
salió raudamente de Westerland.)

El inglés John Garth, periodista y escritor premiado por sus trabajos sobre Tolkien, sostiene que, a su juicio, ese día de finales de septiembre de 1914 debería ser la fecha del nacimiento de todo lo que conocemos de la obra de ficción de John Tolkien. Dice también que la frase que dispara la obra posterior no es a su entender la que se ha dado en llamar el comienzo de todo ("En un agujero en el suelo, vivía un Hobbit”), sino ese primer verso: "Éarendel sprang up from the Ocean’s cup".

Hay que decir que el asunto del héroe que se lanza a viajes misteriosos ya lo conocía Tolkien por sus lecturas y estudios de los textos clásicos, en los que la figura del viajero Odiseo / Ulises es dominante, no sólo en la antigüedad. La naturaleza, el alcance y la finalidad de sus viajes siguió llamando la atención durante siglos hasta hoy. Recientemente incluso algunos extienden sus periplos mucho más allá de las Columnas de Hércules mediterráneas y reinterpretan los recorridos de la Odisea como un viaje por aguas nórdicas.

En el caso de estas nuevas invenciones de Tolkien, ese viaje de Éarendel, el marinero celeste, es el origen mítico de la estrella vespertina asociada también (además de al planeta Venus) a la luz de las grandes piedras élficas, que retienen en sí la luz primigenia. Éarendel pasa a la obra posterior como Eärendil, antepasado de Aragorn y también de Arwen. Pero este personaje tiene en común con el primigenio estar asociado a la Estrella de la Tarde también él, razón por la que lleva en su frente la luz que será la guía de muchos héroes de la obra en tiempos remotos. Pero también en los tiempos de la Guerra del Anillo. Es la luz de la Estrella de la Tarde la que está contenida en el recipiente que Galadriel regala a Frodo al partir de Lothlórien, y es la luz que lo ayuda en las terribles peripecias de su viaje a las tierras del Señor Oscuro.

Ahora bien. Arwen recibe también ella entre los elfos el apelativo de Undómiel, es decir, Estrella de la Tarde. En su caso, y en principio, por su belleza incomparable en sus días en la Tierra Media, jamás igualada después, aunque semejante a la que en los orígenes luciera Lúthien, personaje importantísimo en las invenciones de Tolkien y, en cierto modo, en su vida personal. Arwen también es reconocida como la Estrella de la Tarde de su pueblo, particularmente en Rivendel y Lórien, sus hogares alternativos, en los que vivía con su padre, Elrond, y con su abuela, Galadriel.

Pero es verdad también que, con su desaparición, termina un ciclo. Si bien es cierto que Arwen pasa junto con Aragorn a una Cuarta Edad del Sol en Arda, no es menos cierto que Tolkien no quiso continuar con la historia (aunque bocetó una edad del hombre que no prometía exactamente el fin del mal, sino cierta entropía). Tanto Éarendel como la luz que está significada en Eärendil y en la Estrella de la Tarde, se apagarán y desaparecerán al fin de los tiempos, tal como en el cielo que vemos, el Lucero aparece al atardecer y está presente en el alba, primera y última luz en la noche, aunque sobre el Lucero de la mañana hay que decir después algo más, siquiera en un apéndice.

Por su parte, entre las libertades que se tomó Peter Jackson en su trilogía fílmica está la invención de una joya que Arwen le regala a Aragorn, que precisamente es una piedra engastada con poderes similares a la Estrella de la Tarde y su relación con la luz de los Silmarils. Tal vez Jackson quiso enfatizar el papel "romántico" de Arwen y adosó un objeto a lo que ya representaba ella por sí misma, como el regalo de una novia a su novio. Allá él, aunque diría que desnaturalizó el símbolo al hacerlo.

Así las cosas, parece que de principio a fin la Estrella de la Tarde cumple un papel fundamental en la obra de Tolkien, tan siquiera prestando atención a la repetición del apelativo para atribuirlo a distintos personajes, pero es más que eso. Su significado sigue siendo algo misterioso, tanto como determinante, no sólo para lo que ocurre en la Tierra Media en tiempos de la Guerra del Anillo. El mundo verá su fin, según Tolkien, junto con la extinción de esa luz que ha brillado en los cielos con el viaje épico de Éarendel, como con la épica terrena de Eärendil y, finalmente, con la belleza de Arwen.

Como dije, hay un apéndice todavía. Ya vendrá.



sábado, 12 de abril de 2025

Conversación


Hablaste del dolor y el firmamento
(yo miraba los ojos color mar
Mediterráneo en absoluta calma,
un mar de fuego azul, iluminados...).

Me dijiste del sol y la paloma
(pero tus manos eran dos al vuelo
navegando la tarde por el aire, 
entusiasmo en las alas, suaves plumas...).

Nombraste un arenal, un bosque, un río
(y yo sentía flores en tus labios
y un zorzal que me arrulla en los cipreses...).

Me mostraste el Lucero, a Orión en armas
(constelados, la noche nos veía,
conversando tu amor y mi universo...).


 

miércoles, 9 de abril de 2025

La gárgola


Antes fue una tristeza que nacía
y rondaba las calles desoladas,
mientras en noches sin vaivén de estrellas
robaba las miradas inocentes.

Una aventura fútil y un oscuro
deseo de países sin edad, 
de mañanas de glorias, de combates
heroicos, incruentos y ficticios.  

Vaga en amores grises como nubes
que han errado en el tiempo sin un puerto.
Lágrimas secas que simulan lluvia.

Con su desdén de luz y mueca infame 
labrada en piedra, desde su cornisa,
mira el mundo la gárgola y sonríe.


lunes, 7 de abril de 2025

¿Qué carajos pasa?





Al día de hoy, según dicen los que cuentan segundo a segundo esas cosas, hay alrededor de 8.216.000.000 personas en este valle de lágrimas. No es una cifra exacta porque, esas mismas cabezas contantes, dicen que hasta las 20:10 de hoy, habían nacido unos 305.200 humanos, casas más, casas menos, y siguen contando. Lo que quiere decir que esas cifras que dejo aquí ya no son actuales, al momento en que los lectores están leyendo esto.

Muy bien.

El asunto es que, a mi parecer, un número casi irrelevante de todas esas gentes sabe más o menos realmente qué carajos está pasando en el planeta. Y de ese número infimísimo, un número menor sabe por qué estos carajos están pasando. Y, aun de ellos, otro número más chico sabe para qué. 

De adónde irá a parar todo esto (es decir, si todo se va a ir al carajo o no, cuándo o nunca, de qué manera, y así), creo que puede haber algunas inteligencias que sepan algo. Aunque son substancias inteligentes separadas de la materia. Ya sean ángeles buenos o de los otros.

¿Y ustedes pretenden o esperan que, así, a mano alzada, un servidor se pare sobre un cajoncito de manzanas y se haga el profeta de lo oculto, exégeta de los no sé qué carajos que pasan? 

Pues, compagni, busquen un lindo peine fino y con paciencia, si eso esperan, empiecen a sacárselo de la cabeza, con liendres y todo.

Me río de los profetas ceñudos, qué quieren que les diga. Me río de los estrategas de bodegón que  juegan en el aire un deporte que creen que es fútbol. Y no es fútbol. Gritan goles que no son goles, se lamentan porque les cobran un off side que no está en ningún reglamento, se abrazan a compañeros que no son compañeros, putean a árbitros que no son árbitros, van a estadios que no lo son y ven pasto donde no lo hay (con el verde de la esperanza y todo...).

Me río de los profetas impacientes. Hacen esfuerzos enormes para que el eje de la tierra se mueva cuanto antes unos grados a la derecha cósmica, para que así los polos les queden donde les conviene y el mar llegue a las puertas de sus casas, con chiringuito y sombrilla y palita y baldecito y todo. Si el eje hay que inclinarlo a la izquierda, igual se puede hacer el intento. En ninguno de los dos casos importan las consecuencias.

Me río de los que hacen planes (o creen que deshacen planes).

Me río, sí. No se me ofendan: me río.

(Y cuando repaso las cuadras de mi barrio –la Argentina– sigo riéndome de los jugadores de generala. No, no son los políticos, ni los economistas, ni los empresarios, ni los dirigentes, ni los intelectuales, ni los cráneos de cualquier cosa, ni los obispos..., porque ninguno de ellos me causa gracia. Me río de los jugadores de generala que ponen cara de que entienden de qué carajos van las cosas y hablan y hablan y viven tachando la doble si no les sale, y así siguen tachando hasta la del 1. ¿Si ahora voy a decir algo de Javier Milei o de la pelea de perros peronista y cosas así? No por ahora...) 

Son hijos de la desesperación.

Por no tener paciencia, hija de la fortaleza y de la esperanza.

Y por eso mismo y más que nada, por esperar lo que no deben. Y por no esperar lo que deben esperar.

Una mentira existencial cósmica, enorme, épica como dice la moda que hay que decir.

Y eso sí que da pena y no causa gracia.



20 leguas


Todo empezó por mi costumbre de medir a veces las distancias en leguas. Cosas que traigo de chico, de mi infancia entre paisanos.

"Al campo grande habrá una 20 leguas...", dije. La mañana era fresca y habíamos salido muy temprano a recorrer a caballo. Ahora, descansábamos tomando mate en la veranda de la casa.

"Si fuera así, caminando llegarías en dos o tres días, sin hacer trampa, sin subirte a ningún vehículo. Caminando, nomás...".

No sé por qué sentí que había algo provocativo y hasta feroz en esa voz que habitualmente me sonaba afable y dulce. 

"No es tanto", dije con suficiencia. Y ese fue mi error, ella siempre hacía una mueca de simpático disgusto cuando oía ese tono.

"Entonces...", ladeó la cabeza ya en franco desafío.

"¿Que vaya caminando? Claro que me animo...", me puse serio.

Pero no iba a salir de ese asunto (poniéndome a caminar...) sin antes recibir el correctivo de sus lecciones. Sabía de esas cosas. Porque se había criado en el campo y porque esas antigüedades la fascinaban. Y empezó acusándome directamente de ignorante, si realmente sabía cuánto era una legua, si sabía si era una medida de camino o una medida de tiempo, si sabía cuántas clases de leguas había, si sabía de dónde venía esa medida.

A veces ser ilustrado y humillado al mismo tiempo no es tan duro. Conocía lo que se usa en el campo vulgarmente. Pero no tanto como ella y por eso hasta pude preguntar y contestó con un aire de satisfacción que le quedaba muy bien. Casi todas sus explicaciones y datos navegaban en una sonrisa que no sé si estaba dirigida a mí o a la llanura inmensa que se veía todo alrededor desde la veranda.

Cuatro días después, todavía me faltaban 6 ó 7 leguas para llegar a la casa. Me estaba esperando. Salimos juntos al día siguiente del reto, pero ella había ido en la chata, de modo que, en poco más de una hora, ya había llegado.

Al amanecer del cuarto día, abrí la tranquera grande que daba al camino real por el que venía. El último tramo lo hice de noche, para no demorar el límite que ella me había impuesto como una tarea: tres días.

Me sorprendió que estuviera en un tocón, cerca de los palenques. No había salido el sol todavía pero el cielo era claro ya. Sentada junto a un fogoncito improvisado en el que mantenía la pava, enarboló el mate y lo agitó como si fuera una bandera de llegada. Y salió a recibirme.

"¿Ves, pavote? La legua siempre fue una medida de tiempo más que de distancia: lo que alguien puede andar a pie o a caballo en una hora... Te extrañé 20 leguas, tontín", y se colgó de mi brazo, en un arranque me besó el hombro y me tendió el mate.



sábado, 5 de abril de 2025

Entrelíneas


Lucía recorrió la casa lentamente. Le llevó media mañana, aunque empezó al amanecer. 

Todos los cuartos estaban abiertos y eso lo hizo bastante más fácil. Pero no tan fácil. Estaba la minuciosidad con que la vista enumeraba y analizaba cada objeto, todo el mobiliario, puertas y ventanas, apliques, lámparas. Todo lo vio en un orden casi perfecto, inmóvil, sin vida. Eran cuadros, acuarelas, no bocetos, no borradores rápidos a mano alzada.

Salas y salones, igual. Un comedor amplio y luminoso, igual. Hasta los pasillos, toda dependencia, armarios, cómodas, los dos baños, la escalera. La cocina era una laboratorio en desuso, como congelado al final de un día de trajines y experimentos: todo irrealmente pulcro y ordenado.

La mirada, mientras tanto, no descansaba. Buscaba los detalles, perseguía huellas que terminaban en ninguna parte. Sin perder la concentración, buscaba señales. Hasta repetía los recorridos en los lugares que podían ofrecer más caminos. El escritorio, por ejemplo, cajones sin llave que guardaban carpetas ordenadas y clasificadas. Las paredes completamente forradas de libros en estanterías que llegaban hasta el cielorraso. Cada libro, cada recuerdo (medallones conmemorativos, objetos de viajes, cuchillos y vainas de colección, cosas así), cada retrato o fotografías sin enmarcar. En el rincón, a la derecha de una mesa con una lámpara, la música, igualmente quieta y muda.

Un solo movimiento parecía perturbar la ordenadísima monotonía: un reloj sobre la repisa de la chimenea que marcaba rítmicamente el tiempo. Pero, aunque era lo único se movía, subrayaba la uniformidad del conjunto con su isocronía opaca.

Alrededor de las 11, Lucía había completado la recorrida y el rastreo metódico de signos y marcas de existencia, de presencia siquiera futura.

Cruzó la sala más grande. Se paró ante la puerta de entrada y, antes de abrirla, se volvió a mirar con la vista y la imaginación cada paso que había dado por la casa.

"No, ya no está...", dijo a nadie, en voz casi imperceptible. Y salió.


viernes, 4 de abril de 2025

El otoño de Roy


Apenas pasó el mediodía, fuimos caminando hasta los lindes del viñedo.

El viento era frío y soplaba con furor de a ratos, por eso le costaba mantener los papeles sobre las rodillas, cuando nos sentamos en el montículo junto a los regadores.

Llevamos unos poemas de Roy Campbell, con la idea de leerlos al sol hasta que nos llamarán desde la casa a tomar el té. Pero, una vez allí, quiso traducir Autumn. Me negué refunfuñando: no habíamos ido a trabajar sino sólo a pasar dos o tres días con amigos.

Hizo un mohín de decepción y se quedó mirando las hileras unos cuantos minutos antes de volver a los papeles que llevaba en el cuaderno. Amainó el viento tan de repente como había empezado a soplar.

Me recosté en un hueco alfombrado de manzanilla y trébol, abrigado por el sol. Ella estuvo leyendo mientras me adormecía. Después, vi que escribía, tachaba y volvía a escribir lo que me pareció eran notas sueltas. Y así pasó una hora o tal vez algo más. No hablamos.

"Te va a gustar...", dijo al fin, con picardía. Y, titubeando y corrigiéndose de tanto en tanto, recitó:

Me encanta ver, cuando las hojas se van,
cómo llega la clara anatomía,
el invierno, paradigma del arte,
que mata toda forma de vida y sentimiento,
salvo lo puro, que sobrevivirá.

Ahora, ya las cadenas resonantes
de los gansos se enganchan a la luna;
despojados están los grandes plátanos que opacan el sol;
y los pinos oscuros, revelándose a sí mismos,
dejan que entren las agujas del mediodía.

Azotados por el vendaval, los olivos blanquean
como luchadores encanecidos, doblados por la labor,
y, con las vides, sus ramas se aligeran
para rebosar nuestras vasijas, donde el verano perdura
en la espuma roja del aceite dorado por el sol.

Pronto, en la pira vivificante de nuestro hogar,
sus tallos podridos se desharán;
y como un fuego rubí y jadeante,
la uva enrojecerá en tus dedos
a través del cristal encendido de la copa.

 
Después, el silencio.

Busqué el cielo con la vista, como distraído, la miré y sonreí. Puso su mano en mi frente, con ternura, como si me perdonara.

Pero ella también merecía el indulto, porque tenía razón: me gustó su traducción.