A la Iglesia, Dios le ha asignado el papel real de Cuerpo Místico de Quien es su Cabeza, Cristo. Ya dijo santo Tomás en los textos que cité que Cristo es Cabeza como principio, que también se entiende como paradigma, un aspecto de esa relación que es importante aquí. Consecuentemente, Cristo es principio en relación con la Gloria:
Asimismo es principio cuanto al estado de la gloria. Por eso dice: "primogénito de entre los muertos"; puesto que la resurrección de los muertos es como una especie de segunda generación, ya que el hombre repárase y prepárase por ella para la vida eterna (Mt., 19), y Cristo por encima de todos es el primero; por eso precisamente es el primogénito de entre los muertos, esto es, de los que han sido engendrados por la resurrección; aunque lo de Lázaro (Jn., 11) parece que va en contra. Respondo diciendo que éste y otros no resucitaron para esa vida inmortal, sino para la mortal; pero Cristo, al resucitar de entre los muertos ya no muere (Rom., 6; Apo., 1; 1Co, 15); y esto para tener Él la primacía en todo, cuanto a los dones de gracia, porque es el principio; y cuanto a los dones de gloria, porque es el primogénito (Si., 24).
En este capítulo 24 (45-47) del Eclesiástico (Si. por Sirácida) al que refiere, se lee al final estas palabras de la Sabiduría-Cristo:
Penetraré hasta lo más profundo de la tierra, miraré a todos los que duermen y daré luz a todos los que esperan en el Señor. Aún derramaré la enseñanza como si fuera una profecía y la dejaré por generaciones de siglos y no cesaré en sus descendientes hasta la era santa. Mira que no he trabajado sólo para mí, sino también para todos los que la buscan.
La Iglesia Cuerpo místico, tanto como Esposa. Cita santo Tomás, respecto de esta Esposa, un versículo de un texto siempre recurrido en las bodas cristianas, el de san Pablo en el capítulo 5 (25-32) de la carta a los de Éfeso:
Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a Sí mismo por ella, para santificarla, purificándola en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en gloria, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, se ama a sí mismo; porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio: ¡Pero estoy hablando de Cristo y de la Iglesia!
La insistencia vehemente de san Pablo al final de este fragmento, dicho sea de paso, refuerza lo principal: Cristo y la Iglesia tiene una unión mística indisoluble. El matrimonio humano es, o en todo caso aspira a ser, un signo de esa realidad superior, en una unión que en su caso la muerte separa.
Ahora bien.
Cristo ha padecido en su cuerpo mortal y lo ha hecho para la redención de los hombres. Pero recordemos otra vez lo que decía santo Tomás en cuanto a completar lo que falta a esos padecimientos y por quién se sufren:
Pues esto faltaba, que así como Cristo había padecido en su cuerpo, así padeciese en Pablo, miembro suyo, y de manera semejante en los demás. Y en pro de su cuerpo, la Iglesia, que había de ser redimida por Cristo, "para sacarla a vistas, delante de Él, llena de gloria, sin mácula ni arruga, ni cosa semejante" (Ef. 5,27). De modo parecido todos los santos padecen por la Iglesia, que se robustece con su ejemplo. Restan pasiones todavía, por no estar llena aún de méritos la paritoria de la Iglesia, ni se llenará hasta que el siglo haya concluido. La paritoria es un recipiente o una casa donde se meten juntas muchas cosas.
De este modo entendido, el Cuerpo sigue y ha de seguir el camino de su Principio y Paradigma, la Cabeza, en orden a los padecimientos. Y eso en razón de que su destino de Esposa es ser sacada "a vistas, delante de Él, llena de gloria, sin mácula ni arruga, ni cosa semejante". Y así ha de entenderse completar.
Cuerpo místico y Esposa que, en la historia, han de replicar la suerte histórica de su Cabeza, como que, como Esposo y Esposa, también son uno, al igual que la Cabeza y el Cuerpo.
Completar la Pasión sabemos que no es posible, pues la Pasión está completa. Pero la Cabeza es a su vez, repito, el Paradigma y el Principio y el Primogénito, no solamente en la Resurrección y la Gloria, sino en lo que las antecede: la Pasión y la Muerte.
La Iglesia, en cuanto Cuerpo Místico, vive en la historia la vida histórica de su Cabeza, Cristo.
Cristo padeció y murió. Y, volvamos a decirlo, "de modo parecido todos los santos padecen por la Iglesia, que se robustece con su ejemplo. Restan pasiones todavía, por no estar llena aún de méritos la paritoria de la Iglesia, ni se llenará hasta que el siglo haya concluido. La paritoria es un recipiente o una casa donde se meten juntas muchas cosas."
Hasta que el siglo haya concluido, dice el comentario y se refiere con esa expresión al tiempo de la historia. Y será así mientras el siglo dure.
Aún derramaré la enseñanza como si fuera una profecía y la dejaré por generaciones de siglos y no cesaré en sus descendientes hasta la era santa. Mira que no he trabajado sólo para mí, sino también para todos los que la buscan, ha dicho el Verbo, la Sabiduría de Dios, refrendando de este modo que la purificación de la Esposa se da en el tiempo de la historia hasta la Vuelta del Esposo y las Bodas Celestes.
Pero en esa similitud mística entre la vida histórica de la Cabeza y su Cuerpo, hay que apuntar algo sobre la naturaleza de aquello que ha de ser purificado con sus padecimientos.
Y allí, entiendo, una interpretación de aquellas palabras de Jesús que trae san Lucas en su evangelio, algo dicen también.
Porque si así tratan al árbol verde, ¿qué harán con el seco?
Se llamó a sí mismo árbol verde y a nosotros árbol seco, porque Él tenía la fuerza de la divinidad, pero como nosotros somos puros hombres, se nos llama árbol seco, comentaba San Gregorio.
Puros hombres, y por cierto no necesariamente hombres puros, agregaría. Y en sentido similar son las palabras de santo Tomás en su comentario a Colosenses, 6: Restan pasiones todavía, por no estar llena aún de méritos la paritoria de la Iglesia, ni se llenará hasta que el siglo haya concluido. La paritoria es un recipiente o una casa donde se meten juntas muchas cosas.
Debemos entendernos como un árbol seco y mirarnos en el árbol verde para dar frutos. Frutos que embellecerán a la Esposa, que embellecida se encaminará a las Bodas, cuando el siglo haya concluido.
Pero hay al menos dos sentidos para árbol seco. Uno es el que menciona san Gregorio. Algo distinto es lo que dicen san Beda y Teofilacto de Ocrida:
Como si dijese a todos: Si yo, que no he cometido culpa alguna y me llamo árbol de vida, no salgo de este mundo sin ser víctima del fuego de las pasiones humanas, ¿qué clase de tormentos creéis que sobrevendrán a los que carecen de fruto? (Beda)
Como si dijese a los judíos: Si, pues, en mí, que soy un árbol que doy fruto saludable y estoy floreciente, de tal modo obran los romanos, ¿qué no harán con vosotros? El pueblo digo, que es semejante a un árbol seco, privado de toda virtud vivificante, y que no da fruto alguno. (Teofilacto)
Con todo, la relación entre un árbol y otro es al menos clara y pone de manifiesto la excelencia de uno y la deficiencia del otro. Aunque hay algo más.
¿Deberá purificarse el árbol seco para dar fruto al final? ¿Es posible? Podría ser. La alusión a los judíos en ambos comentarios, una explícita y otra por extensión (respecto de la falta de frutos, tópico recurrente en Jesús respecto de su pueblo), parece indicar que Dios espera que su pueblo dé los frutos para los que ha sido llamado a existir. Lo dijo de manera terminante en la maldición de la higuera, en la semana previa a la Pascua, de camino a Betania.
¿Sería aplicable a la Iglesia, entonces? En ese caso, absolutamente sí. Además de su Cuerpo y su Esposa, es su Pueblo y de él ansía frutos. Al margen, san Beda extiende la amonestación a todos, con lo que queda comprendida implícitamente.
Y, si fuera así, cuál sea la purificación ya está dicho: el Cuerpo ha de completar la Pasión.
* * *
La historia bien puede ser entendida como un guión divino actuado por hombres. Y todo ello inscripto en una obra mayor que es la Creación misma, con todo y sus ángeles.
Misterio de designios divinos y libertad de los seres creados dotados de espíritu, todo a la vez. Más la Gracia que opera realmente.
La particular relación que Dios ha querido entre el Paradigma que es su Hijo y los humanos, es más misteriosa todavía, si cabe.
Pero por misteriosa que pueda ser, Dios ha significado, en su Revelación, huellas y caminos que conducen al final y que acompañan, específicamente, la marcha del hombre por el tiempo de su historia, hasta el final. Y para la comprensión cabal de tales huellas y caminos, ha donado la Fe y las particulares llamas del Espíritu Santo que son la Ciencia, el Entendimiento y la Sabiduría. Y también las Profecías, las de sus heraldos, los profetas, y las que profirió el mismo Jesús, ya en primera persona y sin intermediarios.
Un caso particular –y central– es la relación especialísima de la Cabeza con el Cuerpo, precisamente objeto de las profecías todo a lo largo de la Revelación.
Y una clave de esa relación es que están concertadas de tal modo que lo que es en una es en el otro, a su modo.
Al mirar la historia, un cristiano mira en Él la suerte de la Esposa, como que ella es su Cuerpo. Y de ese modo contempla no solamente lo que pasa en la historia a la luz de la Vida de su Cabeza, sino lo que viene.
Lo que viene en la historia tiene dos momentos que cruzan de modo principalísimo la eternidad con el tiempo: la Encarnación del Verbo y la Parusía. Una es la promesa cumplida, la otra es la consumación de su obra, ya de cara absolutamente a la eternidad.
Ambos hechos son axiales, ambos hechos son irrupciones metahistóricas que iluminan la historia. Y el eje principal entre esos ejes es Cristo.
La profecía primera para la Iglesia y su suerte en el tiempo de la historia mientras dure el siglo, está explícita en la vida histórica de su Esposo: ¿quiere saber qué será de Ella?, pues deberá verse siempre en Él y lo sabrá.
Pero es verdad también, y no lo ignoro, que lo que viene, para muchos, es más bien –y en algunos exclusivamente– una serie de especulaciones sobre contingentes históricos. En muchas ocasiones, esos contingentes futuros se cargan con las expectativas horizontales que se tiñen o directamente nacen de preferencias fundadas en doctrinas propias o en interpretaciones sesgadas, incompletas o erróneas de las palabras de las Escrituras y aun de las doctrinas de los Padres y del Magisterio.
Lo que viene, para un cristiano, siempre es lo que Dios ha dicho que viene. Y hasta lo que ha dicho respecto de cómo ha de venir.
Dicho así, la Iglesia sabe que lo que viene, antes de que vuelva El que ha de venir, es completar lo que falta a la Pasión de Cristo en Ella misma.
Porque si con Él, su Cabeza, el Esposo, árbol verde, han hecho lo que han hecho, también lo harán con Ella, porque, en última instancia, Ella habrá de presentarse ante Él "llena de gloria, sin mácula ni arruga, ni cosa semejante".
Es la réplica y el reverbero de un acto de amor, es como el desborde de un amor que se acrisola y que en esa acción y en esa fidelidad, da el fruto.
Eso es lo que viene. Hasta que dure el siglo.
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Cualquier expectativa que se hunda en la inmanencia –queriendo o sin querer– también es un modo directo o indirecto de soslayar el acompañamiento que, en la historia, corresponde a la Esposa respecto de su Esposo. Incluso hasta pretender que el padecimiento en su carne, sea sólo de Cristo. Y que el Cuerpo Místico no pase por eso. Podrá pedirlo, porque su Esposo mismo lo pidió en el Huerto. Pero al cabo deberá ir obedientemente a su Pasión, como Él mismo fue.
Hay modos sofisticados y sutiles de esa pretensión de librarse de la Pasión en la historia y se muestran de muchas maneras. No es nada inédito en los hombres. Viene con la naturaleza humana caída.
El propio Demonio, sin saber de cierto con Quién estaba hablando, recurrió a la estrategia de tentar a Jesús con la espectacularidad en este mundo, con los bienes de este mundo y con el poder en este mundo.
Es claro que también el Cuerpo recibirá –como recibe desde su instauración– las mismas tentaciones que recibió en su hora la Cabeza. Algo así expuso Fedor Dostoievsky en la conocida Leyenda del Gran Inquisidor.
Pero, ¿sucumbirá el Cuerpo donde no sucumbió la Cabeza? ¿Se aplicará también esto a lo de san Gregorio, que repetimos ya: Él tenía la fuerza de la divinidad, pero como nosotros somos puros hombres, se nos llama árbol seco?
Al imaginar o desear lo que viene, un cristiano debe contemplar esos pasajes y acomodar su expectativa a la Esperanza que se funda en la Fe, que es substancia de las cosas que esperamos.
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Debería terminar aquí estos apuntes.
Pasa que mientras pensaba estas cosas, recordé unos escritos de hace unos 20 años que se titularon "Sobre la causa "cristiana" del Anticristo".
Creo que algunas líneas sobre ese asunto serían un corolario adecuado a lo que ya quedó dicho, también porque aquello de hace dos décadas tiene hoy el sabor acorde para las noticias del día, aun dejando de lado el resultado de lo que habrá de ocurrir en breve tiempo.
Pero será en la parte final, que no será ahora.
(continúa)

