viernes, 13 de marzo de 2015

Es hora de irse


La frase es común. Es una de esas frases que pueden aparecer al final de una visita, por ejemplo.

Salvo que la vida nos vaya en esa frase.

La vida hacia atrás, que importa tanto al irse, claro. La vida hacia adelante, también. En cualquier caso, una vida que uno sabe cuánto importa cuando es hora de irse.

El contexto, el motivo, la intención, la circunstancia. ¡Cómo hacen que una simple frase común tenga una fuerza distinta, un sabor terrible!

*   *   *

Hace un tiempo, me ocupé de buscar paisajes y ambientes de mis raíces, todas itálicas: Parma y Piamonte, Abruzos y Basilicata. Por gusto, por amor, por nostalgia de lo tan propio nunca visto y que no sé si llegaré a ver.

Conozco sus historias de ellos con mayor o menor detalle. Creo saber lo suficiente de los motivos y de las circunstancias de cada una de mis raíces, los motivos por los que ya no estuvieron allá y con eso haber hecho que un servidor fuera sembrado aquí, finalmente.

Y fue así que al mirar aquellas tierras y cielos apareció la frase: es hora de irse.

La habrán pensado ellos y tal vez la dijeron o se las dijeron. A cada uno. Cada uno.

Es hora de irse.

Dejar todo e irse. Ya es hora.

No sabrían qué sería del final del camino.

Pensarían volver. Querrían.

No suena igual irse si uno piensa en volver. No es lo mismo decirlo si uno quiere volver. No resuena igual si sabe que no volverá. O que no quiere volver, como fue el caso de uno de ellos.

Lo cierto es que, lo quisieran o no, jamás volvieron.

Ninguno de ellos. Jamás.

No sabían, no podían imaginar entonces, qué significaba ni es hora, ni irse.

Y tal vez llegaron a saberlo al final. Tal vez.

*   *   *

Irse así es un modo muy especial de irse. Haber llegado la hora de irse, así, en esos casos, se me hace que es una dimensión muy especial del tiempo, tanto como del espacio. No significa lo mismo la distancia cuando uno dice es hora de irse al colegio, a lo de mis abuelos, es hora de irse de vacaciones, es hora de irse a dar la vuelta al mundo. Y no se dice igual es hora de cosechar, es hora de comer, es hora de dormir que es hora de irse, cuando irse es eso, es así, es esa distancia. Cuando es hora significa un tiempo así.

Recordé poemas de terribles saudades de Rosalía de Castro y tantas canciones napolitanas de los que ven alejarse la costa porque llegó la hora de irse.

*   *   *

Mirando aquellas tierras, recorriendo con el corazón más que nada aquellos valles y ríos, unos pocos llanos, torrentes y bosques y lagos, viñedos y trigales, muchas sierras y colinas y montes, sentí de pronto una punzante sensación de hermandad con mi sangre, con ellos.

Vi lo que habían visto cuando dijeron, cuando oyeron: es hora de irse.

Pero no sólo saber lo que habían sentido.

Sino también saber.

¿Cuándo sería que dijera yo mismo es hora de irse? ¿Lo diré? ¿Tendré que decirlo? ¿Por qué diría es hora de irse? ¿Cómo lo diría? ¿De dónde estaría yéndome? ¿Hacia dónde? ¿Pensaría volver? ¿Podría? ¿Querría?

Emigrar puede ser una acción para la sociología o la política. Y un emigrante puede ser un dato político o sociológico. Pero un emigrante que emigra, que tiene que, que se dispone finalmente a irse, que se va, no es un dato. Es otra cosa.

Es hora de irse, entonces, se vuelve un dictamen, un propósito, una salida en un camino sin salida, un puerto en un mar desconocido, un puerto de partida y un puerto de llegada en un mar igualmente ignoto.


Claro que.

A veces, es hora de irse, así dicho, con todo y su impronta espacial, con toda su carga de distancia, no significa trasladarse.

A veces, es hora de irse puede ser una comanda temporal.

Irse de una hora, de un tiempo, de un eón.

Y no parece que las cosas cambien demasiado si ha de irse uno de un tiempo o de un lugar.

*   *   *

Al fin, mientras miraba otra vez aquellos lares de mi sangre, vi que es hora de irse tiene aún otro sentido, tan real como los demás. Y más.

En los últimos tiempos, sobre todo, he tenido que ver irse a algunos a los que les llegó la hora de irse. Y aun en estos días voy viendo también a algunos otros a los que una voz les va diciendo, prístina y neta: es hora de irse.

Y ahí sí que la hora de irse ya no es tiempo ni espacio. Ni nada.

Ya no.

No aquí al menos. No bajo estos cielos, no en esta tierra.






jueves, 12 de marzo de 2015

Morir de amor (III)


Mucho antes de conocer a Romeo y Julieta (y a Tristán e Iseult, de los que habré de decir algo otro día), conocí la historia de Hjalmar e Ingeborg.

Hace 50 años exactamente, un accidente callejero hizo que durante muchos meses no pudiera hacer otra cosa que leer. Niño era entonces y varios libros preciosos recibí en esos días y entre ellos uno de leyendas con muy sugestivas estampas y dibujos.

Había una historia fascinante de vikingos (leyenda escandinava, decía) y allí estaban Hjalmar, invencible héroe sueco, y su enamorada Ingeborg.

Las historias de Yngvi -rey vikingo de Upsala y padre de Ingeborg en las sagas- y las de su familia; la saga alrededor de Tyrfingr, la espada maldita que forjaron los enanos Dvalin y Durin (y que fue la que terminó con la vida de Hjialmar cuando se batió a duelo por su amada), así como otras historias y leyendas de esas tierras nórdicas, las conocí un poco después.

En la historia más antigua, Ingeborg muere al conocer la noticia de la muerte de su amado en combate singular con su oponente Angantyr, que es quien carga la espada maldita. Angantyr muere primero, pero Hjalmar fue herido de muerte y muerto es llevado hasta Ingeborg. Ella recibe sólo el anillo de su amado y, al recibirlo, muere. Descansan juntos, al fin, en un mismo túmulo.

De hecho, trasmutadas y reelaboradas, algunas de esas leyendas vi cuando llegué a Tolkien; y más después, leyéndolas a ellas mismas, no como fuentes de las obras del inglés, sino en Snorri Sturlusson y otros.

No hace mucho encontré un trabajo, precisamente, en el que intervino Christopher Tolkien, en 1956. Y es nada menos que una traducción de la Hervarar saga ok Heiðreks, donde Tolkien hijo escribe una Introducción filológica y erudita.

*   *   *

Visto a la distancia, y ahora que los recordé, me resulta curioso que nadie hable -ni mucho ni poco- de Hjalmar e Ingeborg.

Será la lejanía nórdica, será la dificultad para pronunciar nombres vikingos, será que otras figuras ganaron la cuerda del amor trágico y misterioso. No ha de ser el frío, por cierto, porque la historia es a la vez tan lírica como épica y, además de original y potente, es antigua y conserva el calor de una sólida leyenda trágica, cosas que el propio Tolkien supo ver y aprovechar mirando a los nórdicos, aunque de eso ahora no voy a decir nada.

Por algún tiempo, los románticos -ah..., infaltables- tomaron la cuestión de los amantes vikingos en varias formas, especialmente en música y pintura y algo poco en escultura.

Claro que, por lo mismo, tampoco me explico por qué se le escapó a Richard Wagner el asunto (y no sé si se le escapó o lo ignoró, aunque sé que hay daneses que compusieron ópera sobre ellos en los mismos años): la historia tiene todos los elementos que, en principio, podrían haberle interesado al alemán, incluyendo espadas maléficas, enanos, filtros o anillos simbólicos. Y algo del mundo feérico, se entiende.

Pero más allá de las exquisiteces literarias o musicales, sigue pareciéndome extraño que Hjalmar e Ingeborg no tengan un lugar más notable entre los amantes de leyenda.

Después de todo, también ellos amaron y murieron entre encantamientos, hechizos. Y venenos.




domingo, 8 de marzo de 2015

Memoria de Charles Ryder



Pocos recuerdan que la mejor novela de Evelyn Waugh se llama en realidad: Brideshead Revisited. The Sacred & Profane Memories of Captain Charles Ryder.

Y no habría que olvidarlo.

Creo que así como John Tolkien miró los asuntos altos y bajos desde la perspectiva de un hobbit, también Waugh eligió un punto de vista para narrar y juzgar los asuntos que trata en su obra. Y allí está Charles Ryder.

Y son varios asuntos los que pasan por adelante de los ojos y el corazón del protagonista. No uno solo: varios. Y todos importantes. Y entre todos, los que se refieren al capitán no son los menores.

No es novedad que el nudo de esas páginas hay que buscarlo precisamente en aquella escena donde se lee un pasaje de una de las historias en The Innocence of Father Brown, de G. K. Chesterton, The Queer Feet, que es aquel que dice:
I caught him, with an unseen hook and an invisible line which is long enough to let him wander to the ends of the world, and still to bring him back with a twitch upon the thread.
Y por cierto que el hilo de Dios es el hilo principal de la novela.


Principal, sí. No único. Ni mucho menos. Y así como en la otra punta del hilo están unos y otros, está en muchos sentidos antes Charles Ryder y con él está lo que él representa en la novela.


¿Por qué lo digo?

Mire, mi estimado: Brideshead Revisited. The Sacred & Profane Memories of Captain Charles Ryder apareció en 1945 y cumple ahora 70 años.

De modo que es una buena ocasión para entrarle -de nuevo o por primera vez...- y ver si lo que sostiene un servidor se sostiene o no.


Como fuere, la discusión la dejamos para otro día.


Por ahora, estoy celebrando el cumpleaños de Charles Ryder.


Feliz cumpleaños, capitán. 





sábado, 7 de marzo de 2015

El Verbo, el verbo


Santo Tomás de Aquino murió el 7 de marzo de 1274.

No tengo que elegir ahora una obra, ni una frase. Ni un episodio de su vida.

Pero hace muchos años ando con este texto de la Suma contra Gentes sobre mi escritorio, en mi memoria, en mis trabajos.

Y es el que elijo ahora, 741 años después, para recordarlo.
Nam sicut verbum nostrum in mente conceptum invisibile est, exterius autem voce prolatum sensibile fit; ita verbum Dei secundum generationem aeternam in corde Patris invisibiliter existit, per incarnationem autem nobis sensibile factum est. Unde Verbi Dei incarnatio est sicut vocalis verbi nostri expressio. Expressio autem vocalis verbi nostri fit per spiritum nostrum, per quem vox verbi nostri formatur. Convenienter igitur et per Spiritum Filii Dei eius carnis formatio dicitur facta.

Pues así como nuestro verbo, concebido en la mente, es invisible, pero se hace sensible manifestándolo externamente con la voz, así también el Verbo de Dios existe invisiblemente en el corazón del Padre según la generación eterna, y por la encarnación se hizo sensible para nosotros. De donde la encarnación del Verbo de Dios es como la expresión vocal de nuestro verbo. Ahora bien, la expresión vocal de nuestro verbo se realiza por nuestro espíritu, por el cual se forma la voz de nuestro verbo. Según eso, también se dice convenientemente que la formación de la carne del Hijo de Dios se hizo por el Espíritu.

(Contra Gentes, Libro IV, capítulo XLVI, Quod Christus natus est de Spiritu Sancto, Cristo nació del Espíritu Santo)

Si no me hubiera enseñado otra cosa, santo Tomás me enseñó eso y, a mi entender, allí está todo lo demás, si bien se mira. De la metafísica a la moral, de la teología del Uno y Trino a la lingüística.


Mors et vita in manu linguæ, dice la Vulgata que dice el Libro de los Proverbios (18, 21).  Mors et vita in manibus linguæ cita san Benito en el capítulo 7 de su Regla para los monjes.

Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado, dice el mismo Verbo en el evangelio de san Mateo (12, 37).


Y todo eso es bastante más que una simple recomendación o una severa admonición.




jueves, 5 de marzo de 2015

Fin de marzo


Un día, cuando marzo se retire,
el otoño vendrá con voz de luna,
con su fragua de cielos y de hojas,
y un viento suave y una luz ausente.
Ese día será el del fuego nuevo:
Y habrá calandrias tímidas, dormidas,
soñando un verde que vendrá en agosto
cuando vuelvan el sol y las abejas.
Marzo se irá y abril, que está llegando,
ya es todo miel, frescura silenciosa,
tierra que en mayo me dará su frío.
Un día, cuando marzo se retire,
vendrá el otoño con su voz de luna
y su quietud dorada. Y mi contento.



miércoles, 4 de marzo de 2015

La altura de un hombre


Juana era una mujer silenciosa, pero buena para conversar: sabía oír. Y lo que es más: oía.

Laboriosa y pulcra, la recuerdo con una sonrisa callada y una mirada inquieta que, cuando se detenía en alguno, miraba directamente a los ojos, penetrante.

Murió para el tiempo de la guerra en las Malvinas. Era mi madrina. Y mi abuela materna. Nadie hacía los tallarines caseros como ella: eran de una medida imposible por lo fina y de una textura y sabor inhallables hoy. Aunque ella amasaba con naturalidad, solían ser el regalo pedido por muchos: hacéme unos fideos... Y el estofado, aromado, intenso, infaltable: la corona condigna de semejante obra de arte.

Era argentina y su sangre venía de los Abruzos, de campesinos por generaciones.

Aquí, en el campo, hacía tantas y tales cosas (todas muy femeninas, de matrona campesina) que una mujer de este tiempo no podría soportar fácilmente. Ni difícilmente, creo. Había milenios en esas manos. Alguna que otra historia ya conté en estas páginas.

Días atrás, hablando con mi madre de cosas de familia y del clima, todo a la vez, me contó que Juana usaba una frase que solía repetir al despertar a sus dos hijas menores (mi madre es la anteúltima de ocho), especialmente en el verano.
-Vamos, arriba, vamos... Que el sol ya tiene la altura de un hombre y ya regué dos veces el patio... ¡Arriba, vamos!
El patio era de tierra, se entiende. Y el calor del día y la poca lluvia le hacían necesario mantenerlo sin polvo y lo más fresco que se pudiera, desde el alba.

El sol ya tiene la altura de un hombre. 

Bonita medida astronómica. Bonita forma de medir el tiempo en el espacio.

Protágoras estaría furioso con la confusión de las consignas: ¿el hombre mide al sol o el sol al hombre?, ¿el tiempo tiene la medida del hombre o el hombre es apenas el testigo de un hecho tan cierto como la luz del sol que trepa ineluctablemente por el cielo? Ja...


¿Relojes? Claro, relojes, sí... ¿Para qué?

¿Qué hora es?

El sol ya tiene la altura de un hombre.





martes, 3 de marzo de 2015

Más es menos


-Una cosa menos, decía ella.

-Una cosa más..., murmuraba él, cada vez que ella decía una cosa menos.


Así lo oí siempre. Y parece que así habrá sido. O parecido habrá sido.

Es uno de esos asuntos de familia, un cuento de familia. Ella era María, mi abuela paterna del Piamonte. Él era Victorio, de Parma, su marido.

A ella la vi poco, murió cuando cumplí cuatro años, unos meses después. Él murió en el mismo año en que se conocieron mis padres, casi una década antes de nacer un servidor.


*   *   *


Hace años que pienso en esa cuestión.

La frase (una cosa menos...) me dicen que la usaba ella al terminar un asunto, al pasar un problema, al volver de alguna visita de compromiso, al pagar la última cuota de algo, al final de un día agitado. Una cosa menos equivale a ya está, a listo. A se terminó este asunto. Un poco menos a nos sacamos esto de encima, y casi nada equivalía a todo esto se ha cumplido.

Pero era tan amplio el uso que también significaba algo hacia adelante. Algo menos por venir. Una acumulación de pasado y a la vez de futuro. Esto se terminó, ahora viene aquello otro. Queda menos adelante. Y así hasta que se cumplan los días y los trabajos de estos días mundanales. Era una frase diría que enérgica, animosa. Como festiva, si acaso. Para animar, para empujar. Para seguir. No tenía nada de voluntarista o fatal.


¿Y él? ¿Y una cosa más?

Del silencioso Victorio se sabe menos. Reservado. Taciturno, aunque alegre.

Una cosa más.

¿Una cosa menos es en realidad una cosa más?

Parece que es según se hace la cuenta. Parecería.

Parece que en ese caso es mirar la acumulación de pasado, mirar una cosa más atrás, más que la espera de lo porvenir, una vez removido el obstáculo de lo que ya es una cosa menos.

No quiero en modo alguno usar las estúpidas palabras. Nada de optimista o pesimista. Uno u otro. No.

Pero.

Es verdad que no da lo mismo contar menos esperando implícitamente más, que contar más esperando implícitamente todavía más.

¿Hay más Providencia en una cosa menos que en una cosa más?

No creo. En cualquier caso, ambas son finalísticas (palabra fea...)

Más o menos dicen a su modo del fin. Dice de un término, de un cumplimiento y acabamiento.

¿Así lo dirían? ¿Eso diría cada uno diciendo lo suyo? ¿Sabrían lo que decían?

No lo sé. Ni importa mucho.

Eso es una cultura, al final.


*   *   *


Hace años que pienso en el asunto.



Y uso las dos. Claro.





sábado, 28 de febrero de 2015

Un amor difícil


Un día, quién sabe cuándo, a los que decimos amar, nos pedirán cuentas de un amor difícil.

Querrán saber si fue un amor grande. Querrán saber si acaso fue un amor limpio. Y si fue un amor difícil hasta hacernos sangrar la sangre amante, generosa, felizmente. Y no una sola sangre roja y tibia: toda la sangre que llevamos en las venas, en todas las venas que somos y tenemos, aun en las que no llevan sangre y dicen que han de llevar luz, calor de amor, sudor de amante que labra la tierra para la amada amada. Si acaso nos quedaran esas venas y esa sangre, cuando parezca que hemos perdido la tierra y la luz y el sudor y la semilla.

Un día habrá frente a nosotros la mirada silenciosa de la amada, sus ojos como brasas.

Todavía amando nos mirará la amada. Y sus ojos serán el fuego que cierra las heridas, pero serán el fuego que nos vuelva cenizas.

Un día, nos preguntarán si fuimos amantes dignos. Si para nosotros la amada fue más que nosotros mismos. Si su carne, su sangre y su sonrisa justificaban un dolor sin tasa en un corazón amante que no vive si ella muere. Que no puede sonreír si ella gime apenas.

Y querrán saber si tuvimos los ojos limpios y el corazón entero. Y querrán saber si a nadie sino a ella le dimos ese terrón de tierra que somos, en homenaje. Como un enamorado, como un navegante del mar ácido del tiempo, que solamente busca el puerto de su amada y hacia allí la lleva y hacia ella va.

Un día levantarán, del suelo mismo de la amada, el polvo de nuestros huesos y querrán saber si acaso en algo, siquiera en algo, huelen a amor sin medida, si respiran con el aire de su aire. Si el polvo de nuestros huesos siquiera un poco todavía vive en las semillas que dan tallos de vida buena; si el polvo de nuestros huesos es, siquiera en algo, ya la primicia de frutos sabrosos. Si nuestros huesos llevan ya el color de las flores en las que deberían florecer. Siquiera un poco, siquiera en algo.

Y no será porque sí que seremos interrogados.

Porque un día, en la tarde de un día, pondrán ante nosotros sus lágrimas, nos irán mostrando las heridas de la amada, su piel lacerada por nuestras uñas ávidas y rapiñeras de proxenetas de su honra y de sus dones. Y veremos sus pies clavados con clavos estúpidos como nuestras torpezas, clavos filosos y hendidores como nuestras maldades y traiciones. Y veremos su espalda tajeada por el látigo indolente de nuestra desidia. Y una vez y otra vez la veremos, roída por los gusanos de nuestra cobardía, carcomida por las liendres de nuestra frivolidad.

Ojerosa, escuálida y arruinada, la amada tendrá todavía los ojos de fuego y la voz nítida como el trueno o como la mañana.

Nos mostrarán sus entrañas violentadas. Un mar de gritos muertos y blasfemias irán haciendo coro cuando pase frente a nosotros, carcajeando mientras la ultrajan.

Y ella llevará nuestros nombres hincados como púas.

Y ese día habrá un tribunal de ángeles flamígeros como espadas. Y al frente, fiero como el amor, el ángel custodio de su honra y su alegría, que la mira. Y nos mira.

Y ese día, tal vez, nos será retirada, nos será apartada de la vista. Nos la quitarán.

Y ya no veremos más ni la sombra de sus pasos. Ni el eco de sus gritos de amor enardecido. Y entonces seremos nosotros mismos sombras y ecos huérfanos de amada, hebras de nada, y no sabremos qué tierra anhelante recibirá nuestra simiente, ya sin surcos que sembrar, ya estériles como la mentira, ya sin palabras, ciegos, sordos. Imbéciles como una jauría de hienas. Babeantes como animales inútiles.

Purgando con nuestra estolidez de manada eunuca el pecado de nuestros padres y de nuestros hijos.

Y el nuestro. 

En desamor. Sin recuerdos del bien. Sin tiempo adelante.


Y entonces, ese día, tal vez, ya no tengamos Patria.   







domingo, 22 de febrero de 2015

Aníbal




In memoriam

Aníbal Domingo D'Angelo Rodríguez

15 de junio, 1927
21 de febrero, 2015




En este mundo, hay dos clases de personas.

Por un lado, están los que no lo conocieron.

Por otro, los que tuvimos -Dios sabrá por qué- el raro privilegio de saber que vivió entre nosotros uno de los últimos afables caballeros de lucidez y coraje que parió la Argentina, si acaso no fue el último.




sábado, 21 de febrero de 2015

Santiago


Traio este mar de vento, un grito traio
ao teu campo de estrelas como espadas
que me creban as noites, as xeadas
sombras que deste tempo grito e traio.
Xa na altura de luz onde deixaches
unha fe e un camiño, un reino novo,
unha cruz e un sangue e ata un pobo,
ocúltase a semente que alumaches.
Hoxe aos teus ósos vagan paseniño
como un rabaño vello e maltratado:
ovellas que mordeu un lobo daniño.
Pero á túa estrela chego esperanzado:
de todas partes veño ao teu Camiño,
Fillo do trono, en ceo transformado.



jueves, 19 de febrero de 2015

Homenaje




En 1948, El Gráfico costaba $0,40.

En la tapa del número del 25 de junio de ese año, aparecía el zaguero izquierdo del club Vélez Sarsfield, Ángel Allegri.

Hombre de Floresta, Ángel Natalio Allegri tenía por entonces 21 años y había debutado en la primera división durante el año 1946, de la mano del legendario director técnico Victorio Spinetto, en un partido contra Tigre que el Fortín ganó por una diferencia suficiente de 2 a 0.

Hasta 1960 y durante 15 años, Allegri, el Chupete Allegri, jugó con asistencia perfecta en el club. También fue zaguero en la selección nacional en 1950 y en 1951, y en ese año fue su capitán en dos de los cuatro partidos de la gira europea. En 399 partidos hizo 37 goles.

Por su juego y personalidad, se empinó como uno de los héroes del aguerrido campeonato nacional de 1953 en el que Vélez salió subcampeón, después de un partido muy discutido que, según dicen, el árbitro inglés Mr. Dickes le regaló a River Plate, concediéndole un gol agónico de empate, producto de un atropello no cobrado de Mantegari (RP) a Sansone (VS), al que metió dentro del arco con pelota y todo. Y eso casi 10 minutos después de los 90 reglamentarios. Allegri fue expulsado en el segundo tiempo por un foul a Ángel Labruna, niño mimado intocable por ese entonces. Vélez terminó con 8 jugadores en la ocasión. Los interesados pueden leer esta simpática crónica con aire de epopeya, salida de la pluma de un fortinero que escribe bien.



Con el tiempo, el Chupete Allegri dirigió divisiones inferiores de Vélez y otros equipos. Murió joven, a los 55 años, el 30 de diciembre de 1981.


Durante tiempos de mi infancia y de mis primeros años jóvenes, viví como a la sombra del mítico Chupete Allegri, sin conocerlo y sin haberlo visto jugar. Por aquellos días, bastaba que dijera mi apellido para que los futboleros -en general gentes de toda laya, pero casi siempre operarios (mecánicos, albañiles, guardas de tren, almaceneros, floristas, empleados de banco...)- me preguntaran si era algo del zaguero del Fortín, el Chupete Allegri: "Allegri..., como el Chupete..., el de Vélez..."

Todavía ahora -todavía...-, hay memoriosos que sacan a relucir un parentesco que no tengo con el héroe del '53 y siento -como sentí durante años- que, de haberlo tenido, ya sólo eso me hacía más importante a los ojos de mi interlocutor.

No sé mucho de él, pero me pareció que ya era hora de salir a buscar sus señas y aquí quedan algunas, para que no se pierda del todo su memoria.


¿Cómo no hacerle entonces un homenaje a semejante compañía mítica?




lunes, 16 de febrero de 2015

Bichos



https://es.scribd.com/doc/255775259/Dichos-con-bichos


Es un libro con cuentos en los que siempre hay algún animal.

Se publicaron durante dos años en una bitácora que había y ya no es, aunque su contenido entero quedó en estas mismas paginas que está leyendo usted ahora. Fue entre 2012 y 2014.

Originalmente, la serie tenía otro nombre que fue cambiado -apenas una preposición- gracias a la confusión feliz de una amiga que leyó la serie una vez compuesta en libro.

Y así quedó: Dichos con bichos, que se adecua mejor a lo que dicen los cuentos.

La edición, que ahora queda a disposición, es provisoria. Y eso por las ilustraciones que quise incorporarle, porque me pareció que un asunto así no podía salir sin dibujos.

Un día, seguramente, los dibujos que pedí me llegarán y, entonces, los que ahora están serán reemplazados.

Un día. ¿Seguro? Seguro.





domingo, 15 de febrero de 2015

No retornable


El asunto no es trivial, me parece.

Allí estaban las botellas de cerveza, en un orden pulcro, sobre el estante interminable. Iguales, notablemente iguales. Marcas opuestas, distintos uniformes, aunque idénticas.

Pero.

Algunas tenían en su frente un infamante No retornable, mientras que otras, con aspecto sufrido, exhibían su Retornable, bien que con cierto aire petulante, por qué no decirlo.

Compré vino, finalmente. Tinto, claro. Y Cabernet, se entiende.

Pero pasé unos cuantos minutos interrogando a las cervezas. No retornable, Retornable.

El caso lucía interesante.

¿Qué significa esto? ¿Cómo es posible la identidad aparente y la diferencia contradictoria? ¿Mero efecto del mercadeo, trampa de publicistas? ¿Son iguales pero las denominan distinto? ¿Son distintas aunque se muestren iguales? Y ya en otro renglón, pero no menos inquietante: ¿es preferible ser Retornable o No retornable?

Una señorita que tenía trazas de ser más amiga del lúpulo que un servidor (que para nada soy despreciativo, especialmente de la variedad stout...), me miraba con cierta condescendencia perita, como si fuera un vulgar neófito indeciso. Seguí en mi quisicosa bastante más todavía cuando ella ya había cargado al tun tun y sin remilgo alguno tres de las más comunes.

*   *   *

Pasé un momento químicamente agradable a la tarde investigando el punto.

No retornable, Retornable: esto va más lejos, me dije. No es cosa del mero envase. No, señor. Ya había visto, ante el regimiento marrón formado en orden de batalla de la góndola, la cualidad intensamente simbólica de la cuestión.

En principio, los datos puros y duros dicen esto:

El vidrio del tipo calizo (hay otros tres tipos para distintas clases de envases) es el más ampliamente utilizado para envases de vidrio que habrán de contener, por ejemplo, cerveza.

Además de ser el más común, este vidrio es el que se funde con mayor facilidad debido sobre todo a su composición. Está formado de manera dominante por sílice, así como por calcio y sodio. Dentro de esta composición, el sodio actúa como fundente y el calcio proporciona la estabilidad química que evita que el vidrio se vuelva soluble al agua.

Su coeficiente de expansión o dilatación térmica es de 87 (87 x 10.7 pulgadas/°F). Si se le agrega una mayor cantidad de sílice, experimenta una resistencia mayor al choque térmico.

Actualmente los valores de espesor que se aceptan en máquinas modernas son de 3 a 5 milímetros para envases retornables y de 2.2 a 2.5 milímetros para los no retornables.

Listo. Parece que así se derrite todo el misterio: mismo tipo de vidrio, distinto espesor. Y eso por la utilización repetida de un tipo de envase y el descarte después de una vez del otro. Dato de color: un envase Retornable promedio admite unos 20 rellenados, aunque el rango parece ser de entre 15 a 50 veces. Cada rellenado se llama vuelta.

*   *   *

¿Listo? De ninguna manera.

¿No se da cuenta de las analogías y comparanzas de todo tipo que admite la cuestión? ¿O solamente a mí se me ocurre que con esos mismos elementos pueden sacarse conclusiones en literatura, en política, en religión, en educación, en economía, en sociología, en filosofía, y sigue la cuenta...?

Retornable, No retornable.


Fíjese, cumpa. Fíjese y después charlamos.





sábado, 14 de febrero de 2015

Días de hierro




Días de hierro es el título de este libro de versos de un servidor, que reúne los que se publicaron en esta bitácora desde marzo hasta diciembre de 2014. Es el séptimo de una serie que podría volverse penosamente interminable si no fuera porque, en la vida, todo tiene un límite.

Pienso en realidad que, si no todas, la mayoría de las cosas que uno hace habrán de perderse en el marasmo de las cosas que los hombres hacen. Y así las cosas, ¿para qué andar armando papeles con forma de libro?

Precisamente: que se van a perder, es lo más probable. Por lo menos, entonces, que se pierdan ordenadas y compuestas, para que pasen al olvido con cierto garbo.



En cualquier caso, es lo que es.




jueves, 12 de febrero de 2015

Morir de amor (II)


 

Parece un asunto misterioso y raro, pero no lo es tanto. Nada le quita que sea significativo, tal como lo es.

Las palabras que usamos son anteriores a nosotros. Todas o casi. Y sus historias nos son mayormente desconocidas. No solamente en sus orígenes sino también en sus andanzas. Por cuántas razones las palabras se deshacen con el tiempo y se sueltan de sus raíces para ir por caminos tantas veces opuestos al que traían.

No es cuestión ahora de usurpar el lugar de los insignes filólogos. Basta con algunas pocas referencias, casi de entrecasa.

Cualquiera que se tome el trabajo de hurgar estas voces que decía bajo la tierra del tiempo, encontrará la raíz indoeuropea van- (wan-, ven-) y, una vez que la encuentre, se enterará de que significa, básicamente, tanto amar como desear.

Venus, la diosa, y veneno (o venia, viernes o to want, en lengua de los anglos... y hasta la bella Vanadis, mujer de Odín) vienen de allí. Venus, hay que decirlo, antes tuvo entre los latinos un sustantivo venus, que era tanto algo muy deseado como un favor concedido por los dioses.

En el caso de veneno o venia, sus orígenes dicen que siguen el significado principal. De allí que a veneno se lo asocie primero con filtros amorosos (lo que ayudará a obtener lo amado o deseado) e incluso filtros mágicos en el sentido de religiosos, parece que tan antiguos como el amor mismo. Mucho después, y por otras vías más genéricas, vino nuestro veneno nefasto. Venia, por su parte, principia como una señal divina, un consentimiento divino a alguna petición o invocación, una gracia concedida, y recién más tarde aparece el significado de permiso, perdón o hasta el de un tipo de saludo. Venerar no se queda atrás y forma parte de la familia también.


Ahora bien, que a la tragedia amorosa más famosa del mundo de los últimos 400 años hayan ido a dar Venus y un veneno es cosa de notar, a mi sabor al menos.

Los amantes buscaron el modo de cumplir su deseo de estar juntos a través de un poderoso bebedizo que los mata, digamos así, para revivirlos poco después ya junto al amado, y sin morir.

A Venus, por el veneno, podría decir el refrán.

Y, sin embargo, fue precisamente el veneno el que alejó a Venus, fue el mismísimo unitivo veneno el que separó a los amantes para siempre, mire lo que son las cosas.



Pero tal vez haya tiempo para ir un poco más lejos en este asunto. No ahora, claro.






miércoles, 11 de febrero de 2015

Morir de amor




Amor y veneno. Amor envenenado. Veneno enamorado. Amores que matan. Venenos para amar.

¿Cuánto sabría del origen de las palabras William Shakespeare, cuando hacia 1590 comenzó a componer su versión de The Most Excellent and Lamentable Tragedie of Romeo and Juliet?

¿Sabría por ejemplo que Venus y veneno son voces hijas de la misma raíz, en el atrás indoeuropeo de las lenguas?



Dejo ahora el asunto allí mismo.

Pero es interesante el camino que llevan las palabras, de dónde vienen y hacia dónde nos llevan ellas mientras caminamos nosotros.

Más de uno podría sacar conclusiones extrañas si no se fija bien qué significan las palabras. Y por qué.


Ya veremos, si acaso con más tiempo.




domingo, 8 de febrero de 2015

Otra vida


Es otra vida y es la misma vida
que late y pulsa en el advenimiento
de ese aire antiguo que ha parido un viento
nuevo en la sangre vieja renacida.
Es otra vida, es otra. Y bienvenida.
Porque, a su luz, entre las venas siento
un vino fuerte y un sabor de adviento
que me ha dejado la mirada erguida.
Me aprieta en las entrañas como un puño:
fiera en su furia y animal dolido:
flor nueva en la vejez de mi terruño.
Otra vida y la misma. Un alarido
que me ruge en la voz con la que gruño
como un tigre en amores florecido.





jueves, 5 de febrero de 2015

Misterio: el peligro argentino


Y entonces, un día, de pronto, ser argentino se volvió un oficio peligroso.

No sólo en la Argentina, que también y mucho; y por tantas razones, de un lado, del otro.

Pero en el entero mundo ser argentino se ha vuelto peligroso.

Y creo que el peligro mayor para un argentino -un argentino cualquiera, quiero decir- es el fracaso. Y el fracaso en un asunto peligroso.

Porque un argentino hoy está casi condenado a fracasar si tiene que ensayar las explicaciones imposibles que hay que dar por las cosas que la Argentina es capaz de protagonizar a través de algunos -¿muchos? ¿casi todos? ¿todos?- de sus hijos.

No: está mal.

No se dice así, tan neutralmente.

Parece imposible acertar con las explicaciones que habría que dar por la cantidad de desastres que un argentino puede poner por obra, la cantidad de confusiones que es capaz de generar, la cantidad de mentiras que puede decir, la cantidad de engaños que puede hacer, su terrible poder disolvente, corrosivo, vaciador, abrasivo, corruptor, destructor.

Y no en frivolidades y pavadas, que también y tanto.

Hablo del poder argentino en asuntos importantes, en cuestiones centrales para un hombre, para las naciones y para la entera humanidad. De la economía a la ciencia o a las leyes, de la política al deporte, desde la educación al hambre, de la guerra a la religión.

El protagonismo que los hijos de la Argentina han adquirido no tiene explicación fácil.

Solamente a un argentino -tal vez, sería justo decir a un porteño...- solamente a él se le ocurriría pensar, en sus inconmensurables y tópicas vanidades y petulancias, que es por derecho propio el centro del planeta y aun del universo. Y que su protagonismo cósmico es mera justicia al mérito.

Hay poderes muy poderosos en este mundo sublunar. Personas y fuerzas terriblemente poderosas en todo. Y capaces de desastres y malignidades terribles. Y en modo alguno son argentinos. Claro que no.

Y muchos de esos poderes poderosos pueden usar de los argentinos. Claro que sí.

Pero con todo y eso es verdad también que hay desastres que los hijos de la Argentina han puesto por obra -por pensamiento, palabra, obra u omisión- y que hoy alcanzan, ciertamente, dimensión cósmica.

Y es muy difícil poder explicar con acierto por qué: cómo llegan los hijos de la Argentina a semejante protagonismo histórico.

Es muy difícil. Y es muy peligroso no poder hacerlo. Peligroso para un argentino, por lo pronto.

Lo que el mundo diga de la Argentina y de sus hijos, importa nada. Y a mí, particularmente, no me importa. No ahora. Casi diría, no ya.

Pero sí me importa que un argentino no pueda explicar fácilmente la huella que los argentinos estamos dejando en la historia, no de la Argentina: del mundo.

Y me importa que haya un misterio difícil en que sea así y en que no se pueda explicar fácilmente por qué sea así.

La Argentina no es el hoy de la Argentina, claro que no.

La Argentina es y se justifica por personas y cosas más antiguas que cualquiera de las cosas y personas que hoy somos la Argentina y de la Argentina. Y por cosas y personas que han sido antes que la propia Argentina. Y hasta por migajas de cosas y jirones de personas que hoy mismo pisan esta patria. Todo eso es parte del misterio también.

Pero mucho de lo que la Argentina es, vive y representa hoy en el mundo, malgrado de lo que se quiera decir, es la Argentina.

Y es la Argentina no solamente en aquellos argentinos más visibles, notorios o ruidosos. También es la Argentina en las miríadas de otros argentinos ignotos, irrelevantes, que conviven con esa visibilidad, con esa notoriedad, con ese ruido argentino en el planeta.

Muchos argentinos padecen esa convivencia con dolor de patria (y con dolores mayores que el dolor de patria...); muchos son indiferentes, muchos angustiados, muchos furiosos, muchos escandalizados, muchos anestiados, confundidos, paralizados. Hasta contentos y complacidos hay, sí. Claro. Y hasta contentos y complacidos por razones opuestas y contradictorias.

Pero.

Lo cierto es que, en todo, en todos los asuntos graves y densos en este mundo (y no todos de este mundo...), hay hijos de la Argentina tocando y toqueteando la trama más honda de las cosas.


Y no se sabe bien por qué.


Yo no sé por qué.


Y creo que es peligroso.




miércoles, 31 de diciembre de 2014

Inocentes


Trajo una lluvia fresca la mañana
y es el llanto de un día de Inocentes
que libra a unos jazmines penitentes,
florecidos de cielo en mi ventana.
Son coronas de luz, gloria temprana,
que a la tierra fecundan: son vertientes
de aquella sangre de los Inocentes
que por mi bien hace milenios mana.
Mientras la lluvia finamente llora
ese dolor feliz y esos martirios,
un misterio florece en lo profundo.
Jazmines tiernos andan como cirios
que aquella sangre enciende a toda hora
y que iluminan el dolor del mundo.




lunes, 22 de diciembre de 2014

El Dios en la caverna


Unas páginas de El hombre eterno, de G. K. Chesterton.  

El Dios en la caverna. Es el capítulo 1 de la segunda parte.



Y es el caso en estos días que las cuatro palabras son importantes: hombre, eterno, Dios y caverna.









domingo, 14 de diciembre de 2014

Sorete


La historia es conflicto. La historia, en la Biblia, surge de la desobediencia, del pecado. Desobedecer a Dios es poner la responsabilidad de hacer la historia en los hombres. Aunque asimismo la historia los hace a ellos. Porque –vaya si lo sabemos– la historia también la hacen los otros. Y acaso, como hoy, ya no la haga nadie pues nadie puede controlarla. De aquí los aromas apocalípticos que recorren el planeta. Nunca, antes, estuvieron tan presentes. Nunca, antes, tantos locos –desde los halcones del complejo-militar industrial norteamericano hasta los fundamentalistas del Islam, o los imprevisibles de Rusia, Pakistán, India o la derecha israelí– estuvieron en posesión y poseídos por tan destructivos elementos diseñados para la hecatombe, la devastación, por la técnica de modernidad informática.


Es un texto de José Pablo Feinmann y más precisamente el final de su nota de contratapa en Página 12 de este domingo, que lleva el mentiroso título de Reflexiones sobre la historia.

Mentiroso, digo, porque en realidad el artículo está movido por un hecho personal: un tipo en la calle -así lo cuenta por allí perdido, para disimular- se le acercó y le preguntó si él era Feinmann; cuando el interpelado dijo que sí, el tipo le dijo: "Usted... es un sorete kirchnerista". Se dio media vuelta y se fue.

Feinmann, entiendo que herido profundamente en su vanidad sin fondo, elabora estas reflexiones (subterfugios, diría) y va del revisionismo histórico a Heidegger, de sus autocitas librescas hasta sus autocitas mediáticas, escribe libros de innecesarios y gruesos volúmenes, da reportajes, se justifica, da rodeos, busca en los arcones de sus lecturas para exhibir lo que le sirva para atenuar la redondez del apelativo sorete kirchnerista, donde kirchnerista es tan necesariamente evitable como sorete, a su gusto. Aunque lo de sorete sea ilevantable a los ojos de su furia narcisista.

Pero, ahora a mi gusto, lo cierto es que el innominado (y en la nota escarnecido y humillado viandante) apeló a una definición académica, ética, teológica, y escatológica. Y artística, en el mejor sentido de la palabra.

Y así lo definió: "usted... es un sorete kirchnerista"

Dice también Feinmann, con espuma en las comisuras:
Pero me resultaba arduo comprender qué concepto político encerraba la fórmula: sorete kirchnerista. ¿Por qué le resultaba tan sencillo definirme como kirchnerista? ¿Me había leído? No lo imaginaba leyendo alguno de esos libros gordos que, más de uno, tanto me reprocha. ¿Por qué algo tan complejo para mí era tan fácil para él? Había dicho: usted es. Nunca, he dedicado mi vida a la filosofía y la literatura (y pienso seguir haciéndolo largamente), me resultó sencillo el problema del ser. Y, en general, no me gusta ser algo sino estar abierto a mis infinitas posibilidades y ser lo que vaya eligiendo ser. Una roca es. Una montaña es. El universo (que, aunque esté en expansión, no lo sabe) es. Acaso esa buena persona me había hecho un favor. Por fin sabía qué era. Un sorete. Pero no cualquier sorete, sino uno kirchnerista.

*   *   *

Una sola nota le haría al esfuerzo artístico del anónimo definidor. Y de paso al definido.

Lo de kirchnerista puede ser circunstancialmente necesario. Pero es nada más que una marca de época. Un indicador de que alguien es de un tiempo determinado.

Un sorete de esta hora, de estos días, digamos.

Pero con lo de sorete alcanza, entiendo yo.

Porque sorete no está asociado a kirchnerista necesariamente. Es anterior, es contemporáneo y es posterior.

No es una categoría cerrada.

Y hay algo más. Está el verbo por excelencia: "usted...es...", y no indica nada esencial. No podría. Nada es por naturaleza completamente un sorete, en términos ónticos es así.

Hay algo de devenir, hay un in fieri, hay un llegar a ser.

De modo que el definidor anónimo dijo, en realidad: "usted... ha llegado a ser un sorete kirchnerista."

Y tampoco allí lo de kirchnerista es algo más que un accidente, por gordo y denso que sea el accidente.


*   *   *


Tal vez a estas horas, imagino con algo de mala leche, Feinmann estará leyendo su propia nota, y releyéndola satisfecho de haber puesto las cosas en sus sitio y haber aplastado al gusano que se le atrevió y de paso haber bajado línea para asuntos variados y de paso haber mostrado, en 360 grados, su enjundia y erudición y por qué no hasta su grandeza magnánima: cuando un reptil se arrastra, el águila está volando en alturas inalcanzables para los reptantes...


*   *   *


En fin.

Lo dicho: un sorete.




miércoles, 10 de diciembre de 2014

A Garcilaso, en la torre de Muey


Don Carlos no ha dormido, cavilando,
y un sueño de bombardas, catapultas,
y de torres de asalto, lo desvela.

Don Garcilaso de la Vega mira,
a su lado, con ojos de leopardo,
un valle quieto, un alba que amanece
sobre Provenza trovadora en llamas.

Galatea se fue, Elisa ha muerto.

Una niebla de amor anda en el campo
subiendo de los claros, frescos ríos,
y acechando las armas y la piedra
de la Torre de Muey, tan defendida.

Don Carlos tiene a Muey sobre la mesa,
como una torre más. Y traza planes
y mueve, sobre arena, sus ejércitos.
Y quiere la victoria que lo esquiva.

Y Garcilaso mira los collados.

Ve pastores amantes, doloridos,
callando desventuras y ternezas
mientras vagan su sombra por la aurora,
ausentes sus pastoras de su lado.

Los pastores dejaron sus morrales
y sus cayados. Buscan armaduras
y espadas, picas, lanzas, sus escudos,
olvidados del canto y de pacer.

Galatea se fue. Elisa ha muerto.

Y rompe un vendaval: Es Garcilaso.
Brillan las armas. Él, asalta mudo,
fiero en la mano, el corazón transido,
trepando al cielo gris de las almenas
que, como amada, esperan al amado.

Como una amada, Muey se le ha rendido.
Como un amado, Garcilaso ha muerto.
Con el acero le entregó su sangre.
Como una amada, Muey la ha recibido.

Galatea no está. Elisa ha muerto.

Lo Muey ya cae. Y Garcilaso sueña
que en la tercera rueda, mano a mano,
otros valles floridos y sombríos
le muestran a la amada para siempre
ante sus ojos fieros de leopardo
que ahora la ven, sin miedo de perderla.





lunes, 8 de diciembre de 2014

Tandil


Yo vi tu nombre en flor entre retamas
y fue el nombre de un mundo inaugurado.
Y fue un día feliz, serrano, quieto,
que sembraste en mis huesos y en mis ojos.
El aire, que me aroma la memoria,
se parece en lo suave a serranías
que laten en tu nombre y en la altura,
un silencio de piedra tersa y clara.
Voy cada noche por la yerbabuena
que tus lomas exhalan mientras duermes
y en vigilia te miro y te cortejo.
Y ya sin tiempo entonces soy tu nombre,
con una antigüedad que está en mi sangre
y quedará mientras tu nombre exista.




domingo, 7 de diciembre de 2014

Florencia del poeta


Volver a Florencia.

Decirlo es una cosa y lograrlo es otra.

Dante, por ejemplo, es un buen ejemplo.

Jamás volvió y pocas cosas quiso tanto como volver y ser recibido por ella como el poeta de Florencia.

¿Dante, el de Florencia? ¿La Florencia de Dante?

Tal vez, cierta justicia inmanente y poética hizo que Florencia fuera notable por Dante, al final, y no Dante por haber sido de Florencia, como él mismo anheló toda su vida.


*   *   *


Hace unos meses, un grupo entusiasta pidió la exposición de un trabajo sobre la Commedia de Dante Alighieri, asunto que excede a un servidor en cualquier caso.

En cualquier caso, también, el resultado queda aquí para quien sea gustoso de leerlo.











Danza tu voz


Y vi nacer tu voz y te veía
como un ave de luz bajo la sombra
de la noche, que en vilo nos tenía.

Y vi nacer tu voz y vi que había,
en el ángel lucido que te nombra,
manantiales de amor y mi alegría.

Danza tu voz ahora y la mañana,
en arabescos tibios y sutiles,
se mece en tu donaire de pavana.

Danza tu voz y una dulzura arcana
en acordes soleados y gentiles,
me deja tu perfume de manzana.





sábado, 6 de diciembre de 2014

Infidelidad (II): el esclavo se escapó




La historia de una infidelidad, a veces, tiene que ser dicha con cuidado. Hay que darse cuenta de que no siempre es sencillo entender las razones por las cuales se llega a ella.

Nomás hablar de este asunto en una entrada anterior y nuevas cosas aparecen como a propósito para poder decir algo más al respecto.

Esta vez pasa en el sur de la Francia. Saintes, más precisamente, donde aparecen más esqueletos misteriosos en una necrópolis asociada a un anfiteatro en el que se medían gladiadores con otros tales o con bestias.

Ahora el asunto es que encontraron en estos meses unos esqueletos engrillados que parecen son del sigo I ó II de la era cristiana; lo que es un decir, porque en esos siglos Roma no tenía intenciones de ser cristiana en modo alguno y más bien al contrario.

Los científicos podrían haber sacado algunas conclusiones interesantes a propósito de los cadáveres de gladiadores, criminales o esclavos -más probable, lo primero y después lo tercero-, uncidos con argollas de hierro en sus cuellos, tobillos o muñecas y con algunas heridas en sus huesos como de dentelladas animales.

Por ahora y para el gran público, la cuestión es solamente que el martirio (dicen con entendible liviandad) de estos pobres hombres se extendió por 2.000 años, hasta ahora en que fueron rescatados, donde rescate significa vaya a saberse qué, aunque se entiende que habrán querido decir que, como estuvieron todavía engrillados estos dos mil años, su liberación llegó cuando llegaron los arqueólogos a descubrir su estado, y de ese modo fueron liberados con retroactividad. Creo que, en el mejor de los casos, serán trasladados con cuidado a un museo y serán exhibidos con sus grilletes y todo.

Podrá parecer que voy a forzar el argumento. Pero tal vez podrían haberse preguntado estos arqueólogos por qué ya no es tan fácil que encuentren lo mismo de la misma manera en la Francia de Clodoveo y de allí en más.

Pero creo que a los científicos tales esa pregunta no se les ocurriría.

También ellos son hijos de algunas infidelidades y su condición -tan involuntaria como voluntaria- les impide ver en primer lugar que el cristianismo hizo a Europa y que los esclavos y los gladiadores fueron rescatados de distintos modos y bastante antes de que los arqueólogos los descubrieran hace un año.

Lo que pasó con Francia después de Clodoveo y san Remigio, ya es otra historia. Repleta, eso sí, de más y más infidelidades.

Infidelidades que trajeron algunas esclavitudes mayormente incruentas, aunque no solamente.

También grilletes, aunque no siempre de hierro y hoy por hoy casi nunca de hierro, lo cual ha poblado de esclavos vivos el orbe, eso sí, aparentemente libres.

Y tan libres que solamente reconocen la esclavitud cuando la ven en los trozos de hierro que adornan un esqueleto de 2.000 años.






viernes, 5 de diciembre de 2014

Tu voz de cielo


El cielo de una voz hace que el cielo
vuelva a ser aire azul enamorado
y deja el tiempo todo sin pasado
y sin futuro, en un presente en vuelo.
El cielo de una voz que te ha cantado
una vez y otra vez el ritornello
del beso y de la flor y del pañuelo,
hace del aire un cielo perfumado.
Eso puede una voz. Eso nos hace
cuando a su luz el aire se enternece
y el cielo es como un niño cuando nace.
Eso hace una voz, nos estremece.
Nos libra de la noche y amanece
mientras la voz de cielo nos abrace.




El sol y el ángel


Miraba el sol al ángel que lucía
como un rayo de plata enamorado
del aire, que de amor se le rendía.

Y el sol de fuego, en fuego ya abrasado,
vio que su ardor apenas parecía
un silencio de luz desalentado.



jueves, 4 de diciembre de 2014

Infidelidad



Una historia de infidelidad traerá siempre consigo algún escándalo. Es inevitable. Por conmovedora que sea la historia, y no sólo para los amantes.

No hay modo de hablar del asunto sin que haya alguna o mucha indignación y es razonable que sea así. Algo de lo que está en juego lo justifica. Como es verdad que la curiosidad se acicatea con los secretos que acompañan a las infidelidades. Como es cierto que no se sacan ventajas las infidelidades de los varones y de las mujeres.

Hay infidelidades, es verdad, que significan más que otras. Pero no hay modo de escudarse en eso para que unas u otras se beneficien con la irrelevancia o con la importancia.

Hay infidelidades memorables, también es verdad. Y hay nombres de toda suerte en todo ámbito  implicados en el asunto milenario de la infidelidad.


*   *   *


Una noticia de ayer que viene de Inglaterra nos habla de dos infidelidades. Una grave y otra no tanto. De la grave no se habla, de la no tan grave, sí.

Se dice que unos restos encontrados al excavar en un estacionamiento en el centro de Leicester y que se suponía podían ser los del shakespereanamente terrible Ricardo III (1452-1485), son efectivamente los suyos de él.

Con más de 10 heridas espantosas, dicen, Ricardo murió en la batalla de Bosworth, la que libró contra Enrique, y en la que la dinastía de las dos rosas perdió la corona a manos de los Tudor.

Dice al pasar la noticia que tras la muerte, Ricardo fue enterrado en Greyfriars, lugar cercano a la batalla, en el centro de Inglaterra.

Dice también que para determinar que Ricardo era Ricardo, científicos se sirvieron de adn de algunos descendientes y lo compararron con los restos del rey.

Y dice finalmente también, y así se titula el asunto, que el estudio genético parece mostrar, casi sin dudas, que en algún lado por aquellos años, una mujer real tuvo un hijo de alguien que no era su marido. Cosa que en este caso pone en entredicho nada menos que a 8 reyes de aquel tiempo y el problema podría extenderse al presente, detalle que parece que a los genetistas británicos no los inquieta demasiado, porque las paternidades presuntas de algunos de aquellos nobles tienen algún índice de falsedad ya comprobado.

Como fuere, el descubrimiento alcanza para titular con la posiblemente desastrosa infidelidad de alguna reina, descubierta por casualidad. Y de allí en más el escándalo consabido. Tan político como conyugal, digamos. No se sabe quién exactamente, pero alguna reina fue infiel, y con ello le dio a Inglaterra posiblemente reyes sin derecho al trono, o que reinaron sin derecho.


*   *   *


El asunto de veras serio es Greyfriars. Por lo menos, para mí y en este caso. Porque ese nombre es aquí la cifra de otra infidelidad -la de veras grave- de la que nada se dice.

¿Por qué lo enterraron allí al rey Ricardo? Porque en ese preciso lugar había una abadía de franciscanos desde principios del siglo XIII. Frailes grises o pardos, en razón de su hábito franciscano característico. De eso da cuenta cualquier mapa de Leicester, porque la toponimia los recuerda no una vez, sino muchas.

¿Y por qué no está la abadía y hay allí ahora un estacionamiento? Por uno de los descendientes de aquel Enrique que ganó la batalla en la que murió Ricardo, que fue otro Enrique famoso, el octavo, y por sus leyes de 1538 sobre la expropiación y vacío de los monasterios, éste de los Greyfriars incluído, que tras vacío, fue demolido con cierta saña. 

Y entonces ya no una reina, sino toda o casi toda Inglaterra resultó infiel.

Y fue así que, en nuestros días, en el mismo momento en que los ingleses ponían a la luz los restos de Ricardo, quedaron a la luz dos infidelidades y no una.


Pero las noticias hablan solamente de una.





miércoles, 3 de diciembre de 2014

Lo irreparable


Hace apenas algunos pocos días, viví una de esas pérdidas que a veces llamamos irreparables, y a veces sin medir lo que realmente significa irreparable. Pero es verdad también que a veces las llamamos así no sin razón; porque, tanto en la realidad como en nuestro corazón, hay pérdidas que no pueden reponerse: personas, seres, situaciones, vivencias, cosas que son, por irrepetibles, irrecuperables. Porque hay personas, seres, situaciones, vivencias, cosas que desaparecen y perdemos, y así de pronto se revisten de una ausencia tal que las pone en ningún lugar, las des-realiza y las hace, de algún modo, nada.



*   *   *


No estamos hechos para la nada y la no existencia.

Creo que pasa también eso de algún modo con los recuerdos. Olvidar y darse cuenta de que hemos olvidado personas, seres, situaciones, vivencias, cosas, nos enfrenta de algún modo a la nada. Recordar de pronto lo que hemos olvidado puede darnos alegría, si lo recardado es feliz, pero tiene un sabor agridulce también, porque algo de la nada se cuela en el olvido y se hace patente precisamente cuando aparece el recuerdo y lo hace con una presencia que ha sido recuperada de una nada circunstancial en la que estuvo, una nada subjetiva y circunstancial pero que sentimos como universal y perdurable.  


*   *   *


Qué poco sabemos, qué corta es nuestra mirada cuando miramos la historia. Y nuestra historia personal, especialmente. Porque si acaso medio a oscuras entendemos algo del mundo alrededor y ajeno, nos es más difíicl el entendimiento del propio.

Dicho con justicia, las cosas son lo que son. Y así se nos presentan de un modo claro en su misma realidad, aunque muchas veces con una carga fuertemente simbólica. Y la mayor parte de la veces no entendemos ninguna de ambas cosas: ni lo que pasa ni qué significa lo que pasa. Y así es como se nos escapa habitualmente, con el significado, también el sentido, la dirección, la finalidad.

Tanto de nuestras pérdidas irreparables, como de las presencias que de pronto se presentan.


*   *   *


Apenas un poco después (¿horas después?) de haber vivido eso que a veces nos parece una pérdida irreparable, pasó que algo completamente ajeno al mundo de aquello perdido -pero tan parte de mi vida como lo otro- se presentó de pronto, súbitamente.

Inesperado. ¿Completamente inesperado? Y ahora pienso si acaso no sería posible que, en una sinfonía que no conozco, en una partitura que no sé leer del todo, una cosa y otra tuvieran que ocurrir casi a la vez, quién sabe por qué, pero aparentemente en mi beneficio.

Y entonces, fue así que la pérdida tuvo que convivir con una presencia, disputándose en el corazón el espacio y el tiempo.

Se sabe que toda pérdida (no importa su dimensión o importancia) supone y hasta exige de algún modo un funeral, un duelo. Un dolor. Porque si lo perdido es un bien, siquiera un bien relativo o menor, el dolor es la respuesta, el dolor es una especie de tiempo y espacio de despedida a lo perdido. Y más a lo perdido irreparable.

Pero, ¿es posible el duelo si un hecho feliz, si una presencia feliz inesperada, desvía la mirada del corazón y le ofrece una esperanza tan irreparable como la pérdida? Irreparable esperanza que no necesita repararse porque es entera, y no porque no pueda repararse por irrecuperable.


*   *   *


Como obligados al dolor por la ausencia de algún bien perdido, podríamos no ver la esperanza que viene con la presencia de un bien inesperado.

Y, sin embargo, que no podamos ocultar ni ocultarnos la alegría de una presencia súbita que opaca la pena de una ausencia irreparable, debería sernos suficiente indicio de que nuestra vida -y la historia entera- no es una sucesión de momentos. Y debería ser un indicio de que las cosas no pasan porque sí.


Y hasta un indicio de que irreparable podría tener un significado paradojal y misterioso. 





martes, 2 de diciembre de 2014

Fin del camino



En El Hobbit, Bilbo canta esta canción al volver a la Comarca después de haberse enfrentando al dragón:
Los caminos siguen avanzando,
sobre rocas y bajo árboles,
por cuevas donde el sol no brilla,
por arroyos que el mar no encuentran,
sobre las nieves que el invierno siembra,
y entre las flores alegres de junio,
sobre la hierba y sobre la piedra,
bajo los montes a la luz de la luna.

Los caminos siguen avanzando
bajo las nubes, y las estrellas,
pero los pies que han echado a andar
regresan por fin al hogar lejano.
Los ojos que fuegos y espadas han visto,
y horrores en salones de piedra,
miran por fin las praderas verdes,
colinas y árboles conocidos.

Roads go ever ever on,
Over rock and under tree,
By caves where never sun has shone,
By streams that never find the sea;
Over snow by winter sown,
And through the merry flowers of June,
Over grass and over stone,
And under mountains in the moon.

Roads go ever ever on
Under cloud and under star,
Yet feet that wandering have gone
Turn at last to home afar.
Eyes that fire and sword have seen
And horror in the halls of stone
Look at last on meadows green
And trees and hills they long have known.

Bilbo en The Hobbit, 19

Años después, cuando se va ya viejo y sale de la Comarca por última vez, vuelve a cantar:

El camino sigue y sigue
desde la puerta donde comenzó.
El camino ha ido muy lejos,
y si es posible he de seguirlo
recorriéndolo con pie decidido
hasta llegar a un camino más ancho
donde se encuentran senderos y cursos.
¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo.

The Road goes ever on and on
Down from the door where it began.
Now far ahead the Road has gone,
And I must follow, if I can,
Pursuing it with eager feet,
Until it joins some larger way
Where many paths and errands meet.
And whither then? I cannot say.


Bilbo en The Lord of the Rings, The fellowship of the Ring, I, 1

Tiempo más tarde, saliendo con sus amigos de la Comarca, al iniciar su propio viaje, es Frodo el que canta esta canción, aunque su pie está ahora fatigado y no decidido:

El camino sigue y sigue
desde la puerta donde comenzó.
El camino ha ido muy lejos,
y si es posible he de seguirlo
recorriéndolo con pie fatigado
hasta llegar a un camino más ancho
donde se encuentran senderos y cursos.
¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo.

The Road goes ever on and on
Down from the door where it began.
Now far ahead the Road has gone,
And I must follow, if I can,
Pursuing it with weart feet,
Until it joins some larger way
Where many paths and errands meet.
And whither then? I cannot say.


Frodo en The Lord of the Rings, The fellowship of the Ring, I, 3.

Es Bilbo quien canta por última vez esta canción. Están en Rivendel y los hobbits han vuelto de su terrible aventura:

El camino sigue y sigue
desde la puerta donde comenzó.
El camino ha ido muy lejos,
que otros lo sigan si pueden.
Que ellos emprendan un nuevo viaje,
pero yo al fin con pies fatigados
me volveré a la taberna iluminada,
al encuentro del sueño y el reposo.

The Road goes ever on and on
Out from the door where it began,
Now far ahead the Road has gone,
Let others follow it who can!
Let them a journey new begin,
But I at last with weary feet
Will turn towards the lighted inn,
My evening-rest and sleep to meet.


Bilbo en
The Lord of the Rings, The Return of the King, VI, 6.

Pero Frodo agrega todavia algo más cuando sale de la Comarca rumbo a los Puertos Grises, antes de partir definitivamente (algo así ya había cantado con algunas variantes, al principio de la historia, en otros tiempos y en otro estado de ánimo).

Aún detrás del recodo quizá todavía esperen
un camino nuevo o una puerta secreta;
y aunque a menudo pasé sin detenerme,
al fin llegará un día en que iré caminando
por esos senderos escondidos que corren
al oeste de la Luna, al este del Sol.

Still round the corner there may wait
A new road or a secret gate,
And though I oft have passed them by,
A day will come at last when I
Shall take the hidden paths that run
West of the Moon, East of the Sun.


Frodo en The Lord of the Rings, The Return of the King,  VI,  9.


*   *   *


La canción tiene sus variaciones, se ve y ya se sabe.

Pero el sentido es el mismo, en todo caso, aunque la canción diga que el camino sigue y sigue.



Porque todo camino tiene un final.






viernes, 28 de noviembre de 2014

1914 - 2014: Aniversario del queso y el ron

 

En tiempos como los que corren, es una obviedad recordar 1984, la novela de George Orwell (o Eric Blair, si prefiere llamarlo por su nombre...) Y es claro que esa ya tópica distopía (ay...) está entre otras en una lista de las llamadas pedante y precisamente distopías, que son lecturas frecuentes en estos días, tal vez porque se parecen. Digo que tal vez se parecen las novelas a estos días.

Las hay de toda laya, yendo de las cosas del cielo a las de la tierra (y de las cosas de la tierra, de cuando finalmente le llegue a la tierra el Cielo...)

Y las hay muy serias y coloridas, imaginativas y tensas, proféticas y agudas, en todo el andarivel.

Igual, un servidor recomendaría releer la obra de Orwell. Más allá de los motivos y los paisajes interiores que hayan acuciado al inglés, que tuvo sus motivos y sus intenciones para pintar lo que pintó en el relato que publicó en 1949.

Tal vez sea verdad que Orwell pudo haberse decidido por el título 1984 recordando que en ese año ocurrían los hechos significativamente disparatados que Chesterton relata en El Napoleón de Notting Hill, en otra de esas imaginaciones de futuros grises y agrios, aunque en el caso del inglés gordo tengan un calado simbólico más elaborado que en el del inglés flaco.

Como fuere, una descripción de quién, a quiénes y cómo gobierna en el mundo en ese 1984 es bastante para entender la utilidad que puede tener su lectura. Los extravagantes y terribles Ministerios del Amor, de la Verdad, de la Paz y de la Abundancia, sus verdaderos objetivos más allá de sus nombres seráficos (respectivamente: la tortura y el horror, la falsedad y la mentira, la guerra y las discordias, la pobreza y la hambruna) y la existencia de la disolvente neolengua que postula Orwell para el futuro como un puntal de la desesperación y la confusión, serían también suficientes elementos -más allá de la historia ácida y desesperante de Winston Smith, el protagonista-, para que la obra tuviera algún valor.

Sí.

Claro. No es la única, como dije. Pueden leerse varias. Y todas.

Pero.

No importa cuáles y cuántas lea, mi amigo. Dése usted un atracón, incluso si es de los que quieren alimentar su afán prófetico y hasta quieren desbocar su apetito desordenado de avistamiento de futuros.

Hágame caso: si quiere ver si en el pasado alguien habló en novelas del futuro, y ver si eso que dijo es nuestro presente (y tal vez nuestro futuro, también), lea nomás. 

Pero.

En cualquier caso, lea lo que leyere, lea a la vez La hosteria volante de Chesterton. Y nada de todo aquello lea solamente sin leer esta otra novela.

No es menos futurista. No es menos distópica (ah..., al carajo con las palabritas...)

En The Flying Inn tendrá ocasión de paladear símbolos, advertencias, profecías y disparates con sentido, creo.

Y sobre todo uno (o varios en un trazo): porque en cualquier momento puede pasar -si ya no tiene que estar pasando- que uno se lleve el cartel de una taberna y ande por el mundo con un barril de ron y una horma de queso al hombro, dando de beber y de comer a quienes tanto lo necesitan, siendo para ellos en algo posada y taberna itinerante, lo que es casi casi un oxímoron si se piensa que la posada es el símbolo del estado de término, del puerto, del lugar hacia el cua se va, al cual se llega para ya no ir más allá.

Y cuando haya hecho esto, cuando haya leído esos disparates chestertonianos, todavía le quedará la fascinante tarea de entender lo mejor que pueda qué significa sacarle el cartel a una taberna e ir cargándolo para que la taberna ande por el mundo flameando su insignia y yendo a los hombres, y qué significa tener que cargar por el mundo con un prohibido barril de ron y una interdicta horma de queso, para alimento y regocijo de los hombres, si es que ya no queda otra casa, otra posada adonde puedan expandir los hombres fatigados su descanso y su gozo.

Chesterton escribió esto en 1914, hace 100 años.

Feliz cumpleaños.





jueves, 13 de noviembre de 2014

Milagro difícil




Vladímir Yegórovich Makovsky, artista ruso, realista, pintó en 1887 este óleo al que llamó Milagro en Caná (o algo parecido: Чудо в Кане...), y fue más o menos en tiempos en que ya comenzaba a ser socialista activo. Murió en 1920, con lo que apenas derivó en la revolución bolchevique.

Estuve buscando una pintura sobre las Bodas de Caná porque se me ocurre que es un episodio tan fácil como difícil de mostrar plásticamente. Y, hasta donde veo, efectivamente así es. O por lo menos a un servidor no lo conforma del todo ninguna de las cosas que vio.

No que no haya cosas que ver y algunas interesantes; sin embargo, mientras buscaba, me quedé con este cuadro, provisoriamente, más que nada por el clima: por el fondo, esas gentes bajo ese alero, por esa figura secundaria pero fuerte de la Virgen, como en un confiado segundo plano.

Pero, en éste como en otros que miré, es notable más bien lo que falta que lo que hay. En lo que a mí respecta, basta con leer el pasaje en las Visiones y Revelaciones de Ana Catalina Emmerick para darse cuenta de que el pasaje del evangelio de san Juan (2, 1-11) que relata el asunto es todavía mucho más significativo de lo que uno podría creer (*).

Y quién sabe si de allí tal vez no le venga la dificultad a la hora de pasar al lienzo.

No imagino el modo como el relato de la vidente alemana pudiera hacerse cuadro. Debería tener tantos matices y detalles, debería ser tan dinámico que no creo que pudiera ser solamente un cuadro, salvo que fuera uno en movimiento.

Y después, como si ya no fuera demasiado con lo menos, está lo más: el retrato de Jesús que de ese texto surge.






Y no, mi estimado: no se crea que este comentario es nada más que una apostilla sobre plástica y óleos. Ni tampoco una curiosa búsqueda de curiosidades biblícas (que están o no en la Biblia...)


No.


Lea bien.




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(*) Si me permite sugerir, son los capítulos del X al XII los que cuentan.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Dios y la polis




Hay que considerar también cuántos son los elementos sin los cuales la ciudad no podría existir, ya que las que llamamos partes de la ciudad, deben figurar entre ellos necesariamente. Hay que enumerar, entonces, las actividades propias de una ciudad, pues a partir de ellas quedará clara la cuestión. En primer lugar, debe haber el alimento; después, oficios (pues la vida necesita muchos instrumentos); en tercer lugar, armas (los miembros de una comunidad deben necesariamente tener armas, incluso en su casa, por causa de los que se rebelan, para proteger la autoridad y para defenderse de los que intentan atacar desde fuera); además, cierta abundancia de recursos, para tener con qué cubrir las necesidades propias y las de la guerra; en quinto lugar, pero el primero en importancia, el cuidado de lo divino, que llaman culto; en sexto lugar y el más necesario de todos, un órgano que juzgue sobre lo conveniente y justo entre unos y otros. Tales son pues los servicios que necesita, por así decir, toda ciudad (pues la ciudad no es una agrupación de personas cualquiera, sino, como decimos, autárquica para la vida). Y si ocurre que uno de estos elementos falta, es imposible que esta comunidad sea absolutamente autárquica. Es necesario, entonces, que la ciudad se constituya teniendo en cuenta estas funciones.

El fragmento está en el libro VII de la Política de Aristóteles (8, 1328b, versión de Gredos). Y apareció citado en un trabajo sobre otras cuestiones (trabajo notable por varias razones, hay que decirlo) que leía días pasados.

Parece bastante sencillo el asunto. O parecía. Porque, a la vez, parece claro que Aristóteles -y otros con él, hace milenios- sabían cosas que, andando el tiempo, los hombres hemos olvidado. O ignorado. O combatido, si vamos al caso.

Hay que ver.




martes, 4 de noviembre de 2014

Haciendo huevo (II)




El problema no es la ciencia. Si este hablar rapidito con algunos nombres que parecen científicos es ciencia.

Después de todo, lo primero que una ciencia podría ofrecer es algunas certezas, si es ciencia de veras. Y con las certezas, si lo son, no hay problema.

El problema es la fe. Y más específicamente la fe en esa divinidad inarrugable que querría ser la ciencia, si es ciencia la de la muestra que dejé antes. Y también la fe en extensión obligada a sus sacerdotes: los científicos de esa ciencia.

El problema son las supuestas certezas de esa fe. Y la petulancia de esos sacerdotes.

Desvelar un enigma es el nombre políticamente correcto en ese ámbito con el que se dicen dos cosas opuestas: no hay misterios y conocemos el secreto de los misterios.

El asunto es que hay en esa exposición disparatada de apenas 3 minutos tantos supuestos afirmados como verdades oscuras de una fe luminosa, que no hay modo de avanzar en el razonamiento sin aceptar como ciertas unas proposiciones al menos no probadas, cuando no simplemente caprichosas. Y lo peor es que siendo improbables, se las considera más que posibles: necesarias.

Así desvelo enigmas hasta yo.

Los científicos tienen mala leche la mayor parte de las veces.

Pero la peor mala leche es la de hablar como si estuvieran exentos de la mala leche porque lo que dicen no está sujeto a discusión: no hay intención, hay hechos incontrastables. Y eso mismo en el nombre sacro de la ciencia de la que son sacerdotes. Típicamente circular, claro, porque en cuanto se salieran de ese círculo no podrían explicar lo que pretenden hacernos creer, más que lo que pretenden explicar, porque explicar no explican.

Hay allí tantos condicionales dichos con la petulancia del fanático, con el terror del que sabe que le está faltando algún que otro hecho que ni quisiera pensar. Y mucho menos creer.

Pero debría creer si quiere aprender.

Sí, amigo: creer. Con guardapolvo blanco y todo. Con pizarrones llenos de fórmulas y todo. Con adn y todo.

Sí, creer.
En todo conjunto ordenado de seres vemos que hay dos cosas que concurren a la perfección de la naturaleza: una de ellas, el impulso propio; otra, el que reciben de la naturaleza superior. El agua, por ejemplo, por propio impulso tiende hacia el centro; pero por el impulso que recibe de la luna se mueve alrededor de ese centro con un movimiento de flujo y reflujo. Otro tanto ocurre con las esferas de los planetas: por sí mismas se mueven de occidente a oriente; impulsadas por la primera esfera van de oriente a occidente. Pues bien, la naturaleza racional creada es la única entre todos los seres que dice un orden inmediato a Dios, participando de la perfección divina o en el ser, como los seres inanimados, o también en la vida y el conocimiento de las cosas singulares, como las plantas y los animales. Pero la naturaleza racional, en cuanto conoce la razón universal del bien y del ser, dice un orden inmediato al principio universal del ser. Por lo tanto, la perfección de la naturaleza racional no consiste solamente en lo que le compete por su naturaleza, sino también en lo que recibe por participación sobrenatural de la bondad divina. Por eso hemos dicho en otro lugar (1 q.12 a.1; 1-2 q.3 a.8) que la bienaventuranza última del hombre consiste en la visión sobrenatural de Dios. Pero esa visión sobrenatural no puede conseguirla el hombre si no es tornándose en discípulo que aprende de Dios, su doctor, a tenor de la expresión de San Juan: Todo el que escucha al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí (Jn 6,45). Sin embargo, el hombre no se hace partícipe de esa enseñanza de repente, sino de una manera progresiva, según el modo de su naturaleza. De ahí que la fe es necesaria en todo el que aprende, para así llegar a la perfección de la ciencia, como lo atestigua el Filósofo: Es necesario que el discípulo crea. En conclusión, para que el hombre esté en condiciones de llegar a la visión perfecta de la bienaventuranza, debe creer en Dios como el discípulo en el maestro que le enseña.
Eso está en la Suma Teológica (II-II, q. 2, a. 3) y la cita del Filósofo que allí se menciona es de Aristóteles, en sus Refutaciones sofísticas (2, 165b3).


Y no se refiere solamente a la fe. Es decir, a la Fe.

Lea bien. 

Total que tengo para elegir. Por un lado hay un grupín callejero, con voz y traza de nerd, que me pone un huevito debajo de un vasito y mueve los tres vasitos que puso sobre una tablita, rapidito y taimado, para hacerme creer que me acaba de explicar más allá de toda discusión qué es primero: si el huevo o la gallina. Por otra parte, tengo que lo que pasó el quinto día de la creación tal como cuentan los versículos 24 y 25 del capítulo primero del Génesis.

Si le digo la verdad, fe por fe, creer por creer, prefiero una religión que me pida un inicial acto de fe y que después venga anunciando misterios y enormidades, antes que estas artes de prestidigitación que con la excusa autoafirmada de que desvelan (¡basta!: en la pampa se dice develan...) enigmas desde Grecia hasta hoy, me meten el perro, perro que no existe y en el que debo creer, claro...

Y no estoy hablando de la fe que me exigen sin ningún derecho, que después de todo el de la fe (el de la Fe) es un territorio que ellos mismos -los más- desprecian, superados y racionales. Sino que ahora estoy hablando del más próximo territorio de la lógica y de la lógica que hace ciencia, que supuestamente es el territorio que adoran y del que se han apropiado sin tener tampoco allí ningún derecho.

Ah, si al menos no la maltrataran hasta hacerla parecer estúpida...



lunes, 3 de noviembre de 2014

Haciendo huevo


¿Tiene tiempo que le sobre?

El asunto es así: usted, cumpa, se me mira este bonito video y después, si tiene ganas, hablamos de religión.

Tiene que estar atento y, si sabe algo de lógica (me refiero al sentido común de un sujeto medio, alerta, como si viera a un prestidigitador en la calle que trata de sacarle algunos maravedíes con un huevito debajo de alguno de los tres vasitos que mueve con arte y astucia...), digo, si está alerta, verá y oirá cosas maravillosas...

Si quiere ir a la fuente, siga a estos muchachos, de quienes estos nabos dicen que son los que resolvieron un enigma que desvela a la humanidad desde la antigua Grecia...