Mostrando las entradas con la etiqueta historias. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta historias. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de abril de 2016

Otro día


El invierno fue muy frío aquel año. Y más frío que de costumbre porque prolongaba las imágenes de las  Malvinas, que humeaban en silencio y entre nieblas, después de los estruendos.

La guerra terminó una semana antes del solsticio y se extendió el viento helado de las Islas por todas partes durante bastante más.

Un día, volviendo de la facultad y ateridos por junio, inauguramos lo que llegaría a ser la costumbre de comer dos o tres veces por semana en un localcito mínimo, de apenas tres mesas, en el que unos norteños comandados por una mujer mayor servían locro, tamales y empanadas. Estaba en la avenida Las Heras, frente a la plaza. No lo he vuelto a ver.

Sólo yo pedía una jarra de vino salteño o riojano y le convidaba medio vaso, que a veces ni siquiera terminaba.

Era un refugio en aquellos días. Después nos pareció una no premeditada liturgia de posguerra, un duelo criollo a los caídos, a los dolientes. A nosotros mismos. Durante la primera semana de aquel ritual súbito comíamos casi en silencio, mirándonos con algo de pena, mirando a los demás como inmigrantes.

Los platos eran abundantes y muy bien preparados, caseros, atávicos. Pero, durante un tiempo, los norteños, tan decidores y de habla tan florida y graciosa, también habían enmudecido y se notaba la tristeza hasta en la forma de servirnos las empanadas o alcanzarnos una chalita para acompañar el locro.

Pero, así y todo, con el abrazo del calor cordial del horno, los aromas típicos, los movimientos pausados y en sordina, una hora en aquel amparo era feliz, casi.

Durante unos tres meses cumplimos el precepto. Allí el tiempo se detuvo casi todo el invierno. 

Había frío por todas partes. En la armas vencidas, en las tumbas nobles, en los ojos desolados o airados. En las calles, en el cielo.

Pero no allí, en esa como antesala de no sabíamos qué.







Un día



Caminábamos por la avenida Corrientes, era lo frecuente. No pasábamos del Obelisco y, las más de las veces, Paraná o Uruguay eran el límite hacia el lado del Bajo; Ayacucho o Uriburu si íbamos en sentido contrario. No esta vez.

Lo de siempre en la zona. Librerías de viejo, carteleras del teatro San Martín o alguna cosa extravagante en el Museo Social, los volantes a mimeógrafo de los cines minúsculos de películas de culto. Ver algo oriental en el Cosmos de los soviéticos o deambular buscando piezas raras en disquerías de melómanos, por los alrededores de Callao. Café en alguna parte. De a ratos, sólo conversar en una esquina o sentados en los umbrales de una galería.

Apenas estaba terminando mi facultad.

Un día, ese día, como náufragos desangelados cruzamos la Plaza de la República, bordeando el Obelisco. Una aventura sin sabor. Habíamos pasado los límites caprichosos y estábamos a disgusto en tierra de infieles.

La idea fue suya: volvamos..., dijo sugirió como suplicando, vayamos al Arte..., pequeño reducto de cinéfilos en la punta de la Diagonal Norte, camino a Tribunales.

En un cartel nuevo, que sé que duró muy poco, anunciaban Un día en la vida de Iván Denisovich.

Hacía pocos meses había leído la novela de Solyenitsin, su primera obra después de Siberia. Terrible pero cándida y emocionante.

Me zambullí. Insistí sin demasiada necesidad. Nos zambullimos como adolescentes mientras le contaba el argumento y los momentos fuertes de la novela. La unidad de tiempo, de acción, casi la de lugar. La forma de narrar como desapasionada y ajena al derredor helado y cruel de la Siberia de castigo. Un festín. Los símbolos. El arte ruso de las honduras de la psiquis del hombre.

Salimos como si hubiéramos visto una aparición, aunque la textura de la película era sensiblemente inferior a lo escrito. Era de ingleses y noruegos.

No sabíamos qué hacer. En silencio, fuimos hasta unos canteros en medio de la calle peatonal. Nos sentamos y armé y fumé un cigarrillo de tabaco criollo mirando el mundo tibio, que era el contraste más lejano con las manos heladas y arropadas con harapos de Iván y sus vecinos de la prisión. Las caras citadinas, del atardecer de un día agitado de naderías de oficina, nos llamaban la atención. Cuál era el mundo. Dónde estábamos.

De la mano, fuimos caminando hacia la plaza Lavalle. A mitad camino, vimos el Viking (nuestro lugar de comidas nórdicas), estrecho y tenue. Oímos su piano decadente y cordial. Entramos.


El día ya era noche. 




lunes, 14 de marzo de 2016

Los mares de la China


La memoria es implacablemente silenciosa y silenciosamente implacable.

Por lo pronto, nadie -nadie, absolutamente- recuerda todos sus recuerdos. La memoria los calla mientras los guarda.

Por otra parte, si los recuerdos fueran un camino de regreso (a lugares, tiempos, circunstancias), uno estaría casi completamente perdido, jamás lograría llegar exactamente a la parte a la que iba, al tiempo exacto que busca traer ante sí. Al menos, nunca sabría con certeza si llegó. Un recuerdo que lo asalte a uno al paso, como habitualmente pasa, ya bastaría para que el desvío imperceptible moviera las cosas de modo tal que el paisaje cambiara, por mínimo que fuera el cambio. Y así se llega, muchas veces, adonde no se iba ni se querría haber llegado.

La memoria puede hacer eso, precisamente porque calla los recuerdos y pareciera que los evoca a voluntad. Voluntad más bien suya que nuestra, diría. Y eso porque la memoria -íntimamente nuestra- parece tener un régimen propio que, si no nos es ajeno, ciertamente no nos es dócil, como querríamos. Tanto para recordar como para olvidar.


Por ejemplo. Unas ocho páginas de un suplemento de un diario pueden llevarnos súbita e impensadamente tan lejos en el espacio como en el tiempo. En estos días, según parece, una serie de fascículos semanales viene tratando sobre mares y océanos en general, parte de una especie de enciclopedia geográfica.


Y, de pronto, unos mapas de los mares de la China se clavan en los ojos de un chico que ahora tiene -sin querer- entre 6 y 9 años y que mira una y otra vez unos libracos enormes, con dibujos de mapas fabulosos y coloridos, reproducciones sugerentes de gentes y razas de hombres, escrituras indescifrables, trajes típicos, monumentos milenarios, vegetación sin par, cadenas de alturas imponentes y eternamente heladas.

Y, así, de las nieblas que flotan sobre aguas tan mansas como amenazantes, surgen sampanes y filibusteros, y siguen Sandokán y Yañez, y siguen Verne y los viajeros de África o del Orinoco. Y toman cuerpo sin pedir permiso unos tomos de Larousse en francés, tapas verdes, con aventuras increíbles de seres reales, colosos por aires, mares y tierras del entero mundo: desde los vuelos de Saint-Exupéry sobre las arenas del Sahara o las estepas de la Patagonia, hasta las cuevas recónditas a miles de metros bajo la luz del sol, honduras de la tierra o el mar, o el Polo, o el Hindú-Kush, o las fuentes del Nilo...

Y mapas y más mapas y más. Y mi debilidad todavía, y la ya fascinación de aquel chico entonces, por los mapas y los viajes.

La memoria vino de la China, bajo el ropaje de unas imágenes de mares y dorsales y fosas y cadenas submarinas, límpidamente trazado todo en papel ilustración y con tecnologías digitales.

Pero la memoria es implacablemente silenciosa. Y habla calladamente y no descansa. Y de cualquier cosa toma ocasión. Y nos lleva donde quiere.

Y nos permite olvidar. Y así poder vivir.

Y, olvidando uno, permite poder vivir una vez y otra vez, ya con el corazón acorde a los recuerdos. Un momento al menos. Cuando llegan. Un momento sorprendente y sorpesivo de una mañana cualquiera, con el otoño del año -y de la vida- ya en los ojos.


Pero lejos -en el tiempo, en el espacio: infinitamente, insalvablemente lejos- de aquella China y sus mares.







viernes, 11 de marzo de 2016

Inmensidades amargas


-¿Por qué no te gusta el mar?

El viento separaba las sílabas, no dejaba que se oyeran continuas ni melodiosas. Las escondía en el rugido y las volvía un murmullo y un estallido. Enfrente, el agua tomaba carrera hacia la rompiente y después, al retirarse, se esparcía en tintineos como un vidrio astillado que cae súbitamente.

Mirar el mar es fascinante. En aquellas soledades de gentes más fascinante todavía.

Me quedé mirando la meseta acantilada, allá arriba. Las paredes modeladas que sufridamente guerrean la violencia del aire y la sal.

Me quedé mirando el mar y esos contornos de soledad intensa. El cielo parecía ajeno, lejano, cuando estaba lúcido y despejado. Nomás se cubría densamente y el paisaje se angostaba y el corazón tenía que ponerse a tono abruptamente: pasar de la inquietud de la inmensidad ingobernable a la inquietud de la amenaza impredecible.

La razón estaba allí, ante los ojos entornados que apenas hay que abrir si uno quiere ver y que el viento frío de todas formas vapulea.

Nadie alrededor por enormidades de distancias. Ni allí, sobre las aguas pendencieras, ni sobre la estepa castigada por el viento.

El mar es una especie de soledad por antonomasia.

Pero es una especie de soledad amarga, como la sal.

-No es porque sí: gobernar es una palabra que sale del mar. Viene del hombre en el mar.

La respuesta -que le llegó después de bastante tiempo, mientras miraba el mar hipnótico- se mecía en el aire frío y cabeceaba como una nave en una tormenta.





jueves, 10 de marzo de 2016

La noche protegida


Es reciente.

Un búho llegó a los lindes de la casa y desde hace un tiempo se lo oye y adivina. En un palo borracho que abraza la cueva, con ramas que cruzan el cerco del fondo del terreno, parece que ha hecho habitación. Esas ramas, y otras de otros árboles, cubren la cueva por arriba y le dan un aire boscoso al refugio. He sentido varias veces que el búho cruza el jardín desde allí en dirección al este cuando por las noches voy hacia mis papeles o vengo de ellos. O se espanta, con toda razón, o va a cubrir otro puesto de vigilancia nocturna.

Una tapia que corre de noroeste al sudeste, todo a lo largo de la propiedad, es desde hace poco la ruta de una comadreja (tal vez dos, según parece y dicen con asco algunas mujeres de la casa). Recostadas sobre la pared están las vidas vegetales: salvias, margaritas y jazmines de vario tipo, achiras, aloes, agapantos y laureles y hasta estribaciones del tala, que desde sus lugares van cubriendo los ladrillos. Ladina, la comadreja tiene tantos subterfugios mientras la noche es oscura, y siempre en las alturas, nunca bajando al llano del jardín, recorriendo su ruta. Supe que, entre otras cosas, busca huevos en los nidos de palomas y otros pájaros que se cobijan en la maraña espinosa del tala.

Desde la medianoche hasta la madrugada, más de una vez he oído al búho centinela y su silbido ronco, como si advirtiera mi presencia o nada más diera la novedad de que está en su puesto.

Mientras, la comadreja trata de silenciar su paso y, creo, teme. Sólo algunas pocas veces se ha visto su silueta deforme y veloz recortada contra el cielo nocturno, apenas con alguna luz difusa de alguna parte, que la delata. Las noches de luna llena son enteramente del búho y la muy astuta calla y se aquieta.

Ya hace algunas noches que llegué a advertir que la presencia del búho, y en particular su vuelo ruidoso y disparado como una flecha, amilana a la comadreja.

No está claro que el búho pudiera algo contra la escurridiza y artera. Pero, o ella no lo sabe o yo no lo sé. El caso es que se guarda cuando él aparece.


Como signo no está mal.


En la noche de las cosas, en las oscuridades sinuosas, allí por donde transitan las comadrejas ávidas -quién sabe de cuáles cosas-, parece que un búho protector -quién sabe de cuáles cosas- tiene que haber.





miércoles, 9 de marzo de 2016

Marzo libre


Después de muchos años, marzo, por fin, llegó libre.

Tengo que ir mucho tiempo atrás para verlo así otra vez, mucho antes.

¿Libre? Sí: como ahora, preludio ansioso de un otoño en ciernes. Ansioso por quitarse de encima el verano.

En tantos años de estos últimos años, marzo era los restos de una fragua que, aunque no tenía qué forjar, igual ardía y se estiraba morosa, molestamente. Un ardor inútil, una pasión baldía.

Por esta vez parece distinto, como antes de antes. Entre algunas lluvias nerviosas, soplando vientos sureños.


Uno piensa que marzo es tiempo. Y no es solamente el tiempo.

Claro que marzo -como cualquiera otra medida de Cronos- es tiempo, es mes, es del año. Son días, horas.

Pero no es tanto tiempo como aire y paisaje, derredor, espacio. El tiempo, si acaso, mide el derredor que cambia, que se mueve; que va de la torridez -en algo insana- del verano, a la frescura súbita del otoño.

Si marzo es tiempo, es tiempo en un espacio. Y siendo marzo el marzo que uno espera, debería ser un modo de irse las hojas y aplacarse los campos, un tinte del cielo, un modo de ser de las mañanas, un tono en el atardecer.

Porque es la dormición, la somnolencia de esta tierra (y más al sur voy, más la veo acurrucarse) en una expectativa del sueño del invierno. Y a la espera del fuego de los hombres, no del sol.

Marzo erguido. Más ágil.


Más libre.





sábado, 10 de octubre de 2015

Parral




En los últimos 30 años, ha habido conmigo una sucesión de gajos de un parral que Nicolás, mi abuelo materno, tuvo en vida.

Me los daba mi madre, uno tras otro. Con su don envidiable de hacer crecer lo verde, preparaba de apenas un palito -a veces cortado por accidente o por error- una nueva edición. Y me la daba. La añosa tradición de aquella planta debía sobrevivirnos a ella y a mí y por eso insistíamos.

Uno tras otro, los gajos se me han ido yendo al cielo de las uvas y siempre quedaba su osamenta seca. De esos huesos, mi madre es capaz de sacar una nueva planta, hay que decirlo, pero un servidor no tiene tantos poderes, de modo que allí quedaba la cosa y su destino era el fuego.

Hasta que.

No hace mucho, me pidió que le podara unas enormes y coloridas plantas. Unas de flores encarnadas como una sangre de clavel, las otras de un azul que solamente se ve en el cielo de la montaña.

Y fui. Y lo hice. Era tal el ramaje que se había entreverado con sarmientos de la planta madre. La parra heredera de las manos de Nicolás, la única sobreviviente verde de su talento.

Porque la otra sobreviviente es humana y ya sabe usted de quién hablo. 

Había que hacer atados de ramas para que las huellas de la poda desaparecieran y así lo hice. Hasta que.

Vi que quedaban esas ramas del parral que no hubo más remedio que cortar, claro que bajo la mirada severa de la dueña, que guiaba las acciones como un meticuloso práctico manda en el timón.

Por la época, parecían realmente secas más que dormidas. Como huesos de la mano de un viejo, ramas nervudas, de un color cobrizo extraño y llamativo.

Entonces fue cuando. Separé algunas, las más largas, las que sin poder decirlo con certeza podían hacerse vivas.


Y, llegado a mis dominios, puse en agua los gajos, sarmientos mudos, tiesos. Al tiempo, una mañana fría de mediados de septiembre, los puse en tierra.

Resultaron doce. Once, en principio. Pero pasó que para tutor de uno de los gajos, puse a su lado otro, más grueso, que parecía definitivamente seco e inerte. Y resultó que no: prendieron los dos.

Y los otros diez, pardiez. Doce.

Por primera vez en mi ya larga vida.

Y van avante, viera usted. Y viera cuánto. Y cómo. No sabe con qué silencio miro esos brotes, sin ruido alguno, con gran cuidado, cada mañana, cada atardecer. Y espero.


La madre, viéndome cargar con aquel ramaje, cuando oyó mis planes sentenció, condescendiente: "no te van a salir..."


La adivinación no es su fuerte.

Su talento está en las puntas de sus dedos.




martes, 18 de agosto de 2015

Dos veces


Sé de cierto que no leerá estas líneas: apenas si conversa.

Tiene esa suerte, es libre de un modo difícil de encontrar. Anda la vida rengueando un poco, maltrecho el cuerpo. Contrahecho el cuerpo, diré. Porque eso es. Y vive en algún lugar al que nunca llegamos del todo los mortales comunes.

Y así tiene una soledad envidiable. Será eso la sonrisa casi perpetua y tímida, los ojos perdidos un poco, a la vez, el gesto a veces hosco.

Hace años lo conozco. Vive a pocos pasos de la casa, en la esquina. Solo, con alguien que lo cuida, una mujer provinciana, de unos 70 años, que está desde siempre y sigue allí, desde que la madre murió hace unos 6 ó 7 años ya.

Nunca me dijo su verdadera edad. Se confunde, creo que no la sabe del todo. Pero si me preguntan, diría que anda por los 50.

Supe por él que fue mecánico. O que trabajó en un taller, en todo caso. Entiende de mecánica. Más de una vez se vino como abeja a la flor viéndome meterle mano a una vieja rural que tuve, trajinando para hacerla andar. Y cuando apareció un modelo más nuevo (no tanto, amigo, no tanto...), al menos más entero y pulcro, volvió como abeja a la flor, pero ahora a gozar con el ruidito del motor impecable.

Lo veo pasar sólo por dos motivos: o va a misa (una parroquia a la vuelta) o sale a acompañar a su ama y a cargar la compra. Y nada más. Después, en la puerta de su casa o en la esquina, manos a la espalda, encorvado. Libre, ido, pero atento.

Cuando va a misa, los domingos, pasa dos veces. La misa de las 9 de la mañana y la de las 5 y media de la tarde. Siempre, cada vez. Lo he visto comulgar. Y sé que comulga en las dos misas. Es el primero, siempre; e inmediatamente sale y se queda en el atrio hasta la bendición. Y se va.

*   *   *

Lo veo este domingo a la tarde; pasa frente a la casa, volviendo de la iglesia, seguramente, qué si no.

- Cholo, amigo, ¿qué cuenta?

- Bien, don, bien..., me dice farfullando. Está lindo el día..., ya no llueve, ya no llueve..., porque así son sus frases: disparadas solas, viniendo de algún soliloquio, girando en 90 grados.

- ¿Vio, Cholo? Y parecía que no iba a parar... ¿Qué anda haciendo? ¿Viene de misa?

- Sí, don..., de misa vengo...

- Fue a la mañana, ¿no? Lo vi pasar...

- ..., no dice nada y dice sin decir, y sonríe entre pícaro y tímido, como un chico descubierto en una travesura. Porque es un chico, ciertamente.

- Así que va dos veces... Claro, por los que no van, ¿no?, digo y me siento descomedido, imprudente. Algo estúpido.


Pero sonríe y me mira. Como si hubiera descubierto una puerta invisible en el fondo de un ropero. Sonríe y sigue mirándome. Y entonces vuelve a perdersele la mirada, aunque siga mirándome.

- Je, je..., por los que no van..., por los que no van... Es mi cumpleaños..., gira en 90 grados.


- Ah..., pero..., ¿usted no cumple en septiembre, como yo?, le digo porque recuerdo que ya me lo ha dicho varias veces. Y agradezco el giro abrupto.

- Sí, es mi cumpleaños..., en septiembre, me mira confundido. Lo saqué de su hilo y parecería que me lo reprochara.

Se queda mirándome, como un extraño, no me ve.

- El 26, cumplo..., en septiembre, retoma su soliloquio, absorto.

- ¿Un asadito tenemos, entonces?

- Vamos a ver..., un asadito..., vamos a ver..., con más confianza aunque todavía no pisa firme en el asunto. Pero ya empieza a caminar, las manos a la espalda, encorvado, cabeza gacha, ladeada.


Y sigue viaje.


Cholo. El Cholo.


Dos veces a misa.

Por los que no van.


Y quién sabe por cuántas otras cosas.





lunes, 10 de agosto de 2015

¡Voto al chápiro verde!



Estábamos en el bar de la vieja facultad de Letras, en la calle Córdoba.

Era apenas un mostrador de mala fórmica gris, con un marco de botellas vacías de adorno en estantes de vidrio y, bajo unas campanas dudosamente traslúcidas, algunos alfajores y medialunas no sé si del día cada día. Estaba prohibida la repartija de alcohol en esa casa, de allí las botellas vacías, y corría la voz piadosona de que el motivo era la catolicidad de aquellos claustros. Miñangas y pamplinas. Por ejemplo: en la gran mayoría de las cátedras de teología, jamás se advertía rastro alguno de la catolicidad de aquellos claustros, así que supongo que el motivo de la ley seca tiene que haber sido otro y no ése.

Él se paraba en una punta del formicado, siempre discreta e impecablemente vestido. Siempre con un Particulares 30 en la mano. Eran tiempos en los que los espacios cerrados eran compatibles con el humo del cigarrillo. Buenos tiempos, diría. Eran los '70.

Un recreo podía ser la ocasión, aunque no necesariamente, porque si la clase era aburrida él tenía mejores cosas que hacer que oír a una pomposa paspada borracha de palabras que ella ni entendía ni hacía entender.

Miguelito atendía el bar con displicencia. Muy tímido, parecía hosco y bravío. Pero no lo era.

Don José, de él se trataba y hay que usar el don cuando de él se trata, con un gesto imperceptible le pedía a Miguelito una ginebra. Bols, porque otra no tomaba. Y Miguelito le daba un vasito cónico y rayado, sin melindres ni aspavientos, con su medida canónica del fermento. No era una, de habitual.

Era un señor, Don José. Muy señor. Y tenía dichos y decires que a mis 17 eran casi el sonido mismo de los libros. De hablar poco y florido, armonioso, jovial y humilde, hispanizaba con donaire, casi en broma. Porque un caballero tiene que tener sentido del ridículo.

¡Voto al chápiro verde!, risueñamente dicho, era uno de aquellos dichos. Una casi interjección, un desafío, una puteada extravagante, una pulla al que dijera una pavada flagrante. Tantos usos tenía. Se lo oí decenas de veces y siempre con un aire de justa, que parecía que montaba su adarga sobre el brazo, allí nomás, y cargaba lanza de torneo en ristre contra quien fuere. Nones, era hombre severo y firme, pero pacífico.

Alguna vez conté en alguna parte que fue él mismo quien, en un gesto magnífico y alelante para un mochuelo como un servidor de entonces, me convidó por aquelos días una copita de su ginebra Bols, la primera que bebí en mis años. Fue simple y categórico. Un otro gesto imperceptible de su parte y Miguelito habilitó, como un vasallo obedece a su señor. Así, con sólo eso, sentí que estaba haciéndome pasar de la categoría de alumno raso a la de brigante transgresor y adulto, a la vez y todo por el mismo precio.

Don José tenía para las Letras algo más que talento o estudios con que las entendiera: tenía connaturalidad con la belleza y lo noble.

*   *   *

Ayer, ya la lluvia se había vuelto molesta y aburrida.

Llover, lo que se dice llover, es -tiene que ser- como quien dice cum mica salis. Cualquier otra variedad de lluvia se vuelve diluvio, que será purificador, pero no deja de ser castigo, por lo mismo.

La escuelita primaria está cerca de casa, pero hubo que ir en automóvil a falta de canoa. Es un establecimiento estatal de la provincia. En su predio tiene contiguo un instituto de profesorado que bautizaron Leopoldo Marechal. Pero con eso y todo, no alcanza, vea.

Apiñados como refugiados, cientos de parroquianos con caras sufridas de esclavos en las minas de carbón, empapados y ateridos, formaban filas cívicas ante unas mesas que deglutían sus ofrendas de papel pintado como si fueran impuestos o vírgenes inmoladas a alguna deidad siniestra.

Una hora se pasa uno allí -esclavo también de la perversidad de los inventores de la liturgia- y tiene ocasión de aburrirse mientras mira, tanto como de mirar mientras se aburre.

El asunto es que, en las paredes primarias, detrás de las mesas sacrificiales montadas en torno al patio cubierto, había unas cuantas láminas expuestas. La otra vida de aquellas paredes. Trabajos de niños. Clases especiales. Homenajes. Efemérides. Cosas así, cosas de lunes a viernes.

Quiso la fortuna que, ante mí, lucieran insolentes dos enormes pancartas amarillas, de un amarillo que solamente las cartulinas para trabajos prácticos pueden exhibir con desparpajo.

En una, Rodolfo Walsh vigilaba. En la otra, Julio Cortázar sonreía. Los niños habían tenido que exhumar sus rostros y biografías y poner todo en negro sobre amarillo, quién puede decir con cuál propósito. Imaginé la cara de la maestra (¿de sexto? ¿séptimo?, espero que no menos...); y, peor, imaginé las currículas de las materias que tuvo que haber cursado, tal vez al ladito, nomás: en el Marechal... Imaginé su fraseo tratando de explicar por qué había que ocuparse de ellos, imaginé las caras de los chicos. Sus cabezas, sus corazones.

Imaginé el mundo que imaginaban maestras y alumnos.Y que terminarían amando, pero seguro sirviendo.

Había que hacer poco esfuerzo para darse cuenta de que lo que había en las paredes era padre e hijo a la vez de lo que pasaba en ese momento en esos claustros que albergan todos los días menos hoy caras (más) infantiles. Esos niños, esas maestras, esas currículas, eran -son- parientes consaguíneos de las urnas y, más preciso aún, de lo que las urnas estaban digiriendo lentamente esa tarde de domingo; y de lo que habrían de vomitar más tarde o más temprano.

De esas aulas viene lo que las urnas van a parir. De esas urnas viene lo que esas aulas van a parir.

Era un buen lugar y un buen momento para verlo, era una tarde muy a propósito, una ocasión inmejorable. Lluvia de castigo incluso.

No: todo esto no lo lavará la lluvia, pensé.

*   *   *

Fue oscureciendo. Por primera vez estaba en una situación así. Nunca había visto el final de un comicio. Todavía eran muchos los esclavos pendientes cuando dieron las 6 de la tarde. Y entonces alguien tocó un timbre.

Era el final, aunque, más allá de las seis, el animal seguiría deglutiendo ofrendas cívicas hasta que no quedara esclavo alguno por oblar.

De pronto, inmediato al timbre escolar, brotó un aplauso.

No pude ver quiénes aplaudían, pero eran varios.

Menos pude advertir por qué aplaudían. Era un aplauso como para el asador, un aplauso de pasajeros asustados que tocan tierra después de la pesadilla turbulenta de un vuelo movido. Aplauso medio estólido como el del final de un casamiento.

*   *   *

¡Voto al chápiro verde!, me dije. Y creo que lo dije (aunque nadie entendió..., si habrán creído que era un voto cantado...) y me acordé de Don José.

Y en medio de ese barrial hórrido, venteando entre las caras abotagadas de unos y otros, su recuerdo y su bonhomía, más que la lluvia, fueron de veras purificadores.





miércoles, 6 de mayo de 2015

Señora de los ocasos




Creo que las cosas aparecen cuando tienen que aparecer. Tal vez exactamente en el momento en que se las necesita.

Siempre dichas en un lenguaje misterioso y simbólico, hay cosas que están ante nuestros ojos durante años.

Invisibles ellas, ciegos nosotros.

Y así fue esta vez, otra vez.

*   *   *

Almorzaba con mi madre, solos los dos, como habitualmente pasa cada semana.

La comida es espléndida, como siempre, sencilla, sabrosa, con la abundancia justa.

A los años, me viene apareciendo cada vez más nítido que los veros manjares no son los que están en la mesa, sino otros; y son los que realmente voy a extrañar cuando ya no los tenga en el plato insaciable de mis oídos.

Son sus cuentos, sus relatos, las historias de su vida, de sus viajes, de las vidas de otros.

Y así fue esta vez. Otra vez.

*   *   *

Veo la imagen que está en la cabecera de su cama desde que era mozo. Siempre allí, aunque haya cambiado de casa y de cuarto al menos tres veces.

Una imagen bella, una tabla dorada con muy buena técnica que hizo y le regaló un amigo de mi padre hace casi cincuenta años.

Es evidentemente un fragmento de una obra mayor. Típicamente itálica, medieval, de los siglos altos. Finísima estampa de Madre e Hijo.

Tal vez la familiaridad engendró el menosprecio, diría Chesterton. Me bastaba la belleza. La impresión serena, quieta y digna que me causaba esa presencia habitual. Un gesto de ternura materna, una devoción filial. Bien dichas ambas cosas.

Pero hoy fue distinto.

Hablábamos de gentes y de viajes.

Allí recordó unos paseos por Florencia, primero, y por Asís más tarde.

- Ahí es donde está esa imagen, me dijo señalando a la consabida cabecera.

Tuvo que despejar sus recuerdos hasta que, afinando un lápiz imaginario, trazó incluso un mapa en el aire, y después sobre el cubrecama, memorando sus andanzas por Florencia y Asís.

- ¿Ves que la Virgen señala al costado y el Niño le indica dos con su mano? Ella está señalando a san Francisco y Él le dice que si elige, elige a los dos, no a uno solo... cuando la vi allá, ya la conocía: era esta misma, aunque, claro que es más linda aquella...

*   *   *

Miré la tabla infinidad de veces en estas decenas de años pasados. Jamás había visto el detalle de los gestos con detalle y me sorprendió y me alegró.

*   *   *

Volvía a casa en el tramonto, en el temprano ocaso conurbano de este otoño informe, denso, pesado, gris, ácido.

Y me acordé, mientras iba pensando en nada, como se piensa cuando hay que sortear miríadas de autos por las callejas en trámite aburrido y lento. Conocía la imagen completa. La había visto. Y tampoco me había llamado suficientemente la atención, se ve, porque no recordada que me hubiera causado entonces alguna emoción más que la de la belleza y elegancia de esas pinturas italianas medievales.

En la casa me esperaban asuntos menos gloriosos y con mucho pedestres.

Pero llegó el momento de poder buscar la imagen. El gesto de la mano de la Virgen, el de la mano del Niño, sus miradas, eran de un diálogo gestual imperdible.

El fragmento prometía misterios y símbolos. Y creo que los tiene esta obra que, en el siglo XIV, significaba una cosa y que hoy tal vez signifique aquello y algo más. Algo para estos días.

*   *   *

Tiene varios nombres esa obra célebre y muy celebrada, pero diría que el que más le cuadra es el de Madonna dei tramonti: Señora de los ocasos. Un sobrenombre, en realidad, pero que hoy por hoy se llena de interesantes significados y derivaciones, que por aquellos siglos no pudieron haberse vislumbrado, creería un servidor.

La razón del sobrenombre es sencilla y luminosa. El fresco que pintó en el primer cuarto del 1300 Pietro Lorenzetti, digno hijo de la escuela de Siena, tiene enfrente un vetanal que deja pasar la luz del sol cuando se pone, en el tramonto de Asís, en el ocaso. Y así es como, con la luz del ocaso, se ilumina el fresco que está en la capilla dedicada a san Juan Bautista. Y de allí su nombre.


La presentación oficial franciscana del asunto dice sucintamente algo así:
El ciclo lorenzettiano halla su sereno y sonriente epílogo en el conocidísimo cuadro de la Virgen que ensalza a Francisco. Invita gentilmente al Niño Jesús a bendecir a nuestro Santo, señalado su cuerpo con las llagas de la Pasión, y anteponiéndolo, por este motivo, al Apóstol predilecto, Juan. [La Virgen de los Ocasos: así es llamada esta imagen porque durante las puestas de sol queda iluminada por los rayos del astro que se filtran a través de un ventanal que está enfrente. Es la obra maestra de Lorenzetti por la gracia y suavidad de la figura, por la eficacia expresiva, por lo luminoso y transparente del color. La Virgen, con el Niño en los brazos, tiene a su derecha a san Francisco y a su izquierda a san Juan Evangelista. El rostro de ella, lleno de ternura, se dirige hacia el Hijo con expresión bendecidora y a la vez interrogativa: la Madre parece responder volviendo hacia san Francisco el pulgar de la mano derecha. Es una sagrada conversación que ofrece ocasión para muchas interpretaciones (R. Cianchetta)]

Una clase de Anna Lanzetta, estudiosa del arte de ese tiempo en esas regiones, resume así el asunto, con opiniones personales acerca de las implicaciones técnicas y culturales de los gestos:
Nella Basilica inferiore della chiesa di S. Francesco di Assisi, nel transetto sinistro della Cappella della Maddalena, tra gli affreschi di Cimabue, Giotto e Simone Martini, si può ammirare l’affresco di Pietro Lorenzetti che rappresenta quattro personaggi di cui due impegnati in un dialogo. Al centro dell’affresco c’è una scena di vita quotidiana: la Madonna è intenta a parlare col Bambino e la gestualità indica il dialogo in atto. Il dialogo, apparentemente muto, ma esplicitato dai gesti, ci rende compartecipi. Un meraviglioso bambino, comodamente seduto in braccio alla mamma, richiama la sua attenzione con le dita della mano e chiede di parlare, atteggiando il viso alla domanda. La mamma, con piglio quasi severo, lo ascolta attenta. Le due figure a lato sono: San Giovanni apostolo e San Francesco e il bimbo chiede,  per non confondersi nella scelta: “dimmi mamma, a chi mi devo rivolgere per primo”? E la mamma gli risponde, indicando, con il pollice della mano destra, San Francesco, quasi a dire -siamo in casa sua-. Basta quel gesto e  l’arte  diventa improvvisamente vita. Il -gesto dialogato-, protagonista della pittura di Giotto, segna l’apertura dell’arte alla modernità espressiva. L’affresco rappresenta  dunque una scena di vita quotidiana,  che si può ammirare e leggere con precise connotazioni che assumono rilievo nell’espressività che, esulando da un contesto ieratico, diventa umanità. Al dialogo assistono, attenti e silenziosi, i due santi. Dolcissimo il volto della Madonna; una mamma attenta alle domande del figlio, in una costruzione che , basata su pochi elementi espressivi, si connota nel gesto e nello sguardo. Quel gesto provoca  nel visitatore una forte emozione alla presenza di una Madonna che è essenzialmente mamma e segna un’evoluzione nel concetto di un’arte che,  diventa espressione di vita stessa.

È “La Madonna dei Tramonti”, cosiddetta perchè affrescata da Lorenzetti di fronte a una finestra dalle quale, un raggio di sole, entrando nell’ora del tramonto, la illumina in tutta la sua bellezza. Un raggio di sole che sembra  illuminare un gesto che spalanca le porte alla modernità della pittura, almeno secondo il mio parere.


Sin duda que la obra de Pietro Lorenzetti es un homenaje a san Francisco, anteponiéndolo en la obra al discípulo amado. Homenaje directo o indirecto, según se lo vea.

En un texto de la enciclopedia global -que entiendo debería atribuirse a la especialista crítica Chiara Frugoni- se explican así los gestos del fresco:
Sotto la grande Crocifissione l'artista raffigurò i due santi Francesco e Giovanni Evangelista accanto alla Madonna col Bambino, affacciati a una finta balaustra e a mezza figura. A differenza del trittico della Madonna col Bambino tra i santi Giovanni Battista e Francesco nella vicina cappella Orsini, qui il pittore pose le figure nello spazio libero (in questo caso uno sfondo dorato), senza ricorrere ad archi e cornici di separazione.

Come in altre opere, le tre figure dialogano con gli sguardi e i gesti. Amato dal pittore e da suo fratello Ambrogio è il gesto di indicare col pollice, che in questo caso la Vergine a rivolge san Francesco dietro di lei, come a rispondere a una domanda del Bambino, che infatti alza la destra con un gesto di interrogazione. Francesco, con un gesto elegante, si porta la mano stigmatizzata al petto come ad accogliere quella muta chiamata. Giovanni, dall'altra parte, regge il proprio Vangelo e con la mano libera accenna un gesto d'assenso. I due santi laterali sembrano guardarsi intensamente, alludendo forse a una complicità nel riconoscere il valore delle stimmate equiparato a quello delle Scritture nella diffusione del messaggio evangelico. Un crocifisso si trova infatti proprio sotto Maria.

Perduta è l'altra mano di Francesco, che forse rivolgeva un cenno al committente devoto, rappresentato in un riquadro appena sotto.

I rapporti tra le due crocifissioni, grande e piccola, sono stati studiati e approfonditi: la grande scena appare come la rievocazione di un passato remoto, mentre il piccolo crocifisso riporta l'osservatore ai suoi tempi, rendendolo attuale grazie all'intermediazione di Francesco che ne rivisse il sacrificio, cercando poi di ridestarne il ricordo nei cuori dei fedeli con la sua predicazione.

Y todo el asunto es en cierto sentido una exageración. Aunque no está exenta de miga la cuestión, vista 700 años después, en estos tiempos nuestros.

*   *   *

Sin embargo.

Es curiosa también la historia que dice haber oído en Asís y que hoy me contó mi madre, porque de su relato surge un clima completamente distinto. Y me pregunto seriamente si esa confusión es una mera casualidad, o si hay alguna bonita y secreta clave en esa involuntaria confusión de una doña de casi noventa años que recuerda un viaje de hace 20 años por aquellas tierras de la Umbría.

Según decía, la Virgen le estaría preguntando al Niño cuál de los dos elegiría y el Niño le estaría contestando: los dos.

*   *   *

Y hasta aquí llego por hoy, porque el asunto me tiene pensando.



____________________________

Antes de finir esta entrada, hay que decir que, en la misma basílica inferior, hay otro fresco de Lorenzetti en el que una especie de tríptico, sembrado también con gestos significativos y miradas que hablan, representa a la Madonna, al Niño y a sus lados a san Francisco y a san Juan Bautista, con un significado parejo al de la obra anterior, y que aquí dejo en imagen y explicado en otro texto de Chiara Frugoni.

Divisi da arcatelle ogivali che simulano la forma di un polittico, con rappresentazioni di angeli simmetrici a riempire gli spicchi superiori, la Madonna col Bambino è dipinta a mezza figura su sfondo dorato tra i santi Giovanni Battista e Francesco. Il Battista, oltre che per la veste da eremita e la barba e la capigliatura lunga e incolta, si riconosce per il cartiglio che riporta un passo del Vangelo di Giovanni (ecce vox clamantis in deserto, parate viam Domini). San Francesco si riconosce invece per il saio e per le stimmate.

Entrambi i santi puntano l'indice verso il basso, probabilmente sottintendendo l'altare e il ruolo di Cristo come agnello sacrificale durante l'eucarestia. I due santi si scambiano una sguardo intenso e anche nel levare l'altra la mano verso l'interno compongono un effetto simmetrico che ne simboleggia la completa empatia. Entrambi dopotutto predicarono per tutta la vita la venuta di Cristo. Maria, che stringe il bambino in braccio, sembra rivolgere uno sguardo di muta approvazione a Francesco. Raffinatissimo è il panneggio della madre col figlio e la naturalezza con cui essa regge il bambino, che le pone una mano nella mano e gioca col suo velo. Preziosa e raffinata è la lavorazione dell'oro, nelle aureole, nello sfondo e nel bordo del manto di Maria, nonostante le difficoltà rappresentate dall'uso della tecnica nell'affresco.







domingo, 3 de mayo de 2015

La virgen del demonio



Hace unos días, Dom José Ignacio, de ojo fino, tuvo la gentileza de mandarme de regalo unas líneas sobre san Pedro de Verona o san Pedro mártir, protomártir de los frailes dominicos, asesinado en 1252, mientras era prior e inquisidor en la Lombardía y el norte itálico, predicando contra los cátaros en aquellos lugares.

El regalo traía otro regalo: uno de los frescos que adorna la capilla Portinari, en la basílica de san Eustorgio, esto es Milán.

El motivo de la pintura es uno de los cuatro milagros que pintó el sutilísimo Vincenzo Foppa hacia 1460 y tantos y que ilustran pasajes de la vida del santo dominico en cuyo homenaje fue construida la capilla en esa época. Dejo aquí un paseo ilustrado por la arquitectura e historia (y algunos datos más) de la obra que fue adosada en el siglo XV a la construcción primitiva, por encargo de quien era legado de los Médici en Milán, Pigello Portinari, para contener y honrar los restos de san Pedro mártir.

No conocía el asunto para nada y agradezco tanto que me lo haya hecho conocer el buen fraile.

Dos cosas llamativas.

En primer lugar, el hecho de que la capilla primitiva fuera construida inicialmente por el obispo san Eustorgio en el siglo IV para que allí reposaran reliquias de los Reyes Magos, que finalmente terminaron en Colonia, por obra de Federico Barbarroja que se las llevó en el siglo XII. Con el tiempo, la catedral de Colonia se construyó para guardar ella también esas reliquias, como ocurrió en tiempos de aquel Eustorgio, griego, santo obispo de Milán, quien recibió en Constantinopla, y de manos del emperador Constantino, las reliquias que digo y que es tradición que las encontrara santa Elena, la madre del emperador, y que fueron el regalo a Milán en ocasión de la consagración episcopal de san Eustorgio en el año 343. Recién el 6 de enero de 1904 pudieron recuperarse algunos huesos que accedió a devolver Colonia y que hoy están otra vez en Milán, en la capilla dedicada, en un arca.

Pero el segundo asunto es notable también y nos lleva al siglo XIII.

Unos herejes le tienden una trampa a san Pedro y lo llevan a una capilla en la que han invocado al demonio. De pronto, se aparece ante Pedro de Verona y los circunstantes una Madonna con el Niño en brazos, aunque, según se verá, debería escribir ambas cosas con minúscula.

Resulta que san Pedro intuye que la aparición es falsa porque alcanza a verle los cuernos a ambos y confronta con la Eucaristía a la figura de la madre con el hijo, desafiándola a arrodillarse ante Él, y rendirle culto bajo la forma eucarística, si es verdad que ella es la madre de Dios. Y es así que cae la máscara y aparece sin tapujos la cornamenta luciferina en la madre y el hijo .

*   *   *

Curioso. Maravilloso y feliz para aquellas gentes en esos tiempos.

Distinto es el sabor del asunto para gentes de estos tiempos nuestros, y eso en opinión de un servidor, si se me permite.

Es maravillosa la historia de san Eustorgio y sus reliquias de los Reyes Magos, regalo imperial a un súbdito griego que va a confirmar a Constantinopla su nombramiento episcopal en Milán. Y es tanto o más maravilloso que un feligrés de las villas y los campos lombardos en el siglo IV tenga semejante asunto al alcance de sus manos. Y un gran obispo, por añadidura. ¿O la añadidura son las reliquias de los sabios reyes de Oriente por tener un gran obispo?

Ve, mi amigo: es cosa de tener para elegir qué cosa le parece más maravillosa o grande. Suerte del siglo IV...

Ahora bien, menté a un Federico Hohenstaufen. Pero dejemos ahora de lado al Barbarroja, que esto no parece cosa para alemanes, que por otra parte tienen un papel lateral en esta historia que ahora me ocupa (salvo por una cuestión simbólica oculta en el ida y vuelta de las reliquias, Bizancio en el medio..., pero eso para otro momento, si acaso...).

Sin embargo, si alguien insistiera en meterse en las varas de esa camisa, zambúllase en el siglo XII de aquel Federico y podrá hacerse un festín de nobles, duques, reyes, emperadores de oriente y occidente, papas, monjes y guerras y cismas. Mientras avanza entre tratados, traiciones, tomas de ciudades, excomuniones y dobles papas y cadáveres guerreros y guerras de ciudades y místicas admoniciones y el menú completo capaz de escandalizar al más guapo, se irá haciendo una idea algo más clara del zangoloteo histórico de la medievalidad y de la Europa y de la Iglesia, de Irlanda a Bizancio. Se lo garanto: no se va a aburrir, mi amigo, y para cuando termine, si termina: hágame caso: ¡esté alerta! Le puede pasar algo terrible y engañoso: puede llegar a pensar que los malos de nuestros días son tirifilos, bobos y payasos -temporales o eclesiales- al lado de semejantes tipos de hace 1.000 años y de las cosas que hacían y deshacían...

Pero no nos distraigamos.

Cuando haya visto hasta el hueso la cuestión de Eustorgio y las reliquias Magas, cuando haya destilado las uvas de las Investiduras en disputa y aquellos siglos alrededor del primer milenio cristiano en Europa, todavía le queda el otro asunto: el miracolo de la falsa madonna y san Pedro de Verona.

Porque el caso es que hay que ver que el siglo XIII todavía daba unos Pedro de Verona que podían hacer todo lo que de ellos se dice que hicieron y en los tiempos libres jugarle una pulseada a mano limpia al coludo, disfrazado nada menos que de Virgen santa y reduplicando el disfraz con el de Santo Niño, además y en brazos, pañales y todo.

A mano limpia dije y dije mal: con la Eucaristía en la mano como exorcismo.

Y no para ahí la cosa. A los años, viene un Vincenzo Foppa y pinta el asunto en una capilla, Virgen y Niño con cuernos y todo. Y va y lo expone a la devoción de quienquiera hincarse a rezarle al santo en su capilla.

Allí mismo, a pasos de donde hasta hacía poco estaban las reliquias Magas.


*   *   *


No me diga que no y piénselo bien: algo habrá pasado que nos ha sido quitado ese mundo de maravillas. Algo habremos hecho en mil años para que de todo eso no quede nada o casi nada. Y aun que lo que quedó nos sea nada.

Algo tiene que haber pasado en mil años para que todas esas historias que fueron y son historia no tengan lugar en nuestra historia y en nuestras historias. Algo nos han enseñado mal. Algo tiene que haberse perdido en el camino, olvidado, corrido displicentemente con la mano de adelante de nuestros ojos. Algo tiene que haber sido trasmutado de vida misma, de espíritu mismo y haberse vuelto puro codicilo y rúbrica, casi diría ley, en el peor sentido de la palabra. Y haberse vuelto sólo palabra hueca y pomposa, o rito vacío, o silogismo de fuego artificial o manual para causar efecto sin substancia.

Algo se ha hecho invisible a nuestros ojos para que veamos tan poco y tan corto.

Insisto: tenemos una ignorancia indolente de nuestra casa y de nuestra sangre, de nuestra familia histórica y de nuestras tradiciones. Y de la historia. Y de la Tradición. Y de lo que la vera Tradición dice que es la historia. Y así.

Y tal vez por eso mismo, tal vez por haber llegado a ser lo que somos -que no pasa en un día, aunque para Dios mil años sean un día...-, tal vez por esa misma degradación se nos han hecho incluso a nuestros ojos hasta más pequeños los buenos, más insignificantes, de tal modo que apenas con saber rezar un rosario o decir algunos latinazgos mal digeridos se pasa a la categoría de testigos de la Fe. Y tal vez haya sido que las proezas y maravillas nos han sido retiradas y quitadas porque nuestro recipiente apenas soporta contenidos livianos y lábiles: y como se recibe al modo del recipiente...

Y así, lo que es peor tal vez, ni siquiera vemos las maravillas que sí nos han sido dadas aun en nuestros tiempos grises y brumosos y ácidos. Porque algunas nos dejan, claro que sí. Que Dios es tozudo en sus empeños y no ceja.

Y nos queda el humo de Satán y los cuernos de Satán, eso sí. Y los variados disfraces de Satán: ¡que hasta ha mejorado el make up y ya disimula con arte cosmético los cuernos hasta ponerlos como de aureola! Y eso crece y más se ve.

Y es verdad que crece y es verdad que más se ve. Pero es tan verdad eso como que, siendo que más crece y más se ve, sólo se ve eso. Y muchas veces se ve mal y sacando las conclusiones equivocadas respecto de lo que eso es y por qué es así. Y por qué nos toca a nosotros verlo y saberlo. Y así siguiendo.


¿Qué nos haremos entonces con aquel primer Dicho de Luz y Amor, de san Juan de la Cruz?
Siempre el Señor descubrió sus tesoros de sabiduría y espíritu a los mortales; mas ahora que la malicia va descubriendo más su cara, mucho los descubre.

Miro más el fresco de Vincenzo Foppa y la historia de san Pedro mártir y la profanación demoníaca de la virgen y el niño con sus cuernos y todo y veo a un feligrés del siglo XIII, a un hombre cualquiera que en aquellos días sepa -y viva- la historia de aquellos días y que años después vea el fresco, una doña cualquiera, un niño que se arrodille a rezarle a san Pedro de Verona. Y todo en una capilla hecha para guardar los huesos santos de los Magos.

Y que entienda todo eso sin que se lo anden explicando demasiado. Y que lo que le explican se lo expliquen bien. Y que lo que vive y ve, lo sufra y lo viva y lo goce. Y sepa por qué. Porque eso es una cultura y una civilización, después de todo.

Y vuelvo a pensar que nos han retirado las maravillas, aun la maravilla agridulce de una falsa virgen y un niño falso y con cuernos, corridos por un fraile con una hostia en la mano. Y nos han retirado el relicario que guarda los huesos Magos.

Y nos han dejado como a merced de unos males de miedo que van descubriendo más su cara. Y nos queda el llanto y la furia, la melancolía y el enojo, la tristeza y la sensación de una derrota que creemos que no merecemos y el sabor de una derrota que nos sabe injusta en una historia que creemos que está plantada en el tiempo para nuestra victoria y la victoria de lo nuestro. Victoria en la historia, claro.

Y para más pena y perplejidad sentimos, creemos, decimos que nos han dejado unas maravillas ocultas. Unos tesoros de sabiduría y espíritu que nos están ocultos, que nos parecen ocultos, si acaso existen y que ya nos parece que no están porque nos parece que ya no están aquellos que nos parecían tesoros de sabíduría y espíritu que antes estaban y que ahora no.

Pero resulta que dice san Juan de la Cruz que aquellos tesoros Suyos de sabiduría y espíritu que el Señor siempre descubrió a los mortales, ahora que la malicia va descubriendo más su cara, mucho los descubre.


Mire usted, compadre, lo que son las cosas.


Qué puedo decirle.


Que san Pedro mártir y el santo obispo Eustorgio nos lo expliquen mejor, eso digo yo. Porque se ve que ellos sabían de esas cosas. Y nosotros se ve que no.





miércoles, 4 de marzo de 2015

La altura de un hombre


Juana era una mujer silenciosa, pero buena para conversar: sabía oír. Y lo que es más: oía.

Laboriosa y pulcra, la recuerdo con una sonrisa callada y una mirada inquieta que, cuando se detenía en alguno, miraba directamente a los ojos, penetrante.

Murió para el tiempo de la guerra en las Malvinas. Era mi madrina. Y mi abuela materna. Nadie hacía los tallarines caseros como ella: eran de una medida imposible por lo fina y de una textura y sabor inhallables hoy. Aunque ella amasaba con naturalidad, solían ser el regalo pedido por muchos: hacéme unos fideos... Y el estofado, aromado, intenso, infaltable: la corona condigna de semejante obra de arte.

Era argentina y su sangre venía de los Abruzos, de campesinos por generaciones.

Aquí, en el campo, hacía tantas y tales cosas (todas muy femeninas, de matrona campesina) que una mujer de este tiempo no podría soportar fácilmente. Ni difícilmente, creo. Había milenios en esas manos. Alguna que otra historia ya conté en estas páginas.

Días atrás, hablando con mi madre de cosas de familia y del clima, todo a la vez, me contó que Juana usaba una frase que solía repetir al despertar a sus dos hijas menores (mi madre es la anteúltima de ocho), especialmente en el verano.
-Vamos, arriba, vamos... Que el sol ya tiene la altura de un hombre y ya regué dos veces el patio... ¡Arriba, vamos!
El patio era de tierra, se entiende. Y el calor del día y la poca lluvia le hacían necesario mantenerlo sin polvo y lo más fresco que se pudiera, desde el alba.

El sol ya tiene la altura de un hombre. 

Bonita medida astronómica. Bonita forma de medir el tiempo en el espacio.

Protágoras estaría furioso con la confusión de las consignas: ¿el hombre mide al sol o el sol al hombre?, ¿el tiempo tiene la medida del hombre o el hombre es apenas el testigo de un hecho tan cierto como la luz del sol que trepa ineluctablemente por el cielo? Ja...


¿Relojes? Claro, relojes, sí... ¿Para qué?

¿Qué hora es?

El sol ya tiene la altura de un hombre.





martes, 3 de marzo de 2015

Más es menos


-Una cosa menos, decía ella.

-Una cosa más..., murmuraba él, cada vez que ella decía una cosa menos.


Así lo oí siempre. Y parece que así habrá sido. O parecido habrá sido.

Es uno de esos asuntos de familia, un cuento de familia. Ella era María, mi abuela paterna del Piamonte. Él era Victorio, de Parma, su marido.

A ella la vi poco, murió cuando cumplí cuatro años, unos meses después. Él murió en el mismo año en que se conocieron mis padres, casi una década antes de nacer un servidor.


*   *   *


Hace años que pienso en esa cuestión.

La frase (una cosa menos...) me dicen que la usaba ella al terminar un asunto, al pasar un problema, al volver de alguna visita de compromiso, al pagar la última cuota de algo, al final de un día agitado. Una cosa menos equivale a ya está, a listo. A se terminó este asunto. Un poco menos a nos sacamos esto de encima, y casi nada equivalía a todo esto se ha cumplido.

Pero era tan amplio el uso que también significaba algo hacia adelante. Algo menos por venir. Una acumulación de pasado y a la vez de futuro. Esto se terminó, ahora viene aquello otro. Queda menos adelante. Y así hasta que se cumplan los días y los trabajos de estos días mundanales. Era una frase diría que enérgica, animosa. Como festiva, si acaso. Para animar, para empujar. Para seguir. No tenía nada de voluntarista o fatal.


¿Y él? ¿Y una cosa más?

Del silencioso Victorio se sabe menos. Reservado. Taciturno, aunque alegre.

Una cosa más.

¿Una cosa menos es en realidad una cosa más?

Parece que es según se hace la cuenta. Parecería.

Parece que en ese caso es mirar la acumulación de pasado, mirar una cosa más atrás, más que la espera de lo porvenir, una vez removido el obstáculo de lo que ya es una cosa menos.

No quiero en modo alguno usar las estúpidas palabras. Nada de optimista o pesimista. Uno u otro. No.

Pero.

Es verdad que no da lo mismo contar menos esperando implícitamente más, que contar más esperando implícitamente todavía más.

¿Hay más Providencia en una cosa menos que en una cosa más?

No creo. En cualquier caso, ambas son finalísticas (palabra fea...)

Más o menos dicen a su modo del fin. Dice de un término, de un cumplimiento y acabamiento.

¿Así lo dirían? ¿Eso diría cada uno diciendo lo suyo? ¿Sabrían lo que decían?

No lo sé. Ni importa mucho.

Eso es una cultura, al final.


*   *   *


Hace años que pienso en el asunto.



Y uso las dos. Claro.





jueves, 19 de febrero de 2015

Homenaje




En 1948, El Gráfico costaba $0,40.

En la tapa del número del 25 de junio de ese año, aparecía el zaguero izquierdo del club Vélez Sarsfield, Ángel Allegri.

Hombre de Floresta, Ángel Natalio Allegri tenía por entonces 21 años y había debutado en la primera división durante el año 1946, de la mano del legendario director técnico Victorio Spinetto, en un partido contra Tigre que el Fortín ganó por una diferencia suficiente de 2 a 0.

Hasta 1960 y durante 15 años, Allegri, el Chupete Allegri, jugó con asistencia perfecta en el club. También fue zaguero en la selección nacional en 1950 y en 1951, y en ese año fue su capitán en dos de los cuatro partidos de la gira europea. En 399 partidos hizo 37 goles.

Por su juego y personalidad, se empinó como uno de los héroes del aguerrido campeonato nacional de 1953 en el que Vélez salió subcampeón, después de un partido muy discutido que, según dicen, el árbitro inglés Mr. Dickes le regaló a River Plate, concediéndole un gol agónico de empate, producto de un atropello no cobrado de Mantegari (RP) a Sansone (VS), al que metió dentro del arco con pelota y todo. Y eso casi 10 minutos después de los 90 reglamentarios. Allegri fue expulsado en el segundo tiempo por un foul a Ángel Labruna, niño mimado intocable por ese entonces. Vélez terminó con 8 jugadores en la ocasión. Los interesados pueden leer esta simpática crónica con aire de epopeya, salida de la pluma de un fortinero que escribe bien.



Con el tiempo, el Chupete Allegri dirigió divisiones inferiores de Vélez y otros equipos. Murió joven, a los 55 años, el 30 de diciembre de 1981.


Durante tiempos de mi infancia y de mis primeros años jóvenes, viví como a la sombra del mítico Chupete Allegri, sin conocerlo y sin haberlo visto jugar. Por aquellos días, bastaba que dijera mi apellido para que los futboleros -en general gentes de toda laya, pero casi siempre operarios (mecánicos, albañiles, guardas de tren, almaceneros, floristas, empleados de banco...)- me preguntaran si era algo del zaguero del Fortín, el Chupete Allegri: "Allegri..., como el Chupete..., el de Vélez..."

Todavía ahora -todavía...-, hay memoriosos que sacan a relucir un parentesco que no tengo con el héroe del '53 y siento -como sentí durante años- que, de haberlo tenido, ya sólo eso me hacía más importante a los ojos de mi interlocutor.

No sé mucho de él, pero me pareció que ya era hora de salir a buscar sus señas y aquí quedan algunas, para que no se pierda del todo su memoria.


¿Cómo no hacerle entonces un homenaje a semejante compañía mítica?




domingo, 15 de febrero de 2015

No retornable


El asunto no es trivial, me parece.

Allí estaban las botellas de cerveza, en un orden pulcro, sobre el estante interminable. Iguales, notablemente iguales. Marcas opuestas, distintos uniformes, aunque idénticas.

Pero.

Algunas tenían en su frente un infamante No retornable, mientras que otras, con aspecto sufrido, exhibían su Retornable, bien que con cierto aire petulante, por qué no decirlo.

Compré vino, finalmente. Tinto, claro. Y Cabernet, se entiende.

Pero pasé unos cuantos minutos interrogando a las cervezas. No retornable, Retornable.

El caso lucía interesante.

¿Qué significa esto? ¿Cómo es posible la identidad aparente y la diferencia contradictoria? ¿Mero efecto del mercadeo, trampa de publicistas? ¿Son iguales pero las denominan distinto? ¿Son distintas aunque se muestren iguales? Y ya en otro renglón, pero no menos inquietante: ¿es preferible ser Retornable o No retornable?

Una señorita que tenía trazas de ser más amiga del lúpulo que un servidor (que para nada soy despreciativo, especialmente de la variedad stout...), me miraba con cierta condescendencia perita, como si fuera un vulgar neófito indeciso. Seguí en mi quisicosa bastante más todavía cuando ella ya había cargado al tun tun y sin remilgo alguno tres de las más comunes.

*   *   *

Pasé un momento químicamente agradable a la tarde investigando el punto.

No retornable, Retornable: esto va más lejos, me dije. No es cosa del mero envase. No, señor. Ya había visto, ante el regimiento marrón formado en orden de batalla de la góndola, la cualidad intensamente simbólica de la cuestión.

En principio, los datos puros y duros dicen esto:

El vidrio del tipo calizo (hay otros tres tipos para distintas clases de envases) es el más ampliamente utilizado para envases de vidrio que habrán de contener, por ejemplo, cerveza.

Además de ser el más común, este vidrio es el que se funde con mayor facilidad debido sobre todo a su composición. Está formado de manera dominante por sílice, así como por calcio y sodio. Dentro de esta composición, el sodio actúa como fundente y el calcio proporciona la estabilidad química que evita que el vidrio se vuelva soluble al agua.

Su coeficiente de expansión o dilatación térmica es de 87 (87 x 10.7 pulgadas/°F). Si se le agrega una mayor cantidad de sílice, experimenta una resistencia mayor al choque térmico.

Actualmente los valores de espesor que se aceptan en máquinas modernas son de 3 a 5 milímetros para envases retornables y de 2.2 a 2.5 milímetros para los no retornables.

Listo. Parece que así se derrite todo el misterio: mismo tipo de vidrio, distinto espesor. Y eso por la utilización repetida de un tipo de envase y el descarte después de una vez del otro. Dato de color: un envase Retornable promedio admite unos 20 rellenados, aunque el rango parece ser de entre 15 a 50 veces. Cada rellenado se llama vuelta.

*   *   *

¿Listo? De ninguna manera.

¿No se da cuenta de las analogías y comparanzas de todo tipo que admite la cuestión? ¿O solamente a mí se me ocurre que con esos mismos elementos pueden sacarse conclusiones en literatura, en política, en religión, en educación, en economía, en sociología, en filosofía, y sigue la cuenta...?

Retornable, No retornable.


Fíjese, cumpa. Fíjese y después charlamos.





miércoles, 3 de diciembre de 2014

Lo irreparable


Hace apenas algunos pocos días, viví una de esas pérdidas que a veces llamamos irreparables, y a veces sin medir lo que realmente significa irreparable. Pero es verdad también que a veces las llamamos así no sin razón; porque, tanto en la realidad como en nuestro corazón, hay pérdidas que no pueden reponerse: personas, seres, situaciones, vivencias, cosas que son, por irrepetibles, irrecuperables. Porque hay personas, seres, situaciones, vivencias, cosas que desaparecen y perdemos, y así de pronto se revisten de una ausencia tal que las pone en ningún lugar, las des-realiza y las hace, de algún modo, nada.



*   *   *


No estamos hechos para la nada y la no existencia.

Creo que pasa también eso de algún modo con los recuerdos. Olvidar y darse cuenta de que hemos olvidado personas, seres, situaciones, vivencias, cosas, nos enfrenta de algún modo a la nada. Recordar de pronto lo que hemos olvidado puede darnos alegría, si lo recardado es feliz, pero tiene un sabor agridulce también, porque algo de la nada se cuela en el olvido y se hace patente precisamente cuando aparece el recuerdo y lo hace con una presencia que ha sido recuperada de una nada circunstancial en la que estuvo, una nada subjetiva y circunstancial pero que sentimos como universal y perdurable.  


*   *   *


Qué poco sabemos, qué corta es nuestra mirada cuando miramos la historia. Y nuestra historia personal, especialmente. Porque si acaso medio a oscuras entendemos algo del mundo alrededor y ajeno, nos es más difíicl el entendimiento del propio.

Dicho con justicia, las cosas son lo que son. Y así se nos presentan de un modo claro en su misma realidad, aunque muchas veces con una carga fuertemente simbólica. Y la mayor parte de la veces no entendemos ninguna de ambas cosas: ni lo que pasa ni qué significa lo que pasa. Y así es como se nos escapa habitualmente, con el significado, también el sentido, la dirección, la finalidad.

Tanto de nuestras pérdidas irreparables, como de las presencias que de pronto se presentan.


*   *   *


Apenas un poco después (¿horas después?) de haber vivido eso que a veces nos parece una pérdida irreparable, pasó que algo completamente ajeno al mundo de aquello perdido -pero tan parte de mi vida como lo otro- se presentó de pronto, súbitamente.

Inesperado. ¿Completamente inesperado? Y ahora pienso si acaso no sería posible que, en una sinfonía que no conozco, en una partitura que no sé leer del todo, una cosa y otra tuvieran que ocurrir casi a la vez, quién sabe por qué, pero aparentemente en mi beneficio.

Y entonces, fue así que la pérdida tuvo que convivir con una presencia, disputándose en el corazón el espacio y el tiempo.

Se sabe que toda pérdida (no importa su dimensión o importancia) supone y hasta exige de algún modo un funeral, un duelo. Un dolor. Porque si lo perdido es un bien, siquiera un bien relativo o menor, el dolor es la respuesta, el dolor es una especie de tiempo y espacio de despedida a lo perdido. Y más a lo perdido irreparable.

Pero, ¿es posible el duelo si un hecho feliz, si una presencia feliz inesperada, desvía la mirada del corazón y le ofrece una esperanza tan irreparable como la pérdida? Irreparable esperanza que no necesita repararse porque es entera, y no porque no pueda repararse por irrecuperable.


*   *   *


Como obligados al dolor por la ausencia de algún bien perdido, podríamos no ver la esperanza que viene con la presencia de un bien inesperado.

Y, sin embargo, que no podamos ocultar ni ocultarnos la alegría de una presencia súbita que opaca la pena de una ausencia irreparable, debería sernos suficiente indicio de que nuestra vida -y la historia entera- no es una sucesión de momentos. Y debería ser un indicio de que las cosas no pasan porque sí.


Y hasta un indicio de que irreparable podría tener un significado paradojal y misterioso. 





lunes, 6 de octubre de 2014

¿Por qué no te callas?



Entre otros, hay un monasterio en Monte Athos: Vatopediu o Bατoπαiδíoυ, como prefiera. Es el segundo en importancia de los 20 que hay en la que llaman la Montaña Sagrada.

El nombre griego es una palabra compuesta de arbusto y niño y viene de un episodio que se narra en las tradiciones del monasterio: allá por los fines del siglo IV, un hijo del emperador Teodosio el grande se cayó de un barco y fue rescatado por la Theotokos y llevado sano y salvo a la costa, donde se lo encontró durmiendo junto a un arbusto, no muy lejos del lugar donde estaría más tarde el monasterio. Con el tiempo, los monjes pintan un ícono que homenajea a la Virgen por ese rescate milagroso.

No sabría yo esto si una de mis hermanas no me hubiera traído de Rusia lo que ellos por allí llaman kartiny, esto es, una reproducción de un ícono. El que ilustra la cabeza de esta entrada es precisamente el que me regaló.

Me llamó la atención especialmente la mano de ambos, Madre e Hijo. No soy un experto en iconografía mariana, y menos en la oriental u ortodoxa, pero alguna poca cosa sé y esa pose no la había visto nunca.

La busqué y no tardé mucho en saber que era una de las siete imágenes milagrosas de la Virgen que hay en aquel monasterio que digo. A ésta se la conoce y se la venera como Panagia Paramythia, que es como decir Nuestra Señora de la Consolación o del Consuelo.

Pregunté de dónde venía aquella figura que, en efecto es una versión rusa (probablemente del siglo XVIII) de su original griego. Mi hermana no sabía.

Averiguando por mi cuenta supe entonces que el ícono original, aquel del homenaje al milagro del niño en el arbusto, no tenía cuando fue pintado la posición de las manos que le veía a esta imagen y que me había llamado la atención.


El asunto es que la tradición cuenta que a principios del siglo IX, una mañana, unos piratas acechaban a los monjes, agazapados en las costas y esperando para saquearlos, no bien abrieran las puertas después de rezar Maitines. El superior de los monjes, concluido el oficio, se queda rezando y ve y oye que el ícono se mueve y habla, más precisamente la Virgen, que le advierte, más o menos con palabras similares a éstas: "No abran las puertas hoy, vayan a las murallas y defiéndanse y echen a los piratas que los están esperando para saquearlos..."

El monje ve, entretanto, que el Niño mueve también su brazo y tapa la boca de su Madre, mientras le oye decir: "No los adviertas, Madre, que son un rebaño flojón y pecador. Que bajo la espada de los piratas padezcan un poco la penitencia que merecen..."

Pero el monje ve todavía un movimiento más. La Madre toma la mano del Niño y apartándola apenas (que es lo que se ve en el ícono) repite entonces su advertencia. Lo que salva a los monjes del saqueo, claro.

El milagro se conmemora el 21 de enero y cada viernes a la tarde, antes de la Divina Liturgia, cuando los monjes rezan sus cánones de agradecimiento y súplica ante el ícono, junto al cual hay una lámpara siempre encendida.

Según la tradición, el ícono conserva desde aquella ocasión los cambios en las figuras, y la Virgen y el Niño quedaron en las poses que hoy se ven, y que es lo que precisamente me había llamado la atención.

Pero.

Después de conocer el asunto que está detrás de la imagen muy admirada en el mundo ortodoxo, me llama la atención otra cosa más rara todavía.

No tanto la advertencia de la Virgen a los monjes. No tanto la advertencia severa del Niño a su Madre y el gesto de dura reprimenda a la Madre, tapándole la boca, y a los monjes librándolos a la pena del saqueo por su flojera y sus pecados. Mucho menos que el ícono se mueva y las figuras cambién de posición y gesto. O siquiera que hablen con el monje.

La actitud de la Virgen tras la amonestación del Niño es, creo, lo más sorprendente.

Y siendo los tiempos que son, la oportunidad de este kartiny sobre mi mesa me resulta grandemente extraña y significativa.





viernes, 26 de septiembre de 2014

Algo sobre octubre


Una de las cosas más impresionantes de este mundo bajo la luna es el tiempo. Y no estoy hablando del tiempo de los filósofos, menos del tiempo de los físicos, aunque sé que en una y otra vereda hay enormidades y honduras que también son de paladear y de asombrar.

Tampoco hablo del tiempo del mundo celeste, de lo que entra y sale del tiempo yendo y viniendo del Cielo a los hombres. Es más hondo, inconmensurablemente, sí. Y sin eso no se entiende nada. Sin la eternidad, quiero decir, no hay modo de entender ni el tiempo ni lo que vive en él.

Con todo y eso, está ese tiempo tan físico como interior, tan de todos como propio (imposible de otro modo), siempre en un cruce inevitable entre lo propio y lo de todos, y siempre difícil de desentrañar y de distinguir.


Los meses, los días, los años, las horas. No son seres espirituales (¿no?). Ni siquiera seres vivos.

No tienen intenciones, no tienen propósitos, ni recuerdos, ni olvidos. Ni amores ni alegrías, ni rencores, ni penas. Y al no tenerlos, no podrían darlos.

Son del tiempo. Son tiempo.

Y sin embargo.

Aquí estoy a la vista de las vísperas. Porque allí está octubre. Mi octubre, se entiende.

Con los años, octubre terminó guardando lo dulce y lo agrio en partes iguales. Y no hay modo de volver a él cada año sin la sensación extraña de que las hebras de una cosa y de la otra, así tramadas, también vuelven dulce lo agrio y agrio lo dulce. ¿Eso lo hará octubre?

¿Dónde se enhebran las hebras?

Están en el aire de octubre, se dice el corazón. Imposible, se argumenta a sí mismo. ¿Cómo no lo verían los demás hombres? Entonces sólo está en tu corazón, dice el corazón. Difícil un poco es eso, se replica, porque es octubre, y no otro tiempo, el que se ha guardado esas felicidades y esas congojas y aunque haya por allí de ambas cosas en esto y en aquello, el corazón mira las fechas y los días y hasta las horas. Y el mes, claro. Y las fechas y los días vienen a él con su equipaje.

El corazón mira lo que lleva él mismo, dice el corazón. No sólo, se contesta. Porque está lo que hay en octubre y está él en octubre. Y entonces ríe o se lamenta. Y ambas cosas. Y siempre las mismas cada vez, cada mismo día de cada tiempo igual.

Pero, ¿son siempre las mismas, siempre serán las mismas cosas cada vez? Quién sabe.

Tal vez, sé que eso ocurre, un día lo agrio y amargo descubra un dulzor antiguo que se nos hace nuevo y la inversa, también.

Tal vez llegue otro día, otro mes, otro octubre, y aquello que hablaba un idioma cambie los sonidos y los sentidos y resulte otro y descubramos que el idioma nuevo no era nuevo y que el idioma viejo no era ningún idioma.


Mientras eso no pase, pronto llega octubre.

Mi octubre, se entiende. El agridulce.




jueves, 25 de septiembre de 2014

Pobre gaita (II) (con canción)




Y así son las cosas, creo, si no me equivoqué mucho.

No puedo decirme que esa historia que conté me sea feliz, porque sé que no lo es.

Tan tramada de pequeñas hebras dolorosas que parece que no se notaran, pero que así con cuentagotas nos hacen los días, sin que nos demos cuenta. Hasta que un día nos damos cuenta, si tenemos suerte. Y lo que era nada, se vuelve signo y los signos se nos van poblando de sentido, como si se encendieran las cosas y nos hablaran en un idioma que ahora podemos entender.

Porque claro que vivimos en un mundo lleno de signos. Y eso es todo un consuelo después de todo.


Al fin, si tuviera que decirlo de otro modo, no tengo otro modo de decirlo que con estos pocos versos.


Pobre gaita

Tenías en la voz esa distancia
de ningún lado, de ninguna parte,
sin tiempo, sin sabor, tampoco el arte
de decir con donaire y con fragancia.
Sin sangre, sin dolor, sin la prestancia
de la gente de a pie, la del descarte,
la que lleva con garbo el estandarte
de ser cualquiera y ser con elegancia.
Una pena de mares nos separa:
yo no sé dónde éstas, ni sé si vives
o eres la voz de nada, apenas clara.
Pena de que no encantes ni cautives
tengo en el alma y esa cosa rara
de tus galaicos sones leitmotives.






Pobre gaita



Es una historia, nada más.

Y las hay mejores, ya lo sé; pero es la que hay. Y es la que puedo contar hoy, siendo las cosas tal como son hoy.

Pero mejor empecemos por el principio.

Aunque, en verdad, no sé bien dónde principia esta historia.


*   *   *


Hay algo peor que tener que bajar a la ciudad: ir en auto. Y muy temprano, peor.

Entonces, mejor el tren.

Pero allí ya tenemos un principio. Hace varios meses que trabajan en estaciones nuevas, andenes más altos, arreglos, pinturas, propagandas políticas y cemento, hierros y caños y carteles socialistas, cenefas de madera y consignas por los altavoces. Y trenes nuevos, chinos, que necesitan andenes más altos y así.

Primero fue que se inauguraba todo en julio, después agosto y al fin, septiembre. Antes, unos tinglados a la intemperie que hicieron las precarias veces de andenes para que los trenes se lucieran andando.

Ahora era ir a la ciudad comm'il faut, a todo nuevo. ¿Llevar lectura? Quién sabe. Mejor no. Música. Tenía que oír de nuevo la guitarra de Carlos Roldán y unos auriculares bien podían hacer el trabajo. Mientras, nada impide mirar todo lo que se pueda, todo lo que se vea, a esas horas hay que ir de pie entre ruinas...

Ver a las gentes. A qué altura de la historia estamos. Qué hacen. Qué ya no hacen mientras casi todos atienden sus electrónicas (¿yo era uno de ellos?) y apenas si hablaban entre sí, cosa que es nueva. Así que poco para oír en estos tiempos.

No importa, me dije. Sonaba espléndida la guitarra, nítida, mientras esperaba en los andenes nuevos, mirando todo para ver qué era estar a nuevo. Llegó la formación. A horario. Sereno el andar.

Un rumor, apenas, no lo distinguí al principio. Pero unos cinco minutos después volvió con más fuerza.

Los auriculares, como guardias severos a la puerta de las voces, no dejaban pasar casi nada que no fuera la guitarra. Casi.

Me los saqué. Alcancé a oír unas palabras en inglés neutro, ni metálicas ni cálidas, por los parlantes del vagón; pronunciaban el nombre de la siguiente estación.

Incómodo por la interferencia, en cuanto estábamos llegando a la siguiente estación, ya oí que una mujer española nos avisaba que llegábamos a tal y tal (pronunciaba como una vecina de otro lugar un nombre de otro lugar) y que si íbamos a bajar nos preparáramos y que tuviéramos cuidado. Y lo mismo después en la voz de una mujer (¿sería su melliza nacida en otro lugar?) que modulaba su inglés de aeropuerto, sin acento. Y al salir de la estación, otra vez: cuál es la siguiente estación, bilingüe claro.

Y aquí hay otro principio posible para la historia.

Se me cruzaron de pronto las imágenes de la madre de todos los excluídos de la patria grande recibiendo canchera los vagones que llegan, inaugurando desafiante las estaciones que empiezan a cambiar, poniendo en marcha, canchera otra vez y desafiante además, los trenes chinos nuevos, nacionales y populares.

Y, entonces, la voz de la pobre gaita en los altavoces y de su melliza de quién sabe dónde en su inglés de aeropuerto.

Primero se me dio por mirar otra vez a las gentes del vagón que ya eran más que antes. Su traza y su raza, sensiblemente latinoamericana más ahora que antes. Y sus cachivaches de consumo masivo (a no menos de pesos 1.500 por artefacto...), sus miradas perdidas por las ventanillas, sus miradas perdidas en las pantallitas, sus miradas perdidas.

La guitarra de Carlos Roldán apenas si podía con la voz de la pobre gaita, que ahora se colaba e invadía en cada entrada y salida de andén los acordes, sin que ni él ni yo pudiéramos apartarla.

¿Por qué se me fue la imaginación a la escultura de Cristóbal Colón atado y amorzado en alguna plaza fría del invierno no tan frío de una ciudad como sin raíces, capital de un país patotero y emancipado en las palabras y los gestos, y en nada más que en las palabras y los gestos, de cosas de las que no debería emanciparse ningún bien nacido?

Sería la voz de la pobre gaita, creo. Pobre gaita.

Pero. Tanto discurso relatado, tanto relato discurseado, tango gesto y alharaca, tanta sonrisita sobradora de boca ladeada repartida por el mundo, tan argentina la pose y tan desagradable, tan canchera, y todo para zaherir a los colonizadores y humillar a los invasores y para lamerle las llagas a los desclasados y para levantarlos en armas de odio y desprecio y ampliarles los derecchos y ampliarles los torcidos para que mastiquen la arena de la diversidad cultural un 12 de octubre...

Y todo eso para terminar poniendo a una pobre gaita a decirles a los nativos, a los indianos, y pronunciando a la gallega (como si fuera una receta de un pulpo a la gallega), las estaciones: William Morris, Hurlingham, El Palomar, Caseros, Santos Lugares... y La Paternal y Chacarita y Palermo y así...

Pobre pueblo nuestro.

Pero Carlos Roldán insistía, desde Wilde de Avellaneda, y desgranaba acordes de antigua música argentina y amablemente me limpió la mirada. Y el oído.

Hasta que.

Hasta que.

Y allí podría haber todavía un principio más para esta historia.

Estaba la pobre gaita. Pobre gaita.

A ver, a ver....

¿Quién sería? ¿Dónde estaba? ¿Quién le escribió en un papel (¿fue por correo electrónico?) los nombres de pueblitos perdidos de un país lejano? ¿Sería de unos entre 40 ó 50 años como parecía? ¿Sería esposa y madre? ¿Viuda? ¿Soltera? ¿Solterona? ¿Divorciada? ¿Estaría enamorada? ¿Viviría en un pisito módico en Madrid? ¿En los altos de una casita a las afueras de León? ¿Valladolid? ¿Era de Huelva y se mudó a Bilbao? ¿Por qué aunque ya la oía con cierta fijeza no pude sacarle la tonada? ¿Por qué tan neutra, tan nada, tan nadie? ¿Para qué, si aquí, entre los indianos, igual era lo otro per diametrum y nadie la oía y los que acaso la oyeran sólo sabrían que era la gaita del parlante? ¿Quién sabría aquí si pronunciaba Villa del Parque a la catalana o a la andaluza o a la navarra o a la gallega (como un pulpo a la gallega o una corvina a la vasca o un gazpacho andalú...)?

Digo yo: ¿y si no existe? ¿Y si no existiera la pobre gaita? ¿Sería una pasión inútil mi pena gaita por la pobre gaita? ¿Existirá de veras? ¿Será alguien? ¿Alguien de carne y hueso, aunque no tuviera alma ni sangre? ¿Serán nada más que unos bytes esas neutralidades de voz, sintetizadas en algún programa chino, manejado por una chinita con barbijo, esclava en alguna planta colectiva en un barrio de nombre imposible en Xuanhuei o Zhaotong o en cualquiera otra ciudad de la provincia de Yunnan...?

Pobre gaita.

Estuve hablando con ella todo el viaje. Ella ni me oía y sin duda no me prestaba nada de atención. Le pregunté todas esas cosas y más. Ni contestó siquiera. Los indianos ni la oían, tampoco ellos. Los indianos ni se daban cuenta de que el truculento colonizador les hablaba como un gran hermano gaita desde los altavoces de los nuevos vagones chinos, nacionales y populares. Estaban sumidos en otros bytes.

Pobre pueblo nuestro.

Pobre pueblo mío.

Pobre gaita.


El tren llegaba al fin a la ciudad.

La pobre gaita me decía, neutra, nada, sin sangre, que habíamos llegado a Retiro, pronunciado a la gallega (como un pulpo a la gallega...)