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martes, 28 de junio de 2016

Por temor a los judíos (III y final)




El asunto parece materia que se hinca en el corazón religioso de Israel. Y lo es. No hay que olvidarlo ni confundirse. Y así como lo fue entonces, lo es ahora y lo será antes de que Él vuelva.

Allí está el testimonio de san Juan. Testimonio machacón, se diría y no lo es, porque es central. Pero si Juan no lo dijera, si no lo dijera el Testamento Nuevo, lo gritan las propias Escrituras antiguas. Y Jesús, más que ninguno, porque Él es el centro mismo de toda la cuestión y fue a Israel mismo a quien primero le dijo quién era y a qué había venido. Y de dónde.

En tiempos de Jesús, ciertamente, es éste un asunto entre sacerdotes, doctores, escribas, maestros de las escrituras, fariseos, saduceos. Y hasta políticos y revolucionarios. Caudillos y secuaces que tienen en la piel ardida tanto el recuerdo de pasadas y presentes dominaciones humillantes, esclavitudes y deseos de vindicta, como tienen a la vista las promesas del Libro y las promesas enteras que Dios les hiciera desde Abraham hasta sus días. Todos ellos tienen los ejemplos y símbolos de patriarcas, jueces y reyes; y sobre todo de los profetas, precisamente esa piedra de toque que Jesús no deja de citarles una y otra vez y que tanta irritación les causa.

Lo simbólico y lo profético es axial en todo este asunto. Alrededor de ambas cosas, que constituyen las dos caras de un mismo eje que es la realidad misma del Mesías único y verdadero que Él es, Jesús lleva adelante sus días de predicación y, al final, sus días mayores de Pasión, Muerte, Resurrección y Gloria.

Porque desde los tiempos del Edén está figurada la llegada del que habrá de restaurar todo lo que ha sido dañado. Y si uno quisiera ir antes de antes, en la eternidad divina ya estaba el Verbo y hay que volver a san Juan para leer en su Prólogo cuán lejos se extiende la raíz de lo creado y cuánto ha hecho el Creador para restaurar lo que el Otro ha querido destruir y malversar. En cierto modo, el primer profeta es el mismo Padre, si se me permite decirlo así. Y el Hijo, después, especialmente -para nosotros- el Hijo Encarnado. Y todo lo que se ha dicho y revelado recorre el tiempo desde el principio, en que no había tiempo, hasta el fin, en el que ya no habrá.

Pero.

Ya con la llegada de Jesús a este mundo, frente a esa voluntad divina se levanta otra voluntad, como parida en el seno mismo de su pueblo, su viña. Y es el caso que por acción de esa voluntad temen aquellos que esperan a Jesús y aquellos que siguen a Jesús: un hombre tenía una viña en la que había unos viñadores malvados cuando llegó la vendimia, el mismo hombre seguramente que plantó en ella una higuera que por tres años no le dio fruto alguno...

Jesús no teme, ya está dicho. No Él. Sí los suyos, los que están cerca, los que quieren acercarse, y aun los que querrían acercarse y no lo hacen por ese temor.

Y es allí donde aparece con mayor fuerza el símbolo para aquellos que, decenios, siglos y milenios después, perciben -y sufren- renovadamente alguna amenaza que les produce temor. Y un enorme y agrio temor.

¿Es todavía el temor a los judíos? No necesariamente a ellos. No sólo a ellos. ¿Habrá de reeditarse esa misma expresión con el mismo sentido que tiene en los dichos de san Juan, literalmente? Puede ser, bien puede ser. Y en algo lo será. Porque en el tiempo rebota simbólica y proféticamente la expresión de Caifás y de otros. Y aquella expresión no ha sido derogada. Pero el sentido de la expresión es tan simbólico como profético, y lo es precisamente por aquello que quienes buscan su muerte quieren matar en Él.

Jesús murió, es verdad. Lo mataron finalmente. O da su vida en sacrificio, más exacamente dicho: Nadie me quita la vida. Pero si Jesús murió, no muere más: resucitó. Está vivo y venció a la muerte. Suyo es el reino, el poder y la gloria, por siempre. Pero eso no quiere decir que la voluntad de matarlo haya desaparecido. Y si Él ya no muere más, los suyos -que son Él en algún sentido y son miembros de su propio Cuerpo- sí pueden morir, y si deben morir por imperio de esa voluntad.

Entonces, quienes son suyos, quienes forman parte de su Cuerpo, también deben morir, también sobre ellos pesa el designio. Porque son suyos.

Y es así como aquellos que fueron suyos desde que Él apareció en este mundo y hasta el fin del tiempo, temen a los judíos.

Desde la visita de los sabios de Oriente y la huida a Egipto hasta que Él vuelva.

*   *   *

Así como en la expresión por temor a los judíos se aglutinan, simbólica y proféticamente, otras realidades y no sólo los judíos, del mismo modo temor no es solamente el miedo, así como el verbo morir significa más de una cosa.

Ya el sólo temor es en ocasiones una forma de morir, y atemorizar es una forma de matar.

Se equivocará quien suponga que el temor tiene invariablemente la cara torva, que temer es temblar solamente o atemorizar es sólo hacer temblar. Hay quienes ríen por temor. Hay quienes ignoran por temor. Hay quienes hasta se entristecen preventivamente y siempre por temor. Incluso por temor al temor y no es un juego tonto de palabras.

Siempre hay temor cuando algún mal paraliza y lo deja a uno como muerto, inerme, inane. A veces, y como la esperanza es aneja a la fortaleza, el temor corre parejo con la desesperanza, la desesperación, que también paraliza y ancla la mirada en la oscuridad.

Hay muertes distintas y de toda laya. La desesperación es una forma de ella. Pero hay en ocasiones desesperaciones dulces y tibias, como dicen que es la muerte en las alturas heladas, en medio de la nieve, donde se adormece uno cuando las fronteras de su cuerpo ya parecieran no dejar pasar el frío (por inertes) y, en la inmovilidad de los congelados, se diría que uno ha encontrado un tibio refugio interior. Hasta que toda luz se apaga y no queda ya ningún calor.

El temor puede empujarnos a la muerte, también, como en las desmañadas furias del desesperado que ya no puede soportar ese goteo ácido del tiempo que lacera el alma con la tristeza y el dolor: el espiritual más que ninguno, se entiende.

El temor puede llevar a la desesperación y la desesperación puede llevar a una carcajada, tan sonora como triste. Eso también puede pasar. Un intento desesperado por aturdir al corazón y velar sus temores.

Como también están las falsas esperanzas. O las esperanzas con doble fondo. En la superficie, un sufrido asentimiento, una como piadosa resignación ante el viento fétido y cruel de una historia. Mientras, bajo capa, se guardan secretamente las expectativas de logros inmanentes, una muy oculta y disimulada espera de que ya llegarán aquí los tiempos más benignos, y ya no será necesario morir, de ninguna muerte, como si todo esto fuera una prueba: soportar estos dolores para que se nos den después aquellos primores...aquí. No estuvieron exentos de estas esperanzas de doble fondo los apóstoles mismos: esperando que en cualquier momento Jesús inaugurara el reino que viene y viene pronto, apuntándose para algún cargo en ese reino; incluso blandiendo cuando no corresponde una espada horizontal contra los enemigos, cuando en realidad se trata de un asunto vertical y no horizontal.

A contraluz, las circunstancias de esas expectativas -y tantas otras cosas- son de algún modo también ellas una especie de judíos. Por temor a la derrota y al escarnio y al dolor histórico de la muerte civil o religiosa en este mundo (muerte que significa tanto la persecución cruenta como la incruenta, tanto el desprecio como la intemperie y el fracaso histórico), hay quienes se esconden, incluso de sí mismos, o quienes se pliegan a sus perseguidores ocultándose de ellos, procurando que no los distingan en nada de la masa de los que no esperan, de los que no conocen a Jesús, de los que no saben quién es. Como si Él mismo no hubiera avisado: Los tratarán así a causa de mi Nombre.

Porque, además del literal temor a los judíos, hay toda otra clase de temores, como hay toda otra clase de judíos.

El resultado es el mismo.

En cada tiempo, ya se ha dicho, ese temor se reedita. Recorre el entero tiempo de los hombres en este valle y así será hasta que Él vuelva.

*   *   *

Pero así como dije que es tan simbólico como profético ese temor a los judíos, lo es también la respuesta a ese temor. 

Y esa respuesta está fuertemente dicha en Pentecostés, como está en el episodio de los discípulos de Emaús. Como está en el temple de las mujeres que acompañaron a Jesús hasta después de su muerte y anunciaron la Resurrección a los varones.

Y está en la figura del discípulo amado al pie de la Cruz, solo, junto a ellas.

Y está, por cierto, en la Madre de Jesús.

A Ella se le anunció primero el cumplimiento de la Promesa: la presencia de Jesús entre los hombres. Y entre las primeras palabras con las que el Ángel Gabriel la saludó, le dijo: El Señor está contigo. No temas.

Y no temió. Y así fue como Ella concibió al Mesías en su seno. Y Él nos redimió.

*   *   *

Sin embargo, curiosamente, estando ya Jesús con nosotros y sabiendo que se ha cumplido la promesa de que nos daría el Padre un Redentor y Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin; aun así, mientras estamos en este mundo, mientras todo alrededor parecen derrumbarse las murallas de la ciudad y partirse en dos el Templo, mientras vemos cómo el viento barre las ruinas de lo que alguna vez fue en su Nombre grande y noble y bello, mientras vemos las sombras de los demonios de este mundo y del otro pisotear esas ruinas polvorientas ululando y maldiciendo y babeando, mientras oímos por todas partes el aullido de rabia de los que sin sosiego todavía Lo buscan para matarlo; aun así, aun cuando sabemos que quienes lo buscan para matarlo ignoran que Él ya no muere más y nosotros con Él -y por Él- aunque nos maten; con todo y eso todavía nos escondemos como los suyos lo hicieron, pero ahora en la casa de puertas cerradas de nuestras perplejidades y tristezas y angustias.


Y eso mismo, como entonces, igual pero distinto, por temor a los judíos.





 

sábado, 11 de junio de 2016

Por temor a los judíos (II)




De los 21 capítulos del evangelio de san Juan, en 14 de ellos hay menciones específicas de esta pulseada trágica, de esta persecución de la que estoy hablando. En total son unas 20 menciones directas. Pero, si se cuentan las alusiones, el asunto recorre de punta a punta todo el relato. Porque la cuestión está presente no pocas veces en los sermones, enseñanzas y discursos de Jesús que acumula san Juan en su Evangelio.

Es evidente que no es un episodio aislado y que es algo más que un dato de las circunstancias en las que se desarrolló la vida pública de Jesús. Es un asunto y es a la vez un clima. Pero me es evidente además que en su repetición hay algo para considerar.

Y puede considerarse este asunto en tres tiempos: el contemporáneo a Jesús, la Cabeza, en el que es el protagonista casi excluyente, si no fuera porque sus discípulos, seguidores y allegados, sienten los efectos de lo mismo; hay un segundo tiempo que es el tiempo histórico del Cuerpo de esa Cabeza, la Iglesia; un tercer tiempo es el que anticipan estas menciones y es el de la Parusía, el de la Segunda Venida. No puedo hacer aquí un detalle cronológico de estos dos últimos tiempos, porque es éste un comentario apenas tipológico, en todo caso.

Por lo pronto, aquí dejo los episodios y pasajes que no mencioné en la primera parte. Los dejo sin el detalle de las circunstancias y contexto, sólo como enumeración esta vez; la tarea la completará el lector, si es de su interés e hiciera falta.

Cuando Jesús se enteró de que los fariseos habían oído decir que él tenía más discípulos y bautizaba más que Juan
—en realidad él no bautizaba, sino sus discípulos—
dejó la Judea y volvió a Galilea. (4, 1-3)

Pero para los judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre. (5, 18)

"¿Acaso Moisés no les dio la Ley?
Pero ninguno de ustedes la cumple.
¿Por qué quieren matarme?"
(7, 19)

Algunos de Jerusalén decían: "¿No es este aquel a quien querían matar?
¡Y miren cómo habla abiertamente y nadie le dice nada! ¿Habrán reconocido las autoridades que es verdaderamente el Mesías?
Pero nosotros sabemos de dónde es éste; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es"
.
Entonces Jesús, que enseñaba en el Templo, exclamó:
"¿Así que ustedes me conocen
y saben de dónde soy?
Sin embargo, yo no vine por mi propia cuenta;
pero el que me envió dice la verdad,
y ustedes no lo conocen.
Yo sí lo conozco,
porque vengo de él
y es él el que me envió"
.
Entonces quisieron detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él, porque todavía no había llegado su hora.
Muchos de la multitud creyeron en él y decían: "Cuando venga el Mesías, ¿podrá hacer más signos de los que hace este hombre?"
Llegó a oídos de los fariseos lo que la gente comentaba de él, y enviaron guardias para detenerlo. (7, 25-32)

Algunos de la multitud que lo habían oído, opinaban: "Este es verdaderamente el Profeta".
Otros decían: "Este es el Mesías". Pero otros preguntaban: "¿Acaso el Mesías vendrá de Galilea?
¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David y de Belén, el pueblo de donde era David?"

Y por causa de él, se produjo una división entre la gente.
Algunos querían detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él.
Los guardias fueron a ver a los sumos sacerdotes y a los fariseos, y estos les preguntaron: "¿Por qué no lo trajeron?"Ellos respondieron: "Nadie habló jamás como este hombre".
Los fariseos respondieron: "¿También ustedes se dejaron engañar?
¿Acaso alguno de los jefes o de los fariseos ha creído en él?
En cambio, esa gente que no conoce la Ley está maldita"
.
Nicodemo, uno de ellos, que había ido antes a ver a Jesús, les dijo:
"¿Acaso nuestra Ley permite juzgar a un hombre sin escucharlo antes para saber lo que hizo?"
Le respondieron: "¿Tú también eres galileo? Examina las Escrituras y verás que de Galilea no surge ningún profeta".
Y cada uno regresó a su casa. (7, 40-53)

"Yo sé que ustedes son descendientes de Abraham,
pero tratan de matarme
porque mi palabra no penetra en ustedes"
. (8, 37)

Ellos le replicaron: "Nuestro padre es Abraham". Y Jesús les dijo:
"Si ustedes fueran hijos de Abraham,
obrarían como él.
Pero ahora quieren matarme a mí,
al hombre que les dice la verdad
que ha oído de Dios.
Abraham no hizo eso.
Pero ustedes obran como su padre"
. (8, 39-41)

Los judíos le dijeron: "Todavía no tienes cincuenta años ¿y has visto a Abraham?"Jesús respondió:
"Les aseguro
que desde antes que naciera Abraham,
Yo Soy"
.
Entonces tomaron piedras para apedrearlo, pero Jesús se escondió y salió del Templo. (8, 57-59)

"El Padre me ama
porque yo doy mi vida
para recobrarla.
Nadie me la quita,
sino que la doy por mí mismo.
Tengo el poder de darla
y de recobrarla:
este es el mandato que recibí de mi Padre"
.
A causa de estas palabras, se produjo una nueva división entre los judíos.
Muchos de ellos decían: "Está poseído por un demonio y delira. ¿Por qué lo escuchan?"
Otros opinaban: "Estas palabras no son de un endemoniado. ¿Acaso un demonio puede abrir los ojos a los ciegos?" (10. 17-21)

"El Padre y yo somos una sola cosa".
Los judíos tomaron piedras para apedrearlo.
Entonces Jesús dijo: "Les hice ver muchas obras buenas que vienen del Padre; ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?"Los judíos le respondieron: "No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios". (10, 30-33)

"¿Cómo dicen: "Tú blasfemas",
a quien el Padre santificó y envió al mundo,
porque dijo:
"Yo soy Hijo de Dios"?
Si no hago las obras de mi Padre,
no me crean;
pero si las hago,
crean en las obras,
aunque no me crean a mí.
Así reconocerán y sabrán
que el Padre está en mí
y yo en el Padre"
.
Ellos intentaron nuevamente detenerlo, pero él se les escapó de las manos.
Jesús volvió a ir al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado, y se quedó allí. (10, 36-40)

Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.
Pero otros fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho.
Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron un Consejo y dijeron: "¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos.
Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Lugar santo y nuestra nación"
.
Uno de ellos, llamado Caifás, que era Sumo Sacerdote ese año, les dijo: "Ustedes no comprenden nada.
¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera?"

No dijo eso por sí mismo, sino que profetizó como Sumo Sacerdote que Jesús iba a morir por la nación,
y no solamente por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos.
A partir de ese día, resolvieron que debían matar a Jesús.
Por eso él no se mostraba más en público entre los judíos, sino que fue a una región próxima al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y allí permaneció con sus discípulos.
Como se acercaba la Pascua de los judíos, mucha gente de la región había subido a Jerusalén para purificarse.
Buscaban a Jesús y se decían unos a otros en el Templo: "¿Qué les parece, vendrá a la fiesta o no?"
Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado orden de que si alguno conocía el lugar donde él se encontraba, lo hiciera saber para detenerlo. (11, 45-57)

Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado.
Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro,
porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él. (12, 9-11)

La multitud que había estado con Jesús cuando ordenó a Lázaro que saliera del sepulcro y lo resucitó, daba testimonio de él.
Por eso la gente salió a su encuentro, porque se enteraron del signo que había realizado.
Los fariseos se dijeron unos a otros: "¿Ven que no adelantamos nada? Todo el mundo lo sigue". (12, 17-19)

Después de hablarles así, Jesús se fue y se ocultó de ellos.
A pesar de los muchos signos que hizo en su presencia, ellos no creyeron en él.
Así debía cumplirse el oráculo del profeta Isaías, que dice:
Señor, ¿quién ha creído en nuestra palabra?
¿A quién fue revelado el poder del Señor?

Ellos no podían creer, porque como dijo también Isaías:
El ha cegado sus ojos
y ha endurecido su corazón,
para que sus ojos no vean
y su corazón no comprenda,
para que no se conviertan
ni yo los cure.

Isaías dijo esto, porque vio la gloria de Jesús y habló acerca de él.
Sin embargo, muchos creyeron en él, aun entre las autoridades, pero a causa de los fariseos no lo manifestaban, para no ser expulsados de la sinagoga.
Preferían la gloria de los hombres a la gloria de Dios. (12, 36-43)

"Les dejo la paz,
les doy mi paz,
pero no como la da el mundo.
¡No se inquieten ni teman!"
(14, 27)

"Si el mundo los odia,
sepan que antes me ha odiado a mí.
Si ustedes fueran del mundo,
el mundo los amaría como cosa suya.
Pero como no son del mundo,
sino que yo los elegí y los saqué de él,
el mundo los odia.
Acuérdense de lo que les dije:
el servidor no es más grande que su señor.
Si me persiguieron a mí,
también los perseguirán a ustedes;
si fueron fieles a mi palabra,
también serán fieles a la de ustedes.
Pero los tratarán así a causa de mi Nombre,
porque no conocen al que me envió.
Si yo no hubiera venido
ni les hubiera hablado,
no tendrían pecado;
pero ahora su pecado no tiene disculpa.
El que me odia, odia también a mi Padre.
Si yo no hubiera hecho entre ellos
obras que ningún otro realizó,
no tendrían pecado.
Pero ahora las han visto,
y sin embargo, me odian a mí y a mi Padre,
para que se cumpla lo que está escrito en la Ley:
Me han odiado sin motivo.
Cuando venga el Paráclito
que yo les enviaré desde el Padre,
el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre,
él dará testimonio de mí.
Y ustedes también dan testimonio,
porque están conmigo desde el principio"
. (15, 18-27)

"Te aseguro
que cuando eras joven,
tú mismo te vestías
e ibas a donde querías.
Pero cuando seas viejo,
extenderás tus brazos,
y otro te atará
y te llevará a donde no quieras"
.
De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: "Sígueme". (21, 18-19)

Hasta donde puedo ver, no percibo reproches en las palabras de san Juan y en las del Maestro de Juan. Y me resulta curioso. Unas cuantas veces los discípulos y seguidores tienen actitudes pusilánimes y ceden a la presión y a la encerrona manifiesta o larvada -siempre presente, por lo que se ve- de las cabezas religiosas de Israel. Viendo el talante y la presencia de ánimo de su Maestro, bien podría suponerse alguna especie de constante decepción o molestia por la falta de coraje de sus discípulos. O enojo liso y llano. Son tópicas ya las veces en que parece que Jesús se enoja o molesta con sus discípulos. La inadvertencia de la misión redentora, el propio origen de Jesús y su naturaleza divina, las pasiones diríamos de corte político de algunos de ellos, cierta inmanencia, el uso imprudente o inadecuado de los poderes que vienen de lo alto, la simple cobardía ante las amenazas, la presencia traicionera de quien lo iba a vender, pero también la presencia espiritualmente inconsistente de sus discípulos fieles; de principio a fin, la incomprensión. No, ocasiones no faltaron.

Sin embargo, insisto, no percibo en el relato de san Juan la intención de confrontar ese mundo amenazante que rodea a Jesús y a los suyos, precisamente con la falta de estatura de los suyos. Más allá de cualquier otra consideración, es claro que san Juan ha entendido, al momento de redactar su evangelio, que la muerte -y la resurrección- de Jesús era central, el eje y la finalidad misma de la Encarnación.

Pero no hay que olvidar el hecho, además, de que, mientras seguían al Maestro, seguir a Jesús significaba claramente para todos ellos oponerse a las autoridades religiosas de su pueblo. Pueblo y fe a los que todos ellos pertenecían y de lo que no veían que tuvieran que renegar. Y es esa la cuestión. Por temor a los judíos es aquí, inmediatamente y en primer lugar, cosa de judíos. Son judíos que siguen a un judío por unas determinadas razones -que, entiendan más o menos, son razones religiosas-, y al cual siguen con clara percepción del riesgo y con el consecuente temor: por temor a los judíos. Y así es hasta Pentecostés.

Las menciones en este Evangelio -que he puesto aquí- dejan claro que se trata de una pulseada al interior de Israel y su fe. No son egipcios, babilonios, ni siquiera samaritanos. No son infieles o bárbaros. Si acaso, apenas son galileos (cosa que Jesús no es, pues nació en Belén de Judea).

Ahora bien.

Tampoco creo que se trate de una simple cuestión de judeidad. Ciertamente, es primero una cuestión de judeidad y judaísmo. Pero si al menos es eso -y lo es por razones que importan a la propia divinidad de Jesús y su calidad mesiánica, prometida al pueblo judío, que el mismo Padre formó-, no es solamente eso.

Es allí entonces donde la expresión típica -por temor a los judíos- adquiere su carácter tipológico, según creo. Y allí veo que los tiempos de la expresión típica, que mencioné más arriba, se hacen más patentes.

Entonces, en conclusión provisional, ya no se trataría solamente de judíos, cuando, a lo largo de la historia y yendo a la Parusía, se dice y puede repetirse la expresión por temor a los judíos, aplicada a lo que piensen, sientan, crean o hagan los discípulos de Jesús.


Queda hacer tal vez un comentario más a propósito de esto mismo.


No ahora, se entiende, que ya se vino largo este comentario.





miércoles, 8 de junio de 2016

Por temor a los judíos




No es un relato de suspenso ni una novela de espionaje o de crímenes. Pero si uno pudiera hacer abstracción de lo substancial, el evangelio de san Juan tiene pasajes y episodios que estremecen por lo que muestran en materia de intrigas, conspiraciones, persecuciones y riesgos.

Visto así, el relato de san Juan adquiere el tono de una historia tensa y vibrante en la que el protagonista sortea a cada rato a sus oponentes, que no descansan en su inquina contra él o sus seguidores, ni siquiera cuando los planes de acabar con él y todo lo que lo circunda parecen haber tenido éxito.

Bastaría seguir la expresión "por temor a los judíos" -y alguna que otra similar, que rueda a lo mismo- para notar las veces que Jesús tiene que esquivar celadas no únicamente doctrinarias, emboscadas no solamente dialécticas. De incógnito, subrepticiamente, sin darse a conocer, fingiendo, simulando, unas cuantas veces Él (que nunca fingió, aunque sí se les escabulló) y varios otros que lo siguen -algunos en secreto- andan por aquellas tierras y ciudades haciendo las veces de personajes de novela de misterio, escurriéndose de entre las manos de quienes están determinados a matarlos literal, religiosa o civilmente.

Es claro que esos episodios no son los términos teológicos en que san Juan está mirando la vida y la prédica del Maestro y su sentido.

Pero más temprano que tarde uno aprende -o le enseñan- que cuando algo se repite en las Escrituras hay que prestar atención. Y si no supiera un servidor lo que otros que son buenos dicen de este Evangelio, bien podría llamarlo: "La persecución".

Por temor a los judíos no es una frase de relleno, entonces. No es una nota simplemente de color, no es una ambientación que pretenda nada más que mostrar algo del clima que se respiraba en aquellos días de la vida pública de Jesús, entre otros motivos, a propósito de que era pública.

Y si también se ve allí que esa inquina es una condición para los discípulos, es porque fue una condición para el Maestro. Y esa condición se extiende a la vida del cristiano, no importa en qué tiempo o circunstancia profese su fe, tal y como el Maestro se lo advierte a los discípulos, y eso por el sólo hecho de ser sus seguidores.

La diferencia que traza un abismo entre el Maestro y los discípulos es que por temor a los judíos es una pasión que sólo aplica a estos y no a Aquel. Porque nunca Jesús le temió a los judíos. Ni a nadie. Lo cual hace de algún modo intercambiable a los temibles en la expresión por temor a los judíos, para reemplazarlos por otros tantos sujetos o circunstancias ante los cuales pudiera sentirse, con razón o no, temor.

De todas maneras, y para subrayar lo que digo, antes de llegar a algunas conclusiones, he aquí cuatro pasajes del testimonio de san Juan.

En primer lugar, una escena alrededor de la llamada Fiesta de los Tabernáculos o de las Chozas, en el capítulo 7 (1-13):
Después de esto, Jesús recorría la Galilea; no quería transitar por Judea porque los judíos intentaban matarlo.
Se acercaba la fiesta judía de las Chozas,
y sus hermanos le dijeron: "No te quedes aquí; ve a Judea, para que también tus discípulos de allí vean las obras que haces.
Cuando uno quiere hacerse conocer, no actúa en secreto; ya que tú haces estas cosas, manifiéstate al mundo"
.
Efectivamente, ni sus propios hermanos creían en él.
Jesús les dijo: "Mi tiempo no ha llegado todavía, mientras que para ustedes cualquier tiempo es bueno.
El mundo no tiene por qué odiarlos a ustedes; me odia a mí, porque atestiguo contra él que sus obras son malas.
Suban ustedes para la fiesta. Yo no subo a esa fiesta, porque mi tiempo no se ha cumplido todavía"
.
Después de decirles esto, permaneció en Galilea.
Sin embargo, cuando sus hermanos subieron para la fiesta, también él subió, pero en secreto, sin hacerse ver.
Los judíos lo buscaban durante la fiesta y decían: "¿Dónde está ese?"
Jesús era el comentario de la multitud. Unos opinaban: "Es un hombre de bien". Otros, en cambio, decían: "No, engaña al pueblo".
Sin embargo, nadie hablaba de él abiertamente, por temor a los judíos.
También está el episodio de la curación de un ciego de nacimiento, en el capítulo 9. Copio in extenso el pasaje, aunque debería mirarse también lo siguiente, que tiene continuidad temática. Pero aquí está lo que quiero destacar:
Al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.
Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?"
"Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.
Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió,
mientras es de día;
llega la noche,
cuando nadie puede trabajar.
Mientras estoy en el mundo,
soy la luz del mundo"
.
Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego,
diciéndole: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé", que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.
Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?"
Unos opinaban: "Es el mismo". "No, respondían otros, es uno que se le parece". Él decía: "Soy realmente yo".
Ellos le dijeron: "¿Cómo se te han abierto los ojos?"
Él respondió: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: "Ve a lavarte a Siloé". Yo fui, me lavé y vi".
Ellos le preguntaron: "¿Dónde está?". Él respondió: "No lo sé".
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos.
Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos.
Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les respondió: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo".
Algunos fariseos decían: "Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado". Otros replicaban:
"¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?" Y se produjo una división entre ellos.
Entonces dijeron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?" El hombre respondió: "Es un profeta".
Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres
y les preguntaron: "¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?"
Sus padres respondieron: "Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego,
pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta"
.
Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías.
Por esta razón dijeron: "Tiene bastante edad, pregúntenle a él".
Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador".
"Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo".
Ellos le preguntaron: "¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?"
Él les respondió: "Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?"
Ellos lo injuriaron y le dijeron: "¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés!
Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es este"
.
El hombre les respondió: "Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos.
Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad.
Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.
Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada"
.
Ellos le respondieron: "Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?" Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: "¿Crees en el Hijo del hombre?"
Él respondió: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?"
Jesús le dijo: "Tú lo has visto: es el que te está hablando".
Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se postró ante él.
Después Jesús agregó:
"He venido a este mundo para un juicio:
Para que vean los que no ven
y queden ciegos los que ven"
.
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?"
Jesús les respondió:
"Si ustedes fueran ciegos,
no tendrían pecado,
pero como dicen:
"Vemos",
su pecado permanece"
.
Otro apunte sobre lo mismo aparece en el capítulo 19 (38-42), en el episodio de la sepultura de Jesús, en el que intervienen José de Arimatea y Nicodemo, quien, como advierte el apóstol (Jn. 3, 1-21), ya había ido a verlo de noche una vez, por la misma razón por la que ahora obra secretamente:
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús —pero secretamente, por temor a los judíos— pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo.
Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos.
Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos.
En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado.
Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
Finalmente, el episodio que me parece que es ciertamente el punto emblemático.

Está en el capítulo 20 (19-31), casi al final de este evangelio:
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!"
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes!
Como el Padre me envió a mí,
yo también los envío a ustedes"
.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:
"Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados
a los que ustedes se los perdonen,
y serán retenidos
a los que ustedes se los retengan"
.
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.
Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!" Él les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré".
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!"
Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe".
Tomás respondió: "¡Señor mío y Dios mío!"
Jesús le dijo:
"Ahora crees, porque me has visto.
¡Felices los que creen sin haber visto!"
.
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.
Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.
Que sea el último no quiere decir que no sea de algún modo el primero, pues la juntura de este escondite por temor a los judíos con la llegada del Espíritu Santo, signa no solamente lo que ha de ser la vida de fe para un cristiano hasta la Segunda Venida, sino también todo lo anterior, esto es, la vida del propio Jesús, muestra de lo que un cristiano habrá de vivir y ser.

Y por cierto que es una muestra también del modo de proceder de un cristiano en la historia. Y en medio de la historia misma del mundo mientras dura el mar. Porque debe entenderse que la propia vida de Jesús, que es la Cabeza, es el analogado primero de lo que será la vida de la Iglesia y la de los cristianos que son parte del Cuerpo.


Queda algo por decir, pero será la próxima vez, no ahora.






sábado, 26 de marzo de 2016

Tres días




El templo. El Templo.

La mención terrible del Templo ya es un asunto capital desde la expulsión de los mercaderes, en la primera Pascua que Jesús pasa en Jereusalén, al principio mismo de su vida pública. Y ya desde entonces querían matarlo.

Allí anuncia:
Destruyan este templo y en tres días lo levantaré.
Contesta así cuando le preguntan con qué autoridad expulsa del Templo a mercaderes y cambistas a latigazos.

Su autoridad es la autoridad del Tercer Día. De lo que sólo Él puede al cabo de Tres Días.

En los Evangelios, entre los testimonios falsos que se pagaron para condenarlo, hay quienes dicen que dijo algo bien distinto:
Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre...
Con iguales palabras se burlan de Él los que pasan cerca de la Cruz:
Tú que destruyes el Templo y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz...!

Pero Jesús dijo destruyan. No dijo destruiré.


Solamente el apóstol Juan anota en aquel pasaje:
Pero él hablaba del Templo de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.


El Templo. La figura de algo inmenso y hondo.

El Templo es Su Cuerpo.

La Iglesia es Su Cuerpo, místico.

Nosotros también somos Su Cuerpo, como atestigua san Pablo varias veces. Y allí, Él es la Cabeza del cuerpo.

Y algo del entero Cosmos creado y de la historia, que es el tiempo de lo creado, también es Templo. Herido. Flagelado. Destruido. Y por Él vuelto a levantar en Tres Días, misteriosos para nosotros los mortales.


Tres días, dice Jesús.

Y el cuerpo espera que, aquello que destruimos, Él lo reconstruirá en tres días.


Y esperamos el Tercer Día.

Y así conmemoramos y celebramos el pasado histórico y la altísima densidad sobrenatural de Su Resurrección y, a la vez, lo porvenir: aquel Tercer Día en Jerusalén y aquel Tercer Día en que resucitará a su Cuerpo, pero ahora en todas las formas en que su Cuerpo ha sido figurado por su propio designio.

Y entonces, todo lo que es Su Cuerpo será reintegrado, todo Su Cuerpo flagelado y herido, destruido, será un Templo ya entonces sí brillante, entero.


Y cuando eso sea ya no habrá más días. 




sábado, 14 de noviembre de 2015

Detrás del fuego: Tres hijos, el Hijo


¿Para qué hablar de lo que ya todos hablan y no dejarán de hablar?

Ejércitos, geopolítica, petróleo, mares, pólvora, arenas, riquezas, poder, historias, historia.

Y fuego. Y sangres. Y sangre.

¿Y para qué hablar una lengua insulsa, sinuosa, melíflua, hueca, que diga de todo sin decir nada?


*   *   *


Hay tres hijos.

Dos son de Abraham, al menos de su carne y su sangre.

Uno de Agar, la egipcia. Otro, de Sara, la esposa.

Ismael cree que es el hijo de Abraham y lo es. Y cree que es el Hijo, y no lo es.

Isaac cree que es el hijo de Abraham y lo es. Y cree que es el Hijo, y no lo es.

Y los hijos de los hijos de Ismael y de Isaac creen que son los hijos de Abraham. Y lo son.

Y creen que son el Hijo, el Único, y no lo son.


Pero hay Uno más.


Los tres son hijos.


Ismael de Agar, Isaac de Sara. Los dos de Abraham.


Y Jesús, hijo de María.

Hijo de Dios.

Hijo de Abraham en otro sentido, por la carne y la sangre, porque es hijo de Isaac y de David porque su madre es hija de David y de Isaac.



Y entonces está la Promesa a Abraham y a su único hijo. Y las profecías sobre su descendencia. Y la herencia de Abraham.

Promesa del Hijo, del Único. La Descendencia. El Heredero.


Resuelva usted ese asunto, si puede.


No hay un hijo, hay tres.

Y no hay tres hijos: hay Uno.


Resuelva usted ese asunto, si puede.


Y no puede el hombre resolver ese asunto, porque no es asunto del hombre.


La historia es asunto de Dios, al principio, durante y al final. Y antes de la historia. Y después.


Las cosas son para el hombre. No de él.

Las cosas son Suyas, no suyas.

La Promesa es para el hombre, no es suya.

Es Suya.

Y la historia es con el hombre. No suya.

Es Suya.


Y la historia Suya es la historia de principio a fin.

Su creación, Su redención y Su final.


Todo para el Hijo, por el Hijo. Con el Hijo.

Para Él la Herencia, porque es la Promesa, la Descendencia.

Porque no son tres: es Uno.

Y es Su Hijo, el Único.


Arregle usted si puede ese asunto.

Y no se puede.

Porque no es cosa de hombres, es cosa con hombres. Pero no del hombre.


*   *  *


Sigamos hablando de ejércitos, de geopolítica, de petróleo, de mares, de pólvora, de arenas, de riquezas, de poder, de historias, de historia.

Y de fuego. Y de sangres. Y de sangre. Y con sangre.


¿Para qué hablar con la voz de los doctores y de los sabios?  Basta.


*   *   *


Si no pueden siquiera decir el Asunto, ¿acaso piensan que podrán resolverlo?


Dijo Chesterton: "Cuando esto termine, sabremos por qué empezó".





viernes, 3 de abril de 2015

Llorar sin llorar




El llamado protoapocalipsis o sermón parusíaco en el que Jesús profetiza lo por venir en dos tiempos (la destrucción de Jerusalén y el fin de los tiempos) lo tienen san Mateo en el capítulo 24 (algo hay en el 10), san Marcos en el 13 y san Lucas en el 21. Ocurrió junto al anuncio de su Pasión y Muerte, el martes santo, dos días después de su entrada triunfal en Jerusalén.

Pero sucintamente la cuestión aparece de nuevo en el camino al Gólgota, cuando se detiene ante las mujeres que lloran y a las que les advierte que no es por Él por quien deben llorar sino por ellas mismas y sus hijos, y esto por los tiempos que vendrán, lo que también se entiende en dos tiempos. Este asunto está sólo en san Lucas (23, 26-32) y allí dice de Él mismo y de ellas (ellas que, bien mirado, somos nosotros también y son también los que estén al final de los tiempos): Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará? (Lc. 23, 31)

En la Catena Aurea, Teofilacto comenta la reprimenda y advertencia de Jesús a las mujeres y dice: El que ha de padecer para triunfar, no debe ser llorado, sino más bien aplaudido. Por esto les prohibe que lloren.

Y lo que les prohibe a ellas, nos lo prohibe a nosotros, digo yo. Porque tantas veces lloramos por Él como si Él hubiera perdido, con la excusa de que lloramos por nosotros si creemos que vamos perdiendo. Y a veces más y hasta peor: como si nosotros hubiéramos perdido porque Él perdió.

Esas ganas de ganar nosotros que parece que hay cuando se olvida que Él ganó y nosotros con Él...

¿Quién nos habrá enseñado tan mal el Catecismo como si fuera el reglamento del T.E.G., para que andemos llorisqueando y moqueando, olvidando y apartando con el dorso de la mano temblequeante no sólo Su victoria sino el sentido de la historia de la que Él es Señor, además?




Por su parte, el Crisóstomo comenta el pasaje de san Lucas (23, 33: Y cuando llegaron al lugar que se llama de la Calavera, le crucificaron allí; y a los ladrones, uno a la diestra y otro a la siniestra), y dice:
El Salvador había venido, no a destruir su propia muerte, la que no tenía, porque era la Vida, sino la de los hombres. Por esto no se reservó su cuerpo de la muerte, sino que permitió que le fuese impuesta por los hombres. Y si hubiese enfermado su cuerpo, y se hubiese disuelto en presencia de todos, no habría dejado de producir mal efecto, puesto que mientras había curado las enfermedades de los demás, tenía su cuerpo sometido a las mismas. Y si hubiese abandonado el cuerpo en alguna ocasión, sin enfermedad alguna, y después se hubiese vuelto a presentar, no se habría creído que hubiera resucitado: la muerte debe preceder a la resurrección. ¿Cómo habría podido hacer creer en su resurrección, si no hubiese probado antes que había muerto? Y si todo esto hubiera sucedido en secreto, ¿cuántas mentiras no habrían inventado los hombres incrédulos? ¿Cómo podría conocerse la victoria del Salvador en su muerte, si no la hubiese sufrido en presencia de todos, y hubiese probado que la había vencido por la incorruptibilidad de su carne? De este modo se dirá: hubiera sido conveniente que hubiese elegido otra muerte mejor, evitando así la ignominia de la cruz, pero aun cuando así lo hubiera hecho, habría dado lugar a la sospecha, haciendo ver que carecía del valor suficiente para arrostrar cualquier muerte. De este modo se presenta como luchador, venciendo a aquel que su enemigo le ofrece, apareciendo más fuerte que todos. Por ello aceptó, para salvación de todos, la muerte más ignominiosa que sus enemigos le ofrecieron, y que ellos mismos consideraban como dura e infame, para que destruida ésta, quedase destruido en absoluto el dominio de la muerte. Por esto no se le corta la cabeza como al Bautista, ni fue descuartizado como Isaías, porque debía conservar el cuerpo íntegro después de su muerte, no fuera que algunos tomasen ocasión de ello para dividir su Iglesia. Quiso llevar también sobre sí la maldición en que nosotros habíamos incurrido pecando, recibiendo una muerte maldita, como lo es la de cruz, según aquellas palabras: (Dt 21) "Maldito el hombre que pende de un madero". Muere en una cruz, y con los brazos abiertos, para atraer hacia sí, con una mano, al pueblo antiguo, y con la otra, al pueblo gentil, uniéndolos entre sí y consigo mismo. Muriendo en lo alto de una cruz, purifica la atmósfera de los demonios que la inundan, facilitándonos así la subida al cielo.


Y aquí ya no puedo ni debo decir más.







jueves, 13 de noviembre de 2014

Milagro difícil




Vladímir Yegórovich Makovsky, artista ruso, realista, pintó en 1887 este óleo al que llamó Milagro en Caná (o algo parecido: Чудо в Кане...), y fue más o menos en tiempos en que ya comenzaba a ser socialista activo. Murió en 1920, con lo que apenas derivó en la revolución bolchevique.

Estuve buscando una pintura sobre las Bodas de Caná porque se me ocurre que es un episodio tan fácil como difícil de mostrar plásticamente. Y, hasta donde veo, efectivamente así es. O por lo menos a un servidor no lo conforma del todo ninguna de las cosas que vio.

No que no haya cosas que ver y algunas interesantes; sin embargo, mientras buscaba, me quedé con este cuadro, provisoriamente, más que nada por el clima: por el fondo, esas gentes bajo ese alero, por esa figura secundaria pero fuerte de la Virgen, como en un confiado segundo plano.

Pero, en éste como en otros que miré, es notable más bien lo que falta que lo que hay. En lo que a mí respecta, basta con leer el pasaje en las Visiones y Revelaciones de Ana Catalina Emmerick para darse cuenta de que el pasaje del evangelio de san Juan (2, 1-11) que relata el asunto es todavía mucho más significativo de lo que uno podría creer (*).

Y quién sabe si de allí tal vez no le venga la dificultad a la hora de pasar al lienzo.

No imagino el modo como el relato de la vidente alemana pudiera hacerse cuadro. Debería tener tantos matices y detalles, debería ser tan dinámico que no creo que pudiera ser solamente un cuadro, salvo que fuera uno en movimiento.

Y después, como si ya no fuera demasiado con lo menos, está lo más: el retrato de Jesús que de ese texto surge.






Y no, mi estimado: no se crea que este comentario es nada más que una apostilla sobre plástica y óleos. Ni tampoco una curiosa búsqueda de curiosidades biblícas (que están o no en la Biblia...)


No.


Lea bien.




_______________

(*) Si me permite sugerir, son los capítulos del X al XII los que cuentan.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Se equivocó la paloma (II): animales bíblicos


Lo primero es lo primero. Dice Castellani que ésta es una parábola zoológica y en cierto sentido lo es, porque acumula bichos, sin duda.

Jesús, efectivamente, nombra en esa pequeña parábola o comparanza cuatro animales. De modo que hay que ir primero a los animales.

Allí hay ovejas, lobos, serpientes y palomas.

El texto griego de san Mateo dice:
Ἰδοὺ ἐγὼ ἀποστέλλω ὑμᾶς ὡς πρόβατα ἐν μέσῳ λύκων· γίνεσθε οὖν φρόνιμοι ὡς οἱ ὄφεις καὶ ἀκέραιοι ὡς αἱ περιστεραί. 
προσέχετε δὲ ἀπὸ τῶν ἀνθρώπων·
Y la Vulgata:
ecce ego mitto vos sicut oves in medio luporum estote ergo prudentes sicut serpentes et simplices sicut columbae,
cavete autem ab hominibus...

Los nombres de los cuatro animales que se mencionan allí son más bien généricos: πρόβατον (oveja), λύκος (lobo), ὄφις (serpiente) y περιστερά (paloma), de modo que parecería que por ese lado no se llega muy lejos.

Aunque...

Por lo pronto, para un pueblo de pastores y que nació de un pastor, como Abraham (era algo más que pastor, pero pastor era), las ovejas y los lobos no son extraños. Tampoco las serpientes y las palomas, unas porque abundan en el desierto y en tierras áridas; las otras porque está en todas partes. Es claro que el que oía entendía fácilmente: ni lobos ni serpientes son simpáticos, oveja y palomas sí lo son.

En las Escrituras hay diversidad de nombres distintos para algunos de estos animales, no entraremos en demasiado detalle sobre eso ahora, aunque las distinciones son de lo más interesantes e instructivas, no por zoología precisamente.

Como fuere, creo que hay que decir al respecto al menos tres cosas.

1. De las aves que se mencionan en las Escrituras, la más nombrada es, precisamente, la paloma, más de 50 veces dicen. Incluso en sus dos versiones, tanto la tórtola como la paloma a secas, aunque los judíos las asociaban, igual que nosotros. Serpientes hay en las Escrituras de unas 10 clases y otras tantas voces las designan, incluyendo algunas que parecen mitológicas, como las aladas o los basiliscos o dragones.

2. De los cuatro animales mencionados en la parábola, solamente el lobo no tiene ninguna relación con el nombre y la persona de Jesús.

a. La oveja, y en particular el Cordero, le es propio. No hay que olvidar que entre los judíos el cordero es el animal sacrificial por excelencia, cuyo holocausto es el sacrificio mayor.

b. La paloma está con Él desde el principio: sus padres ofrecieron por Él en el Templo dos pichones de  paloma. Así lo mandaba el Levítico (5, 7) para aquellos que siendo pobres no podían ofrecer un cordero por el primogénito. De las dos palomas, una se daba por el perdón de los pecados y otra para el holocausto. Y así lo hicieron. Por cierto que es el Espíritu Santo en forma de una paloma lo que aparece sobre Él en su bautismo. Una tradición medieval antiquísima, ponía a la paloma como casa de la Eucaristía.

c. No hay duda de que la serpiente (en cualquiera de sus versiones) está asociada directamente al Demonio y al Enemigo, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Pero, y por extraño que nos pudiere parecer (se le ha escapado a Castellani), hay al menos un pasaje claro en el que se asocia a Jesús con una serpiente. ¿Quién lo dice? Él mismo, según el evangelio de san Juan (3, 13-15):
Nadie ha subido al cielo,
sino el que descendió del cielo,
el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés
levantó en alto la serpiente en el desierto,
también es necesario
que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en él
tengan Vida eterna.
Se está refiriendo al pasaje narrado en el capítulo 21 del libro de los Números, sobre la serpiente de bronce de Moisés:
Los israelitas partieron del monte Hor por el camino del Mar Rojo, para bordear el territorio de Edom.
Pero en el camino, el pueblo perdió la paciencia
y comenzó a hablar contra Dios y contra Moisés: "¿Por qué nos hicieron salir de Egipto para hacernos morir en el desierto? ¡Aquí no hay pan ni agua, y ya estamos hartos de esta comida miserable!"
Entonces el Señor envió contra el pueblo unas serpientes abrasadoras, que mordieron a la gente, y así murieron muchos israelitas.
El pueblo acudió a Moisés y le dijo: "Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti. Intercede delante del Señor, para que aleje de nosotros esas serpientes". Moisés intercedió por el pueblo,
y el Señor le dijo: "Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado".
Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba curado.
La palabra que usa el texto hebreo para serpiente en este caso es sârâf que tiene, para nosotros, curiosas asociaciones con los Serafines.
(Del hebreo, serâfîm, "seres ardientes [elevados"; plural de sârâf [del verbo sâraf , "arder"], "serpiente", "serafín", "resplandeciente"). Seres celestiales que el profeta Isaías vio en visión delante del trono de Dios (Is. 6, 2-6). Cada uno tenía 6 alas: con un par se cubrían al rostro, con otro los pies, y usaban el tercer par para volar. Oyó que los serafines cantaban: "Santo, santo, santo, Yahavé de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria" (v. 3). Cuando confesó su pecado, uno de los serafines tomó un carbón ardiente del altar y con él tocó los labios del profeta para indicar de ese modo la purificación de su iniquidad (vs. 5-7). La Biblia no ofrece más información acerca de la identidad de estos seres. El adjetivo sârâf aparece como "ardientes" en Números 21, 6 ss., donde se describen las serpientes que invadieron el campamento de los israelitas en el desierto. En el v. 8 la "serpiente" que hizo Moisés se llama sârâf, la misma palabra que en Isaías. 14, 29 y 30, 6 se traduce por "serpiente voladora" o "que vuela". Puesto que la raíz verbal hebrea srf se refiere a algo que arde (Ex. 32, 20; Lv. 13, 55; 1 R. 13, 2), parecería que cuando la palabra se aplica a una serpiente no se refiere a su forma sino a su ardiente mordedura o a la inflamación que produce, o quizás a su brillantez. Por eso, cuando se la usa para calificar a los seres celestiales que se encuentran delante del trono de Dios, tal vez denote el resplandor que irradian. En Isaías. 6 la palabra "serafín" puede estar asociada al hecho de que fue un sârâf el instrumento para administrar la purificación simbólica por medio del fuego (vs. 6, 7). Las palabras y las actividades de los serafines del capítulo 6 ponen en evidencia que se trata de seres inteligentes que honran a Dios y le sirven.
En este punto, como complemento, conviene mirar con atención la suerte que corrió esa famosa serpiente de bronce de Moisés entre los judíos, es decir, simbólicamente, entre los hombres. Y conviene ver, por ejemplo, qué hizo con ella el rey Ezequías (y de paso, qué hizo su hijo Manasés...), todo lo cual está dicho en los capítulos 18 y 21 del segundo libro de los Reyes.

 3. Me parece que habrá quienes se pongan incómodos con la cuestión de las ovejas y las palomas. Podrá parecer pusilánime esa versión del cristianismo. Y habrá quienes preferirían que en vez de tanta oveja hubiera halcones y palomas. Y estar del lado de los halcones. Pero el caso es que halcones no hay allí en la parábola. Y la serpiente que hay tampoco sería de mucho consuelo para un falconófilo.



Pero, alto aquí.

Ya veremos que se ve cuando vea mejor, porque esta pesquisa cansa los ojos, no crea.

Y aunque es tan sabrosa como interesante, creo que se necesita más aliento del que un servidor tiene. Además, hay que ver y pensar.



Me voy a dar una vuelta por allí y volveré al asunto más tarde.




martes, 16 de septiembre de 2014

Se equivocó la paloma (*)


Este Padre (lo dicen en Roma)
Es piadoso a la par que prudente
Es prudente como una paloma
Y es piadoso como una serpiente.


Estos versos (de los que hay otras versiones en otras partes y cuya inspiración viene del texto del evangelio) son más o menos conocidos y están en Las Parábolas de Cristo, de Leonardo Castellani.

Aparecen en medio del comentario a un pasaje del evangelio de san Mateo (X, 16) que dice: "He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos. Sed pues prudentes como serpientes y simples como palomas. Y tened cuidado con los hombres".

En la edición vieja (Itinerarium, 1960), la Parábola de la paloma y la sierpe (44-45) está en las páginas 183-188. En la edición de Jauja (1994), en las páginas 174-178. Y en esta edición digital, entre las páginas 115 y 118.




Por lo pronto, y antes de hacer alguna consideración sobre el asunto, creo que conviene leer o releer estas páginas.

Y más diré: creo que es realmente útil y conveniente la lectura atenta del comentario tanto para palomas como para serpientes.

Y aun para palomas reptantes tanto como para serpientes palominas.

En cualquier caso, lo que sí le pido, cumpa, es que no se me apure con las conclusiones demasiado oportunas o partisanas. No haga como quienes leen no primero sino solamente lo que les interesa o lo que les viene bien para su pequeña fiesta privada o lo que les duele más.


Entonces, primero miramos. Y, a la vuelta (de un servidor), vemos.


__________________________

(*) Es así, nomás. Mientras estamos en este valle, las cosas están un poco enredadas y se cruzan unas con otras. Hablaba de palomas hace unos días por muy distintas razones (¿sí? no sé, no sé...) y me vinieron a buscar estos versos; y así como llegaron los versos, llegó el comentario de Castellani a esta parábola que digo; y con el comentario, esta entrada y lo que venga. Queda usted notificado, compadre.





jueves, 13 de febrero de 2014

Dolor de Job y felicidad de Dios

Uno de los libros que mayores consuelos trae a los ignorantes y mayores problemas trae a los sabios es, creo que sin dudas, el Libro de Job. Y probablemente esto sea así, entre otras muchas desinteligencias, por razones rengas: la petulancia del ignorante que cree entender el sufrimiento de Job, porque él también sufre, o la tontera de los sabios que creen que aquí se trata de ganar fama fácil desentrañando los asuntos de Job (y sus amigos) y escudriñando los avatares y vericuetos del dolor humano, que no alcanzan a explicar, más que con voluntarismos o pseudomisticismos.

Sobre el Libro de Job hay un capítulo sabroso en San Agustín y nosotros, del P. L. Castellani (es el capítulo IX) y un prólogo conocido de G. K. Chesterton a este libro del Antiguo Testamento que se publicó en 1907 y después en una recopilación de prólogos, en 1916 (G. K. C. as M. C.), que en la Argentina apareció en 1950, en una edición de Emecé.

Castellani trata esto en El dolor: la naturaleza del mal, que es el capítulo que digo, y también en parte en la Parábola del Fuerte Armado, que está en Las parábolas de Cristo. Pertinentemente, también Dostoievsky y la Leyenda del Gran Inquisidor están entreverados en sus páginas a propósito de estas cuestiones

Chesterton y Castellani parecen coincidir en un punto principal de este asunto. Porque entiendo que ambos postulan que el Libro de Job, en su unicidad y peculiaridad única, es la expresión de lo que Dios tiene para decir acerca del mal y en consecuencia del dolor. Y si eso dicen como creo, tienen razón. Habitualmente oigo decir que es Job el emblema de este libro y en realidad es Dios.

La idea central de una gran parte del Antiguo Testamento puede ser llamada la de la soledad de Dios. Dios no es solamente el personaje principal del Antiguo Testamento, sino que es el único.

Esto, dicho allí por Chesterton acerca del Antiguo Testamento, creo que se aplica de modo especialísimo al Libro de Job, al que nos hemos acostumbrado a ver al modo humano, en sus personajes y peripecias humanas, como si fuera sin más una especie de biografía de un personaje desgraciado y un recuento de las calamidades que extraña y como arteramente se abaten sobre él. Igual respecto de los demás humanos que hacen pendant con su figura doliente y que en un sentido u otro son parte de sus penurias o el eco desdichado que aumenta y acendra sus desdichas.

Como si el Libro de Job fuera la historia de Job y de sus amigos, puesta allí para que podamos identificarnos con el inocente héroe sufriente y aborrecer a los amigos pavos e impertinentes y así quedarnos tranquilos porque el misterio del mal y del dolor ha sido develado. Y eso es todo.

Y no lo es. Hay allí una historia de Job y de sus amigos, eso sí. Pero ése no es el asunto del libro.

De qué se trata el Libro de Job aparece algo más claro tal vez cuando finalmente Dios interviene.
Dios humilla y consuela a la vez a Job desplegando ante él la pompa infinita del Universo; y después el otro Coso que es otro Universo, no "enorme como el mundo", que dice Baudelaire, sino más grande que el mundo, el Príncipe de este mundo. Dios hace ver a Job que al lado del Universo y en frente de Satán, Job es un grano de arena, un gusano, una nada, ¿qué será al lado de Dios? Pero que Dios creó esos dos mundos y lo creó a él y lo puede crear de nuevo si quiere: de modo que el mal y Satanás, que para Job son invencibles, para Dios son una canción, un silbido, un juego.
Yo sé que mi Redentor vive,
y me resucitará el último día
del polvo de la tierra,
y me revestirá de mi piel
rodándola por todo alrededor,
y en mi carne veré a Dios.
Yo mismo lo he de ver y no otro,
mis ojos mismos y no los de otro.
Y esta esperanza, está en mi vientre, en mi útero,
en el fondo de mí mismo...
Esto lo había dicho Job antes de hablar Dios, pero lo había dicho como una "esperanza" -como una preñez, dice el texto hebreo- casi como una conjetura -porque la resurrección es un milagro absoluto, y el hombre no lo puede saber con saber humano, no lo puede concebir siquiera, y por eso dijo antes el profeta leproso:
¿Quién me dará que esto sea escrito,
que mis palabras sean aradas
en un pergamino,
en una plancha de plomo,
con un escalpelo
o con un cincel de hierro,
en un granito,
para que no se vayan y pierdan?
Y entonces se levanta Dios y se lo escribe en el plomo, en el granito, en las montañas, en las nubes y en las estrellas. Eso que te parece tan difícil, para mí es un juego. ¡Yo hice todo esto con una palabra! ¿Crees que voy a aniquilar a aquél a quien amo? Yo no hice la muerte, ni odio a nada de lo que hice. El mismo Satán es una bestia -son dos bestias, Behemoth significa bestia en hebreo y está en plural- son unas bestias con las cuales yo juego. Yo las puedo pescar. "Yo le prenderé un anzuelo en las narices - y en la garganta le pasaré un ancla" -dice Dios a Job.

¿Qué ancla? El ancla es la cruz: aquello con lo cual Satán creyó triunfar -se le volvió anzuelo. "Ego mors ero tua, Inferne" - Yo seré tu muerte, oh Infierno. Y la carnada que pondré en el anzuelo será nada menos que la carne de mi propio Hijo, el Inocente. Satán ya está agarrado en el anzuelo como un salmón: un poco de tiempo más, y ya no podrá moverse será encadenado para siempre.

Esto dice Castellani en ese capítulo de San Agustín y nosotros. Y lo titula bien: El dolor: la naturaleza del mal. Porque de eso trata el Libro de Job y la explicación acerca de la naturaleza del mal y su secuela el dolor la da Dios mismo, que es en realidad el protagonista de ese libro, por más que aparezca al final. Para hacer esto, y explicarle el mal a Job y el dolor consecuente, Dios decide explicarle el bien y la felicidad, y la felicidad del Creador, en primer lugar, por haber creado. Y la felicidad -y la finalidad- del rescate de lo que ha creado y no quiere perder, para el cual rescate ha ofrecido a su propio Hijo.

Dios hará que el hombre vea las cosas aunque sea sobre el fondo oscuro de lo inexistente. Hará que Job vea un universo sorprendente, aun cuando solamente lo consiga haciéndole ver un universo incomprensible. Con el objeto de asombrar al hombre, Dios se hace momentáneamente blasfemo; hasta se diría que es ateo durante un instante.

(...)

Job hace una interrogación y Dios le responde con una exclamación. En vez de mostrarle que el mundo tiene explicación, le repite que es mucho más extraño de todo lo que él pudo pensar...

Dice esto Chesterton en su Prólogo y ha dicho allí mismo un poco antes:
Este es el primer hecho que se refiere a la hermosa inspiración por medio de la cual Dios se hace presente al fin, no para resolver problemas, sino para plantearlos. El otro hecho importante es, como el precedente, el que hace que todo el Libro de Job sea religioso y no simplemente filosófico; otra gran sorpresa es que Job se siente súbitamente satisfecho con que se le presente algo que para él es impenetrable. Los expresados enigmas de Jehová parecen oscuros y más desolados que los enigmas de Job; y sin embargo, Job estaba desconsolado antes de que hablara Jehová, y se siente consolado después de oírlo...
*   *   *

Es probable que a los cristianos, especialmente a los cristianos, nos pase algo parecido y necesitemos leer el Libro de Job más atentamente hasta que veamos de qué se trata, de Quién se trata y para qué fue proclamado. Y es muy probable que, mientras el Libro de Job signifique para nosotros cierto regodeo en el retrato naturalista de los chancros de Job y en la enumeración complacida de las estolideces de sus consoladores amigos, jamás lo hayamos leído verdaderamente.

Y es casi seguro que el Libro de Job ha sido escrito para todo tiempo, pero más seguro es que sea imprescindible para los tiempos en que el hombre no pueda recordar, no solamente qué dice Dios acerca del mal, el dolor y la nada, sino qué dice Dios acerca de un asunto que le interesa mucho más: la creación, el Bien y la Gloria. 




miércoles, 29 de enero de 2014

La puerta



Hay que pasar la puerta. Siempre.

Mientras estamos en el tiempo, siempre hay una puerta. En todas las cosas. Y hay un lado y otro de la puerta. Uno es el pasado, por ejemplo. Antes. Y otro es el después, el futuro. Irremediable. O ni siquiera, porque eso no es un mal que precise remedio.

Y es tan del tiempo como del espacio, de modo que los adverbios se confunden allí y antes o después son tanto de uno como del otro.



*   *   *


Dicen que en el calendario que se le atribuye a Rómulo, nada menos, los romanos tenían 298 días distribuidos en 10 meses que iban de marzo a diciembre (Martius, Aprilis, Maius, Iunius, Quintilis, Sextilis, Septembris, Octobris, Novembris, Decembris) y por eso diciembre y otros meses se llaman así en nuestros calendarios, pues del quinto mes al décimo no tenían otro nombre que el número de orden.

Dicen también que fue el sucesor inmediato de Rómulo, Numa Pompilio, el segundo rey de Roma, quien dividió el año en 12 meses lunares y agregó 2 meses después del décimo y que al primero de esos dos lo llamó Januarius, en homenaje al dios Jano, Ianus, del que era devoto. Varios siglos después, en 153 a.C., los romanos instituyeron el primer día de Januarius como el día del comienzo del año. Por unos cien años hubo confusión entre los que preferían Martius a Januarius. Pero, al fin, el principio quedó al principio, es decir, en la puerta, en Januarius.

Por extraño que pueda parecer, durante siglos se discutió cuál era -cuál debía ser- la puerta. No sólo después de que los romanos la establecieron en el calendario Juliano. También después de que la estableciera el papa Gregorio en el siglo XVI. Y hasta no hace mucho.

La puerta quedó en Januarius. Porque en el tiempo, una puerta tiene que haber. Y no está mal que la puerta sea la de un mes que lleva, muy probablemente, nombre de puerta. Ianus, la divinidad bifronte, y ianua, la puerta, bien parece que sean parientes de sangre, al fin de cuentas.


*   *   *


Digan lo que quieran, enero es el mes de la puerta para nosotros. Era el mes de los lobos que aparecían en invierno para los anglosajones y el mes del invierno para los francos de Carlomagno y así lo llamaban en sus respectivas lenguas.

Para los hijos de Il Mare y de Roma, enero es el mes de la puerta.

Pero, digo yo, y visto desde el norte que le puso nombre a estas cosas, ¿no está bien que el tiempo empiece con el nacimiento del sol, con el solsticio en el que el sol resurge hacia su plenitud? Porque eso es Januarius también, por lunar que sea el calendario de los imperiales del Mare Nostrum.


*   *   *


Y esperamos -espero- que así sea. Pasará enero. Y habremos pasado la puerta. Y atrás -en enero, incluso- quedará el pasado y vendrá el futuro del otro lado.

Cada día que pasemos en este valle, pasaremos la puerta. Alguna puerta. Eso lo creían los mismos romanos, y bastante razón tenían. Para ellos las puertas y los pasajes eran de suma importancia. Así le atribuían al propio dios bifronte -al Ianus de la ianua- el cuidado de las primeras horas de cada día, y el pasaje de los arcos y los dinteles. Y las puertas. Y todos los pasajes de una cosa inevitablemente antes a otra inevitablemente después.

Como del día a la noche y de la noche al día. Porque Ianus, y toda una serie de divinidades asociadas (Juno, Diana), tenían relación con el principio y el fin de las cosas. Ianus, por lo pronto, vigilaba el amanecer y los atardeceres.



*   *   *


No somos tan distintos a los ancestros. No tanto. El tiempo necesita ser recordado. Mientras estamos aquí y en él. Al menos eso. Sentimos como ellos la sucesión y lo que queda a un lado y al otro de los umbrales. Sentimos como ellos la sensación del tiempo.

Pero lo que ellos podían pensar del asunto, lo que sabían de todo eso (ellos y todos los antiguos), no vislumbraba siquiera la Puerta. La Puerta.

Las cosas les hablaban, por cierto que sí. Y las figuras y símbolos y typos de los que estaban rodeados, algo les decían de pasajes, de principios y fines. Hasta llamaban a sus divinidades de los comienzos y del fin Ianua Coeli. Y estaban el nacimiento y la muerte (del día, del año, del hombre) comprendidos en ese cielo que se abría y se cerraba como una puerta. Como cuando amanece, como cuando llega la noche.

Sí.

Pero de La Puerta no sabían casi nada, y casi sin casi.


*   *   * 


Enero se va. Se nos va.

Entramos al año, dejamos el año. El que viene, el que fue. Una sucesión que es tan alentadora como densa en su repetición.

Si eso fuera todo, claro. Si esa puerta, si esas puertas sucesivas lo fueran todo. 

Pero no es eso todo. No todo termina en una nueva puerta tras la cual hay otra puerta. 

No todo es enero. 

No todo es Januarius.

Porque está La Puerta.


*   *   *


En un sermón (el número 53) dedicado al V domingo de Pascua, comentando versículos del salmo 117, dice san Máximo de Turín, hablando de una Puerta detrás de la cual está la Patria sin mudanza, hablando de un Día que no tiene a la noche detrás, que no tiene ocaso:
"Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo" (Salmo 117, 24). No es por casualidad, hermanos míos, que hoy leemos este salmo en el que el profeta nos invita a la alegría y al gozo, en el que el santo David invita a toda la creación a celebrar este día.

La resurrección de Cristo destruye el poder del abismo, los recién bautizados renuevan la tierra, el Espíritu Santo abre las puertas del cielo. Porque el abismo, al ver sus puertas destruidas, devuelve los muertos, la tierra, renovada, germina resucitados y el cielo, abierto, acoge a los que ascienden.

El ladrón es admitido en el paraíso, los cuerpos de los santos entran en la ciudad santa y los muertos vuelven a tener su morada entre los vivos. Así, como si la resurrección de Cristo fuera germinando en el mundo, todos los elementos de la creación se ven arrebatados a lo alto.

El abismo devuelve sus cautivos al paraíso, la tierra envía al cielo a los que estaban sepultados en su seno, y el cielo presenta al Señor a los que han subido desde la tierra: así, con un solo y único acto, la pasión del Salvador nos extrae del abismo, nos eleva por encima de lo terreno y nos coloca en lo más alto de los cielos.

La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo en este día en que actuó el Señor.

La luz de Cristo es día sin noche, día sin ocaso. Escucha al Apóstol que nos dice lo que sea este día: La noche está avanzada, el día se echa encima. La noche está avanzando, dice, porque no volverá más. Entiéndelo bien: una vez que ha amanecido la luz de Cristo, huyen las tinieblas del diablo y desaparece la negrura del pecado, porque el resplandor de Cristo destruye la tenebrosidad de las culpas pasadas.

Pero diréis..., el cielo y el infierno no han sido creados para el día de este mundo; a estos elementos ¿se les puede pedir celebrar un día que se les escapa totalmente? ¡Es que este día que ha hecho el Señor todo lo penetra, todo lo contiene, abraza conjuntamente el cielo, la tierra y el infierno! La luz que es Cristo no ha podido ser frenada por los muros, ni rota por los elementos, ni ensombrecida por las tinieblas. La luz de Cristo es verdaderamente un día sin noche, un día sin fin. Resplandece por todas partes, brilla por todas partes, permanece en todas partes.

Porque Cristo es aquel Día a quien el Día, su Padre, comunica el íntimo ser de la divinidad. Él es aquel Día, que dice por boca de Salomón: Yo hice nacer en el cielo una luz inextinguible.

Así como no hay noche que siga al día celeste, del mismo modo las tinieblas no pueden seguir la santidad de Cristo. El día celeste resplandece, brilla, fulgura sin cesar y no hay oscuridad que pueda con él. La luz de Cristo luce, ilumina, destella continuamente y las tinieblas del pecado no pueden recibirla: por ello dice el evangelista Juan: La luz brilló en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.

Por ello, hermanos, hemos de alegrarnos en este día santo. Que nadie se sustraiga del gozo común a causa de la conciencia de sus pecados, que nadie deje de participar en la oración del pueblo de Dios, a causa del peso de sus faltas. Que nadie, por pecador que se sienta, deje de esperar el perdón en un día tan santo. Porque si el ladrón obtuvo el paraíso, ¿cómo no va a obtener el perdón el cristiano?




domingo, 5 de enero de 2014

Daniélou: Josué vs. Moisés y las dos parusías

El Libro V de la obra de Jean Daniélou que estoy comentado brevemente (no diré mucho más, por ahora...), está dedicado por entero a Josué, así como los libros anteriores fueron para Adán, Noé, Isaac y Moisés.

La particularidad de este quinto libro está precisamente en que la figura de Josué, en clave tipológica, es central en el Antiguo Testamento. Tan central como ignorada por los judíos y por los primeros cristianos y, en este caso, curiosamente ignorada al principio, siendo que el nombre de Jesús y el de Josué, son tan próximos, si acaso no son el mismo.

Los episodios que narra el Libro de Josué en las Sagradas Escrituras son capitales: Josué conduce a Israel a la Tierra Prometida, reparte la heredad entre las doce tribus y les da nuevas leyes. Todos ellos y muchos otros son de un significativo valor tipológico.

Al comienzo de su apartado sobre Josué, Daniélou explica algunas de estas cosas.
Por los diversos temas hasta aquí estudiados hemos podido comprobar que la tipología cristiana era simple prolongación de la del Antiguo Testamento y del judaismo. Aun en casos como el de Isaac, en que el Antiguo Testamento no nos permite hablar de tipología propiamente dicha, el personaje en cuestión ocupa en él lugar muy distinguido. Cosa muy distinta sucede con Josué. La verdad es que dicho caudillo ocupará en el cristianismo un puesto muy destacado, mientras que en el judaismo apenas se lo tiene en cuenta. Las alusiones que al sucesor de Moisés hacen los escritos judíos, canónicos o no canónicos, son raras e intrascendentes. La más notable es la del Eclesiástico en la gran haggada (XLV, 1). Los apocalipsis no lo nombran sino accidentalmente (IV Esdr. VII, 107). En la obra de Filón no desempeña ningún papel. Y es natural. Goodenough hace una observación que nos da la clave de este desconcertante silencio. "El itinerario descrito por Filón, no llega jamás a la Tierra Prometida. Haber entrado en Palestina le hubiera sin duda alguna obligado a explicar por qué Moisés no pudo conducir a su pueblo hasta su término final, y por qué entonces Josué tenía que aparecer más ilustre que el gran Legislador. Y eso es lo que no se podía decir" (1).

La razón por la cual Josué no ha sido apreciado en todo su valor por la tipología judaica, es precisamente la que nos va a explicar el extraordinario desarrollo alcanzado en la tipología cristiana. Es que Josué aparece contrapuesto a Moisés. Este no introdujo a su pueblo en la Tierra Prometida; semejante empresa estaba reservada a Josué. Hay en esto como una despreciación de Moisés, que el judaismo mosaico y legalista no tenía ningún interés en destacar. El pensamiento cristiano no había hecho suyo el tema en los comienzos del Nuevo Testamento; tomó cuerpo, cuando sobrevino el conflicto con el judaismo. La tipología de Josué, consiguientemente, parece estar ligada con el estallido de dicho conflicto; y esto explica que haya aparecido en época relativamente tardía. Aquí está el elemento esencial de la tipología de Josué, su contraposición a Moisés. Josué aparece como un "doble" de Moisés; y así se contrapondrán la Ley de Josué, el Deuteronomio, a la primera, a la de Moisés; la circuncisión de Josué, la segunda, a la primera de Moisés. Josué aparecerá en el Antiguo Testamento como figura de la caducidad de la Ley de Moisés, que había de ser sustituida por otra, pronta a sucederle. Este es el pensamiento que moverá las plumas desde un comienzo, y que Orígenes llevará a su perfecto desarrollo (2). Se nos muestra aquí una tipología, que va a ir desenvolviéndose, no en el sentido de la haggada judaica, sino en oposición a ella. Damos con una forma especial de tipología, sobre la cual el cristianismo primitivo ha insistido mucho en su controversia con el judaismo, la tipología, en que el Antiguo Testamento nos presenta una sustitución, como cuando Jacob sustituye a Esaú, Isaac a Ismael, etc. La sustitución de Moisés por Josué es de la misma especie.

No siendo la tipología cristiana primitiva sino una como prolongación de la del Antiguo Testamento, se explica que en un primer principio apenas se haya reparado en Josué. De hecho en el Nuevo Testamento apenas se alude a él. El único episodio de la historia de Josué, que en él tiene cabida (y eso por la extraordinaria importancia que los judíos le asignaban) es el de Rahab. No obstante lo dicho, encontramos la tipología de Josué en un pasaje de la Epístola a los Hebreos. Comenta el autor el Salmo XCV, que se refiere al Exodo y a la entrada en la Tierra Prometida. Pues bien, el Salmo dice: "Les juré en mi ira que no entrarían en mi reposo" (Ps., XCV, 11). Lo cual comenta así: "Si Josué los hubiera introducido en su descanso, no hablaría David de otro día, después de lo dicho. Por tanto queda otro descanso para el pueblo de Dios" (Heb., IV, 8-9). Forzoso nos será volver luego sobre este pasaje con ocasión de la tipología del Sabat (o sábado judío), porque en esos versículos encontramos la Tierra Prometida y el descanso del sábado, asociados en forma harto curiosa. Pero lo muy digna de atención es la antítesis establecida entre Josué, que no introdujo al pueblo en su verdadero descanso, y Aquel que debía introducirlo.

Esta tipología aparece más clara todavía en lo que sigue del texto: "Teniendo, pues, un gran Pontífice que penetró en los cielos, Jesús el Hijo de Dios, mantengámonos adheridos a la confesión de nuestra fe" (IV, 14). Consta, pues, con toda claridad que media aquí oposición entre Josué "que no entró en el reposo" y Jesús "que penetró en los cielos". Y ello aparece más de bulto en el texto griego, que en los dos casos escribe Iesús (IV, 8 y 14). Lo que aquí resalta es el gran pensamiento que inspira toda la tipología de la Epístola a los Hebreos: que los grandes hechos del Antiguo Testamento no han podido acarrear la realidad de las promesas; eran simples figuras. Esto sucede con el Sumo Sacerdote, y sucede igualmente con Josué. Además que estos dos temas, Josué-Sumo Sacerdote, parecen estar aquí fusionados, pues se habla del gran Sacerdote, lo cual se debe tal vez a que el autor ha fusionado intencionadamente al Josué, sucesor de Moisés, con el Josué Sumo Sacerdote, de que nos habla Zacarías (III, 1).

El Nuevo Testamento se limita a hacernos una simple indicación de la tipología de Josué: Josué es figura de Cristo, en cuanto El es quien verdaderamente nos introduce en la verdadera Tierra Prometida. Podríamos con todo, preguntarnos si no tendríamos otra indicación en el nombre mismo de Jesús. . . Es más que seguro que el parecido del nombre llevó a los Santos Padres a reconocer en Josué una figura de Jesús. Pero, ¿esta indicación tiene fundamento en el sentido literal? Dicho en términos más claros. ¿El nombre Jeshuah, impuesto a Cristo por el Angel, alude al sucesor de Moisés? La cosa no está muy clara. Es cosa averiguada no hallarse dicho nombre entre aquellos con que la tradición judaica nombraba al Mesías (3). Es más que seguro que se le aplicó a Jesús por su etimología: "Dios salva". Lo cual en manera alguna excluye que encierre una alusión al Josué de la historia. Si así fuera, ello daría a la tipología de los Padres un nuevo y más sólido fundamento.


(1) By Light Light, p. 221.
(2) Hom. Jos., II, 1.
(3) Strack Billerbeck, I, 63-67.

Hay que leer todo el Libro V -lo digo otra vez: hay que leer todo el Libro V... y el resto de la obra, por cierto- para ver, entre otras muchas cosas, la dimensión del personaje y su relación tanto con Jesús en su Primera Venida, como con Él mismo en la Segunda, que llamamos Parusía. Y con Moisés y con lo que Moisés significa, también. Daniélou, andando esos caminos, sigue particularmente a san Justino y, por supuesto, a Orígenes.

Por lo pronto, me llama la atención que un asunto tan nítido -una vez que es expuesto, pero también en sí mismo- tenga tan poca relevancia y la haya tenido menos entre los cristianos primitivos, salvo cuando hubieron de enfrentarse a los judíos y se hizo necesario rastrear y acopiar argumentos en las Escrituras.

Notable es el carácter tipológico de Josué. Y tipológico quiere decir aquí también substitutivo. De una parte, Josué substituye a Moisés y también como legislador, lo que ya es impresionante, volviéndose así una figura del propio Jesús que supera la Ley. Por otra parte, aun con la enormidad de haber substituido a Moisés, el propio Josué es una figura incompleta en sí misma ante el antitypo definitivo: Jesús. Porque en el mismo acto de alcanzar la Tierra Prometida, por ejemplo, se muestra que el sosiego eterno y raigal, del que la Tierra Prometida es figura, solamente es de Aquel que puede obrar la posesión de la Patria, que no es Patria de este mundo.

Parece así que ciertamente tenían sus razones los judíos para no menear demasiado la figura de Josué, con toda la haggadá y hajalá a cuestas y por más midrashim que quieran.

Pero es más curioso tal vez -o no tanto, no tanto...- que los cristianos no tengamos demasiada noticia de este capitán y de lo que Dios ha querido que signifique, hablándonos en su lenguaje siempre tipológico para decirnos lo que Él es, lo que piensa, lo que quiere, lo que hace y por qué.

Es posible que, especialmente en cuestiones parusíacas, entre los cristianos (entre algunos, al menos) ocurra algo parecido a lo que le pasa a los judíos con Josué y no sería nada raro que fuera por razones parecidas.

De hecho, sin ir más lejos, ocurrió esto mismo no una vez sino varias entre los propios discípulos de Jesús, posiblemente más carnales que espirituales (sin saberlo o sin admitirlo...) o, directamente dicho, más judíos que cristianos... todavía.

(Pero no se lo digan así sin más a los cristianos -a algunos, al menos-, porque se van a poner la mar de furiosos...)




viernes, 3 de enero de 2014

Daniélou: Jericó y el fin del mundo

Si en el tema del paso del Mar Rojo nos dio Orígenes una tipología sacramental, el derrumbe de Jericó le va a brindar magnífica ocasión de elaborar una interpretación escatológica. El tema ya la tradición anterior lo insinuaba; pero quien la desenvolvió en toda su amplitud fue Orígenes. Jericó es el mundo. Orígenes lo explica así en su Homilía VI. "Jericó ha sido sitiada, tiene que caer. Con frecuencia aparece Jericó en las Escrituras tomado en sentido figurado. Así es; lo que el Evangelio dice del hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de ladrones es, qué duda cabe, figura de Adán, que, desterrado del paraíso, anda errando por el mundo. Lo mismo que los ciegos de Jericó, a los cuales se dirigió Cristo para devolverles la vista, que figuraban a los que en este mundo son ciegos por la ignorancia, para los cuales el Hijo de Dios ha venido a este mundo. Así, pues, este Jericó, vale decir el mundo, tiene que caer. Esa es la verdad que los Libros Sagrados con frecuencia nos recuerdan, el fin del mundo" (VI, 4; 855D-856A). De nuevo se hace eco Orígenes de la tradición. La interpretación que nos da de la parábola del Samaritano, él mismo en otro lugar nos dice que la recogió de labios de los presbíteros. "Uno de los ancianos, queriendo interpretar las parábolas, decía que el hombre que bajaba era Adán; Jerusalén, el paraíso; Jericó, el mundo; los ladrones, las potencias enemigas; el sacerdote, la Ley; el levita, los Profetas; el Samaritano, Cristo; las heridas, la desobediencia; la bestia de carga, el Cuerpo de Cristo; el mesón que hospeda a cuantos en él quieren entrar, la Iglesia; la promesa de volver el Samaritano, la segunda venida de Cristo" (Ho. Luc., XXXIV). De esta antigüedad es buena prueba hallar dicha interpretación en san Ireneo (Adv. Haer., III, 17, 3). No podemos menos de preguntarnos ¿esta interpretación no se remontará a la generación de los Apóstoles, o tal vez no será simple eco de la enseñanza de Cristo? Porque es bueno no olvidar que el Evangelio nos da de la parábola de la cizaña una interpretación muy parecida a ésta, y que, como ya lo notó Orígenes, la "interpretación que Jesucristo dio de la mayor parte de las parábolas no nos las han transmitido los evangelistas" (Comm. Mth., XIV, 12). Desde luego estamos en presencia de una interpretación sumamente antigua (1).

El libro de Josué nos narra por menudo la ruina de Jericó, es decir la consumación del mundo. Orígenes nos la va a interpretar en una página singularmente preciosa, porque nos ofrece la perspectiva tipológica desde una triple dimensión, cristológica, mística y escatológica, de modo que los puntos esenciales del sentido figurativo los vamos a contemplar agrupados y jerarquizados. Y esto es tanto más de apreciar, cuanto que en la ocasión vamos a hallar el camino desembarazado de lo que en Orígenes con frecuencia cierra el paso al sentido espiritual con alegorías filonianas, y al sentido escatológico con anagogías gnósticas. Aquí, como en tantas ocasiones, Orígenes recogerá simplemente el eco de tres formas tradicionales y legítimas de tipología, ahora agrupados en sucesión normal, como tres momentos sucesivos del desenvolvimiento de la tipología de Cristo en su realidad histórica, en su Cuerpo místico y en su Parusía final. Es ni más ni menos que el triple adviento, de que nos habla san Agustín : el de la carne, el de las almas, el de la gloria. Esta es la verdadera estructura, la idea exacta de los sentidos de la Escritura, la norma con la cual hemos de comparar todos los demás elementos para probar su valor. También es indispensable no echar en olvido que el Antiguo Testamento no sólo prefigura el Nuevo en su conjunto, sino que a su vez, la venida de Cristo en carne y en su Iglesia prefigura la Parusía final. Es esta una idea muy cara a Orígenes (De Princ., IV, 3, 13; Comm. Cant., III, P. G., XIII, 152-154), y cuyo tema central es el texto de Jeremías: "El Ungido de Yavé era nuestro aliento; a su sombra viviremos entre las naciones" (Jer. Lam., IV, 20).

Pero vengamos ya al texto mismo: "Jericó se desploma al sonido de las trompetas sacerdotales. Es bien sabido, lo hemos dicho más arriba, que Jericó es figura del mundo presente, cuyas fortalezas y murallas vemos por el suelo, a causa de las trompetas de los sacerdotes. La fuerza y las defensas sobre las que, como sobre murallas, se asentaba este mundo era el culto de los ídolos, organizado por los demonios, aprovechándose del arte mentiroso de los oráculos, servido por augures y magos, que a modo de fuertes murallas, rodean el mundo. Pero venido que fue nuestro Señor Jesucristo, cuya Parusía desde muy antiguo anunciaba el hijo de Nun, envió apóstoles y sacerdotes, portadores de la majestuosa predicación y celestial doctrina, a modo de trompetas.No poco sorprendido he quedado al ver cómo la historia cuenta que no sólo tocaron las trompetas los sacerdotes, sino que también todo el pueblo, al oírlos, lanzó grandes gritos, o según otros manuscritos, exultó con extraordinaria alegría. En esta alegría veo yo una admirable condición de concordia y unanimidad; y ya sabemos que si esta condición existe entre dos o más cristianos, el Padre celestial les concede cuanto pidieren en nombre del Salvador. Pues cuando esa alegría es tal, que todo el pueblo permanece unánime y concorde, sucederá lo que se escribe en Hechos de Apóstoles, que sobrevino un gran temblor de tierra, allí donde los Apóstoles estaban unánimes con las mujeres y María, la Madre de Jesús. Pues cuando así tiemble la tierra, todo en el mundo se desplomará y destruirá, y el mundo desaparecerá. Finalmente, atiende a lo que el Señor dice para exhortar a sus soldados: "Confiad, Yo he vencido al mundo". Siguiendo a tal Capitán, el mundo está ya vencido y se han derrumbado las murallas, sobre las que se apoyaban los hombres de este mundo" (VII, 1-2; 856D-858A).

Nos encontramos en plena interpretación cristológica. La Pasión de Cristo ha derrumbado a Jericó. Estas palabras expresan simplemente la primitiva concesión de la Redención: el mundo es la idolatría del paganismo, y esta idolatría no es en el fondo sino culto de demonios, bajo cuya tiranía ha caído el humano linaje. Aquí se nos ofrece un concepto realista del pecado original. Al morir, descendió Cristo a los dominios del demonio (que creyó tenerlo asido con su poder), y con su resurrección aniquiló aquel poder para Sí y para todo el humano linaje, de quien se había hecho solidario. Hermosa perspectiva central, donde van a converger en el cristianismo primitivo, la teología de la redención, la liturgia del bautismo como rompimiento con el demonio, y la espiritualidad de la tentación. A más de esto, Orígenes asocia la ruina de Jericó con el acontecimiento que remata el misterio de la Redención, Pentecostés, cuyo temblor de tierra significa el desplome de los ídolos, prefiguración de la derrota final de la muerte (otro nombre, con que también se conoce al demonio), en la Parusía. Esto nos explica un párrafo de san Gregorio Nacianceno, en sus Discursos Teológicos. Hablando de la progresiva revelación de la Trinidad, nos pinta la revelación del Espíritu Santo como un tercer temblor de tierra: primero tembló el Sinaí, revelación del Padre; en segundo lugar tembló el Calvario, revelación del Hijo" (Disc. Theol., V, 25).

A continuación encara Orígenes la interpretación mística: "Pero estas cosas son para que cada uno de nosotros las cumpla en sí mismo. Dentro de ti mismo tienes por la fe a tu Capitán, Jesús. Si eres sacerdote, fabrícate con textos de las Escrituras trompetas retumbantes; saca de las mismas significados y enseñanzas, con que se acrediten que retumban. Toca con ellas salmos, cánticos, figuras proféticas, misterios de la Ley, doctrina de los Apóstoles. Y si tú haces resonar tales trompetas, y paseas siete veces alrededor de la ciudad el arca de la alianza, digo, si no separas los preceptos simbólicos (mystica) de la Ley, de los preceptos evangélicos; si, además, en ti das el acorde del júbilo, o sea si el pueblo de tus pensamientos y sensaciones profiere un sonido ajustado y armonioso, lanza un grito de júbilo porque el mundo se ha derrumbado en ti y destruido" (VII, 2; 858B-C).
Esta página nos da una visión del aspecto interior de la tipología. La caída del mundo de los ídolos fue fruto de la Pasión de Cristo, pero es menester que esta caída ya realizada en lo sustancial se la aplique cada uno a sí mismo. Cada uno lleva dentro de sí el Jericó de sus propios ídolos; lo que falta es que, alistados en las huestes de Jesús, por la unión de la doctrina espiritual (figurada por las trompetas sacerdotales) y de la práctica de la caridad (figurada por el clamor del pueblo) se venga abajo todo este Jericó interior. Orígenes echa aquí mano de ciertos elementos de la alegoría filoniana, verbigracia eso de los acordes y armonía (concentus), como figura de la unión interior de las potencias; pero la inspiración general es bíblica a más no poder. Es el aspecto interior del cumplimiento en Cristo de la figura de la toma de Jericó.

(1) Se la echa de ver más tarde. Véase a san Ambrosio, Exp. Luc., VII, 73; C.S.E.L., XXXII, 312.

El texto es largo. pero se lee solo. Y con gran placer. Por lo pronto por lo que dice.

O será cosa mía, que tengo por la tipología un enorme aprecio.

No diré más por ahora, porque siempre es bueno estar en el texto todo lo que se pueda.

Sí diré que los Magos de Oriente -llegando su fiesta- fueron harto benévolos conmigo.

Estaba un servidor por hacer que la Tipología bíblica, del cardenal Jean Daniélou (del capítulo cuarto del Libro V de ella viene este fragmento), tuviera una versión digital, porque parecía necesario que estuviera a mano. Y resultó que antes de empezar los trabajos, como hay que hacer desde la que red crece sin tasa ni medida, me fijé si acaso no estaría ya.

Estaba. Claro.

Y así fue que me hice rápidamente de la copia que ahora pongo a disposición, creyendo sin dudar que con eso se hace un bien, porque la obra es de gran valor y hoy por hoy esquiva. En otras ocasiones (y en otra bitácora) tuve el gusto de comentar algunos asuntos sirviéndome de varios capítulos de ella y me fue de gran aliciente y ayuda.

El título original de esta obra, que es de 1950, es mejor que el traducido: Sacramentum futuri. Études sur les origines de la typologie biblique.