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viernes, 17 de junio de 2016

Papelito (V y final)




Lo cotidano aturde. Y así queda el pobre quidam de a pie: aturdido.

Si tuviera tiempo (el de afuera y el de adentro), tal vez podría zambullirse en simples reflexiones, nada complejo. Algo sencillo que le permitiera discernir. Pero no podrá, no fácilmente al menos. Una de las notas definitorias de lo moderno ut sic es la velocidad, el abarrotamiento mental y sensible: el aturdimiento por mucho disperso y sin jerarquía y por demasiado rápido.

Golpes, sopapos. Estar conectado permanentemente a 380 voltios.

Al amparo de semejante empacho, unos y otros trabajan sobre su imaginación y sobre su razonamiento menguado. Unos para decirle que sí, otros para decirle que no. Todos para decirle que en definitiva su sí y su no valen nada.

*  *  *

Hace ya casi 10 años (me disculpe Ud. la cita propia... y que no sea breve), un asunto me trajo a la memoria a Chesterton y su libro Lo que está mal en el mundo. Y como el asunto y la cita vienen a cuento, aquí va.
En 1910, (G. K. Chesterton) en What's Wrong with the World?, hablaba de la propiedad, asunto que importa por demás a los dos antagonistas, capitalistas y socialistas.
La propiedad es, escuetamente, el arte de la democracia. Significa que cada hombre debería poseer algo que él puede modelar a su imagen y semejanza, como él mismo está modelado a imagen y semejanza de Dios. Y porque él no es Dios, sino una imagen esculpida de Dios, sus propias expresiones deben operar dentro de límites, dentro de límites rigurosos y aun estrechos.

Me doy perfecta cuenta de que la palabra "propiedad" ha sido contaminada en nuestro tiempo por la corrupción de los grandes capitalistas. Si se escuchara lo que se dice, resultaría que los Rotschilds y los Rockefeller son partidarios de la propiedad. Pero es obvio que son sus enemigos, porque son enemigos de sus limitaciones. No desean su propia tierra, sino la ajena. Cuando sacan el mojón del vecino, sacan también el propio. El hombre que ama una pequeña parcela triangular debería amarla porque es triangular; cualquiera que le altere la forma es un ladrón que le ha robado el triángulo. El hombre que sienta la verdadera poesía de la posesión desea ver la pared donde su jardín se encuentra con el de Smith, el cerco donde su granja se encuentra con la de Brown. No podrá ver la forma de su propia tierra hasta que no vea los linderos de la de su vecino. Resulta la negación de la propiedad que el duque de Sutherland tenga todas las granjas de su condado, como sería la negación del matrimonio que tuviera todas nuestras esposas en un harén...
Cuenta, poco más adelante, la historia de su nunca abandonado hombre común -"llamémosle Jones"- que "siempre ha deseado las cosas divinamente ordinarias; se ha casado por amor, ha elegido o edificado una casita que le va como anillo al dedo; está listo para ser abuelo y patriarca del lugar. Y precisamente cuando a eso se encamina, algo comienza a andar mal. Alguna tiranía personal o política repentinamente lo desaloja del hogar y tiene que sentarse en el cordón de la vereda".

Ahora se lo disputan el socialismo y el capitalismo. Ambos lo quieren en la vereda. Lo quieren en la calle, que unos llamarán la "vía del progreso y de la civilización" y otros "el escenario de la lucha". Irá a la fábrica, será esclavo del salario y del empleo porque le han dicho que así se construye la gran gesta de la economía. Otros, en la vereda de enfrente, una vez que es esclavo, le explicarán que "por fin se ha metido en la vida real de las empresas económicas; su lucha con el propietario será la única cosa de la cual, en el sublime futuro, sobrevendrá la riqueza de los pueblos..."

En este caso, está en las manos de la "república socialista, igualitaria, científica, poseída por el Estado y gobernada por funcionarios públicos. En una palabra, la comunidad del sublime futuro".

Futuro, claro, sólo en apariencia comunitario, mas claramente individualista en la medida que sea verdaderamente carne de esa revolución, la revolución del progreso y el bienestar o la de la sociedad sin clases de ninguna clase.

En ese futuro vivirá solo, pues lo han apartado de su familia y de su ámbito natural para vivir hacinado- y en el mejor de los casos engordado como un ganso, un pavo, un chancho...- en manos de su protectores. Protectores que podrán ser capitalistas o socialistas, pero siempre pertenecerán a la misma clase de hombres, aquellos que practican "la gran herejía moderna de alterar el alma del hombre para adecuarse a sus condiciones de vida en vez de alterar sus condiciones de vida para adecuarse a su alma".

En el fondo de su corazón, el hombre común atiborrado de mensajes contradictorios, despersonalizado, todavía tiene como un eco de angustia. El no sabe de dónde le viene -y hoy menos que en 1910- esa desazón. ¿Por qué, parece preguntarse Jones, estoy tan mal si estoy arañando la prosperidad del futuro que me prometieron? ¿Por qué, dirá nuestro Jones del tercer milenio, me deprimo y no le encuentro ni sabor ni finalidad a la vida? Una vida tan llena de regalos, de prosperidades, de promesas y felicidades...
Hay, sin embargo, signos de que el incomprensivo Jones todavía sueña de noche con su vieja fantasía de tener un hogar formal. Pedía tan poco y le ofrecieron tanto...Lo querían sobornar con un universo y con grandes sistemas, le ofrecieron el Edén y la Nueva Jerusalén y él sólo quería una casa. Pero la casa, se la negaron.

Entonces.

La gente te va a odiar.

No lo sé, vea. Lamentablemente, la gente ama y odia por razones extravagantes tantas veces. Razones frívolas o pusilánimes. Es el aire del tiempo. La lista de los amores y de los odios podría hacerse hoy por hoy como se quiera. Los criterios dan un mismo resultado decepcionante.

¿Quiere verlo en las preferencias políticas de la gente cuando vota? ¿Quiere verlo en las preferencias económicas, artísticas, culinarias, deportivas, sexuales, religiosas? ¿Quiere verlo en su forma de divertirse o entretenerse, en su forma de informarse, en su forma de formarse opinión del entero cosmos, en su forma de educarse, de educar a sus hijos, de tratar a sus viejos?

¿Dónde quiere ver lo que la gente ama u odia? ¿Dónde quiere ver lo que valen el amor o el odio de la gente?

Si ese amor u odio son el fiel y la pesa que mueve el fiel de la balanza, todo a la vez, ¿qué resultado creería Ud. que podría obtener de esa medición?

Amores y odios pautados, disciplinados, dirigidos, manipulados, contranatura.

Cuando alguien dice
No hay que ajustar
La gente te va a odiar
está diciendo algo perverso y no importa nada la cuota de verdad o falsedad de las dos proposiciones, por separado o juntas. El detalle de su causalidad es la clave de la insidia y de la perfidia del emisor. Que parece saber qué le importa al receptor y cómo y cuánto le importa.

Porque su interés primero y último no es la justicia, el bien común. Nones.

La gente es la amenaza y la puja a la vez: la gente es el campo de batalla, es la munición y es el botín al mismo tiempo.

Para el que lo dice. Para el que lo recibe.

*  *  *

El bueno del señor Jones de Chesterton (la gente del papelito) está sentado en la vereda. En una calle oscura y fría del laberinto pestilente en el que no hay sólo un Minotauro. Y si llegara a pasar que es uno solo, es uno de varias cabezas y varios cuerpos. Y varias furias y los mismos rigores, al final de la cuenta.

Para que pueda salir de ese laberinto, Jones debería levantar la cabeza alguna vez y ver que de los laberintos se sale por arriba.

Infinidad de voces y ecos vanos lo retienen con la vista (y el alma) clavada en el barro de este mundo.

El papelito es una de esas voces vanas, uno de esos ecos. Apenas uno. Hay infinidad por todas partes, y vienen de los cuatro vientos.

Ninguno de esos vientos es tan viento que despeje el aire nauseabundo del laberinto.

Hasta que venga uno que lo haga.





sábado, 2 de abril de 2016

La caza del Dragón


The Hunting Of The Dragon

When we went hunting the Dragon
in the days when we were young,
we tossed the bright world over our shoulder
as bugle and baldrick slung;
never was world so wild and fair
as what went by on the wind,
never such fields of paradise
as the fields we left behind:
For this is the best of a rest for men
that men should rise and ride
making a flying fairyland
of market and country-side,
wings on the cottage, wings on the wood,
wings upon pot and pan,
for the hunting of the Dragon
that is the life of a man.
For men grow weary of fairyland
when the Dragon is a dream,
and tire of the talking bird in the tree,
the singing fish in the stream;
and the wandering stars grow stale, grow stale,
and the wonder is stiff with scorn;
for this is the honour of fairyland
and the following of the horn;

Beauty on beauty called us back
when we could rise and ride,
and a woman looked out of every window
as wonderful as a bride:
And the tavern-sign as a tabard blazed,
and the children cheered and ran,
for the love of the hate of the Dragon
that is the pride of a man.

The sages called him a shadow
and the light went out of the sun:
And the wise men told us that all was well
and all was weary and one:
And then, and then, in the quiet garden,
with never a weed to kill,
we knew that his shining tail had shone
in the white road over the hill:
we knew that the clouds were flakes of flame,
we knew that the sunset fire
was red with the blood of the Dragon
whose death is the world’s desire.

For the horn was blown in the heart of the night
that men should rise and ride,
keeping the tryst of a terrible jest
never for long untried;
drinking a dreadful blood for wine,
never in cup or can,
the death of a deathless Dragon,
that is the life of a man.


Pocas veces pasa. Casi nunca.

Pero alguna vez tenemos la fortuna de encontrarnos con un poema -uno solo- que nos habla a la vez de tantos asuntos que nos importan y nos duelen.

Y si vemos que lo hace con una hondura seria y fresca y una alegría inarrugable, ya es más que afortunado: es un signo de que hay en el mundo un talento descomunal que no sólo puede ver las espaldas de las cosas, sino verlas de frente.

Y a la vez es un regalo.


Un dragón.

La muerte de un Dragón inmortal: ésa es la vida de un hombre.

La guerra en las Islas Malvinas, la Patria de nuestros días, nuestra Fe, la vida en la Iglesia que nos tiene por hijos.

Y más cosas. Tantas y algunas tan hondas y grandes.

La muerte de un Dragón inmortal: ésa es la vida de un hombre.

Horizontes de fuego al atardecer del mundo, del Mundo, de nuestro mundo, que se tiñen de rojo con el rojo de la sangre de un Dragón, cuya muerte es el deseo del mundo. Del Mundo. Nuestro deseo.


Cuando fuimos a cazar al Dragón...


Fuimos. ¿Fuimos?

Vamos. ¿Vamos?

Ir a cazar al Dragón.

Tenemos que.


Ésa es la vida del hombre.





____________

El autor de The Hunting of the Dragon es G. K. Chesterton.

El poema fue publicado en 1922, en The Ballad of St. Barbara & Other Verses.





lunes, 22 de diciembre de 2014

El Dios en la caverna


Unas páginas de El hombre eterno, de G. K. Chesterton.  

El Dios en la caverna. Es el capítulo 1 de la segunda parte.



Y es el caso en estos días que las cuatro palabras son importantes: hombre, eterno, Dios y caverna.









viernes, 28 de noviembre de 2014

1914 - 2014: Aniversario del queso y el ron

 

En tiempos como los que corren, es una obviedad recordar 1984, la novela de George Orwell (o Eric Blair, si prefiere llamarlo por su nombre...) Y es claro que esa ya tópica distopía (ay...) está entre otras en una lista de las llamadas pedante y precisamente distopías, que son lecturas frecuentes en estos días, tal vez porque se parecen. Digo que tal vez se parecen las novelas a estos días.

Las hay de toda laya, yendo de las cosas del cielo a las de la tierra (y de las cosas de la tierra, de cuando finalmente le llegue a la tierra el Cielo...)

Y las hay muy serias y coloridas, imaginativas y tensas, proféticas y agudas, en todo el andarivel.

Igual, un servidor recomendaría releer la obra de Orwell. Más allá de los motivos y los paisajes interiores que hayan acuciado al inglés, que tuvo sus motivos y sus intenciones para pintar lo que pintó en el relato que publicó en 1949.

Tal vez sea verdad que Orwell pudo haberse decidido por el título 1984 recordando que en ese año ocurrían los hechos significativamente disparatados que Chesterton relata en El Napoleón de Notting Hill, en otra de esas imaginaciones de futuros grises y agrios, aunque en el caso del inglés gordo tengan un calado simbólico más elaborado que en el del inglés flaco.

Como fuere, una descripción de quién, a quiénes y cómo gobierna en el mundo en ese 1984 es bastante para entender la utilidad que puede tener su lectura. Los extravagantes y terribles Ministerios del Amor, de la Verdad, de la Paz y de la Abundancia, sus verdaderos objetivos más allá de sus nombres seráficos (respectivamente: la tortura y el horror, la falsedad y la mentira, la guerra y las discordias, la pobreza y la hambruna) y la existencia de la disolvente neolengua que postula Orwell para el futuro como un puntal de la desesperación y la confusión, serían también suficientes elementos -más allá de la historia ácida y desesperante de Winston Smith, el protagonista-, para que la obra tuviera algún valor.

Sí.

Claro. No es la única, como dije. Pueden leerse varias. Y todas.

Pero.

No importa cuáles y cuántas lea, mi amigo. Dése usted un atracón, incluso si es de los que quieren alimentar su afán prófetico y hasta quieren desbocar su apetito desordenado de avistamiento de futuros.

Hágame caso: si quiere ver si en el pasado alguien habló en novelas del futuro, y ver si eso que dijo es nuestro presente (y tal vez nuestro futuro, también), lea nomás. 

Pero.

En cualquier caso, lea lo que leyere, lea a la vez La hosteria volante de Chesterton. Y nada de todo aquello lea solamente sin leer esta otra novela.

No es menos futurista. No es menos distópica (ah..., al carajo con las palabritas...)

En The Flying Inn tendrá ocasión de paladear símbolos, advertencias, profecías y disparates con sentido, creo.

Y sobre todo uno (o varios en un trazo): porque en cualquier momento puede pasar -si ya no tiene que estar pasando- que uno se lleve el cartel de una taberna y ande por el mundo con un barril de ron y una horma de queso al hombro, dando de beber y de comer a quienes tanto lo necesitan, siendo para ellos en algo posada y taberna itinerante, lo que es casi casi un oxímoron si se piensa que la posada es el símbolo del estado de término, del puerto, del lugar hacia el cua se va, al cual se llega para ya no ir más allá.

Y cuando haya hecho esto, cuando haya leído esos disparates chestertonianos, todavía le quedará la fascinante tarea de entender lo mejor que pueda qué significa sacarle el cartel a una taberna e ir cargándolo para que la taberna ande por el mundo flameando su insignia y yendo a los hombres, y qué significa tener que cargar por el mundo con un prohibido barril de ron y una interdicta horma de queso, para alimento y regocijo de los hombres, si es que ya no queda otra casa, otra posada adonde puedan expandir los hombres fatigados su descanso y su gozo.

Chesterton escribió esto en 1914, hace 100 años.

Feliz cumpleaños.





lunes, 20 de octubre de 2014

Ortodoxia, alegría y vino




Tres textos de Gilbert Keith Chesterton, para repasar lecturas, al menos.

Y eso porque -diluvios más o menos- nunca está sobrando un poco de Ortodoxia, algo de alegría y otro poco de vino.


I

¿Habría sentido el Cristianismo lo que yo sentí -y no pude (ni puedo) expresar-: esa doble necesidad de ser leal al mundo, deseando sin embargo y a la vez su reforma definitiva y raigal? Después recordé que se achacaba al Cristianismo precisamente la pretensión de combinar esas dos cosas que yo intentaba combinar. Se acusaba al Cristianismo de ser demasiado optimista con respecto al universo y demasiado pesimista con respecto al mundo. Al descubrir la coincidencia me quedé estupefacto.

En la controversia moderna ha surgido una imbécil costumbre abusiva de los polemistas contemporáneos, y es aquella que consiste en decir a cada rato que tal y cual creencia puede ser sostenida en una época, pero no en otra. Se nos dice que algún dogma fue creíble en el siglo XII pero ya no puede serlo en el XX. Lo mismo sería decir que cierta filosofía puede ser creída los lunes, pero no puede ser creída los martes. Lo mismo sería decir que cierta teoría cósmica es verosímil a las tres y media, pero ya no lo es a las cuatro y media. Lo que puede creer un hombre depende de su filosofía y no de lo que marca el reloj del siglo. Si un hombre cree en una ley natural inalterable, no puede creer en ningún milagro de ninguna época. Si un hombre cree en una voluntad anterior a la ley, puede creer en cualquier milagro de cualquier época. Supongamos, para ejemplificar el argumento, que nos halláramos frente al caso de una curación taumatúrgica y milagrosa. Un materialista del siglo XII, no la creería más que un materialista del siglo XX. Pero un científico cristiano del siglo XX la creería como un cristiano del siglo XII. Es cuestión simplemente de la teoría que cada hombre profese sobre las cosas. De modo que, frente a toda respuesta histórica, no hay que preguntarse si es la respuesta que corresponde a nuestros tiempos, sino si es la respuesta que corresponde a nuestra pregunta.

(Ortodoxia, Capítulo V, La bandera del mundo)

II

Por consiguiente, en conclusión, ésta es mi razón para aceptar la religión y para no conformarme con extraer de ella unas cuantas dispersas verdades seculares. La acepto porque no meramente me ha dicho esta verdad o aquella sino porque "dice verdades", porque se ha revelado veraz y fidedigna. Todas las demás filosofías dicen cosas que llanamente parecen verdad; sólo esta filosofía ha dicho una y otra vez cosas que no parecen verdad pero son verdad. Único entre los credos, este credo es convincente donde no es atrayente; resultó que tenía razón, como mi padre la tuvo en aquel jardín. Los teósofos, por ejemplo, predicarán una idea evidentemente atrayente, como la reencarnación; pero si esperamos a ver sus resultados lógicos, serán el altanerismo espiritual y la crueldad de casta. Porque si un hombre es pordiosero a causa de sus culpas prenatales, la gente se inclinará a despreciar al mendigo. El Cristianismo, por su parte, predica una idea evidentemente poco atrayente como el pecado original; pero cuando esperamos a ver sus resultados, son simpáticos y fraternales, un trueno de risa y de piedad; porque solamente por el pecado original podemos compadecer al mendigo y desconfiar del rey. Los hombres de ciencia nos ofrecen salud, un beneficio obvio; recién después descubrimos que por salud entendían esclavitud corporal y tedio del espíritu. La ortodoxia nos hace saltar de terror con los abismos del infierno; sólo después nos damos cuenta de que ese salto es un saludable ejercicio atlético altamente benéfico para nuestra salud. Solamente después descubrimos que aquel peligro es la raíz de todo drama y de todo romanticismo. El argumento más vigoroso en pro de la gracia divina es, simplemente, su poca gracia. Cuando se examinan los puntos impopulares del Cristianismo, resulta que son los propios puntales del pueblo. El círculo exterior del Cristianismo es una rígida guardia de abnegaciones éticas y de sacerdotes profesionales; pero detrás de esa muralla inhumana se encontrará la vieja vida humana, bailando como los niños, bebiendo vino como los hombres; porque el Cristianismo es el único cerco de la libertad pagana. En la filosofía moderna todo es al revés: el cerco exterior es atrayente y encantador; y adentro, se retuerce la desesperación.

Y su desesperación es ésta: no cree realmente que haya ningún significado en el universo; de ahí que no pueda esperar hallar en él ningún romanticismo; su novela no tiene trama. Un hombre no puede esperar aventuras en el país de la anarquía. Pero viajando por la tierra de la autoridad, el hombre puede esperar cualquier número de aventuras. No es posible hallar significaciones ni senderos en un matorral de escepticismos; pero cruzando un bosque de doctrinas y designios personales encontrará cada vez más significaciones y cada vez más senderos.

Aquí, cada cosa trae a la cola su historia, como las herramientas y los cuadros de la casa de mi padre; porque también es la casa de mi padre. Termino donde empecé, por el extremo correcto. A lo menos he pasado ya la puerta de toda buena filosofía. He entrado en mi segunda infancia.

Pero este universo cristiano más vasto y más intrépido y poblado de aventuras, tiene un sello final difícil de expresar; no obstante, como conclusión de todo el tema, intentaré expresarlo, siquiera como conclusión.

Todo el verdadero argumento de la religión se encierra en el problema de que si un hombre que ha nacido al revés, que ha nacido de cabeza, puede decir o no cuándo está al derecho y cuándo está al revés.

La principal paradoja del Cristianismo consiste en afirmar que la condición ordinaria de un hombre no es la que parece normal y sensata; que lo normal es una anormalidad. Y ése es todo el secreto del dogma de la Caída.

(Ortodoxia, Capítulo IX, La autoridad y el aventurero)

III
Vino y Agua
La Balada de Noé

El Viejo Noé tenía una granja de avestruces, con aves de gran porte,
comía su huevo con un cucharón, con un balde por soporte,
y la sopa que tomaba era Sopa de Elefante y el pescado una Ballena,
y sin embargo eran pequeños para la bodega que iba en su carena,
y Noé, cuando él se sentaba a comer, decía a su mujer con tino:
"No me importa donde vaya el agua, mientras no se meta en el vino"

El cielo se desplomó en catarata, cegando un precipicio el reverbero,
como si fuera a lavar las estrellas como burbujas por el fregadero,
las gargantas del Infierno se tragaron los siete cielos que bajaban rugiendo,
y Noé guiñó un ojo y dijo: "Me parece que está lloviendo;
el agua sumergió al Matterhorn, como si ser mina fuera su sino:
Pero no me importa donde vaya el agua, mientras no se meta en el vino"

Pero Noé pecó, y nosotros pecamos; nuestras piernas borrachas son testigo;
hasta un abstemio grande y negro se nos envió como castigo,
y no puedes conseguir vino en una capilla, un Eisteddfod, o en la liga prohibicionista,
porque la Maldición del Agua ha vuelto, por la ira de Dios prevista,
y se sirve agua en la mesa del Obispo y en el santuario del Pensador latino:
"Pero no me importa donde vaya el agua, mientras no se meta en el vino."

(Traducción -algo libre pero conservando el espíritu- de Horacio Velasco Suárez)



_________________________________________

El original:
Wine and Water


  Old Noah he had an ostrich farm and fowls on the largest scale,
  He ate his egg with a ladle in an egg-cup big as a pail,
  And the soup he took was Elephant Soup and the fish he took was Whale,
  But they all were small to the cellar he took when he set out to sail,
  And Noah he often said to his wife when he sat down to dine,
  "I don't care where the water goes if it doesn't get into the wine."

  The cataract of the cliff of heaven fell blinding off the brink
  As if it would wash the stars away as suds go down a sink,
  The seven heavens came roaring down for the throats of hell to drink,
  And Noah he cocked his eye and said, "It looks like rain, I think,
  The water has drowned the Matterhorn as deep as a Mendip mine,
  But I don't care where the water goes if it doesn't get into the wine."

  But Noah he sinned, and we have sinned; on tipsy feet we trod,
  Till a great big black teetotaller was sent to us for a rod,
  And you can't get wine at a P.S.A., or chapel, or Eisteddfod,
  For the Curse of Water has come again because of the wrath of God,
  And water is on the Bishop's board and the Higher Thinker's shrine,
  But I don't care where the water goes if it doesn't get into the wine.

(The Flyin Inn, 1914)




martes, 7 de octubre de 2014

Juan y María



Hace unos cuantos años publiqué, en un libro sobre G. K. Chesterton y entre otros textos suyos en antología, un ensayo que siempre me gustó.

El libro anda por allí medio agotado y el ensayo que puse en aquella bio-antología provenía de un libro póstumo de Chesterton, El hombre común.

Hoy, en la conmemoración de Lepanto, dejo como regalo esa boda celeste, si acaso, que no terrestre, que tanto le gustaba a Chesterton.






martes, 12 de agosto de 2014

La obscuridad de Dios



Cuando el mundo estaba en la balanza, era de noche en Notting Hill
(era de noche en Notting Hill): y era más noble que el día.
A las ciudades donde brillan luces y donde los hogares resplandecen,
de los mares y de los desiertos llegó aquello que desconocíamos,
vino la obscuridad, vino la obscuridad, vino la obscuridad y el terror.

La vieja guardia de Dios vino en nuestra ayuda.
Porque la vieja guardia de Dios viene en nuestra ayuda, viene en nuestra ayuda,
y las estrellas cayeron antes de caer las banderas:
porque cuando los ejércitos nos rodeaban como una horda rugiente,
cuando se derrumbaba la ciudadela y la espada estaba rota,
la obscuridad cayó sobre ellos como el Dragón del Señor,
cuando la vieja guardia de Dios acudió en nuestra ayuda.

Es el Himno de Notting Hill, por lo menos, y aquí en una traducción algo rápida, eso es lo que cantan todos los hombres de aquel barrio londinense, devenido su nacionalismo barrial en talante imperial. Está por allí, como perdido, en las últimas páginas de El Napoleón de Notting Hill.

Es tan majestuoso como verdadero. Y es épico y terrible.

Y, viendo lo que que ocurrió y lo que ocurrirá en la novela, también es hondamente irónico. Benévolamente irónico, claro.

Así lo quiso Chesterton cuando lo compuso.


jueves, 13 de febrero de 2014

Dolor de Job y felicidad de Dios

Uno de los libros que mayores consuelos trae a los ignorantes y mayores problemas trae a los sabios es, creo que sin dudas, el Libro de Job. Y probablemente esto sea así, entre otras muchas desinteligencias, por razones rengas: la petulancia del ignorante que cree entender el sufrimiento de Job, porque él también sufre, o la tontera de los sabios que creen que aquí se trata de ganar fama fácil desentrañando los asuntos de Job (y sus amigos) y escudriñando los avatares y vericuetos del dolor humano, que no alcanzan a explicar, más que con voluntarismos o pseudomisticismos.

Sobre el Libro de Job hay un capítulo sabroso en San Agustín y nosotros, del P. L. Castellani (es el capítulo IX) y un prólogo conocido de G. K. Chesterton a este libro del Antiguo Testamento que se publicó en 1907 y después en una recopilación de prólogos, en 1916 (G. K. C. as M. C.), que en la Argentina apareció en 1950, en una edición de Emecé.

Castellani trata esto en El dolor: la naturaleza del mal, que es el capítulo que digo, y también en parte en la Parábola del Fuerte Armado, que está en Las parábolas de Cristo. Pertinentemente, también Dostoievsky y la Leyenda del Gran Inquisidor están entreverados en sus páginas a propósito de estas cuestiones

Chesterton y Castellani parecen coincidir en un punto principal de este asunto. Porque entiendo que ambos postulan que el Libro de Job, en su unicidad y peculiaridad única, es la expresión de lo que Dios tiene para decir acerca del mal y en consecuencia del dolor. Y si eso dicen como creo, tienen razón. Habitualmente oigo decir que es Job el emblema de este libro y en realidad es Dios.

La idea central de una gran parte del Antiguo Testamento puede ser llamada la de la soledad de Dios. Dios no es solamente el personaje principal del Antiguo Testamento, sino que es el único.

Esto, dicho allí por Chesterton acerca del Antiguo Testamento, creo que se aplica de modo especialísimo al Libro de Job, al que nos hemos acostumbrado a ver al modo humano, en sus personajes y peripecias humanas, como si fuera sin más una especie de biografía de un personaje desgraciado y un recuento de las calamidades que extraña y como arteramente se abaten sobre él. Igual respecto de los demás humanos que hacen pendant con su figura doliente y que en un sentido u otro son parte de sus penurias o el eco desdichado que aumenta y acendra sus desdichas.

Como si el Libro de Job fuera la historia de Job y de sus amigos, puesta allí para que podamos identificarnos con el inocente héroe sufriente y aborrecer a los amigos pavos e impertinentes y así quedarnos tranquilos porque el misterio del mal y del dolor ha sido develado. Y eso es todo.

Y no lo es. Hay allí una historia de Job y de sus amigos, eso sí. Pero ése no es el asunto del libro.

De qué se trata el Libro de Job aparece algo más claro tal vez cuando finalmente Dios interviene.
Dios humilla y consuela a la vez a Job desplegando ante él la pompa infinita del Universo; y después el otro Coso que es otro Universo, no "enorme como el mundo", que dice Baudelaire, sino más grande que el mundo, el Príncipe de este mundo. Dios hace ver a Job que al lado del Universo y en frente de Satán, Job es un grano de arena, un gusano, una nada, ¿qué será al lado de Dios? Pero que Dios creó esos dos mundos y lo creó a él y lo puede crear de nuevo si quiere: de modo que el mal y Satanás, que para Job son invencibles, para Dios son una canción, un silbido, un juego.
Yo sé que mi Redentor vive,
y me resucitará el último día
del polvo de la tierra,
y me revestirá de mi piel
rodándola por todo alrededor,
y en mi carne veré a Dios.
Yo mismo lo he de ver y no otro,
mis ojos mismos y no los de otro.
Y esta esperanza, está en mi vientre, en mi útero,
en el fondo de mí mismo...
Esto lo había dicho Job antes de hablar Dios, pero lo había dicho como una "esperanza" -como una preñez, dice el texto hebreo- casi como una conjetura -porque la resurrección es un milagro absoluto, y el hombre no lo puede saber con saber humano, no lo puede concebir siquiera, y por eso dijo antes el profeta leproso:
¿Quién me dará que esto sea escrito,
que mis palabras sean aradas
en un pergamino,
en una plancha de plomo,
con un escalpelo
o con un cincel de hierro,
en un granito,
para que no se vayan y pierdan?
Y entonces se levanta Dios y se lo escribe en el plomo, en el granito, en las montañas, en las nubes y en las estrellas. Eso que te parece tan difícil, para mí es un juego. ¡Yo hice todo esto con una palabra! ¿Crees que voy a aniquilar a aquél a quien amo? Yo no hice la muerte, ni odio a nada de lo que hice. El mismo Satán es una bestia -son dos bestias, Behemoth significa bestia en hebreo y está en plural- son unas bestias con las cuales yo juego. Yo las puedo pescar. "Yo le prenderé un anzuelo en las narices - y en la garganta le pasaré un ancla" -dice Dios a Job.

¿Qué ancla? El ancla es la cruz: aquello con lo cual Satán creyó triunfar -se le volvió anzuelo. "Ego mors ero tua, Inferne" - Yo seré tu muerte, oh Infierno. Y la carnada que pondré en el anzuelo será nada menos que la carne de mi propio Hijo, el Inocente. Satán ya está agarrado en el anzuelo como un salmón: un poco de tiempo más, y ya no podrá moverse será encadenado para siempre.

Esto dice Castellani en ese capítulo de San Agustín y nosotros. Y lo titula bien: El dolor: la naturaleza del mal. Porque de eso trata el Libro de Job y la explicación acerca de la naturaleza del mal y su secuela el dolor la da Dios mismo, que es en realidad el protagonista de ese libro, por más que aparezca al final. Para hacer esto, y explicarle el mal a Job y el dolor consecuente, Dios decide explicarle el bien y la felicidad, y la felicidad del Creador, en primer lugar, por haber creado. Y la felicidad -y la finalidad- del rescate de lo que ha creado y no quiere perder, para el cual rescate ha ofrecido a su propio Hijo.

Dios hará que el hombre vea las cosas aunque sea sobre el fondo oscuro de lo inexistente. Hará que Job vea un universo sorprendente, aun cuando solamente lo consiga haciéndole ver un universo incomprensible. Con el objeto de asombrar al hombre, Dios se hace momentáneamente blasfemo; hasta se diría que es ateo durante un instante.

(...)

Job hace una interrogación y Dios le responde con una exclamación. En vez de mostrarle que el mundo tiene explicación, le repite que es mucho más extraño de todo lo que él pudo pensar...

Dice esto Chesterton en su Prólogo y ha dicho allí mismo un poco antes:
Este es el primer hecho que se refiere a la hermosa inspiración por medio de la cual Dios se hace presente al fin, no para resolver problemas, sino para plantearlos. El otro hecho importante es, como el precedente, el que hace que todo el Libro de Job sea religioso y no simplemente filosófico; otra gran sorpresa es que Job se siente súbitamente satisfecho con que se le presente algo que para él es impenetrable. Los expresados enigmas de Jehová parecen oscuros y más desolados que los enigmas de Job; y sin embargo, Job estaba desconsolado antes de que hablara Jehová, y se siente consolado después de oírlo...
*   *   *

Es probable que a los cristianos, especialmente a los cristianos, nos pase algo parecido y necesitemos leer el Libro de Job más atentamente hasta que veamos de qué se trata, de Quién se trata y para qué fue proclamado. Y es muy probable que, mientras el Libro de Job signifique para nosotros cierto regodeo en el retrato naturalista de los chancros de Job y en la enumeración complacida de las estolideces de sus consoladores amigos, jamás lo hayamos leído verdaderamente.

Y es casi seguro que el Libro de Job ha sido escrito para todo tiempo, pero más seguro es que sea imprescindible para los tiempos en que el hombre no pueda recordar, no solamente qué dice Dios acerca del mal, el dolor y la nada, sino qué dice Dios acerca de un asunto que le interesa mucho más: la creación, el Bien y la Gloria. 




jueves, 25 de abril de 2013

El hombre frívolo

El hombre frívolo es un ensayo breve de Gilbert Keith Chesterton.

Está incluido en una edición póstuma de sus escritos misceláneos, que tuvo el nombre emblemático de El hombre común. Su secretaría Dorothy Collins lo recopiló y publicó (The Common Man) en 1950. En la Argentina, la Editorial Heroica lo publicó en 1958 y hubo alguna que otra edición posterior.

Y digo que el título del libro es emblemático porque creo que es sabido que el hombre común es, casas más casas menos, no sólo el principal destinatario de sus obras sino el tema detrás de casi todas las cosas que dijo, sino de todas ellas.

Para esta misma época del año -lo que son las cosas...- hace casi una década y en otra parte, publiqué un fragmento.

Es un buen momento para recordarlo completo.

Por una de esas extrañas asociaciones que nadie consigue entender jamás, un gran número de personas ha llegado a creer que la frivolidad tiene algo que ver con el placer. En realidad, nadie puede divertirse verdaderamente si no es serio.

Hasta aquellos que por lo común consideramos pertenecientes a la clase social que podríamos llamar "mariposa", verdaderamente sienten más placer en los momentos de crisis que en potencia son trágicos. Para poder disfrutar de la broma más sutil y alada, el hombre debe estar arraigado a cierto sentido básico del bien de las cosas; y el bien de las cosas significa, por supuesto, la seriedad de las cosas. Para disfrutar aunque sea de un pas de quatre en un baile de abono, un hombre debe sentir en ese momento que las estrellas bailan con la misma melodía.

En las viejas religiones, la gente creía de verdad que las estrellan bailaban con la melodía de sus templos; y que bailaron como nadie lo ha hecho desde entonces. Pero el placer completo, el placer sin vacilaciones, sin contratiempos, sin arriere pensée, sólo lo disfruta el hombre serio. El vino, dicen la Escrituras, alegra el corazón del hombre, pero sólo del hombre que tiene corazón. Y también eso que llamamos buen ánimo es posible sólo en las personas animosas.

Todos conocemos al hombre verdaderamente frívolo, al hombre frívolo que actúa en sociedad, y todos los que lo conocemos sabemos que, si tiene una característica más saliente que otra, es su pesimismo. La idea del hombre a la moda, alegre, atolondrado, intoxicado con deleite pagano, es una ficción debida enteramente a la inventiva de la gente religiosa que jamás encontró a un hombre así. El hombre del placer es una de las fábulas piadosas. Los puritanos le han dado demasiado crédito al poder que tiene el mundo para satisfacer el alma; al admitir que el pecador es alegre y atolondrado, han dejado de lado la parte más sólida de su tesis; realmente, el puritanismo, por lo común, cae en el error de acusar al hombre frívolo de todos los vicios que no le corresponden. Dicen, por ejemplo (y es su frase favorita) que el hombre frívolo es "descuidado". En rigor de verdad, el hombre frívolo es muy cuidadoso. No solamente dedica horas enteras a la tarea de vestirse, y a otros asuntos igualmente técnicos, sino que también pasa una gran parte de su vida criticando y discutiendo asuntos igualmente técnicos. A cualquier hora del día, podemos sorprenderlo comentando si un hombre lleva la chaqueta adecuada o si otro hombre no tiene el tipo de vajilla debido; y respecto a estos asuntos, es mucho más solemne que un papa o un concilio general. Podemos describir su actitud como más bien triste que solemne, más bien desesperanzada que severa.

Podemos definir aproximativamente a la religión como el poder que nos hace alegrar ante las cosas que importan. Con el mismo criterio, podríamos definir la frivolidad elegante como el poder que nos hace entristecer ante las cosas que no importan.

La frivolidad no tiene nada que ver con la felicidad. Actúa en la superficie de las cosas, y la superficie es casi siempre áspera y desigual. La persona frívola es aquella incapaz de apreciar en su totalidad el peso y el valor de nada. En la práctica, no aprecia ni siquiera el peso y el valor de las cosas que, por lo común, son tenidas como frívolas. No disfruta de un cigarro como el chicuelo de la calle disfruta de su cigarrillo; no disfruta de su ballet como el pequeño disfruta de Punch and Judy.

Pero, para ser justos con él, debemos admitir que no es el único frívolo; otras clases de hombres comparten con él el reproche. Así, por ejemplo, los obispos son generalmente frívolos; los hombres de Estado son generalmente frívolos; los pacifistas por motivos de conciencia son generalmente frívolos. Los filósofos y los poetas son, a menudo, frívolos; los políticos son siempre frívolos. Pues si la frivolidad es esa carencia de habilidad para comprender la plenitud y el valor de las cosas, debe de tener muchas formas además de esa que consiste en la mera veleidad y la búsqueda del placer. Muchísima gente tiene la idea fija de que la irreverencia, por ejemplo, consiste, fundamentalmente, en hacer bromas. Pero es muy posible ser irreverente con una dicción carente del más leve decoro y con el alma impoluta del más mínimo asomo de humor. La definición espléndida e inmortal de la verdadera irreverencia la encontramos en aquel mandamiento mal entendido y desatendido que declara que el Señor no considerará libre de culpa a quien toma su Nombre en vano. Se supone, vagamente; que esto tiene algo que ver con las bufonadas y la jocosidad y los juegos de palabras. Decir algo con un toque de sátira o de crítica individual no es decirlo en vano. Decir algo fantasiosamente como si fuera algún fragmento de las escrituras del País de las Hadas no es decirlo en vano. Pero decir algo con gravedad pomposa y sin sentido; decir algo de modo que sea al mismo tiempo vago y fanático; decir algo de manera que sea confuso al mismo tiempo que literal; decir algo de manera que finalmente el oyente más decoroso no sabrá por qué diablos fue dicho o por qué él lo ha escuchado; esto es, en el verdadero sentido serio de aquellas antiguas palabras mosaicas, tomarlo en vano. Los predicadores toman el Nombre en vano muchas más veces que los seglares. El blasfemo es, de hecho, fundamentalmente natural y prosaico, pues habla de un modo trivial de cosas que cree que son triviales. Pero el predicador común y el orador religioso hablan de modo trivial de cosas que ellos creen que son divinas.

Ésa es la violación de uno de los mandamientos; es el pecado contra el Nombre. Si quieren, tomen el Nombre desatinadamente, tómenlo en broma, brutalmente o con enojo, puerilmente, erróneamente; pero no lo tomen en vano. Usen una santidad para un propósito extraño y justifiquen ese uso; usen una santidad para algún propósito dudoso o experimental y juéguense por su éxito; usen una santidad para algún propósito bajo y odioso y sufran las consecuencias. Pero no usen una santidad sin propósito alguno; no hablen de Cristo cuando lo mismo podrían hablar del señor Perks; no usen el patriotismo y el honor y la Comunión de los Santos como relleno de un discurso vacilante. Éste es el pecado de frivolidad, y es lo que caracteriza principalmente a la mayoría de la clase religiosa convencional.

Así, volvemos a la conclusión de que la verdadera seriedad es mal recibida lo mismo entre los religiosos que entre los no religiosos, lo mismo en el mundo carnal que en el espiritual.


jueves, 28 de junio de 2012

Amistad misteriosa

Hacia fines del año pasado, en Buenos Aires, hubo una V Jornada Internacional Chestertoniana. La organizaron The GK Institute for Faith and Culture y la Sociedad Chestertoniana Argentina.

Había homenajes entreverados en esa ocasión, razón por la cual, entiendo, los organizadores cruzaron en esa oportunidad a Jorge Luis Borges y a Chesterton, sumando a la organización de esos encuentros del 1° y 2 de noviembre a María Kodama, la viuda del escritor argentino, que participó en esas jornadas.

Lo cierto es que, siendo 2011, se cumplía el centenario de La Balada del Caballo Blanco y de El Candor del Padre Brown, la primera de las novelas de la serie. Y fueron esas obras las señaladas como eje de la conmemoración. Aunque no figuraba oficialmente en el programa, también era el centenario de Lepanto, poema espléndido de Chesterton que, precisamente, Borges tradujo en 1938 para Sol y Luna, una revista cultural argentina de aquellos años, creo que notable como no hubo otras muchas después.

Hay que agregar a todo esto que Chesterton y Borges murieron -en 1936 y en 1986-, el mismo día 14 de junio. 2011, entonces, era también aniversario -25 y 75 años, respectivamente- de la muerte de ambos, en curioso paralelismo, no exento de simpático misterio también él. 

Además, y aniversarios son aniversarios, se presentó allí la primera traducción al castellano de La Balada del Caballo Blanco, que -créase o no- en 100 años apenas si se había difundido fragmentariamente en español, cosa habitual con la poesía de Chesterton. Ese trabajo fue de un joven licenciado, J. Marcos Pérez Rabasa.

En ese encuentro en el Centro Cultural Borges, leí un trabajo -La Balada del Caballo Blanco y Lepanto: entre Chesterton y Borges- que vaya a saber uno por qué me invitaron a exponer y que ahora dejo aquí para el archivo, y no necesariamente para leer de un tirón, porque es largo. Creo que un resto de pudor y algo de mesura criolla hicieron que en aquellos días apenas presentara un extracto de estas letras.

domingo, 20 de mayo de 2012

Las vueltas de GKCh


Gilbert K. Chesterton

Unless I'm very much misled,
Chesterton's easier done than said.
I have not seen him, but his looks
I can imagine from his books.










G. K. Chesterton

When Plain Folk, such as you or I,
See the Sun sinking in the sky,
We think it is the Setting Sun,
But Mr. Gilbert Chesterton
Is not so easily misled.
He calmly stands upon his head,
And upside down obtains a new
And Chestertonian point of view,
Observing thus, how from his toes
The sun creeps nearer to his nose,
He cries with wonder and delight,
"How Grand the SUNRISE is to-night!"



Encontré estos versos ilustrados por Oliver Herford. Y me gustaron las dos cosas, ilustraciones y letras. Un dejo de ingenuo cinismo parece que va por la obra del autor que era ilustrador -muy al estilo de la época- y escritor -tal vez, también...-.

Como quiera, el espíritu está bien captado en su trazo y en sus versos, me parece. Y quiere decir, entiendo yo, que para 1917 GK era lo mismo que había sido y que después fue.

No es poca cosa, vea.


sábado, 19 de mayo de 2012

El barbero ortodoxo

Claro. Por supuesto: usted, cumpa, estará maliciando que me hago el distraído.

¿Qué hace esto acá y ahora? Si estábamos hablando de cosas requeteactuales...

Ay, mi cuate..., ay....

Lo que tendría que hacer es leer este articulito de Chesterton que se llama El barbero ortodoxo.

Porque a veces, cuando Chesterton habla de cosas sencillas y del momento, hasta como triviales, se hace verdaderamente complejo de entender y hay que dedicarle unos días a las tonteras del momento que escribe.

Eso es lo que tiene que hacer, digo. Y si después de leer con atención unas cuantas veces esas letras no le encuentra miga al asunto y no ve allí todas las cosas requeteactuales (todo lo que hay hoy de requeteactual, que no es sólo lo que dicen los que hablan de las cosas requeteactuales...) y no las ve allí retratadas y aludidas y casi -casi, nomás- definidas, entonces... vuelva a leer.

Digo yo, claro.

Usted haga lo que le parezca.



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La caricatura es del estadounidense Oliver Herford, a principios del siglo XX. Ya diré algo más de sus cosas en otra parte.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Visión

En el Libro I de La balada del Caballo Blanco, Chesterton pinta un encuentro entre Nuestra Señora y un rey Alfredo atribulado y solitario que vaga por sus tierras desoladas. Es una visión y una aparición.

El texto -que es extenso (*), pero que copio doblemente para los que quieran apreciarlo- describe la ansiedad patriótica de Alfredo, que quiere ver su tierra libre de los invasores de Guthrum, el danés. Pero no es sólo patria.

El tono de la pregunta de Alfredo a la Virgen es hondo y sentido, sin alardes, dolido verdadera, pero mansamente.

La respuesta, que como se ve no es sólo respecto de la patria, parece hasta cierto punto dura, muy dura...

Pero.

"Madre de Dios", dijo el peregrino,
"no soy sino un simple rey,
no pediré, como podrían pedir los santos,
ver secretos escondidos.

"Las puertas del cielo son puertas terribles,
peores que las puertas infernales;
no atravesaría yo los vedados esplendores,
ni buscaría conocer lo que guardan,
demasiado bueno para ser contado.

"Pero para este mundo lleno de pena,
esta pequeña tierra que conozco:
¿Será para siempre lo que ahora es
o estallarán nuestros corazones de dicha,
viendo al extranjero marcharse?

"Cuando nuestro último arco sea quebrado, Reina,
y nuestra última jabalina arrojada,
bajo algún triste y verde atardecer,
sosteniendo en alto una cruz arruinada,
echados bajo el césped cálido de las tierras del oeste,
¿volveremos por fin a nuestro hogar?"

Y vino una voz humana pero elevada,
como una pequeña casa suspendida
entre las nubes; o como cuando un siervo de barraca y pequeño campo
se sienta, como siempre, junto al fuego de su casucha,
pero oye, arriba, sobre el viejo y sencillo techado,
un campanario que prorrumpe en canción.

"Las puertas del cielo están ligeramente entornadas,
nosotros no guardamos nuestras ganancias,
el peor final puede fácilmente
venir silenciosa y repentinamente
sobre mí en medio de un sendero.

"Y cualquier pequeña doncella que camina
consagrada a buenos pensamientos,
puede vencer la guardia de los Tres Reyes
y ver las queridas y terribles cosas
que guardé yo en mi corazón.

"El más vil de los hombres, caído en los campos grises,
detrás de la puesta del sol,
oyó entre una estrella y la otra,
a través de la puerta entreabierta de la oscuridad que cayó,
el concilio, más antiguo que las cosas que son,
la conversación de quién es Tres en Uno.

"Las puertas del cielo están ligeramente entornadas,
nosotros no guardamos nuestro oro,
pueden los hombres desarraigarse allí donde los mundos comienzan,
o leer el nombre del pecado innombrable,
pero si vence o si falla
a ningún buen hombre se le ha dicho.

"Los hombres del Este pueden predecir las estrellas,
y señalar los tiempos y los triunfos,
mas los hombres signados por la cruz de Cristo
van alegremente en la oscuridad.

"Los hombres del Este pueden examinar los manuscritos
para asegurar destinos y fama,
mas los hombres que beben la sangre de Dios
van cantando hacia su ignominia.

"Los hombres sabios conocen qué perversidades
están escritas en el firmamento,
adornan tristes lámparas, tocan tristes cuerdas,
oyendo las pesadas alas color púrpura,
donde los olvidados reyes seráficos
aún traman cómo morirá Dios.

"Los hombres sabios conocen todas las maldades
bajo los retorcidos árboles,
donde el perverso languidece en placeres,
y los hombres están hastiados del vino verde,
y enfermos de mares carmesí.

"Pero tú y toda la grey de Cristo
son ignorantes y arrojados,
y tú tienes guerras que con dificultad ganas
y almas que con dificultad salvas.

"Nada te digo para tu consuelo,
sí, nada para tu deseo:
evita que los cielos se oscurezcan más aún
y que el mar suba más alto.

"Será la noche tres veces noche sobre ti,
y el cielo, una cubierta de hierro.
¿Tienes gozo sin causa,
sí, fe sin una esperanza?"

Aún mientras hablaba, ella ya no estaba,
ni dijo él una palabra,
sólo oyó, quieto en su sitio,
bajo la capucha de antiguas noches,
al pueblo marítimo derribando el bosque
como una marea alta que arrecia desde el mar.

Solamente oyó a los hombres paganos,
cuyos ojos son azules y desolados,
cantando acerca de alguna crueldad
cometida por un rey importante y sonriente
a la luz del día en la cubierta de un barco.

Solamente oyó a los hombres paganos,
cuyos ojos son azules y están cegados,
cantando quién sabe qué vergonzosas atrocidades se hacen
entre el soleado mar y el sol
cuando la tierra queda atrás.



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(*) Dejo aquí el texto original, con su espléndida música original. Tomé una traducción, hecha recientemente con raro y gran entusiasmo, y le hice algunos pocos retoques.

"Mother of God", the wanderer said,
"I am but a common king,
Nor will I ask what saints may ask,
To see a secret thing.

"The gates of heaven are fearful gates

Worse than the gates of hell;
Not I would break the splendours barred
Or seek to know the thing they guard,
Which is too good to tell.

"But for this earth most pitiful,

This little land I know,
If that which is for ever is,
Or if our hearts shall break with bliss,
Seeing the stranger go?

"When our last bow is broken, Queen,

And our last javelin cast,
Under some sad, green evening sky,
Holding a ruined cross on high,
Under warm westland grass to lie,
Shall we come home at last?"

And a voice came human but high up,

Like a cottage climbed among
The clouds; or a serf of hut and croft
That sits by his hovel fire as oft,
But hears on his old bare roof aloft
A belfry burst in song.

"The gates of heaven are lightly locked,

We do not guard our gain,
The heaviest hind may easily
Come silently and suddenly
Upon me in a lane.

"And any little maid that walks

In good thoughts apart,
May break the guard of the Three Kings
And see the dear and dreadful things
I hid within my heart.

"The meanest man in grey fields gone

Behind the set of sun,
Heareth between star and other star,
Through the door of the darkness fallen ajar,
The council, eldest of things that are,
The talk of the Three in One.

"The gates of heaven are lightly locked,

We do not guard our gold,
Men may uproot where worlds begin,
Or read the name of the nameless sin;
But if he fail or if he win
To no good man is told.

"The men of the East may spell the stars,

And times and triumphs mark,
But the men signed of the cross of Christ
Go gaily in the dark.

"The men of the East may search the scrolls

For sure fates and fame,
But the men that drink the blood of God
Go singing to their shame.

"The wise men know what wicked things

Are written on the sky,
They trim sad lamps, they touch sad strings,
Hearing the heavy purple wings,
Where the forgotten seraph kings
Still plot how God shall die.

"The wise men know all evil things

Under the twisted trees,
Where the perverse in pleasure pine
And men are weary of green wine
And sick of crimson seas.

"But you and all the kind of Christ

Are ignorant and brave,
And you have wars you hardly win
And souls you hardly save.

"I tell you naught for your comfort,

Yea, naught for your desire,
Save that the sky grows darker yet
And the sea rises higher.

"Night shall be thrice night over you,

And heaven an iron cope.
Do you have joy without a cause,
Yea, faith without a hope?"

Even as she spoke she was not,

Nor any word said he,
He only heard, still as he stood
Under the old night's nodding hood,
The sea-folk breaking down the wood
Like a high tide from sea.

He only heard the heathen men,

Whose eyes are blue and bleak,
Singing about some cruel thing
Done by a great and smiling king
In daylight on a deck.

He only heard the heathen men,

Whose eyes are blue and blind,
Singing what shameful things are done
Between the sunlit sea and the sun
When the land is left behind.

lunes, 31 de octubre de 2011

Destierro

En la edición del 16 de septiembre de 1982, en el diario Clarín, Jorge Luis Borges publicó un breve artículo, Hoy:
Hasta el movimiento romántico, que se inció, tal es mi opinión, en Escocia, al promediar el siglo dieciocho y que se difundió después por el mundo, Virgilio era el poeta por excelencia. Para mí, en 1982, es casi el arquetipo. Voltaire pudo escribir que si Homero había hecho a Virgilio, Virgilio es lo que le había salido mejor. En la inconclusa Eneida se conjugan, según se sabe, la Odisea y la Ilíada. Es decir, la vasta respiración de la épica y el breve verso inolvidable. En la cuarta Geórgica leemos: "in tenui labor". Más allá del contexto y de su interpretación literal, esas tres palabras bien pueden ser una cifra del delicado Virgilio. Cada tenue línea ha sido labrada. Recuerdo ahora:
Adgnosco veteris vestigia fiammae.
Dante, cuyo nostálgico amor soñaría a Virgilio, la traduce famosamente:
Conosco i segni dell'antica fiamma. (1)
Virgilio es Roma y todos los occidentales, ahora, somos romanos en el destierro.

Me parece en más de un sentido conmovedor el homenaje y la proximidad de estas palabras con las que cité días pasados, salidas de la boca de Mark, el personaje de Chesterton en La Balada del Caballo Blanco.

Sin embargo.

Miro en esta hora la tarde serena, levemente ventosa, soleada, fresca. Una de esas tardes que diría uno justifican la creacción entera. Y me pregunto si los versos de Chesterton y el homenaje de Borges pueden ser entendidos hoy. No solamente se trata de cultura, de saber algo de la lengua de Roma, de las raíces de Europa y del mundo que nació con ella y que ella hizo nacer, ni tampoco de entender el tramado detrás de la Commedia dantesca y sus claves. No es erudición, no...

Esa Roma entera de Mark y esa Roma omnipresente de Borges, ¿acaso es todavía?

Tal vez el destierro del que habla Borges es ahora más vasto y el desarraigo ha llegado más hondo, sin que él pudiera sospechar siquiera de qué se trataba.

Y me viene a la mente súbitamente ahora un pasaje curioso de san Tomás de Aquino, que trae Castellani en El Apokalypsis de san Juan (Excursus E-G):

Santo Tomás en su COMM. AD THESS., II, después de preguntarse: "El Imperio Romano cayó y no se reveló el Anticristo...", responde tranquilamente: "El Imperio no ha desaparecido", y se remite al Sermón de Pascua de San Gregorio el Magno.

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(1) El texto de Dante en el Purgatorio (XXX, 40-66) dice:
Tosto che ne la vista mi percosse
l’alta virtù che già m’avea trafitto
prima ch’io fuor di püerizia fosse,
volsimi a la sinistra col respitto
col quale il fantolin corre a la mamma
quando ha paura o quando elli è afflitto,
per dicere a Virgilio: ‘Men che dramma
di sangue m’è rimaso che non tremi:
conosco i segni de l’antica fiamma’.
Ma Virgilio n’avea lasciati scemi
di sé, Virgilio dolcissimo patre,
Virgilio a cui per mia salute die’mi;
né quantunque perdeo l’antica matre,
valse a le guance nette di rugiada
che, lagrimando, non tornasser atre.
«Dante, perché Virgilio se ne vada,
non pianger anco, non piangere ancora;
ché pianger ti conven per altra spada».
Quasi ammiraglio che in poppa e in prora
viene a veder la gente che ministra
per li altri legni, e a ben far l’incora;
in su la sponda del carro sinistra,
quando mi volsi al suon del nome mio,
che di necessità qui si registra,
vidi la donna che pria m’appario
velata sotto l’angelica festa,
drizzar li occhi ver’ me di qua dal rio.
Por su parte, las palabras de Virgilio que cita Borges y que están detrás de la cita de Dante, son del libro IV de la Eneida (v.22) y las dice Dido, quien, enamorada de Eneas, le confiesa a su hermana que siente renacer las cenizas de las llamas antiguas del amor en ella, que había jurado fidelidad eterna a su difunto marido Siqueo.

lunes, 17 de octubre de 2011

Marco

En su obra de 1911, G. K. Chesterton le hace decir a Mark, el italiano, imaginado como un aliado de Alfredo el Grande, antes de la batalla de Ethandune contra Guthrum el danés, en la primavera de 878:
Lift not my head from bloody ground,
Bear not my body home,
For all the earth is Roman earth
And I shall die in Rome.

No alcen mi cabeza del suelo sangriento,
no carguen mi cuerpo hasta mi hogar:
pues toda la tierra es tierra romana
y en Roma moriré.
La estrofa está en La balada del Caballo Blanco (V, 148-151).

Pasaron apenas 100 años desde entonces y tal vez en tiempos de Chesterton eso dicho sonaría distinto, todavía, y ya no dice lo mismo; aunque, también es verdad, la frase imaginada por el autor correspondía a un hombre del siglo IX, mil años atrás.

Lo que sea: estoy de acuerdo con il signore Marco.

Y, si es por pedir, pediría otro tanto.

sábado, 31 de julio de 2004

Si no me equivoco, estos dos asuntos -típicas ocurrencias de GKCh-, son complementarios:


"The Iliad is only great because all life is a battle, the Odyssey because all life is a journey, the Book of Job because all life is a riddle."
(The Defendant)

"And my haunting instinct that somehow good was not merely a tool to be used, but a relic to be guarded, like the goods from Crusoe's ship -even that had been the wild whisper of something originally wise, for, according to Christianity, we were indeed the survivors of a wreck, the crew of a golden ship that had gone down before the beginning of the world. (...) I knew now why grass has always seemed to me as queer as the green beard of a giant, and why I could feel homesick at home."
(Orthodoxy)

viernes, 30 de julio de 2004

Un apunte de Chesterton respecto del amor al prójimo, en un artículo de julio de 1910:

"The Bible tells us to love our neighbors, and also to
love our enemies;
probably because they are generally
the same people."

domingo, 4 de enero de 2004

"La primera de las bellezas intelectuales del Libro de Job es que siempre se refiere a su deseo de conocer la realidad; el deseo de saber lo que es, no simplemente lo que parece. Si los escritores modernos lo hubieran escrito, hallaríamos probablemente que Job y sus consoladores se entendían muy bien con sólo atribuir sus diferencias de criterio a lo que se llama 'temperamento' y con decir que los consoladores eran, por su índole, 'optimistas', y que Job, también por su índole, sería 'pesimista'. Se daría el caso frecuente de que, al menos por algún tiempo, se sentirían cómodos conviniendo en aceptar algo falso.

...


En resumen, repetimos que si tiene algún sentido la palabra optimista (lo que es dudoso), Job es optimista. Sacude las columnas del mundo y golpea frenéticamente contra el cielo; azota a las estrellas, no para hacerlas callar, sino para que hablen.

Del mismo modo podemos hablar de los optimistas oficiales, los Consoladores de Job. Si la palabra pesimista encierra algún sentido, de lo cual dudo, esos Consoladores de Job pueden ser calificados de pesimistas, más bien que de optimistas. Lo que ellos creen, en realidad, no es que Dios sea bueno, sino que es tan poderoso que resulta más prudente decir que es bueno.

...


Al tratar con los que expresan con arrogancia sus dudas, no es buen método decirles que cesen de dudar. El buen método es, más bien, decirles que sigan dudando, que duden un poco más, que cada día experimenten nuevas y más extravagantes dudas con respecto a todo lo que contiene el universo, hasta que por último, alguna luz llegue a iluminarlos y puedan comenzar a dudar de sí mismos."


Gilbert Keith Chesterton (Prólogo a "El Libro de Job")

viernes, 5 de diciembre de 2003

Gilbert K. Chesterton estuvo en los Estados Unidos dos veces, en los '20 y en los '30.
Escribió un libro cuando volvió de su primer viaje (What I Saw in America) y otro después del segundo (Sidelights on New London And Newer York).

En el primero, entre otras cosas, creía que debía distinguirse entre Nueva York y el resto del país.

Algunas de sus percepciones sobre la ciudad:


"¡Qué glorioso jardín de maravillas sería éste (está hablando de las luces de Broadway) para cualquiera que tuviera la suerte de no saber leer!"

"...Líneas verticales que sugieren un lanzarse hacia arriba, como grandes cataratas trastornadas, la fuerte luz diurna encuentra en todas partes los bordes quebrados de cosas y la clase de matices que vemos en la tierra recién removida o las blancas secciones de árboles..."

"Si estos edificios de pesadilla se hubiesen realmente construído para nada, ¡qué nobles serían!"




Unos años antes, en la década del '10, Rubén Darío se desvelaba una noche en la misma ciudad, miraba a través de la ventana de su cuarto la ciudad dormida, pero igualmente iluminada, y escribía unos versos que forman parte de su obra dispersa:


La Gran Cosmópolis
(Meditaciones de la madrugada)



Casas de cincuenta pisos,
servidumbre de color,
millones de circuncisos,
máquinas, diarios, avisos
¡y dolor, dolor, dolor!
¡Éstos son los hombres fuentes
que vierten áureas corrientes
y multiplican simientes
por su ciclópeo fragor,
y tras la Quinta Avenida
la Miseria está vestida...
con dolor, dolor, dolor...!
¡Sé que hay placer y que hay gloria
allí, en el Waldorff Astoria,
en donde dan su victoria
la riqueza y el amor;
pero en la orilla del río,
sé quiénes mueren de frío,
y lo que es triste, Dios mío,
de dolor, dolor, dolor...!
Pues aunque dan millonarios
sus talentos y denarios,
son muchos más los Calvarios
donde hay que llevar la flor
de la Caridad divina
que hacia el pobre a Dios inclina
y da amor, amor, amor.
Irá la suprema villa
como ingente maravilla
donde todo suena y brilla
en un ambiente opresor,
con sus conquistas de acero,
con sus luchas de dinero,
sin saber que allí está entero
todo el germen del dolor.
Todos esos millonarios
viven en mármoles parios
con residuos de Calvarios,
y es roja, roja su flor.
No es la rosa que el sol lleva
ni la azucena que nieva,
sino el clavel que se abreva
en la sangre del dolor.
Allí pasa el chino, el ruso,
el kalmuko y el boruso;
y toda obra y todo uso
a la tierra nueva es fiel,
pues se ajusta y se acomoda
toda fe y manera toda,
a lo que ase, lima y poda
el sin par Tío Samuel.
Alto es él, mirada fiera,
su chaleco es su bandera,
como lo es sombrero y frac;
si no es hombre de conquistas,
todo el mundo tiene vistas
las estrellas y las listas
en reposo o en vivac.
Aquí el amontonamiento
mató amor y sentimiento;
mas en todo Dios existe,
y yo he visto mil cariños
acercarse hacia los niños
del trineo y los armiños
del anciano Santa Claus.
Porque el yanqui ama sus hierros,
sus caballos y sus perros,
y su yacht, y su foot-ball,
pero adora la alegría
con la fuerza, la armonía:
un muchacho que se ría
y una niña como un sol.