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sábado, 14 de noviembre de 2015

Detrás del fuego: Tres hijos, el Hijo


¿Para qué hablar de lo que ya todos hablan y no dejarán de hablar?

Ejércitos, geopolítica, petróleo, mares, pólvora, arenas, riquezas, poder, historias, historia.

Y fuego. Y sangres. Y sangre.

¿Y para qué hablar una lengua insulsa, sinuosa, melíflua, hueca, que diga de todo sin decir nada?


*   *   *


Hay tres hijos.

Dos son de Abraham, al menos de su carne y su sangre.

Uno de Agar, la egipcia. Otro, de Sara, la esposa.

Ismael cree que es el hijo de Abraham y lo es. Y cree que es el Hijo, y no lo es.

Isaac cree que es el hijo de Abraham y lo es. Y cree que es el Hijo, y no lo es.

Y los hijos de los hijos de Ismael y de Isaac creen que son los hijos de Abraham. Y lo son.

Y creen que son el Hijo, el Único, y no lo son.


Pero hay Uno más.


Los tres son hijos.


Ismael de Agar, Isaac de Sara. Los dos de Abraham.


Y Jesús, hijo de María.

Hijo de Dios.

Hijo de Abraham en otro sentido, por la carne y la sangre, porque es hijo de Isaac y de David porque su madre es hija de David y de Isaac.



Y entonces está la Promesa a Abraham y a su único hijo. Y las profecías sobre su descendencia. Y la herencia de Abraham.

Promesa del Hijo, del Único. La Descendencia. El Heredero.


Resuelva usted ese asunto, si puede.


No hay un hijo, hay tres.

Y no hay tres hijos: hay Uno.


Resuelva usted ese asunto, si puede.


Y no puede el hombre resolver ese asunto, porque no es asunto del hombre.


La historia es asunto de Dios, al principio, durante y al final. Y antes de la historia. Y después.


Las cosas son para el hombre. No de él.

Las cosas son Suyas, no suyas.

La Promesa es para el hombre, no es suya.

Es Suya.

Y la historia es con el hombre. No suya.

Es Suya.


Y la historia Suya es la historia de principio a fin.

Su creación, Su redención y Su final.


Todo para el Hijo, por el Hijo. Con el Hijo.

Para Él la Herencia, porque es la Promesa, la Descendencia.

Porque no son tres: es Uno.

Y es Su Hijo, el Único.


Arregle usted si puede ese asunto.

Y no se puede.

Porque no es cosa de hombres, es cosa con hombres. Pero no del hombre.


*   *  *


Sigamos hablando de ejércitos, de geopolítica, de petróleo, de mares, de pólvora, de arenas, de riquezas, de poder, de historias, de historia.

Y de fuego. Y de sangres. Y de sangre. Y con sangre.


¿Para qué hablar con la voz de los doctores y de los sabios?  Basta.


*   *   *


Si no pueden siquiera decir el Asunto, ¿acaso piensan que podrán resolverlo?


Dijo Chesterton: "Cuando esto termine, sabremos por qué empezó".





miércoles, 5 de agosto de 2015

Amor a ciegas (IV, final)




¿Por qué amor a ciegas?

¿Por qué la ceguera?

Eric Weienmaier es un himalayista ciego que subió al Everest. Andrea Bocelli es un tenor ciego que canta ópera. Luis Braille era ciego e inventó un alfabeto. Joaquín Rodrigo era un compositor ciego, como el maestro Salinas, el de la Oda de Fray Luis, como Händel. Dante fue perdiendo la vista de tanto leer con poca luz, de Homero se dice que no veía, John Milton fue ciego. Y tantos más.

Pero.

Hay dos cegueras que importan aquí y no se trata de aquellas que nombré recién.

Simplifico: entre los paganos de nuestras raíces, está el culto a Eros entre los griegos, el Cupido de los romanos, a quien se lo representa habitualmente como un niño alado y también habitualmente con una venda en los ojos, un carcaj y flechas de oro y plomo para herir con la pasión tanto como con el olvido. En aquellas tradiciones literarias y mitológicas hay varios y no uno solo, aunque hermanos siempre. Son siempre hijos de Afrodita-Venus y sus variedades como Erotes van desde el deseo caprichoso y la búsqueda de placer hasta el emblema del amor correspondido (Eros, Himeros, Photos, Anteros y así...)

Las flechas y el arco, así como la venda en los ojos de Eros-Cupido, han dado mucha tela que cortar desde la antigüedad hasta hoy y bastarían los ejemplos de santa Teresa de Ávila en su Vida para lo primero y de William Shakespeare para lo segundo, para mostrar lo universal de los símbolos y la cualidad concéntrica de sus significados, siempre suscitantes.

Con todo, la expresión el amor es ciego, aunque tópica y reconocible desde hace siglos de siglos, no es de uso fácil, pues habitualmente confunde más que lo que acierta.

Ahora bien.
 
Por otra parte, en el camino a Damasco, se dice en los Hechos de los Apóstoles, Saulo de Tarso fue cegado y sin ver estuvo por tres días hasta que Ananías fue enviado por Dios a imponerle las manos y así fue que de sus ojos cayeron escamas y volvió a ver.

Otra ceguera es ésta, sin duda, pero unida al amor también, porque ella es como el paso de un amor a otro, o de una inquina a un amor, por mejor decir. Y, ¿para qué fue cegado y se le devolvió la vista?: "Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre", le dijo una Voz a Ananías cuando le explicó el gesto.

*   *   *

Dice C. S. Lewis con razón que hay más cosas que signos que las signifiquen. Y más cosas que palabras que las nombren. De allí que un signo pueda significarnos varias cosas distintas y aun opuestas, como una misma palabra puede nombrar realidades distintas y aun opuestas. Además está el hecho de que podemos usar las palabras irónicamente, para significar intencionalmente lo opuesto. Además está el hecho de que las palabras van cargándose de significados que, queriendo el hombre o sin querer, nombran cosas con nombres a veces hasta directamente falsos; esto es, nombres que no designan aquello que supuestamente nombran.

Amor no es una excepción.

Es fácil entender que hay pasión en el que ama. Pero eso no significa que todo quien se apasiona, ame.

Basta llamar a una cosa por la otra, en el mejor de los casos porque una nos recuerda a otra, para que tengamos un problema. El mismo Lewis ha dedicado todo un libro agudo y perspicaz a cuatro amores distintos.

El amor es ciego, se dice. Pero esa ceguera del amor no es un problema del amor. Porque no hay ceguera alguna en el amor. Si es amor exactamente aquello de lo que estamos hablando.

Una de las razones para amar es, precisamente, ver lo que otros no necesariamente ven: lo amable en el otro.

Nadie ama lo que no conoce. Y que nadie ame lo que no conoce es exactamente lo opuesto contradictorio a que el amor sea ciego.

Que llamemos amor a algo que no lo es realmente es lo que provoca la confusión. Y la ceguera en cuestión. Y es casi una garantía de amor la no ceguera, como la ceguera es una garantía de que ese tal amor tiene un problema genético.

Nadie me conoce como aquella persona que me ama. A nadie conozco mejor que aquella persona a quien amo.

Parece que en este punto aparece de algún modo la ceguera: me conoce, y, a pesar de eso, me ama...

Pero si de alguien podría decirse eso de modo absoluto, total y originario, es, precisamente, de Dios mismo: me conoce, y, a pesar de eso, me ama. ¿Entonces Dios es ciego? ¿Uno más de aquellos que al amar se enceguecen?

Es posible que un amante humano tenga entreveradas la pasión, la dependencia afectiva, la costumbre y quién sabe cuántas otras hebras con el amor, siquiera el vaho de algún tipo de amor, y que pase por alto lo agrio porque perder aquello que necesita le es insoportable. Puede ser. Y muchas veces es. De hecho, san Agustín mismo lo afirma en el breve pasaje que citamos.

Pero, ¿es de ese modo Dios un amante rengo, inválido y necesitado de su dosis del amado de modo que ni vea si es amable aquello que necesita? No parece.

Parece que en Él lo que conoce del amado es lo que mueve el amor, en todo caso. Algo amable que Él ama; no algo desagradable que se traga sin darse cuenta, sin que le importe demasiado con tal de no perder al amado.

Y si eso es posible en el Amante epónimo y primero, es a su modo posible en aquellos que aman porque Él ama.

Más grave es todavía la cuestión en Él, que ama desde la eternidad y aún antes de que el concreto amado exista siquiera: "Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor", según dice el propio san Pablo en la carta a los de Éfeso.

*   *   *

Y en estos amores, ¿cuál es la ceguera de san Agustín?, ¿cuál la de Borges?

Tal vez es la correspondiente a sus amores.

Una ceguera anterior en Agustín, cuando creía que amaba, hasta que el amor lo encegueció. Y entonces vio el Amor. Y entendió no qué era sino Quién era.

Una ceguera posterior en Borges, cuando creyó que ya no era amado y amaba como a ciegas incluso el no ser amado. Porque no vio el Amor. Y no entendió no Quién era sino qué era.

Saulo fue enceguecido en su furia. Y en esa ceguera fue amado y por eso tornó a amor lo que era inquina contra el mismo objeto que después tanto amó. Y es simbólicamente poderoso el hecho de que fuera enceguecido para despertar después a la visión de lo que habría de padecer por el Nombre del Amado.

San Agustín fue enceguecido de manera similar, diría. E iluminado por aquella misma ceguera que lo había enceguecido. Pero amaba. Torcidamente. Pero amaba. Y no se olvidó de eso, aun contemplando sus pasiones tuertas, y fue así que reverenció, en aquella mujer que había sido su pecado, la gracia que amando la había hecho resplandecer finalmente a sus ojos, ahora cuando sus ojos ya no estaban ciegos, cuando rememoró su vida en sus Confesiones y descubrió también en los abnegados gestos amorosos de ella, trazas de una Belleza que él tanto buscaba poder amar.

Borges, aunque es más difícil decirlo, se encegueció después de amar. Y viéndose amar y haber amado, y aun viendo haber sido amado. Y parece más bien haber pedido la ceguera de ya no ver ni siquiera el mismo amor.

Pero no es tan sencillo. En las palabras pueden pasar cosas que no necesariamente ocurren tal como las enunciamos y decimos. Y es posible, al menos posible, que aun aquellos a quienes el desamor los haya desolado de tal suerte, anhelen el abrazo y el consuelo del Amante, sabiéndolo o sin saberlo.

Por aquello mismo que el propio san Agustín decía al principio mismo de sus Confesiones: "...quia fecisti nos ad Te et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in Te."

Porque nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.






sábado, 1 de agosto de 2015

Amor a ciegas (III)




Son estadios distintos.

Un hombre en el estadio estético no es lo mismo que uno en el estadio religioso, siquiera en el ético.

Borges parece tener las características típicas del estadio estético, ya lo he dicho en varias ocasiones y en alguna de ellas, hablando de literatura argentina, lo he puesto como emblema de ese estamento, así como sostuve que Marechal es el emblema del estadio ético y Castellani del religioso, en una trilogía que pretendía representar algo del alma nacional en estas cuestiones.

Dejemos la referencia personal y vayamos a lo que importa.

Es seguro que san Agustín transitaba el primero de los tres estadios cuando se separó de la madre de su hijo Adeodato. Y es seguro que se sumergió mucho más en él apenas después. Creo que dice bien Castellani al sostener que de allí pasó, por la ruptura típica de la dinámica de los estadios, según Kierkegaard, al estadio superior y que en su caso el superior fue directamente el religioso, subsumiendo al ético en éste.

El propio Castellani trató el asunto en De Kierkegaard a Tomás de Aquino y vale la pena recordar que una nota característica del estadio estético es el desapego respecto de las cosas finitas sin asirse por ello a las infinitas: “Tú has ido dejando todo lo finito, pero no has ido a lo infinito.” (Cartas del Consejero Wilhelm)

Lo mismo dicho de otro modo en versos de Lord Byron:
Por todas partes, implacable y frío
fue detrás de mis pasos el hastío.

Pero.

Tenemos aquí algo que bien puede ser visto en paralelo, me parece, y se refiere a una experiencia similar en hombres con caminos distintos.

Por lo pronto están estos dos sonetos atípicos de Borges. Y digo atípicos porque, precisamente, a mi entender, lo muestran como nunca al borde de una desesperación hija en este caso del desengaño y el desamor. Esa condición desesperada es la puerta para saltar del estadio estético al ético, así como la angustia lo es para saltar del ético al religioso.

No hace falta conocer, en este caso, la historia. Creo que a un buen entendedor, el lenguaje lírico de este desengaño, el retrato espiritual y emocional del que ha desesperado al borde de un abismo, le resulta patente.

Sería justo encomiar algunos versos de estos dos sonetos. No sólo por su logro artístico, sino por la justeza con la que acierta a definir ciertos estados del alma en esas circunstancias, y no como definiciones, que eso le quitaría fuerza espiritual, sino por lo contrario: existencialmente vibrantes. Eso tienen estos dos sonetos de atípicos también: Borges desnuda algo de su corazón dolido, siquiera por un momento, y no lo esconde (no del todo, claro...) detrás de ecuaciones bullentes de frialdad en alambiques metafísicos, como suele.

Es verdad que hay un llanto más genuino en el primero que en el segundo, como es verdad que hay una retracción espiritual creciente de uno a otro: como si Borges se hubiera asomado a la puerta del abismo que, saltado, podría haberlo arrojado a un estadio diferente. Y hubiera preferido no hacerlo, hubiera decidido quedarse estético. O no hubiera podido decidir, no sé cuál de la dos cosas es más trágica.
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.

...Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.

Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

...pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Son versos potentes, a mi juicio, que cantan con una rara elegancia, no distante, sino desencantada, la tristeza del desamor. Tal vez el aguijón de ese estado, que contiene una confesión dicha venciendo el pudor a exteriorizar una debilidad, esté, como corresponde, al final, cuando al contemplar su estado de intemperie y desolación, reconoce el dolor que el recuerdo de la felicidad perdida puede hacer resonar como un eco punzante en el corazón irremediablemente herido:
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.

El segundo soneto es otra cosa.
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Borges se ha retraído, entiendo yo. Ha llegado a la puerta que lo hubiera sacado de sí (nota esencial del estadio estético en el que mora como en una inmensidad tan desafiante como vacía) y ha dado vuelta sus pasos. Ha cerrado esa puerta a la que lo llevó un amor deshecho, un desengaño, y se ha vuelto a su mundo en el que el desapego es un gesto y donde los caminos se entrecruzan en arabescos de sentidos que se anulan unos a otros.

Una negación siquiera del dolor del desamor que llegue a hacer hasta de la misma muerte una nada que sume en la nada todo lo que es, es una actitud donjuanesca, diría Kierkeggard, refiriéndose a un personaje emblemático del estadio estético.

Nadie pensaría en Borges como en un Don Juan. Pero eso es sólo porque se entiende habitualmente que lo de Don Juan son unos asuntos de cama y de faldas. Más que la moral sexual, Don Juan disuelve la muerte, la desprecia, y con ella disuelta, deshace la vida.

Y viceversa, también, aspecto menos frecuentado, pero tal vez más importante: disuelta la raíz de la existencia, licuado el ser en puras nociones o palabras, deshecha la densidad y la hondura, la muerte es un abalorio más.

Entonces, así, el final del segundo soneto deshace el vigor emocional que la expresión pudiera haber alcanzado en el final del primero:
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Imágenes sin eco, vanidades, vacíos, la tristeza como un placer refinado y sin raíz, la vida como un libro de estampas sepia y ocre, la melancolía superficial, siempre elegante, y tan elegante como impermeable. Un noli me tangere profano, una inconsistencia vital que, a falta de licores más fuertes, se aplaca en laberintos y ajedreces, sin nostalgia alguna por la magia del mundo que el amor podría haberle mostrado, aun en el desengaño.

El momento en el que el olvido se resistía a la memoria, porque una guitarra podía desgarrarnos el alma y volvernos a la infeliz felicidad pasada, ya pasó.

Al parecer, la puerta fue cerrada.

Y la puerta del alma, ya se sabe, se abre y se cierra desde adentro.





jueves, 23 de julio de 2015

Amor a ciegas (II)


Un inciso para un inciso, antes de seguir pensando en el asunto.

Dice Castellani, refiriéndose a san Agustín: Hay un hecho en su vida que lastima nuestra sensibilidad romántica...

Y más adelante apenas: Agustino cuenta lamentando con grandes ponderaciones el robo de unas peras que hizo cuando era arrapiezo; y cuenta con aparente indiferencia o almenos seca brevedad este hecho que lastima nuestra sensibilidad romántica...

Y voy a por esa cuestión breve de nuestra sensibilidad romántica.

Y alguito más. El propio Castellani dice en el segundo párrafo que cito: aparente indiferencia o almenos seca brevedad.

Y resulta que no es lo mismo que sea una cosa o la otra, aunque en apariencia la brevedad dé para ambas cosas. En cuanto a seca tiene sus bemoles también y creo que en el mismo sentido.

No es lo mismo que nuestra sensibilidad (por románttica o por la razón que fuere) se lastime por la brevedad a que se lastime por indiferencia. Bien es cierto que esa brevedad puede sonarle a uno, si es de hoy, como indiferencia. Y eso es más bien la cuestión de no entender el corazón de un hombre antiguo. Ahora, será breve, es verdad. Pero no seca, entiendo yo: no seca.

El propio Agustín lamenta en un grado mayor -no menor, mayor...- el dolor agudo y agudísimo de su situación tanto emocional como espiritual en ocasión del apartamiento de esa mujer. Y más: la paradoja de que diga con una compunción que sí es impresionante: Pero no por eso sanaba aquella herida mía que se había hecho al arrancarme de la primera mujer, sino que después de un ardor y dolor agudísimos comenzaba a corromperse, doliendo tanto más desesperadamente cuanto más se iba enfriando.

Una fuerte conmoción, se diría, que va por un camino, mientras el apetito de la carne -la mera carne, dijéramos- va por otro. Me parece claro que una cosa es que necesite una mujer en la cama, por necesidad de sus pulsiones y de dizque su fogosidad y su falta de castidad y otra cosa es que lleve el corazón herido de nostalgia doblemente doliente por una a la que amó y parece que -con alguien en la cama o no- todavía ama, aunque de otro modo ahora, a estar por las líneas que no cita Castellani, pero que siguen a su cita.

Creo que se entiende mal la cuestión del amor de san Agustín por esa mujer innominada. Creo que hay un símbolo fuerte en ella y en la, qué diré, púdica mención de apenas su persona, sin su nombre. Está bien, digo, que no sepamos su nombre, porque más allá de que sea ella ella misma, ella es otra cosa, aun para el propio Agustín. Y me da que él lo sabía. De no, no se entiende bien el homenaje que el Agustín cristiano le rinde a esa mujer sin nombre, alabando su abnegación, su entrega, su piedad, su desinterés, su fidelidad. Y no sólo con él, que eso sería casi romanticismo. Fidelidad con Alguien que no es él y a quien, por él, hace votos. No hay cama allí, no hay mera pulsión. No hay romanticismo en ese recuerdo dolorido. Creo, más bien, que hay reverencia.

San Agustín se topó allí con un signo. Y calló. No habló secamente. Habló poco. Pero no lo pasó por alto.

Diría que aquella mujer hizo las veces de signo. Oscuro si se quiere, pero no fallido.

Tal vez estamos mirando una historia de amor romántico y por eso nos lastima, si estamos enfermos de ese romanticismo. Si viéramos esa historia como otro tipo de historia de amor, tal vez nos heriría menos. O nada.

La medida de esa historia de amor la da ella. No él. Porque él, Agustín, por entonces, está in itinere. Ella, nos lo dice el propio Agustín, de algún modo parece haber llegado. Se la ve como el obstáculo y tal vez debería vérsela de un modo paradojal como el camino.

Y me parece que el propio Agustín vio que la dirección del amor era ésa, precisamente.

Hacia un Amado que, finalmente, no era ella -ni él mismo, claro...- sino Uno más antiguo y más nuevo.





domingo, 28 de junio de 2015

Amor a ciegas


Enamorado estaba.

¿Enamorado? ¿Enamorado amando como aman de veras los amadores de veras enamorados?

¿Por qué no? ¿Hay que dudarlo?

Sí, tal vez. Porque los versos pueden hacer aparecer cosas en el aire, en el aire de la palabra, que no están en ninguna otra parte sino allí. Y entonces, tal vez, la palabra ni siquiera es palabra entera y es como cáscara vacía y trucante, peor.

Y entonces uno mismo puede ser otro. Y el otro, que sólo aparece en las palabras, hacer de uno mismo. Porque hay una voz en una parte y un corazón en otra parte, que no es el corazón de esa voz, ni esa voz es la suya de él. Ya sea que la palabra diga lo que no hay, como que no diga lo que hay.

¿De quién hablamos?

¿De quién? Tal vez de quienes...

Pasó que leía a la vez por distintas razones dos asuntos distintos. Versos de Borges y el libro del Padre Castellani sobre san Agustín. Pero se juntaron en mi mesa, nomás y por lo pronto. No sé si podrían andar juntos el fuego de uno y la ceniza del otro.

Sin embargo.

Hay un pasaje de las Confesiones en el que Castellani se detiene apenas un momento, pero se detiene. Y es precisamente una historia de amor. O dos. O ninguna, si nos ponemos enigmáticos.

Por su parte, en El otro, el mismo, Borges trae dos sonetos en suite bajo el título 1964, que son dos infrecuentes quejas de amante desengañado y desolado y hasta en primera persona. Infrecuentes en él, se entiende.

Así que, por lo pronto, estoy hablando de Borges. Pero, y como son las cosas, viera usted, los dos asuntos no sólo aparecieron uno detrás del otro, sino que se me juntaron en el caletre y ahora estoy mirando a san Agustín y a Borges a la par, a ver qué se ve.

Vamos primero a los textos, que sin ellos no hay comentario.

(De los textos, claro... Otra cosa es la vida, por supuesto, la vida que pasó realmente -no lo que se dijo de la vida que nos pasó, o que no nos pasó...-: pero de ésa hace comento, y más que eso, uno que está bien bastante más arriba que yo...)

1964

I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.


II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Por otra parte, el texto de Castellani (en San Agustín y nosotros, páginas 43-45) es éste:
Pero ahora que hemos defendido a Agustín es menester que lo acusemos -y él ya no puede defenderse y explicarnos más su conducta. Hay un hecho en su vida que lastima nuestra sensibilidad romántica y es su conducta con una mujer, con su mujer; la madre de su hijo Adeodato; y él nos narra ese hecho en el libro VI sin dolerse de él y en apariencia sin reparar en él mayormente. A los treinta y un años, después de un resonante panegírico del Emperador pronunciado delante de la Corte, cuando había comenzado a separarse de los maniqueos y a escuchar sermones dominicales de Ambrosio... su madre Mónica lo persuadió a que despidiese a su concubina, que había convivido con él diez años y se comprometiese con una niña patricia que tenía doce o trece años y por tanto no podía casarse sino dentro de dos años al menos; y la Mónica del diablo creyó haber obtenido un gran triunfo con eso. Pero Agustín, después de despedir a su concubina antigua, tomó otra nueva, y le dio el disgusto del orbe a su bienintencionada madre. La mujer despedida, que le había sido fiel tantos años, hizo voto de continencia, perdió a su hijo y a su amante, volvió a su pueblo, se hundió en la oscuridad, y no sabemos nada de ella, ni siquiera su nombre.

Agustino cuenta lamentando con grandes ponderaciones el robo de unas peras que hizo cuando era arrapiezo; y cuenta con aparente indiferencia o almenos seca brevedad este hecho que lastima nuestra sensibilidad romántica y lo hace aparecer a nuestros ojos como un villano. San Agustín no fue un villano, fue uno de los corazones más nobles y generosos que han existido; -si es que hay alguna evidencia psicológica en el mundo, es ésa. ¿Qué pasó aquí? "Ése es un enigma que no resolveremos jamás", dice Papini: todas las conjeturas que se pueden hacer para justificar este hecho caen por su base. ¿Esa mujer le fue infiel? No. ¿Se le volvió insoportable? No. ¿No podía casarse con ella porque era pagana? No. ¿No podía casarse con ella porque era esclava? No. ¿Ya no la amaba más? No. El bienaventurado Ángel Vega dice: "la verdadera razón hay que buscarla en la providencia divina, que tenía dispuesto de él que fuera Obispo de su Iglesia, y había que despojarle de ese impedimento." La providencia es muy bicha, pero en este caso se equivocó, porque el futuro Obispo tomó enseguida otro impedimento.

Las palabras del interesado en el capítulo XV del libro VI, son las siguientes:
"Entre tanto mis pecados se multiplicában y, arrancada de mi costado, como obstáculo para mi matrimonio, aquélla con quien solía dormir, mi corazón adherido a ella manaba sangre, destrozado y herido. Y ella se volvió al África haciendo voto a Ti de no conocer otro varón, dejando conmigo mi hijo natural y suyo. Pero yo desdichado, y no imitador de ella, impaciente de la dilación, que sólo después de dos años habría de conseguir la que pretendía, no siendo amador del matrimonio sino siervo de la libídine, me procuré otra, no ciertamente mujer legítima..."(*)
Este drama psicológico, del cual realmente podría sacar un drama un escritor moderno, aparece como un relámpago ante nuestros ojos, en las palabras breves y exactas del gran escritor. Es el drama de la flaqueza humana, con la cual no habían contado ni la devota madre ni la pueril prometida: "mis pecados se multiplicaban." Sin la gracia de Dios no puede el hombre nada en orden a su salvación, como repetirá después tan insistentemente el doctor de la Gracia. Agustín aceptó con sinceridad y de buena fe el consejo de su madre que era bueno, de corregir su vida, encauzándola en un honesto matrimonio; y la madre, buena casamentera y despiadada con las otras mujeres, como suelen ser las mujeres, condenó a la concubina y buscó otra novia "jovencita, noble, rica, virtuosa, y bien educada", como la describe Agustín cuando en el 387 escribía los Soliloquios, esperaba el bautismo y pensaba todavía en el matrimonio: primer momento. Segundo momento: la mala costumbre y el vicio inveterado arrastran a Agustín a la segunda mala relación, no es capaz de resistir a la pasión de la carne. Tercer momento, después de convertido, tiene fuerza para dejarlo todo, el matrimonio incluso, por el voto del celibato religioso. El gran agustiniano que fue Kirkegord diría que Agustín saltó del estadio estético al estadio religioso, no suprimiendo el estadio ético, naturalmente, eso es imposible, sino absorbiéndolo en el estadio religioso. El estadio ético hubiera sido un honesto matrimonio. Video meliora proboque - deteriora sequor... cantó el poeta pagano Ovidio: Veo y apruebo lo mejor - y luego sigo lo peor. Sólo la adhesión decidida y total a la Luz Invisible puede coalescer la voluntad del hombre, y hacerlo uno; sin ella nos engañamos acerca de nosotros y estamos divididos en nosotros mismos, y somos presa de las aves de presa también invisibles que habitan las tinieblas estas.


Y hasta aquí los textos.

Ahora, como debe ser, déjese reposar y véase con cuidado y atención cada cosa dicha.

Y más adelante veremos a ver qué se ve.



_______________

(*) Ese capítulo termina así: "...sino para sustentar y conducir íntegra o aumentada la enfermedad de mi alma bajo la guarda de mi ininterrumpida costumbre al estado del matrimonio. Pero no por eso sanaba aquella herida mía que se había hecho al arrancarme de la primera mujer, sino que después de un ardor y dolor agudísimos comenzaba a corromperse, doliendo tanto más desesperadamente cuanto más se iba enfriando."






martes, 16 de junio de 2015

El odioso


Le moi est haïssable. Vous Miton le couvrez, vous ne l'ôtez point pour cela. Vous êtes donc toujours haïssable.

Point, car en agissant comme nous faisons obligeamment pour tout le monde, on n'a plus sujet de nous haïr.

Cela est vrai, si on ne haïssait dans le moi que le déplaisir qui nous en revient. Mais si je le haïs parce qu'il est injuste qu'il se fasse centre de tout, je le haïrai toujours.

En un mot le moi a deux qualités. Il est injuste en soi en ce qu'il se fait centre de tout. Il est incommode aux autres en ce qu'il les veut asservir, car chaque moi est l'ennemi et voudrait être le tyran de tous les autres. Vous en ôtez l'incommodité, mais non pas l'injustice.

Et ainsi vous ne le rendez pas aimable à ceux qui en haïssent l'injustice. Vous ne le rendez aimable qu'aux injustes qui n'y trouvent plus leur ennemi. Et ainsi vous demeurez injuste, et ne pouvez plaire qu'aux injustes.

* * *

El yo es odioso. Lo encubrís, Miton, pero no por eso lo elimináis. Y entonces sois siempre odioso.

- De ningún modo, pues obrando como obramos, cortésmente con todos, ya no hay más motivo para que nos odien.

- Eso sería verdad si sólo se odiara en el yo el disgusto que nos produce. Pero si lo odio porque es injusto que se convierta en centro de todo, siempre lo odiaré.

En una palabra, el yo tiene dos cualidades: es injusto en sí, en cuanto se convierte en centro de todo. Es incómodo para los demás, en cuanto quiere ponerlos a su servicio: pues cada yo es el enemigo y querría ser el tirano de todos los otros. Le quitáis la incomodidad, pero no la injusticia.

De este modo, no lo hacéis más amable y simpático para aquellos que odian su injusticia. Lo hacéis amable y simpático sólo para los injustos, que no encuentran en él a su enemigo. Y así seguís siendo injusto y sólo podéis agradar a los injustos.


Blas Pascal, Pensamientos II, VI, 455


Conocido, aunque poco recordado (y en lo habitual, frívolamente entendido), este pensamiento de Pascal ilumina una vastedad casi inconmensurable de asuntos. Y de personas.

Creo que no es una exageración hermenéutica decir dos cosas al respecto.

El yo, así dicho y con las dos notas constitutivas que le atribuye el francés, será una característica del Anticristo.

Por otra parte, y por lo mismo, se puede ser en este aspecto anticrístico sin ser el Anticristo. Aun siendo lo opuesto, aun siendo anti Anticristo, y por serlo de un modo en cierto sentido anticrístico. Hasta ese punto el yo tal como lo describe Pascal es odioso.







miércoles, 6 de mayo de 2015

Señora de los ocasos




Creo que las cosas aparecen cuando tienen que aparecer. Tal vez exactamente en el momento en que se las necesita.

Siempre dichas en un lenguaje misterioso y simbólico, hay cosas que están ante nuestros ojos durante años.

Invisibles ellas, ciegos nosotros.

Y así fue esta vez, otra vez.

*   *   *

Almorzaba con mi madre, solos los dos, como habitualmente pasa cada semana.

La comida es espléndida, como siempre, sencilla, sabrosa, con la abundancia justa.

A los años, me viene apareciendo cada vez más nítido que los veros manjares no son los que están en la mesa, sino otros; y son los que realmente voy a extrañar cuando ya no los tenga en el plato insaciable de mis oídos.

Son sus cuentos, sus relatos, las historias de su vida, de sus viajes, de las vidas de otros.

Y así fue esta vez. Otra vez.

*   *   *

Veo la imagen que está en la cabecera de su cama desde que era mozo. Siempre allí, aunque haya cambiado de casa y de cuarto al menos tres veces.

Una imagen bella, una tabla dorada con muy buena técnica que hizo y le regaló un amigo de mi padre hace casi cincuenta años.

Es evidentemente un fragmento de una obra mayor. Típicamente itálica, medieval, de los siglos altos. Finísima estampa de Madre e Hijo.

Tal vez la familiaridad engendró el menosprecio, diría Chesterton. Me bastaba la belleza. La impresión serena, quieta y digna que me causaba esa presencia habitual. Un gesto de ternura materna, una devoción filial. Bien dichas ambas cosas.

Pero hoy fue distinto.

Hablábamos de gentes y de viajes.

Allí recordó unos paseos por Florencia, primero, y por Asís más tarde.

- Ahí es donde está esa imagen, me dijo señalando a la consabida cabecera.

Tuvo que despejar sus recuerdos hasta que, afinando un lápiz imaginario, trazó incluso un mapa en el aire, y después sobre el cubrecama, memorando sus andanzas por Florencia y Asís.

- ¿Ves que la Virgen señala al costado y el Niño le indica dos con su mano? Ella está señalando a san Francisco y Él le dice que si elige, elige a los dos, no a uno solo... cuando la vi allá, ya la conocía: era esta misma, aunque, claro que es más linda aquella...

*   *   *

Miré la tabla infinidad de veces en estas decenas de años pasados. Jamás había visto el detalle de los gestos con detalle y me sorprendió y me alegró.

*   *   *

Volvía a casa en el tramonto, en el temprano ocaso conurbano de este otoño informe, denso, pesado, gris, ácido.

Y me acordé, mientras iba pensando en nada, como se piensa cuando hay que sortear miríadas de autos por las callejas en trámite aburrido y lento. Conocía la imagen completa. La había visto. Y tampoco me había llamado suficientemente la atención, se ve, porque no recordada que me hubiera causado entonces alguna emoción más que la de la belleza y elegancia de esas pinturas italianas medievales.

En la casa me esperaban asuntos menos gloriosos y con mucho pedestres.

Pero llegó el momento de poder buscar la imagen. El gesto de la mano de la Virgen, el de la mano del Niño, sus miradas, eran de un diálogo gestual imperdible.

El fragmento prometía misterios y símbolos. Y creo que los tiene esta obra que, en el siglo XIV, significaba una cosa y que hoy tal vez signifique aquello y algo más. Algo para estos días.

*   *   *

Tiene varios nombres esa obra célebre y muy celebrada, pero diría que el que más le cuadra es el de Madonna dei tramonti: Señora de los ocasos. Un sobrenombre, en realidad, pero que hoy por hoy se llena de interesantes significados y derivaciones, que por aquellos siglos no pudieron haberse vislumbrado, creería un servidor.

La razón del sobrenombre es sencilla y luminosa. El fresco que pintó en el primer cuarto del 1300 Pietro Lorenzetti, digno hijo de la escuela de Siena, tiene enfrente un vetanal que deja pasar la luz del sol cuando se pone, en el tramonto de Asís, en el ocaso. Y así es como, con la luz del ocaso, se ilumina el fresco que está en la capilla dedicada a san Juan Bautista. Y de allí su nombre.


La presentación oficial franciscana del asunto dice sucintamente algo así:
El ciclo lorenzettiano halla su sereno y sonriente epílogo en el conocidísimo cuadro de la Virgen que ensalza a Francisco. Invita gentilmente al Niño Jesús a bendecir a nuestro Santo, señalado su cuerpo con las llagas de la Pasión, y anteponiéndolo, por este motivo, al Apóstol predilecto, Juan. [La Virgen de los Ocasos: así es llamada esta imagen porque durante las puestas de sol queda iluminada por los rayos del astro que se filtran a través de un ventanal que está enfrente. Es la obra maestra de Lorenzetti por la gracia y suavidad de la figura, por la eficacia expresiva, por lo luminoso y transparente del color. La Virgen, con el Niño en los brazos, tiene a su derecha a san Francisco y a su izquierda a san Juan Evangelista. El rostro de ella, lleno de ternura, se dirige hacia el Hijo con expresión bendecidora y a la vez interrogativa: la Madre parece responder volviendo hacia san Francisco el pulgar de la mano derecha. Es una sagrada conversación que ofrece ocasión para muchas interpretaciones (R. Cianchetta)]

Una clase de Anna Lanzetta, estudiosa del arte de ese tiempo en esas regiones, resume así el asunto, con opiniones personales acerca de las implicaciones técnicas y culturales de los gestos:
Nella Basilica inferiore della chiesa di S. Francesco di Assisi, nel transetto sinistro della Cappella della Maddalena, tra gli affreschi di Cimabue, Giotto e Simone Martini, si può ammirare l’affresco di Pietro Lorenzetti che rappresenta quattro personaggi di cui due impegnati in un dialogo. Al centro dell’affresco c’è una scena di vita quotidiana: la Madonna è intenta a parlare col Bambino e la gestualità indica il dialogo in atto. Il dialogo, apparentemente muto, ma esplicitato dai gesti, ci rende compartecipi. Un meraviglioso bambino, comodamente seduto in braccio alla mamma, richiama la sua attenzione con le dita della mano e chiede di parlare, atteggiando il viso alla domanda. La mamma, con piglio quasi severo, lo ascolta attenta. Le due figure a lato sono: San Giovanni apostolo e San Francesco e il bimbo chiede,  per non confondersi nella scelta: “dimmi mamma, a chi mi devo rivolgere per primo”? E la mamma gli risponde, indicando, con il pollice della mano destra, San Francesco, quasi a dire -siamo in casa sua-. Basta quel gesto e  l’arte  diventa improvvisamente vita. Il -gesto dialogato-, protagonista della pittura di Giotto, segna l’apertura dell’arte alla modernità espressiva. L’affresco rappresenta  dunque una scena di vita quotidiana,  che si può ammirare e leggere con precise connotazioni che assumono rilievo nell’espressività che, esulando da un contesto ieratico, diventa umanità. Al dialogo assistono, attenti e silenziosi, i due santi. Dolcissimo il volto della Madonna; una mamma attenta alle domande del figlio, in una costruzione che , basata su pochi elementi espressivi, si connota nel gesto e nello sguardo. Quel gesto provoca  nel visitatore una forte emozione alla presenza di una Madonna che è essenzialmente mamma e segna un’evoluzione nel concetto di un’arte che,  diventa espressione di vita stessa.

È “La Madonna dei Tramonti”, cosiddetta perchè affrescata da Lorenzetti di fronte a una finestra dalle quale, un raggio di sole, entrando nell’ora del tramonto, la illumina in tutta la sua bellezza. Un raggio di sole che sembra  illuminare un gesto che spalanca le porte alla modernità della pittura, almeno secondo il mio parere.


Sin duda que la obra de Pietro Lorenzetti es un homenaje a san Francisco, anteponiéndolo en la obra al discípulo amado. Homenaje directo o indirecto, según se lo vea.

En un texto de la enciclopedia global -que entiendo debería atribuirse a la especialista crítica Chiara Frugoni- se explican así los gestos del fresco:
Sotto la grande Crocifissione l'artista raffigurò i due santi Francesco e Giovanni Evangelista accanto alla Madonna col Bambino, affacciati a una finta balaustra e a mezza figura. A differenza del trittico della Madonna col Bambino tra i santi Giovanni Battista e Francesco nella vicina cappella Orsini, qui il pittore pose le figure nello spazio libero (in questo caso uno sfondo dorato), senza ricorrere ad archi e cornici di separazione.

Come in altre opere, le tre figure dialogano con gli sguardi e i gesti. Amato dal pittore e da suo fratello Ambrogio è il gesto di indicare col pollice, che in questo caso la Vergine a rivolge san Francesco dietro di lei, come a rispondere a una domanda del Bambino, che infatti alza la destra con un gesto di interrogazione. Francesco, con un gesto elegante, si porta la mano stigmatizzata al petto come ad accogliere quella muta chiamata. Giovanni, dall'altra parte, regge il proprio Vangelo e con la mano libera accenna un gesto d'assenso. I due santi laterali sembrano guardarsi intensamente, alludendo forse a una complicità nel riconoscere il valore delle stimmate equiparato a quello delle Scritture nella diffusione del messaggio evangelico. Un crocifisso si trova infatti proprio sotto Maria.

Perduta è l'altra mano di Francesco, che forse rivolgeva un cenno al committente devoto, rappresentato in un riquadro appena sotto.

I rapporti tra le due crocifissioni, grande e piccola, sono stati studiati e approfonditi: la grande scena appare come la rievocazione di un passato remoto, mentre il piccolo crocifisso riporta l'osservatore ai suoi tempi, rendendolo attuale grazie all'intermediazione di Francesco che ne rivisse il sacrificio, cercando poi di ridestarne il ricordo nei cuori dei fedeli con la sua predicazione.

Y todo el asunto es en cierto sentido una exageración. Aunque no está exenta de miga la cuestión, vista 700 años después, en estos tiempos nuestros.

*   *   *

Sin embargo.

Es curiosa también la historia que dice haber oído en Asís y que hoy me contó mi madre, porque de su relato surge un clima completamente distinto. Y me pregunto seriamente si esa confusión es una mera casualidad, o si hay alguna bonita y secreta clave en esa involuntaria confusión de una doña de casi noventa años que recuerda un viaje de hace 20 años por aquellas tierras de la Umbría.

Según decía, la Virgen le estaría preguntando al Niño cuál de los dos elegiría y el Niño le estaría contestando: los dos.

*   *   *

Y hasta aquí llego por hoy, porque el asunto me tiene pensando.



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Antes de finir esta entrada, hay que decir que, en la misma basílica inferior, hay otro fresco de Lorenzetti en el que una especie de tríptico, sembrado también con gestos significativos y miradas que hablan, representa a la Madonna, al Niño y a sus lados a san Francisco y a san Juan Bautista, con un significado parejo al de la obra anterior, y que aquí dejo en imagen y explicado en otro texto de Chiara Frugoni.

Divisi da arcatelle ogivali che simulano la forma di un polittico, con rappresentazioni di angeli simmetrici a riempire gli spicchi superiori, la Madonna col Bambino è dipinta a mezza figura su sfondo dorato tra i santi Giovanni Battista e Francesco. Il Battista, oltre che per la veste da eremita e la barba e la capigliatura lunga e incolta, si riconosce per il cartiglio che riporta un passo del Vangelo di Giovanni (ecce vox clamantis in deserto, parate viam Domini). San Francesco si riconosce invece per il saio e per le stimmate.

Entrambi i santi puntano l'indice verso il basso, probabilmente sottintendendo l'altare e il ruolo di Cristo come agnello sacrificale durante l'eucarestia. I due santi si scambiano una sguardo intenso e anche nel levare l'altra la mano verso l'interno compongono un effetto simmetrico che ne simboleggia la completa empatia. Entrambi dopotutto predicarono per tutta la vita la venuta di Cristo. Maria, che stringe il bambino in braccio, sembra rivolgere uno sguardo di muta approvazione a Francesco. Raffinatissimo è il panneggio della madre col figlio e la naturalezza con cui essa regge il bambino, che le pone una mano nella mano e gioca col suo velo. Preziosa e raffinata è la lavorazione dell'oro, nelle aureole, nello sfondo e nel bordo del manto di Maria, nonostante le difficoltà rappresentate dall'uso della tecnica nell'affresco.







domingo, 3 de mayo de 2015

La virgen del demonio



Hace unos días, Dom José Ignacio, de ojo fino, tuvo la gentileza de mandarme de regalo unas líneas sobre san Pedro de Verona o san Pedro mártir, protomártir de los frailes dominicos, asesinado en 1252, mientras era prior e inquisidor en la Lombardía y el norte itálico, predicando contra los cátaros en aquellos lugares.

El regalo traía otro regalo: uno de los frescos que adorna la capilla Portinari, en la basílica de san Eustorgio, esto es Milán.

El motivo de la pintura es uno de los cuatro milagros que pintó el sutilísimo Vincenzo Foppa hacia 1460 y tantos y que ilustran pasajes de la vida del santo dominico en cuyo homenaje fue construida la capilla en esa época. Dejo aquí un paseo ilustrado por la arquitectura e historia (y algunos datos más) de la obra que fue adosada en el siglo XV a la construcción primitiva, por encargo de quien era legado de los Médici en Milán, Pigello Portinari, para contener y honrar los restos de san Pedro mártir.

No conocía el asunto para nada y agradezco tanto que me lo haya hecho conocer el buen fraile.

Dos cosas llamativas.

En primer lugar, el hecho de que la capilla primitiva fuera construida inicialmente por el obispo san Eustorgio en el siglo IV para que allí reposaran reliquias de los Reyes Magos, que finalmente terminaron en Colonia, por obra de Federico Barbarroja que se las llevó en el siglo XII. Con el tiempo, la catedral de Colonia se construyó para guardar ella también esas reliquias, como ocurrió en tiempos de aquel Eustorgio, griego, santo obispo de Milán, quien recibió en Constantinopla, y de manos del emperador Constantino, las reliquias que digo y que es tradición que las encontrara santa Elena, la madre del emperador, y que fueron el regalo a Milán en ocasión de la consagración episcopal de san Eustorgio en el año 343. Recién el 6 de enero de 1904 pudieron recuperarse algunos huesos que accedió a devolver Colonia y que hoy están otra vez en Milán, en la capilla dedicada, en un arca.

Pero el segundo asunto es notable también y nos lleva al siglo XIII.

Unos herejes le tienden una trampa a san Pedro y lo llevan a una capilla en la que han invocado al demonio. De pronto, se aparece ante Pedro de Verona y los circunstantes una Madonna con el Niño en brazos, aunque, según se verá, debería escribir ambas cosas con minúscula.

Resulta que san Pedro intuye que la aparición es falsa porque alcanza a verle los cuernos a ambos y confronta con la Eucaristía a la figura de la madre con el hijo, desafiándola a arrodillarse ante Él, y rendirle culto bajo la forma eucarística, si es verdad que ella es la madre de Dios. Y es así que cae la máscara y aparece sin tapujos la cornamenta luciferina en la madre y el hijo .

*   *   *

Curioso. Maravilloso y feliz para aquellas gentes en esos tiempos.

Distinto es el sabor del asunto para gentes de estos tiempos nuestros, y eso en opinión de un servidor, si se me permite.

Es maravillosa la historia de san Eustorgio y sus reliquias de los Reyes Magos, regalo imperial a un súbdito griego que va a confirmar a Constantinopla su nombramiento episcopal en Milán. Y es tanto o más maravilloso que un feligrés de las villas y los campos lombardos en el siglo IV tenga semejante asunto al alcance de sus manos. Y un gran obispo, por añadidura. ¿O la añadidura son las reliquias de los sabios reyes de Oriente por tener un gran obispo?

Ve, mi amigo: es cosa de tener para elegir qué cosa le parece más maravillosa o grande. Suerte del siglo IV...

Ahora bien, menté a un Federico Hohenstaufen. Pero dejemos ahora de lado al Barbarroja, que esto no parece cosa para alemanes, que por otra parte tienen un papel lateral en esta historia que ahora me ocupa (salvo por una cuestión simbólica oculta en el ida y vuelta de las reliquias, Bizancio en el medio..., pero eso para otro momento, si acaso...).

Sin embargo, si alguien insistiera en meterse en las varas de esa camisa, zambúllase en el siglo XII de aquel Federico y podrá hacerse un festín de nobles, duques, reyes, emperadores de oriente y occidente, papas, monjes y guerras y cismas. Mientras avanza entre tratados, traiciones, tomas de ciudades, excomuniones y dobles papas y cadáveres guerreros y guerras de ciudades y místicas admoniciones y el menú completo capaz de escandalizar al más guapo, se irá haciendo una idea algo más clara del zangoloteo histórico de la medievalidad y de la Europa y de la Iglesia, de Irlanda a Bizancio. Se lo garanto: no se va a aburrir, mi amigo, y para cuando termine, si termina: hágame caso: ¡esté alerta! Le puede pasar algo terrible y engañoso: puede llegar a pensar que los malos de nuestros días son tirifilos, bobos y payasos -temporales o eclesiales- al lado de semejantes tipos de hace 1.000 años y de las cosas que hacían y deshacían...

Pero no nos distraigamos.

Cuando haya visto hasta el hueso la cuestión de Eustorgio y las reliquias Magas, cuando haya destilado las uvas de las Investiduras en disputa y aquellos siglos alrededor del primer milenio cristiano en Europa, todavía le queda el otro asunto: el miracolo de la falsa madonna y san Pedro de Verona.

Porque el caso es que hay que ver que el siglo XIII todavía daba unos Pedro de Verona que podían hacer todo lo que de ellos se dice que hicieron y en los tiempos libres jugarle una pulseada a mano limpia al coludo, disfrazado nada menos que de Virgen santa y reduplicando el disfraz con el de Santo Niño, además y en brazos, pañales y todo.

A mano limpia dije y dije mal: con la Eucaristía en la mano como exorcismo.

Y no para ahí la cosa. A los años, viene un Vincenzo Foppa y pinta el asunto en una capilla, Virgen y Niño con cuernos y todo. Y va y lo expone a la devoción de quienquiera hincarse a rezarle al santo en su capilla.

Allí mismo, a pasos de donde hasta hacía poco estaban las reliquias Magas.


*   *   *


No me diga que no y piénselo bien: algo habrá pasado que nos ha sido quitado ese mundo de maravillas. Algo habremos hecho en mil años para que de todo eso no quede nada o casi nada. Y aun que lo que quedó nos sea nada.

Algo tiene que haber pasado en mil años para que todas esas historias que fueron y son historia no tengan lugar en nuestra historia y en nuestras historias. Algo nos han enseñado mal. Algo tiene que haberse perdido en el camino, olvidado, corrido displicentemente con la mano de adelante de nuestros ojos. Algo tiene que haber sido trasmutado de vida misma, de espíritu mismo y haberse vuelto puro codicilo y rúbrica, casi diría ley, en el peor sentido de la palabra. Y haberse vuelto sólo palabra hueca y pomposa, o rito vacío, o silogismo de fuego artificial o manual para causar efecto sin substancia.

Algo se ha hecho invisible a nuestros ojos para que veamos tan poco y tan corto.

Insisto: tenemos una ignorancia indolente de nuestra casa y de nuestra sangre, de nuestra familia histórica y de nuestras tradiciones. Y de la historia. Y de la Tradición. Y de lo que la vera Tradición dice que es la historia. Y así.

Y tal vez por eso mismo, tal vez por haber llegado a ser lo que somos -que no pasa en un día, aunque para Dios mil años sean un día...-, tal vez por esa misma degradación se nos han hecho incluso a nuestros ojos hasta más pequeños los buenos, más insignificantes, de tal modo que apenas con saber rezar un rosario o decir algunos latinazgos mal digeridos se pasa a la categoría de testigos de la Fe. Y tal vez haya sido que las proezas y maravillas nos han sido retiradas y quitadas porque nuestro recipiente apenas soporta contenidos livianos y lábiles: y como se recibe al modo del recipiente...

Y así, lo que es peor tal vez, ni siquiera vemos las maravillas que sí nos han sido dadas aun en nuestros tiempos grises y brumosos y ácidos. Porque algunas nos dejan, claro que sí. Que Dios es tozudo en sus empeños y no ceja.

Y nos queda el humo de Satán y los cuernos de Satán, eso sí. Y los variados disfraces de Satán: ¡que hasta ha mejorado el make up y ya disimula con arte cosmético los cuernos hasta ponerlos como de aureola! Y eso crece y más se ve.

Y es verdad que crece y es verdad que más se ve. Pero es tan verdad eso como que, siendo que más crece y más se ve, sólo se ve eso. Y muchas veces se ve mal y sacando las conclusiones equivocadas respecto de lo que eso es y por qué es así. Y por qué nos toca a nosotros verlo y saberlo. Y así siguiendo.


¿Qué nos haremos entonces con aquel primer Dicho de Luz y Amor, de san Juan de la Cruz?
Siempre el Señor descubrió sus tesoros de sabiduría y espíritu a los mortales; mas ahora que la malicia va descubriendo más su cara, mucho los descubre.

Miro más el fresco de Vincenzo Foppa y la historia de san Pedro mártir y la profanación demoníaca de la virgen y el niño con sus cuernos y todo y veo a un feligrés del siglo XIII, a un hombre cualquiera que en aquellos días sepa -y viva- la historia de aquellos días y que años después vea el fresco, una doña cualquiera, un niño que se arrodille a rezarle a san Pedro de Verona. Y todo en una capilla hecha para guardar los huesos santos de los Magos.

Y que entienda todo eso sin que se lo anden explicando demasiado. Y que lo que le explican se lo expliquen bien. Y que lo que vive y ve, lo sufra y lo viva y lo goce. Y sepa por qué. Porque eso es una cultura y una civilización, después de todo.

Y vuelvo a pensar que nos han retirado las maravillas, aun la maravilla agridulce de una falsa virgen y un niño falso y con cuernos, corridos por un fraile con una hostia en la mano. Y nos han retirado el relicario que guarda los huesos Magos.

Y nos han dejado como a merced de unos males de miedo que van descubriendo más su cara. Y nos queda el llanto y la furia, la melancolía y el enojo, la tristeza y la sensación de una derrota que creemos que no merecemos y el sabor de una derrota que nos sabe injusta en una historia que creemos que está plantada en el tiempo para nuestra victoria y la victoria de lo nuestro. Victoria en la historia, claro.

Y para más pena y perplejidad sentimos, creemos, decimos que nos han dejado unas maravillas ocultas. Unos tesoros de sabiduría y espíritu que nos están ocultos, que nos parecen ocultos, si acaso existen y que ya nos parece que no están porque nos parece que ya no están aquellos que nos parecían tesoros de sabíduría y espíritu que antes estaban y que ahora no.

Pero resulta que dice san Juan de la Cruz que aquellos tesoros Suyos de sabiduría y espíritu que el Señor siempre descubrió a los mortales, ahora que la malicia va descubriendo más su cara, mucho los descubre.


Mire usted, compadre, lo que son las cosas.


Qué puedo decirle.


Que san Pedro mártir y el santo obispo Eustorgio nos lo expliquen mejor, eso digo yo. Porque se ve que ellos sabían de esas cosas. Y nosotros se ve que no.





viernes, 3 de abril de 2015

Llorar sin llorar




El llamado protoapocalipsis o sermón parusíaco en el que Jesús profetiza lo por venir en dos tiempos (la destrucción de Jerusalén y el fin de los tiempos) lo tienen san Mateo en el capítulo 24 (algo hay en el 10), san Marcos en el 13 y san Lucas en el 21. Ocurrió junto al anuncio de su Pasión y Muerte, el martes santo, dos días después de su entrada triunfal en Jerusalén.

Pero sucintamente la cuestión aparece de nuevo en el camino al Gólgota, cuando se detiene ante las mujeres que lloran y a las que les advierte que no es por Él por quien deben llorar sino por ellas mismas y sus hijos, y esto por los tiempos que vendrán, lo que también se entiende en dos tiempos. Este asunto está sólo en san Lucas (23, 26-32) y allí dice de Él mismo y de ellas (ellas que, bien mirado, somos nosotros también y son también los que estén al final de los tiempos): Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará? (Lc. 23, 31)

En la Catena Aurea, Teofilacto comenta la reprimenda y advertencia de Jesús a las mujeres y dice: El que ha de padecer para triunfar, no debe ser llorado, sino más bien aplaudido. Por esto les prohibe que lloren.

Y lo que les prohibe a ellas, nos lo prohibe a nosotros, digo yo. Porque tantas veces lloramos por Él como si Él hubiera perdido, con la excusa de que lloramos por nosotros si creemos que vamos perdiendo. Y a veces más y hasta peor: como si nosotros hubiéramos perdido porque Él perdió.

Esas ganas de ganar nosotros que parece que hay cuando se olvida que Él ganó y nosotros con Él...

¿Quién nos habrá enseñado tan mal el Catecismo como si fuera el reglamento del T.E.G., para que andemos llorisqueando y moqueando, olvidando y apartando con el dorso de la mano temblequeante no sólo Su victoria sino el sentido de la historia de la que Él es Señor, además?




Por su parte, el Crisóstomo comenta el pasaje de san Lucas (23, 33: Y cuando llegaron al lugar que se llama de la Calavera, le crucificaron allí; y a los ladrones, uno a la diestra y otro a la siniestra), y dice:
El Salvador había venido, no a destruir su propia muerte, la que no tenía, porque era la Vida, sino la de los hombres. Por esto no se reservó su cuerpo de la muerte, sino que permitió que le fuese impuesta por los hombres. Y si hubiese enfermado su cuerpo, y se hubiese disuelto en presencia de todos, no habría dejado de producir mal efecto, puesto que mientras había curado las enfermedades de los demás, tenía su cuerpo sometido a las mismas. Y si hubiese abandonado el cuerpo en alguna ocasión, sin enfermedad alguna, y después se hubiese vuelto a presentar, no se habría creído que hubiera resucitado: la muerte debe preceder a la resurrección. ¿Cómo habría podido hacer creer en su resurrección, si no hubiese probado antes que había muerto? Y si todo esto hubiera sucedido en secreto, ¿cuántas mentiras no habrían inventado los hombres incrédulos? ¿Cómo podría conocerse la victoria del Salvador en su muerte, si no la hubiese sufrido en presencia de todos, y hubiese probado que la había vencido por la incorruptibilidad de su carne? De este modo se dirá: hubiera sido conveniente que hubiese elegido otra muerte mejor, evitando así la ignominia de la cruz, pero aun cuando así lo hubiera hecho, habría dado lugar a la sospecha, haciendo ver que carecía del valor suficiente para arrostrar cualquier muerte. De este modo se presenta como luchador, venciendo a aquel que su enemigo le ofrece, apareciendo más fuerte que todos. Por ello aceptó, para salvación de todos, la muerte más ignominiosa que sus enemigos le ofrecieron, y que ellos mismos consideraban como dura e infame, para que destruida ésta, quedase destruido en absoluto el dominio de la muerte. Por esto no se le corta la cabeza como al Bautista, ni fue descuartizado como Isaías, porque debía conservar el cuerpo íntegro después de su muerte, no fuera que algunos tomasen ocasión de ello para dividir su Iglesia. Quiso llevar también sobre sí la maldición en que nosotros habíamos incurrido pecando, recibiendo una muerte maldita, como lo es la de cruz, según aquellas palabras: (Dt 21) "Maldito el hombre que pende de un madero". Muere en una cruz, y con los brazos abiertos, para atraer hacia sí, con una mano, al pueblo antiguo, y con la otra, al pueblo gentil, uniéndolos entre sí y consigo mismo. Muriendo en lo alto de una cruz, purifica la atmósfera de los demonios que la inundan, facilitándonos así la subida al cielo.


Y aquí ya no puedo ni debo decir más.







sábado, 7 de marzo de 2015

El Verbo, el verbo


Santo Tomás de Aquino murió el 7 de marzo de 1274.

No tengo que elegir ahora una obra, ni una frase. Ni un episodio de su vida.

Pero hace muchos años ando con este texto de la Suma contra Gentes sobre mi escritorio, en mi memoria, en mis trabajos.

Y es el que elijo ahora, 741 años después, para recordarlo.
Nam sicut verbum nostrum in mente conceptum invisibile est, exterius autem voce prolatum sensibile fit; ita verbum Dei secundum generationem aeternam in corde Patris invisibiliter existit, per incarnationem autem nobis sensibile factum est. Unde Verbi Dei incarnatio est sicut vocalis verbi nostri expressio. Expressio autem vocalis verbi nostri fit per spiritum nostrum, per quem vox verbi nostri formatur. Convenienter igitur et per Spiritum Filii Dei eius carnis formatio dicitur facta.

Pues así como nuestro verbo, concebido en la mente, es invisible, pero se hace sensible manifestándolo externamente con la voz, así también el Verbo de Dios existe invisiblemente en el corazón del Padre según la generación eterna, y por la encarnación se hizo sensible para nosotros. De donde la encarnación del Verbo de Dios es como la expresión vocal de nuestro verbo. Ahora bien, la expresión vocal de nuestro verbo se realiza por nuestro espíritu, por el cual se forma la voz de nuestro verbo. Según eso, también se dice convenientemente que la formación de la carne del Hijo de Dios se hizo por el Espíritu.

(Contra Gentes, Libro IV, capítulo XLVI, Quod Christus natus est de Spiritu Sancto, Cristo nació del Espíritu Santo)

Si no me hubiera enseñado otra cosa, santo Tomás me enseñó eso y, a mi entender, allí está todo lo demás, si bien se mira. De la metafísica a la moral, de la teología del Uno y Trino a la lingüística.


Mors et vita in manu linguæ, dice la Vulgata que dice el Libro de los Proverbios (18, 21).  Mors et vita in manibus linguæ cita san Benito en el capítulo 7 de su Regla para los monjes.

Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado, dice el mismo Verbo en el evangelio de san Mateo (12, 37).


Y todo eso es bastante más que una simple recomendación o una severa admonición.




jueves, 5 de febrero de 2015

Misterio: el peligro argentino


Y entonces, un día, de pronto, ser argentino se volvió un oficio peligroso.

No sólo en la Argentina, que también y mucho; y por tantas razones, de un lado, del otro.

Pero en el entero mundo ser argentino se ha vuelto peligroso.

Y creo que el peligro mayor para un argentino -un argentino cualquiera, quiero decir- es el fracaso. Y el fracaso en un asunto peligroso.

Porque un argentino hoy está casi condenado a fracasar si tiene que ensayar las explicaciones imposibles que hay que dar por las cosas que la Argentina es capaz de protagonizar a través de algunos -¿muchos? ¿casi todos? ¿todos?- de sus hijos.

No: está mal.

No se dice así, tan neutralmente.

Parece imposible acertar con las explicaciones que habría que dar por la cantidad de desastres que un argentino puede poner por obra, la cantidad de confusiones que es capaz de generar, la cantidad de mentiras que puede decir, la cantidad de engaños que puede hacer, su terrible poder disolvente, corrosivo, vaciador, abrasivo, corruptor, destructor.

Y no en frivolidades y pavadas, que también y tanto.

Hablo del poder argentino en asuntos importantes, en cuestiones centrales para un hombre, para las naciones y para la entera humanidad. De la economía a la ciencia o a las leyes, de la política al deporte, desde la educación al hambre, de la guerra a la religión.

El protagonismo que los hijos de la Argentina han adquirido no tiene explicación fácil.

Solamente a un argentino -tal vez, sería justo decir a un porteño...- solamente a él se le ocurriría pensar, en sus inconmensurables y tópicas vanidades y petulancias, que es por derecho propio el centro del planeta y aun del universo. Y que su protagonismo cósmico es mera justicia al mérito.

Hay poderes muy poderosos en este mundo sublunar. Personas y fuerzas terriblemente poderosas en todo. Y capaces de desastres y malignidades terribles. Y en modo alguno son argentinos. Claro que no.

Y muchos de esos poderes poderosos pueden usar de los argentinos. Claro que sí.

Pero con todo y eso es verdad también que hay desastres que los hijos de la Argentina han puesto por obra -por pensamiento, palabra, obra u omisión- y que hoy alcanzan, ciertamente, dimensión cósmica.

Y es muy difícil poder explicar con acierto por qué: cómo llegan los hijos de la Argentina a semejante protagonismo histórico.

Es muy difícil. Y es muy peligroso no poder hacerlo. Peligroso para un argentino, por lo pronto.

Lo que el mundo diga de la Argentina y de sus hijos, importa nada. Y a mí, particularmente, no me importa. No ahora. Casi diría, no ya.

Pero sí me importa que un argentino no pueda explicar fácilmente la huella que los argentinos estamos dejando en la historia, no de la Argentina: del mundo.

Y me importa que haya un misterio difícil en que sea así y en que no se pueda explicar fácilmente por qué sea así.

La Argentina no es el hoy de la Argentina, claro que no.

La Argentina es y se justifica por personas y cosas más antiguas que cualquiera de las cosas y personas que hoy somos la Argentina y de la Argentina. Y por cosas y personas que han sido antes que la propia Argentina. Y hasta por migajas de cosas y jirones de personas que hoy mismo pisan esta patria. Todo eso es parte del misterio también.

Pero mucho de lo que la Argentina es, vive y representa hoy en el mundo, malgrado de lo que se quiera decir, es la Argentina.

Y es la Argentina no solamente en aquellos argentinos más visibles, notorios o ruidosos. También es la Argentina en las miríadas de otros argentinos ignotos, irrelevantes, que conviven con esa visibilidad, con esa notoriedad, con ese ruido argentino en el planeta.

Muchos argentinos padecen esa convivencia con dolor de patria (y con dolores mayores que el dolor de patria...); muchos son indiferentes, muchos angustiados, muchos furiosos, muchos escandalizados, muchos anestiados, confundidos, paralizados. Hasta contentos y complacidos hay, sí. Claro. Y hasta contentos y complacidos por razones opuestas y contradictorias.

Pero.

Lo cierto es que, en todo, en todos los asuntos graves y densos en este mundo (y no todos de este mundo...), hay hijos de la Argentina tocando y toqueteando la trama más honda de las cosas.


Y no se sabe bien por qué.


Yo no sé por qué.


Y creo que es peligroso.




domingo, 7 de diciembre de 2014

Florencia del poeta


Volver a Florencia.

Decirlo es una cosa y lograrlo es otra.

Dante, por ejemplo, es un buen ejemplo.

Jamás volvió y pocas cosas quiso tanto como volver y ser recibido por ella como el poeta de Florencia.

¿Dante, el de Florencia? ¿La Florencia de Dante?

Tal vez, cierta justicia inmanente y poética hizo que Florencia fuera notable por Dante, al final, y no Dante por haber sido de Florencia, como él mismo anheló toda su vida.


*   *   *


Hace unos meses, un grupo entusiasta pidió la exposición de un trabajo sobre la Commedia de Dante Alighieri, asunto que excede a un servidor en cualquier caso.

En cualquier caso, también, el resultado queda aquí para quien sea gustoso de leerlo.











jueves, 13 de noviembre de 2014

Milagro difícil




Vladímir Yegórovich Makovsky, artista ruso, realista, pintó en 1887 este óleo al que llamó Milagro en Caná (o algo parecido: Чудо в Кане...), y fue más o menos en tiempos en que ya comenzaba a ser socialista activo. Murió en 1920, con lo que apenas derivó en la revolución bolchevique.

Estuve buscando una pintura sobre las Bodas de Caná porque se me ocurre que es un episodio tan fácil como difícil de mostrar plásticamente. Y, hasta donde veo, efectivamente así es. O por lo menos a un servidor no lo conforma del todo ninguna de las cosas que vio.

No que no haya cosas que ver y algunas interesantes; sin embargo, mientras buscaba, me quedé con este cuadro, provisoriamente, más que nada por el clima: por el fondo, esas gentes bajo ese alero, por esa figura secundaria pero fuerte de la Virgen, como en un confiado segundo plano.

Pero, en éste como en otros que miré, es notable más bien lo que falta que lo que hay. En lo que a mí respecta, basta con leer el pasaje en las Visiones y Revelaciones de Ana Catalina Emmerick para darse cuenta de que el pasaje del evangelio de san Juan (2, 1-11) que relata el asunto es todavía mucho más significativo de lo que uno podría creer (*).

Y quién sabe si de allí tal vez no le venga la dificultad a la hora de pasar al lienzo.

No imagino el modo como el relato de la vidente alemana pudiera hacerse cuadro. Debería tener tantos matices y detalles, debería ser tan dinámico que no creo que pudiera ser solamente un cuadro, salvo que fuera uno en movimiento.

Y después, como si ya no fuera demasiado con lo menos, está lo más: el retrato de Jesús que de ese texto surge.






Y no, mi estimado: no se crea que este comentario es nada más que una apostilla sobre plástica y óleos. Ni tampoco una curiosa búsqueda de curiosidades biblícas (que están o no en la Biblia...)


No.


Lea bien.




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(*) Si me permite sugerir, son los capítulos del X al XII los que cuentan.

martes, 4 de noviembre de 2014

Haciendo huevo (II)




El problema no es la ciencia. Si este hablar rapidito con algunos nombres que parecen científicos es ciencia.

Después de todo, lo primero que una ciencia podría ofrecer es algunas certezas, si es ciencia de veras. Y con las certezas, si lo son, no hay problema.

El problema es la fe. Y más específicamente la fe en esa divinidad inarrugable que querría ser la ciencia, si es ciencia la de la muestra que dejé antes. Y también la fe en extensión obligada a sus sacerdotes: los científicos de esa ciencia.

El problema son las supuestas certezas de esa fe. Y la petulancia de esos sacerdotes.

Desvelar un enigma es el nombre políticamente correcto en ese ámbito con el que se dicen dos cosas opuestas: no hay misterios y conocemos el secreto de los misterios.

El asunto es que hay en esa exposición disparatada de apenas 3 minutos tantos supuestos afirmados como verdades oscuras de una fe luminosa, que no hay modo de avanzar en el razonamiento sin aceptar como ciertas unas proposiciones al menos no probadas, cuando no simplemente caprichosas. Y lo peor es que siendo improbables, se las considera más que posibles: necesarias.

Así desvelo enigmas hasta yo.

Los científicos tienen mala leche la mayor parte de las veces.

Pero la peor mala leche es la de hablar como si estuvieran exentos de la mala leche porque lo que dicen no está sujeto a discusión: no hay intención, hay hechos incontrastables. Y eso mismo en el nombre sacro de la ciencia de la que son sacerdotes. Típicamente circular, claro, porque en cuanto se salieran de ese círculo no podrían explicar lo que pretenden hacernos creer, más que lo que pretenden explicar, porque explicar no explican.

Hay allí tantos condicionales dichos con la petulancia del fanático, con el terror del que sabe que le está faltando algún que otro hecho que ni quisiera pensar. Y mucho menos creer.

Pero debría creer si quiere aprender.

Sí, amigo: creer. Con guardapolvo blanco y todo. Con pizarrones llenos de fórmulas y todo. Con adn y todo.

Sí, creer.
En todo conjunto ordenado de seres vemos que hay dos cosas que concurren a la perfección de la naturaleza: una de ellas, el impulso propio; otra, el que reciben de la naturaleza superior. El agua, por ejemplo, por propio impulso tiende hacia el centro; pero por el impulso que recibe de la luna se mueve alrededor de ese centro con un movimiento de flujo y reflujo. Otro tanto ocurre con las esferas de los planetas: por sí mismas se mueven de occidente a oriente; impulsadas por la primera esfera van de oriente a occidente. Pues bien, la naturaleza racional creada es la única entre todos los seres que dice un orden inmediato a Dios, participando de la perfección divina o en el ser, como los seres inanimados, o también en la vida y el conocimiento de las cosas singulares, como las plantas y los animales. Pero la naturaleza racional, en cuanto conoce la razón universal del bien y del ser, dice un orden inmediato al principio universal del ser. Por lo tanto, la perfección de la naturaleza racional no consiste solamente en lo que le compete por su naturaleza, sino también en lo que recibe por participación sobrenatural de la bondad divina. Por eso hemos dicho en otro lugar (1 q.12 a.1; 1-2 q.3 a.8) que la bienaventuranza última del hombre consiste en la visión sobrenatural de Dios. Pero esa visión sobrenatural no puede conseguirla el hombre si no es tornándose en discípulo que aprende de Dios, su doctor, a tenor de la expresión de San Juan: Todo el que escucha al Padre y aprende su enseñanza, viene a mí (Jn 6,45). Sin embargo, el hombre no se hace partícipe de esa enseñanza de repente, sino de una manera progresiva, según el modo de su naturaleza. De ahí que la fe es necesaria en todo el que aprende, para así llegar a la perfección de la ciencia, como lo atestigua el Filósofo: Es necesario que el discípulo crea. En conclusión, para que el hombre esté en condiciones de llegar a la visión perfecta de la bienaventuranza, debe creer en Dios como el discípulo en el maestro que le enseña.
Eso está en la Suma Teológica (II-II, q. 2, a. 3) y la cita del Filósofo que allí se menciona es de Aristóteles, en sus Refutaciones sofísticas (2, 165b3).


Y no se refiere solamente a la fe. Es decir, a la Fe.

Lea bien. 

Total que tengo para elegir. Por un lado hay un grupín callejero, con voz y traza de nerd, que me pone un huevito debajo de un vasito y mueve los tres vasitos que puso sobre una tablita, rapidito y taimado, para hacerme creer que me acaba de explicar más allá de toda discusión qué es primero: si el huevo o la gallina. Por otra parte, tengo que lo que pasó el quinto día de la creación tal como cuentan los versículos 24 y 25 del capítulo primero del Génesis.

Si le digo la verdad, fe por fe, creer por creer, prefiero una religión que me pida un inicial acto de fe y que después venga anunciando misterios y enormidades, antes que estas artes de prestidigitación que con la excusa autoafirmada de que desvelan (¡basta!: en la pampa se dice develan...) enigmas desde Grecia hasta hoy, me meten el perro, perro que no existe y en el que debo creer, claro...

Y no estoy hablando de la fe que me exigen sin ningún derecho, que después de todo el de la fe (el de la Fe) es un territorio que ellos mismos -los más- desprecian, superados y racionales. Sino que ahora estoy hablando del más próximo territorio de la lógica y de la lógica que hace ciencia, que supuestamente es el territorio que adoran y del que se han apropiado sin tener tampoco allí ningún derecho.

Ah, si al menos no la maltrataran hasta hacerla parecer estúpida...



lunes, 3 de noviembre de 2014

Haciendo huevo


¿Tiene tiempo que le sobre?

El asunto es así: usted, cumpa, se me mira este bonito video y después, si tiene ganas, hablamos de religión.

Tiene que estar atento y, si sabe algo de lógica (me refiero al sentido común de un sujeto medio, alerta, como si viera a un prestidigitador en la calle que trata de sacarle algunos maravedíes con un huevito debajo de alguno de los tres vasitos que mueve con arte y astucia...), digo, si está alerta, verá y oirá cosas maravillosas...

Si quiere ir a la fuente, siga a estos muchachos, de quienes estos nabos dicen que son los que resolvieron un enigma que desvela a la humanidad desde la antigua Grecia...








sábado, 11 de enero de 2014

Malos amores buenos

Claro. Así no es tan fácil como con los buenos amores malos, porque en esa misma expresión sólo había que precisar y entender por qué y en qué sentido se vienen malos aquellos amores buenos. Y suele ser la parte más socorrida, la más frecuentada. Hay una apologética más o menos al uso sobre esa clase de competencia entre los amores terrenos y el amor a Dios.

No que los buenos amores malos no sea verdaderamente un asunto a considerar. Claro que lo es. Y acaso es asunto mucho más grave que lo que la apologética un poco trivial, aunque a veces pomposa y tremebunda, sospecha. Y precisamente el que se trate de, en principio, buenos amores hace la cuestión más grave todavía.

Pero aquí, con los malos amores buenos, es un poco más difícil, para empezar porque hay que entender bien en la frase en qué sentidoson malos y en cuál son buenos.

Ésta es la otra idea recurrente que hay en Los cuatro amores de C. S. Lewis. Espiritual, psicológica y afectivamente, me parece tan importante como la otra. Y, según las circunstancias, puede ser más importante ésta que aquella. Creo que Lewis apunta aquí un asunto que está en la médula del cristianismo. Aunque, y por eso mismo, la cuestión se extienda a todo hombre. Como dirá, hay rastros notables respecto de esto en las Escrituras y el peligro de malentenderlos es grande. "Dios es Amor" sigue siendo frase peligrosa, precisamente porque es verdad grande.

Y es frase verdadera y peligrosa tanto para los buenos amores malos como para los malos amores buenos.

Está bien entonces que haya esas dos ideas, en equilibrio y complemento. Porque si solamente estuviera la primera idea, sería difícil entender, por ejemplo, la semejanza del hombre con Dios. Y hasta podría ser insuficiente la Esperanza tal como la conocemos. En cambio, si solamente estuviera la segunda idea, la Redención, por ejemplo, sería difícil de explicar y justificar, pues resultaría poco menos que innecesaria. También en este caso, la Esperanza sería casi un adorno caprichoso.

E insisto con lo de la Esperanza, porque es necesaria -como la Fe para saber y entender, no sólo las cosas del Otro mundo, sino también las de éste-, para transitar esta tierra de sombras, con todos sus amores peligrosamente buenos y con todos sus amores gracias a Dios redimibles. Si no hubiera posibilidad -o necesidad- de rectificar los buenos amores para que no se maleen, estaríamos en un problema y la autocomplacencia devendría demoníaca. Si no hubiera ocasión alguna de redimir los malos amores, mirándolos en lo que tienen de equivocados precisamente, habría una contradicción insalvable en la raíz misma de lo humano que llevaría a la desesperación.

Pero mejor dejemos que Lewis hable sobre estos asuntos. Esto que copio aquí está en el capítulo dedicado a la Caridad, el último.
Hasta ahora casi nada se ha dicho de nuestros amores naturales como rivales del amor a Dios. La cuestión no puede ser ya eludida por más tiempo. Mi dilación obedecía a dos razones.

Una -ya mencionada- es que esta materia no es por donde la mayor parte de nosotros necesita empezar. Rara vez se dirige "a nuestra natural condición" al comienzo. Para la mayor parte de nosotros, la verdadera rivalidad radica entre el yo egoísta y el Otro humano, no inicialmente entre el Otro humano y Dios. Resulta peligroso imponerle a un hombre el deber de llegar más allá del amor terreno cuando su verdadera dificultad consiste en llegar a él. Y sin duda es bastante más fácil amar menos a nuestros semejantes e imaginar que esto sucede porque estamos aprendiendo a amar más a Dios, cuando la verdadera razón puede ser bien diferente: es posible que sólo estemos "tomando las flaquezas de la naturaleza por un aumento de Gracia". Mucha gente no encuentra difícil odiar a su mujer o a su madre. Mauriac, en una hermosa escena, describe a los otros discípulos pasmados y asombrados de ese extraño mandamiento, pero no Judas Iscariote: éste se lo traga fácilmente.

Pero haber destacado antes en este libro esa rivalidad entre los amores naturales y el amor de Dios hubiera sido prematuro también en otro sentido. Ese recurso a la divinidad al que nuestros amores acuden tan fácilmente puede ser refutado sin necesidad de ir tan lejos. Los amores demuestran que son indignos de ocupar el lugar de Dios, porque ni siquiera pueden permanecer como tales y cumplir lo que prometen sin la ayuda de Dios. ¿Por qué molestarse en probar que algún insignificante principillo no es el Emperador legítimo, cuando sin la ayuda del Emperador ni siquiera puede conservar su trono, subordinado a él, ni puede mantener la paz por medio año en su pequeña provincia, sin ayuda del Emperador? Incluso por su propio interés, los amores naturales deben aceptar ser algo secundario, si han de seguir siendo lo que quieren ser. En este sometimiento reside su verdadera libertad: "Son más altos cuando se inclinan". Cuando Dios manda en un corazón humano, aunque a veces tenga que derrocar a algunas de sus autoridades nativas, mantiene a menudo a otras en sus puestos y, al someter su autoridad a la Suya, da por primera vez a ese corazón una base sólida.

Emerson ha dicho: "Cuando se van los semidioses, llegan los dioses". Ésta es una máxima muy dudosa. Digamos mejor: "Cuando Dios llega, y sólo entonces, los semidioses pueden quedarse". Entregados a ellos mismos desaparecen o se vuelven demonios. Solamente en Su nombre pueden, con belleza y seguridad, "esgrimir sus pequeños tridentes". La rebelde consigna "Todo por amor" es, en realidad, la garantía de la muerte del amor (la fecha de la ejecución, por el momento, en blanco).

Pero la cuestión de esta rivalidad, postergada tan largamente por estas razones, debe ahora ser tratada; en cualquier época anterior, excepto el siglo XIX, podría aparecer a lo largo de todo un libro sobre este tema. Si los victorianos necesitaban algo que les recordara que el amor no es suficiente, teólogos más antiguos que ellos, en cambio, proclamaban continuamente y en voz bien alta que el amor natural es muy probablemente demasiado. El peligro de amar demasiado poco a nuestros semejantes se les pasaba menos por la cabeza que el de amarlos de una manera idolátrica. En cada esposa, madre, hijo y amigo, ellos veían un posible rival de Nuestro Señor (Lucas 14, 26).

Hay un método para saber con seguridad si nuestro amor hacia nuestros semejantes es inmoderado, método que me veo obligado a rechazar desde el comienzo. Y lo hago temblando, pues me lo encontré en las páginas de un gran santo y gran pensador, con quien tengo, felizmente, incalculables deudas.

Con palabras que aún pueden hacer brotar lágrimas, San Agustín describe la desolación en que lo sumió la muerte de su amigo Nebridio (Confesiones IV, 10). Luego extrae una moraleja: esto es lo que pasa, dice, por entregar nuestro corazón a cualquier cosa que no sea Dios. Todos los seres humanos mueren. No permitamos que nuestra felicidad dependa de algo que podemos perder. Si el amor ha de ser una bendición, no una desgracia, debemos dedicárselo al único Amado que jamás morirá.

Esto es, por supuesto, tener un excelente sentido común. No pongamos el agua en una vasija quebrada. No invirtamos demasiado en una casa de la que nos pueden echar. Y no hay ningún hombre que pueda asumir con más convicción que yo tan prudentes máximas: ante todo, soy partidario de la seguridad. De todos los argumentos contra el amor, ninguno atrae tanto a mi naturaleza como "¡Cuidado!, eso puede hacerte sufrir".

A mi naturaleza, a mi temperamento, sí; pero no a mi conciencia. Cuando me dejo llevar por esa atracción me doy cuenta de que estoy a mil millas de Cristo. Si de algo estoy seguro es de que su enseñanza nunca tuvo por objeto confirmar mi preferencia congénita por las inversiones seguras y los riesgos limitados. Dudo de que haya en mí algo que pueda complacerle menos que eso. ¿Y quién podría imaginar siquiera comenzar a amar a Dios sobre una base tan prudente, porque la seguridad, por así decir, es mejor? ¿Quién podría siquiera incluirla entre las razones para amar? ¿Elegiría usted una esposa o un amigo -y ya que estamos en eso, elegiría un perro- con ese espíritu? Uno debería irse fuera del mundo del amor, de todos los amores, antes de calcular así.

El Eros, el ilícito Eros, al preferir al ser amado antes que la felicidad, se parece más al Amor en sí mismo que esto.

Pienso que este pasaje de las Confesiones es menos una parte del cristianismo de San Agustín, que una resaca de las elevadas filosofías paganas en medio de las cuales creció. Está más cerca de la "apatía" estoica o del misticismo neoplatónico que de la Caridad. Nosotros somos seguidores de Uno que lloró por Jerusalén, y sobre la tumba de Lázaro, y que, amándolos a todos, tenía sin embargo un discípulo a quien, en un sentido especial, Él "amaba". San Pablo tiene más autoridad ante nosotros que San Agustín: San Pablo, el cual no parece que no haya sufrido "como un hombre" ante la grave enfermedad de Epafrodito, y que da la impresión de que hubiera sufrido del mismo modo si Epafrodito hubiese muerto (Filipenses 2, 27).

Aun cuando se diera por sentado que las seguridades contra el dolor fueran nuestra máxima sabiduría, ¿acaso Dios mismo las ofrece? Parece que no. Cristo llega al final a decir: "¿Por qué me has abandonado?".

De acuerdo con las líneas sugeridas por San Agustín, no hay escapatoria. Ni tampoco de acuerdo con otras líneas. No hay inversión segura. Amar, de cualquier manera, es ser vulnerable. Basta con que amemos algo para que nuestro corazón, con seguridad, se retuerza y, posiblemente, se rompa. Si uno quiere estar seguro de mantenerlo intacto, no debe dar su corazón a nadie, ni siquiera a un animal. Hay que rodearlo cuidadosamente de pasatiempos y de pequeños lujos; evitar todo compromiso; guardarlo a buen recaudo bajo llave en el cofre o en el ataúd de nuestro egoísmo. Pero en ese cofre -seguro, oscuro, inmóvil, sin aire- cambiará. No se romperá, se volverá irrompible, impenetrable, irredimible. La alternativa de la tragedia, o al menos del riesgo de la tragedia, es la condenación. El único sitio, aparte del Cielo, donde se puede estar perfectamente a salvo de todos los peligros y perturbaciones del amor es el Infierno.

Creo que los amores más ilícitos y desordenados son menos contrarios a la voluntad de Dios que una falta de amor consentida, con la que uno se protege a sí mismo. Es como esconder el talento en un pañuelo, y por una razón muy parecida. "Supe de ti que eres un hombre muy duro". Cristo no enseñó ni sufrió para que llegáramos a ser, aun en los amores naturales, más cuidadosos de nuestra propia felicidad. Si el hombre no deja de hacer cálculos respecto de los seres amados de esta tierra a quienes ha visto, es poco probable que no haga esos mismos cálculos con Dios, a quien no ha visto. Nos acercaremos a Dios no mediante el intento de evitar los sufrimientos inherentes a todos los amores, sino aceptándolos y ofreciéndoselos a Él, arrojando lejos toda armadura defensiva. Si es necesario que nuestros corazones se rompan y si Él elige ese medio para que se quiebren, que así sea.

Ciertamente, sigue siendo verdad que todos los amores naturales pueden ser desordenados. "Desordenado" no significa "insuficientemente cauto", ni tampoco quiere decir "demasiado grande"; no es un término cuantitativo. Es probable que sea imposible amar a un ser humano simplemente "demasiado". Podemos amarlo demasiado "en proporción" a nuestro amor por Dios; pero es la pequeñez de nuestro amor a Dios, no la magnitud de nuestro amor por el hombre, lo que constituye lo desordenado. Esto también debe ser clarificado, porque si no podríamos perturbar a algunos que van por el camino correcto, pero se alarman porque no sienten ante Dios una emoción tan cálida y sensible como la que sienten por el ser Amado de esta tierra. Sería muy deseable -por lo menos eso creo yo- que todos nosotros, siempre, pudiéramos sentir lo mismo; tenemos que rezar para que ese don nos sea concedido. Pero el problema de si amamos más a Dios o al ser Amado de la tierra no es, en lo que se refiere a nuestros deberes de cristianos, una cuestión de intensidad comparativa de dos sentimientos; la verdadera cuestión es -al presentarse esa alternativa-, a cuál servimos, o elegimos, o ponemos primero. ¿Ante qué exigencia, en última instancia, se inclina nuestra voluntad?

Como sucede con tanta frecuencia, las mismas palabras de Nuestro Señor son a la vez muchísimo más duras y muchísimo más tolerables que las de los teólogos. Él nada dice acerca de precaverse contra los amores de la tierra por miedo a quedar herido; dice algo -que restalla como un latigazo- acerca de pisotearlos todos desde el momento en que nos impidan seguir tras Él. "Si alguno viene a Mí y no odia a su padre y a su madre y a su esposa... y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo" (Lucas 14, 26).

¿Pero cómo he de entender la palabra "odiar"? Que el Amor mismo nos esté mandando lo que habitualmente entendemos por odio -ordenándonos fomentar el resentimiento, alegrarnos con la desgracia del otro, gozándonos en hacerle daño- es casi una contradictio in terminis. Yo pienso que Nuestro Señor, en el sentido que aquí se entiende, "odió" a San Pedro cuando le dijo: "¡Apártate de mí, Satanás! ¡Tú me sirves de escándalo, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres!" (Mateo 16, 23). "¡Apártate de mí!". Odiar es rechazar al ser amado, enfrentarse a él, no concederle nada cuando nos susurra las mismas insinuaciones del Demonio, por muy tierna y por muy lastimosamente que lo haga. Un hombre, dice Jesús, que intenta servir a dos señores "odiará" a uno y "amará" al otro. No se trata aquí, ciertamente, de meros sentimientos de aversión y de atracción, sino de lo que estamos tratando: es decir, se adherirá a uno, le obedecerá, trabajará para él, y, en cambio, no lo hará con el otro.







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Por otras razones, aunque en algo parecidas a las que ahora aparecieron sin pedir permiso, ya había hablado de una parte de este texto hace algunos años.

Me es bueno y necesario recurrir a estas páginas de nuevo. Y por eso las traigo ahora. Creo, sin embargo, y a la vez, que hay mucha cosa todo alrededor como para que haya que traerlas otra vez, de todas maneras, y ver toda clase de asuntos, desde la política y la Fe hasta la cultura o la convivencia personal, y hasta el tiempo libre si me apura, a la luz de lo que dice Lewis sobre los amores humanos. Y para ver mejor, esto va sin decirlo, nuestros amores, humanos y divinos.