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miércoles, 23 de marzo de 2016

Venus revisitada


De principio a fin, los amores humanos son un asunto difícil y misterioso. Porque amar es difícil y misterioso.

¿Acertamos al amar? La respuesta más fácil, la que para muchos grita la experiencia, es que de ninguna manera. Sólo, dicen, en ocasiones infrecuentes, y felices, por cierto. Pero, dicen, más bien tiende a cero -dirían un matemático o un físico- la probabilidad de que acertemos.

Será. Pero lo cierto es que no es tanto lo que el amor haga con nosotros. Es lo que nosotros hacemos con el amor. Y allí amor está dicho en dos sentidos algo distintos y a veces bien diferentes.

El primero se refiere al amor real, y muy particularmente al que sabemos con mayúsculas, porque no hay modo de que no sea real el amor que hace algo con, en o de nosotros. Y en tanto que real, lo que hace es benéfico.

Cuando somos nosotros los que hacemos algo con el amor, el asunto se hace opaco y vidrioso. No es tan claro que eso que llamamos amor lo sea realmente. Y de allí la diferencia. Y de allí los desaciertos, que en general proceden de nuestra propensión a confundir el amor real con heridas de flechas que no son precisamente amorosas, por apasionadas que sean, por apasionantes que nos resulten, y aun por más que tengan algún substrato de lo mismo amoroso real, más lejano o más próximo.

Asunto misterioso, sin duda. El que más, sin lugar a dudas. Porque la raíz misma del amor es un misterio infinito.

Para amenizar cuestión tan espinosa, tal vez valga citar a Shakespeare en su Romeo y Julieta, en dos pasajes que creo que vienen a cuento:

En la escena II del acto II, está el emblemático balcón bajo el cual Romeo jura su amor por la Luna y Julieta lo reprende con una amonestación ya clásica:
¡Oh! No jures por la luna, por la inconstante luna, que cada mes cambia al girar en su órbita, no sea que tu amor resulte tan variable.
Un poco antes, en la escena I, dialogan en la noche Benvolio y Mercucio mientras buscan al apasionado Romeo que anda perdido por Julieta:
Vamos, dice Benvolio, se habrá ocultado entre esos árboles, para buscar la compañía de la noche. Su amor es ciego y le conviene más la oscuridad...
A lo que Mercucio contesta:
¡Si su amor es ciego no puede dar en el blanco...!

Dicho lo cual -y dejando por el momento la cuestión en estas alturas, o bajíos, según se prefiera-, levantará un servidor la vista y se pondrá a mirar las estrellas, a ver qué respuesta podría uno encontrar allí.

*   *   *

Y entonces, Venus.

La más brillante de las luces estelares que vemos por las noches desde este valle. Claro que es un planeta, es decir, un ser errante y vagabundo, según su étimo. Y sin embargo tiene nombre de estrella. Y ahora estoy jugando un poco con las palabras, pero no tanto.

Porque es sabido que Venus es la transcripción al panteón romano de la Ishtar de los babilonios, que fueron quienes, como también es sentencia común, le pusieron los nombres a los planetas visibles desde el suelo terreno.

Ishtar: en sus raíces antiguas, la palabra pudo haber dado, verosímilmente para los filólogos, nuestra estrella; por una vía lateral, de la misma cosa con otro nombre tenemos astro. De hecho, esa divinidad femenina era también Astarté entre los babilonios.

En lo que toca a sus dotes, convengamos en que la joven no tenía buena fama. Era considerada, entre otras cosas, la cortesana de los propios dioses, que no eran pocos. Y amante de numerosos hombres, claro, también. Entre sus patronazgos, figura el de la prostitución, tanto la que se consideraba ritual entre aquellos pueblos, como la otra, ciertamente más común y menos mística. Por supuesto, es además un emblema de femineidades y fertilidades, y la primavera y los florecimientos de varios tipos le están asociados. A la vez, regentea las pasiones amorosas habitualmente ardientes y, como tiene sangre belicosa por parte de padre, según los mitólogos, Ishtar se lanza a las más feroces venganzas y crueldades cuando sus arranques pasionales son contrariados por otras deidades o por simples mortales. Muchos pasajes míticos alrededor de esta figura babilónica, pasaron a otras mitologías y tanto a Afrodita, como a Isis o a la misma Venus, le ocurrieron cosas parecidas, que evidentemente tienen un fondo común o una relación causal, según se trate de un pueblo u otro.

Ardorosa, inconstante, apasionada, vengativa. Así resultaba Ishtar y bastante de ello heredaron sus émulos posteriores.

Como fuere, aun Ishtar, pero ciertamente Afrodita y Venus, que es quien nos interesa ahora, son el emblema pagano del amor, siquiera de un tipo de amor.

Y allí está Ishtar en el cielo. Venus. Veleidosa en sus revoluciones, como buen planeta, y más que otros en nuestro sistema. Y rigiendo desde allí, al parecer, los impulsos amorosos de los mortales. A ella se le encomendó desde antiguo en ese mapa sidéreo el segundo círculo que gira alrededor de la verdadera estrella de nuestro mundo planetario.

Hay que decir, al fin, que -junto con Gea-Gaia, nuestra Tierra- tiene la nota distintiva de llevar nombre femenino, en ese mundo habitado por presencias masculinas.

Estrella de la mañana, Estrella de la tarde, nombres que se le han dado y que, a la vez, evocan realidades mayores y hasta contradictorias con su naturaleza. O vaya uno a saber, porque el amor sigue siendo asunto del todo misterioso.

*   *   *

Ahora bien.

Me pregunto seriamente cómo pudieron haber sabido aquellos hombres tan doctos en las cosas estelares, ciertas particularidades del planeta que nombraron con el nombre de Ishtar-Venus, particularidades que sólo es posible conocer en nuestros días con aparatajes y hasta viajes inexistentes por entonces.

Porque el caso es que, simbólicamente, algunas notas curiosas que hoy conocemos del planeta, confirman el acierto de su nombre, de un modo que hasta me parece extraordinario por lo que tiene de prácticamente imposible.

Y voy a enumerar apenas tres asuntos.

Ishtar-Venus gira en torno a su eje en sentido contrario al que lo hacen el resto de los planetas. Y en eso es único. De modo que el sol sale allí por el oeste y se pone en el este. Nadie sabe bien por qué y presumen algunos que esa contrariedad es producto de alguna enorme y majestuosa colisión en tiempos remotos, causa que, por otra parte, se aduce para todas las inclinaciones de los ejes planetarios, el de la Tierra incluído.

Como se prefiera: pero allí la colisión cambió el giro de las cosas de un modo inusitado y en otros arrabales del mundo solar, no.

No parece que le quede mal a Ishtar esa peculiaridad, si es verdad que su apasionamiento es capaz de llevar las cosas al extremo de darle vuelta el mundo al más pintado, de modo que invierta completamente su dirección, la percepción del sentido de su vida, sus prioridades, tal como la pasión hace con los apasionados.

Tal vez habría que agregar en este punto que el eje sobre el que gira se ha invertido casi completamente, es decir 177°, de los 180 que debería tener si diera una vuelta por completo opuesta. De ese modo, en la veleidosa Ishtar-Venus también el sur es el norte, por decirlo de alguna manera. Lo cual es prueba de lo mismo.

(¿Pero no hace algo por el estilo también el amor real?)

Por otra parte, y en segundo lugar, es curioso que los antiguos hayan acertado en lo que se refiere a los ardores que la niña padece y provoca. Porque resulta que, por sus características atmosféricas tan particulares, y recién ahora conocidas, Ishtar-Venus soporta en su aire y en su superficie temperaturas más alta que todos sus hermanos, pese incluso a no ser, como Mercurio, el planeta más proximo al sol. Sus casi 500° de calor son un argumento concluyente si hay que probar su constante y terrible ardor. Recuerdo ahora, por ejemplo, que en la Perelandra de la trilogía de C. S. Lewis el planeta Venus es imaginado como un inmenso océano móvil, cosa por completo distinta a lo que hoy sabemos, en virtud precisamente de su torridez agobiante. De hecho, no hay una sola gota de agua en Venus.

(¿Pero acaso el amor real no es también fuego ardiente y lo que se quiere es que arda, aunque el fuego y las palabras mismas que lo nombran no son lo mismo que el ardor del mero apasionamiento?)

Queda un tercer asunto más. Algo que no le pasa sólo a Ishtar-Venus. También le ocurre a la Luna de nuestra Tierra. Pero creo que, en todo caso, que les pase a ambas figuras es igualmente sorprendente, además de reforzar el acierto de los antiguos al nombrar.

En Ishtar-Venus el año dura menos que el día. Gira sobre sí misma morosa y muy lentamente de modo que para cubrir su circunsferencia, es decir para pasar el día y la noche en Ishtar-Venus hay que gastar 243 días de los nuestros. Sí, oyó bien. Un día en Venus dura lo que 243 días terráqueos. Mientras, el año venusino -es decir, el tiempo que tarda en girar en torno al sol- dura unos 225 días terrenos. Esto es: en Venus, cuando ya ha pasado un año todavía no ha pasado un día.

Insisto: con la Luna ocurre otro tanto, como ya se sabe: su órbita alrededor de la Tierra (su año, diríamos) dura unos 27 días; entretanto, su día (es decir, el tiempo que tarda en girar sobre sí misma) dura unos 29 días. Pero el hecho mismo de que la Luna sea -a favor o en contra- un asunto tópico entre los amantes y enamorados, que suspiran tradicionalmente a su cobijo (como lo hacen al amparo de Venus), no hace más que confirmar la nota simbólica del único planeta que muestra esta peculiaridad sorprendente y extravagante.

Quiero decir, si se me permite, que no deja de ser curioso que Ishtar-Venus muestre simbólicamente esta forma tan típica de percibir, sufrir y gozar del tiempo en los asuntos pasionales.

¿Acaso no es verdad que el día es interminable para el que arde apasionada y ansiosamente, y que, a la vez, el año puede hacérsele más corto, una vez que el mismo tiempo transcurriendo ha curado en algo o aplacado de algún modo la pasión?

Era costumbre terapéutica antiguamente poner distancia entre amantes desdichados o en asuntos de pasiones inconvenientes o imposibles. Precisamente, se le confiaba al tiempo (y a la distancia) el remedio. Porque distancia, en aquellos días, era también consecuentemente tiempo, no como ocurre ahora en nuestro mundo de velocidades e inmediateces, de tiempos y distancias diluídos hasta casi desaparecer.

No es así todavía en Venus: allí los días son aún interminables en el reino de la ferozmente alocada Ishtar y los años pasan más rápido, finalmente. Casi una condición inherente a la pasión que la signa.

(¿Pero no es verdad a la vez que el tiempo del amor real es más bien el instante, una especie de suspensión del tiempo en la que lo eterno entra en el reino de Cronos y transporta a una duración que nos parece infinita por su sin medida?)

*   *   *

Una vez más.

¿Cómo aquellos hombres antiguos y sabios pudieron saber lo que no sabían?

¿Cómo hicieron para nombrar con acierto sin conocer acabadamente el objeto que nombraban y que se adecuaba al nombre puesto mucho más que lo que ellos podían saber entonces?

¿O sabían cosas que no nos han dicho?


Como fuere, sin embargo, pienso también que, tratándose de amor -en cualquiera de sus formas, el asunto más misterioso que hay en el entero universo y aun más allá-, no es tan extraño que haya misterio en esta cuestión misteriosa.





sábado, 27 de febrero de 2016

Hidra y sus parientes (II)




Tiempo atrás, estuve mirando un poco más de cerca a la Hidra de Lerna.

Vuelvo sobre el asunto ahora para subrayar un punto que creo importante.

Entre las maldades constitutivas de la Hidra, está su sangre venenosa y su mismo aliento envenenado, y tanto que aun el solo efluvio de ambos es mortal.

Esto mismo está asociado a la muerte de su matador, de alguna manera, pues el propio Heracles/Hércules recibe parte de ese veneno mezclado con la sangre del centauro Neso, a quien mató con una flecha envenenada en la sangre de la Hidra, pues Neso había raptado a su esposa Deyanira y escapaba con ella.

Pero, más allá de estas notas fatales de la pestilencia de Hidra, está el modo como Heracles termina con ella.

Como en un triángulo invertido, el vértice al que van a dar los afluentes del asunto parece ser el fuego.

Y también aquí hay que asociar el fuego con el final del semidiós y mayor héroe mítico de los griegos. Pero dejemos ese asunto para después.

Entiendo que es el fuego, precisamente, el nudo que, si no sostiene las columnas del mito referido a la Hidra, al menos cierra y cauteriza su desarrollo. Fuego que una y otra vez será el límite del mal.

Heracles/Hércules, al cabo, debe lograr que la potencia maligna de la Hidra quede sin cauce. Sus cabezas son la figura de su maldad multiforme y la capacidad de reproducirlas es la fuerza prepotente con la que somete a sus oponentes. Es inútil que cortemos una por una las cabezas, se reproducirán fatalmente.

Quien se enfrente a ella siempre estará en desventaja. Alimentará una catástrofe tratando de evitarla y, en el mismo acto y con el mismo acto reparador, habrá generado otra u otras maldades de magnitud mayor a la anterior o anteriores que trataba de curar. La repetición es a la vez un dato siniestro: Hidra puede indefinidamente generar la amenaza maligna, su oponente no tiene fuerzas interminables. Ella puede repetir sin más su maldad, él no puede sostener sin más su virtud. No por sí solo, al menos.

Así, un designio tal, que se engendra desde dentro mismo de aquella monstruosidad, hace que cualquier virtud, cualquier justicia, cualquier bien, no sólo se desaliente y languidezca, sino que revierta en mal y hasta lo aumente y lo expanda.

El bien como dique y promotor del mal: una idea perversa hincada en la misma substancia de las cosas. La espantosa familia entera de Hidra tiene esos genes, hay que recordarlo.

La suya es una pretensión como si dijéramos diabólica. El monstruo no puede con el bien, no es capaz de destruirlo, no es capaz de crearle un equivalente, pues no es capaz de crear, en suma. Pero puede hacer que el bien, sin desvirtuarse y en su propia y mismísima realización recta, colabore con el mal y, en su misma acción benéfica, indefectiblemente, produzca lo malo y lo potencie.

Se diría que una de las razones de ser de la propia Hidra es esta conmoción en la raíz de las cosas, este intento de cambio de signo de la entera realidad, especialmente en lo que tiene de bueno y benéfico. Tal vez, se trate de algo más que de una rémora de la ancestral batalla entre los Olímpicos y los Titanes que está en la historia de su familia.

Frente a ella, la Hidra, ya suficientemente mala, la virtud -por un arcano malévolo- es usada como punto de apoyo de una palanca destructiva. Es claro que aun así es parasitaria del bien: lo necesita para malear las cosas. Y eso en cuanto cortar sus cabezas venenosas es un bien.

Pero, en términos típicos, ese bien parece imposible. Más le corta usted la cabeza más fuerte será la que renacerá, si es que no son dos por cada una cortada, como en algunas versiones.

Mayor el bien, mayor el mal que produce. Corte una cabeza que es bueno y aparecerán dos que es doblemente malo. Corte nueve y se multiplicarán. De ese modo, parece que la causa del mal es un bien. Así, parece preferible no atacar el mal. No hacer el bien.

Finalmente, Hércules/Heracles se enfrenta a ello con la ayuda de Yolao, su sobrino. Tal vez inspirado por Atenea, como dicen los mitos, Yolao prepara el artificio de un basto envuelto con una tela que empapada en combustible arderá como una tea. Así, cada muñón que resulte del corte de su tío será cauterizado y no habrá nueva cabeza.

El fuego, de este modo, interrumpe el ciclo y ahoga la potencia, la clausura, la vuelve inane, y aunque no la hace desaparecer, la encierra en la propia monstruosidad. Y nótese que en el mito Hidra no puede vivir sin sus cabezas. Incluso la peor de ellas, que es la única que no puede morir aunque la corten, es enterrada finalmente por Heracles en un sitio sagrado cerca de Lerna, bajo una piedra enorme.

En la medida en que ese dinamismo es la propia fuerza del monstruo, cauterizar ese dinamismo equivale precisamente a destruirlo o -lo que es similar- a poner ante él unas puertas llameantes y quemantes que le impiden su expansión. El fuego -ya trataremos de ver su simbolismo- clausura el mal. Y el héroe no porta ese fuego, que no es parte de su fuerza y virtud, sino que es una ayuda externa a él sin la cual enfrentarse al mal multiforme le sería imposible.

En otras versiones del mito, Heracles hunde su espada en la sangre venenosa de la primera cabeza cortada y así va dando cuenta de las siguientes. Como hubiere sido, el propio veneno es asunto que hay que considerar, porque -ya se dijo- el veneno que obtiene de esta proeza, y que guarda para futuras ocasiones, tendrá secuelas en las demás pruebas, pero también estará presente en su vida y en su muerte. Como el mismo fuego, es verdad, y sobre todo al final, donde veneno y fuego volverán a encontrarse cara a cara, esta vez en el héroe y no en la Hidra.


Además de ahondar en las significaciones de esta cuestión del fuego, y en sus posibles sentidos más allá del que ahora mostramos en esta trama mítica, quedan por ver algunos otros hilos de este tejido.

El origen de la Hidra y el significado de tal origen así como el de sus progenitores y hermanos es uno. Allí, el enfrentamiento ancestral con el mundo olímpico parece un nítido aviso de que hay una contradicción que busca saldarse. Pero también resulta un retrato de la concepción mítica de las relaciones entre el mundo divino y las fuerzas que obran en el mundo.

Por otra parte, está el episodio mismo del combate y su mecánica. Tanto por el fuego como por el hecho de que para lograr su propósito, el emblema Heracles/Hércules se hace ayudar por Yolao, su sobrino, que tendrá un culto propio, en el Mediterráneo griego, siempre asociado a su tío. Yolao mismo, según el mito en torno al héroe, estará presente al final de la vida de Heracles y, como dije, asociado otra vez al fuego que resultará una vez más liberador.

En este sentido, precisamente, un apartado lo merece también el hecho de que ésta haya sido una de las dos pruebas impugnadas por Euristeo, rey primo de Heracles, que fue quien se las ordenó por orden del oráculo de Delfos, aunque con especial inquina propia, y que las impugnó por el hecho mismo de que, para triunfar en ella, haya recurrido a otro y no la haya acometido en soledad como se exigía de él. Si esto es una ficción mítica para corregir el número de pruebas, y agregar 2 más a las 10 originales, tanto da.

Por último, es preciso rastrear el significado de Heracles/Hércules, siendo como parece ser, el agente de un designio opuesto a la Hidra y sus peculiares significados, no solamente en el orden mítico sino en otro orden más antiguo que el mito. Y más nuevo.


Pero.


Hay tiempo, creo.

Vayamos viendo.


El año recién despierta.

Y un servidor con él.






miércoles, 25 de noviembre de 2015

Hidra y sus parientes





Una de las virtudes de la mitología -si no es la mayor- es que su simbolismo (habitualmente oscuro y enrevesado a primera o segunda vista), es esclarecedor. Ilumina desde sus oscuridades, ayuda a ver con sus nieblas y figuras.

Hoy, para quienes se topan (o andan) con asuntos mitológicos, desde los dibujos japoneses hasta los neopaganos, la mitología no deja de ser un artificio, en el sentido ramplón de la palabra. Como ropajes, diríamos, en el mejor de los casos, disfraces. En el peor, manifestaciones terribles o resplandecientes de oscuridades y deformaciones.

Entre los antiguos, mayormente, las cosas creo aparecían al revés: algunas oscuridades estaban en la superficie y las claridades en lo hondo.

La mitología no es solamente el dato histórico o cultural que permite ver diacrónicamente la concepción del mundo de los antiguos. Antes, a la inversa, es la verificación de la potencia significativa de las cosas, por una parte, y de la capacidad perspicaz del hombre, por otra. Capacidad que alcanza precisamente a ver hasta un punto. Después, formula el misterio, nada más.

De todos modos, ¿acierta siempre el hombre al ver lo que ve y lo que las cosas le dicen?

No, claro. Ni entonces ni después. Ni ahora.


Hidra y sus parientes es un ejemplo, adecuado como cualquiera de los otros, para mostrar lo mucho que se aprende entendiendo bien esas "falsedades" mitológicas.

En otro orden, pero en el mismo territorio, guiarse por los conceptos tolkienianos acerca del mito y la aplicabilidad es casi necesario para entrar en esos vericuetos con provecho.

Tengo la tentación de aburrirlo con detalles de este mito complejo y terrible. Pero también tengo la tentación de que trabaje por su cuenta y creo que con gran beneficio para usted. Y resulta que ésta es más fuerte que la otra.


El caso suscintamente dicho es que las cuestiones en torno a la Hidra de Lerna se remontan a los primeros tiempos de los dioses y a las rencillas y resentimientos entre Zeus y los Titanes. Al menos lo que se refiere a sus parientes y en especial a los padres que la mayor parte de los mitos le atribuyen, Tifón y Equidna.

Ambos, Tifón y Equidna, son tan monstruosos y terribles como su progenie y tanto que en varias de las versiones de los mitos se les asignan hijos como perros monstruosos, dragones perversos, águilas despiadadas, cerdos, jabalíes. Y hasta vientos malignos.

La aparición de Hércules-Heracles en el asunto le dio a la Hidra (y a su presunto hermano, el León de Nemea, otro monstruo perverso muerto por el héroe) una fama adicional. También a otros de la misma laya que formaban fila en las pruebas famosas que se vio obligado a acometer el furibundo Heracles-Hércules, en virtud, precisamente de su furibundez.

Ahora bien.

El propio Heracles-Hércules tiene un legajo tremebundo -de principio a fin- que lo lleva a finar de un modo no menos trágico.

Sin embargo, creo ver que precisamente en el episodio de su enfrentamiento a muerte con la Hidra de Lerna, está el emblema de una lucha que representa ni más ni menos que el combate -no eterno- entre el bien y el mal.

Tal vez baste apuntar, para dar una pista, que la Hidra y sus parientes -como otros- forman el coro de divinidades y existencias que se llaman buenamente ctónicas, pero que se refieren no simplemente a las inocentes o neutras realidades terrenas, sino a las que moran en las profundidades de la tierra en razón de lo que son y representan, esto es, aquellas existencias que moran lejos de la luz, lejos del sol. Estoy simplificando. Pero no tanto que entre los antiguos este combate entre la luz y las tinieblas no tuviera una expresión transparente.

Podrán no haber sabido el nombre último de estas realidades. Pero no que no supieran de algún modo consistente que estas cosas existían.

Y sabían que el hombre estaba en medio de ese combate.

Un combate entre el bien y el mal que también tenía correlato en las estrellas. Basta, para saberlo, ver de dónde -y por qué- proceden los nombres de algunas constelaciones y armados estelares, como la de la propia Hidra, León, Cáncer y hasta, sí, lo que se dice en torno a la aparición de la misma Vía Láctea.

No hace faltar contar las cabezas de la Hidra de Lerna, porque los mitos antiguos son variados en las cifras. Algunas son mejores que otras, pero todas ellas están cargadas de simbolismo. También lo está el hecho de que, cortadas, esas cabezas se reproduzcan. Como, por supuesto, también lo está el hecho de que Heracles-Hércules deba ingeniárselas para cumplir el trabajo impuesto de matarla. Y de matarla por completo. Cómo llega a hacerlo, no está exento de significados, por cierto.

En fin.

Hay que mirar un poco ese asunto.

Al hacerlo, no hay que olvidar en primer lugar el valor universal de tales significados y símbolos.

Pero, tan importanete como eso, no hay que olvidar tampoco su intrínseca cualidad de aplicabilidad.

En muchos y variados órdenes: desde lo político hasta lo personal y todo lo que queda comprendido entre la vida de muchos siendo uno en cualquier circunstancia (patria grande o chica, iglesia, familia, club o lo que fuere), tanto como la vida propia de cada quien.

Porque, para el caso, Hidras de Lerna hay de todas clases y en toda cosa.

Hasta que deje de haber.


Pero miremos y veamos.

Después hablemos del asunto. Siquiera un poco.




_______________

Tiene su interés la escultura que ilustra estas líneas. Es del danés Rudolph Tegner, la hizo alrededor de 1918. Sus ideas están reflejadas en el tratamiento que le dio al asunto y el resultado no se corresponde exactamente con el mito, sino en todo caso con sus concepciones. Sin embargo, su mano es potente y, más allá de todo, logra exponer con fuerza algo del efecto que ese combate tiene en el hombre.







jueves, 12 de febrero de 2015

Morir de amor (II)


 

Parece un asunto misterioso y raro, pero no lo es tanto. Nada le quita que sea significativo, tal como lo es.

Las palabras que usamos son anteriores a nosotros. Todas o casi. Y sus historias nos son mayormente desconocidas. No solamente en sus orígenes sino también en sus andanzas. Por cuántas razones las palabras se deshacen con el tiempo y se sueltan de sus raíces para ir por caminos tantas veces opuestos al que traían.

No es cuestión ahora de usurpar el lugar de los insignes filólogos. Basta con algunas pocas referencias, casi de entrecasa.

Cualquiera que se tome el trabajo de hurgar estas voces que decía bajo la tierra del tiempo, encontrará la raíz indoeuropea van- (wan-, ven-) y, una vez que la encuentre, se enterará de que significa, básicamente, tanto amar como desear.

Venus, la diosa, y veneno (o venia, viernes o to want, en lengua de los anglos... y hasta la bella Vanadis, mujer de Odín) vienen de allí. Venus, hay que decirlo, antes tuvo entre los latinos un sustantivo venus, que era tanto algo muy deseado como un favor concedido por los dioses.

En el caso de veneno o venia, sus orígenes dicen que siguen el significado principal. De allí que a veneno se lo asocie primero con filtros amorosos (lo que ayudará a obtener lo amado o deseado) e incluso filtros mágicos en el sentido de religiosos, parece que tan antiguos como el amor mismo. Mucho después, y por otras vías más genéricas, vino nuestro veneno nefasto. Venia, por su parte, principia como una señal divina, un consentimiento divino a alguna petición o invocación, una gracia concedida, y recién más tarde aparece el significado de permiso, perdón o hasta el de un tipo de saludo. Venerar no se queda atrás y forma parte de la familia también.


Ahora bien, que a la tragedia amorosa más famosa del mundo de los últimos 400 años hayan ido a dar Venus y un veneno es cosa de notar, a mi sabor al menos.

Los amantes buscaron el modo de cumplir su deseo de estar juntos a través de un poderoso bebedizo que los mata, digamos así, para revivirlos poco después ya junto al amado, y sin morir.

A Venus, por el veneno, podría decir el refrán.

Y, sin embargo, fue precisamente el veneno el que alejó a Venus, fue el mismísimo unitivo veneno el que separó a los amantes para siempre, mire lo que son las cosas.



Pero tal vez haya tiempo para ir un poco más lejos en este asunto. No ahora, claro.






miércoles, 11 de febrero de 2015

Morir de amor




Amor y veneno. Amor envenenado. Veneno enamorado. Amores que matan. Venenos para amar.

¿Cuánto sabría del origen de las palabras William Shakespeare, cuando hacia 1590 comenzó a componer su versión de The Most Excellent and Lamentable Tragedie of Romeo and Juliet?

¿Sabría por ejemplo que Venus y veneno son voces hijas de la misma raíz, en el atrás indoeuropeo de las lenguas?



Dejo ahora el asunto allí mismo.

Pero es interesante el camino que llevan las palabras, de dónde vienen y hacia dónde nos llevan ellas mientras caminamos nosotros.

Más de uno podría sacar conclusiones extrañas si no se fija bien qué significan las palabras. Y por qué.


Ya veremos, si acaso con más tiempo.