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jueves, 17 de marzo de 2016

Secreto


Hay cosas que son nudos.

Algunos nudos atan y sojuzgan. Otros son ni más ni menos la maraña del corazón o de la mente. Y así en tantas cosas. Hay personas que son nudos. Hechos que lo son. Tiempos enteros, personales, históricos, que son nudos.

A veces, los nudos que digo atan nuestro corazón y nuestra mente como si ataran nuestros pies y no pudiéramos andar. En ocasiones los nudos son ideas, impresiones, datos confusos, información incompleta, verdades a medias, y, con todo y eso, hechos además un ovillo inmanejable. Nos inmovilizan, nos taran y nos dejan en un cero no pacífico sino inquieto y que ahoga. Una nada, pero angustiante.

Desde los afectos hasta la vida de la polis. Desde querer saber hasta ir tras las huellas de los signos de los tiempos.

Un mundo cerrado y oscuro en el que somos como ciegos inválidos, prisioneros de nuestra ignorancia. O de nuestra propia estolidez, o de nuestra soberbia, o del barullo de nuestro corazón.
No es posible deshacer un nudo si no se conoce antes la atadura. 
Es una versión algo libre de una frase de Aristóteles:
ἡ γὰρ ὕστερον εὐπορία λύσις τῶν πρότερον ἀπορουμένων ἐστί, λύειν δ᾽ οὐκ
(está en el Libro III de la Metafísica, 995a, 28)*

Está hablando allí precisamente de las aporías que ciegan nuestro conocimiento y que debemos resolver, disolver, para avanzar. Está hablando de cómo llegar a saber, desatando antes los nudos que atan nuestra inteligencia. El desatarlos es, incluso dice, llegar a saber.

Y ése es el gran secreto. De allí nacen los sabios, en principio. No es suficiente, pero es necesario: conocer la atadura.
.

Un modo de ignorarlo es usar el método alejandrino y atropellar el complejísimo nudo de Gordias con el filo de la espada. Dicen que Alejandro dijo: da igual cortarlo que desatarlo.

Alejandro fue hasta los 16 y sólo por 3 años discípulo de Aristóteles. Murió, como se sabe, poco antes de cumplir los 33. Con semejante apuro, tal vez no llegó a meditar lo suficiente lo que su maestro quiso decirle.

El propio Fernando el católico adornó sus armas personales con el lema Tanto monta, que alude al episodio gordiano: tanto monta cortar como desatar.

Muy bien.

Pero me quedo con Aristóteles.

No porque a veces en las cosas de este mundo no haya que cortar. Que sí hay que, a veces. Y a veces es tan difícil cortar como desatar.

Pero hay mayor y mejor sabiduría en desatar que en cortar. Y en conocer la atadura.

Y entonces no monta tanto cortar como desatar.






__________________________________________

* El texto completo de ese pasaje de Aristóteles en la Metafísica, dice:
ἔστι δὲ τοῖς εὐπορῆσαι βουλομένοις προὔργου τὸ διαπορῆσαι καλῶς: ἡ γὰρ ὕστερον εὐπορία λύσις τῶν πρότερον ἀπορουμένων ἐστί, λύειν δ᾽ οὐκ [30] ἔστιν ἀγνοοῦντας τὸν δεσμόν, ἀλλ᾽ ἡ τῆς διανοίας ἀπορία δηλοῖ τοῦτο περὶ τοῦ πράγματος: ᾗ γὰρ ἀπορεῖ, ταύτῃ παραπλήσιον πέπονθε τοῖς δεδεμένοις: ἀδύνατον γὰρ ἀμφοτέρως προελθεῖν εἰς τὸ πρόσθεν. διὸ δεῖ τὰς δυσχερείας τεθεωρηκέναι πάσας πρότερον

En su Comentario a la Metafísica, dice Santo Tomás respecto de este asunto:
Dicit ergo primo, quod ad hanc scientiam, quam quaerimus de primis principiis, et universali veritate rerum, necesse est ut primum aggrediamur ea de quibus oportet, dubitare, antequam veritas determinetur. Sunt autem huiusmodi dubitabilia propter duas rationes. Vel quia antiqui philosophi aliter susceperunt opinionem de eis quam rei veritas habeat, vel quia omnino praetermiserunt de his considerare.

Deinde cum dicit inest autem assignat quatuor rationes suae intentionis:

et primo dicit quod volentibus investigare veritatem contingit prae opere, idest ante opus bene dubitare, idest bene attingere ad ea quae sunt dubitabilia. Et hoc ideo quia posterior investigatio veritatis, nihil aliud est quam solutio prius dubitatorum. Manifestum est autem in solutione corporalium ligaminum, quod ille qui ignorat vinculum, non potest solvere ipsum. Dubitatio autem de aliqua re hoc modo se habet ad mentem, sicut vinculum corporale ad corpus, et eumdem effectum demonstrat. Inquantum enim aliquis dubitat, intantum patitur aliquid simile his qui sunt stricte ligati. Sicut enim ille qui habet pedes ligatos, non potest in anteriora procedere secundum viam corporalem, ita ille qui dubitat, quasi habens mentem ligatam, non potest ad anteriora procedere secundum viam speculationis. Et ideo sicut ille qui vult solvere vinculum corporale, oportet quod prius inspiciat vinculum et modum ligationis, ita ille qui vult solvere dubitationem, oportet quod prius speculetur omnes difficultates et earum causas.

lunes, 14 de marzo de 2016

Los mares de la China


La memoria es implacablemente silenciosa y silenciosamente implacable.

Por lo pronto, nadie -nadie, absolutamente- recuerda todos sus recuerdos. La memoria los calla mientras los guarda.

Por otra parte, si los recuerdos fueran un camino de regreso (a lugares, tiempos, circunstancias), uno estaría casi completamente perdido, jamás lograría llegar exactamente a la parte a la que iba, al tiempo exacto que busca traer ante sí. Al menos, nunca sabría con certeza si llegó. Un recuerdo que lo asalte a uno al paso, como habitualmente pasa, ya bastaría para que el desvío imperceptible moviera las cosas de modo tal que el paisaje cambiara, por mínimo que fuera el cambio. Y así se llega, muchas veces, adonde no se iba ni se querría haber llegado.

La memoria puede hacer eso, precisamente porque calla los recuerdos y pareciera que los evoca a voluntad. Voluntad más bien suya que nuestra, diría. Y eso porque la memoria -íntimamente nuestra- parece tener un régimen propio que, si no nos es ajeno, ciertamente no nos es dócil, como querríamos. Tanto para recordar como para olvidar.


Por ejemplo. Unas ocho páginas de un suplemento de un diario pueden llevarnos súbita e impensadamente tan lejos en el espacio como en el tiempo. En estos días, según parece, una serie de fascículos semanales viene tratando sobre mares y océanos en general, parte de una especie de enciclopedia geográfica.


Y, de pronto, unos mapas de los mares de la China se clavan en los ojos de un chico que ahora tiene -sin querer- entre 6 y 9 años y que mira una y otra vez unos libracos enormes, con dibujos de mapas fabulosos y coloridos, reproducciones sugerentes de gentes y razas de hombres, escrituras indescifrables, trajes típicos, monumentos milenarios, vegetación sin par, cadenas de alturas imponentes y eternamente heladas.

Y, así, de las nieblas que flotan sobre aguas tan mansas como amenazantes, surgen sampanes y filibusteros, y siguen Sandokán y Yañez, y siguen Verne y los viajeros de África o del Orinoco. Y toman cuerpo sin pedir permiso unos tomos de Larousse en francés, tapas verdes, con aventuras increíbles de seres reales, colosos por aires, mares y tierras del entero mundo: desde los vuelos de Saint-Exupéry sobre las arenas del Sahara o las estepas de la Patagonia, hasta las cuevas recónditas a miles de metros bajo la luz del sol, honduras de la tierra o el mar, o el Polo, o el Hindú-Kush, o las fuentes del Nilo...

Y mapas y más mapas y más. Y mi debilidad todavía, y la ya fascinación de aquel chico entonces, por los mapas y los viajes.

La memoria vino de la China, bajo el ropaje de unas imágenes de mares y dorsales y fosas y cadenas submarinas, límpidamente trazado todo en papel ilustración y con tecnologías digitales.

Pero la memoria es implacablemente silenciosa. Y habla calladamente y no descansa. Y de cualquier cosa toma ocasión. Y nos lleva donde quiere.

Y nos permite olvidar. Y así poder vivir.

Y, olvidando uno, permite poder vivir una vez y otra vez, ya con el corazón acorde a los recuerdos. Un momento al menos. Cuando llegan. Un momento sorprendente y sorpesivo de una mañana cualquiera, con el otoño del año -y de la vida- ya en los ojos.


Pero lejos -en el tiempo, en el espacio: infinitamente, insalvablemente lejos- de aquella China y sus mares.







sábado, 12 de marzo de 2016

Dulces prendas


Camina por la falda de una sierra baja. La lluvia llega de pronto y ella tiene que correr, con dificultad.

Ahora está sentada sobre bultos de lana esquilada, en un cobertizo abierto al campo. Ve llover. Sabe que el tiempo es breve, que no vivirá mucho más.
- The pain, then, is a part of the happiness, now. It's the deal.

Ella lo dice y quiere que él lo crea. Él la mira con amor. Y terror. No quiere otra felicidad que estar allí con ella. Y ella le dice que esa felicidad está preñada de un dolor presente que parece estar ausente ahora, pero que es parte de esa misma felicidad. Cuando llegue el dolor, él lo sabrá. Pero ella quiere que lo sepa ahora.

No mucho después, ella muere.
The pain, now, is part of the happiness, then. That’s the deal.

Es lo que él dice al final, tratando de entender.

Es raro. Tal vez sea un matiz, apenas, pero creo que las dos frases no dicen exactamente lo mismo.

(No recuerdo bien. Es una obra de Peter Kreeft, de hace unos 20 años, en la que presenta a C.S. Lewis, el hombre detrás de Shadowlands, la película que contiene ambas líneas cruciales. Coteja hechos y textos del film con la realidad de vida y obra del inglés. No recuerdo bien, pero me queda la impresión de que Kreeft sostiene que ninguna de ambas es frase de Lewis.)


*   *   *


Más de 400 años antes, Garcilaso de la Vega dictaba un último soneto. Suele numerarse como el Soneto X, pero se presume que lo dictó poco antes de morir, a los 33 años, herido en batalla, en 1536.



Habla de lo mismo: la felicidad pasada con el dolor de la muerte a la vista.

Aquella felicidad de antes y este dolor de ahora. Y algo de aquello, ahora. Y algo de lo de ahora, en aquello.

Y el matrimonio terrible entre el amor y el dolor.

Siempre en esta tierra de sombras, claro.

Con el tiempo y la muerte, y la felicidad y la pena, y el amor y el dolor, siempre a la vista.

Habla de lo mismo.

Pero distinto.






lunes, 29 de febrero de 2016

Pecunia olet




No sé si creerles: dicen los maestros en glándulas que es nuestra propia piel la que le da algún olor al dinero.

El metal, dicen, no huele, en principio. Es la secreción de nuestro propio cuerpo la que le otorga aromas, al mezclarse químicamente con el metal. Calculo que no pasa lo mismo con el papel entintado del billete, claro.

Si hay que creerle a Suetonio, por ejemplo, el Pecunia non olet de los refranes es obra de Vespasiano, emperador por diez años en la segunda mitad del siglo I d.C., y de su hijo Tito, que fue también emperador.

La historia es conocida. Pero empieza al revés, bien contada. Había quienes sacaban de la orina humana amoníaco para tratar cueros, por ejemplo. Y la orina la buscaban en los baños públicos romanos, o, por mejor decir, iban a buscarla al lugar al que iban a parar los fluidos, la cloaca mayor. A ellos Vespasiano les puso un impuesto al pis, commodity e insumo de sus industrias.

Tito supo de la cuestión, pateó la puerta del despacho del jefe y se le paró de manos al padre protestando porque le resultaba asqueroso el impuesto. Por su origen, entiendo. No creo que por el hecho de que la creatividad de los que pergeñan tasas hubiera llegado demasiado lejos, porque tienen límite muy pero muy lejos, si es que existe para ellos.

Vespasiano, en algunas versiones, tomó una moneda y le pidió al mochuelo encabritado que la oliera y le dijera si el aroma lo ofendía tanto. Tito dijo que no, supongo que diciendo honestamente la verdad. Y entonces Vespasiano le declaró que precisamente ésa era una moneda del impuesto cochino: ¿Ves, hijo mío? No hagamos tanto bardo: Pecunia non olet... (dicho todo en latín imperial, por cierto...)


Ahora bien.


Punto primero: Sería fantástico que fuera verdad que el metal toma el típico olor del dinero de nosotros mismos. Incluso sería todo un poema que los olores variaran no según los intercambios mecánicamente químicos, sino por la calidad de las personas que lo manipulan. Entiendo perfectamente: es pedir demasiado. Y no sé si es del todo justo (aunque sería una justicia por completo poética, si fuera justo...) Pero nomás el hecho de darle olores al vil metal parece que por vía simbólica confirma la calidad de medio de la moneda. Hmmm...., qué quiere que le diga. Será, pero hay algo en el dinero que no me deja firmar así como así su neutralidad, aunque su naturaleza debería ser tal, por naturaleza. Puede que el dinero lleve de algún modo arcano el aroma de nuestras miserabilidades y magnanimidades, de nuestras mezquindades, avaricias e iniquidades, tanto como el de las generosidades y noblezas de espíritu. Puede, sí. Sería todo un detalle. Pero mucho me temo que, por otra parte, parece al revés: parece que algo en el mismísimo metal acuñado envilece al que lo usa, lo atrapa, lo esclaviza, desfigura su rostro, encorva sus manos hasta la avidez, inquieta su espíritu como una pesadilla corrosiva, lo vuelve artero, mentiroso, reptil y le reemplaza la esperanza, lo estira existencialmente hasta hacerlo desaparecer. ¿Como el Anillo? ¿Como el Único? Supongamos que sí, como eso. En él, en ambas cosas, parece que anida una voluntad perversa y pervertidora. ¿Le complico mucho las cosas si le recuerdo que pecunia viene de oveja (pecus), porque era una de las monedas de intercambio cuando todavía no se usaba la moneda, algo que tópicamente tiene olor... (lo que vendría a dar algo así como olor a pecus...), como tal vez sibilinamente se le recuerda a los pastores hodiernos?

Punto segundo: En unas horas más, un presidente argentino se presentará al Congreso reunido en asamblea legislativa y hará un discurso para dar, básicamente, la patada inicial al lío de las leyes y a los negocios en torno al lío de las leyes. En esta oportunidad, una discusión que sobrepuja a las demás por un momento es si el quidam del caso debe hablar de la herencia del kirchnerato que lo antecedió. No sé usted, cumpa, pero tengo para mí que principalmente están hablando de plata. Habrá, si hay y parece de a ratos que no habrá nada de nada, alguna mención lavada y budista a las malas maneras, a los buenos tratos, al clima de paz y de concordia filadélfica que no hubo y debe haber. Tal vez, si se habla, se hablará de la parte de afuera del mundo y de la parte de adentro, de dónde venimos y hacia dónde vamos, se hablará probablemente de clima de negocios, de desarrollo, de armonías y previsibilidades, de oportunidades y futuros venturosos. Pero si se habla de herencia, básciamente, se estará hablando de plata. Y allí la pecunia olet: la podredumbre pestilente de aquellas corrupciones, choreos y desmanejos, desprolijidades y despilfarrros, las dádivas sesgadas a los amigos, la cueva de ladrones de los militantes (no, no..., espere: esto lo digo yo..., ¿o se piensa que oirá esto mismo dicho así fuera de la mesa del café o fuera del refugio de los despachos?) La otra pecunia de la que tal vez se oiga hablar en unas horas más, también olet: aromadas maravillas de inversiones, fragantes glorias de bienestares, perfumados prodigios de administraciones: olor a santidad. Y allí se termina la herencia, mi cuate. No hay más herencia que las vaguedades sobre caballerosidades de manuales cortesanos y la plata: la que huele mal y la que olerá inmejorablemente. ¿No hay más herencia? Sí, claro que hay. Por supuesto que hay. Pero de eso no hablará nadie. Porque allí son todos socios (que se pronuncia cómplices...) Porque la inflación en la economía es más grave allí que la anorexia del espíritu, bulímico de comida chatarra, contaminado de manjares venenosos. Porque la posibilidad de negocios es más importante allí que ninguna otra cosa. Y guay de que algo la entorpezca o complique.

Unos dirán pavadas progresistas y querrán conservar y rapiñar poder, que les dará pecunia, que da poder. 

Otros dirán pavadas desarrollistas y querrán consolidar el poder que les cayó del aire, que les dará pecunia, que da poder.

Hablan de pecunia. Siempre. Porque es poder y el poder da pecunia que da poder.

Vespasiano, amigo, todo eso huele mal, huela o no la pecunia.

Alguien vendió por unos pesos a un Redentor. El que pagó la traición, no creo que supiera que con eso compraba la Redención. Les faltó olfato a los que negociaban.

Pero de estos asuntos graves no oirá nada mañana, mi estimado. Mañana solamente se hablará de plata. Si se habla de lo que dejó (o se llevó) el kirchnerato, se hablará de plata. Si no se habla, se hablará de plata.


Huele a mierda.





sábado, 27 de febrero de 2016

Hidra y sus parientes (II)




Tiempo atrás, estuve mirando un poco más de cerca a la Hidra de Lerna.

Vuelvo sobre el asunto ahora para subrayar un punto que creo importante.

Entre las maldades constitutivas de la Hidra, está su sangre venenosa y su mismo aliento envenenado, y tanto que aun el solo efluvio de ambos es mortal.

Esto mismo está asociado a la muerte de su matador, de alguna manera, pues el propio Heracles/Hércules recibe parte de ese veneno mezclado con la sangre del centauro Neso, a quien mató con una flecha envenenada en la sangre de la Hidra, pues Neso había raptado a su esposa Deyanira y escapaba con ella.

Pero, más allá de estas notas fatales de la pestilencia de Hidra, está el modo como Heracles termina con ella.

Como en un triángulo invertido, el vértice al que van a dar los afluentes del asunto parece ser el fuego.

Y también aquí hay que asociar el fuego con el final del semidiós y mayor héroe mítico de los griegos. Pero dejemos ese asunto para después.

Entiendo que es el fuego, precisamente, el nudo que, si no sostiene las columnas del mito referido a la Hidra, al menos cierra y cauteriza su desarrollo. Fuego que una y otra vez será el límite del mal.

Heracles/Hércules, al cabo, debe lograr que la potencia maligna de la Hidra quede sin cauce. Sus cabezas son la figura de su maldad multiforme y la capacidad de reproducirlas es la fuerza prepotente con la que somete a sus oponentes. Es inútil que cortemos una por una las cabezas, se reproducirán fatalmente.

Quien se enfrente a ella siempre estará en desventaja. Alimentará una catástrofe tratando de evitarla y, en el mismo acto y con el mismo acto reparador, habrá generado otra u otras maldades de magnitud mayor a la anterior o anteriores que trataba de curar. La repetición es a la vez un dato siniestro: Hidra puede indefinidamente generar la amenaza maligna, su oponente no tiene fuerzas interminables. Ella puede repetir sin más su maldad, él no puede sostener sin más su virtud. No por sí solo, al menos.

Así, un designio tal, que se engendra desde dentro mismo de aquella monstruosidad, hace que cualquier virtud, cualquier justicia, cualquier bien, no sólo se desaliente y languidezca, sino que revierta en mal y hasta lo aumente y lo expanda.

El bien como dique y promotor del mal: una idea perversa hincada en la misma substancia de las cosas. La espantosa familia entera de Hidra tiene esos genes, hay que recordarlo.

La suya es una pretensión como si dijéramos diabólica. El monstruo no puede con el bien, no es capaz de destruirlo, no es capaz de crearle un equivalente, pues no es capaz de crear, en suma. Pero puede hacer que el bien, sin desvirtuarse y en su propia y mismísima realización recta, colabore con el mal y, en su misma acción benéfica, indefectiblemente, produzca lo malo y lo potencie.

Se diría que una de las razones de ser de la propia Hidra es esta conmoción en la raíz de las cosas, este intento de cambio de signo de la entera realidad, especialmente en lo que tiene de bueno y benéfico. Tal vez, se trate de algo más que de una rémora de la ancestral batalla entre los Olímpicos y los Titanes que está en la historia de su familia.

Frente a ella, la Hidra, ya suficientemente mala, la virtud -por un arcano malévolo- es usada como punto de apoyo de una palanca destructiva. Es claro que aun así es parasitaria del bien: lo necesita para malear las cosas. Y eso en cuanto cortar sus cabezas venenosas es un bien.

Pero, en términos típicos, ese bien parece imposible. Más le corta usted la cabeza más fuerte será la que renacerá, si es que no son dos por cada una cortada, como en algunas versiones.

Mayor el bien, mayor el mal que produce. Corte una cabeza que es bueno y aparecerán dos que es doblemente malo. Corte nueve y se multiplicarán. De ese modo, parece que la causa del mal es un bien. Así, parece preferible no atacar el mal. No hacer el bien.

Finalmente, Hércules/Heracles se enfrenta a ello con la ayuda de Yolao, su sobrino. Tal vez inspirado por Atenea, como dicen los mitos, Yolao prepara el artificio de un basto envuelto con una tela que empapada en combustible arderá como una tea. Así, cada muñón que resulte del corte de su tío será cauterizado y no habrá nueva cabeza.

El fuego, de este modo, interrumpe el ciclo y ahoga la potencia, la clausura, la vuelve inane, y aunque no la hace desaparecer, la encierra en la propia monstruosidad. Y nótese que en el mito Hidra no puede vivir sin sus cabezas. Incluso la peor de ellas, que es la única que no puede morir aunque la corten, es enterrada finalmente por Heracles en un sitio sagrado cerca de Lerna, bajo una piedra enorme.

En la medida en que ese dinamismo es la propia fuerza del monstruo, cauterizar ese dinamismo equivale precisamente a destruirlo o -lo que es similar- a poner ante él unas puertas llameantes y quemantes que le impiden su expansión. El fuego -ya trataremos de ver su simbolismo- clausura el mal. Y el héroe no porta ese fuego, que no es parte de su fuerza y virtud, sino que es una ayuda externa a él sin la cual enfrentarse al mal multiforme le sería imposible.

En otras versiones del mito, Heracles hunde su espada en la sangre venenosa de la primera cabeza cortada y así va dando cuenta de las siguientes. Como hubiere sido, el propio veneno es asunto que hay que considerar, porque -ya se dijo- el veneno que obtiene de esta proeza, y que guarda para futuras ocasiones, tendrá secuelas en las demás pruebas, pero también estará presente en su vida y en su muerte. Como el mismo fuego, es verdad, y sobre todo al final, donde veneno y fuego volverán a encontrarse cara a cara, esta vez en el héroe y no en la Hidra.


Además de ahondar en las significaciones de esta cuestión del fuego, y en sus posibles sentidos más allá del que ahora mostramos en esta trama mítica, quedan por ver algunos otros hilos de este tejido.

El origen de la Hidra y el significado de tal origen así como el de sus progenitores y hermanos es uno. Allí, el enfrentamiento ancestral con el mundo olímpico parece un nítido aviso de que hay una contradicción que busca saldarse. Pero también resulta un retrato de la concepción mítica de las relaciones entre el mundo divino y las fuerzas que obran en el mundo.

Por otra parte, está el episodio mismo del combate y su mecánica. Tanto por el fuego como por el hecho de que para lograr su propósito, el emblema Heracles/Hércules se hace ayudar por Yolao, su sobrino, que tendrá un culto propio, en el Mediterráneo griego, siempre asociado a su tío. Yolao mismo, según el mito en torno al héroe, estará presente al final de la vida de Heracles y, como dije, asociado otra vez al fuego que resultará una vez más liberador.

En este sentido, precisamente, un apartado lo merece también el hecho de que ésta haya sido una de las dos pruebas impugnadas por Euristeo, rey primo de Heracles, que fue quien se las ordenó por orden del oráculo de Delfos, aunque con especial inquina propia, y que las impugnó por el hecho mismo de que, para triunfar en ella, haya recurrido a otro y no la haya acometido en soledad como se exigía de él. Si esto es una ficción mítica para corregir el número de pruebas, y agregar 2 más a las 10 originales, tanto da.

Por último, es preciso rastrear el significado de Heracles/Hércules, siendo como parece ser, el agente de un designio opuesto a la Hidra y sus peculiares significados, no solamente en el orden mítico sino en otro orden más antiguo que el mito. Y más nuevo.


Pero.


Hay tiempo, creo.

Vayamos viendo.


El año recién despierta.

Y un servidor con él.






martes, 1 de diciembre de 2015

Nada es para siempre




No fue la única vez, pero la vez que digo ahora fue más o menos para estas fechas, hace 3 años.

Y aunque ya se dijo, hay que decirlo otra vez.

Para que lo sepan los que no lo saben todavía y para que lo recuerden los que no quieren, no saben o no pueden recordarlo.

Estimados: nada es para siempre, aunque sea verdad -secudum quid y simpliciter, habrá que ver el caso- aquello que decía entonces con el poeta: non omnis moriar...

Pero en los términos de este mundo sublunar y en lo que se refiere a las cosas de la polis más inmediata y mediatizada (parece oxímoron y no lo es...), aquí las cosas se disuelven como la cera al fuego.

Nada inédito, se entiende. Pero siempre olvidado.

Y ya mismo va empezando el tiempo en el que los nombres de ayer nomás se han gastado, se ajaron un poco o mucho, y no lucen igual: son menos.

Ubi sunt?, dice el tópico y es una pregunta retórica: ¿qué se habrá hecho de la vida de...? sabiendo que ya no es. Inútil retener lo que no puede ser retenido. Se hace cada vez menos lo que parecía que era para mil años.

Y los nombres de los que parecía que tanto eran hasta ayer nomás, menos serán a medida que pasen los días, meses y años.

Y nadie, alguno que otro, sentirá el peso de esos nombres a medida que pasen las horas. Ni porque esos nombres los sostienen, ni porque esos nombres los oprimen.


Así son las cosas humanas, en general, porque no están hechas sino para una medida que no es del tiempo y mientras están en el tiempo nos los recuerdan cada vez.

Querer por querer, mejor es pedir la fama, como hacían los antiguos, que al menos puede durar milenios y milenios. La buena y la otra. Y eso quiere decir en todo caso non omnis moriar. Aquí bajo la luna, se entiende.


Pero pedir el poder por mil años y que mil años signifique siempre es cosa insensata.

La historia está plagada de insensatos que no se quieren ir. Como está plagada de insensatos que creen que, porque llegaron ellos, las cosas se arreglaran por el milenio.

Son formas de la desesperanza.

Yo soy el final, no hay final para mí. Suenan parecidos, son distintos. Pero igual las dos cosas son formas de la desesperación, aunque luzcan prepotentes.

O porque son prepotentes, por mejor decir. Todo mesianismo de cartón es prepotente y desesperado. Aunque sea teológico. Sobre todo el teológico. Pero no sólo.

Muchas cosas no son para siempre.

Y en las cosas de la polis humana, también. Como en las vidas de las gentes, de cada uno.

Nada es para siempre.

Otra vez: nada es para siempre.

Y otra vez más: nada es para siempre.

No aquí. No bajo la luna.

Y lo que es malo, y el que es malo, menos para siempre es.

Y el mal que causa lo malo, y el mal que causa el malo, tampoco es para siempre. Aunque dure hasta el fin, si acaso. Pero no dura para siempre en el tiempo.


*   *   *


La ilustración de estas líneas muestra las ruinas de Palmira, ciudad estado primero aliada de Roma y después enemiga, que por unos 100 años creyó que podría con los romanos y los persas, juntos.

Zenobia, que la gobernó cinco años apenas, fue su estrella mayor, una reina poderosa y bella, aguerrida y hábil. Incluso protectora de cristianos perseguidos en el siglo III que le tocó en suerte.

No pudo contra Roma. Aureliano la derrotó y la esclavizó humillándola en 274 y arrasó Palmira.

Zenobia y Palmira desaparecieron. Y con ellas su imperio. Quedaron las ruinas, claro. Pero después de 1.800 años vinieron quienes creyeron que ni las ruinas. Para cuando las dinamitaron, nadie recordó a la fantástica Zenobia (salvo un servidor, ahora...)

¿Non omnis moriar? Pasado el tiempo, los dinamiteros también pasarán. Como el imperio romano que arrasó Palmira.


*   *   *

Otro asunto es lo que pasa más allá del velo de la muerte y del fin del tiempo.

Y es mucho más verdad que todo que, cuando se obra para traspasar el tiempo realmente, para ir más allá del tiempo de este valle, entonces sí las obras empiezan a volverse para siempre.

(Cuidado: ese siempre no es el otro siempre.)

Pero de eso no se ocupa casi nadie, claro.


Y, sin embargo...




lunes, 30 de noviembre de 2015

Basta




Anda por allí esta magnífica fotografía de don Serviliano Maidana, baqueano del general Lavalle, al que lo inmortalizaron mateando, parece que en los pagos de Saladillo, en 1878.

En lo que dicen que es el día nacional del mate (1), cordialmente y con excelente humor, me la manda el bueno de don Soler, sabedor de mi afición al amargo. Al mate amargo, se entiende.


Diría Leonardo Castellani: "...basta de aniversarios, basta de días..."

Se entera don Serviliano de que andás festejando el día del mate y te hace lonjas...

No ve, cumpa, que la faca ni se le ve. ¿Sabe por qué? Porque un criollo no anda haciendo bandera con esas cosas suyas.

Póngale un día nacional de la bombacha y el chiripá a don Serviliano y después me cuenta...


Ahora bien.

Lavalle más, Lavalle menos, la foto es una gloria, eso sí que sí.

Como el mate, mi amigo.






___________

(1) La ley que consagra esta pavada es la 27.117 y se promulgó en enero de este año, conmemorando el nacimiento del comandante Andresito (hoy tiene nombre de colonia y de marca de yerba), primer gobernador de origen indígena de las Misiones Grandes, a comienzos del siglo XIX (1811-1821) y vaya uno a saber si estará contento con el asunto...

A mí se me hace que don Serviliano Maidana y don Andrés Artigas (lo adoptó el caudillo oriental, aunque le parezca raro...), estarán puteando a carcajadas, aunque uno sea federal de Rosas y el otro baqueano de Lavalle. Mientras se toman unos mates, claro.

Y basta, que se me hace la hora de unos amargos...





miércoles, 25 de noviembre de 2015

Hidra y sus parientes





Una de las virtudes de la mitología -si no es la mayor- es que su simbolismo (habitualmente oscuro y enrevesado a primera o segunda vista), es esclarecedor. Ilumina desde sus oscuridades, ayuda a ver con sus nieblas y figuras.

Hoy, para quienes se topan (o andan) con asuntos mitológicos, desde los dibujos japoneses hasta los neopaganos, la mitología no deja de ser un artificio, en el sentido ramplón de la palabra. Como ropajes, diríamos, en el mejor de los casos, disfraces. En el peor, manifestaciones terribles o resplandecientes de oscuridades y deformaciones.

Entre los antiguos, mayormente, las cosas creo aparecían al revés: algunas oscuridades estaban en la superficie y las claridades en lo hondo.

La mitología no es solamente el dato histórico o cultural que permite ver diacrónicamente la concepción del mundo de los antiguos. Antes, a la inversa, es la verificación de la potencia significativa de las cosas, por una parte, y de la capacidad perspicaz del hombre, por otra. Capacidad que alcanza precisamente a ver hasta un punto. Después, formula el misterio, nada más.

De todos modos, ¿acierta siempre el hombre al ver lo que ve y lo que las cosas le dicen?

No, claro. Ni entonces ni después. Ni ahora.


Hidra y sus parientes es un ejemplo, adecuado como cualquiera de los otros, para mostrar lo mucho que se aprende entendiendo bien esas "falsedades" mitológicas.

En otro orden, pero en el mismo territorio, guiarse por los conceptos tolkienianos acerca del mito y la aplicabilidad es casi necesario para entrar en esos vericuetos con provecho.

Tengo la tentación de aburrirlo con detalles de este mito complejo y terrible. Pero también tengo la tentación de que trabaje por su cuenta y creo que con gran beneficio para usted. Y resulta que ésta es más fuerte que la otra.


El caso suscintamente dicho es que las cuestiones en torno a la Hidra de Lerna se remontan a los primeros tiempos de los dioses y a las rencillas y resentimientos entre Zeus y los Titanes. Al menos lo que se refiere a sus parientes y en especial a los padres que la mayor parte de los mitos le atribuyen, Tifón y Equidna.

Ambos, Tifón y Equidna, son tan monstruosos y terribles como su progenie y tanto que en varias de las versiones de los mitos se les asignan hijos como perros monstruosos, dragones perversos, águilas despiadadas, cerdos, jabalíes. Y hasta vientos malignos.

La aparición de Hércules-Heracles en el asunto le dio a la Hidra (y a su presunto hermano, el León de Nemea, otro monstruo perverso muerto por el héroe) una fama adicional. También a otros de la misma laya que formaban fila en las pruebas famosas que se vio obligado a acometer el furibundo Heracles-Hércules, en virtud, precisamente de su furibundez.

Ahora bien.

El propio Heracles-Hércules tiene un legajo tremebundo -de principio a fin- que lo lleva a finar de un modo no menos trágico.

Sin embargo, creo ver que precisamente en el episodio de su enfrentamiento a muerte con la Hidra de Lerna, está el emblema de una lucha que representa ni más ni menos que el combate -no eterno- entre el bien y el mal.

Tal vez baste apuntar, para dar una pista, que la Hidra y sus parientes -como otros- forman el coro de divinidades y existencias que se llaman buenamente ctónicas, pero que se refieren no simplemente a las inocentes o neutras realidades terrenas, sino a las que moran en las profundidades de la tierra en razón de lo que son y representan, esto es, aquellas existencias que moran lejos de la luz, lejos del sol. Estoy simplificando. Pero no tanto que entre los antiguos este combate entre la luz y las tinieblas no tuviera una expresión transparente.

Podrán no haber sabido el nombre último de estas realidades. Pero no que no supieran de algún modo consistente que estas cosas existían.

Y sabían que el hombre estaba en medio de ese combate.

Un combate entre el bien y el mal que también tenía correlato en las estrellas. Basta, para saberlo, ver de dónde -y por qué- proceden los nombres de algunas constelaciones y armados estelares, como la de la propia Hidra, León, Cáncer y hasta, sí, lo que se dice en torno a la aparición de la misma Vía Láctea.

No hace faltar contar las cabezas de la Hidra de Lerna, porque los mitos antiguos son variados en las cifras. Algunas son mejores que otras, pero todas ellas están cargadas de simbolismo. También lo está el hecho de que, cortadas, esas cabezas se reproduzcan. Como, por supuesto, también lo está el hecho de que Heracles-Hércules deba ingeniárselas para cumplir el trabajo impuesto de matarla. Y de matarla por completo. Cómo llega a hacerlo, no está exento de significados, por cierto.

En fin.

Hay que mirar un poco ese asunto.

Al hacerlo, no hay que olvidar en primer lugar el valor universal de tales significados y símbolos.

Pero, tan importanete como eso, no hay que olvidar tampoco su intrínseca cualidad de aplicabilidad.

En muchos y variados órdenes: desde lo político hasta lo personal y todo lo que queda comprendido entre la vida de muchos siendo uno en cualquier circunstancia (patria grande o chica, iglesia, familia, club o lo que fuere), tanto como la vida propia de cada quien.

Porque, para el caso, Hidras de Lerna hay de todas clases y en toda cosa.

Hasta que deje de haber.


Pero miremos y veamos.

Después hablemos del asunto. Siquiera un poco.




_______________

Tiene su interés la escultura que ilustra estas líneas. Es del danés Rudolph Tegner, la hizo alrededor de 1918. Sus ideas están reflejadas en el tratamiento que le dio al asunto y el resultado no se corresponde exactamente con el mito, sino en todo caso con sus concepciones. Sin embargo, su mano es potente y, más allá de todo, logra exponer con fuerza algo del efecto que ese combate tiene en el hombre.







sábado, 21 de noviembre de 2015

Prosodie


Ah, la France...
D'une manière générale, la prosodie est l'inflexion, le ton, la tonalité, l'intonation, l'accent, la modulation que nous donnons à notre langage oral en fonction de nos émotions et de l'influence que nous désirons avoir sur nos interlocuteurs.
Rastreando cuestiones de lenguaje, fui a dar con esta bonita definición.

Y también con ésta.
La prosodie est l'étude des phénomènes de l'accentuation et de l'intonation (variation de hauteur, de durée et d'intensité) permettant de véhiculer de l'information liée au sens telle que la mise en relief, mais aussi l'assertion, l'interrogation, l'injonction, l'exclamation…

El asunto es simpático.

Un diccionario cualquiera dirá que la prosodia es la pronunciación regular de las palabras en relación con el acento, la cantidad, el ritmo. Y, además, la disciplina que se ocupa de tal cosa. O algo parecido.

Pero esa incorporación de matices en las definiciones que traigo más arriba, me cae mejor.

Para Husserl y los fenomenólogos posteriores a él, el cuerpo participa también en el lenguaje y tanto que es parte de él porque, sin él, el lenguaje no existiría. Por eso le dan importancia al asunto.

Pero no es solamente el cuerpo, sino la persona entera que expresa personalmente y supone a otra persona que recibe del mismo modo. Con todo el compromiso personal que eso supone por ambos lados.

Lo llaman intersubjetividad. Como prefieran. Me da lo mismo.

Tanto en aquellas definiciones como en Husserl, ya que lo mencionamos, hay algo de superestructura, como si se necesitara disciplinar de algún modo lo que se concibe como un caos o un desorden en la realidad y hasta en la persona. Y hasta en el propio lenguaje. Y de allí que aún las definiciones que me gustan más se ven en la obligación de describir -con tímidos atisbos más profundos, es decir, más reales- un fenómeno y someterlo a un régimen. Husserl, que no me desagrada del todo, también.

Que el régimen coincida más o menos con lo real, califica a quien lo aplica o legisla.

Pero todo eso, al fin de las cuentas, es simplemente la nomenclatura de algo que es.

En último término, es la persona y su prosodia. Es la prosodia como parte de la expresión de la persona.

La persona está detrás. La realidad misma pasando a través de la persona está detrás. Las posibilidades de la realidad y de la percepción personal de la realidad están detrás.

El lenguaje traduce a la vez a la persona y a la realidad. Las significa.

Y la prosodia, más allá de la academia y de las escuelas, lo muestra.






miércoles, 18 de noviembre de 2015

Gloria mundi


Cuando Dennis conoció a Sir Francis en los estudios Megapolitanos el nombre de Hinsley aún no era desconocido. En Poemas de hoy se había incluido uno de sus sonetos. De preguntarle alguien, Dennis se hubiera aventurado a afirmar que su autor había muerto en la guerra de los Dardanelos. No era de extrañar que Dennis no poseyera ninguna de sus obras. Ni tampoco, para quien conociera a Sir Francis, que él tampoco hubiera guardado ninguna. Hasta el final, fue uno de los hombres de letras menos vanidosos imaginables, y por lo tanto menos recordados.


Así dice Evelyn Waugh.

Está en Los seres queridos y es una de las descripciones de Sir Francis Hinsley, personaje importante en la primera mitad de la novela.

La última frase, que es la que ayer me hizo gracia, es de una completa mordacidad, completa y circular.

Vanidad y fama, humorísticamente mordiéndose la cola una a otra.  Como si una fuera condición necesaria de la otra.

Y esto dicho en serio, pero en broma. Pero en serio.




martes, 15 de septiembre de 2015

Boca de ganso

 


Y, no, qué quiere que le diga: un elogio no es.

Y no lo es a dos puntas, tal como suena. Porque, tal como suena, hablar por boca de ganso parece que hiere a dos: al que dice algo y al que lo repite. Porque, tal como suena, uno repite lo que un ganso dice. Y habla uno por la boca del otro.

Feo, sí.

Nunca queda del todo bien ser un ganso. Siempre suena a insulto, y más cuando se dice en lugar de otras voces algo más recias: "¡no sea ganso...!".

Y si un ganso es un ganso, repetir lo que un ganso dice tampoco es cosa de la que andar gloriándose.

En fin.


Pero.

Cierta -justificada- injusticia hay en el asunto, si bien se mira. Cierta, digo. No tanta.

El muy docto en refranes, don Sebastián de Covarrubias, nos ilustra diciéndonos que con el vocablo ganso se aludía a "los pedagogos -o ayos- que crían algunos niños, porque cuando los sacan de casa para las escuelas, u otra parte, los llevan delante de sí, como hace el ganso a sus pollos cuando son chicos y los lleva a pacer al campo". Cuando explica "ayo" (el que tiene a su cargo la crianza de algún principe o al hijo de señor o persona noble) nos dice que "por esta asistencia que (los ayos) deben hacer con ellos (los niños) y no perderlos de vista, los llamaron gansos, por la semejanza que tiene con el ganso cuando saca sus patitos al agua o al pasto, que los lleva delante y con el pico los va recogiendo y guiando a donde quiere llevarlos".

Será pues, según se ve, que la palabra del ganso era palabra santa para el tutoreado y que la repetía sin matices, obligado o impresionado. O porque era medio ganso también él, niño o no.

Así entonces resultaría que, en el refrán, el ganso es el que sabe, digamos. Y el otro que lo sigue es el que habla con las palabras del ganso.

Sí, entiendo.

Como prefiera: pero, la verdad sea dicha: llevar el mote de ganso, qué sé yo...: es feo lo mismo.




En cualquier caso, coincide don José María Iribarren, que sostiene -benévolamente- que "hablar por boca de ganso" equivaldría en su origen a "hablar por boca de ayo", con la misma figura de unos niños que aprenden y recitan las ideas de sus pedagogos, como si fueran propias.

Más tajante y menos preciso es Julio Cejador y Frauca: "la expresión significa repetir lo que otros dicen, como los gansos, que en cantando uno, cantan todos, y tal es el vulgo, que repite sin reparar en lo que oye o dice".

A su turno, el argentino Héctor Zimmermann expone la cuestión, sin demasiados miramientos, aunque con algunas creatividades:  
Cuando un ganso grita, todos los demás se pliegan al barullo; pero no es esa manía la que originó el dicho. Hace tiempo se daba también el nombre de "ganso" a la persona que se desempeñaba como ayo o preceptor. El calificativo zoológico que se endilgaba al maestro nada tiene que ver con las gansadas que podía cometer, se debía a la pluma con la que escribía y enseñaba a escribir. Era, como se estilaba entonces, una pluma de ganso. El buen alumno era el que repetía dócilmente lo que su ganso afirmaba. Con el tiempo, el sentido de la frase cambió ligeramente. "Hablar por boca de ganso" equivale a repetir algo de cuya constancia se carece. Quien así habla suele hacerlo con pedantería, respaldándose en el conocimiento de algún otro. No verifica lo que ha oído, ni lo piensa, ni lo critica. Simplemente, habla. Por boca de ganso.


Por eso. ¿Qué le puedo decir?: no hay que ser ganso.

Tratar, al menos.


Ni el ganso que habla ni el ganso que repite lo que viene de la boca del ganso.

Ni lo uno ni lo otro.





sábado, 12 de septiembre de 2015

Pretérito perfecto




Recordó haber leído que los pececillos de colores tienen tan poca memoria que cada vuelta a la pecera es para ellos una emoción totalmente nueva.

Apenas un par de líneas en El infiltrado (título original, The Night Manager), de John le Carré (el señor David John Moore Cornwell), que publicó Emecé, en 1993. Están en el capítulo 3, en la página página 60.

Es un recuerdo al azar del protagonista, Jonathan Pine, a quién se le agolpan imágenes y reflexiones, bajo la presión de haberse quedado peligrosamente encerrado en una cava, hecha en el corazón de una montaña, propiedad de un lujoso hotel suizo del que es, precisamente, gerente nocturno.

Hace un par de días que me ronda esa nada de líneas, relleno del pensamiento de un hombre angustiado, que el autor desliza sin darle ninguna importancia y sobre lo que, obviamente, no vuelve en adelante.

Una nada de nada, cierto. Pero con algo de miga. Bastante, le diría, cumpa.

*   *   *

¡Qué maravilla de pretérito perfecto!

Perfecto, es decir, completamente pasado y terminado. Una acción concluida y cerrada, ya definitivamente en el pasado. Un estado ido y en el reposo de lo que no continuará, sin dinamismo ya, quieto.

Casi como aquello de que lo hecho, hecho está. Casi, digo.

Pero parece el epítome del pretérito, si me apura. La absoluta finitud de lo preterido. Lo sido, lo hecho, clausurado en el pasado.

Parece imposible, según la humana experiencia.

Pero no parece así -y doy por bueno lo que recordaba Jonathan Pine- para los pececillos de colores.

Claro, me dirá usted: pececillos de colores, claro...

Y, sin embargo, allí los tiene usted: dueños de un acuoso y terso pretérito perfecto.

Porque tan pretérito y tan perfectamente pretérito es su tiempo pasado que, en los hechos, lo pasado no está solamente pisado: no existió.

Cada vuelta a la pecera es para ellos una emoción totalmente nueva.

Usted insiste: una cosa son los hechos y estados, otra el recuerdo de los hechos y estados. Y aun el efecto radical de los hechos y estados preteridos...

Concedo.

Con la condición de que, por lo menos, cuente usted con el kairós, mi cuate.

Y con aquello que nos dice que se recibe al modo del recipiente, además y por lo mismo.

Pero eso no es todo.

Si queremos sacar provecho del asunto, por una vía más o menos lateral pero no tanto, deberíamos recordar que Chesterton diría cosas muy parecidas.

Y allí está, por citar un solo caso, el Inocencio Smith de Manalive para argumentar en favor de lo viejo nuevo, de lo consabido inusitado. Y no estaba pensando en los pececillos de colores. Allí hay toda una vereda para recorrer respecto de la maravilla y el cuento de hadas y la inagotabilidad de lo real, como si, aun conocido todo, visto cada vez pareciera completamente nuevo, aunque no apreciable por nuevo sino por algo nuevo espléndido. En tanto que la excesiva familiaridad engendra menosprecio, no de lo consabido, sino de lo valioso, aunque usual.

Pero tampoco eso es todo.

Me pregunto si los pececillos de colores no tienen algo de razón.

La naturaleza de su memoria, de su corazón animal (si licet...), dice algo significativo.

Porque tal vez sea una expresión recóndita de algo que nos convendría considerar: la conveniencia de cierto modo de inexistencia del pasado. Cierta perfección de lo pretérito, cierta clausura y tanta que llega hasta su desaparición, no sólo su olvido.

No se me espante, pero (y hay que pensarlo), ¿acaso no dice algo así el Salmo 50?


*   *   *


En fin, quién sabe.

Habrá que seguir pensando.

Pero le advierto que, en principio y visto así, estoy del lado de los pececillos de colores.






miércoles, 5 de agosto de 2015

Amor a ciegas (IV, final)




¿Por qué amor a ciegas?

¿Por qué la ceguera?

Eric Weienmaier es un himalayista ciego que subió al Everest. Andrea Bocelli es un tenor ciego que canta ópera. Luis Braille era ciego e inventó un alfabeto. Joaquín Rodrigo era un compositor ciego, como el maestro Salinas, el de la Oda de Fray Luis, como Händel. Dante fue perdiendo la vista de tanto leer con poca luz, de Homero se dice que no veía, John Milton fue ciego. Y tantos más.

Pero.

Hay dos cegueras que importan aquí y no se trata de aquellas que nombré recién.

Simplifico: entre los paganos de nuestras raíces, está el culto a Eros entre los griegos, el Cupido de los romanos, a quien se lo representa habitualmente como un niño alado y también habitualmente con una venda en los ojos, un carcaj y flechas de oro y plomo para herir con la pasión tanto como con el olvido. En aquellas tradiciones literarias y mitológicas hay varios y no uno solo, aunque hermanos siempre. Son siempre hijos de Afrodita-Venus y sus variedades como Erotes van desde el deseo caprichoso y la búsqueda de placer hasta el emblema del amor correspondido (Eros, Himeros, Photos, Anteros y así...)

Las flechas y el arco, así como la venda en los ojos de Eros-Cupido, han dado mucha tela que cortar desde la antigüedad hasta hoy y bastarían los ejemplos de santa Teresa de Ávila en su Vida para lo primero y de William Shakespeare para lo segundo, para mostrar lo universal de los símbolos y la cualidad concéntrica de sus significados, siempre suscitantes.

Con todo, la expresión el amor es ciego, aunque tópica y reconocible desde hace siglos de siglos, no es de uso fácil, pues habitualmente confunde más que lo que acierta.

Ahora bien.
 
Por otra parte, en el camino a Damasco, se dice en los Hechos de los Apóstoles, Saulo de Tarso fue cegado y sin ver estuvo por tres días hasta que Ananías fue enviado por Dios a imponerle las manos y así fue que de sus ojos cayeron escamas y volvió a ver.

Otra ceguera es ésta, sin duda, pero unida al amor también, porque ella es como el paso de un amor a otro, o de una inquina a un amor, por mejor decir. Y, ¿para qué fue cegado y se le devolvió la vista?: "Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre", le dijo una Voz a Ananías cuando le explicó el gesto.

*   *   *

Dice C. S. Lewis con razón que hay más cosas que signos que las signifiquen. Y más cosas que palabras que las nombren. De allí que un signo pueda significarnos varias cosas distintas y aun opuestas, como una misma palabra puede nombrar realidades distintas y aun opuestas. Además está el hecho de que podemos usar las palabras irónicamente, para significar intencionalmente lo opuesto. Además está el hecho de que las palabras van cargándose de significados que, queriendo el hombre o sin querer, nombran cosas con nombres a veces hasta directamente falsos; esto es, nombres que no designan aquello que supuestamente nombran.

Amor no es una excepción.

Es fácil entender que hay pasión en el que ama. Pero eso no significa que todo quien se apasiona, ame.

Basta llamar a una cosa por la otra, en el mejor de los casos porque una nos recuerda a otra, para que tengamos un problema. El mismo Lewis ha dedicado todo un libro agudo y perspicaz a cuatro amores distintos.

El amor es ciego, se dice. Pero esa ceguera del amor no es un problema del amor. Porque no hay ceguera alguna en el amor. Si es amor exactamente aquello de lo que estamos hablando.

Una de las razones para amar es, precisamente, ver lo que otros no necesariamente ven: lo amable en el otro.

Nadie ama lo que no conoce. Y que nadie ame lo que no conoce es exactamente lo opuesto contradictorio a que el amor sea ciego.

Que llamemos amor a algo que no lo es realmente es lo que provoca la confusión. Y la ceguera en cuestión. Y es casi una garantía de amor la no ceguera, como la ceguera es una garantía de que ese tal amor tiene un problema genético.

Nadie me conoce como aquella persona que me ama. A nadie conozco mejor que aquella persona a quien amo.

Parece que en este punto aparece de algún modo la ceguera: me conoce, y, a pesar de eso, me ama...

Pero si de alguien podría decirse eso de modo absoluto, total y originario, es, precisamente, de Dios mismo: me conoce, y, a pesar de eso, me ama. ¿Entonces Dios es ciego? ¿Uno más de aquellos que al amar se enceguecen?

Es posible que un amante humano tenga entreveradas la pasión, la dependencia afectiva, la costumbre y quién sabe cuántas otras hebras con el amor, siquiera el vaho de algún tipo de amor, y que pase por alto lo agrio porque perder aquello que necesita le es insoportable. Puede ser. Y muchas veces es. De hecho, san Agustín mismo lo afirma en el breve pasaje que citamos.

Pero, ¿es de ese modo Dios un amante rengo, inválido y necesitado de su dosis del amado de modo que ni vea si es amable aquello que necesita? No parece.

Parece que en Él lo que conoce del amado es lo que mueve el amor, en todo caso. Algo amable que Él ama; no algo desagradable que se traga sin darse cuenta, sin que le importe demasiado con tal de no perder al amado.

Y si eso es posible en el Amante epónimo y primero, es a su modo posible en aquellos que aman porque Él ama.

Más grave es todavía la cuestión en Él, que ama desde la eternidad y aún antes de que el concreto amado exista siquiera: "Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor", según dice el propio san Pablo en la carta a los de Éfeso.

*   *   *

Y en estos amores, ¿cuál es la ceguera de san Agustín?, ¿cuál la de Borges?

Tal vez es la correspondiente a sus amores.

Una ceguera anterior en Agustín, cuando creía que amaba, hasta que el amor lo encegueció. Y entonces vio el Amor. Y entendió no qué era sino Quién era.

Una ceguera posterior en Borges, cuando creyó que ya no era amado y amaba como a ciegas incluso el no ser amado. Porque no vio el Amor. Y no entendió no Quién era sino qué era.

Saulo fue enceguecido en su furia. Y en esa ceguera fue amado y por eso tornó a amor lo que era inquina contra el mismo objeto que después tanto amó. Y es simbólicamente poderoso el hecho de que fuera enceguecido para despertar después a la visión de lo que habría de padecer por el Nombre del Amado.

San Agustín fue enceguecido de manera similar, diría. E iluminado por aquella misma ceguera que lo había enceguecido. Pero amaba. Torcidamente. Pero amaba. Y no se olvidó de eso, aun contemplando sus pasiones tuertas, y fue así que reverenció, en aquella mujer que había sido su pecado, la gracia que amando la había hecho resplandecer finalmente a sus ojos, ahora cuando sus ojos ya no estaban ciegos, cuando rememoró su vida en sus Confesiones y descubrió también en los abnegados gestos amorosos de ella, trazas de una Belleza que él tanto buscaba poder amar.

Borges, aunque es más difícil decirlo, se encegueció después de amar. Y viéndose amar y haber amado, y aun viendo haber sido amado. Y parece más bien haber pedido la ceguera de ya no ver ni siquiera el mismo amor.

Pero no es tan sencillo. En las palabras pueden pasar cosas que no necesariamente ocurren tal como las enunciamos y decimos. Y es posible, al menos posible, que aun aquellos a quienes el desamor los haya desolado de tal suerte, anhelen el abrazo y el consuelo del Amante, sabiéndolo o sin saberlo.

Por aquello mismo que el propio san Agustín decía al principio mismo de sus Confesiones: "...quia fecisti nos ad Te et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in Te."

Porque nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.






sábado, 1 de agosto de 2015

Amor a ciegas (III)




Son estadios distintos.

Un hombre en el estadio estético no es lo mismo que uno en el estadio religioso, siquiera en el ético.

Borges parece tener las características típicas del estadio estético, ya lo he dicho en varias ocasiones y en alguna de ellas, hablando de literatura argentina, lo he puesto como emblema de ese estamento, así como sostuve que Marechal es el emblema del estadio ético y Castellani del religioso, en una trilogía que pretendía representar algo del alma nacional en estas cuestiones.

Dejemos la referencia personal y vayamos a lo que importa.

Es seguro que san Agustín transitaba el primero de los tres estadios cuando se separó de la madre de su hijo Adeodato. Y es seguro que se sumergió mucho más en él apenas después. Creo que dice bien Castellani al sostener que de allí pasó, por la ruptura típica de la dinámica de los estadios, según Kierkegaard, al estadio superior y que en su caso el superior fue directamente el religioso, subsumiendo al ético en éste.

El propio Castellani trató el asunto en De Kierkegaard a Tomás de Aquino y vale la pena recordar que una nota característica del estadio estético es el desapego respecto de las cosas finitas sin asirse por ello a las infinitas: “Tú has ido dejando todo lo finito, pero no has ido a lo infinito.” (Cartas del Consejero Wilhelm)

Lo mismo dicho de otro modo en versos de Lord Byron:
Por todas partes, implacable y frío
fue detrás de mis pasos el hastío.

Pero.

Tenemos aquí algo que bien puede ser visto en paralelo, me parece, y se refiere a una experiencia similar en hombres con caminos distintos.

Por lo pronto están estos dos sonetos atípicos de Borges. Y digo atípicos porque, precisamente, a mi entender, lo muestran como nunca al borde de una desesperación hija en este caso del desengaño y el desamor. Esa condición desesperada es la puerta para saltar del estadio estético al ético, así como la angustia lo es para saltar del ético al religioso.

No hace falta conocer, en este caso, la historia. Creo que a un buen entendedor, el lenguaje lírico de este desengaño, el retrato espiritual y emocional del que ha desesperado al borde de un abismo, le resulta patente.

Sería justo encomiar algunos versos de estos dos sonetos. No sólo por su logro artístico, sino por la justeza con la que acierta a definir ciertos estados del alma en esas circunstancias, y no como definiciones, que eso le quitaría fuerza espiritual, sino por lo contrario: existencialmente vibrantes. Eso tienen estos dos sonetos de atípicos también: Borges desnuda algo de su corazón dolido, siquiera por un momento, y no lo esconde (no del todo, claro...) detrás de ecuaciones bullentes de frialdad en alambiques metafísicos, como suele.

Es verdad que hay un llanto más genuino en el primero que en el segundo, como es verdad que hay una retracción espiritual creciente de uno a otro: como si Borges se hubiera asomado a la puerta del abismo que, saltado, podría haberlo arrojado a un estadio diferente. Y hubiera preferido no hacerlo, hubiera decidido quedarse estético. O no hubiera podido decidir, no sé cuál de la dos cosas es más trágica.
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.

...Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.

Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

...pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Son versos potentes, a mi juicio, que cantan con una rara elegancia, no distante, sino desencantada, la tristeza del desamor. Tal vez el aguijón de ese estado, que contiene una confesión dicha venciendo el pudor a exteriorizar una debilidad, esté, como corresponde, al final, cuando al contemplar su estado de intemperie y desolación, reconoce el dolor que el recuerdo de la felicidad perdida puede hacer resonar como un eco punzante en el corazón irremediablemente herido:
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.

El segundo soneto es otra cosa.
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Borges se ha retraído, entiendo yo. Ha llegado a la puerta que lo hubiera sacado de sí (nota esencial del estadio estético en el que mora como en una inmensidad tan desafiante como vacía) y ha dado vuelta sus pasos. Ha cerrado esa puerta a la que lo llevó un amor deshecho, un desengaño, y se ha vuelto a su mundo en el que el desapego es un gesto y donde los caminos se entrecruzan en arabescos de sentidos que se anulan unos a otros.

Una negación siquiera del dolor del desamor que llegue a hacer hasta de la misma muerte una nada que sume en la nada todo lo que es, es una actitud donjuanesca, diría Kierkeggard, refiriéndose a un personaje emblemático del estadio estético.

Nadie pensaría en Borges como en un Don Juan. Pero eso es sólo porque se entiende habitualmente que lo de Don Juan son unos asuntos de cama y de faldas. Más que la moral sexual, Don Juan disuelve la muerte, la desprecia, y con ella disuelta, deshace la vida.

Y viceversa, también, aspecto menos frecuentado, pero tal vez más importante: disuelta la raíz de la existencia, licuado el ser en puras nociones o palabras, deshecha la densidad y la hondura, la muerte es un abalorio más.

Entonces, así, el final del segundo soneto deshace el vigor emocional que la expresión pudiera haber alcanzado en el final del primero:
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Imágenes sin eco, vanidades, vacíos, la tristeza como un placer refinado y sin raíz, la vida como un libro de estampas sepia y ocre, la melancolía superficial, siempre elegante, y tan elegante como impermeable. Un noli me tangere profano, una inconsistencia vital que, a falta de licores más fuertes, se aplaca en laberintos y ajedreces, sin nostalgia alguna por la magia del mundo que el amor podría haberle mostrado, aun en el desengaño.

El momento en el que el olvido se resistía a la memoria, porque una guitarra podía desgarrarnos el alma y volvernos a la infeliz felicidad pasada, ya pasó.

Al parecer, la puerta fue cerrada.

Y la puerta del alma, ya se sabe, se abre y se cierra desde adentro.





jueves, 23 de julio de 2015

Amor a ciegas (II)


Un inciso para un inciso, antes de seguir pensando en el asunto.

Dice Castellani, refiriéndose a san Agustín: Hay un hecho en su vida que lastima nuestra sensibilidad romántica...

Y más adelante apenas: Agustino cuenta lamentando con grandes ponderaciones el robo de unas peras que hizo cuando era arrapiezo; y cuenta con aparente indiferencia o almenos seca brevedad este hecho que lastima nuestra sensibilidad romántica...

Y voy a por esa cuestión breve de nuestra sensibilidad romántica.

Y alguito más. El propio Castellani dice en el segundo párrafo que cito: aparente indiferencia o almenos seca brevedad.

Y resulta que no es lo mismo que sea una cosa o la otra, aunque en apariencia la brevedad dé para ambas cosas. En cuanto a seca tiene sus bemoles también y creo que en el mismo sentido.

No es lo mismo que nuestra sensibilidad (por románttica o por la razón que fuere) se lastime por la brevedad a que se lastime por indiferencia. Bien es cierto que esa brevedad puede sonarle a uno, si es de hoy, como indiferencia. Y eso es más bien la cuestión de no entender el corazón de un hombre antiguo. Ahora, será breve, es verdad. Pero no seca, entiendo yo: no seca.

El propio Agustín lamenta en un grado mayor -no menor, mayor...- el dolor agudo y agudísimo de su situación tanto emocional como espiritual en ocasión del apartamiento de esa mujer. Y más: la paradoja de que diga con una compunción que sí es impresionante: Pero no por eso sanaba aquella herida mía que se había hecho al arrancarme de la primera mujer, sino que después de un ardor y dolor agudísimos comenzaba a corromperse, doliendo tanto más desesperadamente cuanto más se iba enfriando.

Una fuerte conmoción, se diría, que va por un camino, mientras el apetito de la carne -la mera carne, dijéramos- va por otro. Me parece claro que una cosa es que necesite una mujer en la cama, por necesidad de sus pulsiones y de dizque su fogosidad y su falta de castidad y otra cosa es que lleve el corazón herido de nostalgia doblemente doliente por una a la que amó y parece que -con alguien en la cama o no- todavía ama, aunque de otro modo ahora, a estar por las líneas que no cita Castellani, pero que siguen a su cita.

Creo que se entiende mal la cuestión del amor de san Agustín por esa mujer innominada. Creo que hay un símbolo fuerte en ella y en la, qué diré, púdica mención de apenas su persona, sin su nombre. Está bien, digo, que no sepamos su nombre, porque más allá de que sea ella ella misma, ella es otra cosa, aun para el propio Agustín. Y me da que él lo sabía. De no, no se entiende bien el homenaje que el Agustín cristiano le rinde a esa mujer sin nombre, alabando su abnegación, su entrega, su piedad, su desinterés, su fidelidad. Y no sólo con él, que eso sería casi romanticismo. Fidelidad con Alguien que no es él y a quien, por él, hace votos. No hay cama allí, no hay mera pulsión. No hay romanticismo en ese recuerdo dolorido. Creo, más bien, que hay reverencia.

San Agustín se topó allí con un signo. Y calló. No habló secamente. Habló poco. Pero no lo pasó por alto.

Diría que aquella mujer hizo las veces de signo. Oscuro si se quiere, pero no fallido.

Tal vez estamos mirando una historia de amor romántico y por eso nos lastima, si estamos enfermos de ese romanticismo. Si viéramos esa historia como otro tipo de historia de amor, tal vez nos heriría menos. O nada.

La medida de esa historia de amor la da ella. No él. Porque él, Agustín, por entonces, está in itinere. Ella, nos lo dice el propio Agustín, de algún modo parece haber llegado. Se la ve como el obstáculo y tal vez debería vérsela de un modo paradojal como el camino.

Y me parece que el propio Agustín vio que la dirección del amor era ésa, precisamente.

Hacia un Amado que, finalmente, no era ella -ni él mismo, claro...- sino Uno más antiguo y más nuevo.





domingo, 28 de junio de 2015

Amor a ciegas


Enamorado estaba.

¿Enamorado? ¿Enamorado amando como aman de veras los amadores de veras enamorados?

¿Por qué no? ¿Hay que dudarlo?

Sí, tal vez. Porque los versos pueden hacer aparecer cosas en el aire, en el aire de la palabra, que no están en ninguna otra parte sino allí. Y entonces, tal vez, la palabra ni siquiera es palabra entera y es como cáscara vacía y trucante, peor.

Y entonces uno mismo puede ser otro. Y el otro, que sólo aparece en las palabras, hacer de uno mismo. Porque hay una voz en una parte y un corazón en otra parte, que no es el corazón de esa voz, ni esa voz es la suya de él. Ya sea que la palabra diga lo que no hay, como que no diga lo que hay.

¿De quién hablamos?

¿De quién? Tal vez de quienes...

Pasó que leía a la vez por distintas razones dos asuntos distintos. Versos de Borges y el libro del Padre Castellani sobre san Agustín. Pero se juntaron en mi mesa, nomás y por lo pronto. No sé si podrían andar juntos el fuego de uno y la ceniza del otro.

Sin embargo.

Hay un pasaje de las Confesiones en el que Castellani se detiene apenas un momento, pero se detiene. Y es precisamente una historia de amor. O dos. O ninguna, si nos ponemos enigmáticos.

Por su parte, en El otro, el mismo, Borges trae dos sonetos en suite bajo el título 1964, que son dos infrecuentes quejas de amante desengañado y desolado y hasta en primera persona. Infrecuentes en él, se entiende.

Así que, por lo pronto, estoy hablando de Borges. Pero, y como son las cosas, viera usted, los dos asuntos no sólo aparecieron uno detrás del otro, sino que se me juntaron en el caletre y ahora estoy mirando a san Agustín y a Borges a la par, a ver qué se ve.

Vamos primero a los textos, que sin ellos no hay comentario.

(De los textos, claro... Otra cosa es la vida, por supuesto, la vida que pasó realmente -no lo que se dijo de la vida que nos pasó, o que no nos pasó...-: pero de ésa hace comento, y más que eso, uno que está bien bastante más arriba que yo...)

1964

I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.


II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Por otra parte, el texto de Castellani (en San Agustín y nosotros, páginas 43-45) es éste:
Pero ahora que hemos defendido a Agustín es menester que lo acusemos -y él ya no puede defenderse y explicarnos más su conducta. Hay un hecho en su vida que lastima nuestra sensibilidad romántica y es su conducta con una mujer, con su mujer; la madre de su hijo Adeodato; y él nos narra ese hecho en el libro VI sin dolerse de él y en apariencia sin reparar en él mayormente. A los treinta y un años, después de un resonante panegírico del Emperador pronunciado delante de la Corte, cuando había comenzado a separarse de los maniqueos y a escuchar sermones dominicales de Ambrosio... su madre Mónica lo persuadió a que despidiese a su concubina, que había convivido con él diez años y se comprometiese con una niña patricia que tenía doce o trece años y por tanto no podía casarse sino dentro de dos años al menos; y la Mónica del diablo creyó haber obtenido un gran triunfo con eso. Pero Agustín, después de despedir a su concubina antigua, tomó otra nueva, y le dio el disgusto del orbe a su bienintencionada madre. La mujer despedida, que le había sido fiel tantos años, hizo voto de continencia, perdió a su hijo y a su amante, volvió a su pueblo, se hundió en la oscuridad, y no sabemos nada de ella, ni siquiera su nombre.

Agustino cuenta lamentando con grandes ponderaciones el robo de unas peras que hizo cuando era arrapiezo; y cuenta con aparente indiferencia o almenos seca brevedad este hecho que lastima nuestra sensibilidad romántica y lo hace aparecer a nuestros ojos como un villano. San Agustín no fue un villano, fue uno de los corazones más nobles y generosos que han existido; -si es que hay alguna evidencia psicológica en el mundo, es ésa. ¿Qué pasó aquí? "Ése es un enigma que no resolveremos jamás", dice Papini: todas las conjeturas que se pueden hacer para justificar este hecho caen por su base. ¿Esa mujer le fue infiel? No. ¿Se le volvió insoportable? No. ¿No podía casarse con ella porque era pagana? No. ¿No podía casarse con ella porque era esclava? No. ¿Ya no la amaba más? No. El bienaventurado Ángel Vega dice: "la verdadera razón hay que buscarla en la providencia divina, que tenía dispuesto de él que fuera Obispo de su Iglesia, y había que despojarle de ese impedimento." La providencia es muy bicha, pero en este caso se equivocó, porque el futuro Obispo tomó enseguida otro impedimento.

Las palabras del interesado en el capítulo XV del libro VI, son las siguientes:
"Entre tanto mis pecados se multiplicában y, arrancada de mi costado, como obstáculo para mi matrimonio, aquélla con quien solía dormir, mi corazón adherido a ella manaba sangre, destrozado y herido. Y ella se volvió al África haciendo voto a Ti de no conocer otro varón, dejando conmigo mi hijo natural y suyo. Pero yo desdichado, y no imitador de ella, impaciente de la dilación, que sólo después de dos años habría de conseguir la que pretendía, no siendo amador del matrimonio sino siervo de la libídine, me procuré otra, no ciertamente mujer legítima..."(*)
Este drama psicológico, del cual realmente podría sacar un drama un escritor moderno, aparece como un relámpago ante nuestros ojos, en las palabras breves y exactas del gran escritor. Es el drama de la flaqueza humana, con la cual no habían contado ni la devota madre ni la pueril prometida: "mis pecados se multiplicaban." Sin la gracia de Dios no puede el hombre nada en orden a su salvación, como repetirá después tan insistentemente el doctor de la Gracia. Agustín aceptó con sinceridad y de buena fe el consejo de su madre que era bueno, de corregir su vida, encauzándola en un honesto matrimonio; y la madre, buena casamentera y despiadada con las otras mujeres, como suelen ser las mujeres, condenó a la concubina y buscó otra novia "jovencita, noble, rica, virtuosa, y bien educada", como la describe Agustín cuando en el 387 escribía los Soliloquios, esperaba el bautismo y pensaba todavía en el matrimonio: primer momento. Segundo momento: la mala costumbre y el vicio inveterado arrastran a Agustín a la segunda mala relación, no es capaz de resistir a la pasión de la carne. Tercer momento, después de convertido, tiene fuerza para dejarlo todo, el matrimonio incluso, por el voto del celibato religioso. El gran agustiniano que fue Kirkegord diría que Agustín saltó del estadio estético al estadio religioso, no suprimiendo el estadio ético, naturalmente, eso es imposible, sino absorbiéndolo en el estadio religioso. El estadio ético hubiera sido un honesto matrimonio. Video meliora proboque - deteriora sequor... cantó el poeta pagano Ovidio: Veo y apruebo lo mejor - y luego sigo lo peor. Sólo la adhesión decidida y total a la Luz Invisible puede coalescer la voluntad del hombre, y hacerlo uno; sin ella nos engañamos acerca de nosotros y estamos divididos en nosotros mismos, y somos presa de las aves de presa también invisibles que habitan las tinieblas estas.


Y hasta aquí los textos.

Ahora, como debe ser, déjese reposar y véase con cuidado y atención cada cosa dicha.

Y más adelante veremos a ver qué se ve.



_______________

(*) Ese capítulo termina así: "...sino para sustentar y conducir íntegra o aumentada la enfermedad de mi alma bajo la guarda de mi ininterrumpida costumbre al estado del matrimonio. Pero no por eso sanaba aquella herida mía que se había hecho al arrancarme de la primera mujer, sino que después de un ardor y dolor agudísimos comenzaba a corromperse, doliendo tanto más desesperadamente cuanto más se iba enfriando."






martes, 16 de junio de 2015

El odioso


Le moi est haïssable. Vous Miton le couvrez, vous ne l'ôtez point pour cela. Vous êtes donc toujours haïssable.

Point, car en agissant comme nous faisons obligeamment pour tout le monde, on n'a plus sujet de nous haïr.

Cela est vrai, si on ne haïssait dans le moi que le déplaisir qui nous en revient. Mais si je le haïs parce qu'il est injuste qu'il se fasse centre de tout, je le haïrai toujours.

En un mot le moi a deux qualités. Il est injuste en soi en ce qu'il se fait centre de tout. Il est incommode aux autres en ce qu'il les veut asservir, car chaque moi est l'ennemi et voudrait être le tyran de tous les autres. Vous en ôtez l'incommodité, mais non pas l'injustice.

Et ainsi vous ne le rendez pas aimable à ceux qui en haïssent l'injustice. Vous ne le rendez aimable qu'aux injustes qui n'y trouvent plus leur ennemi. Et ainsi vous demeurez injuste, et ne pouvez plaire qu'aux injustes.

* * *

El yo es odioso. Lo encubrís, Miton, pero no por eso lo elimináis. Y entonces sois siempre odioso.

- De ningún modo, pues obrando como obramos, cortésmente con todos, ya no hay más motivo para que nos odien.

- Eso sería verdad si sólo se odiara en el yo el disgusto que nos produce. Pero si lo odio porque es injusto que se convierta en centro de todo, siempre lo odiaré.

En una palabra, el yo tiene dos cualidades: es injusto en sí, en cuanto se convierte en centro de todo. Es incómodo para los demás, en cuanto quiere ponerlos a su servicio: pues cada yo es el enemigo y querría ser el tirano de todos los otros. Le quitáis la incomodidad, pero no la injusticia.

De este modo, no lo hacéis más amable y simpático para aquellos que odian su injusticia. Lo hacéis amable y simpático sólo para los injustos, que no encuentran en él a su enemigo. Y así seguís siendo injusto y sólo podéis agradar a los injustos.


Blas Pascal, Pensamientos II, VI, 455


Conocido, aunque poco recordado (y en lo habitual, frívolamente entendido), este pensamiento de Pascal ilumina una vastedad casi inconmensurable de asuntos. Y de personas.

Creo que no es una exageración hermenéutica decir dos cosas al respecto.

El yo, así dicho y con las dos notas constitutivas que le atribuye el francés, será una característica del Anticristo.

Por otra parte, y por lo mismo, se puede ser en este aspecto anticrístico sin ser el Anticristo. Aun siendo lo opuesto, aun siendo anti Anticristo, y por serlo de un modo en cierto sentido anticrístico. Hasta ese punto el yo tal como lo describe Pascal es odioso.







jueves, 11 de junio de 2015

¡A la mierda...!






Tal vez, uno de estos días, será verdad: Gandalf mandará todo a la mierda.

Empezará por allí y terminará por allá. ¡Ay de esos días!

Será un día cualquiera. Y no será un día de furia, no será un relato salvaje.

Será otra cosa.

Claro que muy probablemente habrá un periodista. Pero si es un periodista, será como saliva de Saruman o de Sauron, que caerá de la boca babeante de cualquiera de ambos, mientras paladean su obra. Una pestilencia, sí. Pero no mucho más que saliva, aunque haya mucha saliva...

Y llegará. Y eso será un signo. Será el día en que ya no se entienda nada de lo que dice Gandalf: absolutamente nada. Y cualquiera de las cosas que diga no será solamente la diferencia entre el mundo tradicional y el de esos días, que en tanto son nuestros días.

Y no pasará que solamente sea por espíritu trivial de los que deberían ser graves, o por frivolidad de la masa informe.

Será porque Saruman primero y Sauron al final habrán logrado que la estupidez sea la maldad y que buena parte de la maldad sea la estupidez.

Un mar de perversiones y perversidades: de eso hay y crece, claro que sí. Y será difícil respirar ese aire. Y lo es.

Pero mucho antes que eso, no es tanto que haya perversidades y perversiones de cosas altas, buenas y grandes. Sino el embotamiento de la mente y del corazón, la desertificación de la inteligencia, el desprecio de lo alto; y hacer romo lo punzante, nauseabundo lo fragante, insípido lo sabroso, odioso lo amable. Y el terror, el miedo pánico. Los gritos de los Nazgûl, los espectros de un poder tan invisible como presente, helando el corazón estepado de seres esclavos de cosas innobles y rastreras.

Y entre los grandes malos y estúpidos habrá gentes peores y más altas que Grima y que Bill Helechal, habrá más que Gollum. Después de todo, cualquiera de ellos es simplemente un peón y no el rey. El rey es otro. Es el Otro. Uno que no es rey y que querrá hacerse rey y se hará rey y tendrá su corte y sus ejércitos. Y tendrá sus profetas y sacerdotes. Y ya los tiene.

Esto es una humorada, una sátira. Los hispanos la conocen (y entienden algunos guiños para hispanos, claro...)

Pero, créame: en esta comedia hay mucho más. Y ella misma -sin quererlo el bueno de Jordi...- es un símbolo de cosas mucho más altas y mucho más hondas.





miércoles, 6 de mayo de 2015

Señora de los ocasos




Creo que las cosas aparecen cuando tienen que aparecer. Tal vez exactamente en el momento en que se las necesita.

Siempre dichas en un lenguaje misterioso y simbólico, hay cosas que están ante nuestros ojos durante años.

Invisibles ellas, ciegos nosotros.

Y así fue esta vez, otra vez.

*   *   *

Almorzaba con mi madre, solos los dos, como habitualmente pasa cada semana.

La comida es espléndida, como siempre, sencilla, sabrosa, con la abundancia justa.

A los años, me viene apareciendo cada vez más nítido que los veros manjares no son los que están en la mesa, sino otros; y son los que realmente voy a extrañar cuando ya no los tenga en el plato insaciable de mis oídos.

Son sus cuentos, sus relatos, las historias de su vida, de sus viajes, de las vidas de otros.

Y así fue esta vez. Otra vez.

*   *   *

Veo la imagen que está en la cabecera de su cama desde que era mozo. Siempre allí, aunque haya cambiado de casa y de cuarto al menos tres veces.

Una imagen bella, una tabla dorada con muy buena técnica que hizo y le regaló un amigo de mi padre hace casi cincuenta años.

Es evidentemente un fragmento de una obra mayor. Típicamente itálica, medieval, de los siglos altos. Finísima estampa de Madre e Hijo.

Tal vez la familiaridad engendró el menosprecio, diría Chesterton. Me bastaba la belleza. La impresión serena, quieta y digna que me causaba esa presencia habitual. Un gesto de ternura materna, una devoción filial. Bien dichas ambas cosas.

Pero hoy fue distinto.

Hablábamos de gentes y de viajes.

Allí recordó unos paseos por Florencia, primero, y por Asís más tarde.

- Ahí es donde está esa imagen, me dijo señalando a la consabida cabecera.

Tuvo que despejar sus recuerdos hasta que, afinando un lápiz imaginario, trazó incluso un mapa en el aire, y después sobre el cubrecama, memorando sus andanzas por Florencia y Asís.

- ¿Ves que la Virgen señala al costado y el Niño le indica dos con su mano? Ella está señalando a san Francisco y Él le dice que si elige, elige a los dos, no a uno solo... cuando la vi allá, ya la conocía: era esta misma, aunque, claro que es más linda aquella...

*   *   *

Miré la tabla infinidad de veces en estas decenas de años pasados. Jamás había visto el detalle de los gestos con detalle y me sorprendió y me alegró.

*   *   *

Volvía a casa en el tramonto, en el temprano ocaso conurbano de este otoño informe, denso, pesado, gris, ácido.

Y me acordé, mientras iba pensando en nada, como se piensa cuando hay que sortear miríadas de autos por las callejas en trámite aburrido y lento. Conocía la imagen completa. La había visto. Y tampoco me había llamado suficientemente la atención, se ve, porque no recordada que me hubiera causado entonces alguna emoción más que la de la belleza y elegancia de esas pinturas italianas medievales.

En la casa me esperaban asuntos menos gloriosos y con mucho pedestres.

Pero llegó el momento de poder buscar la imagen. El gesto de la mano de la Virgen, el de la mano del Niño, sus miradas, eran de un diálogo gestual imperdible.

El fragmento prometía misterios y símbolos. Y creo que los tiene esta obra que, en el siglo XIV, significaba una cosa y que hoy tal vez signifique aquello y algo más. Algo para estos días.

*   *   *

Tiene varios nombres esa obra célebre y muy celebrada, pero diría que el que más le cuadra es el de Madonna dei tramonti: Señora de los ocasos. Un sobrenombre, en realidad, pero que hoy por hoy se llena de interesantes significados y derivaciones, que por aquellos siglos no pudieron haberse vislumbrado, creería un servidor.

La razón del sobrenombre es sencilla y luminosa. El fresco que pintó en el primer cuarto del 1300 Pietro Lorenzetti, digno hijo de la escuela de Siena, tiene enfrente un vetanal que deja pasar la luz del sol cuando se pone, en el tramonto de Asís, en el ocaso. Y así es como, con la luz del ocaso, se ilumina el fresco que está en la capilla dedicada a san Juan Bautista. Y de allí su nombre.


La presentación oficial franciscana del asunto dice sucintamente algo así:
El ciclo lorenzettiano halla su sereno y sonriente epílogo en el conocidísimo cuadro de la Virgen que ensalza a Francisco. Invita gentilmente al Niño Jesús a bendecir a nuestro Santo, señalado su cuerpo con las llagas de la Pasión, y anteponiéndolo, por este motivo, al Apóstol predilecto, Juan. [La Virgen de los Ocasos: así es llamada esta imagen porque durante las puestas de sol queda iluminada por los rayos del astro que se filtran a través de un ventanal que está enfrente. Es la obra maestra de Lorenzetti por la gracia y suavidad de la figura, por la eficacia expresiva, por lo luminoso y transparente del color. La Virgen, con el Niño en los brazos, tiene a su derecha a san Francisco y a su izquierda a san Juan Evangelista. El rostro de ella, lleno de ternura, se dirige hacia el Hijo con expresión bendecidora y a la vez interrogativa: la Madre parece responder volviendo hacia san Francisco el pulgar de la mano derecha. Es una sagrada conversación que ofrece ocasión para muchas interpretaciones (R. Cianchetta)]

Una clase de Anna Lanzetta, estudiosa del arte de ese tiempo en esas regiones, resume así el asunto, con opiniones personales acerca de las implicaciones técnicas y culturales de los gestos:
Nella Basilica inferiore della chiesa di S. Francesco di Assisi, nel transetto sinistro della Cappella della Maddalena, tra gli affreschi di Cimabue, Giotto e Simone Martini, si può ammirare l’affresco di Pietro Lorenzetti che rappresenta quattro personaggi di cui due impegnati in un dialogo. Al centro dell’affresco c’è una scena di vita quotidiana: la Madonna è intenta a parlare col Bambino e la gestualità indica il dialogo in atto. Il dialogo, apparentemente muto, ma esplicitato dai gesti, ci rende compartecipi. Un meraviglioso bambino, comodamente seduto in braccio alla mamma, richiama la sua attenzione con le dita della mano e chiede di parlare, atteggiando il viso alla domanda. La mamma, con piglio quasi severo, lo ascolta attenta. Le due figure a lato sono: San Giovanni apostolo e San Francesco e il bimbo chiede,  per non confondersi nella scelta: “dimmi mamma, a chi mi devo rivolgere per primo”? E la mamma gli risponde, indicando, con il pollice della mano destra, San Francesco, quasi a dire -siamo in casa sua-. Basta quel gesto e  l’arte  diventa improvvisamente vita. Il -gesto dialogato-, protagonista della pittura di Giotto, segna l’apertura dell’arte alla modernità espressiva. L’affresco rappresenta  dunque una scena di vita quotidiana,  che si può ammirare e leggere con precise connotazioni che assumono rilievo nell’espressività che, esulando da un contesto ieratico, diventa umanità. Al dialogo assistono, attenti e silenziosi, i due santi. Dolcissimo il volto della Madonna; una mamma attenta alle domande del figlio, in una costruzione che , basata su pochi elementi espressivi, si connota nel gesto e nello sguardo. Quel gesto provoca  nel visitatore una forte emozione alla presenza di una Madonna che è essenzialmente mamma e segna un’evoluzione nel concetto di un’arte che,  diventa espressione di vita stessa.

È “La Madonna dei Tramonti”, cosiddetta perchè affrescata da Lorenzetti di fronte a una finestra dalle quale, un raggio di sole, entrando nell’ora del tramonto, la illumina in tutta la sua bellezza. Un raggio di sole che sembra  illuminare un gesto che spalanca le porte alla modernità della pittura, almeno secondo il mio parere.


Sin duda que la obra de Pietro Lorenzetti es un homenaje a san Francisco, anteponiéndolo en la obra al discípulo amado. Homenaje directo o indirecto, según se lo vea.

En un texto de la enciclopedia global -que entiendo debería atribuirse a la especialista crítica Chiara Frugoni- se explican así los gestos del fresco:
Sotto la grande Crocifissione l'artista raffigurò i due santi Francesco e Giovanni Evangelista accanto alla Madonna col Bambino, affacciati a una finta balaustra e a mezza figura. A differenza del trittico della Madonna col Bambino tra i santi Giovanni Battista e Francesco nella vicina cappella Orsini, qui il pittore pose le figure nello spazio libero (in questo caso uno sfondo dorato), senza ricorrere ad archi e cornici di separazione.

Come in altre opere, le tre figure dialogano con gli sguardi e i gesti. Amato dal pittore e da suo fratello Ambrogio è il gesto di indicare col pollice, che in questo caso la Vergine a rivolge san Francesco dietro di lei, come a rispondere a una domanda del Bambino, che infatti alza la destra con un gesto di interrogazione. Francesco, con un gesto elegante, si porta la mano stigmatizzata al petto come ad accogliere quella muta chiamata. Giovanni, dall'altra parte, regge il proprio Vangelo e con la mano libera accenna un gesto d'assenso. I due santi laterali sembrano guardarsi intensamente, alludendo forse a una complicità nel riconoscere il valore delle stimmate equiparato a quello delle Scritture nella diffusione del messaggio evangelico. Un crocifisso si trova infatti proprio sotto Maria.

Perduta è l'altra mano di Francesco, che forse rivolgeva un cenno al committente devoto, rappresentato in un riquadro appena sotto.

I rapporti tra le due crocifissioni, grande e piccola, sono stati studiati e approfonditi: la grande scena appare come la rievocazione di un passato remoto, mentre il piccolo crocifisso riporta l'osservatore ai suoi tempi, rendendolo attuale grazie all'intermediazione di Francesco che ne rivisse il sacrificio, cercando poi di ridestarne il ricordo nei cuori dei fedeli con la sua predicazione.

Y todo el asunto es en cierto sentido una exageración. Aunque no está exenta de miga la cuestión, vista 700 años después, en estos tiempos nuestros.

*   *   *

Sin embargo.

Es curiosa también la historia que dice haber oído en Asís y que hoy me contó mi madre, porque de su relato surge un clima completamente distinto. Y me pregunto seriamente si esa confusión es una mera casualidad, o si hay alguna bonita y secreta clave en esa involuntaria confusión de una doña de casi noventa años que recuerda un viaje de hace 20 años por aquellas tierras de la Umbría.

Según decía, la Virgen le estaría preguntando al Niño cuál de los dos elegiría y el Niño le estaría contestando: los dos.

*   *   *

Y hasta aquí llego por hoy, porque el asunto me tiene pensando.



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Antes de finir esta entrada, hay que decir que, en la misma basílica inferior, hay otro fresco de Lorenzetti en el que una especie de tríptico, sembrado también con gestos significativos y miradas que hablan, representa a la Madonna, al Niño y a sus lados a san Francisco y a san Juan Bautista, con un significado parejo al de la obra anterior, y que aquí dejo en imagen y explicado en otro texto de Chiara Frugoni.

Divisi da arcatelle ogivali che simulano la forma di un polittico, con rappresentazioni di angeli simmetrici a riempire gli spicchi superiori, la Madonna col Bambino è dipinta a mezza figura su sfondo dorato tra i santi Giovanni Battista e Francesco. Il Battista, oltre che per la veste da eremita e la barba e la capigliatura lunga e incolta, si riconosce per il cartiglio che riporta un passo del Vangelo di Giovanni (ecce vox clamantis in deserto, parate viam Domini). San Francesco si riconosce invece per il saio e per le stimmate.

Entrambi i santi puntano l'indice verso il basso, probabilmente sottintendendo l'altare e il ruolo di Cristo come agnello sacrificale durante l'eucarestia. I due santi si scambiano una sguardo intenso e anche nel levare l'altra la mano verso l'interno compongono un effetto simmetrico che ne simboleggia la completa empatia. Entrambi dopotutto predicarono per tutta la vita la venuta di Cristo. Maria, che stringe il bambino in braccio, sembra rivolgere uno sguardo di muta approvazione a Francesco. Raffinatissimo è il panneggio della madre col figlio e la naturalezza con cui essa regge il bambino, che le pone una mano nella mano e gioca col suo velo. Preziosa e raffinata è la lavorazione dell'oro, nelle aureole, nello sfondo e nel bordo del manto di Maria, nonostante le difficoltà rappresentate dall'uso della tecnica nell'affresco.