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jueves, 15 de septiembre de 2016

Cosas de dragones




La Argentina tuvo en sus días algunos maestros. Grandes hombres y hombres grandes. Esporádicos y no muchos. Pero, eso sí, grandes y sabios.

En general, la mayoría de los argentinos considera -a favor o en contra- que el General fue un hito de las grandezas. Y se nota en el apelativo. Cuando alguien accede al grado de arquetipo no necesita nombre propio, porque él mismo parece ser la encarnación de la cosa. Pero el General no era un hombre demasiado singular (le robo la humorada a un prominente nacionalista (r.i.p.) que en realidad lo dijo de todos los generales hodiernos...), por más que su huella en nuestra historia haya sido y sea difícilmente removible.

De modo que no cuento entre estos grandes que digo al General. Pero algunos que militaron en sus filas -y que a mi sabor él no merecía- si fueron hombres de mirada honda y de luces particularmente brillantes. Marechal es un caso.

Me fijo en él ahora, en Marechal, y ya que estamos discurriendo, por su vocación intensamente simbólica. Tan intensa como críptica. Y a veces tan críptica como algo desviada, especialmente al final de sus días. Es otro tema, para otra vez.

Esa es una vara que mide bien: el que no sabe de símbolos, no es inteligente. Y menos podrá ser sabio. Y no digo más.

*   *   *

Lástima, la Patria. Tener tan poca vocación simbólica. Ser tan inmediata casi siempre, tan como rastrera. Tener tan poco afecto por la sabiduría, ser tan improvisada de habitual, tan del momento, tan practicona. Tierra de leguleyos y de mercachifles (si prefiere, puede decirles juristas y empresarios..., por mí es igual), tierra de gente pobre..., aunque sean ricos; pobres falsos, incluso, porque ni siquiera tienen los defectos de los pobres, sino los de los ricos (pero sin las riquezas, como dice Castellani).

Y pobre Castellani, otro de los grandes. En Las Parábolas de Cristo dice:

Por esto el Abad reza
Y el asesino mata
Se llama peso y no pesa
Se llama plata y no es plata.
Y no, mi estimado padre: creo que se equivoca: pesa y porque pesa mata; aunque de acuerdo en que no es de plata la plata. Pero allí mismo acierta en otras líneas cuando dice (17-19 Los Dos Señores): la pobreza nos pone más cerca de la Realidad; de la realidad mística y religiosa, que es la realidad última y más duradera; la realidad más real. Por eso puede haber falsos pobres. Otras cosas muy sabrosas hay allí -fáciles de decir para él- que si se entienden sin entendimiento simbólico, uno se vuelve recalcitrante capitalista o comunista recalcitrante. O peronista.

La gente cree habitualmente que simbólico quiere decir de mentira, no real. Es una pena. La de realidad que se pierde uno por la falta de símbolos en los ojos y en la mente y en el corazón.

El caso es que precisamente por eso mismo estamos a años luz de tener alguna cultura. Y años luz quiere decir distancia y tiempo a la vez. Lejos, a mucha distancia, a muchos años. Y cada vez más.

Si acaso venimos de una cultura, pero eso también nos ha quedado en buena medida a años luz.

Insisto: de todas las formas de inmanencia, la de la plata, el dinero, es la que por estas pampas se ha preferido. Podría haber sido el poder. Pero no lo fue. Si alguno hubo que tuviera ese desvío, más temprano que tarde fue ganado en su corazón por la codicia.

*   *   *

Por eso, cuando hace un par de días se irguió en un barrio cerrado suburbano la figura de un dragón rampante, que portaba una bandera nacional en su garra derecha, mástil y todo con su punta de lanza, todo de hierro él -metal de estos tiempos, claro que sí...-, emplazado en un jardín burgués, insólitamente presente junto a una pileta de natación, sentí un amargo alivio.

Más.

El dragón inmenso custodiaba en su vientre escamoso una caja fuerte, negra como la pez, honda como la codicia.

Y más.

El dragón, dicen, había sido ecomendado a un maestro escultor de cierto renombre, precisamente con la finalidad de tragarse el tesoro y cubrirlo a la vista de los impertinentes, e ignaros y no iniciados, digo yo.

Bonita panoplia simbólica. Estupenda.

No está todo perdido, pensé arrebatadamente, irreflexivamente. Todavía hay mentes simbólicas entre nosotros.

Por supuesto: qué otra cosa haría un dragón sino custodiar tesoros y en especial los malhabidos. A quién le daría un perverso una marmita de hierro llena de monedas robadas, sino a un dragón.

La casa, en la que tenía su nido la bestia, la habita un burócrata -súbitamente potente en lujos y dineros-, que supo serlo del gobierno bonaerense del gobernador Daniel Scioli hasta diciembre. Cerca de allí, en la misma exclusividad artificial del barrio cerrado, hay otro burócrata que fuera jefe de este burócrata. Cuando fue confrontado con el dragón imposible, no tuvo coraje para sostener la oscura y pestilente función de la serpiente con alas. Y en un dispendio de mal gusto y de falta de heroísmo y de ignoranca mítica, defendió a su subordinado -y degradó al dragón- diciendo que allí, en ese vientre malévolo, simplemente se guardaban enseres de la pileta de natación.

No importa nada que la versión fuera insultantemente inverosímil. Importa la frivolidad pusilánime del burócrata. Su cobardía mítica. Su mente roma.

*   *   *

La tarde caía.

Ya no había el viento que hubo.

Ni mito. Ni símbolo.

Lástima.

Pudimos haber tenido un dragón en forma y con todas las de la ley (su ley de él, la del dragón..., la de la codicia avara); pero, a cambio de eso, nos dicen que lo que estamos viendo es apenas un cobertizo fútil, en medio de un jardín de revista de decoración.


(¡Carajo, con estos mequetrefes! ¡Era un magnífica idea abominable! ¡Raza de estúpidos!)


Lástima.


Lo dicho: estamos lejos de cualquier luz, en la inmunda tiniebla de los dragones. Y ciegos ante la rutilante oscuridad de los dragones, que es lo peor.



Estamos a años luz casi diría de cualquier cosa.





viernes, 17 de junio de 2016

Papelito (V y final)




Lo cotidano aturde. Y así queda el pobre quidam de a pie: aturdido.

Si tuviera tiempo (el de afuera y el de adentro), tal vez podría zambullirse en simples reflexiones, nada complejo. Algo sencillo que le permitiera discernir. Pero no podrá, no fácilmente al menos. Una de las notas definitorias de lo moderno ut sic es la velocidad, el abarrotamiento mental y sensible: el aturdimiento por mucho disperso y sin jerarquía y por demasiado rápido.

Golpes, sopapos. Estar conectado permanentemente a 380 voltios.

Al amparo de semejante empacho, unos y otros trabajan sobre su imaginación y sobre su razonamiento menguado. Unos para decirle que sí, otros para decirle que no. Todos para decirle que en definitiva su sí y su no valen nada.

*  *  *

Hace ya casi 10 años (me disculpe Ud. la cita propia... y que no sea breve), un asunto me trajo a la memoria a Chesterton y su libro Lo que está mal en el mundo. Y como el asunto y la cita vienen a cuento, aquí va.
En 1910, (G. K. Chesterton) en What's Wrong with the World?, hablaba de la propiedad, asunto que importa por demás a los dos antagonistas, capitalistas y socialistas.
La propiedad es, escuetamente, el arte de la democracia. Significa que cada hombre debería poseer algo que él puede modelar a su imagen y semejanza, como él mismo está modelado a imagen y semejanza de Dios. Y porque él no es Dios, sino una imagen esculpida de Dios, sus propias expresiones deben operar dentro de límites, dentro de límites rigurosos y aun estrechos.

Me doy perfecta cuenta de que la palabra "propiedad" ha sido contaminada en nuestro tiempo por la corrupción de los grandes capitalistas. Si se escuchara lo que se dice, resultaría que los Rotschilds y los Rockefeller son partidarios de la propiedad. Pero es obvio que son sus enemigos, porque son enemigos de sus limitaciones. No desean su propia tierra, sino la ajena. Cuando sacan el mojón del vecino, sacan también el propio. El hombre que ama una pequeña parcela triangular debería amarla porque es triangular; cualquiera que le altere la forma es un ladrón que le ha robado el triángulo. El hombre que sienta la verdadera poesía de la posesión desea ver la pared donde su jardín se encuentra con el de Smith, el cerco donde su granja se encuentra con la de Brown. No podrá ver la forma de su propia tierra hasta que no vea los linderos de la de su vecino. Resulta la negación de la propiedad que el duque de Sutherland tenga todas las granjas de su condado, como sería la negación del matrimonio que tuviera todas nuestras esposas en un harén...
Cuenta, poco más adelante, la historia de su nunca abandonado hombre común -"llamémosle Jones"- que "siempre ha deseado las cosas divinamente ordinarias; se ha casado por amor, ha elegido o edificado una casita que le va como anillo al dedo; está listo para ser abuelo y patriarca del lugar. Y precisamente cuando a eso se encamina, algo comienza a andar mal. Alguna tiranía personal o política repentinamente lo desaloja del hogar y tiene que sentarse en el cordón de la vereda".

Ahora se lo disputan el socialismo y el capitalismo. Ambos lo quieren en la vereda. Lo quieren en la calle, que unos llamarán la "vía del progreso y de la civilización" y otros "el escenario de la lucha". Irá a la fábrica, será esclavo del salario y del empleo porque le han dicho que así se construye la gran gesta de la economía. Otros, en la vereda de enfrente, una vez que es esclavo, le explicarán que "por fin se ha metido en la vida real de las empresas económicas; su lucha con el propietario será la única cosa de la cual, en el sublime futuro, sobrevendrá la riqueza de los pueblos..."

En este caso, está en las manos de la "república socialista, igualitaria, científica, poseída por el Estado y gobernada por funcionarios públicos. En una palabra, la comunidad del sublime futuro".

Futuro, claro, sólo en apariencia comunitario, mas claramente individualista en la medida que sea verdaderamente carne de esa revolución, la revolución del progreso y el bienestar o la de la sociedad sin clases de ninguna clase.

En ese futuro vivirá solo, pues lo han apartado de su familia y de su ámbito natural para vivir hacinado- y en el mejor de los casos engordado como un ganso, un pavo, un chancho...- en manos de su protectores. Protectores que podrán ser capitalistas o socialistas, pero siempre pertenecerán a la misma clase de hombres, aquellos que practican "la gran herejía moderna de alterar el alma del hombre para adecuarse a sus condiciones de vida en vez de alterar sus condiciones de vida para adecuarse a su alma".

En el fondo de su corazón, el hombre común atiborrado de mensajes contradictorios, despersonalizado, todavía tiene como un eco de angustia. El no sabe de dónde le viene -y hoy menos que en 1910- esa desazón. ¿Por qué, parece preguntarse Jones, estoy tan mal si estoy arañando la prosperidad del futuro que me prometieron? ¿Por qué, dirá nuestro Jones del tercer milenio, me deprimo y no le encuentro ni sabor ni finalidad a la vida? Una vida tan llena de regalos, de prosperidades, de promesas y felicidades...
Hay, sin embargo, signos de que el incomprensivo Jones todavía sueña de noche con su vieja fantasía de tener un hogar formal. Pedía tan poco y le ofrecieron tanto...Lo querían sobornar con un universo y con grandes sistemas, le ofrecieron el Edén y la Nueva Jerusalén y él sólo quería una casa. Pero la casa, se la negaron.

Entonces.

La gente te va a odiar.

No lo sé, vea. Lamentablemente, la gente ama y odia por razones extravagantes tantas veces. Razones frívolas o pusilánimes. Es el aire del tiempo. La lista de los amores y de los odios podría hacerse hoy por hoy como se quiera. Los criterios dan un mismo resultado decepcionante.

¿Quiere verlo en las preferencias políticas de la gente cuando vota? ¿Quiere verlo en las preferencias económicas, artísticas, culinarias, deportivas, sexuales, religiosas? ¿Quiere verlo en su forma de divertirse o entretenerse, en su forma de informarse, en su forma de formarse opinión del entero cosmos, en su forma de educarse, de educar a sus hijos, de tratar a sus viejos?

¿Dónde quiere ver lo que la gente ama u odia? ¿Dónde quiere ver lo que valen el amor o el odio de la gente?

Si ese amor u odio son el fiel y la pesa que mueve el fiel de la balanza, todo a la vez, ¿qué resultado creería Ud. que podría obtener de esa medición?

Amores y odios pautados, disciplinados, dirigidos, manipulados, contranatura.

Cuando alguien dice
No hay que ajustar
La gente te va a odiar
está diciendo algo perverso y no importa nada la cuota de verdad o falsedad de las dos proposiciones, por separado o juntas. El detalle de su causalidad es la clave de la insidia y de la perfidia del emisor. Que parece saber qué le importa al receptor y cómo y cuánto le importa.

Porque su interés primero y último no es la justicia, el bien común. Nones.

La gente es la amenaza y la puja a la vez: la gente es el campo de batalla, es la munición y es el botín al mismo tiempo.

Para el que lo dice. Para el que lo recibe.

*  *  *

El bueno del señor Jones de Chesterton (la gente del papelito) está sentado en la vereda. En una calle oscura y fría del laberinto pestilente en el que no hay sólo un Minotauro. Y si llegara a pasar que es uno solo, es uno de varias cabezas y varios cuerpos. Y varias furias y los mismos rigores, al final de la cuenta.

Para que pueda salir de ese laberinto, Jones debería levantar la cabeza alguna vez y ver que de los laberintos se sale por arriba.

Infinidad de voces y ecos vanos lo retienen con la vista (y el alma) clavada en el barro de este mundo.

El papelito es una de esas voces vanas, uno de esos ecos. Apenas uno. Hay infinidad por todas partes, y vienen de los cuatro vientos.

Ninguno de esos vientos es tan viento que despeje el aire nauseabundo del laberinto.

Hasta que venga uno que lo haga.





jueves, 2 de junio de 2016

Papelito (IV)


Lo primero es lo primero.

No hay que ajustar no parece una sugerencia, pese al contexto condescendiente y ficticiamente conciliador.

Suena imperativo y creo que es allí donde presumiblemente muestra la pata de la ideología y su intención retórico-chicanera. Uno entiende que en la agonalidad política esos mandobles y fintas son el pan de cada día. Pero en la medida en que esas consignas llevan el aguijón de un postulado que trae cola y se pretende programático, vale un comentario, siquiera para no dejar herrumbrar la sesera.

Lo contingente no se lleva bien con el modo imperativo, por definición. Y estamos hablando de lo contingente. Si acaso, y habría que pensarlo bien, de lo necesario con necesidad de medio, nunca de fin.

Por lo pronto, hay que ajustar si hay que ajustar y no hay que ajustar si no hay que ajustar.

Pero, cuidado...

El porqué y el para qué de una cosa y la otra es parte del asunto y parte más importante que cualquiera otra, como serían el cuándo, el de qué manera, en qué medida, en cuáles cosas, y así.

Ajustar porque uno es un prepotente y redomado mal nacido, es cosa que está mal y no debe hacerse. Si se hace mal, la cuestión empeora. Ajustar como ariete ideológico es perverso.

No ajustar porque uno es un más o menos sutil mal nacido, tan prepotente y redomado como su primo, pero con cara de opción preferencial por los pobres, también es perverso y no debe hacerse. Si se hace mal, la cuestión empeora. No ajustar como ariete ideológico también es mala leche.

Me dirá, cumpa, que el planteo es simplón y algo naïf. Y se equivoca, le diré, de medio a medio.

No es culpa de un servidor que las realidades contingentes tengan ese dinamismo. Más allá de algunas sólidas líneas basales, el ámbito de lo posible y de lo probable es casi como andar a pelo o con un pellón y una cincha, en todo caso. Nada de monturas rígidas labradas en piedra ni jinetes clavados a la monta. Es habilidad del jinete mantenerse arriba del caballo: porque el caballo, se sabe, se mueve y, en ocasiones, se mueve para donde no se sabe y sin avisarle al jinete.

Si hay un ejemplo de maestrías arquitectónicas en materia de medidas de gobierno estructurales o de coyuntura, he allí a nuestros antepasados romanos, a los que senté hace un tiempo a esta mesa, para que cuenten sus peripecias afrontadas con doctrinas heredadas, experiencia propia y ajena que fueron codificando y, tantas veces, además, simplemente con buen sentido. Y así lo hicieron, sin tanta milonga; y no que no tuvieran asuntos parecidos a los nuestros de hoy día y pifies a pasto. Ellos también contaron con toda suerte de hombres al frente de estos asuntos: sus Gracos y Pompeyos, sus Cicerones y Pilatos y Brutos y Silas y Cascas y sus Cayos Julios, Antonios y Antoninos, Augustos, Claudios, Adrianos y siguiendo.

No hay que ajustar, así dicho sin más, no es un mandamiento de la ley de las cosas. Y me dirá que me estoy haciendo el bobo: cualquiera entiende -dirán usted y el papelito sin decirlo- lo que significa aquí y ahora ajustar. Más aún: en el glosario ideológico que lo impugna, un ajuste hecho y derecho se prejuzga impulsado por el olímpico desprecio por los que más lo padecerán y movido con furia ideológica sin miramientos, y eso por definición porque ajuste e hijoputez se dicen sinónimos en esos barrios. Dicho de esta suerte, no hay ajuste si antes no hay un cuore inmisericorde del que emane.

Y otra vez se equivoca: también su servidor entiende con algo de acuidad lo que en determinado caso y en determinado diccionario significa ajustar (o sus variantes pérfidamente sinónimas: corregir, sincerar, adecuar, et al.); porque, aunque no tuviera pericia teórica en estas materias, cualquiera que haya hecho un curso de argentinidad de a pie en estos últimos decenios (varios decenios, no sólo uno o dos o tres...), está habilitado para traducir sin errar el aceitoso y malévolo léxico de políticos, abogados, gerentes, economistas, periodistas y otras fieras y endriagos. Los de una parte y los de varias partes.

Cualquiera sabe que esto es así. De modo que, mi amigo, aquí no hay bobo que valga.

Al fin, debe entenderse, resulta que son las cosas mismas las que, en cada caso y de algún modo, nos sugieren cuántas posibilidades tenemos de operar con ellas, sobre ellas. Perspicacia es una virtud en los hombres que gobiernan, tanto como es sabido que la prudencia juzga sobre lo particular. No quiero aburrirlo con ejemplos de lo que ya sabe, pero todos tenemos experiencia de que no es con voluntarismos como se resuelven los asuntos. Si hay que ver si conviene echar abajo un farol, nos amonesta Chesterton, mejor discutir a su luz lo que deberíamos discutir a oscuras, si primero lo volteamos y después lo consideramos...

Pero.

Es tan verdad eso como el hecho de que así veamos y concibamos las cosas, así obraremos. Toda operación sigue no solamente al ser, sino a la concepción que tengamos respecto de aquello sobre lo que obramos. Después, se entiende, hay que atenerse a las consecuencias de las concepciones defectuosas, falsas, erróneas o perversas. Como hay que atenerse a los fallos en la ejecución, claro.

Si lo contingente admite contrarios, es claro que puede haber posibles acciones contrarias respecto de lo contingente. La prudencia es a la vez concepción e imperio sobre las cosas. Y la falta de la virtud conductora por excelencia significa tanto ver mal como obrar defectuosamente.

En sus clases sobre Arte de la Retórica, Aristóteles nos enseñó que en política se delibera sobre aquellas cosas cuyo principio de producción está en nuestro poder. Se delibera, esto es, se considera qué es más adecuado, en cada caso, según las posibilidades reales que haya a la vista y que mejor convengan con aquello que nos proponemos.

De modo que, en principio, cada uno de ambos -no hay que ajustar o hay que ajustar- admite sus opuestos y la prudencia del artífice dirá qué corresponde en cada caso y todas las demás circunstancias que matizan el qué.


Y eso mismo nos deja a las puertas de la cuestión de aquel porqué causal: la gente te va a odiar.


Que es el caracú de este papelito.





miércoles, 25 de mayo de 2016

Niños de la Patria




Iba parado en el pasillo del tren. Cadete militar, franco por la fiesta patria, con uniforme de salida.

Unos asientos más allá, viajaba una familia. Un niñito -unos 5 años- jugaba y peleaba con una niña apenas mayor que él; no bien lo vio, fingió entre risas y en voz alta un pedido de auxilio: "policía, policía... mi hermana me está pegando..."

Unos miunutos después, otro niño. Apenas vestido, repartía estampitas pidiendo limosna. Unos 9 años tendría.

Se enfrentó al cadete y le ofreció una. El cadete, tomó el papelito y lo saludó con la mano. Uno de esos saludos de código: palma contra palma, choque de puños.

El chico sonrió: "Hola..." y, siguiendo, completó con naturalidad: "...feliz día..."


Curioso.

Uno, vio un uniforme y vio un policía.

El otro, vio un uniforme y vio el 25 de mayo. Vio la Patria, digamos, para simplificar.

Y tendría que haber sido al revés, diría.

El que vio la Patria, tal vez debería haber visto a un genérico uniformado: a un poli, a un tira.


Y sin embargo, no.


¿De dónde habrá sacado el niño mendigo ese feliz día?

¿Y el otro? ¿De dónde habrá sacado el policía, policía...?


Se ve que uno de los dos, el menos pensado, lo primero que vio fue nada más que un uniforme.

Y el otro, el menos pensado, vio algo más que un uniforme.






domingo, 22 de mayo de 2016

Papelito (III)




Seguramente habrá quien crea que lo estoy distrayendo con fruslerías, sin ir al punto de una vez.

Y es lo opuesto: trato de ayudar. No sólo eso: es bueno que cada quien se ayude un poco a sí mismo y no espere que todo el trabajo le venga hecho por otro.

Que así cualquiera tiene opiniones: alquilando las más de las veces las ajenas.

*   *   *

Venía leyendo semanas atrás asuntos de Roma, la antigua. Y lo bien que me vino ahora.

Entre otras páginas valiosas, heredé de Aníbal D'Angelo una edición en rústica que hizo Eudeba de Buenos Aires, allá por 1968, de un clásico del ruso Mijail Rostovtzeff. Tengo la 3era. edición, de abril de 1973.

Hay unas obras mayores de este autor, asaz voluminosas, que abarcan todo el mundo antiguo helenoromano.

La que digo ahora es traducción de una edición hecha por los ingleses de Oxford en 1960 y que está emparentada con The social and economic history of the Roman Empire, obra más abarcadora, que también publicaron.

Dejo aquí las señas de una y otra, que pueden ser vistas en formato portátil, lo que permite llevarlas consigo al sitio donde leer más convenga (y esto dicho permitiéndoseme la pedantería algo provinciana de exponer al lector a textos en inglés, nada que no tenga remedio, claro):
La edición inglesa de Rome (Oxford, 1960)
El texto de Roma (Eudeba, 4ta. ed., 1977)
The social and economic history of the Roman Empire (Vol. I - Oxford, 1957; ed. especial, 1998)
The social and economic history of the Roman Empire (Vol. II, Notas - Oxford, 1957 - ed. especial, 1998)

Más de uno sabe de qué tratan estas obras. Por lo mismo, no será un servidor el que le diga a los peritos lo que deben leer y que ya seguramente han leído hace lustros. Tampoco es que sea necesario un programa de lecturas. Es sólo una ubicación general, en todo caso y por si hay quienes se interesen al fin, y eso respecto de Roma. De los orígenes hasta a última crisis, un texto en particular que tiene algún propósito.

Y, por el momento, mi único propósito, estimado lector, es compartir con usted la impresión que causan esas páginas, si uno quiere elucidar qué dirá el papelito sobre el que vengo meditando en estas semanas, por ejemplo.

        No hay que ajustar
        La gente te va a odiar


Notable cosa es ver de un tirón unos cuantos siglos de la historia de la Roma inmensa y especialmente su costado social y económico. Notable ver en ellos de entonces cosas nuestras de ahora, por ejemplo. Notable ver los problemas que afrontaron o crearon. Y el modo como los resolvieron o empeoraron.

Veces innúmeras las que tuvieron los romanos para diseñar y rediseñar políticas sociales, medidas políticas y económicas. Y políticas por económicas y económicas por políticas. Venalidades y genialidades. Astucias y tropiezos. Grandezas y miserias. Y detrás de ellos, otros más antiguos. Distintos, pero lo mismo y así hasta el orto de los tiempos humanos.

Viene subiendo por las venas, entonces, una sensación espantosa y al final sedante de no ser inédito en la huella histórica que dejamos en este valle bajo la luna; y una sensación consoladora de no ser el primer estúpido en el planeta silencioso.

Reconfortante, le diré. Sumamente ilustrativo.

Nadie, creo y visto así, debería arriesgarse a leer un papelito callejero, si antes no tiene a mano las herramientas hermenéuticas.

Y más: nadie debería exponerse a un discurso político sin esas herramientas. Ningún discurso político de los chicos buenos, ningún discurso político de los chicos malos.

Porque tanto los traficantes del odio revolú y la resistencia miliante, como los traficantes de la alegría inmanente y las expectativas pingües, le ocultan a su sencillo auditorio (a veces, su rastrero auditorio) lo que los hombres ya hemos hecho y dicho tantas veces. A veces lo ocultan por ignorantes y, lo que no dicen, no lo dicen porque no saben, sin saber incluso que repiten actos y dichos que desconocen. Y otras, sin siquiera preocuparse por si hay que saberlo, con la suficiencia decadente de un bichozno insolvente de bichoznos venales de bichoznos tarados y así siguiendo...


Por eso.

Permita una sugerencia de su ignaro servidor: échele una miradita al mundo antiguo.

Así, como al pasar, como quien levanta distraídamente un papelito del piso.





jueves, 19 de mayo de 2016

Papelito (II)


La combinación de 5 y 7 sílabas por verso es frecuente en estrofas como el haiku y también en la hispánica seguidilla.

Es, lo que se dice, arte menor.

En el caso presente -y es la primera observación pertinente a este asunto- son, bien mirados, versos de arte menor y precisamente de 5 y 7 sílabas:
No hay que ajustar
La gente te va a odiar
Habrá solemnes y circunspectos que se atreverán a decir que no es éste un comentario a la altura de la cuestión.

Pero hasta el más lelo tendrá que admitir que por métrica, ritmo y hasta rima, las dos líneas de marras son verso. Y entonces corresponde un liminar abordaje lírico.

Más diré: coreados a ritmo de batalla, son suceptibles de musicalización, bien que rudimentaria y pobre musicalización, concedo.

*   *   *

Otro punto que convendría iluminar un rato largo hasta llegar a una conclusión estable, es el del nexo ausente pero latente entre ambas líneas. Y con eso, el sentido dellas. La yuxtaposición hace más presente la ausencia.

Dije ya que parecía redondo el nexo causal:
No hay que ajustar
(porque o pues, ambos nexos causales en buena doctrina) La gente te va a odiar
Pero con el mismo énfasis advertí también que podría entenderse un semántico matiz consecutivo en esa sucesión, sin atender demasiado al nexo correspondiente y su naturaleza:
No hay que ajustar
(porque la consecuencia de dicha cosa será que...) La gente te va a odiar
Algo de trampa hay en esto último. Resulta que la consecuencia de ajustar es, a la vez, la razón postulada allí para no hacerlo; esto es, la consecuencia de ajustar allí dicha es la causa por la cual no habría que ajustar: el odio de la gente.

*   *   *

Dicho lo cual, metodológicamente, volvamos por un momento a las cavilaciones mudas que el papelito nos obliga a empollar.






miércoles, 18 de mayo de 2016

Papelito




Andaba por Olivos, hace ya un par de semanas, a unas cuadras de la Quinta del presidente.

Mañana frescofría, a eso de las 10. Buscaba un bodegón -que encontré en la Av. Maipú- para tomar un algo caliente, en un tiempo libre de clases.

El papelito estaba en el piso, sobre la vereda. Mide 9x10,5 centímetros y tiene la misma consigna de ambos lados.

Me quedé mirándolo un rato, estudiándolo, antes de ponérmelo en el bolsillo, cuidadosamente, como un arqueólogo levantaría un fósil jurásico.

Sumamente ilustrativo y rico en sugerencias: todo entero el índice de un tratado en exactamente 10 palabras.

Porque cuenta cada palabra, cuenta cada período y estructura, en esta oración compuesta con su subordinada adverbial causal (¿consecutiva?) sin nexo. (¿Prefiere dos construcciones yuxtapuestas? Me da igual... Aunque el valor causal (¿consecutivo?) de la segunda respecto de la primera no se lo quita uno así nomás...)

Lo tengo sobre mi escritorio desde entonces y lo miro cada vez que estoy en la cueva.

El derredor ayuda, claro que sí.

No el de la cueva.

El de la nuestra Argentina bicentenaria. Que, en el tiempo y el espacio, al fin de cuentas, es lo que está alrededor de la cueva y de su mismísimo y seguro servidor.


Como fuere.

Este papelito está preñado de sentido y es una pintura multifacética de nuestros días. Y de nosotros no sólo en estos días

A por él, entonces.

Pero, no ahora. No ahora un servidor, al menos.

Antes, mi estimado, haga lo propio: mirélo con atención y dígame si me equivoco respecto de la mucha leche que puede dar esta vaca orejana.







sábado, 9 de abril de 2016

Otro día


El invierno fue muy frío aquel año. Y más frío que de costumbre porque prolongaba las imágenes de las  Malvinas, que humeaban en silencio y entre nieblas, después de los estruendos.

La guerra terminó una semana antes del solsticio y se extendió el viento helado de las Islas por todas partes durante bastante más.

Un día, volviendo de la facultad y ateridos por junio, inauguramos lo que llegaría a ser la costumbre de comer dos o tres veces por semana en un localcito mínimo, de apenas tres mesas, en el que unos norteños comandados por una mujer mayor servían locro, tamales y empanadas. Estaba en la avenida Las Heras, frente a la plaza. No lo he vuelto a ver.

Sólo yo pedía una jarra de vino salteño o riojano y le convidaba medio vaso, que a veces ni siquiera terminaba.

Era un refugio en aquellos días. Después nos pareció una no premeditada liturgia de posguerra, un duelo criollo a los caídos, a los dolientes. A nosotros mismos. Durante la primera semana de aquel ritual súbito comíamos casi en silencio, mirándonos con algo de pena, mirando a los demás como inmigrantes.

Los platos eran abundantes y muy bien preparados, caseros, atávicos. Pero, durante un tiempo, los norteños, tan decidores y de habla tan florida y graciosa, también habían enmudecido y se notaba la tristeza hasta en la forma de servirnos las empanadas o alcanzarnos una chalita para acompañar el locro.

Pero, así y todo, con el abrazo del calor cordial del horno, los aromas típicos, los movimientos pausados y en sordina, una hora en aquel amparo era feliz, casi.

Durante unos tres meses cumplimos el precepto. Allí el tiempo se detuvo casi todo el invierno. 

Había frío por todas partes. En la armas vencidas, en las tumbas nobles, en los ojos desolados o airados. En las calles, en el cielo.

Pero no allí, en esa como antesala de no sabíamos qué.







lunes, 29 de febrero de 2016

Pecunia olet




No sé si creerles: dicen los maestros en glándulas que es nuestra propia piel la que le da algún olor al dinero.

El metal, dicen, no huele, en principio. Es la secreción de nuestro propio cuerpo la que le otorga aromas, al mezclarse químicamente con el metal. Calculo que no pasa lo mismo con el papel entintado del billete, claro.

Si hay que creerle a Suetonio, por ejemplo, el Pecunia non olet de los refranes es obra de Vespasiano, emperador por diez años en la segunda mitad del siglo I d.C., y de su hijo Tito, que fue también emperador.

La historia es conocida. Pero empieza al revés, bien contada. Había quienes sacaban de la orina humana amoníaco para tratar cueros, por ejemplo. Y la orina la buscaban en los baños públicos romanos, o, por mejor decir, iban a buscarla al lugar al que iban a parar los fluidos, la cloaca mayor. A ellos Vespasiano les puso un impuesto al pis, commodity e insumo de sus industrias.

Tito supo de la cuestión, pateó la puerta del despacho del jefe y se le paró de manos al padre protestando porque le resultaba asqueroso el impuesto. Por su origen, entiendo. No creo que por el hecho de que la creatividad de los que pergeñan tasas hubiera llegado demasiado lejos, porque tienen límite muy pero muy lejos, si es que existe para ellos.

Vespasiano, en algunas versiones, tomó una moneda y le pidió al mochuelo encabritado que la oliera y le dijera si el aroma lo ofendía tanto. Tito dijo que no, supongo que diciendo honestamente la verdad. Y entonces Vespasiano le declaró que precisamente ésa era una moneda del impuesto cochino: ¿Ves, hijo mío? No hagamos tanto bardo: Pecunia non olet... (dicho todo en latín imperial, por cierto...)


Ahora bien.


Punto primero: Sería fantástico que fuera verdad que el metal toma el típico olor del dinero de nosotros mismos. Incluso sería todo un poema que los olores variaran no según los intercambios mecánicamente químicos, sino por la calidad de las personas que lo manipulan. Entiendo perfectamente: es pedir demasiado. Y no sé si es del todo justo (aunque sería una justicia por completo poética, si fuera justo...) Pero nomás el hecho de darle olores al vil metal parece que por vía simbólica confirma la calidad de medio de la moneda. Hmmm...., qué quiere que le diga. Será, pero hay algo en el dinero que no me deja firmar así como así su neutralidad, aunque su naturaleza debería ser tal, por naturaleza. Puede que el dinero lleve de algún modo arcano el aroma de nuestras miserabilidades y magnanimidades, de nuestras mezquindades, avaricias e iniquidades, tanto como el de las generosidades y noblezas de espíritu. Puede, sí. Sería todo un detalle. Pero mucho me temo que, por otra parte, parece al revés: parece que algo en el mismísimo metal acuñado envilece al que lo usa, lo atrapa, lo esclaviza, desfigura su rostro, encorva sus manos hasta la avidez, inquieta su espíritu como una pesadilla corrosiva, lo vuelve artero, mentiroso, reptil y le reemplaza la esperanza, lo estira existencialmente hasta hacerlo desaparecer. ¿Como el Anillo? ¿Como el Único? Supongamos que sí, como eso. En él, en ambas cosas, parece que anida una voluntad perversa y pervertidora. ¿Le complico mucho las cosas si le recuerdo que pecunia viene de oveja (pecus), porque era una de las monedas de intercambio cuando todavía no se usaba la moneda, algo que tópicamente tiene olor... (lo que vendría a dar algo así como olor a pecus...), como tal vez sibilinamente se le recuerda a los pastores hodiernos?

Punto segundo: En unas horas más, un presidente argentino se presentará al Congreso reunido en asamblea legislativa y hará un discurso para dar, básicamente, la patada inicial al lío de las leyes y a los negocios en torno al lío de las leyes. En esta oportunidad, una discusión que sobrepuja a las demás por un momento es si el quidam del caso debe hablar de la herencia del kirchnerato que lo antecedió. No sé usted, cumpa, pero tengo para mí que principalmente están hablando de plata. Habrá, si hay y parece de a ratos que no habrá nada de nada, alguna mención lavada y budista a las malas maneras, a los buenos tratos, al clima de paz y de concordia filadélfica que no hubo y debe haber. Tal vez, si se habla, se hablará de la parte de afuera del mundo y de la parte de adentro, de dónde venimos y hacia dónde vamos, se hablará probablemente de clima de negocios, de desarrollo, de armonías y previsibilidades, de oportunidades y futuros venturosos. Pero si se habla de herencia, básciamente, se estará hablando de plata. Y allí la pecunia olet: la podredumbre pestilente de aquellas corrupciones, choreos y desmanejos, desprolijidades y despilfarrros, las dádivas sesgadas a los amigos, la cueva de ladrones de los militantes (no, no..., espere: esto lo digo yo..., ¿o se piensa que oirá esto mismo dicho así fuera de la mesa del café o fuera del refugio de los despachos?) La otra pecunia de la que tal vez se oiga hablar en unas horas más, también olet: aromadas maravillas de inversiones, fragantes glorias de bienestares, perfumados prodigios de administraciones: olor a santidad. Y allí se termina la herencia, mi cuate. No hay más herencia que las vaguedades sobre caballerosidades de manuales cortesanos y la plata: la que huele mal y la que olerá inmejorablemente. ¿No hay más herencia? Sí, claro que hay. Por supuesto que hay. Pero de eso no hablará nadie. Porque allí son todos socios (que se pronuncia cómplices...) Porque la inflación en la economía es más grave allí que la anorexia del espíritu, bulímico de comida chatarra, contaminado de manjares venenosos. Porque la posibilidad de negocios es más importante allí que ninguna otra cosa. Y guay de que algo la entorpezca o complique.

Unos dirán pavadas progresistas y querrán conservar y rapiñar poder, que les dará pecunia, que da poder. 

Otros dirán pavadas desarrollistas y querrán consolidar el poder que les cayó del aire, que les dará pecunia, que da poder.

Hablan de pecunia. Siempre. Porque es poder y el poder da pecunia que da poder.

Vespasiano, amigo, todo eso huele mal, huela o no la pecunia.

Alguien vendió por unos pesos a un Redentor. El que pagó la traición, no creo que supiera que con eso compraba la Redención. Les faltó olfato a los que negociaban.

Pero de estos asuntos graves no oirá nada mañana, mi estimado. Mañana solamente se hablará de plata. Si se habla de lo que dejó (o se llevó) el kirchnerato, se hablará de plata. Si no se habla, se hablará de plata.


Huele a mierda.





miércoles, 2 de diciembre de 2015

Apunte sobre el despecho





Es nada más que un apunte, no vaya a creer. Nada serio. Escrito rápido, un poco aburrido y fastidiado.

Estaba mirando y oyendo el crescendo de los gorgoritos y las pataletas del kirchnerismo en estos días, por cualquier boludez o por cualquier cosa.

Llevan la marca indeleble e inocultable de Cristina Fernández.

Y la marca de una mujer despechada a la que no le atienden el teléfono.

Ella provoca, se muestra, instiga, chicanea, prepotea, se humilla creyendo que humilla, sermonea, pelotudea, se exhibe con gestos y palabras y decretos y nombramientos y trapisondas, desnuda su despecho como puede, como le viene a mano.

Y la verdad detrás de esos actos de supuesta fuerza y coraje es que su vanidad y cobardía no pueden sufrir que ya no la quieran ni ver. Y que le hayan quitado una cosa que ella hubiera jurado que era suya...

Espejito, espejito..., y con la respuesta del espejito traidor se vuelve loca de furia en su despecho.

Y hace papelones y da vergüenza ajena. Mucha.

Hartante vergüenza ajena.


Pero la culpa es toda suya de ella. Toda, todita.

Y la otra mitad es del pueblo que le anduvo lamiendo las botas todos estos años, mirando para otra parte, mientras ella los sobornaba. Y sobornaba a los empresarios y diputados y senadores y gobernadores y...

Y la otra mitad es de esos mismos: de los calzonudos logreros que se pusieron de felpudos todos estos años y que cuando la vieron sin maquillaje le dijeron: "vos dejános tu número que nosotros te vamos a llamar..."

Y la otra mitad es de sus socios en el choreo, en el mandoneo, en el prevaricato, en la impudicia de usar al lumpen para pararse sobre sus cabezas y quedarse a vivir allí.

Y la otra mitad de la culpa la tienen los que un poco mucho la usaron.

Ella tenía la lengua fácil e irresponsable, superficial. Y la usaron de lenguaraz de lo que fuera. Y ella, que se arroba y fascina cuando le soban el lomo y le dicen que es muy inteligente, habló y habló y habló y habló y habló pavadas que solamente no le dieron vergüenza ajena a los lameculos y a los imbéciles. No había que creerle y ellos ponían cara de que le creían. Y la aplaudían. Y la tipa chocha de la vida...

Algunos, tal vez, la vuelvan a usar para tirar unos tiros y sacarse las ganas, si cuadra, aprovechando el despecho de su vanidad cobarde. Porque a más de uno le viene bien tener a una despechada como mascarón de proa nac&pop, a la que le hicieron creer que tocarle el culo a ella es tocarle el culo a la Patria, ni más ni menos. Y algunos creen que esa ofensa vendría bien lavarla con un poco de sangre... Porque, que los hay, los hay...


Oiga, oiga... un momento...

¿Y de Macri no dice nada?

Sí, cómo no.

Por ahora, una sola cosita le digo: A Macri le doy 10 minutos para que meta en cana a quien tenga que meter en cana. Nada de pejertos y horteras. No, señor. Y mire que la lista es grande en 360°. No le van a faltar ocasiones, y nombres y oportunidades y motivos. Si busca, si quiere. De propios y ajenos.

Pero tiene diez minutos, no más.

En el minuto 11, se le terminó.

O ya se le había terminado antes de empezar a contar y entonces en el minuto 11 se va a notar que era cómplice nomás en lo fundamental y distinto solamente en el color de las medias...


Pero tiene 10 minutos.


En fin.

Y todo esto de estos días por el despecho de una mina a la que una manga de hijos de puta y socios suyos le dijeron que era la morocha argentina -la única morocha argentina que valía la pena- y que tenía que aguantar, porque la morocha aguanta....

Y ella que, si ya no la quieren más, tiene que quemar el barco -con los pasajeros a bordo, claro, si no qué gracia tiene...-, y eso porque los pasajeros se quieren bajar y ya no la quieren más de Capitana y se quieren subir al bote de al lado, que ahí el capitán tiene unos bonitos zapatos blancos... Y ella que se creía la más linda...


Triste vida, si quiere ponerse sentimental.

Terrible y funesto destino (más bien el nuestro, no el suyo de ella y ellos), si lo piensa un poco.

Y tanta cosa en juego de veras importante colgada con alfileres de la obsesión maniática y psicótica de una tipa a la que ya no le contestan los llamados...





lunes, 30 de noviembre de 2015

Basta




Anda por allí esta magnífica fotografía de don Serviliano Maidana, baqueano del general Lavalle, al que lo inmortalizaron mateando, parece que en los pagos de Saladillo, en 1878.

En lo que dicen que es el día nacional del mate (1), cordialmente y con excelente humor, me la manda el bueno de don Soler, sabedor de mi afición al amargo. Al mate amargo, se entiende.


Diría Leonardo Castellani: "...basta de aniversarios, basta de días..."

Se entera don Serviliano de que andás festejando el día del mate y te hace lonjas...

No ve, cumpa, que la faca ni se le ve. ¿Sabe por qué? Porque un criollo no anda haciendo bandera con esas cosas suyas.

Póngale un día nacional de la bombacha y el chiripá a don Serviliano y después me cuenta...


Ahora bien.

Lavalle más, Lavalle menos, la foto es una gloria, eso sí que sí.

Como el mate, mi amigo.






___________

(1) La ley que consagra esta pavada es la 27.117 y se promulgó en enero de este año, conmemorando el nacimiento del comandante Andresito (hoy tiene nombre de colonia y de marca de yerba), primer gobernador de origen indígena de las Misiones Grandes, a comienzos del siglo XIX (1811-1821) y vaya uno a saber si estará contento con el asunto...

A mí se me hace que don Serviliano Maidana y don Andrés Artigas (lo adoptó el caudillo oriental, aunque le parezca raro...), estarán puteando a carcajadas, aunque uno sea federal de Rosas y el otro baqueano de Lavalle. Mientras se toman unos mates, claro.

Y basta, que se me hace la hora de unos amargos...





miércoles, 18 de noviembre de 2015

Yo la voté





No.

En realidad, yo no.

Pero hay millones que sí y a una enorme parte de ellos -muertos de terror histórico- esa frase ahora se les hace pringosa, y hasta sucia, hundidos hasta las heces en una confusión que hiede.


Y si me refiero a ella es porque las cosas humanas se encarnan en personas, ni modo.

Así que a ella le toca cargar con lo que ella es, que no es poco ni es bueno; pero también con lo que ella representa como emblema supérstite de un modelo, de un proyecto, de un plan, de un modo de ser, decir, hacer, pensar, sentir...

Y cuando digo millones no hablo de los militantes -aunque sean los militantes venales-, que siquiera ellos -por algo o por nada- han tenido que poner la cara, aun cuando tuvieran varias caras según cuán corruptos sean. Y tampoco los militantes son millones, para que nos vamos a engañar.

Ni hablo del desecho social, que sí son millones ¡carajo!, el desecho abyectamente sumergido por los cerdos capitalistas y sumergidos más abajo todavía por los lobos rescatadores de los oprimidos por los cerdos capitalistas.


Usted me va a disculpar: tendré ganas o no de hablar con un militante. Y más bien no porque al final siempre es aburrida la versión del mundo y de la historia. Y más si es la versión premoldeada que rezan como quien formula artículos de su fe que pretenden escrita en piedra o revelada.

Prefiero el mundo y la historia a secas. Ya bastante tienen las cosas en este mundo sublunar con ser lo que son como para soportar el que un papanatas alquile un substituto y lo eche a la cara del prójimo como si fuera una revelación de iniciado.

Si uno quiere hablar con ellos, los sumergidos, no será fácil hablar tampoco, puede ser, porque ya no les resulta fácil hablar sencilla y libremente si no es esperando recibir algo a cambio: hijo de mil putas el que los envileció así.


Ahora bien.

Con quien seguro no tengo ninguna gana de hablar es con el vergonzante que ahora se lava las manos 30 veces al día para que no le quede ni el olor a lo que profesó como un fanático (de café, claro; de oficina, claro; de sala de profesores, claro...); o con el oportunista de las olas de la historia que olfateó el aire y siguió el humito; o con el que fingió una convicción progresista que hasta sus más corrientes gustos culinarios desmienten; o con el estúpido que compra y consume lo que le venden y le hacen consumir, porque en realidad no tiene ideas y convicciones y es un simple consumidor de ocasión con ideas y convicciones de ocasión. Con ése, nada de nada.

Una muy comprensible y repugnante vanidad les impedirá admitir a muchos honestamente -sin lágrimas de cocodrilo- la parte que les toca. Una estolidez ya pegajosa y jactanciosa les impide verse a sí mismos.

Mejor para ellos. Con que tuvieran un mínimo de perspicacia, y buena leche, también ellos sentirían un cierto asco de sí mismos, que podría volverseles insoportable.

No pocos de ellos ya se volvieron como una especie de conservadores -conservadores por tirante, claro, porque el gallo al que apostaron perdió en la riña...-;  o más derechamente ya forman parte reciclada de las nuevas corrientes e ideas y volverán a consumir lo que les vendan, venga de donde viniere la mercadería.

Y la verdad es que a estas alturas no importa nada a quién voten, ni si votan o no.

Ellos joden la vida de todos en proporción inversa a su importancia y directa a su número. No son pocos, no son importantes, pero joden mucho.

Creerán ellos que están en el lugar del hombre común, del quidam de a pie, del buen quidam de a pie que los padece como un dueño padece a un usurpador; creerán ellos que son un hilo típico del telar social, indiferenciado, casi masa, informes. Y es lo que parece que queda todo alrededor cuando se mira la polis. Creerán ellos que es eso lo que es y que así se es. Y verán con desprecio burgués mal disimulado o insolente, con desprecio ilustrado, cobarde y fofo, al verdadero hombre común. Porque en el fondo son gorilas.

Ellos se creen la gente. El hombre común. Y se equivocan: no lo son.

El hombre común es otra cosa.

Y de eso todavía queda. No sé cuánto, pero queda.

Y queda precisamente apretujado bajo las cachas de los oportunistas de redil que se les han sentado encima y que a los codazos tratan de hacerlos desaparecer para ocupar su lugar.


Creo que esa laya de gente de la que estoy hablando no es gente necesariamente mala, claro.


Pero, si me pregunta, le digo: no es buena gente. Eso también lo creo.


Y, si me pregunta, le digo: con ellos, prefiero no hablar.







lunes, 10 de agosto de 2015

¡Voto al chápiro verde!



Estábamos en el bar de la vieja facultad de Letras, en la calle Córdoba.

Era apenas un mostrador de mala fórmica gris, con un marco de botellas vacías de adorno en estantes de vidrio y, bajo unas campanas dudosamente traslúcidas, algunos alfajores y medialunas no sé si del día cada día. Estaba prohibida la repartija de alcohol en esa casa, de allí las botellas vacías, y corría la voz piadosona de que el motivo era la catolicidad de aquellos claustros. Miñangas y pamplinas. Por ejemplo: en la gran mayoría de las cátedras de teología, jamás se advertía rastro alguno de la catolicidad de aquellos claustros, así que supongo que el motivo de la ley seca tiene que haber sido otro y no ése.

Él se paraba en una punta del formicado, siempre discreta e impecablemente vestido. Siempre con un Particulares 30 en la mano. Eran tiempos en los que los espacios cerrados eran compatibles con el humo del cigarrillo. Buenos tiempos, diría. Eran los '70.

Un recreo podía ser la ocasión, aunque no necesariamente, porque si la clase era aburrida él tenía mejores cosas que hacer que oír a una pomposa paspada borracha de palabras que ella ni entendía ni hacía entender.

Miguelito atendía el bar con displicencia. Muy tímido, parecía hosco y bravío. Pero no lo era.

Don José, de él se trataba y hay que usar el don cuando de él se trata, con un gesto imperceptible le pedía a Miguelito una ginebra. Bols, porque otra no tomaba. Y Miguelito le daba un vasito cónico y rayado, sin melindres ni aspavientos, con su medida canónica del fermento. No era una, de habitual.

Era un señor, Don José. Muy señor. Y tenía dichos y decires que a mis 17 eran casi el sonido mismo de los libros. De hablar poco y florido, armonioso, jovial y humilde, hispanizaba con donaire, casi en broma. Porque un caballero tiene que tener sentido del ridículo.

¡Voto al chápiro verde!, risueñamente dicho, era uno de aquellos dichos. Una casi interjección, un desafío, una puteada extravagante, una pulla al que dijera una pavada flagrante. Tantos usos tenía. Se lo oí decenas de veces y siempre con un aire de justa, que parecía que montaba su adarga sobre el brazo, allí nomás, y cargaba lanza de torneo en ristre contra quien fuere. Nones, era hombre severo y firme, pero pacífico.

Alguna vez conté en alguna parte que fue él mismo quien, en un gesto magnífico y alelante para un mochuelo como un servidor de entonces, me convidó por aquelos días una copita de su ginebra Bols, la primera que bebí en mis años. Fue simple y categórico. Un otro gesto imperceptible de su parte y Miguelito habilitó, como un vasallo obedece a su señor. Así, con sólo eso, sentí que estaba haciéndome pasar de la categoría de alumno raso a la de brigante transgresor y adulto, a la vez y todo por el mismo precio.

Don José tenía para las Letras algo más que talento o estudios con que las entendiera: tenía connaturalidad con la belleza y lo noble.

*   *   *

Ayer, ya la lluvia se había vuelto molesta y aburrida.

Llover, lo que se dice llover, es -tiene que ser- como quien dice cum mica salis. Cualquier otra variedad de lluvia se vuelve diluvio, que será purificador, pero no deja de ser castigo, por lo mismo.

La escuelita primaria está cerca de casa, pero hubo que ir en automóvil a falta de canoa. Es un establecimiento estatal de la provincia. En su predio tiene contiguo un instituto de profesorado que bautizaron Leopoldo Marechal. Pero con eso y todo, no alcanza, vea.

Apiñados como refugiados, cientos de parroquianos con caras sufridas de esclavos en las minas de carbón, empapados y ateridos, formaban filas cívicas ante unas mesas que deglutían sus ofrendas de papel pintado como si fueran impuestos o vírgenes inmoladas a alguna deidad siniestra.

Una hora se pasa uno allí -esclavo también de la perversidad de los inventores de la liturgia- y tiene ocasión de aburrirse mientras mira, tanto como de mirar mientras se aburre.

El asunto es que, en las paredes primarias, detrás de las mesas sacrificiales montadas en torno al patio cubierto, había unas cuantas láminas expuestas. La otra vida de aquellas paredes. Trabajos de niños. Clases especiales. Homenajes. Efemérides. Cosas así, cosas de lunes a viernes.

Quiso la fortuna que, ante mí, lucieran insolentes dos enormes pancartas amarillas, de un amarillo que solamente las cartulinas para trabajos prácticos pueden exhibir con desparpajo.

En una, Rodolfo Walsh vigilaba. En la otra, Julio Cortázar sonreía. Los niños habían tenido que exhumar sus rostros y biografías y poner todo en negro sobre amarillo, quién puede decir con cuál propósito. Imaginé la cara de la maestra (¿de sexto? ¿séptimo?, espero que no menos...); y, peor, imaginé las currículas de las materias que tuvo que haber cursado, tal vez al ladito, nomás: en el Marechal... Imaginé su fraseo tratando de explicar por qué había que ocuparse de ellos, imaginé las caras de los chicos. Sus cabezas, sus corazones.

Imaginé el mundo que imaginaban maestras y alumnos.Y que terminarían amando, pero seguro sirviendo.

Había que hacer poco esfuerzo para darse cuenta de que lo que había en las paredes era padre e hijo a la vez de lo que pasaba en ese momento en esos claustros que albergan todos los días menos hoy caras (más) infantiles. Esos niños, esas maestras, esas currículas, eran -son- parientes consaguíneos de las urnas y, más preciso aún, de lo que las urnas estaban digiriendo lentamente esa tarde de domingo; y de lo que habrían de vomitar más tarde o más temprano.

De esas aulas viene lo que las urnas van a parir. De esas urnas viene lo que esas aulas van a parir.

Era un buen lugar y un buen momento para verlo, era una tarde muy a propósito, una ocasión inmejorable. Lluvia de castigo incluso.

No: todo esto no lo lavará la lluvia, pensé.

*   *   *

Fue oscureciendo. Por primera vez estaba en una situación así. Nunca había visto el final de un comicio. Todavía eran muchos los esclavos pendientes cuando dieron las 6 de la tarde. Y entonces alguien tocó un timbre.

Era el final, aunque, más allá de las seis, el animal seguiría deglutiendo ofrendas cívicas hasta que no quedara esclavo alguno por oblar.

De pronto, inmediato al timbre escolar, brotó un aplauso.

No pude ver quiénes aplaudían, pero eran varios.

Menos pude advertir por qué aplaudían. Era un aplauso como para el asador, un aplauso de pasajeros asustados que tocan tierra después de la pesadilla turbulenta de un vuelo movido. Aplauso medio estólido como el del final de un casamiento.

*   *   *

¡Voto al chápiro verde!, me dije. Y creo que lo dije (aunque nadie entendió..., si habrán creído que era un voto cantado...) y me acordé de Don José.

Y en medio de ese barrial hórrido, venteando entre las caras abotagadas de unos y otros, su recuerdo y su bonhomía, más que la lluvia, fueron de veras purificadores.





martes, 28 de abril de 2015

Bárbara Argentina (II)




Una nación no puede ser mandada al convento, eso parece claro.

Pero debería, a veces. Y que el convento sea el símbolo de lo que mejor les guste.

Bárbara Blomberg tuvo esa suerte. Y tuvo la suerte de que su hijo bastardo fuera tan atento como buena persona. Y corajudo, cómo no.

Buen corazón, cojones y cabeza. Eso hace falta para mandar a la madre que lo parió al convento cuando la buena doña no se cansa de loquear y dilapidar su alma.

Pero una nación no puede ser mandada al convento, así como así, a enderezar sus frivolidades, la superficialidad de su estado, el descuido de su rango, que no tiene por qué ser rango de sangre, sino rango de destino, más que nada.

Después de todo, a Bárbara Blomberg le tocó en suerte ser la madre de un gran hombre. Y sin eso sería apenas Bárbara Blomberg, a secas y secamente. Pero Bárbara Blomberg se olvidó de que ella también era la madre patria de su hijo y se hizo la distraída una punta de años. También ella, como una patria, es el alma mater, la nodriza que alimenta. Pero, por frívola y tarambana, Bárbara Blomberg casi se gasta el alma de madre que da de comer a los hijos. Y así lo hace una nación cuando es frívola y tarambana. Y así, cuando una nación es frívola y tarambana, hace de sus hijos unos bastardos.

Pero se ve que Don Juan, por bastardo que haya sido, no era hijo nada más que de la rumbosa Bárbara. Y se ve que ella no era nada más que la rumbosa Bárbara, porque algo de ella y a pesar de ella tuvo de ella Don Juan, que no era hijo nada más que de su padre.

Como haya sido, con el gesto caritativo del hijo, en 20 años, parece, la buena señora se rehizo y se deshizo y se volvió una respetable señora comarcana, sin estridencias, a la que los franciscanos que la recibieron en su tumba recoleta en un rincón cántabro la aprecian creo todavía hoy, sinceramente.

Pero si se deshizo fue sacándose a lonjas la piel superficial, la frivolidad de su traza y de su paso por el mundo. Y lo hizo en un silencio limpio que es la inicial medida terapéutica de toda frivolidad. Nada como callar para aspirar siquiera a una módica grandeza. Nada como preferir callar cuando el hablar es vano: así es posible decir alguna cosa que valga la pena.

Con toda razón dice Chesterton que la persona frívola es aquella incapaz de apreciar en su totalidad el peso y el valor de la nada.

*   *   *

La Argentina mía, la nuestra, es en tantos sentidos una Bárbara Blomberg. Está signada por la frivolidad y la liviandad, es hija y madre de ruidos huecos, es una oquedad de barullos, como en un mercado de baratijas, un bazar con aromas de fritangas y trapisondas y vocingleríos de ideas estúpidas dichas con la pomposidad de un cortesano amariconado y empolvado o con la insolencia de un compadrito.

Y la Argentina nuestra, mía, está emparentada con cierta bastardía, España mediante. Porque la Argentina no es la hija mayor de España en América. Ni la segunda, ni la tercera. Y hasta diré que Buenos Aires es más bastarda -en un sentido amplio y metafórico- que las demás ciudades argentinas al norte de la pampa.

Como se ve en Don Juan de Austria, se puede ser un bastardo inmenso y glorioso, hijo de otras inmensidades de hombres. Con lo que, ser bastardo, no significa ser necesariamente un hideputa, castizamente dicho. De modo que nada de excusarse en la pobreza legal del origen para justificar la pusilanimidad, nada de mirar el origen ramplón para justificar a un mercachifle tirifilo y farabute.

De México abajo, pasando por buena parte del Caribe y recorriendo la espina de los Andes, el Perú y Bolivia además, llegando al Tucumán y a Córdoba, cualquiera ha sido más que Buenos Aires por origen e historia. No lo serán hoy y eso será por esto y aquello. Pero lo fueron para España, allá lejos. Cosa que le pesa a Buenos Aires y siempre le pesó y es así que creo que, entre otras razones, por eso mismo Buenos Aires, y lo que ella ha representado desde hace mucho, se vengó dándole a la Argentina el tono de una madama guaranga con el ropaje frívolo que la ha vestido desde hace más de 200 años. Y que la viste hoy.

Claro que hay hombres grandes en estas llanuras nuestras. Claro que en medio de tanto pelafustán y perverso, en medio de tanto pisaverde y hueco, hay héroes y santos. Y hay muchas buenas personas, ellas mismas hijas de esa misma madre frívola y logrera, dilapidadora y superficial.

¿O acaso aquella riente y dicharachera Bárbara no hizo ella misma en sus entrañas al mismo Don Juan? ¿Acaso no sabemos de ella porque él existe? ¿Habría tenido nombre propio el revolcón de Ratisbona de Don Carlos emperador y cincuentón fogoso sin Juan de Lepanto? Claro que no.

Bárbara entra en la historia no porque haya tenido amoríos de adolescente casi con el dueño del mundo a mediados del siglo XVI.

Bárbara Blomberg entra a la historia del mismo modo que entró al convento: de la mano de su hijo, no de su amante.

Y casi diría que entró definitivamente en la historia cuando su hijo la ocultó del mundo. Allí se hizo notable. Y noble.

*   *   *

La Argentina mía, nosotros, somos una Bárbara Blomberg. Una locuela cuarentona, viuda de un buen hombre si acaso, y amante de un gran hombre (sea esto símbolo de lo que más les guste...)

Y así es nuestra Bárbara Argentina: con unos cuantos reales en la bolsa para gastar en mesas de naipes o en burdeles, o en salones elegantes de nada de nada, vistiendo con una gracia vacía e indolente el salón de baile de cualquier rey falso.

Olvidados de haber parido siquiera un hijo grande, inmenso (sea esto el símbolo de lo que mejor les guste...), allí andamos, borrachos por las calles del tiempo, sin saber de cierto si estamos volviendo de una juerga o yendo a otra, a la hora en que la luz no sabe si es de día o de noche.

Y allí vamos, por las calles de la historia, abrazados a petimetres y truhanes, vendiendo nuestra vapuleada dignidad por unos maravedíes de fuegos artificiales y mundanos, brindando con obligados licores amargos, cómplices de cualquier contrabando, tramoyeros, bagayeando cualquier mercancía, luciendo sobre el cuerpo fláccido y trajinado de calavereadas los trapos deslucidos de ideas grandes, meneando las carnes prostituidas para sacarle una leche agria a una teta cansada de alimentar cafishos, endulzados los oídos estragados por palabras de nada de nada que adormecen como una hipnosis, gritando canciones obscenas y a risotadas babeantes. Apoltronados en cálculos miserables, paladeando glorias de boudoir, carcajeando triunfos abyectos.

*   *   *

¡Carajo!


¡No tener un Don Juan de Austria!

¡No tener un bastardo noble y alto que de una gentil manera y de una buena y santa y honrosa vez nos meta sin alardes en un convento (sea el convento símbolo de lo que mejor les guste...) y nos haga callar la boca y así nos saque de madama ojerosa y nos vuelva una buena madre!






jueves, 2 de abril de 2015

Iluminados por los chicos



“Un verdadero maestro de las artes marciales vence a otras fuerzas enemigas sin batalla, conquista otras ciudades sin asediarlas y destruye a otros ejércitos sin emplear mucho tiempo.”

“La victoria completa se produce cuando el ejército no lucha, la ciudad no es asediada, la destrucción no se prolonga durante mucho tiempo, y en cada caso el enemigo es vencido por el empleo de la estrategia.”

“Los expertos son capaces de vencer al enemigo creando una percepción favorable en ellos, para así obtener la victoria sin necesidad de ejercer su fuerza.”

Estas tres frases pertenecen a Sun Tzu, el estratega y pensador chino de hace más de dos milenios y medio. Resumen la estrategia de un maestro de combates para lograr la derrota de un pueblo entero, con sus ejércitos y todo, sin tirar un sólo tiro: vaciándolo de todo lo que importa, de todo lo grande y noble, y especialmente de la voluntad de combatir por lo que tiene que combatir, aunque tenga que combatir sin armas.

Y las recordé inmediatamente esta mañana cuando recibí, quién sabe por cuál artilugio del éter, un correo masivo de Mauricio Macri que se creyó en la obligación de firmar hoy una notita titulada Ellos no sabían, referida a los soldados que combatieron en la guerra por las Islas Malvinas en 1982.

Firmar digo y no escribir, porque diría que no la escribió él.

Quien lo hizo, andá a saber quién fue, bien podría haber sido el mismo que escribió el guión de Los chicos de la guerra (Bebe Kamín, 1984) o Iluminados por el fuego (Tristán Bauer, 2005).

¿Pero cómo Macri va a firmar semejante hijoputez? ¿Es progre ahora? ¿No quedamos en que es la derecha?

No diga pavadas, muchacho.

Lea Sun Tzu y no diga más pavadas.


Acá está la notita de Macri.
Ellos no sabían

Mientras se preparaban para partir a las islas, ellos no sabían que aquel día en sus casas era el último. No sabían que nunca más se levantarían de esa cama. No tenían ni idea que cada puerta que cerraban, cada cosa que movían, cada cuarto que dejaban atrás, lo hacían para siempre. Nadie les avisó que al despedirse, los besos y abrazos que les dieron a sus madres, a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos, a sus esposas, a sus hijos, serían los definitivos.

Cada 2 de abril -especialmente cada 2 de abril entre todos los días del año- ellos son un recuerdo doloroso. Son una foto en un portaretrato, una prenda que quedó en el ropero, un banderín de un club que pierde el color colgado en la pared, una anécdota evocada con cariño, una última carta. Otras familias tienen a sus hijos con ellos, volvieron heridos, o volvieron sanos, aunque también están heridos. Porque todos ellos fueron heridos en las islas, todas sus familias fueron lastimadas. Nadie salió ileso.

Hace 33 años, la insensatez hizo que el agua del océano y la tierra fría se llevaran a 649 hombres. No son hombres cualquiera, tienen los honores que la historia sólo le entrega a los héroes. Desde entonces la Bandera es un poco más de ellos que de todos nosotros.

Esas islas en el Atlántico, de manera inexorable y en paz serán nuestras. Aunque ellos jamás volverán.

Por eso, silencio y respeto para recordarlos.

Mauricio.

Las películas que dije arriba, si no las vio, déjelas pasar. La ventaja que tiene la notita es que dice lo mismo pero bastante más breve. Iluminados dura 100 minutos y Los chicos, 99.

¿Ve? ¿Pa' qué, si en menos de 2 minutos tiene lo mismo?


¿Pero entonces Mauricio Macri y Hebe de Bonafini son la misma cosa? ¿Y Scioli es lo mismo que Pitrola? ¿Y Massa es lo mismo que el Cuervo Larroque? ¿Y Clarín y La nación lo mismo que Pagina/12? ¿Y...?


Ay, ternura de chambón...


Claro que sí, pelandrún: ¡bienvenido a la fiesta!







sábado, 28 de febrero de 2015

Un amor difícil


Un día, quién sabe cuándo, a los que decimos amar, nos pedirán cuentas de un amor difícil.

Querrán saber si fue un amor grande. Querrán saber si acaso fue un amor limpio. Y si fue un amor difícil hasta hacernos sangrar la sangre amante, generosa, felizmente. Y no una sola sangre roja y tibia: toda la sangre que llevamos en las venas, en todas las venas que somos y tenemos, aun en las que no llevan sangre y dicen que han de llevar luz, calor de amor, sudor de amante que labra la tierra para la amada amada. Si acaso nos quedaran esas venas y esa sangre, cuando parezca que hemos perdido la tierra y la luz y el sudor y la semilla.

Un día habrá frente a nosotros la mirada silenciosa de la amada, sus ojos como brasas.

Todavía amando nos mirará la amada. Y sus ojos serán el fuego que cierra las heridas, pero serán el fuego que nos vuelva cenizas.

Un día, nos preguntarán si fuimos amantes dignos. Si para nosotros la amada fue más que nosotros mismos. Si su carne, su sangre y su sonrisa justificaban un dolor sin tasa en un corazón amante que no vive si ella muere. Que no puede sonreír si ella gime apenas.

Y querrán saber si tuvimos los ojos limpios y el corazón entero. Y querrán saber si a nadie sino a ella le dimos ese terrón de tierra que somos, en homenaje. Como un enamorado, como un navegante del mar ácido del tiempo, que solamente busca el puerto de su amada y hacia allí la lleva y hacia ella va.

Un día levantarán, del suelo mismo de la amada, el polvo de nuestros huesos y querrán saber si acaso en algo, siquiera en algo, huelen a amor sin medida, si respiran con el aire de su aire. Si el polvo de nuestros huesos siquiera un poco todavía vive en las semillas que dan tallos de vida buena; si el polvo de nuestros huesos es, siquiera en algo, ya la primicia de frutos sabrosos. Si nuestros huesos llevan ya el color de las flores en las que deberían florecer. Siquiera un poco, siquiera en algo.

Y no será porque sí que seremos interrogados.

Porque un día, en la tarde de un día, pondrán ante nosotros sus lágrimas, nos irán mostrando las heridas de la amada, su piel lacerada por nuestras uñas ávidas y rapiñeras de proxenetas de su honra y de sus dones. Y veremos sus pies clavados con clavos estúpidos como nuestras torpezas, clavos filosos y hendidores como nuestras maldades y traiciones. Y veremos su espalda tajeada por el látigo indolente de nuestra desidia. Y una vez y otra vez la veremos, roída por los gusanos de nuestra cobardía, carcomida por las liendres de nuestra frivolidad.

Ojerosa, escuálida y arruinada, la amada tendrá todavía los ojos de fuego y la voz nítida como el trueno o como la mañana.

Nos mostrarán sus entrañas violentadas. Un mar de gritos muertos y blasfemias irán haciendo coro cuando pase frente a nosotros, carcajeando mientras la ultrajan.

Y ella llevará nuestros nombres hincados como púas.

Y ese día habrá un tribunal de ángeles flamígeros como espadas. Y al frente, fiero como el amor, el ángel custodio de su honra y su alegría, que la mira. Y nos mira.

Y ese día, tal vez, nos será retirada, nos será apartada de la vista. Nos la quitarán.

Y ya no veremos más ni la sombra de sus pasos. Ni el eco de sus gritos de amor enardecido. Y entonces seremos nosotros mismos sombras y ecos huérfanos de amada, hebras de nada, y no sabremos qué tierra anhelante recibirá nuestra simiente, ya sin surcos que sembrar, ya estériles como la mentira, ya sin palabras, ciegos, sordos. Imbéciles como una jauría de hienas. Babeantes como animales inútiles.

Purgando con nuestra estolidez de manada eunuca el pecado de nuestros padres y de nuestros hijos.

Y el nuestro. 

En desamor. Sin recuerdos del bien. Sin tiempo adelante.


Y entonces, ese día, tal vez, ya no tengamos Patria.   







jueves, 5 de febrero de 2015

Misterio: el peligro argentino


Y entonces, un día, de pronto, ser argentino se volvió un oficio peligroso.

No sólo en la Argentina, que también y mucho; y por tantas razones, de un lado, del otro.

Pero en el entero mundo ser argentino se ha vuelto peligroso.

Y creo que el peligro mayor para un argentino -un argentino cualquiera, quiero decir- es el fracaso. Y el fracaso en un asunto peligroso.

Porque un argentino hoy está casi condenado a fracasar si tiene que ensayar las explicaciones imposibles que hay que dar por las cosas que la Argentina es capaz de protagonizar a través de algunos -¿muchos? ¿casi todos? ¿todos?- de sus hijos.

No: está mal.

No se dice así, tan neutralmente.

Parece imposible acertar con las explicaciones que habría que dar por la cantidad de desastres que un argentino puede poner por obra, la cantidad de confusiones que es capaz de generar, la cantidad de mentiras que puede decir, la cantidad de engaños que puede hacer, su terrible poder disolvente, corrosivo, vaciador, abrasivo, corruptor, destructor.

Y no en frivolidades y pavadas, que también y tanto.

Hablo del poder argentino en asuntos importantes, en cuestiones centrales para un hombre, para las naciones y para la entera humanidad. De la economía a la ciencia o a las leyes, de la política al deporte, desde la educación al hambre, de la guerra a la religión.

El protagonismo que los hijos de la Argentina han adquirido no tiene explicación fácil.

Solamente a un argentino -tal vez, sería justo decir a un porteño...- solamente a él se le ocurriría pensar, en sus inconmensurables y tópicas vanidades y petulancias, que es por derecho propio el centro del planeta y aun del universo. Y que su protagonismo cósmico es mera justicia al mérito.

Hay poderes muy poderosos en este mundo sublunar. Personas y fuerzas terriblemente poderosas en todo. Y capaces de desastres y malignidades terribles. Y en modo alguno son argentinos. Claro que no.

Y muchos de esos poderes poderosos pueden usar de los argentinos. Claro que sí.

Pero con todo y eso es verdad también que hay desastres que los hijos de la Argentina han puesto por obra -por pensamiento, palabra, obra u omisión- y que hoy alcanzan, ciertamente, dimensión cósmica.

Y es muy difícil poder explicar con acierto por qué: cómo llegan los hijos de la Argentina a semejante protagonismo histórico.

Es muy difícil. Y es muy peligroso no poder hacerlo. Peligroso para un argentino, por lo pronto.

Lo que el mundo diga de la Argentina y de sus hijos, importa nada. Y a mí, particularmente, no me importa. No ahora. Casi diría, no ya.

Pero sí me importa que un argentino no pueda explicar fácilmente la huella que los argentinos estamos dejando en la historia, no de la Argentina: del mundo.

Y me importa que haya un misterio difícil en que sea así y en que no se pueda explicar fácilmente por qué sea así.

La Argentina no es el hoy de la Argentina, claro que no.

La Argentina es y se justifica por personas y cosas más antiguas que cualquiera de las cosas y personas que hoy somos la Argentina y de la Argentina. Y por cosas y personas que han sido antes que la propia Argentina. Y hasta por migajas de cosas y jirones de personas que hoy mismo pisan esta patria. Todo eso es parte del misterio también.

Pero mucho de lo que la Argentina es, vive y representa hoy en el mundo, malgrado de lo que se quiera decir, es la Argentina.

Y es la Argentina no solamente en aquellos argentinos más visibles, notorios o ruidosos. También es la Argentina en las miríadas de otros argentinos ignotos, irrelevantes, que conviven con esa visibilidad, con esa notoriedad, con ese ruido argentino en el planeta.

Muchos argentinos padecen esa convivencia con dolor de patria (y con dolores mayores que el dolor de patria...); muchos son indiferentes, muchos angustiados, muchos furiosos, muchos escandalizados, muchos anestiados, confundidos, paralizados. Hasta contentos y complacidos hay, sí. Claro. Y hasta contentos y complacidos por razones opuestas y contradictorias.

Pero.

Lo cierto es que, en todo, en todos los asuntos graves y densos en este mundo (y no todos de este mundo...), hay hijos de la Argentina tocando y toqueteando la trama más honda de las cosas.


Y no se sabe bien por qué.


Yo no sé por qué.


Y creo que es peligroso.




domingo, 14 de diciembre de 2014

Sorete


La historia es conflicto. La historia, en la Biblia, surge de la desobediencia, del pecado. Desobedecer a Dios es poner la responsabilidad de hacer la historia en los hombres. Aunque asimismo la historia los hace a ellos. Porque –vaya si lo sabemos– la historia también la hacen los otros. Y acaso, como hoy, ya no la haga nadie pues nadie puede controlarla. De aquí los aromas apocalípticos que recorren el planeta. Nunca, antes, estuvieron tan presentes. Nunca, antes, tantos locos –desde los halcones del complejo-militar industrial norteamericano hasta los fundamentalistas del Islam, o los imprevisibles de Rusia, Pakistán, India o la derecha israelí– estuvieron en posesión y poseídos por tan destructivos elementos diseñados para la hecatombe, la devastación, por la técnica de modernidad informática.


Es un texto de José Pablo Feinmann y más precisamente el final de su nota de contratapa en Página 12 de este domingo, que lleva el mentiroso título de Reflexiones sobre la historia.

Mentiroso, digo, porque en realidad el artículo está movido por un hecho personal: un tipo en la calle -así lo cuenta por allí perdido, para disimular- se le acercó y le preguntó si él era Feinmann; cuando el interpelado dijo que sí, el tipo le dijo: "Usted... es un sorete kirchnerista". Se dio media vuelta y se fue.

Feinmann, entiendo que herido profundamente en su vanidad sin fondo, elabora estas reflexiones (subterfugios, diría) y va del revisionismo histórico a Heidegger, de sus autocitas librescas hasta sus autocitas mediáticas, escribe libros de innecesarios y gruesos volúmenes, da reportajes, se justifica, da rodeos, busca en los arcones de sus lecturas para exhibir lo que le sirva para atenuar la redondez del apelativo sorete kirchnerista, donde kirchnerista es tan necesariamente evitable como sorete, a su gusto. Aunque lo de sorete sea ilevantable a los ojos de su furia narcisista.

Pero, ahora a mi gusto, lo cierto es que el innominado (y en la nota escarnecido y humillado viandante) apeló a una definición académica, ética, teológica, y escatológica. Y artística, en el mejor sentido de la palabra.

Y así lo definió: "usted... es un sorete kirchnerista". 

Dice también Feinmann, con espuma en las comisuras:
Pero me resultaba arduo comprender qué concepto político encerraba la fórmula: sorete kirchnerista. ¿Por qué le resultaba tan sencillo definirme como kirchnerista? ¿Me había leído? No lo imaginaba leyendo alguno de esos libros gordos que, más de uno, tanto me reprocha. ¿Por qué algo tan complejo para mí era tan fácil para él? Había dicho: usted es. Nunca, he dedicado mi vida a la filosofía y la literatura (y pienso seguir haciéndolo largamente), me resultó sencillo el problema del ser. Y, en general, no me gusta ser algo sino estar abierto a mis infinitas posibilidades y ser lo que vaya eligiendo ser. Una roca es. Una montaña es. El universo (que, aunque esté en expansión, no lo sabe) es. Acaso esa buena persona me había hecho un favor. Por fin sabía qué era. Un sorete. Pero no cualquier sorete, sino uno kirchnerista.

*   *   *

Una sola nota le haría al esfuerzo artístico del anónimo definidor. Y de paso al definido.

Lo de kirchnerista puede ser circunstancialmente necesario. Pero es nada más que una marca de época. Un indicador de que alguien es de un tiempo determinado.

Un sorete de esta hora, de estos días, digamos.

Pero con lo de sorete alcanza, entiendo yo.

Porque sorete no está asociado a kirchnerista necesariamente. Es anterior, es contemporáneo y es posterior.

No es una categoría cerrada.

Y hay algo más. Está el verbo por excelencia: "usted...es...", y no indica nada esencial. No podría. Nada es por naturaleza completamente un sorete, en términos ónticos es así.

Hay algo de devenir, hay un in fieri, hay un llegar a ser.

De modo que el definidor anónimo dijo, en realidad: "usted... ha llegado a ser un sorete kirchnerista."

Y tampoco allí lo de kirchnerista es algo más que un accidente, por gordo y denso que sea el accidente.


*   *   *


Tal vez a estas horas, imagino con algo de mala leche, Feinmann estará leyendo su propia nota, y releyéndola satisfecho de haber puesto las cosas en sus sitio y haber aplastado al gusano que se le atrevió y de paso haber bajado línea para asuntos variados y de paso haber mostrado, en 360 grados, su enjundia y erudición y por qué no hasta su grandeza magnánima: cuando un reptil se arrastra, el águila está volando en alturas inalcanzables para los reptantes...


*   *   *


En fin.

Lo dicho: un sorete.




viernes, 3 de octubre de 2014

Espejito, espejito





Mire, vea...: encontré en un antiguo manual de "Hágalo Usted mismo" un ejercicio de lo más interesante para días de tormenta como el de hoy, for instance.

Haga lo siguiente: búsquese una cara, cualquiera, la que tenga más mano y más bronca le dé (tiene que ser así para que el ejercicio rinda su fruto espiritual...)

El ejemplo que ilustra estas instrucciones es sólo a título de ilustración y no supone una sugerencia ni excluye en modo alguno caras peores. 

No sea trivial: nada de elegir la cara del Muñeco Gallardo o la de Juan Román Riquelme.

Elija con elegancia y con altura, póngale un precio alto al asunto. Por dos pesos, ni se moleste.

Ahora, ¿ya eligió? Fenómeno..., vayamos a la fase 1.

Mire bien la cara elegida. Con penetración, detenidamente, casi a punto de éxtasis, casi en el punto alfa.

Hágase uno con la cara elegida hasta que ya no sepa quién es usted y quién no es usted. Que todo usted esté en el todo de la cara elegida.

Una vez hecho lo antedicho, repítase con insistencia: "yo soy eso". (Atención: no caiga en la trampa frecuente del subterfugio y la gambeta: hágase cargo absolutamente de todo, sí: d-e t-o-d-o..., ni un gramo menos, ya tenga usted algo que ver con esa cara, ya crea que no tiene nada que ver con ella.)

Cuando crea que la frase ya es parte de su osamenta, pase a la fase 2.

Ya en la fase 2, sin dejar de mirar la cara elegida, incorpore la consigna: "eso es eso porque yo soy yo". Repítala hasta que se forme una masa homogénea. O hasta que usted entienda, lo que sea primero.

Deje reposar el espíritu en esa consigna hasta que crea haber entendido que hay una causalidad de hierro que no lo deja escapar. Puede mirar la cara y matizar con la expresión: "espejito, espejito..."

No se ponga nervioso, aplaque, con respiración rítimica y honda, la ansiedad, la angustia, el asco o cualesquiera otras reacciones resultantes del shock anímico que le produce la contemplación indicada (en la literatura específica se han relatado algunos casos de breve locura súbita y brotes psicóticos pasajeros en espíritus muelles o blandengues...)


Una vez conseguido el entendimiento de la cuestión, no deje de mirarlo con atención y espere las instrucciones de las fases 3 y 4.

Si advierte que no ha entendido, repita los pasos de estas instrucciones para alcanzar los resultados requeridos para las fases 1 y 2.





viernes, 15 de agosto de 2014

Reinos de mil años (V)

En un tiempo más, lo más probable es que el turno del kirchnerismo llegará a su fin. ¿En cuánto tiempo más? Los que cuentan los días dicen hoy que son algunos días menos que 500.

No importa, en realidad, porque no es el fin del kirchnerato lo que me importa. Ni siquiera me importa ahora lo que vendrá (y no que no importe...) una vez que este turno termine. Salvo por una cuestión.

El peronismo, como ya he dicho, vive de una oposición sin la cual no podría haber tenido, en cierta medida, la suerte que corrió en los últimos 70 años. Buena parte de su mística está en esa oposición. La generó el propio peronismo, ya lo dije, pero no es el único responsable de esa dialéctica de opuestos contradictorios. El antiperonismo es tan responsable como el peronismo.

Cierta vez oí decir -a modo de símil o de analogía para asuntos como el mal o el odio- que si se embalsa un río, el nivel del agua sube, y que así, con un dique, lo que podría haber corrido con un caudal determinado se vuelve una masa de agua mucho mayor y potencialmente más dañina en cuanto más poderosa se vuelve. El perdón, por ejemplo, en términos morales, tiene el efecto de dejar correr el mal, de soltarlo, y no en el sentido de dejarlo ser (cosa imposible), sino de evitar que se embalse y crezca su potencial efecto destructivo.

Ahora bien, el peronismo lleva de algún modo en sus genes esa cualidad: vive de algún modo de una oposición que embalsa, una voluntad de oposición que es un dique. Y eso se potencia con sus oponentes que tienen simétrica cualidad (a veces, de tanto en tanto y en ciertos y determinados casos que no son la mayoría, promovida por la propia cualidad dialéctica del peronismo...)

Esto no quiere decir que el peronismo se alimente de esa cualidad dialéctica. Quiere decir que lo hace, no que lo hace para vivir, sino que vive haciéndolo. Y lo hace por una razón general y otra específica.

La general es que, en cuanto ideología y concepción, tiende al absoluto, a ocupar todo el espacio y a explicar el sentido de todas las cosas según su concepción, que, como toda concepción ideológica resulta agonal, no sólo en asuntos políticos (en filosofía, en teología y hasta en poesía, pintura o mecánica...)

La específica, la que le es propia al peronismo en cuanto peronismo, es que sólo concibe verdadera su visión de lo contingente y sólo concibe como correcta su operación sobre ello. Pero hay algo más: no basta con bendecirse a sí mismo, sino que maldice lo que no es sí mismo. No lo que no es verdadero o bueno, o recto, o justo: maldice lo que no es sí mismo.




Pero, por otra parte, no solamente se engrosa por sus propias prácticas y concepciones. Mientras la oposición al peronismo -venga de donde viniere- lo considere el mal mismo, sin más, mucho más lo embalsa, lo fortalece, le da mayor envergadura, alimenta la dinámica de su natural dialéctica. La misma oposición considerada en términos opuestos simétricos al peronismo, como el absoluto opuesto sin tercero, es ella misma también el dique del río peronista: ella hace también que se convierta en lago.

Más allá de lo que se hubo querido decir con "ni vencedores ni vencidos", esa posición -no ante el peronismo solamente, sino como visión de la vida política en la Argentina- tenía la cualidad de disolver el dique y que las aguas peronistas pudieran correr otra suerte, sin embalsarse y amenazar con inundar el valle político de la Argentina y a todo lo que en él hubiera.

El caso es que, en cuanto peronista primero -y mucho antes de que se lo considere kirchnerista (si es que eso realmente existe de alguna manera)-, el kirchnerismo es dialéctico y vive, goza, se reproduce, se yergue, en esa  dialéctica de oposición absoluta y excluyente. En tanto peronista primero, insisto, y no en cuanto kirchnerismo, que eso viene después. Creo que hay una confusión primera en considerar al kirchnerismo con esa cualidad en tanto que de izquierda, revolucionario, neopopulista, bolivariano, o lo que se quiera. Todo ello, más la personalidad de sus líderes (eso importa mucho) le habrá aumentado su furia dialéctica. Pero ya la tenía.

El kirchnerismo es genéticamente dialéctico y reproduce la mecánica de oposición ideológica que trae de sus orígenes peronistas.

El kirchnerismo ha seguido caminos exóticos que no dejaron por eso de traslucir el adn peronista. No fueron menos exóticos los caminos del menemismo y, aunque con menos transparencia y mayores sinuosidades de presunta amabilidad y amigabilidad, también mostró su origen. La diferencia entre uno y otro es la cuota -y la modalidad- de dialéctica que aplicaron para fortalecerse, además de la dirección en la que pusieron sus pasos para gobernar y aunque esto último podría parecer definitorio, creo que no lo es: el propio Perón pudo hacer dos cosas opuestas, tanto mientras gobernó como mientras no gobernó.

Hay otra cuestión que tiene su importancia: la venalidad que puede atribuirse a uno y otro no es muy distinta. Y ambos consideraron que la riqueza les daba poder (y que era necesario más poder para obtener más riqueza que les diera más poder..., porque el mito peronista del poder constante, absoluto, total, es parte de su concepción y está en la raíz de su modalidad dialéctica.)

Ambas versiones han hecho cosas nefastas para el país. Y eso tiene un peso inmenso en la vida argentina . Pero, en realidad, considero que es antes que nada el modo de hacer lo que ha hecho más daño. Las medidas pueden revertirse. Es más, sin que se le caiga una sola escama, un mismo peronista puede hacer dos cosas opuestas sucesivamente y defender la variedad no ya por una razón de oportunidad o por una consideración prudencial, lo que hasta sería razonable, sino porque su voluntad de poder hacerlo lo justifica.

Podría resultar que alguno pensara, por lo dicho hasta aquí, que el peronismo, y su subproductos de cualquier tendencia, son un mal inarrugable, el mayor mal para la Argentina; y más: el único mal. De ningún modo. De ninguna manera. Para nada es así. Las gentes políticas en la Argentina son argentinas. Las gentes  peronistas y las gentes antiperonistas. Y hasta las ni pro ni anti. Los males y desaciertos políticos del país, son del país. Y aunque no todos los males que sufrimos son nuestros, sin nosotros no son posibles.

No. El peronismo no es el mal mayor ni el único mal.

Sin embargo, desde su aparición hace 70 años, signa la política en la Argentina de tal manera que es imposible hablar de política sin hablar de él como de un factor definitorio.


*   *   *


Como en 1955, en 2015 un nuevo turno peronista de unos 10 años llegará a su fin. Y llegará a su fin envuelto en la misma dialéctica con la que se fue del poder formal 60 años atrás: Patria (es decir nosotros, es decir ellos) o Antipatria (es decir cualquiera que no seamos nosotros, es decir que no sean ellos.)

Hay, sin embargo, algunas diferencias importantes entre un tiempo y otro.

Ya mencioné una que me parece axial: la masa peronista ha desaparecido y en su lugar, además de un pueblo desarticulado y bastardeado por los tiempos y el aire de estos tiempos, el papel de la masa peronista lo ha ocupado una masa distinta, sin color, sin forma, sin más apetito que el consumo en primer lugar (de cualquier cosa), sin futuro, sin destino, sin mayor dignidad, sin mayor aspiración que la mera supervivencia a como dé lugar, sin referencia moral estable (y sin referencia moral, mayormente, de ningún tipo), sin una idea de sociedad y de convivencia social más que la de la supervivencia a como dé lugar, llena de resentimientos, con acumuladas frustraciones que le han cargado sobre sus espaldas con la promesa de bienestar o de grandeza, una masa fútil, desesperada, que vive al día cada día. La otra diferencia importante a este respecto es que Néstor no es Perón y Cristina no es Eva.

Con todo, con más sobreactuación que realidad, con más voluntarismo que realismo, el kirchnerismo quiere decirle a los peronistas que al fin han recuperado al padre y a la madre, que ya no están huérfanos. Incluso que este padre y esta madre de hoy son con mucho una versión mejorada de la paternidad y la maternidad política sin la cual no sólo el peronismo sino la Argentina no sería viable.

Pero también ahora, como hace 60 años, la oposición política de cualquier signo está arrinconada en su propia inopia: es parte de la tierra arrasada, aunque con apetitos distintos, y de todas maneras fláccida y a la defensiva, y por sus propias taras congénitas sin encontrar el camino al poder (y a la riqueza que les dé poder..., y así siguiendo); y, como hace 60 años, sin saber exactamente qué hacer ni para qué. Pero si eso es producto de una tara política propia, también ocurre por la acción del kirchnerismo que, en cuanto peronista en primer lugar, postula la unicidad de su concepción, su necesidad absoluta, su acierto inmarcesible.

Sin embargo, hay que insistir, no es sólo que se vean necesarios sino que su modo de entender que son ineludibles o necesarios sólo admite por fuera de ellos a los esclavos o a los enemigos.

Pasó una vez y volverá a pasar. Y no parece haber ningún arquitecto político con la suficiente perspicacia o capacidad de gobierno como para evitar el embalse, como para impedir el dique que embalsará unas aguas que, no me canso de repetirlo, ya no son las mismas que se embalsaron en 1955.