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miércoles, 23 de marzo de 2016

Venus revisitada


De principio a fin, los amores humanos son un asunto difícil y misterioso. Porque amar es difícil y misterioso.

¿Acertamos al amar? La respuesta más fácil, la que para muchos grita la experiencia, es que de ninguna manera. Sólo, dicen, en ocasiones infrecuentes, y felices, por cierto. Pero, dicen, más bien tiende a cero -dirían un matemático o un físico- la probabilidad de que acertemos.

Será. Pero lo cierto es que no es tanto lo que el amor haga con nosotros. Es lo que nosotros hacemos con el amor. Y allí amor está dicho en dos sentidos algo distintos y a veces bien diferentes.

El primero se refiere al amor real, y muy particularmente al que sabemos con mayúsculas, porque no hay modo de que no sea real el amor que hace algo con, en o de nosotros. Y en tanto que real, lo que hace es benéfico.

Cuando somos nosotros los que hacemos algo con el amor, el asunto se hace opaco y vidrioso. No es tan claro que eso que llamamos amor lo sea realmente. Y de allí la diferencia. Y de allí los desaciertos, que en general proceden de nuestra propensión a confundir el amor real con heridas de flechas que no son precisamente amorosas, por apasionadas que sean, por apasionantes que nos resulten, y aun por más que tengan algún substrato de lo mismo amoroso real, más lejano o más próximo.

Asunto misterioso, sin duda. El que más, sin lugar a dudas. Porque la raíz misma del amor es un misterio infinito.

Para amenizar cuestión tan espinosa, tal vez valga citar a Shakespeare en su Romeo y Julieta, en dos pasajes que creo que vienen a cuento:

En la escena II del acto II, está el emblemático balcón bajo el cual Romeo jura su amor por la Luna y Julieta lo reprende con una amonestación ya clásica:
¡Oh! No jures por la luna, por la inconstante luna, que cada mes cambia al girar en su órbita, no sea que tu amor resulte tan variable.
Un poco antes, en la escena I, dialogan en la noche Benvolio y Mercucio mientras buscan al apasionado Romeo que anda perdido por Julieta:
Vamos, dice Benvolio, se habrá ocultado entre esos árboles, para buscar la compañía de la noche. Su amor es ciego y le conviene más la oscuridad...
A lo que Mercucio contesta:
¡Si su amor es ciego no puede dar en el blanco...!

Dicho lo cual -y dejando por el momento la cuestión en estas alturas, o bajíos, según se prefiera-, levantará un servidor la vista y se pondrá a mirar las estrellas, a ver qué respuesta podría uno encontrar allí.

*   *   *

Y entonces, Venus.

La más brillante de las luces estelares que vemos por las noches desde este valle. Claro que es un planeta, es decir, un ser errante y vagabundo, según su étimo. Y sin embargo tiene nombre de estrella. Y ahora estoy jugando un poco con las palabras, pero no tanto.

Porque es sabido que Venus es la transcripción al panteón romano de la Ishtar de los babilonios, que fueron quienes, como también es sentencia común, le pusieron los nombres a los planetas visibles desde el suelo terreno.

Ishtar: en sus raíces antiguas, la palabra pudo haber dado, verosímilmente para los filólogos, nuestra estrella; por una vía lateral, de la misma cosa con otro nombre tenemos astro. De hecho, esa divinidad femenina era también Astarté entre los babilonios.

En lo que toca a sus dotes, convengamos en que la joven no tenía buena fama. Era considerada, entre otras cosas, la cortesana de los propios dioses, que no eran pocos. Y amante de numerosos hombres, claro, también. Entre sus patronazgos, figura el de la prostitución, tanto la que se consideraba ritual entre aquellos pueblos, como la otra, ciertamente más común y menos mística. Por supuesto, es además un emblema de femineidades y fertilidades, y la primavera y los florecimientos de varios tipos le están asociados. A la vez, regentea las pasiones amorosas habitualmente ardientes y, como tiene sangre belicosa por parte de padre, según los mitólogos, Ishtar se lanza a las más feroces venganzas y crueldades cuando sus arranques pasionales son contrariados por otras deidades o por simples mortales. Muchos pasajes míticos alrededor de esta figura babilónica, pasaron a otras mitologías y tanto a Afrodita, como a Isis o a la misma Venus, le ocurrieron cosas parecidas, que evidentemente tienen un fondo común o una relación causal, según se trate de un pueblo u otro.

Ardorosa, inconstante, apasionada, vengativa. Así resultaba Ishtar y bastante de ello heredaron sus émulos posteriores.

Como fuere, aun Ishtar, pero ciertamente Afrodita y Venus, que es quien nos interesa ahora, son el emblema pagano del amor, siquiera de un tipo de amor.

Y allí está Ishtar en el cielo. Venus. Veleidosa en sus revoluciones, como buen planeta, y más que otros en nuestro sistema. Y rigiendo desde allí, al parecer, los impulsos amorosos de los mortales. A ella se le encomendó desde antiguo en ese mapa sidéreo el segundo círculo que gira alrededor de la verdadera estrella de nuestro mundo planetario.

Hay que decir, al fin, que -junto con Gea-Gaia, nuestra Tierra- tiene la nota distintiva de llevar nombre femenino, en ese mundo habitado por presencias masculinas.

Estrella de la mañana, Estrella de la tarde, nombres que se le han dado y que, a la vez, evocan realidades mayores y hasta contradictorias con su naturaleza. O vaya uno a saber, porque el amor sigue siendo asunto del todo misterioso.

*   *   *

Ahora bien.

Me pregunto seriamente cómo pudieron haber sabido aquellos hombres tan doctos en las cosas estelares, ciertas particularidades del planeta que nombraron con el nombre de Ishtar-Venus, particularidades que sólo es posible conocer en nuestros días con aparatajes y hasta viajes inexistentes por entonces.

Porque el caso es que, simbólicamente, algunas notas curiosas que hoy conocemos del planeta, confirman el acierto de su nombre, de un modo que hasta me parece extraordinario por lo que tiene de prácticamente imposible.

Y voy a enumerar apenas tres asuntos.

Ishtar-Venus gira en torno a su eje en sentido contrario al que lo hacen el resto de los planetas. Y en eso es único. De modo que el sol sale allí por el oeste y se pone en el este. Nadie sabe bien por qué y presumen algunos que esa contrariedad es producto de alguna enorme y majestuosa colisión en tiempos remotos, causa que, por otra parte, se aduce para todas las inclinaciones de los ejes planetarios, el de la Tierra incluído.

Como se prefiera: pero allí la colisión cambió el giro de las cosas de un modo inusitado y en otros arrabales del mundo solar, no.

No parece que le quede mal a Ishtar esa peculiaridad, si es verdad que su apasionamiento es capaz de llevar las cosas al extremo de darle vuelta el mundo al más pintado, de modo que invierta completamente su dirección, la percepción del sentido de su vida, sus prioridades, tal como la pasión hace con los apasionados.

Tal vez habría que agregar en este punto que el eje sobre el que gira se ha invertido casi completamente, es decir 177°, de los 180 que debería tener si diera una vuelta por completo opuesta. De ese modo, en la veleidosa Ishtar-Venus también el sur es el norte, por decirlo de alguna manera. Lo cual es prueba de lo mismo.

(¿Pero no hace algo por el estilo también el amor real?)

Por otra parte, y en segundo lugar, es curioso que los antiguos hayan acertado en lo que se refiere a los ardores que la niña padece y provoca. Porque resulta que, por sus características atmosféricas tan particulares, y recién ahora conocidas, Ishtar-Venus soporta en su aire y en su superficie temperaturas más alta que todos sus hermanos, pese incluso a no ser, como Mercurio, el planeta más proximo al sol. Sus casi 500° de calor son un argumento concluyente si hay que probar su constante y terrible ardor. Recuerdo ahora, por ejemplo, que en la Perelandra de la trilogía de C. S. Lewis el planeta Venus es imaginado como un inmenso océano móvil, cosa por completo distinta a lo que hoy sabemos, en virtud precisamente de su torridez agobiante. De hecho, no hay una sola gota de agua en Venus.

(¿Pero acaso el amor real no es también fuego ardiente y lo que se quiere es que arda, aunque el fuego y las palabras mismas que lo nombran no son lo mismo que el ardor del mero apasionamiento?)

Queda un tercer asunto más. Algo que no le pasa sólo a Ishtar-Venus. También le ocurre a la Luna de nuestra Tierra. Pero creo que, en todo caso, que les pase a ambas figuras es igualmente sorprendente, además de reforzar el acierto de los antiguos al nombrar.

En Ishtar-Venus el año dura menos que el día. Gira sobre sí misma morosa y muy lentamente de modo que para cubrir su circunsferencia, es decir para pasar el día y la noche en Ishtar-Venus hay que gastar 243 días de los nuestros. Sí, oyó bien. Un día en Venus dura lo que 243 días terráqueos. Mientras, el año venusino -es decir, el tiempo que tarda en girar en torno al sol- dura unos 225 días terrenos. Esto es: en Venus, cuando ya ha pasado un año todavía no ha pasado un día.

Insisto: con la Luna ocurre otro tanto, como ya se sabe: su órbita alrededor de la Tierra (su año, diríamos) dura unos 27 días; entretanto, su día (es decir, el tiempo que tarda en girar sobre sí misma) dura unos 29 días. Pero el hecho mismo de que la Luna sea -a favor o en contra- un asunto tópico entre los amantes y enamorados, que suspiran tradicionalmente a su cobijo (como lo hacen al amparo de Venus), no hace más que confirmar la nota simbólica del único planeta que muestra esta peculiaridad sorprendente y extravagante.

Quiero decir, si se me permite, que no deja de ser curioso que Ishtar-Venus muestre simbólicamente esta forma tan típica de percibir, sufrir y gozar del tiempo en los asuntos pasionales.

¿Acaso no es verdad que el día es interminable para el que arde apasionada y ansiosamente, y que, a la vez, el año puede hacérsele más corto, una vez que el mismo tiempo transcurriendo ha curado en algo o aplacado de algún modo la pasión?

Era costumbre terapéutica antiguamente poner distancia entre amantes desdichados o en asuntos de pasiones inconvenientes o imposibles. Precisamente, se le confiaba al tiempo (y a la distancia) el remedio. Porque distancia, en aquellos días, era también consecuentemente tiempo, no como ocurre ahora en nuestro mundo de velocidades e inmediateces, de tiempos y distancias diluídos hasta casi desaparecer.

No es así todavía en Venus: allí los días son aún interminables en el reino de la ferozmente alocada Ishtar y los años pasan más rápido, finalmente. Casi una condición inherente a la pasión que la signa.

(¿Pero no es verdad a la vez que el tiempo del amor real es más bien el instante, una especie de suspensión del tiempo en la que lo eterno entra en el reino de Cronos y transporta a una duración que nos parece infinita por su sin medida?)

*   *   *

Una vez más.

¿Cómo aquellos hombres antiguos y sabios pudieron saber lo que no sabían?

¿Cómo hicieron para nombrar con acierto sin conocer acabadamente el objeto que nombraban y que se adecuaba al nombre puesto mucho más que lo que ellos podían saber entonces?

¿O sabían cosas que no nos han dicho?


Como fuere, sin embargo, pienso también que, tratándose de amor -en cualquiera de sus formas, el asunto más misterioso que hay en el entero universo y aun más allá-, no es tan extraño que haya misterio en esta cuestión misteriosa.





sábado, 19 de marzo de 2016

Mil caras


En el último tomo de À la recherche du temps perdu, de Marcel Proust (Le temps retrouvé), hay dos imágenes extrañas, una al comienzo, otra al final.

Son apuntes, siquiera, pinceladas, pero son simpáticas y tienen algo de raigal en cuanto a la tesis de la obra (que dicho sea de paso, y pese a todos sus adoradores, no es completamente de mi devoción...)

Una, dice que las gentes tienen como capas superpuestas: algo de su madre, de su padre, de su lugar, de sus experiencias, de sus amigos, amores, odios, y así. Lo interesante es que al hablar con ellas la superposición no tiene siempre el mismo orden. Y a veces emergen su infancia o sus odios y queda atrás su madre y el lugar del que provienen o sus amigos surgen y se relegan sus gustos, dando al conjunto un aspecto distinto cada vez, como haciendo aparecer caras distintas en la misma persona cada vez que estamos frente a ella.

La otra, al final de ese tomo séptimo, imagina que nuestra vida -también en capas- va sumando altura a medida que el tiempo transcurre y que nos hallamos de pie sobre esas alturas enormes, que enlazan de principio a fin años y experiencias tan distantes que, medidos en espacio, darían una extensión casi infinita. O, para ser más fiel al texto, tenemos la altura que alcanzamos con todo nuestro tiempo a nuestros pies. Como gigantes, estirados por los años y las vivencias.

En algo las dos imágenes son opuestas y rozan la contradicción. Pero no deja de ser una pintura tan creativa como inquietante de nuestra psiquis y de nuesta estatura (o anchura) al final de nuestros días.

No sé si Proust se dio cuenta en su fineza perceptiva, pero creo que en el fondo se equivoca Proust al disociar al modo impresionista el modo humano de ser, de sentir y obrar.

No tenemos mil caras. Hay una unidad fundamental en nuestras experiencias y recibimos más bien al modo del recipiente. De hecho, nuestra salud depende de esa unidad. Y también la hay en la expresión de nuestra persona y de nuestra personalidad. Porque hay un estilo, por mucho que quisiéramos enmascararlo. Y ese estilo que digo no es la cosmética de nuestros actos y expresiones, sino el signo de nuestra vida interior. Hay incluso un rasgo dominante o ciertas notas estructurantes que recorren todas nuestras "capas". Pueden parecer aisladas o distintas. Pero tal vez haya que mirarlas con atención hasta llegar a percibir el hilo, el guión que las une y las pone en movimiento. Somos un ser a la vez enraizado y dinámico. Estructurado y plástico. Porque somos un ser vivo.

Y en cuanto al gigante de años, tal vez habría que mirar también aquí la cuestión al revés y en consonancia con lo que decía párrafo atrás.

No alcanzamos alturas inconmensurables. Nos dirigimos más bien a una cierta altura propia que está en el mismo numen de lo que somos al nacer. Esa altura nos es desconocida y, por eso mismo, también es posible, en cierto sentido podría frustrarse. El asunto allí es el desarrollo, la expansión de ese numen. Podrá sentirse algún vértigo comprensible al verse de pie sobre los años pasados y lo vivido. Los poetas lo dicen con terrible fuerza (pienso en Quevedo), y eso es en parte porque el tiempo nos hace siempre esa impresión, por lo que tiene de ingobernable, como por su poder de acumulación de lo irrecuperable (pero otro día habrá que hablar de estos asuntos...)

Lo cierto es que al final sabremos quiénes éramos en realidad. Quiénes somos. Y si llegamos a serlo.

En el camino, sin embargo, podemos -debemos- seguir averiguándolo, porque conocerse a sí mismo es el camino de la sabiduría. No porque uno sea el objeto más fascinante de conocimiento, que no lo somos. Sino porque nadie da lo que no tiene y nadie puede llegar a ser quien no es y nadie es feliz si no llega a ser quien es.





viernes, 18 de marzo de 2016

Isabella


Es una mujer excepcional, sin duda. Y cualquier hombre habrá de sentirse feliz de tenerla a su lado, aunque no parece sencillo que los hombres corrientes puedan tenerla a su lado.

Para muchos, su belleza, su prudencia y su virtud, su buen juicio y su donaire, son demasiado. Otros creen que Isabella es simplemente una hipérbole femenina necesaria para que una comedia funcione y así, dicen, debe haberlo entendido William Shakespeare, que es el padre de la obra Mesure for Mesure, una de las menos frecuentadas del inglés, pero no por deficiente, sino vaya a saber uno por qué, pues la obra es superlativamente dramática.

Al menos dos veces, en Las ideas de mi tío el cura, el P. Castellani cita una misma frase de Isabella, y en ambos casos para referirse a asuntos que no tienen directamente que ver con la obra y tampoco con su argumento o tema (a simple vista, al menos):
'Tis beautiful to have a giant force,
but not to use it like a giant...
Eso dice Castellani, que cita de memoria, aunque en realidad, en la escena segunda del segundo acto de Medida por medida, Isabella dice*:
O, it is excellent
to have a giant's strength; but it is tyrannous
to use it like a giant.

La obra es imprescindible: hay que leerla. Y mucho mejor sería verla en acción, que eso es teatro.

Léala o véala y ya me dirá si fallo en esto.


Ahora bien, la versión Castellani de lo dicho no es para nada despreciable.


Y más: su aplicación a una cantidad innúmera de cuestiones obliga a tenerla siempre a mano.








_________________________________

* El fragmento del Acto II, Escena, 2, en el que Isabella pide clemencia al hipócrita e implacable juez Angelo, que tiene en sus manos la vida de su hermano Claudio, condenado a muerte:

ANGELO
I show it most of all when I show justice;
for then I pity those I do not know,
which a dismiss'd offence would after gall;
and do him right that, answering one foul wrong,
lives not to act another. Be satisfied;
your brother dies to-morrow; be content.
ISABELLA
So you must be the first that gives this sentence,
and he, that suffer's. O, it is excellent
to have a giant's strength; but it is tyrannous
to use it like a giant.

(...)
ISABELLA
Could great men thunder
as Jove himself does, Jove would ne'er be quiet,
for every pelting, petty officer
would use his heaven for thunder;
nothing but thunder! Merciful Heaven,
thou rather with thy sharp and sulphurous bolt
split'st the unwedgeable and gnarled oak
than the soft myrtle: but man, proud man,
drest in a little brief authority,
most ignorant of what he's most assured,
his glassy essence, like an angry ape,
plays such fantastic tricks before high heaven
as make the angels weep; who, with our spleens,
would all themselves laugh mortal.



miércoles, 16 de marzo de 2016

Ni el desierto


No pudo acostumbrarse a la falta de aislamiento en que se vivía en el desierto.

El hallazgo pertenece a Julio Irazusta. Está en un artículo que firmó para el diario La Nación de Buenos Aires, en 1932.

Lawrence, el de Arabia, se llama y es una semblanza del Coronel T. E. Lawrence, famoso por ser -de un modo tan extravagante como sorprendente- el padre británico -y por mandato británico- de la rebelión árabe triunfante, en una acción relámpago y terriblemente eficaz que comenzó en 1916 y terminó en 1918.

En el marco de la Primera Guerra, los ingleses apuntaron contra los turcos -aliados de los alemanes- y el levantamiento de los árabes fue un modo de debilitarlos e impedirles su acceso (acceso de los turcos, claro, no de los ingleses) a la Palestina de entonces y a la península arábiga.

Lawrence fue el arma implacable de la que dispusieron los ingleses. Implacable y letal para los turcos. Un arma que sobrepasó en mucho lo que los propios ingleses podrían haber esperado. Pues Lawrence no parecía dar la estatura y la proverbial dispersión de los árabes (en particular la de las decenas de tribus del desierto) parecía indomeñable.

Fue una lectura de los últimos meses. Una biografía -casi hagiográfica, para qué ocultarlo- escrita por Lowell Thomas, periodista inglés (y agente, diría un servidor), que acompañó a Lawrence en buena parte de la campaña.

Irazusta apareció en estos días y por otras razones. El artículo está en Políticos y literatos del mundo anglosajón, un tomo de Dictio, de 1978, que recoge notas y ensayos del autor, como antología de escritos suyos.

Precisiones largas que hago nada más que para detenerme en esa frase:
No pudo acostumbrarse a la falta de aislamiento en que se vivía en el desierto.
Se refiere a la intensa comunicación y agitada y ceremoniosa vida social de los beduinos. La palabra beduino quiere decir, precisamente, habitante del desierto, inmensa e inmisericorde extensión donde, precisamente, no existe población fija.

Que Lawrence fuera un carácter retraído y solitario ya es todo un asunto para quien tiene que transformarse en el corazón de una rebelión de millones de hombres.

Que en el desierto no haya encontrado el aislamiento que prefería, ya es una paradoja descomunal.


¿Otra prueba algo irónica y casualmente hallada de que el silencio absoluto no existe bajo esta luna, en este valle, ni siquiera en el desierto?





sábado, 12 de marzo de 2016

Dulces prendas


Camina por la falda de una sierra baja. La lluvia llega de pronto y ella tiene que correr, con dificultad.

Ahora está sentada sobre bultos de lana esquilada, en un cobertizo abierto al campo. Ve llover. Sabe que el tiempo es breve, que no vivirá mucho más.
- The pain, then, is a part of the happiness, now. It's the deal.

Ella lo dice y quiere que él lo crea. Él la mira con amor. Y terror. No quiere otra felicidad que estar allí con ella. Y ella le dice que esa felicidad está preñada de un dolor presente que parece estar ausente ahora, pero que es parte de esa misma felicidad. Cuando llegue el dolor, él lo sabrá. Pero ella quiere que lo sepa ahora.

No mucho después, ella muere.
The pain, now, is part of the happiness, then. That’s the deal.

Es lo que él dice al final, tratando de entender.

Es raro. Tal vez sea un matiz, apenas, pero creo que las dos frases no dicen exactamente lo mismo.

(No recuerdo bien. Es una obra de Peter Kreeft, de hace unos 20 años, en la que presenta a C.S. Lewis, el hombre detrás de Shadowlands, la película que contiene ambas líneas cruciales. Coteja hechos y textos del film con la realidad de vida y obra del inglés. No recuerdo bien, pero me queda la impresión de que Kreeft sostiene que ninguna de ambas es frase de Lewis.)


*   *   *


Más de 400 años antes, Garcilaso de la Vega dictaba un último soneto. Suele numerarse como el Soneto X, pero se presume que lo dictó poco antes de morir, a los 33 años, herido en batalla, en 1536.



Habla de lo mismo: la felicidad pasada con el dolor de la muerte a la vista.

Aquella felicidad de antes y este dolor de ahora. Y algo de aquello, ahora. Y algo de lo de ahora, en aquello.

Y el matrimonio terrible entre el amor y el dolor.

Siempre en esta tierra de sombras, claro.

Con el tiempo y la muerte, y la felicidad y la pena, y el amor y el dolor, siempre a la vista.

Habla de lo mismo.

Pero distinto.






jueves, 10 de marzo de 2016

La noche protegida


Es reciente.

Un búho llegó a los lindes de la casa y desde hace un tiempo se lo oye y adivina. En un palo borracho que abraza la cueva, con ramas que cruzan el cerco del fondo del terreno, parece que ha hecho habitación. Esas ramas, y otras de otros árboles, cubren la cueva por arriba y le dan un aire boscoso al refugio. He sentido varias veces que el búho cruza el jardín desde allí en dirección al este cuando por las noches voy hacia mis papeles o vengo de ellos. O se espanta, con toda razón, o va a cubrir otro puesto de vigilancia nocturna.

Una tapia que corre de noroeste al sudeste, todo a lo largo de la propiedad, es desde hace poco la ruta de una comadreja (tal vez dos, según parece y dicen con asco algunas mujeres de la casa). Recostadas sobre la pared están las vidas vegetales: salvias, margaritas y jazmines de vario tipo, achiras, aloes, agapantos y laureles y hasta estribaciones del tala, que desde sus lugares van cubriendo los ladrillos. Ladina, la comadreja tiene tantos subterfugios mientras la noche es oscura, y siempre en las alturas, nunca bajando al llano del jardín, recorriendo su ruta. Supe que, entre otras cosas, busca huevos en los nidos de palomas y otros pájaros que se cobijan en la maraña espinosa del tala.

Desde la medianoche hasta la madrugada, más de una vez he oído al búho centinela y su silbido ronco, como si advirtiera mi presencia o nada más diera la novedad de que está en su puesto.

Mientras, la comadreja trata de silenciar su paso y, creo, teme. Sólo algunas pocas veces se ha visto su silueta deforme y veloz recortada contra el cielo nocturno, apenas con alguna luz difusa de alguna parte, que la delata. Las noches de luna llena son enteramente del búho y la muy astuta calla y se aquieta.

Ya hace algunas noches que llegué a advertir que la presencia del búho, y en particular su vuelo ruidoso y disparado como una flecha, amilana a la comadreja.

No está claro que el búho pudiera algo contra la escurridiza y artera. Pero, o ella no lo sabe o yo no lo sé. El caso es que se guarda cuando él aparece.


Como signo no está mal.


En la noche de las cosas, en las oscuridades sinuosas, allí por donde transitan las comadrejas ávidas -quién sabe de cuáles cosas-, parece que un búho protector -quién sabe de cuáles cosas- tiene que haber.





miércoles, 9 de marzo de 2016

Marzo libre


Después de muchos años, marzo, por fin, llegó libre.

Tengo que ir mucho tiempo atrás para verlo así otra vez, mucho antes.

¿Libre? Sí: como ahora, preludio ansioso de un otoño en ciernes. Ansioso por quitarse de encima el verano.

En tantos años de estos últimos años, marzo era los restos de una fragua que, aunque no tenía qué forjar, igual ardía y se estiraba morosa, molestamente. Un ardor inútil, una pasión baldía.

Por esta vez parece distinto, como antes de antes. Entre algunas lluvias nerviosas, soplando vientos sureños.


Uno piensa que marzo es tiempo. Y no es solamente el tiempo.

Claro que marzo -como cualquiera otra medida de Cronos- es tiempo, es mes, es del año. Son días, horas.

Pero no es tanto tiempo como aire y paisaje, derredor, espacio. El tiempo, si acaso, mide el derredor que cambia, que se mueve; que va de la torridez -en algo insana- del verano, a la frescura súbita del otoño.

Si marzo es tiempo, es tiempo en un espacio. Y siendo marzo el marzo que uno espera, debería ser un modo de irse las hojas y aplacarse los campos, un tinte del cielo, un modo de ser de las mañanas, un tono en el atardecer.

Porque es la dormición, la somnolencia de esta tierra (y más al sur voy, más la veo acurrucarse) en una expectativa del sueño del invierno. Y a la espera del fuego de los hombres, no del sol.

Marzo erguido. Más ágil.


Más libre.





sábado, 21 de noviembre de 2015

Prosodie


Ah, la France...
D'une manière générale, la prosodie est l'inflexion, le ton, la tonalité, l'intonation, l'accent, la modulation que nous donnons à notre langage oral en fonction de nos émotions et de l'influence que nous désirons avoir sur nos interlocuteurs.
Rastreando cuestiones de lenguaje, fui a dar con esta bonita definición.

Y también con ésta.
La prosodie est l'étude des phénomènes de l'accentuation et de l'intonation (variation de hauteur, de durée et d'intensité) permettant de véhiculer de l'information liée au sens telle que la mise en relief, mais aussi l'assertion, l'interrogation, l'injonction, l'exclamation…

El asunto es simpático.

Un diccionario cualquiera dirá que la prosodia es la pronunciación regular de las palabras en relación con el acento, la cantidad, el ritmo. Y, además, la disciplina que se ocupa de tal cosa. O algo parecido.

Pero esa incorporación de matices en las definiciones que traigo más arriba, me cae mejor.

Para Husserl y los fenomenólogos posteriores a él, el cuerpo participa también en el lenguaje y tanto que es parte de él porque, sin él, el lenguaje no existiría. Por eso le dan importancia al asunto.

Pero no es solamente el cuerpo, sino la persona entera que expresa personalmente y supone a otra persona que recibe del mismo modo. Con todo el compromiso personal que eso supone por ambos lados.

Lo llaman intersubjetividad. Como prefieran. Me da lo mismo.

Tanto en aquellas definiciones como en Husserl, ya que lo mencionamos, hay algo de superestructura, como si se necesitara disciplinar de algún modo lo que se concibe como un caos o un desorden en la realidad y hasta en la persona. Y hasta en el propio lenguaje. Y de allí que aún las definiciones que me gustan más se ven en la obligación de describir -con tímidos atisbos más profundos, es decir, más reales- un fenómeno y someterlo a un régimen. Husserl, que no me desagrada del todo, también.

Que el régimen coincida más o menos con lo real, califica a quien lo aplica o legisla.

Pero todo eso, al fin de las cuentas, es simplemente la nomenclatura de algo que es.

En último término, es la persona y su prosodia. Es la prosodia como parte de la expresión de la persona.

La persona está detrás. La realidad misma pasando a través de la persona está detrás. Las posibilidades de la realidad y de la percepción personal de la realidad están detrás.

El lenguaje traduce a la vez a la persona y a la realidad. Las significa.

Y la prosodia, más allá de la academia y de las escuelas, lo muestra.






miércoles, 18 de noviembre de 2015

Gloria mundi


Cuando Dennis conoció a Sir Francis en los estudios Megapolitanos el nombre de Hinsley aún no era desconocido. En Poemas de hoy se había incluido uno de sus sonetos. De preguntarle alguien, Dennis se hubiera aventurado a afirmar que su autor había muerto en la guerra de los Dardanelos. No era de extrañar que Dennis no poseyera ninguna de sus obras. Ni tampoco, para quien conociera a Sir Francis, que él tampoco hubiera guardado ninguna. Hasta el final, fue uno de los hombres de letras menos vanidosos imaginables, y por lo tanto menos recordados.


Así dice Evelyn Waugh.

Está en Los seres queridos y es una de las descripciones de Sir Francis Hinsley, personaje importante en la primera mitad de la novela.

La última frase, que es la que ayer me hizo gracia, es de una completa mordacidad, completa y circular.

Vanidad y fama, humorísticamente mordiéndose la cola una a otra.  Como si una fuera condición necesaria de la otra.

Y esto dicho en serio, pero en broma. Pero en serio.




lunes, 16 de noviembre de 2015

Amor de ciudad grande



Ayer, en marenostrum, menté a Pablo Milanés.

Entre las músicas que puse había una de un viejo disco, que Milanés grabó en 1973 y que, hasta donde sé, fue el primer disco del cubano. Eran poemas de José Martí cantados.

En el vinilo aquel estaba el poema Amor de ciudad grande.

Se recopiló en Versos libres en 1913. Martí había muerto en 1895 a los cuarenta y dos años.

El poema en cuestión lo compuso en Nueva York en 1882 y es una feroz descripción del amor en una ciudad grande. Y de una ciudad y de todo lo que eso significa para Martí, si la ciudad es aquella.

Tiene todos los aires líricos de la época, las influencias, los arrestos modernistas que empezaban a rugir. ¿Y con eso?

Estaba en Nueva York haciendo de periodista desde 1880 y le fascinaba tanto la tecnología que estallaba furiosamente en todas las cosas, como lo asqueaba la vida humana sometida a la ciudad, a esa ciudad que era el epítome de una forma de ser, ya entonces con aspiración global larvada, y por lo que contemporáneos como Darío se quejaban de aquellos Estados Unidos y lo que ya representaban a fines del XIX, como lo hizo en A Roosevelt, aunque admirara a Walt Whitman.

En este caso de Martí que traigo el asunto es el amor. Menuda cosa.

Ya sé que hay paladares negros que tendrán su quisicosa tilinga con los modi dicendi. Pamplinas.

A mí que me perdonen, pero, más allá de una dicción que tal vez ya no sentimos propia, los versos son potentes, las imágenes duras y punzantes.

Y está el atrevimiento perspicaz de haberse fijado en que el amor en una ciudad grande estaba podrido. No pudriéndose: podrido.

Y en su descomposición era tóxico. No sólo de los malos amadores. De todo y todos.
 

Amor de ciudad grande

De gorja son y rapidez los tiempos:
corre cual luz la voz; en alta aguja
cual nave despeñada en sirte horrenda
húndese el rayo, y en ligera barca
el hombre, como alado, el aire hiende.
¡Así el amor, sin pompa ni misterio,
muere, apenas nacido, de saciado!
¡Jaula es la villa de palomas muertas
y ávidos cazadores! Si los pechos
se rompen de los hombres, y las carnes
rotas por tierra ruedan, ¡no han de verse
dentro más que frutillas estrujadas!

Se ama de pie, en las calles, entre el polvo
de los salones y plazas. Muere
la flor el día en que nace. Aquella virgen
trémula que antes a la muerte daba
la mano pura que ha ignorado mozo;
el goce de temer; aquel salirse
del pecho el corazón; el inefable
placer de merecer; el grato susto
de caminar de prisa en derechura
del hogar de la amada, y a sus puertas,
como un niño feliz, romper en llanto;
y aquel mirar, de nuestro amor al fuego,
irse tiñendo de color las rosas.

¡Ea, que son patrañas! Pues, ¿quién tiene
tiempo de ser hidalgo? ¡Bien que sienta,
cual áureo vaso o lienzo suntuoso,
dama gentil en casa de magnate!
O si se tiene sed, se alarga el brazo
y a la copa que pasa, ¡se la apura!
Luego, la copa turbia al polvo rueda,
y el hábil catador, manchado el pecho
de una sangre invisible, ¡sigue alegre,
coronado de mirtos, su camino!

No son los cuerpos ya sino desechos,
¡y fosas y jirones! y las almas
no son como en el árbol fruta rica
en cuya blanda piel la almíbar dulce
en su sazón de madurez rebosa,
¡sino fruta de plaza que a brutales
golpes el rudo labrador madura!

¡La edad es ésta de los labios secos!
¡De las noches sin sueño! ¡De la vida
estrujada en agraz! ¿Qué es lo que falta
que la ventura falta? Como liebre
azorada, el espíritu se esconde,
trémulo huyendo al cazador que ríe,
cual en soto selvoso, en nuestro pecho;
y el deseo, del brazo de la fiebre,
cual rico cazador recorre el soto.

¡Me espanta la ciudad! Toda está llena
de copas por vaciar, ¡oh huecas copas!
Tengo miedo, ¡ay de mi! de que este vino
tósigo sea, y en mis venas luego
¡cual duende vengador los dientes clave!
Tengo sed, más de un vino que en la tierra
¡no se sabe beber! ¡No he padecido
bastante aún, para romper el muro
que me aparta, ¡oh dolor! de mi viñedo!

¡Tomad vosotros, catadores ruines
de vinillos humanos, esos vasos
donde el jugo de lirio a grandes sorbos
sin compasión y sin temor se bebe!
¡Tomad! ¡Yo soy honrado y tengo miedo!




domingo, 8 de noviembre de 2015

Homenaje a Garcilaso de la Vega


Desde mediados del octubre que pasó, fui publicando en estas páginas catorce sonetos.

Ahora, han sido compuestos en un pequeño y sencillo volumen de homenaje, porque con ese propósito nacieron.

Cuando llegue el 14 de octubre de 2016, se cumplirán 480 años de la muerte de Garcilaso de la Vega, a quien los siglos coronaron como Príncipe de las Letras Castellanas; y con razón, pues a estas letras dio algunos de sus versos imbatibles, cosa tan difícil de lograr en la inmensidad de talento lírico puesto en lengua de Castilla.

Notoriamente más precario, y desde estos llanos del sur del mundo, va mi homenaje al autor que celebro y admiro desde que leí por primera vez los versos de su primera Égloga, una mañana de agosto de 1971, pronto para cumplir mis 15 años. Un recuerdo fácil de retener por lo imborrable.

Una de las últimas estancias de aquella Égloga que digo -y que es epígrafe en este volumen que aquí dejo-, me ha sido siempre -siempre- un modelo, y no sólo de composición.

Forma parte de este homenaje el que sean catorce los sonetos que componen este volumen, uno por cada uno de los versos que componen esa estrofa inigualable.








jueves, 15 de octubre de 2015

Una novia aguerrida





Entre los poemas de Santa Teresa, están estos dos que dejo aquí y que suelen llevar los números 3 y 29 en la cuenta de sus poesías.

Sobre aquellas palabras "dilectus meus mihi"

Ya toda me entregué y di,
y de tal suerte he trocado,
que es mi Amado para mí,
y yo soy para mi Amado.
Cuando el dulce Cazador
me tiró y dejó rendida,
en los brazos del amor
mi alma quedó caída,
y cobrando nueva vida
de tal manera he trocado,
que es mi Amado para mí,
y yo soy para mi Amado.
Hirióme con una flecha
enherbolada de amor,
y mi alma quedó hecha
una con su Criador;
ya yo no quiero otro amor,
pues a mi Dios me he entregado,
y mi Amado es para mí,
y yo soy para mi amado.

(Inspirado en los versos del Cantar de los Cantares 2:16; 6:3)


Para una profesión

Todos los que militáis
debajo desta bandera,
ya no durmáis, no durmáis,
pues que no hay paz en la tierra.
Si como capitán fuerte
quiso nuestro Dios morir,
comencémosle a seguir
pues que le dimos la muerte.
Oh qué venturosa suerte
se le siguió desta guerra;
ya no durmáis, no durmáis,
pues Dios falta de la tierra.
Con grande contentamiento
se ofrece a morir en cruz,
por darnos a todos luz
con su grande sufrimiento.
¡Oh, glorioso vencimiento!
¡Oh, dichosa aquesta guerra!
Ya no durmáis, no durmáis,
pues Dios falta de la tierra.
No haya ningún cobarde,
aventuremos la vida,
pues no hay quien mejor la guarde
que el que la da por perdida.
Pues Jesús es nuestra guía,
y el premio de aquesta guerra
ya no durmáis, no durmáis,
porque no hay paz en la tierra.
Ofrezcámonos de veras
a morir por Cristo todas,
y en las celestiales bodas,
estaremos placenteras.
Sigamos estas banderas:
pues Cristo va en delantera,
no hay que temer, no durmáis,
pues que no hay paz en la tierra.


Diría que son una síntesis muy rápida del espíritu de Teresa la Grande. Y de su vida. Y de su obra.

Para cualquiera que sepa de estos asuntos, ciertamente la síntesis le resultará no sólo rápida, sino incompleta y por eso mismo injusta.

Pero.

Probablemente, esos versos muestren también cómo es que, cuando Dios elige una novia, la busca entre las almas aguerridas, entre aquellos corazones que aman con fiereza tan delicada como apasionada.

Y, probablemente también, muestren que, cuando Dios elige guerreros, los elige entre las almas que aman como novias rendidas y amantes, entre aquellos corazones que guerrean como una novia devota que no ve el momento de morir por el amado amando.

Y por ninguna otra cosa aman. Y por ninguna otra guerrean. Y por ninguna otra mueren.

Parece que no se puede ser Teresa de otro modo.

Y, aunque muy pocos pueden ser siquiera en algo Teresa, parece que no se llega a ser cristiano del todo sin ser, de algún modo y a la vez, un fiero guerrero amante y una rendida novia aguerrida.




sábado, 12 de septiembre de 2015

Pretérito perfecto




Recordó haber leído que los pececillos de colores tienen tan poca memoria que cada vuelta a la pecera es para ellos una emoción totalmente nueva.

Apenas un par de líneas en El infiltrado (título original, The Night Manager), de John le Carré (el señor David John Moore Cornwell), que publicó Emecé, en 1993. Están en el capítulo 3, en la página página 60.

Es un recuerdo al azar del protagonista, Jonathan Pine, a quién se le agolpan imágenes y reflexiones, bajo la presión de haberse quedado peligrosamente encerrado en una cava, hecha en el corazón de una montaña, propiedad de un lujoso hotel suizo del que es, precisamente, gerente nocturno.

Hace un par de días que me ronda esa nada de líneas, relleno del pensamiento de un hombre angustiado, que el autor desliza sin darle ninguna importancia y sobre lo que, obviamente, no vuelve en adelante.

Una nada de nada, cierto. Pero con algo de miga. Bastante, le diría, cumpa.

*   *   *

¡Qué maravilla de pretérito perfecto!

Perfecto, es decir, completamente pasado y terminado. Una acción concluida y cerrada, ya definitivamente en el pasado. Un estado ido y en el reposo de lo que no continuará, sin dinamismo ya, quieto.

Casi como aquello de que lo hecho, hecho está. Casi, digo.

Pero parece el epítome del pretérito, si me apura. La absoluta finitud de lo preterido. Lo sido, lo hecho, clausurado en el pasado.

Parece imposible, según la humana experiencia.

Pero no parece así -y doy por bueno lo que recordaba Jonathan Pine- para los pececillos de colores.

Claro, me dirá usted: pececillos de colores, claro...

Y, sin embargo, allí los tiene usted: dueños de un acuoso y terso pretérito perfecto.

Porque tan pretérito y tan perfectamente pretérito es su tiempo pasado que, en los hechos, lo pasado no está solamente pisado: no existió.

Cada vuelta a la pecera es para ellos una emoción totalmente nueva.

Usted insiste: una cosa son los hechos y estados, otra el recuerdo de los hechos y estados. Y aun el efecto radical de los hechos y estados preteridos...

Concedo.

Con la condición de que, por lo menos, cuente usted con el kairós, mi cuate.

Y con aquello que nos dice que se recibe al modo del recipiente, además y por lo mismo.

Pero eso no es todo.

Si queremos sacar provecho del asunto, por una vía más o menos lateral pero no tanto, deberíamos recordar que Chesterton diría cosas muy parecidas.

Y allí está, por citar un solo caso, el Inocencio Smith de Manalive para argumentar en favor de lo viejo nuevo, de lo consabido inusitado. Y no estaba pensando en los pececillos de colores. Allí hay toda una vereda para recorrer respecto de la maravilla y el cuento de hadas y la inagotabilidad de lo real, como si, aun conocido todo, visto cada vez pareciera completamente nuevo, aunque no apreciable por nuevo sino por algo nuevo espléndido. En tanto que la excesiva familiaridad engendra menosprecio, no de lo consabido, sino de lo valioso, aunque usual.

Pero tampoco eso es todo.

Me pregunto si los pececillos de colores no tienen algo de razón.

La naturaleza de su memoria, de su corazón animal (si licet...), dice algo significativo.

Porque tal vez sea una expresión recóndita de algo que nos convendría considerar: la conveniencia de cierto modo de inexistencia del pasado. Cierta perfección de lo pretérito, cierta clausura y tanta que llega hasta su desaparición, no sólo su olvido.

No se me espante, pero (y hay que pensarlo), ¿acaso no dice algo así el Salmo 50?


*   *   *


En fin, quién sabe.

Habrá que seguir pensando.

Pero le advierto que, en principio y visto así, estoy del lado de los pececillos de colores.






viernes, 21 de agosto de 2015

La terrible semilla del baobab


Cada día yo aprendía algo nuevo sobre el planeta, sobre la partida y sobre el viaje. Esto venía suavemente al azar de las reflexiones. De esta manera tuve conocimiento al tercer día, del drama de los baobabs.

Fue también gracias al cordero y como preocupado por una profunda duda, cuando el principito me preguntó:

—¿Es verdad que los corderos se comen los arbustos?

—Sí, es cierto.

—¡Ah, qué contento estoy!

No comprendí por qué era tan importante para él que los corderos se comieran los arbustos. Pero el principito añadió:

—Entonces se comen también los Baobabs.

Le hice comprender al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab.

Esta idea del rebaño de elefantes hizo reír al principito.

—Habría que poner los elefantes unos sobre otros…

Y luego añadió juiciosamente:

—Los baobabs, antes de crecer, son muy pequeñitos.

—Es cierto. Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman los baobabs?

Me contestó: "¡Bueno! ¡Vamos!" como si hablara de una evidencia. Me fue necesario un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí mismo este problema.

En efecto, en el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas. Por consiguiente, de buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas. Pero las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la fantasía de despertarse. Entonces se alarga extendiendo hacia el sol, primero tímidamente, una encantadora ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede dejar que crezca como quiera. Pero si se trata de una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla. En el planeta del principito había semillas terribles… como las semillas del baobab. El suelo del planeta está infestado de ellas. Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde; cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs son numerosos, lo hacen estallar.

"Es una cuestión de disciplina, me decía más tarde el principito. Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen mucho cuando son pequeñitos. Es un trabajo muy fastidioso pero muy fácil".

Y un día me aconsejó que me dedicara a realizar un hermoso dibujo, que hiciera comprender a los niños de la tierra estas ideas. "Si alguna vez viajan, me decía, esto podrá servirles mucho. A veces no hay inconveniente en dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres arbustos…"

Siguiendo las indicaciones del principito, dibujé dicho planeta. Aunque no me gusta el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido y los peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide son tan grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar: "¡Niños, atención a los baobabs!" Y sólo con el fin de advertir a mis amigos de estos peligros a que se exponen desde hace ya tiempo sin saberlo, es por lo que trabajé y puse tanto empeño en realizar este dibujo. La lección que con él podía dar, valía la pena. Es muy posible que alguien me pregunte por qué no hay en este libro otros dibujos tan grandiosos como el dibujo de los baobabs. La respuesta es muy sencilla: he tratado de hacerlos, pero no lo he logrado. Cuando dibujé los baobabs estaba animado por un sentimiento de urgencia.



Antoine de Saint-Exupéry, El principito, V


___________________________________________

Chaque jour j'apprenais quelque chose sur la planète, sur le départ, sur le voyage. Ça venait tout doucement, au hasard des réflexions. C'est ainsi que, le troisième jour, je connus le drame des baobabs.

Cette fois-ci encore ce fut grâce au mouton, car brusquement le petit prince m'interrogea, comme pris d'un doute grave :

- C'est bien vrai, n'est-ce pas, que les moutons mangent les arbustes?

- Oui. C'est vrai.

- Ah! Je suis content.

Je ne compris pas pourquoi il était si important que les moutons mangeassent les arbustes. Mais le petit prince ajouta :

- Par conséquent ils mangent aussi les baobabs?

Je fis remarquer au petit prince que les baobabs ne sont pas des arbustes, mais des arbres grands comme des églises et que, si même il emportait avec lui tout un troupeau d'éléphants, ce troupeau ne viendrait pas à bout d'un seul baobab.

L'idée du troupeau d'éléphants fit rire le petit prince

- Il faudrait les mettre les uns sur les autres...
Mais il remarqua avec sagesse :

- Les baobabs, avant de grandir, ça commence par être petit.

- C'est exact! Mais pourquoi veux-tu que tes moutons mangent les petits baobabs?



Il me répondit: "Ben! Voyons!" Comme s'il s'agissait là d'une évidence. Et il me fallut un grand effort d'intelligence pour comprendre à moi seul ce problème.

Et en effet, sur la planète du petit prince, il y avait comme sur toutes les planètes, de bonnes herbes et de mauvaises herbes. Par conséquent de bonnes graines de bonnes herbes et de mauvaises graines de mauvaises herbes. Mais les graines sont invisibles. Elles dorment dans le secret de la terre jusqu'à ce qu'il prenne fantaisie à l'une d'elles de se réveiller... Alors elle s'étire, et pousse d'abord timidement vers le soleil une ravissante petite brindille inoffensive. S'il s'agit d'une brindille de radis ou de rosier, on peut la laisser pousser comme elle veut. Mais s'il s'agit d'une mauvaise plante, il faut arracher la plante aussitôt, dès qu'on a su la reconnaître. Or il y avait des graines terribles sur la planète du petit prince... c'étaient les graines de baobabs. Le sol de la planète en était infesté. Or un baobab, si l'on s'y prend trop tard, on ne peut jamais plus s'en débarrasser. Il encombre toute la planète. Il la perfore de ses racines. Et si la planète est trop petite, et si les baobabs sont trop nombreux, ils la font éclater.

"C'est une question de discipline, me disait plus tard le petit prince. Quand on a terminé sa toilette du matin, il faut faire soigneusement la toilette de la planète. Il faut s'astreindre régulièrement à arracher les baobabs dès qu'on les distingue d'avec les rosiers auxquels ils ressemblent beaucoup quand ils sont très jeunes. C'est un travail très ennuyeux, mais très facile."

Et un jour il me conseilla de m'appliquer à réussir un beau dessin, pour bien faire entrer ça dans la tête des enfants de chez moi. "S'ils voyagent un jour, me disait-il, ça pourra leur servir. Il est quelquefois sans inconvénient de remettre à plus tard son travail. Mais, s'il s'agit des baobabs, c'est toujours une catastrophe. J'ai connu une planète, habitée par un paresseux. Il avait négligé trois arbustes..."

Et, sur les indications du petit prince, j'ai dessiné cette planète-là. Je n'aime guère prendre le ton d'un moraliste. Mais le danger des baobabs est si peu connu, et les risques courus par celui qui s'égarerait dans un astéroïde sont si considérables, que, pour une fois, je fais exception à ma réserve. Je dis: "Enfants! Faites attention aux baobabs!" C'est pour avertir mes amis d'un danger qu'ils frôlaient depuis longtemps, comme moi-même, sans le connaître, que j'ai tant travaillé ce dessin-là. La leçon que je donnais en valait la peine. Vous vous demanderez peut-être : Pourquoi n'y a-t-il pas, dans ce livre, d'autres dessins aussi grandioses que le dessin des baobabs? La réponse est bien simple : J'ai essayé mais je n'ai pas pu réussir. Quand j'ai dessiné les baobabs j'ai été animé par le sentiment de l'urgence.



sábado, 1 de agosto de 2015

Amor a ciegas (III)




Son estadios distintos.

Un hombre en el estadio estético no es lo mismo que uno en el estadio religioso, siquiera en el ético.

Borges parece tener las características típicas del estadio estético, ya lo he dicho en varias ocasiones y en alguna de ellas, hablando de literatura argentina, lo he puesto como emblema de ese estamento, así como sostuve que Marechal es el emblema del estadio ético y Castellani del religioso, en una trilogía que pretendía representar algo del alma nacional en estas cuestiones.

Dejemos la referencia personal y vayamos a lo que importa.

Es seguro que san Agustín transitaba el primero de los tres estadios cuando se separó de la madre de su hijo Adeodato. Y es seguro que se sumergió mucho más en él apenas después. Creo que dice bien Castellani al sostener que de allí pasó, por la ruptura típica de la dinámica de los estadios, según Kierkegaard, al estadio superior y que en su caso el superior fue directamente el religioso, subsumiendo al ético en éste.

El propio Castellani trató el asunto en De Kierkegaard a Tomás de Aquino y vale la pena recordar que una nota característica del estadio estético es el desapego respecto de las cosas finitas sin asirse por ello a las infinitas: “Tú has ido dejando todo lo finito, pero no has ido a lo infinito.” (Cartas del Consejero Wilhelm)

Lo mismo dicho de otro modo en versos de Lord Byron:
Por todas partes, implacable y frío
fue detrás de mis pasos el hastío.

Pero.

Tenemos aquí algo que bien puede ser visto en paralelo, me parece, y se refiere a una experiencia similar en hombres con caminos distintos.

Por lo pronto están estos dos sonetos atípicos de Borges. Y digo atípicos porque, precisamente, a mi entender, lo muestran como nunca al borde de una desesperación hija en este caso del desengaño y el desamor. Esa condición desesperada es la puerta para saltar del estadio estético al ético, así como la angustia lo es para saltar del ético al religioso.

No hace falta conocer, en este caso, la historia. Creo que a un buen entendedor, el lenguaje lírico de este desengaño, el retrato espiritual y emocional del que ha desesperado al borde de un abismo, le resulta patente.

Sería justo encomiar algunos versos de estos dos sonetos. No sólo por su logro artístico, sino por la justeza con la que acierta a definir ciertos estados del alma en esas circunstancias, y no como definiciones, que eso le quitaría fuerza espiritual, sino por lo contrario: existencialmente vibrantes. Eso tienen estos dos sonetos de atípicos también: Borges desnuda algo de su corazón dolido, siquiera por un momento, y no lo esconde (no del todo, claro...) detrás de ecuaciones bullentes de frialdad en alambiques metafísicos, como suele.

Es verdad que hay un llanto más genuino en el primero que en el segundo, como es verdad que hay una retracción espiritual creciente de uno a otro: como si Borges se hubiera asomado a la puerta del abismo que, saltado, podría haberlo arrojado a un estadio diferente. Y hubiera preferido no hacerlo, hubiera decidido quedarse estético. O no hubiera podido decidir, no sé cuál de la dos cosas es más trágica.
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.

...Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.

Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

...pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Son versos potentes, a mi juicio, que cantan con una rara elegancia, no distante, sino desencantada, la tristeza del desamor. Tal vez el aguijón de ese estado, que contiene una confesión dicha venciendo el pudor a exteriorizar una debilidad, esté, como corresponde, al final, cuando al contemplar su estado de intemperie y desolación, reconoce el dolor que el recuerdo de la felicidad perdida puede hacer resonar como un eco punzante en el corazón irremediablemente herido:
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.

El segundo soneto es otra cosa.
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Borges se ha retraído, entiendo yo. Ha llegado a la puerta que lo hubiera sacado de sí (nota esencial del estadio estético en el que mora como en una inmensidad tan desafiante como vacía) y ha dado vuelta sus pasos. Ha cerrado esa puerta a la que lo llevó un amor deshecho, un desengaño, y se ha vuelto a su mundo en el que el desapego es un gesto y donde los caminos se entrecruzan en arabescos de sentidos que se anulan unos a otros.

Una negación siquiera del dolor del desamor que llegue a hacer hasta de la misma muerte una nada que sume en la nada todo lo que es, es una actitud donjuanesca, diría Kierkeggard, refiriéndose a un personaje emblemático del estadio estético.

Nadie pensaría en Borges como en un Don Juan. Pero eso es sólo porque se entiende habitualmente que lo de Don Juan son unos asuntos de cama y de faldas. Más que la moral sexual, Don Juan disuelve la muerte, la desprecia, y con ella disuelta, deshace la vida.

Y viceversa, también, aspecto menos frecuentado, pero tal vez más importante: disuelta la raíz de la existencia, licuado el ser en puras nociones o palabras, deshecha la densidad y la hondura, la muerte es un abalorio más.

Entonces, así, el final del segundo soneto deshace el vigor emocional que la expresión pudiera haber alcanzado en el final del primero:
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Imágenes sin eco, vanidades, vacíos, la tristeza como un placer refinado y sin raíz, la vida como un libro de estampas sepia y ocre, la melancolía superficial, siempre elegante, y tan elegante como impermeable. Un noli me tangere profano, una inconsistencia vital que, a falta de licores más fuertes, se aplaca en laberintos y ajedreces, sin nostalgia alguna por la magia del mundo que el amor podría haberle mostrado, aun en el desengaño.

El momento en el que el olvido se resistía a la memoria, porque una guitarra podía desgarrarnos el alma y volvernos a la infeliz felicidad pasada, ya pasó.

Al parecer, la puerta fue cerrada.

Y la puerta del alma, ya se sabe, se abre y se cierra desde adentro.





jueves, 11 de junio de 2015

¡A la mierda...!






Tal vez, uno de estos días, será verdad: Gandalf mandará todo a la mierda.

Empezará por allí y terminará por allá. ¡Ay de esos días!

Será un día cualquiera. Y no será un día de furia, no será un relato salvaje.

Será otra cosa.

Claro que muy probablemente habrá un periodista. Pero si es un periodista, será como saliva de Saruman o de Sauron, que caerá de la boca babeante de cualquiera de ambos, mientras paladean su obra. Una pestilencia, sí. Pero no mucho más que saliva, aunque haya mucha saliva...

Y llegará. Y eso será un signo. Será el día en que ya no se entienda nada de lo que dice Gandalf: absolutamente nada. Y cualquiera de las cosas que diga no será solamente la diferencia entre el mundo tradicional y el de esos días, que en tanto son nuestros días.

Y no pasará que solamente sea por espíritu trivial de los que deberían ser graves, o por frivolidad de la masa informe.

Será porque Saruman primero y Sauron al final habrán logrado que la estupidez sea la maldad y que buena parte de la maldad sea la estupidez.

Un mar de perversiones y perversidades: de eso hay y crece, claro que sí. Y será difícil respirar ese aire. Y lo es.

Pero mucho antes que eso, no es tanto que haya perversidades y perversiones de cosas altas, buenas y grandes. Sino el embotamiento de la mente y del corazón, la desertificación de la inteligencia, el desprecio de lo alto; y hacer romo lo punzante, nauseabundo lo fragante, insípido lo sabroso, odioso lo amable. Y el terror, el miedo pánico. Los gritos de los Nazgûl, los espectros de un poder tan invisible como presente, helando el corazón estepado de seres esclavos de cosas innobles y rastreras.

Y entre los grandes malos y estúpidos habrá gentes peores y más altas que Grima y que Bill Helechal, habrá más que Gollum. Después de todo, cualquiera de ellos es simplemente un peón y no el rey. El rey es otro. Es el Otro. Uno que no es rey y que querrá hacerse rey y se hará rey y tendrá su corte y sus ejércitos. Y tendrá sus profetas y sacerdotes. Y ya los tiene.

Esto es una humorada, una sátira. Los hispanos la conocen (y entienden algunos guiños para hispanos, claro...)

Pero, créame: en esta comedia hay mucho más. Y ella misma -sin quererlo el bueno de Jordi...- es un símbolo de cosas mucho más altas y mucho más hondas.





sábado, 25 de abril de 2015

Bárbara Argentina




En la página 237 de Dulcinea y otros poemas (hecho en Madrid por las Ediciones Cultura Hispánica, en 1965), Braulio Anzoátegui incluye este poema.

Llanto de Bárbara de Blomberg por la muerte de Juan de Austria, su hijo

Las gaviotas
iban tirando navajazos alrededor de tus galeras.
Una hecatombe de gargantas rotas
promediaba de púrpura y de sangre las líquidas praderas.

Y en medio tú, alférez y almirante,
paje hasta ayer y dueño ya del día,
con la camisa abierta y un pie adelante,
como sonriendo contigo mismo de tu bastardía.

¡Ay mi niño perdido!
¡Ay mi niño!

En medio tú. Y los altos arcángeles decorándote un cielo
levantado de garzas.
Tú entre olas y alas. Y en tu corazón doncel la gracia y el anhelo
de ser como un pañuelo en despedida entre un incendio de zarzas.

Perceval te vertía en el oído
Dios sabe qué mensaje
de rondas infantiles. Y en el fragor de la batalla resplandecías como un niño perdido,
almirante de hoy, hasta ayer paje.

¡Ay mi niño perdido!
¡Ay mi niño!


Es una gentileza de Anzoátegui, creo, titular a la Madama Bárbara como de Blomberg, porque en rigor no era de, por burguesa.

Pero si es una gentileza, es una gentileza pareja a la de su hijo de ella, mi querido Don Juan, que tuvo varias, por más que hoy sus cuidados y atenciones a su madre resabian algo ásperos al paladar nuestro, pero eso por culpa nuestra y no de Don Juan, lo bien que hizo.


Vayamos al principio.

El dizque algo triste y cuitado por entonces Carlos emperador, andaba por Ratisbona en asuntos del imperio. Había enviudado de Doña Isabel de Portugal en 1539, que murió precisamente cuando paría a un niño que se llamó Juan y no sobrevivió a su nacimiento.

Un año antes, en 1538, había muerto apenas con un año de vida otro hijo suyo legítimo también llamado Juan de Austria; en 1535, había nacido a su vez una Juana de Austria que alcanzó a vivir hasta los 33 años.

También entre los hijos extramatrimoniales -de los varios que tuvo- hay una Juana de Austria, nacida en 1522 de madre innominada para la historia, por ahora.

Finalmente, claro, ya viudo de la bella Isabel, apareció en aquella estadía en Alemania que dije la jovencita pispireta de 19 años, dicharachera, bonita, cantante y riente, que tuvo sus amoríos con Carlos en 1546 y parió al insigne Don Juan al año siguiente, el último de los hijos de Carlos, que se sepa, así como su hermanastro Felipe había sido, que se sepa, el primero.

La historia de Jeromín ya está dicha y escrita. Y de cómo de bastardo secreto para algunos e ignoto para casi todos pasó Don Juan a insigne modelo -quizás hasta del mismísimo Quijano el bueno de La Mancha-, eso es asunto también conocido.

Menos sabido o menos recordado es el caso gentil que mentaba antes.

Bárbara casó en 1550 con quien era custodio del niño Juan y vivió en Bruselas. Le dio un hijo por descendencia y enviudó de él pasados unos 20 años. Y es así que el tal Jeronymus le prestó nombre al hijo de Bárbara y Carlos, hay que decirlo, así como en los primeros años de algún modo veló su origen. Juan vivió más bien lejos de su madre natural y fue criado en España por quienes Carlos dispuso a su mejor entender. De su niño algunas noticias Bárbara tenía porque, entre otras cosas, en atención a sus amoríos reales tenía algún lugar en alguna corte subsidiaria.

Poco antes de Lepanto, viuda ya, la bonita Bárbara, con algo más de 40 años, se zambulló por completo en una vida agitada que con el tiempo fue más que comidilla, escándalo.

Para entonces, Juan ya había sido reconocido como hijo del emperador y hacía de las suyas, que eran mejores que las de su madre, hasta llegar a ser el Almirante y la insignia mayor de aquella armada que vapuleó al turco en las costas orientales del Mediterráneo en 1571. Poco después, y hasta su muerte en 1578, penó en una tarea de gobierno que no era lo suyo, aunque también allí hizo de alguna manera de las suyas. Y lo bien que hizo, digo yo.

Pero antes de morir, el estruendo de los escándalos de su madre se le hizo a Juan ensordecedor.

¿Y qué hizo Don Juan?

La mandó buscar y (aunque con algún subterfugio) la metió en un convento, gentilmente.

Eso fue en 1577. Pero, todavía  joven él, Don Juan murió al poco tiempo y Bárbara pasó del convento de Valladolid a una vida laica aunque bastante recoleta y pacífica, hasta que partió de este mundo unos 20 años después, en la cántabra Ambrosero, de Bárcena de Cicero, villa que hoy por hoy no tiene más que 200 habitantes, y eso si acaso, y según dicen.


Una real gentileza he dicho y eso creo que fue, ciertamente.



Visto lo cual, y por una vía que no me pregunten cuál es, me pareció que el asunto bien podría aplicarse a mi Argentina y dirán algunos que caprichosa o incomprensiblemente.



Pero eso lo dejo para la próxima.







miércoles, 25 de marzo de 2015

En Toledo la buena, essa villa real




Cada 25 de marzo, desde hace muchos años, recuerdo a san Ildefonso. Y el responsable de ese recuerdo es don Gonzalo de Berceo que lo pone a la cabeza de sus Milagros de Nuestra Señora, que son 25 con más una sabrosa Introducción en la que se aprende no poco de poesía, tipología y metáforas. De entre todos los 25, siempre fue mi preferido el del santo toledano.

Ildefonso vivió unos 60 años en el siglo VII español y es un gran hombre, con lo cual dio un gran santo.

Hay que conocerlo o recordarlo más. No hay desperdicio en su vida y en sus obras y no pocos le atribuyen haber dado inicio al fervor mariano que recorre todos aquellos siglos medievales.

Precisamente, en la noche del 18 de diciembre del año 665, ya arzobispo de essa villa real, fue a rezar a la Virgen con sus monjes y frailes. Y fue una semana antes de la Navidad porque entendía que la Anunciación debía estar cerca del Nacimiento y no en tiempo en que Iglesia hace penitencia, como es la Cuaresma. Para poner por obra el asunto, cambió la fecha de la fiesta y en eso estaba esa noche.

Allí es donde, dicen las Actas, apareció la Virgen, sentada en su misma cátedra episcopal, toda  esplendente de luz junto a otras santas vírgenes, y le entregó a Ildefonso una casulla milagrosa que Cristo le enviaba a través de su Madre, homenaje al que Ella se sumaba honrada y gustosa porque Ildefonso había hecho por Ella grandes servicios, además de realzar la fiesta de la Anunciación, como defender como caballero su título de Virgen.

El relato del monje madrileño, naturalizado como riojano, es tan tierno como terrible, y así lo verá quien lea lo que aquí dejo.

Pero la figura de Ildefonso no sufre por eso. Al contrario. Si acaso, Berceo pone al reemplazante de Ildefonso como una figura simbólicamente contrastante de lo que significa la fe en quienes no la tienen, la desprecian y la usan frívolamente, por más prelado que fuere uno y de alto coturno.

Ambas cosas, la devoción a la Virgen y este último asunto, son siempre actuales, aunque por razones distintas, claro. Y no sólo en España, se entiende.

Por más que la lengua en que se cuenta esta cuestión sea del siglo XIII y sea un dialecto depurado del castellano de aquellos lugares y tiempos, nada impide tomarle el sabor al asunto.

La casulla de san Ildefonso


En España cobdicio de luego empezar,       
en Toledo la magna, un famado logar,       
ca non sé de qual cabo empieze a contar       
ca más son que arenas en riba de la mar.       

En Toledo la buena, essa villa real,       
que yaze sobre Tajo, essa agua cabdal,       
ovo un arzobispo, coronado leal,       
que fue de la Gloriosa amigo natural.       

Diziénli Ildefonsso, dizlo la escriptura,       
pastor que a su grey dava buena pastura,       
omne de sancta vida que trasco grand cordura,       
que nos mucho digamos, so fecho lo mestura.       

Siempre con la Gloriosa ovo su atenencia,       
nunqua varón en duenna metió mayor querencia;       
en buscarli servicio metié toda femencia,       
facié en ello seso e buena providencia.       

Sin los otros servicios, muchos e muy granados,       
dos yazen en escripto, éstos son más notados,       
fizo d'ella un libro de dichos colorados       
de su virginidat contra tres renegados.       

Fizo'l otro servicio el leal coronado,       
fízoli una fiesta en deciembre mediado.       
La que cae en marzo, día muy sennalado,       
quando Gabrïel vino con el rico mandado,       

Quando Gabrïel vino con la messagería,       
quando sabrosamientre disso «Ave María»,       
e díssoli por nuevas que parrié a Messía       
estando tan entrega como era al día.       

Estonz cae un tiempo, esto por connocía,       
non canta la eglesia canto de alegría,       
non lieva so derecho tan sennalado día.       
Si bien lo comediéremos, fizo grand cortesía.       

Fizo grand providencia el amigo leal,       
que puso essa festa cerca de la Natal;       
asentó buena vinna cerca de buen parral,       
la Madre con el Fijo, par que non á egual.       

Tiempo de quaresma es de afflictión,       
nin cantan «Aleluya» nin facen processión;       
todo esto asmava el anviso varón,       
ovo luego por ello onrrado gualardón.       

Sennor sant Illefonsso, coronado leal,       
fazié a la Gloriosa festa muy general;       
fincaron en Toledo pocos en su ostal       
que non fueron a Missa a la sied obispal.       

El sancto arzobispo, un leal coronado,       
por entrar a la Missa estava aguisado,       
en su preciosa cátedra se sedié asentado;       
adusso la Gloriosa un present muy onrrado.       

Apareció'l la Madre del Rey de Magestat,       
con un libro en mano de muy grand claridat:       
el que él avié fecho de la virginidat;       
plogo'l a Illefonsso de toda voluntat.       

Fízoli otra gracia qual nunqua fue oída:       
dioli una casulla sin aguja cosida;       
obra era angélica, non de omne texida,       
fablóli pocos vierbos, razón buena, complida.       

«Amigo, -dísso'l- sepas que só de ti pagada,       
ásme buscada onrra non simple, ca doblada:       
fecist de mí buen libro, ásme bien alavada,       
fecístme nueva festa que non era usada.       

A la tu Missa nueva d'esta festividat,       
adúgote ofrenda de grand auctoridat:       
cassulla con que cantes, preciosa de verdat,       
oy en el día sancto de Navidat.       

De seer en la cátedra que tú estás posado,       
al tu cuerpo sennero es esto condonado;       
de vestir esta alva a ti es otorgado,       
otro que la vistiere non será bien hallado.»       

Dichas estas palabras, la Madre glorïosa       
tollióseli de ojos, non vío nulla cosa;       
acabó su officio la persona preciosa       
de la Madre de Christo, crïada e esposa.       

Esta festa preciosa que avemos contada       
en general concilio fue luego confirmada:       
es por muchas eglesias fecha e celebrada,       
mientre el sieglo fuere non será oblidada.       

Quando plogo a Christo, al celestial Sennor,       
finó Sant Illefonsso, precioso confessor;       
onrrólo la Gloriosa, Madre del Crïador,       
dio'l gran onrra al cuerpo, a la alma muy mejor.       

Alzaron arzobispo un calonge lozano,       
era muy sovervio e de seso liviano;       
quiso eguar al otro, fue en ello villano,       
por bien non gelo tovo el pueblo toledano.       

Posóse enna cátedra del su antecessor,       
demandó la cassulla que'l dio el Crïador;       
disso palabras locas el torpe peccador,       
pesaron a la Madre de Dios Nuestro Sennor.       

Disso unas palavras de muy grand liviandat:       
«Nunqua fue Illefonsso de mayor dignidat,       
tan bien so consegrado como él por verdat,       
todos somos eguales enna umanidat.»       

Si non fuesse Sïagrio tan adelante ido,       
si oviesse su lengua un poco retenido,       
non serié enna ira del Crïador caído,       
ond dubdamos que es ¡mal peccado! perdido.       

Mandó a los ministros la casulla traer       
por entrar a la Missa, la confessión fazer,       
mas non li fo sofrido ni ovo él poder,       
ca lo que Dios non quiere nunqua puede seer.       

Pero que ampla era la sancta vestidura,       
issióli a Sïagrio angosta sin mesura:       
prísoli la garganta como cadena dura,       
fue luego enfogado por la su grand locura.       

La Virgen glorïosa, estrella de la mar,       
sabe a sus amigos gualardón bueno dar:       
bien sabe a los buenos el bien gualardonar,       
a los que la dessierven sábelos mal curar.       

Amigos, a tal Madre aguardarla devemos:       
si a ella sirviéremos nuestra pro buscaremos,       
onrraremos los cuerpos, las almas salvaremos,       
por pocco de servicio grand gualardón prendremos.








jueves, 12 de marzo de 2015

Morir de amor (III)


Mucho antes de conocer a Romeo y Julieta (y a Tristán e Iseult, de los que habré de decir algo otro día), conocí la historia de Hjalmar e Ingeborg.

Hace 50 años exactamente, un accidente callejero hizo que durante muchos meses no pudiera hacer otra cosa que leer. Niño era entonces y varios libros preciosos recibí en esos días y entre ellos uno de leyendas con muy sugestivas estampas y dibujos.

Había una historia fascinante de vikingos (leyenda escandinava, decía) y allí estaban Hjalmar, invencible héroe sueco, y su enamorada Ingeborg.

Las historias de Yngvi -rey vikingo de Upsala y padre de Ingeborg en las sagas- y las de su familia; la saga alrededor de Tyrfingr, la espada maldita que forjaron los enanos Dvalin y Durin (y que fue la que terminó con la vida de Hjialmar cuando se batió a duelo por su amada), así como otras historias y leyendas de esas tierras nórdicas, las conocí un poco después.

En la historia más antigua, Ingeborg muere al conocer la noticia de la muerte de su amado en combate singular con su oponente Angantyr, que es quien carga la espada maldita. Angantyr muere primero, pero Hjalmar fue herido de muerte y muerto es llevado hasta Ingeborg. Ella recibe sólo el anillo de su amado y, al recibirlo, muere. Descansan juntos, al fin, en un mismo túmulo.

De hecho, trasmutadas y reelaboradas, algunas de esas leyendas vi cuando llegué a Tolkien; y más después, leyéndolas a ellas mismas, no como fuentes de las obras del inglés, sino en Snorri Sturlusson y otros.

No hace mucho encontré un trabajo, precisamente, en el que intervino Christopher Tolkien, en 1956. Y es nada menos que una traducción de la Hervarar saga ok Heiðreks, donde Tolkien hijo escribe una Introducción filológica y erudita.

*   *   *

Visto a la distancia, y ahora que los recordé, me resulta curioso que nadie hable -ni mucho ni poco- de Hjalmar e Ingeborg.

Será la lejanía nórdica, será la dificultad para pronunciar nombres vikingos, será que otras figuras ganaron la cuerda del amor trágico y misterioso. No ha de ser el frío, por cierto, porque la historia es a la vez tan lírica como épica y, además de original y potente, es antigua y conserva el calor de una sólida leyenda trágica, cosas que el propio Tolkien supo ver y aprovechar mirando a los nórdicos, aunque de eso ahora no voy a decir nada.

Por algún tiempo, los románticos -ah..., infaltables- tomaron la cuestión de los amantes vikingos en varias formas, especialmente en música y pintura y algo poco en escultura.

Claro que, por lo mismo, tampoco me explico por qué se le escapó a Richard Wagner el asunto (y no sé si se le escapó o lo ignoró, aunque sé que hay daneses que compusieron ópera sobre ellos en los mismos años): la historia tiene todos los elementos que, en principio, podrían haberle interesado al alemán, incluyendo espadas maléficas, enanos, filtros o anillos simbólicos. Y algo del mundo feérico, se entiende.

Pero más allá de las exquisiteces literarias o musicales, sigue pareciéndome extraño que Hjalmar e Ingeborg no tengan un lugar más notable entre los amantes de leyenda.

Después de todo, también ellos amaron y murieron entre encantamientos, hechizos. Y venenos.




domingo, 8 de marzo de 2015

Memoria de Charles Ryder



Pocos recuerdan que la mejor novela de Evelyn Waugh se llama en realidad: Brideshead Revisited. The Sacred & Profane Memories of Captain Charles Ryder.

Y no habría que olvidarlo.

Creo que así como John Tolkien miró los asuntos altos y bajos desde la perspectiva de un hobbit, también Waugh eligió un punto de vista para narrar y juzgar los asuntos que trata en su obra. Y allí está Charles Ryder.

Y son varios asuntos los que pasan por adelante de los ojos y el corazón del protagonista. No uno solo: varios. Y todos importantes. Y entre todos, los que se refieren al capitán no son los menores.

No es novedad que el nudo de esas páginas hay que buscarlo precisamente en aquella escena donde se lee un pasaje de una de las historias en The Innocence of Father Brown, de G. K. Chesterton, The Queer Feet, que es aquel que dice:
I caught him, with an unseen hook and an invisible line which is long enough to let him wander to the ends of the world, and still to bring him back with a twitch upon the thread.
Y por cierto que el hilo de Dios es el hilo principal de la novela.


Principal, sí. No único. Ni mucho menos. Y así como en la otra punta del hilo están unos y otros, está en muchos sentidos antes Charles Ryder y con él está lo que él representa en la novela.


¿Por qué lo digo?

Mire, mi estimado: Brideshead Revisited. The Sacred & Profane Memories of Captain Charles Ryder apareció en 1945 y cumple ahora 70 años.

De modo que es una buena ocasión para entrarle -de nuevo o por primera vez...- y ver si lo que sostiene un servidor se sostiene o no.


Como fuere, la discusión la dejamos para otro día.


Por ahora, estoy celebrando el cumpleaños de Charles Ryder.


Feliz cumpleaños, capitán.