El techo de la celda de María había desaparecido; la lámpara se hallaba suspendida en el aire; a través del cielo abierto vi el interior de la Jerusalén celeste. De aquel cielo bajaron como dos nubes brillantes en las que se veían innumerables caras de ángeles, entre las cuales, una ruta luminosa se dirigía hacia la Santísima Virgen. Vi subir desde María hasta la Jerusalén celeste algo como una montaña de luz. La Virgen tendió los brazos hacia aquel lado con un deseo infinito, y su cuerpo alzado en el aire y suspendido encima de su lecho de modo que podía verse debajo. Vi a su alma bajo la forma de una pequeña figura luminosa, infinitamente pura, saliendo de su cuerpo con los brazos tendidos y alzándose sobre aquella ruta de luz que subía hasta el cielo.
Vi, cosa que me alegró mucho, a un gran número de almas liberadas del purgatorio, seguir al alma de María cuando entró en el cielo. Hoy también, en el día de la conmemoración que celebra la Iglesia, vi entrar al cielo a muchas de esas pobres almas, entre ellas a varias que conocía. Recibí la seguridad consoladora de que todos los años, en el día del aniversario de la muerte de María, muchas almas de quienes le han rendido un culto particular, participan de los efectos de esta gracia.
Cuando miré de nuevo hacia la tierra vi resplandecer al cuerpo de la Santísima Virgen. Reposaba sobre su lecho con el rostro radiante, cerrados los ojos, y los brazos cruzados sobre el pecho. Los Apóstoles, las santas mujeres y los discípulos, arrodillados en torno suyo, oraban. Mientras yo miraba todo aquello, había en la naturaleza un concierto armonioso y reinaba una emoción, semejante a la que ya había percibido, en la noche de la Natividad. Supe que la hora de la muerte había sido la hora novena, como la del Salvador."
Ana Catalina Emmerich