domingo, 28 de junio de 2015

Amor a ciegas


Enamorado estaba.

¿Enamorado? ¿Enamorado amando como aman de veras los amadores de veras enamorados?

¿Por qué no? ¿Hay que dudarlo?

Sí, tal vez. Porque los versos pueden hacer aparecer cosas en el aire, en el aire de la palabra, que no están en ninguna otra parte sino allí. Y entonces, tal vez, la palabra ni siquiera es palabra entera y es como cáscara vacía y trucante, peor.

Y entonces uno mismo puede ser otro. Y el otro, que sólo aparece en las palabras, hacer de uno mismo. Porque hay una voz en una parte y un corazón en otra parte, que no es el corazón de esa voz, ni esa voz es la suya de él. Ya sea que la palabra diga lo que no hay, como que no diga lo que hay.

¿De quién hablamos?

¿De quién? Tal vez de quienes...

Pasó que leía a la vez por distintas razones dos asuntos distintos. Versos de Borges y el libro del Padre Castellani sobre san Agustín. Pero se juntaron en mi mesa, nomás y por lo pronto. No sé si podrían andar juntos el fuego de uno y la ceniza del otro.

Sin embargo.

Hay un pasaje de las Confesiones en el que Castellani se detiene apenas un momento, pero se detiene. Y es precisamente una historia de amor. O dos. O ninguna, si nos ponemos enigmáticos.

Por su parte, en El otro, el mismo, Borges trae dos sonetos en suite bajo el título 1964, que son dos infrecuentes quejas de amante desengañado y desolado y hasta en primera persona. Infrecuentes en él, se entiende.

Así que, por lo pronto, estoy hablando de Borges. Pero, y como son las cosas, viera usted, los dos asuntos no sólo aparecieron uno detrás del otro, sino que se me juntaron en el caletre y ahora estoy mirando a san Agustín y a Borges a la par, a ver qué se ve.

Vamos primero a los textos, que sin ellos no hay comentario.

(De los textos, claro... Otra cosa es la vida, por supuesto, la vida que pasó realmente -no lo que se dijo de la vida que nos pasó, o que no nos pasó...-: pero de ésa hace comento, y más que eso, uno que está bien bastante más arriba que yo...)

1964

I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.


II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Por otra parte, el texto de Castellani (en San Agustín y nosotros, páginas 43-45) es éste:
Pero ahora que hemos defendido a Agustín es menester que lo acusemos -y él ya no puede defenderse y explicarnos más su conducta. Hay un hecho en su vida que lastima nuestra sensibilidad romántica y es su conducta con una mujer, con su mujer; la madre de su hijo Adeodato; y él nos narra ese hecho en el libro VI sin dolerse de él y en apariencia sin reparar en él mayormente. A los treinta y un años, después de un resonante panegírico del Emperador pronunciado delante de la Corte, cuando había comenzado a separarse de los maniqueos y a escuchar sermones dominicales de Ambrosio... su madre Mónica lo persuadió a que despidiese a su concubina, que había convivido con él diez años y se comprometiese con una niña patricia que tenía doce o trece años y por tanto no podía casarse sino dentro de dos años al menos; y la Mónica del diablo creyó haber obtenido un gran triunfo con eso. Pero Agustín, después de despedir a su concubina antigua, tomó otra nueva, y le dio el disgusto del orbe a su bienintencionada madre. La mujer despedida, que le había sido fiel tantos años, hizo voto de continencia, perdió a su hijo y a su amante, volvió a su pueblo, se hundió en la oscuridad, y no sabemos nada de ella, ni siquiera su nombre.

Agustino cuenta lamentando con grandes ponderaciones el robo de unas peras que hizo cuando era arrapiezo; y cuenta con aparente indiferencia o almenos seca brevedad este hecho que lastima nuestra sensibilidad romántica y lo hace aparecer a nuestros ojos como un villano. San Agustín no fue un villano, fue uno de los corazones más nobles y generosos que han existido; -si es que hay alguna evidencia psicológica en el mundo, es ésa. ¿Qué pasó aquí? "Ése es un enigma que no resolveremos jamás", dice Papini: todas las conjeturas que se pueden hacer para justificar este hecho caen por su base. ¿Esa mujer le fue infiel? No. ¿Se le volvió insoportable? No. ¿No podía casarse con ella porque era pagana? No. ¿No podía casarse con ella porque era esclava? No. ¿Ya no la amaba más? No. El bienaventurado Ángel Vega dice: "la verdadera razón hay que buscarla en la providencia divina, que tenía dispuesto de él que fuera Obispo de su Iglesia, y había que despojarle de ese impedimento." La providencia es muy bicha, pero en este caso se equivocó, porque el futuro Obispo tomó enseguida otro impedimento.

Las palabras del interesado en el capítulo XV del libro VI, son las siguientes:
"Entre tanto mis pecados se multiplicában y, arrancada de mi costado, como obstáculo para mi matrimonio, aquélla con quien solía dormir, mi corazón adherido a ella manaba sangre, destrozado y herido. Y ella se volvió al África haciendo voto a Ti de no conocer otro varón, dejando conmigo mi hijo natural y suyo. Pero yo desdichado, y no imitador de ella, impaciente de la dilación, que sólo después de dos años habría de conseguir la que pretendía, no siendo amador del matrimonio sino siervo de la libídine, me procuré otra, no ciertamente mujer legítima..."(*)
Este drama psicológico, del cual realmente podría sacar un drama un escritor moderno, aparece como un relámpago ante nuestros ojos, en las palabras breves y exactas del gran escritor. Es el drama de la flaqueza humana, con la cual no habían contado ni la devota madre ni la pueril prometida: "mis pecados se multiplicaban." Sin la gracia de Dios no puede el hombre nada en orden a su salvación, como repetirá después tan insistentemente el doctor de la Gracia. Agustín aceptó con sinceridad y de buena fe el consejo de su madre que era bueno, de corregir su vida, encauzándola en un honesto matrimonio; y la madre, buena casamentera y despiadada con las otras mujeres, como suelen ser las mujeres, condenó a la concubina y buscó otra novia "jovencita, noble, rica, virtuosa, y bien educada", como la describe Agustín cuando en el 387 escribía los Soliloquios, esperaba el bautismo y pensaba todavía en el matrimonio: primer momento. Segundo momento: la mala costumbre y el vicio inveterado arrastran a Agustín a la segunda mala relación, no es capaz de resistir a la pasión de la carne. Tercer momento, después de convertido, tiene fuerza para dejarlo todo, el matrimonio incluso, por el voto del celibato religioso. El gran agustiniano que fue Kirkegord diría que Agustín saltó del estadio estético al estadio religioso, no suprimiendo el estadio ético, naturalmente, eso es imposible, sino absorbiéndolo en el estadio religioso. El estadio ético hubiera sido un honesto matrimonio. Video meliora proboque - deteriora sequor... cantó el poeta pagano Ovidio: Veo y apruebo lo mejor - y luego sigo lo peor. Sólo la adhesión decidida y total a la Luz Invisible puede coalescer la voluntad del hombre, y hacerlo uno; sin ella nos engañamos acerca de nosotros y estamos divididos en nosotros mismos, y somos presa de las aves de presa también invisibles que habitan las tinieblas estas.


Y hasta aquí los textos.

Ahora, como debe ser, déjese reposar y véase con cuidado y atención cada cosa dicha.

Y más adelante veremos a ver qué se ve.



_______________

(*) Ese capítulo termina así: "...sino para sustentar y conducir íntegra o aumentada la enfermedad de mi alma bajo la guarda de mi ininterrumpida costumbre al estado del matrimonio. Pero no por eso sanaba aquella herida mía que se había hecho al arrancarme de la primera mujer, sino que después de un ardor y dolor agudísimos comenzaba a corromperse, doliendo tanto más desesperadamente cuanto más se iba enfriando."






martes, 16 de junio de 2015

El odioso


Le moi est haïssable. Vous Miton le couvrez, vous ne l'ôtez point pour cela. Vous êtes donc toujours haïssable.

Point, car en agissant comme nous faisons obligeamment pour tout le monde, on n'a plus sujet de nous haïr.

Cela est vrai, si on ne haïssait dans le moi que le déplaisir qui nous en revient. Mais si je le haïs parce qu'il est injuste qu'il se fasse centre de tout, je le haïrai toujours.

En un mot le moi a deux qualités. Il est injuste en soi en ce qu'il se fait centre de tout. Il est incommode aux autres en ce qu'il les veut asservir, car chaque moi est l'ennemi et voudrait être le tyran de tous les autres. Vous en ôtez l'incommodité, mais non pas l'injustice.

Et ainsi vous ne le rendez pas aimable à ceux qui en haïssent l'injustice. Vous ne le rendez aimable qu'aux injustes qui n'y trouvent plus leur ennemi. Et ainsi vous demeurez injuste, et ne pouvez plaire qu'aux injustes.

* * *

El yo es odioso. Lo encubrís, Miton, pero no por eso lo elimináis. Y entonces sois siempre odioso.

- De ningún modo, pues obrando como obramos, cortésmente con todos, ya no hay más motivo para que nos odien.

- Eso sería verdad si sólo se odiara en el yo el disgusto que nos produce. Pero si lo odio porque es injusto que se convierta en centro de todo, siempre lo odiaré.

En una palabra, el yo tiene dos cualidades: es injusto en sí, en cuanto se convierte en centro de todo. Es incómodo para los demás, en cuanto quiere ponerlos a su servicio: pues cada yo es el enemigo y querría ser el tirano de todos los otros. Le quitáis la incomodidad, pero no la injusticia.

De este modo, no lo hacéis más amable y simpático para aquellos que odian su injusticia. Lo hacéis amable y simpático sólo para los injustos, que no encuentran en él a su enemigo. Y así seguís siendo injusto y sólo podéis agradar a los injustos.


Blas Pascal, Pensamientos II, VI, 455


Conocido, aunque poco recordado (y en lo habitual, frívolamente entendido), este pensamiento de Pascal ilumina una vastedad casi inconmensurable de asuntos. Y de personas.

Creo que no es una exageración hermenéutica decir dos cosas al respecto.

El yo, así dicho y con las dos notas constitutivas que le atribuye el francés, será una característica del Anticristo.

Por otra parte, y por lo mismo, se puede ser en este aspecto anticrístico sin ser el Anticristo. Aun siendo lo opuesto, aun siendo anti Anticristo, y por serlo de un modo en cierto sentido anticrístico. Hasta ese punto el yo tal como lo describe Pascal es odioso.







jueves, 11 de junio de 2015

¡A la mierda...!






Tal vez, uno de estos días, será verdad: Gandalf mandará todo a la mierda.

Empezará por allí y terminará por allá. ¡Ay de esos días!

Será un día cualquiera. Y no será un día de furia, no será un relato salvaje.

Será otra cosa.

Claro que muy probablemente habrá un periodista. Pero si es un periodista, será como saliva de Saruman o de Sauron, que caerá de la boca babeante de cualquiera de ambos, mientras paladean su obra. Una pestilencia, sí. Pero no mucho más que saliva, aunque haya mucha saliva...

Y llegará. Y eso será un signo. Será el día en que ya no se entienda nada de lo que dice Gandalf: absolutamente nada. Y cualquiera de las cosas que diga no será solamente la diferencia entre el mundo tradicional y el de esos días, que en tanto son nuestros días.

Y no pasará que solamente sea por espíritu trivial de los que deberían ser graves, o por frivolidad de la masa informe.

Será porque Saruman primero y Sauron al final habrán logrado que la estupidez sea la maldad y que buena parte de la maldad sea la estupidez.

Un mar de perversiones y perversidades: de eso hay y crece, claro que sí. Y será difícil respirar ese aire. Y lo es.

Pero mucho antes que eso, no es tanto que haya perversidades y perversiones de cosas altas, buenas y grandes. Sino el embotamiento de la mente y del corazón, la desertificación de la inteligencia, el desprecio de lo alto; y hacer romo lo punzante, nauseabundo lo fragante, insípido lo sabroso, odioso lo amable. Y el terror, el miedo pánico. Los gritos de los Nazgûl, los espectros de un poder tan invisible como presente, helando el corazón estepado de seres esclavos de cosas innobles y rastreras.

Y entre los grandes malos y estúpidos habrá gentes peores y más altas que Grima y que Bill Helechal, habrá más que Gollum. Después de todo, cualquiera de ellos es simplemente un peón y no el rey. El rey es otro. Es el Otro. Uno que no es rey y que querrá hacerse rey y se hará rey y tendrá su corte y sus ejércitos. Y tendrá sus profetas y sacerdotes. Y ya los tiene.

Esto es una humorada, una sátira. Los hispanos la conocen (y entienden algunos guiños para hispanos, claro...)

Pero, créame: en esta comedia hay mucho más. Y ella misma -sin quererlo el bueno de Jordi...- es un símbolo de cosas mucho más altas y mucho más hondas.





domingo, 7 de junio de 2015

Teníamos que hablar de muchas cosas


...que tenemos que hablar de muchas cosas...

Miguel Hernández, El rayo que no cesa, 29


Teníamos que hablar de muchas cosas.

Pero el silencio de la muerte puebla
el futuro, el instante, lo pasado.

Llega su sombra hollando la estatura:
y en sus maniobras pálidas, sinuosas,
todo lo vertical de la figura,
que vaga inerte un derredor helado,
se vuelve un horizonte entre la niebla
y nos deja la ausencia en el costado.


Teníamos que hablar de muchas cosas.

Del mar, de su dolor, de mariposas,
del buen callar, los ángeles, volcanes,
de la nostalgia que sembró tu beso,
del cielo y de los panes,
de las dichas furiosas,
del regreso,
del amor en sazón y sus desmanes,
y de tardes lluviosas...

De todo eso, sí, y más que eso...


Teníamos que hablar de muchas cosas.




sábado, 6 de junio de 2015

Mercedes

A G. R.


Ella, la anciana, en su leve
candor de virgen senil,
será un alabastro breve.
Su aristocracia de nieve
nevará un tardío abril.
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Cuchicheará a ras del suelo
su enagua un vago frufrú,
¡Y con qué afable consuelo
 acogerá el terciopelo
su elegancia de bambú!

Leopoldo Lugones, El solterón.


La luz escasa, el eco en las paredes
sordamente quejoso, imaginario:
al compás del inmóvil calendario
pasan los días grises de Mercedes.
Teje y desteje en el magín sus redes,
deambula entre el escaso mobiliario
y su murmullo
en vela y solitario
llena las noches grises de Mercedes.
Gotean en su frente las semanas,
se deshacen los meses y los años
sin recuerdos de amor ni desengaños.
Va sin olvidos, boga en sus nirvanas:
apenas unas frías voces vanas
de sus días vacíos y ermitaños.




lunes, 1 de junio de 2015

Un regalo de bodas


Porque eso es este pequeño libro que ha puesto juntos unos versos que, en algunos días del mayo que finó, anduvieron por esta bitácora cada uno por su lado.










sábado, 30 de mayo de 2015

Cielito de San Vicente

(Aire de cielito)               

                 I

Qué fresquita la mañana,

qué contento está el vacaje,
qué aroma de pan casero,
qué dulce y claro el paisaje,

Ay, tierra, qué colorida.
Ay, cielito, qué celeste.
Ay, aromo, qué perfume.
Ay, el vientito del este.

Cielito, cielo que sí,
cielito de San Vicente;
tierra de cielo en la tierra,
tiempo de amor inocente.

Cielito, cielo que sí,
cielito del sauce verde;
quien tiene un amor del bueno,
si lo cuida, no lo pierde.


                  II

Qué brasita en el fogón,
qué tibia noche serena,
qué zorzales tempraneros,
qué dichosa esta cadena.

Ay, el cielito donoso.
Ay, cielo del pago mío.
Ay, cielito de mi esposo.
Ay, cielo, que el cielo ansío.

Cielito, cielo que sí,
cielito de San Vicente;
tierra de cielo en la tierra,
tiempo de amor inocente.

Cielito, cielo que sí,
cielito del sauce verde;
quien tiene un amor del bueno
si lo cuida, no lo pierde.
Envío:

Me das el cielo y el sol,
y yo te doy luna y cielo;
me das tu cielo y mi gozo
y a tu cielo voy de vuelo.




De la espera amante

(Aire de triste)

La loma del trebolillo
respira el aire de mayo
y un alazán de soslayo
mira el campo, huele el viento
y se va tranqueando lento
con otro alazán y un bayo.

Frío el llano, madrugada,
niebla que el día demora,
una calandria que llora
entre el ramaje de un tala
y en su trino triste exhala
el amor que la enamora.

Junto al puntal del alero
la moza mira la huella
y espera ver si por ella
su corazón aparece;
pasa el día, ya atardece,
el cielo ya dio una estrella...

Se oye un relincho en el bajo
y una figura galante
bajo la luna brillante
parece que se ilumina
en los ojos de la china
y en su corazón amante.






viernes, 29 de mayo de 2015

Niña del viento

(Aire de huella)

             I

Cogollito de malva,
luz de la tarde,
florcita de romero,
brasita que arde.

Estrellita de plata,
noche de luna,
y el talle como mimbre
de mi laguna.

A la huella, a la huella,
niña del viento,
si me quiere le canto
mi juramento.

A la huella, a la huella,
mi consentida,
para amarla me queda
toda la vida.

Quién pudiera, churita,
robarle un beso
y culpable en sus brazos
quedarse preso.


              II

Alegría del campo,
mi flor de lino,
voy buscando su huella
por mi camino.

Mi destino me trajo
junto a su puerta;
mire, niña, que llego:
déjela abierta.

A la huella, a la huella,
niña del viento,
si me quiere le canto
mi juramento.

A la huella, a la huella,
mi consentida,
para amarla me queda
toda la vida.

Quién pudiera, churita,
robarle un beso
y culpable en sus brazos
quedarse preso.





Del bordoneo

(Aire de estilo)

Llora el cielo en arreboles
que son una maravilla
y el sol cayendo se astilla
como si fueran cien soles.
La tarde luce faroles
como guirnaldas de plata
y la noche le arrebata
la luz al día que muere,
mientras un canto que hiere
unas desdichas relata.

El bordoneo delata
la pena del bordoneo
que, en un triste galanteo,
anda nombrando a una ingrata.
La voz del cantor remata
las décimas del dolor
con apenas un rumor,
eco en la pampa desierta:
"...el alma parece muerta
cuando se ha ido un amor
..."




jueves, 28 de mayo de 2015

De la moza

(Aire de triunfo)

               I

La moza que me mira
no tiene dueño,
que digo
no tiene dueño.

Y en la miel de sus ojos
yo vivo y sueño,
que digo
no tiene dueño.

Zorzales en su risa
dicen amores,
que digo
dicen amores

Y por su voz me cantan
los ruiseñores,
que digo
dicen amores

Este es el triunfo, niña,
que le da abrigo,
para que venga conmigo.



               II

Ay, mocita, en su nombre
le estoy cantando,
que digo
le estoy cantando

Y al nombrarla en la noche
ya va clareando,
que digo
le estoy cantando.

Ay, la niña morena
que me enamora,
que digo
que me enamora.

En mi alma la quiero
reina y señora,
que digo
que me enamora.

Este es su triunfo, prenda,
venga conmigo
para que le dé mi abrigo.





miércoles, 27 de mayo de 2015

Del fuego

(Aire de milonga)

Hay un fuego que no canta
ni el mejor de los cantores,
aunque silben ruiseñores
cuando trina su garganta.
Es una chispa que espanta,
una brasa que al nacer
todo enciende en su poder,
todo lo abrasa en su fuego
y deja el canto en un ruego
que nunca deja de arder.

Hay un fogón donde brillan
corajes que se quemaron,
y cobardes que atacaron
donde valientes se humillan.
Allí los robles se astillan
y encienden como papel,
porque es fuego el fuego aquel
que encendido no se apaga
y deja ardiendo una llaga
hasta en el hombre sin hiel.

Hay un fulgor que se inflama
donde se quema el sufrir,
rojo carbón que al herir
deja al corazón en llama.
Y por más que el hombre clama
herido de ese dolor,
nada tiene por mejor
que vivir en esa hoguera:
que el gozo de arder espera
el que se incendia de amor.






martes, 26 de mayo de 2015

Copla morena


De toditas las flores,
la más bonita
es tu risa, morena,
de quitapena.

De todos los amores,
tu voz serena:
porque es la más bonita
que penas quita.

De todos los dulzores,
mi palomita:
con tu risa morena,
tu almita buena.

Te doy esta coplita
de mi colmena,
la cantan soñadores
y ruiseñores.






lunes, 25 de mayo de 2015

Tu nombre


Hay quien sabe tu nombre.

Me lo dijo el aire que andaba meciéndose en las casuarinas
pronunciando tu nombre,
apenas rayó el filo de luz de la mañana fría.

Iba el aire silbando tus acentos en medio de la niebla.

Me dijo que hay quien sabe tu nombre.

Que, en el cielo,
lo dicen unos ángeles que parecen otoño
y tienen unos ojos llameantes como el trigo en diciembre.

Iguales a tus ojos.

Me dijo que lo murmuran con alegría los arroyos y los labradores.

Y me dijo que,
porque en el cielo lo dicen galaxias de arcángeles y querubines,

cuando el oeste viene pariendo tormentas
que alegran mi ventana al poniente,

entonces se oye entre los truenos su dulzura.

Porque tu nombre ríe entre las tormentas y los querubines.

Y que nadie, me dijo el aire con pudor de niña,
se atreve a pronunciarlo
si no es entre lirios, o entre flores azules,

o con la reverencia feliz,
la frente apenas inclinada.



*   *   *


Ahora,
frente al silencio de este llano que luce como un mar de dolores,
y que no es más que la fragancia de tu ausencia,

ahora que toda esta claridad te nombra
mientras un ave parda y cobre canta en las fronteras de su nido,
y está tan quieto todo,
claramente oigo el zumbido lejos de abejas en su viaje de miel...


El aire ha dicho la verdad.





sábado, 23 de mayo de 2015

Torcacita de mayo


Niña torcaza mía,
mañanita de mayo,
tu nombre llena el aire
cuando te llamo,
mientras voy por la sierra
solo y copleando.

De retama y romero
se me hace el canto
y lo dejo en tu puerta,
enamorado,
niña mañana mía,
torcacita de mayo.






jueves, 21 de mayo de 2015

Amor en guerra


Voy en guerra de amor bajo tu luna,
que es arroyo de miel como candela
en la noche de mayo; centinela
de una herida feliz que es mi fortuna.
Una herida de amor como ninguna
que asedia con amor la ciudadela
del corazón, que acecha en duermevela
y vela armado con tu luz que aluna.
Ya libro mi combate: el limonero
a tu rayo se aroma, cruje, estalla
en esquirlas de oro; el aire huele
a corazón en guerra y estrellero;
y pues mi gozo arriesgo en la batalla,
gime la salvia y el jazmín se duele.




martes, 19 de mayo de 2015

De la novia fragante


Para M. L. A., con amor


Caricia de cedrón huele en tu pelo
y te besa la piel la yerbabuena,
como a una novia aroma la verbena
entrelazada en el jazmín del velo.
En un aire de menta en pleno vuelo,
tu mirada, que truena de morena,
blanca de puro ardor, como azucena,
se enjuga en el perfume del pañuelo.
Entre azahares bramantes se ha dormido
tu alegría esponsal, tu dicha clara
y un incienso de amor vela tu sueño.
Colmenas de una miel celeste y rara
a tu cielo de flores han venido,
como en el dulce abrazo de tu dueño.


___________________________________

Mayo, 22, 2015




domingo, 17 de mayo de 2015

Late el aire

(Aire de cifra)

Más silencioso y aireado,
más tibio que el aire ahora,
el viento que me enamora
silba un son enamorado.
Ruge y el aire callado
en su silencio rugiendo,
anda llevando y trayendo
cien tropeles de azahares
que en heridas y pesares
dejan el cielo latiendo.

Y el cielo sin voz diciendo
la luz que la tierra aquieta,
con su mirada secreta
todo en su luz va pariendo.
El aire clama volviendo
en viento al laurel amante
y en sus ramas, navegante,
clava el canto un ave sola
que con el aire se inmola,
feliz, al aire fragante.





miércoles, 6 de mayo de 2015

Señora de los ocasos




Creo que las cosas aparecen cuando tienen que aparecer. Tal vez exactamente en el momento en que se las necesita.

Siempre dichas en un lenguaje misterioso y simbólico, hay cosas que están ante nuestros ojos durante años.

Invisibles ellas, ciegos nosotros.

Y así fue esta vez, otra vez.

*   *   *

Almorzaba con mi madre, solos los dos, como habitualmente pasa cada semana.

La comida es espléndida, como siempre, sencilla, sabrosa, con la abundancia justa.

A los años, me viene apareciendo cada vez más nítido que los veros manjares no son los que están en la mesa, sino otros; y son los que realmente voy a extrañar cuando ya no los tenga en el plato insaciable de mis oídos.

Son sus cuentos, sus relatos, las historias de su vida, de sus viajes, de las vidas de otros.

Y así fue esta vez. Otra vez.

*   *   *

Veo la imagen que está en la cabecera de su cama desde que era mozo. Siempre allí, aunque haya cambiado de casa y de cuarto al menos tres veces.

Una imagen bella, una tabla dorada con muy buena técnica que hizo y le regaló un amigo de mi padre hace casi cincuenta años.

Es evidentemente un fragmento de una obra mayor. Típicamente itálica, medieval, de los siglos altos. Finísima estampa de Madre e Hijo.

Tal vez la familiaridad engendró el menosprecio, diría Chesterton. Me bastaba la belleza. La impresión serena, quieta y digna que me causaba esa presencia habitual. Un gesto de ternura materna, una devoción filial. Bien dichas ambas cosas.

Pero hoy fue distinto.

Hablábamos de gentes y de viajes.

Allí recordó unos paseos por Florencia, primero, y por Asís más tarde.

- Ahí es donde está esa imagen, me dijo señalando a la consabida cabecera.

Tuvo que despejar sus recuerdos hasta que, afinando un lápiz imaginario, trazó incluso un mapa en el aire, y después sobre el cubrecama, memorando sus andanzas por Florencia y Asís.

- ¿Ves que la Virgen señala al costado y el Niño le indica dos con su mano? Ella está señalando a san Francisco y Él le dice que si elige, elige a los dos, no a uno solo... cuando la vi allá, ya la conocía: era esta misma, aunque, claro que es más linda aquella...

*   *   *

Miré la tabla infinidad de veces en estas decenas de años pasados. Jamás había visto el detalle de los gestos con detalle y me sorprendió y me alegró.

*   *   *

Volvía a casa en el tramonto, en el temprano ocaso conurbano de este otoño informe, denso, pesado, gris, ácido.

Y me acordé, mientras iba pensando en nada, como se piensa cuando hay que sortear miríadas de autos por las callejas en trámite aburrido y lento. Conocía la imagen completa. La había visto. Y tampoco me había llamado suficientemente la atención, se ve, porque no recordada que me hubiera causado entonces alguna emoción más que la de la belleza y elegancia de esas pinturas italianas medievales.

En la casa me esperaban asuntos menos gloriosos y con mucho pedestres.

Pero llegó el momento de poder buscar la imagen. El gesto de la mano de la Virgen, el de la mano del Niño, sus miradas, eran de un diálogo gestual imperdible.

El fragmento prometía misterios y símbolos. Y creo que los tiene esta obra que, en el siglo XIV, significaba una cosa y que hoy tal vez signifique aquello y algo más. Algo para estos días.

*   *   *

Tiene varios nombres esa obra célebre y muy celebrada, pero diría que el que más le cuadra es el de Madonna dei tramonti: Señora de los ocasos. Un sobrenombre, en realidad, pero que hoy por hoy se llena de interesantes significados y derivaciones, que por aquellos siglos no pudieron haberse vislumbrado, creería un servidor.

La razón del sobrenombre es sencilla y luminosa. El fresco que pintó en el primer cuarto del 1300 Pietro Lorenzetti, digno hijo de la escuela de Siena, tiene enfrente un vetanal que deja pasar la luz del sol cuando se pone, en el tramonto de Asís, en el ocaso. Y así es como, con la luz del ocaso, se ilumina el fresco que está en la capilla dedicada a san Juan Bautista. Y de allí su nombre.


La presentación oficial franciscana del asunto dice sucintamente algo así:
El ciclo lorenzettiano halla su sereno y sonriente epílogo en el conocidísimo cuadro de la Virgen que ensalza a Francisco. Invita gentilmente al Niño Jesús a bendecir a nuestro Santo, señalado su cuerpo con las llagas de la Pasión, y anteponiéndolo, por este motivo, al Apóstol predilecto, Juan. [La Virgen de los Ocasos: así es llamada esta imagen porque durante las puestas de sol queda iluminada por los rayos del astro que se filtran a través de un ventanal que está enfrente. Es la obra maestra de Lorenzetti por la gracia y suavidad de la figura, por la eficacia expresiva, por lo luminoso y transparente del color. La Virgen, con el Niño en los brazos, tiene a su derecha a san Francisco y a su izquierda a san Juan Evangelista. El rostro de ella, lleno de ternura, se dirige hacia el Hijo con expresión bendecidora y a la vez interrogativa: la Madre parece responder volviendo hacia san Francisco el pulgar de la mano derecha. Es una sagrada conversación que ofrece ocasión para muchas interpretaciones (R. Cianchetta)]

Una clase de Anna Lanzetta, estudiosa del arte de ese tiempo en esas regiones, resume así el asunto, con opiniones personales acerca de las implicaciones técnicas y culturales de los gestos:
Nella Basilica inferiore della chiesa di S. Francesco di Assisi, nel transetto sinistro della Cappella della Maddalena, tra gli affreschi di Cimabue, Giotto e Simone Martini, si può ammirare l’affresco di Pietro Lorenzetti che rappresenta quattro personaggi di cui due impegnati in un dialogo. Al centro dell’affresco c’è una scena di vita quotidiana: la Madonna è intenta a parlare col Bambino e la gestualità indica il dialogo in atto. Il dialogo, apparentemente muto, ma esplicitato dai gesti, ci rende compartecipi. Un meraviglioso bambino, comodamente seduto in braccio alla mamma, richiama la sua attenzione con le dita della mano e chiede di parlare, atteggiando il viso alla domanda. La mamma, con piglio quasi severo, lo ascolta attenta. Le due figure a lato sono: San Giovanni apostolo e San Francesco e il bimbo chiede,  per non confondersi nella scelta: “dimmi mamma, a chi mi devo rivolgere per primo”? E la mamma gli risponde, indicando, con il pollice della mano destra, San Francesco, quasi a dire -siamo in casa sua-. Basta quel gesto e  l’arte  diventa improvvisamente vita. Il -gesto dialogato-, protagonista della pittura di Giotto, segna l’apertura dell’arte alla modernità espressiva. L’affresco rappresenta  dunque una scena di vita quotidiana,  che si può ammirare e leggere con precise connotazioni che assumono rilievo nell’espressività che, esulando da un contesto ieratico, diventa umanità. Al dialogo assistono, attenti e silenziosi, i due santi. Dolcissimo il volto della Madonna; una mamma attenta alle domande del figlio, in una costruzione che , basata su pochi elementi espressivi, si connota nel gesto e nello sguardo. Quel gesto provoca  nel visitatore una forte emozione alla presenza di una Madonna che è essenzialmente mamma e segna un’evoluzione nel concetto di un’arte che,  diventa espressione di vita stessa.

È “La Madonna dei Tramonti”, cosiddetta perchè affrescata da Lorenzetti di fronte a una finestra dalle quale, un raggio di sole, entrando nell’ora del tramonto, la illumina in tutta la sua bellezza. Un raggio di sole che sembra  illuminare un gesto che spalanca le porte alla modernità della pittura, almeno secondo il mio parere.


Sin duda que la obra de Pietro Lorenzetti es un homenaje a san Francisco, anteponiéndolo en la obra al discípulo amado. Homenaje directo o indirecto, según se lo vea.

En un texto de la enciclopedia global -que entiendo debería atribuirse a la especialista crítica Chiara Frugoni- se explican así los gestos del fresco:
Sotto la grande Crocifissione l'artista raffigurò i due santi Francesco e Giovanni Evangelista accanto alla Madonna col Bambino, affacciati a una finta balaustra e a mezza figura. A differenza del trittico della Madonna col Bambino tra i santi Giovanni Battista e Francesco nella vicina cappella Orsini, qui il pittore pose le figure nello spazio libero (in questo caso uno sfondo dorato), senza ricorrere ad archi e cornici di separazione.

Come in altre opere, le tre figure dialogano con gli sguardi e i gesti. Amato dal pittore e da suo fratello Ambrogio è il gesto di indicare col pollice, che in questo caso la Vergine a rivolge san Francesco dietro di lei, come a rispondere a una domanda del Bambino, che infatti alza la destra con un gesto di interrogazione. Francesco, con un gesto elegante, si porta la mano stigmatizzata al petto come ad accogliere quella muta chiamata. Giovanni, dall'altra parte, regge il proprio Vangelo e con la mano libera accenna un gesto d'assenso. I due santi laterali sembrano guardarsi intensamente, alludendo forse a una complicità nel riconoscere il valore delle stimmate equiparato a quello delle Scritture nella diffusione del messaggio evangelico. Un crocifisso si trova infatti proprio sotto Maria.

Perduta è l'altra mano di Francesco, che forse rivolgeva un cenno al committente devoto, rappresentato in un riquadro appena sotto.

I rapporti tra le due crocifissioni, grande e piccola, sono stati studiati e approfonditi: la grande scena appare come la rievocazione di un passato remoto, mentre il piccolo crocifisso riporta l'osservatore ai suoi tempi, rendendolo attuale grazie all'intermediazione di Francesco che ne rivisse il sacrificio, cercando poi di ridestarne il ricordo nei cuori dei fedeli con la sua predicazione.

Y todo el asunto es en cierto sentido una exageración. Aunque no está exenta de miga la cuestión, vista 700 años después, en estos tiempos nuestros.

*   *   *

Sin embargo.

Es curiosa también la historia que dice haber oído en Asís y que hoy me contó mi madre, porque de su relato surge un clima completamente distinto. Y me pregunto seriamente si esa confusión es una mera casualidad, o si hay alguna bonita y secreta clave en esa involuntaria confusión de una doña de casi noventa años que recuerda un viaje de hace 20 años por aquellas tierras de la Umbría.

Según decía, la Virgen le estaría preguntando al Niño cuál de los dos elegiría y el Niño le estaría contestando: los dos.

*   *   *

Y hasta aquí llego por hoy, porque el asunto me tiene pensando.



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Antes de finir esta entrada, hay que decir que, en la misma basílica inferior, hay otro fresco de Lorenzetti en el que una especie de tríptico, sembrado también con gestos significativos y miradas que hablan, representa a la Madonna, al Niño y a sus lados a san Francisco y a san Juan Bautista, con un significado parejo al de la obra anterior, y que aquí dejo en imagen y explicado en otro texto de Chiara Frugoni.

Divisi da arcatelle ogivali che simulano la forma di un polittico, con rappresentazioni di angeli simmetrici a riempire gli spicchi superiori, la Madonna col Bambino è dipinta a mezza figura su sfondo dorato tra i santi Giovanni Battista e Francesco. Il Battista, oltre che per la veste da eremita e la barba e la capigliatura lunga e incolta, si riconosce per il cartiglio che riporta un passo del Vangelo di Giovanni (ecce vox clamantis in deserto, parate viam Domini). San Francesco si riconosce invece per il saio e per le stimmate.

Entrambi i santi puntano l'indice verso il basso, probabilmente sottintendendo l'altare e il ruolo di Cristo come agnello sacrificale durante l'eucarestia. I due santi si scambiano una sguardo intenso e anche nel levare l'altra la mano verso l'interno compongono un effetto simmetrico che ne simboleggia la completa empatia. Entrambi dopotutto predicarono per tutta la vita la venuta di Cristo. Maria, che stringe il bambino in braccio, sembra rivolgere uno sguardo di muta approvazione a Francesco. Raffinatissimo è il panneggio della madre col figlio e la naturalezza con cui essa regge il bambino, che le pone una mano nella mano e gioca col suo velo. Preziosa e raffinata è la lavorazione dell'oro, nelle aureole, nello sfondo e nel bordo del manto di Maria, nonostante le difficoltà rappresentate dall'uso della tecnica nell'affresco.







domingo, 3 de mayo de 2015

La virgen del demonio



Hace unos días, Dom José Ignacio, de ojo fino, tuvo la gentileza de mandarme de regalo unas líneas sobre san Pedro de Verona o san Pedro mártir, protomártir de los frailes dominicos, asesinado en 1252, mientras era prior e inquisidor en la Lombardía y el norte itálico, predicando contra los cátaros en aquellos lugares.

El regalo traía otro regalo: uno de los frescos que adorna la capilla Portinari, en la basílica de san Eustorgio, esto es Milán.

El motivo de la pintura es uno de los cuatro milagros que pintó el sutilísimo Vincenzo Foppa hacia 1460 y tantos y que ilustran pasajes de la vida del santo dominico en cuyo homenaje fue construida la capilla en esa época. Dejo aquí un paseo ilustrado por la arquitectura e historia (y algunos datos más) de la obra que fue adosada en el siglo XV a la construcción primitiva, por encargo de quien era legado de los Médici en Milán, Pigello Portinari, para contener y honrar los restos de san Pedro mártir.

No conocía el asunto para nada y agradezco tanto que me lo haya hecho conocer el buen fraile.

Dos cosas llamativas.

En primer lugar, el hecho de que la capilla primitiva fuera construida inicialmente por el obispo san Eustorgio en el siglo IV para que allí reposaran reliquias de los Reyes Magos, que finalmente terminaron en Colonia, por obra de Federico Barbarroja que se las llevó en el siglo XII. Con el tiempo, la catedral de Colonia se construyó para guardar ella también esas reliquias, como ocurrió en tiempos de aquel Eustorgio, griego, santo obispo de Milán, quien recibió en Constantinopla, y de manos del emperador Constantino, las reliquias que digo y que es tradición que las encontrara santa Elena, la madre del emperador, y que fueron el regalo a Milán en ocasión de la consagración episcopal de san Eustorgio en el año 343. Recién el 6 de enero de 1904 pudieron recuperarse algunos huesos que accedió a devolver Colonia y que hoy están otra vez en Milán, en la capilla dedicada, en un arca.

Pero el segundo asunto es notable también y nos lleva al siglo XIII.

Unos herejes le tienden una trampa a san Pedro y lo llevan a una capilla en la que han invocado al demonio. De pronto, se aparece ante Pedro de Verona y los circunstantes una Madonna con el Niño en brazos, aunque, según se verá, debería escribir ambas cosas con minúscula.

Resulta que san Pedro intuye que la aparición es falsa porque alcanza a verle los cuernos a ambos y confronta con la Eucaristía a la figura de la madre con el hijo, desafiándola a arrodillarse ante Él, y rendirle culto bajo la forma eucarística, si es verdad que ella es la madre de Dios. Y es así que cae la máscara y aparece sin tapujos la cornamenta luciferina en la madre y el hijo .

*   *   *

Curioso. Maravilloso y feliz para aquellas gentes en esos tiempos.

Distinto es el sabor del asunto para gentes de estos tiempos nuestros, y eso en opinión de un servidor, si se me permite.

Es maravillosa la historia de san Eustorgio y sus reliquias de los Reyes Magos, regalo imperial a un súbdito griego que va a confirmar a Constantinopla su nombramiento episcopal en Milán. Y es tanto o más maravilloso que un feligrés de las villas y los campos lombardos en el siglo IV tenga semejante asunto al alcance de sus manos. Y un gran obispo, por añadidura. ¿O la añadidura son las reliquias de los sabios reyes de Oriente por tener un gran obispo?

Ve, mi amigo: es cosa de tener para elegir qué cosa le parece más maravillosa o grande. Suerte del siglo IV...

Ahora bien, menté a un Federico Hohenstaufen. Pero dejemos ahora de lado al Barbarroja, que esto no parece cosa para alemanes, que por otra parte tienen un papel lateral en esta historia que ahora me ocupa (salvo por una cuestión simbólica oculta en el ida y vuelta de las reliquias, Bizancio en el medio..., pero eso para otro momento, si acaso...).

Sin embargo, si alguien insistiera en meterse en las varas de esa camisa, zambúllase en el siglo XII de aquel Federico y podrá hacerse un festín de nobles, duques, reyes, emperadores de oriente y occidente, papas, monjes y guerras y cismas. Mientras avanza entre tratados, traiciones, tomas de ciudades, excomuniones y dobles papas y cadáveres guerreros y guerras de ciudades y místicas admoniciones y el menú completo capaz de escandalizar al más guapo, se irá haciendo una idea algo más clara del zangoloteo histórico de la medievalidad y de la Europa y de la Iglesia, de Irlanda a Bizancio. Se lo garanto: no se va a aburrir, mi amigo, y para cuando termine, si termina: hágame caso: ¡esté alerta! Le puede pasar algo terrible y engañoso: puede llegar a pensar que los malos de nuestros días son tirifilos, bobos y payasos -temporales o eclesiales- al lado de semejantes tipos de hace 1.000 años y de las cosas que hacían y deshacían...

Pero no nos distraigamos.

Cuando haya visto hasta el hueso la cuestión de Eustorgio y las reliquias Magas, cuando haya destilado las uvas de las Investiduras en disputa y aquellos siglos alrededor del primer milenio cristiano en Europa, todavía le queda el otro asunto: el miracolo de la falsa madonna y san Pedro de Verona.

Porque el caso es que hay que ver que el siglo XIII todavía daba unos Pedro de Verona que podían hacer todo lo que de ellos se dice que hicieron y en los tiempos libres jugarle una pulseada a mano limpia al coludo, disfrazado nada menos que de Virgen santa y reduplicando el disfraz con el de Santo Niño, además y en brazos, pañales y todo.

A mano limpia dije y dije mal: con la Eucaristía en la mano como exorcismo.

Y no para ahí la cosa. A los años, viene un Vincenzo Foppa y pinta el asunto en una capilla, Virgen y Niño con cuernos y todo. Y va y lo expone a la devoción de quienquiera hincarse a rezarle al santo en su capilla.

Allí mismo, a pasos de donde hasta hacía poco estaban las reliquias Magas.


*   *   *


No me diga que no y piénselo bien: algo habrá pasado que nos ha sido quitado ese mundo de maravillas. Algo habremos hecho en mil años para que de todo eso no quede nada o casi nada. Y aun que lo que quedó nos sea nada.

Algo tiene que haber pasado en mil años para que todas esas historias que fueron y son historia no tengan lugar en nuestra historia y en nuestras historias. Algo nos han enseñado mal. Algo tiene que haberse perdido en el camino, olvidado, corrido displicentemente con la mano de adelante de nuestros ojos. Algo tiene que haber sido trasmutado de vida misma, de espíritu mismo y haberse vuelto puro codicilo y rúbrica, casi diría ley, en el peor sentido de la palabra. Y haberse vuelto sólo palabra hueca y pomposa, o rito vacío, o silogismo de fuego artificial o manual para causar efecto sin substancia.

Algo se ha hecho invisible a nuestros ojos para que veamos tan poco y tan corto.

Insisto: tenemos una ignorancia indolente de nuestra casa y de nuestra sangre, de nuestra familia histórica y de nuestras tradiciones. Y de la historia. Y de la Tradición. Y de lo que la vera Tradición dice que es la historia. Y así.

Y tal vez por eso mismo, tal vez por haber llegado a ser lo que somos -que no pasa en un día, aunque para Dios mil años sean un día...-, tal vez por esa misma degradación se nos han hecho incluso a nuestros ojos hasta más pequeños los buenos, más insignificantes, de tal modo que apenas con saber rezar un rosario o decir algunos latinazgos mal digeridos se pasa a la categoría de testigos de la Fe. Y tal vez haya sido que las proezas y maravillas nos han sido retiradas y quitadas porque nuestro recipiente apenas soporta contenidos livianos y lábiles: y como se recibe al modo del recipiente...

Y así, lo que es peor tal vez, ni siquiera vemos las maravillas que sí nos han sido dadas aun en nuestros tiempos grises y brumosos y ácidos. Porque algunas nos dejan, claro que sí. Que Dios es tozudo en sus empeños y no ceja.

Y nos queda el humo de Satán y los cuernos de Satán, eso sí. Y los variados disfraces de Satán: ¡que hasta ha mejorado el make up y ya disimula con arte cosmético los cuernos hasta ponerlos como de aureola! Y eso crece y más se ve.

Y es verdad que crece y es verdad que más se ve. Pero es tan verdad eso como que, siendo que más crece y más se ve, sólo se ve eso. Y muchas veces se ve mal y sacando las conclusiones equivocadas respecto de lo que eso es y por qué es así. Y por qué nos toca a nosotros verlo y saberlo. Y así siguiendo.


¿Qué nos haremos entonces con aquel primer Dicho de Luz y Amor, de san Juan de la Cruz?
Siempre el Señor descubrió sus tesoros de sabiduría y espíritu a los mortales; mas ahora que la malicia va descubriendo más su cara, mucho los descubre.

Miro más el fresco de Vincenzo Foppa y la historia de san Pedro mártir y la profanación demoníaca de la virgen y el niño con sus cuernos y todo y veo a un feligrés del siglo XIII, a un hombre cualquiera que en aquellos días sepa -y viva- la historia de aquellos días y que años después vea el fresco, una doña cualquiera, un niño que se arrodille a rezarle a san Pedro de Verona. Y todo en una capilla hecha para guardar los huesos santos de los Magos.

Y que entienda todo eso sin que se lo anden explicando demasiado. Y que lo que le explican se lo expliquen bien. Y que lo que vive y ve, lo sufra y lo viva y lo goce. Y sepa por qué. Porque eso es una cultura y una civilización, después de todo.

Y vuelvo a pensar que nos han retirado las maravillas, aun la maravilla agridulce de una falsa virgen y un niño falso y con cuernos, corridos por un fraile con una hostia en la mano. Y nos han retirado el relicario que guarda los huesos Magos.

Y nos han dejado como a merced de unos males de miedo que van descubriendo más su cara. Y nos queda el llanto y la furia, la melancolía y el enojo, la tristeza y la sensación de una derrota que creemos que no merecemos y el sabor de una derrota que nos sabe injusta en una historia que creemos que está plantada en el tiempo para nuestra victoria y la victoria de lo nuestro. Victoria en la historia, claro.

Y para más pena y perplejidad sentimos, creemos, decimos que nos han dejado unas maravillas ocultas. Unos tesoros de sabiduría y espíritu que nos están ocultos, que nos parecen ocultos, si acaso existen y que ya nos parece que no están porque nos parece que ya no están aquellos que nos parecían tesoros de sabíduría y espíritu que antes estaban y que ahora no.

Pero resulta que dice san Juan de la Cruz que aquellos tesoros Suyos de sabiduría y espíritu que el Señor siempre descubrió a los mortales, ahora que la malicia va descubriendo más su cara, mucho los descubre.


Mire usted, compadre, lo que son las cosas.


Qué puedo decirle.


Que san Pedro mártir y el santo obispo Eustorgio nos lo expliquen mejor, eso digo yo. Porque se ve que ellos sabían de esas cosas. Y nosotros se ve que no.





martes, 28 de abril de 2015

Bárbara Argentina (II)




Una nación no puede ser mandada al convento, eso parece claro.

Pero debería, a veces. Y que el convento sea el símbolo de lo que mejor les guste.

Bárbara Blomberg tuvo esa suerte. Y tuvo la suerte de que su hijo bastardo fuera tan atento como buena persona. Y corajudo, cómo no.

Buen corazón, cojones y cabeza. Eso hace falta para mandar a la madre que lo parió al convento cuando la buena doña no se cansa de loquear y dilapidar su alma.

Pero una nación no puede ser mandada al convento, así como así, a enderezar sus frivolidades, la superficialidad de su estado, el descuido de su rango, que no tiene por qué ser rango de sangre, sino rango de destino, más que nada.

Después de todo, a Bárbara Blomberg le tocó en suerte ser la madre de un gran hombre. Y sin eso sería apenas Bárbara Blomberg, a secas y secamente. Pero Bárbara Blomberg se olvidó de que ella también era la madre patria de su hijo y se hizo la distraída una punta de años. También ella, como una patria, es el alma mater, la nodriza que alimenta. Pero, por frívola y tarambana, Bárbara Blomberg casi se gasta el alma de madre que da de comer a los hijos. Y así lo hace una nación cuando es frívola y tarambana. Y así, cuando una nación es frívola y tarambana, hace de sus hijos unos bastardos.

Pero se ve que Don Juan, por bastardo que haya sido, no era hijo nada más que de la rumbosa Bárbara. Y se ve que ella no era nada más que la rumbosa Bárbara, porque algo de ella y a pesar de ella tuvo de ella Don Juan, que no era hijo nada más que de su padre.

Como haya sido, con el gesto caritativo del hijo, en 20 años, parece, la buena señora se rehizo y se deshizo y se volvió una respetable señora comarcana, sin estridencias, a la que los franciscanos que la recibieron en su tumba recoleta en un rincón cántabro la aprecian creo todavía hoy, sinceramente.

Pero si se deshizo fue sacándose a lonjas la piel superficial, la frivolidad de su traza y de su paso por el mundo. Y lo hizo en un silencio limpio que es la inicial medida terapéutica de toda frivolidad. Nada como callar para aspirar siquiera a una módica grandeza. Nada como preferir callar cuando el hablar es vano: así es posible decir alguna cosa que valga la pena.

Con toda razón dice Chesterton que la persona frívola es aquella incapaz de apreciar en su totalidad el peso y el valor de la nada.

*   *   *

La Argentina mía, la nuestra, es en tantos sentidos una Bárbara Blomberg. Está signada por la frivolidad y la liviandad, es hija y madre de ruidos huecos, es una oquedad de barullos, como en un mercado de baratijas, un bazar con aromas de fritangas y trapisondas y vocingleríos de ideas estúpidas dichas con la pomposidad de un cortesano amariconado y empolvado o con la insolencia de un compadrito.

Y la Argentina nuestra, mía, está emparentada con cierta bastardía, España mediante. Porque la Argentina no es la hija mayor de España en América. Ni la segunda, ni la tercera. Y hasta diré que Buenos Aires es más bastarda -en un sentido amplio y metafórico- que las demás ciudades argentinas al norte de la pampa.

Como se ve en Don Juan de Austria, se puede ser un bastardo inmenso y glorioso, hijo de otras inmensidades de hombres. Con lo que, ser bastardo, no significa ser necesariamente un hideputa, castizamente dicho. De modo que nada de excusarse en la pobreza legal del origen para justificar la pusilanimidad, nada de mirar el origen ramplón para justificar a un mercachifle tirifilo y farabute.

De México abajo, pasando por buena parte del Caribe y recorriendo la espina de los Andes, el Perú y Bolivia además, llegando al Tucumán y a Córdoba, cualquiera ha sido más que Buenos Aires por origen e historia. No lo serán hoy y eso será por esto y aquello. Pero lo fueron para España, allá lejos. Cosa que le pesa a Buenos Aires y siempre le pesó y es así que creo que, entre otras razones, por eso mismo Buenos Aires, y lo que ella ha representado desde hace mucho, se vengó dándole a la Argentina el tono de una madama guaranga con el ropaje frívolo que la ha vestido desde hace más de 200 años. Y que la viste hoy.

Claro que hay hombres grandes en estas llanuras nuestras. Claro que en medio de tanto pelafustán y perverso, en medio de tanto pisaverde y hueco, hay héroes y santos. Y hay muchas buenas personas, ellas mismas hijas de esa misma madre frívola y logrera, dilapidadora y superficial.

¿O acaso aquella riente y dicharachera Bárbara no hizo ella misma en sus entrañas al mismo Don Juan? ¿Acaso no sabemos de ella porque él existe? ¿Habría tenido nombre propio el revolcón de Ratisbona de Don Carlos emperador y cincuentón fogoso sin Juan de Lepanto? Claro que no.

Bárbara entra en la historia no porque haya tenido amoríos de adolescente casi con el dueño del mundo a mediados del siglo XVI.

Bárbara Blomberg entra a la historia del mismo modo que entró al convento: de la mano de su hijo, no de su amante.

Y casi diría que entró definitivamente en la historia cuando su hijo la ocultó del mundo. Allí se hizo notable. Y noble.

*   *   *

La Argentina mía, nosotros, somos una Bárbara Blomberg. Una locuela cuarentona, viuda de un buen hombre si acaso, y amante de un gran hombre (sea esto símbolo de lo que más les guste...)

Y así es nuestra Bárbara Argentina: con unos cuantos reales en la bolsa para gastar en mesas de naipes o en burdeles, o en salones elegantes de nada de nada, vistiendo con una gracia vacía e indolente el salón de baile de cualquier rey falso.

Olvidados de haber parido siquiera un hijo grande, inmenso (sea esto el símbolo de lo que mejor les guste...), allí andamos, borrachos por las calles del tiempo, sin saber de cierto si estamos volviendo de una juerga o yendo a otra, a la hora en que la luz no sabe si es de día o de noche.

Y allí vamos, por las calles de la historia, abrazados a petimetres y truhanes, vendiendo nuestra vapuleada dignidad por unos maravedíes de fuegos artificiales y mundanos, brindando con obligados licores amargos, cómplices de cualquier contrabando, tramoyeros, bagayeando cualquier mercancía, luciendo sobre el cuerpo fláccido y trajinado de calavereadas los trapos deslucidos de ideas grandes, meneando las carnes prostituidas para sacarle una leche agria a una teta cansada de alimentar cafishos, endulzados los oídos estragados por palabras de nada de nada que adormecen como una hipnosis, gritando canciones obscenas y a risotadas babeantes. Apoltronados en cálculos miserables, paladeando glorias de boudoir, carcajeando triunfos abyectos.

*   *   *

¡Carajo!


¡No tener un Don Juan de Austria!

¡No tener un bastardo noble y alto que de una gentil manera y de una buena y santa y honrosa vez nos meta sin alardes en un convento (sea el convento símbolo de lo que mejor les guste...) y nos haga callar la boca y así nos saque de madama ojerosa y nos vuelva una buena madre!






sábado, 25 de abril de 2015

Bárbara Argentina




En la página 237 de Dulcinea y otros poemas (hecho en Madrid por las Ediciones Cultura Hispánica, en 1965), Braulio Anzoátegui incluye este poema.

Llanto de Bárbara de Blomberg por la muerte de Juan de Austria, su hijo

Las gaviotas
iban tirando navajazos alrededor de tus galeras.
Una hecatombe de gargantas rotas
promediaba de púrpura y de sangre las líquidas praderas.

Y en medio tú, alférez y almirante,
paje hasta ayer y dueño ya del día,
con la camisa abierta y un pie adelante,
como sonriendo contigo mismo de tu bastardía.

¡Ay mi niño perdido!
¡Ay mi niño!

En medio tú. Y los altos arcángeles decorándote un cielo
levantado de garzas.
Tú entre olas y alas. Y en tu corazón doncel la gracia y el anhelo
de ser como un pañuelo en despedida entre un incendio de zarzas.

Perceval te vertía en el oído
Dios sabe qué mensaje
de rondas infantiles. Y en el fragor de la batalla resplandecías como un niño perdido,
almirante de hoy, hasta ayer paje.

¡Ay mi niño perdido!
¡Ay mi niño!


Es una gentileza de Anzoátegui, creo, titular a la Madama Bárbara como de Blomberg, porque en rigor no era de, por burguesa.

Pero si es una gentileza, es una gentileza pareja a la de su hijo de ella, mi querido Don Juan, que tuvo varias, por más que hoy sus cuidados y atenciones a su madre resabian algo ásperos al paladar nuestro, pero eso por culpa nuestra y no de Don Juan, lo bien que hizo.


Vayamos al principio.

El dizque algo triste y cuitado por entonces Carlos emperador, andaba por Ratisbona en asuntos del imperio. Había enviudado de Doña Isabel de Portugal en 1539, que murió precisamente cuando paría a un niño que se llamó Juan y no sobrevivió a su nacimiento.

Un año antes, en 1538, había muerto apenas con un año de vida otro hijo suyo legítimo también llamado Juan de Austria; en 1535, había nacido a su vez una Juana de Austria que alcanzó a vivir hasta los 33 años.

También entre los hijos extramatrimoniales -de los varios que tuvo- hay una Juana de Austria, nacida en 1522 de madre innominada para la historia, por ahora.

Finalmente, claro, ya viudo de la bella Isabel, apareció en aquella estadía en Alemania que dije la jovencita pispireta de 19 años, dicharachera, bonita, cantante y riente, que tuvo sus amoríos con Carlos en 1546 y parió al insigne Don Juan al año siguiente, el último de los hijos de Carlos, que se sepa, así como su hermanastro Felipe había sido, que se sepa, el primero.

La historia de Jeromín ya está dicha y escrita. Y de cómo de bastardo secreto para algunos e ignoto para casi todos pasó Don Juan a insigne modelo -quizás hasta del mismísimo Quijano el bueno de La Mancha-, eso es asunto también conocido.

Menos sabido o menos recordado es el caso gentil que mentaba antes.

Bárbara casó en 1550 con quien era custodio del niño Juan y vivió en Bruselas. Le dio un hijo por descendencia y enviudó de él pasados unos 20 años. Y es así que el tal Jeronymus le prestó nombre al hijo de Bárbara y Carlos, hay que decirlo, así como en los primeros años de algún modo veló su origen. Juan vivió más bien lejos de su madre natural y fue criado en España por quienes Carlos dispuso a su mejor entender. De su niño algunas noticias Bárbara tenía porque, entre otras cosas, en atención a sus amoríos reales tenía algún lugar en alguna corte subsidiaria.

Poco antes de Lepanto, viuda ya, la bonita Bárbara, con algo más de 40 años, se zambulló por completo en una vida agitada que con el tiempo fue más que comidilla, escándalo.

Para entonces, Juan ya había sido reconocido como hijo del emperador y hacía de las suyas, que eran mejores que las de su madre, hasta llegar a ser el Almirante y la insignia mayor de aquella armada que vapuleó al turco en las costas orientales del Mediterráneo en 1571. Poco después, y hasta su muerte en 1578, penó en una tarea de gobierno que no era lo suyo, aunque también allí hizo de alguna manera de las suyas. Y lo bien que hizo, digo yo.

Pero antes de morir, el estruendo de los escándalos de su madre se le hizo a Juan ensordecedor.

¿Y qué hizo Don Juan?

La mandó buscar y (aunque con algún subterfugio) la metió en un convento, gentilmente.

Eso fue en 1577. Pero, todavía  joven él, Don Juan murió al poco tiempo y Bárbara pasó del convento de Valladolid a una vida laica aunque bastante recoleta y pacífica, hasta que partió de este mundo unos 20 años después, en la cántabra Ambrosero, de Bárcena de Cicero, villa que hoy por hoy no tiene más que 200 habitantes, y eso si acaso, y según dicen.


Una real gentileza he dicho y eso creo que fue, ciertamente.



Visto lo cual, y por una vía que no me pregunten cuál es, me pareció que el asunto bien podría aplicarse a mi Argentina y dirán algunos que caprichosa o incomprensiblemente.



Pero eso lo dejo para la próxima.







domingo, 12 de abril de 2015

Spleen de abril


Todo el aire de abril se ha deleitado
y saborea el sol que Otoño deja
en las hojas, los ojos y la reja
de la ventana en la que está acodado.
La luz, el viento, el cielo desusado,
un cítrico esplendor que el sol espeja
y rueda por la calle despareja
mientras un silbo se oye perfumado.
En ráfagas de tiempo, ya el futuro
nostálgico de todo lo que ha sido
labra la piedra gris de su mañana.
Apenas un gorrión descolorido
pone a su paso un resplandor oscuro
y a tono con su ceño y su ventana.




martes, 7 de abril de 2015

¿Por qué Galilea?




Un joven chileno que estudió con los Maristas en Rancagua, se recibió en la Católica del Maule y trabaja por estos días en la Católica de Chile, y que tiene bastante actividad en la iglesia chilena, publicó hace dos años estas líneas sobre la Galilea que se menciona en los evangelios tras la Resurrección, precisamente en el encuentro de Jesús con las mujeres que -aparte de los ángeles- fueron las primeras en verlo resucitado.

El título que el joven de marras desarrolla es largo: “Vayan a Galilea, allí me verán”. La situación de Galilea como lugar teológico de encuentro con el Cristo resucitado. El artículo tampoco se me hizo corto.

El episodio al que se refiere está en san Mateo específicamente, y la expresión que comenta está en el versículo 10 del capítulo 28. Pero es parte de un pasaje más largo que incluye el encuentro de las mujeres con el Ángel que les anuncia la Resurrección y les da la misma comanda de avisarle a los discípulos que el Señor se encontrará con ellos en Galilea. Otros evangelistas hacen menciones similares de estas primeras horas después de la Resurrección de Cristo.

Encontré el artículo que dejo más arriba en un lugar protestante que se explica a sí mismo diciendo:
Lupa Protestante, fundada en el año 2005, es una revista de teología, opinión y cultura desde una óptica cristiano-progresista, evangelizadora, crítica, ecuménica, inclusiva y en diálogo con la sociedad contemporánea y las tradiciones religiosas no cristianas. Es publicada por la Asociación Ateneo Teológico.

Los que quieran, pueden leer la nota. Deberían, digo yo.

En cuanto a un servidor, la volverá a leer y después hablamos.

Pero cabe decir antes que san Agustín, en su comentario a este pasaje recogido por la Catena Aurea, dijo:
El Señor no había de darse a conocer en el lugar en donde se había dejado ver por vez primera, sino en Galilea (en donde fue visto después) y donde mandó que podía ser visto, tanto por medio del ángel, como por sí mismo. Esto es un misterio cuya comprensión todo fiel debe buscar. 
Más específicamente, san Agustín se ocupa del asunto en varios puntos (79 al 86) del capítulo 25 del Libro III de su obra De consensu evangelistarum, una especie de concordia evangélica en donde el obispo de Hipona busca resolver las diferentes formas en que los evangelios presentan episodios iguales (para quienes prefieran evitar el latín, pueden leerlo en italiano).

También eso mismo convendría ver con cuidado pues, entre otras cosas, esa vista en Galilea de la que hablan tanto el Ángel de la Resurrección como Cristo mismo -a María Magdalena, por ejemplo-, no es la primera sino recién la octava vez que Cristo se aparece resucitado, en la cuenta que allí enumera san Agustín. Varias veces estuvo resucitado en Jerusalén, o cerca, o en Emaus, antes que en la Galilea que dijo. Y por eso mismo dice san Agustín que hay que ocuparse con calma y cuidado del asunto, porque hay un significado importante en esa Galilea que dijo ser la primera y no fue.

Por cierto, lo que importa es Galilea y no el joven chileno, que está puesto ahora simplemente como un modo de ver las cosas de arriba aquí abajo que, dicho sea también, no es exclusivo ni de protestantes, ni de ópticas cristiano-progresistas, evangelizadoras, críticas, ecuménicas, inclusivas y en diálogo con la sociedad contemporánea y las tradiciones religiosas no cristianas...

Porque ciertamente, cumpa, hay más inmanentismos que los que sueñan tus lecturas...

Sobre todo entre los católicos, cuando parece que hablan de las cosas de arriba y solamente hablan del patio de su casa.  






viernes, 3 de abril de 2015

Llorar sin llorar




El llamado protoapocalipsis o sermón parusíaco en el que Jesús profetiza lo por venir en dos tiempos (la destrucción de Jerusalén y el fin de los tiempos) lo tienen san Mateo en el capítulo 24 (algo hay en el 10), san Marcos en el 13 y san Lucas en el 21. Ocurrió junto al anuncio de su Pasión y Muerte, el martes santo, dos días después de su entrada triunfal en Jerusalén.

Pero sucintamente la cuestión aparece de nuevo en el camino al Gólgota, cuando se detiene ante las mujeres que lloran y a las que les advierte que no es por Él por quien deben llorar sino por ellas mismas y sus hijos, y esto por los tiempos que vendrán, lo que también se entiende en dos tiempos. Este asunto está sólo en san Lucas (23, 26-32) y allí dice de Él mismo y de ellas (ellas que, bien mirado, somos nosotros también y son también los que estén al final de los tiempos): Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará? (Lc. 23, 31)

En la Catena Aurea, Teofilacto comenta la reprimenda y advertencia de Jesús a las mujeres y dice: El que ha de padecer para triunfar, no debe ser llorado, sino más bien aplaudido. Por esto les prohibe que lloren.

Y lo que les prohibe a ellas, nos lo prohibe a nosotros, digo yo. Porque tantas veces lloramos por Él como si Él hubiera perdido, con la excusa de que lloramos por nosotros si creemos que vamos perdiendo. Y a veces más y hasta peor: como si nosotros hubiéramos perdido porque Él perdió.

Esas ganas de ganar nosotros que parece que hay cuando se olvida que Él ganó y nosotros con Él...

¿Quién nos habrá enseñado tan mal el Catecismo como si fuera el reglamento del T.E.G., para que andemos llorisqueando y moqueando, olvidando y apartando con el dorso de la mano temblequeante no sólo Su victoria sino el sentido de la historia de la que Él es Señor, además?




Por su parte, el Crisóstomo comenta el pasaje de san Lucas (23, 33: Y cuando llegaron al lugar que se llama de la Calavera, le crucificaron allí; y a los ladrones, uno a la diestra y otro a la siniestra), y dice:
El Salvador había venido, no a destruir su propia muerte, la que no tenía, porque era la Vida, sino la de los hombres. Por esto no se reservó su cuerpo de la muerte, sino que permitió que le fuese impuesta por los hombres. Y si hubiese enfermado su cuerpo, y se hubiese disuelto en presencia de todos, no habría dejado de producir mal efecto, puesto que mientras había curado las enfermedades de los demás, tenía su cuerpo sometido a las mismas. Y si hubiese abandonado el cuerpo en alguna ocasión, sin enfermedad alguna, y después se hubiese vuelto a presentar, no se habría creído que hubiera resucitado: la muerte debe preceder a la resurrección. ¿Cómo habría podido hacer creer en su resurrección, si no hubiese probado antes que había muerto? Y si todo esto hubiera sucedido en secreto, ¿cuántas mentiras no habrían inventado los hombres incrédulos? ¿Cómo podría conocerse la victoria del Salvador en su muerte, si no la hubiese sufrido en presencia de todos, y hubiese probado que la había vencido por la incorruptibilidad de su carne? De este modo se dirá: hubiera sido conveniente que hubiese elegido otra muerte mejor, evitando así la ignominia de la cruz, pero aun cuando así lo hubiera hecho, habría dado lugar a la sospecha, haciendo ver que carecía del valor suficiente para arrostrar cualquier muerte. De este modo se presenta como luchador, venciendo a aquel que su enemigo le ofrece, apareciendo más fuerte que todos. Por ello aceptó, para salvación de todos, la muerte más ignominiosa que sus enemigos le ofrecieron, y que ellos mismos consideraban como dura e infame, para que destruida ésta, quedase destruido en absoluto el dominio de la muerte. Por esto no se le corta la cabeza como al Bautista, ni fue descuartizado como Isaías, porque debía conservar el cuerpo íntegro después de su muerte, no fuera que algunos tomasen ocasión de ello para dividir su Iglesia. Quiso llevar también sobre sí la maldición en que nosotros habíamos incurrido pecando, recibiendo una muerte maldita, como lo es la de cruz, según aquellas palabras: (Dt 21) "Maldito el hombre que pende de un madero". Muere en una cruz, y con los brazos abiertos, para atraer hacia sí, con una mano, al pueblo antiguo, y con la otra, al pueblo gentil, uniéndolos entre sí y consigo mismo. Muriendo en lo alto de una cruz, purifica la atmósfera de los demonios que la inundan, facilitándonos así la subida al cielo.


Y aquí ya no puedo ni debo decir más.







jueves, 2 de abril de 2015

Iluminados por los chicos



“Un verdadero maestro de las artes marciales vence a otras fuerzas enemigas sin batalla, conquista otras ciudades sin asediarlas y destruye a otros ejércitos sin emplear mucho tiempo.”

“La victoria completa se produce cuando el ejército no lucha, la ciudad no es asediada, la destrucción no se prolonga durante mucho tiempo, y en cada caso el enemigo es vencido por el empleo de la estrategia.”

“Los expertos son capaces de vencer al enemigo creando una percepción favorable en ellos, para así obtener la victoria sin necesidad de ejercer su fuerza.”

Estas tres frases pertenecen a Sun Tzu, el estratega y pensador chino de hace más de dos milenios y medio. Resumen la estrategia de un maestro de combates para lograr la derrota de un pueblo entero, con sus ejércitos y todo, sin tirar un sólo tiro: vaciándolo de todo lo que importa, de todo lo grande y noble, y especialmente de la voluntad de combatir por lo que tiene que combatir, aunque tenga que combatir sin armas.

Y las recordé inmediatamente esta mañana cuando recibí, quién sabe por cuál artilugio del éter, un correo masivo de Mauricio Macri que se creyó en la obligación de firmar hoy una notita titulada Ellos no sabían, referida a los soldados que combatieron en la guerra por las Islas Malvinas en 1982.

Firmar digo y no escribir, porque diría que no la escribió él.

Quien lo hizo, andá a saber quién fue, bien podría haber sido el mismo que escribió el guión de Los chicos de la guerra (Bebe Kamín, 1984) o Iluminados por el fuego (Tristán Bauer, 2005).

¿Pero cómo Macri va a firmar semejante hijoputez? ¿Es progre ahora? ¿No quedamos en que es la derecha?

No diga pavadas, muchacho.

Lea Sun Tzu y no diga más pavadas.


Acá está la notita de Macri.
Ellos no sabían

Mientras se preparaban para partir a las islas, ellos no sabían que aquel día en sus casas era el último. No sabían que nunca más se levantarían de esa cama. No tenían ni idea que cada puerta que cerraban, cada cosa que movían, cada cuarto que dejaban atrás, lo hacían para siempre. Nadie les avisó que al despedirse, los besos y abrazos que les dieron a sus madres, a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos, a sus esposas, a sus hijos, serían los definitivos.

Cada 2 de abril -especialmente cada 2 de abril entre todos los días del año- ellos son un recuerdo doloroso. Son una foto en un portaretrato, una prenda que quedó en el ropero, un banderín de un club que pierde el color colgado en la pared, una anécdota evocada con cariño, una última carta. Otras familias tienen a sus hijos con ellos, volvieron heridos, o volvieron sanos, aunque también están heridos. Porque todos ellos fueron heridos en las islas, todas sus familias fueron lastimadas. Nadie salió ileso.

Hace 33 años, la insensatez hizo que el agua del océano y la tierra fría se llevaran a 649 hombres. No son hombres cualquiera, tienen los honores que la historia sólo le entrega a los héroes. Desde entonces la Bandera es un poco más de ellos que de todos nosotros.

Esas islas en el Atlántico, de manera inexorable y en paz serán nuestras. Aunque ellos jamás volverán.

Por eso, silencio y respeto para recordarlos.

Mauricio.

Las películas que dije arriba, si no las vio, déjelas pasar. La ventaja que tiene la notita es que dice lo mismo pero bastante más breve. Iluminados dura 100 minutos y Los chicos, 99.

¿Ve? ¿Pa' qué, si en menos de 2 minutos tiene lo mismo?


¿Pero entonces Mauricio Macri y Hebe de Bonafini son la misma cosa? ¿Y Scioli es lo mismo que Pitrola? ¿Y Massa es lo mismo que el Cuervo Larroque? ¿Y Clarín y La nación lo mismo que Pagina/12? ¿Y...?


Ay, ternura de chambón...


Claro que sí, pelandrún: ¡bienvenido a la fiesta!







martes, 31 de marzo de 2015

En un feca


Queda bien hacerse el inteligente diciendo cosas como que el demoníaco Baudelaire era más cristiano que muchos catolicones de su tiempo (y de antes o después), que Nietzsche era un hombre en el estadio religioso o que Kierkegaard y santo Tomás eran hermanos de leche.

Esas mismas cosas las han dicho gentes que fueron ciertamente sabios y de veras inteligentes. Y no han hablado mal, a mi sabor, y creo además que han fundado con donaire sus proposiciones ríspidas.

El problema son los repetidores, ¿sabe, cumpa? Los por-boca-ganso. Hay que rajarles, mi cuate: de habitual, hablan lo que no saben y, lo que es pior: saben que no saben de qué están hablando.

Y hay que vigilarse, compañero. Llamarse al orden. Disciplinarse un poco. Hay tanta palabra suelta. Y tanto oído sediento, tanto caletre baldío y tanto okupa de mentes y corazones ajenos.

Así que: ¡guarda con el tráfico ilegal de palabras! ¡Guay del bagalleo de ideas!

Muchos no tienen ni para un feca y piden licores de lo mejor como si los fueran a pagar. Y nones: eso no se hace, eso está muy mal.


En fin.


Y ya que dije feca, le propongo un entretenimiento, si es gustoso. De paso, probamos como nos anda la sesera.

Veamos: ahora vaya y oigase primero este tanguito cantado inigualablemente por Edmundo Rivero. Después, oigalo otra vez. Si no es de esta pampa, traduzca lo mejor que pueda el lunfardo a saber.

Una vez hecho, fíjese si con la letra del tango puede escribir un ensayito, algo breve y no muy complicado, aprovechando simbólicamente la mayor cantidad posible de elementos.

Composición tema: Aproximación escatológica al estado actual de la Iglesia Católica, el occidente cristiano, el mundo bajo la luna en general y la Argentina en particular, según la hermenéutica simbólica del tango En un feca  

(Dicen que es de 1924, más o menos, y de autores anónimos en letra y música. Antonio Rodríguez Villar apunta la curiosidad lírica de que se escribió en décimas, lo que no deja de ser un alarde algo exquisito...)

Por las dudas, y si quiere un disparador (¡aghhh, la palabrota...!), aquí le dejo uno que capaz le sirva como punta del ovillo: "Nadie quiere el estandarte, si es lunga la procesión..."






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Léxico básico

A lo políglotas no hay que recordarles que estandarte procede, etimológicamente, de mantente firme (stand hard!) y que lunga es préstamo itálico al lunfardo rioplatense y que significa, claro, larga.

Feca, si vamos al caso, es café.