viernes, 29 de mayo de 2026

Telar


Había dicho al principio que el tapiz le iba a llevar mucho tiempo.

No era un tapiz corriente, no recuerdo haber visto uno igual. Tramas de hilos de colores variados pero apagados que terminaban formando, cuando lo vi, un tejido que se hubiera dicho a la primera mirada que era monocromo. Y sin embargo, mirando con atención, se veía la policromía. Pero había que estar muy cerca del tejido para notarla. Pese al aspecto algo rústico, el tapiz resultaba extrañamente lujoso.

Las veces que pasé por el taller –tejiendo siempre estaba– no pude distraerme con otras piezas que había colgado en las maderas del techo o en las que estaban incrustadas en el adobe de las paredes. El tapiz era el rey del taller, era el centro inocultable y atractivo.

Pensé siempre que lo sabía y que sentía no orgullo sino complacencia por los resultados de su obra.

Siempre fue así. Hasta hace unos días. 

Era una mañana fría, en el medio del taller, sobre un brasero singular de terracota gruesa, obra de sus manos también (siempre lo codicié con admiración), bullía una pava enorme, verde oscuro. En el rincón habitual, el telar, como abandonado. Al menos, ocioso, tal vez reposando. Pensé que el tejido había sido terminado y que estaría en la casa. Me asomé desde el alero del taller, mirando en varias direcciones, para ver si andaba por allí. No aparecía. La casa estaba cerrada.

Fue la curiosidad de la escena lo que me retuvo. Debería haberme ido y lo pensé, pero fui quedándome. Recorrí el taller para ver si el tejido estaba doblado en la pila de los ya terminados. No estaba. Removí, finalmente, la pava y la puse sobre los ladrillos del suelo. Volví al alero y fumé un cigarrillo que no terminé, porque llegaba por el camino que venía de la quinta, con un morral que cargaba al hombro con unos pocos limones adentro.

Abrí los brazos interrogando. Me miró sonriendo porque adivinó la pregunta.

¿Qué pasó?, dije mientras entrábamos juntos al taller. No preguntó de qué hablaba.

Destejí, dijo sin inflexiones en la voz grave.

Pero si estaba tan adelantado y era tan impresionante, reproché suavemente.

Por eso mismo, y me miró como si tuviera que entender el laconismo críptico.

Se hizo un silencio.

Pasa que no era eso, ni era necesario ya. Ya no soy ese tejido y lo seguía tejiendo quién sabe por qué. Hasta que me di cuenta y lo destejí. Me llevó casi toda la noche...

Me vio con el ceño fruncido y la boca entreabierta y sonrió.

Fui a buscar unos limones para hacerme un té con miel. ¿Querés que te prepare uno?

Desde ese día estoy pensando en lo que dijo tan parcamente y casi con alegría. Y pienso si no debería destejer yo también algún tejido que "ya no soy yo", como dijo. Si debería dejar reposando el telar. Tal vez.