sábado, 2 de mayo de 2026

Prisión


Vive en la mitad de la cuadra. Edad indefinida pero grande ya, medianamente arreglada y compuesta, lo más notable es su soledad. 

Cuando me mudé a este pueblo, ella fue mi primera impresión por su aparición algunos días en el jardincito que anticipa la casa. Una especie de escoba en mano y un movimiento a la vez mecánico y agitado. En general desde la mañana hasta el atardecer, recorre rincones del espacio y los barre con mayor concentración cuanto más pequeños o apartados son. Apenas desaparece una hora o un poco más, tal vez para comer algo, pienso. Y vuelve a su escrutinio pulcro de rincones. 

Por discreción y porque soy nuevo en el lugar, no quise averiguar quién era. Pero no hizo falta quedar mal. Primero el almacenero de la avenida, después una vecina que hace pan casero y lo vende por la cuadra y así unos y otras. Todos en algún momento de un cruce circunstancial se quedaban hablando y preguntando por el forastero –un servidor–: ¿de dónde viene? ¿qué hace por acá? ¿vino solo?, y así cada uno, con esa curiosa sutileza paisana que indaga sin atropellar.

Como es también costumbre, en medio del interrogatorio van noticias personales, historias pueblerinas, asuntos del campo. Y siempre, alguna referencia a la mujer de la escoba, como la llamaba.

Así supe que el marido la había abandonado hacía muchos años ella joven todavía, y que se quedó en la casa con un par de hijos. Crecieron en pocos años los gurises y se fueron, no de la casa sino del pueblo, lejos. Ahí empezó, decían, a ponerse rara. La rareza primera fue que apenas si salía de la casa, salvo al jardincito. 

Alguien la vio algunas veces en el almacén de campo que hay a la entrada del pueblo, sobre la ruta, al que casi nadie del pueblo iba porque era más bien para la gente de las chacras, que están del otro lado del camino. Vieron que no compraba cerca y, claro, se preguntaban cómo hacía para comer, porque comer tenía que comer. Y, así, de casualidad se sacaron la duda.

En seguida me hice a esa costumbre de salir a tomar mate a la vereda, con un banquito. Siempre me gustó y siempre quise hacerlo. Es la ventana a lo que pasa, es la invitación a dar y recibir noticias de lo que pasa y de lo que nos pasa. 

Y allí estaba ese día, la calle particularmente vacía, pese al lindo sol de otoño sin viento. Apoyé los arreos del mate en el pilarcito y acomodé el banquito mirando a la casa, justo al lado del fresno que crecía frente a la entrada, en la vereda.

Desde allí primero alcancé a ver su cabeza, algunos pelos de su cabeza (hay un cerco que apenas deja ver eso), moviéndose en el jardincito. En seguida, empecé a oír el ritmo y el rasguido de la escoba, que se oía al mismo tiempo en que veía la cabeza moverse de aquí para allá, urgando rincones.

"Sí, pensé con cierta compasión, esa no es su casa, es su prisión..."