jueves, 28 de mayo de 2026

Solveig


Nos reunimos a leer. La novela permite pasar bastante tiempo juntos y es lo que hicimos durante casi un mes. Las horas de las que disponíamos nos dejaban avanzar sin apuro. Las únicas demoras eran algunas explicaciones sobre lo que había detrás de algún signo, de cada personaje enmascarado o de las situaciones más crípticas. Oía con curiosidad y parecía que le preocupaba más que yo supiera esas cosas que la trama misma de la obra. Por lo menos así fue hasta cerca de la mitad del volumen que le pareció al principio inmenso e inabarcable.

Pero pronto su perspicacia natural pudo hilvanar, entrecruzar líneas del relato y hasta proyectarlas. Entendió el sistema.

No es una novela policial, pero parece, ¿no?, dijo sosteniendo y sacudiendo el mamotreto en su turno de lectura, como si fuera un abogado vapuleando en sus manos un prueba ante el jurado. Sí, había entendido el sistema.

Cuando entraba en un laberinto, a cada oración o breve párrafo, levantaba la vista y me miraba casi suplicante, interrogándome con los ojos. Después de algún comentario de mi parte, sonreía con satisfacción. 

Si me tocaba leer, se extendía en el sillón junto a la chimenea y miraba el fuego con una concentración completa que sólo quebraba, sin preguntar siquiera, sólo mirándome. Así entendía yo que debía volver a leer algo o a explicarlo.

Así estuvimos algunas horas por día durante unas veinte tardes, que a veces se estiraban hasta la hora de comer. Yo cerraba el libro, si era mi turno, y con eso daba la señal de que ya no seguiría leyendo. Un breve silencio, alguna interjección laudatoria o signo de un esfuerzo de comprensión, según el ritmo y la claridad del texto. Entonces me acompañaba hasta la puerta tomando mi mano con sus dos manos.

Cuando la parte restante de las hojas del libro ya mostraban que el final de la novela se acercaba, me pidió que leyera solo. La lectura llevó dos días más y su semblante iba nublándose de cierta lejanía, tal vez tristeza, que duró hasta el final. 

Para la última tarde apenas quedaban unas pocas hojas, de modo que ese día terminamos bastante temprano.

Cerré el libro y me eché hacia atrás en el sillón. Ese día no hubo fuego en la chimenea, no había hecho frío. 

Entonces, después de un silencio que no fue breve, miré su expresión como esperando algún comentario, algún gesto, un dictamen tal vez, aprobación, decepción, sorpresa, cualquier cosa.

Me miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa que no podía descifrar. ¿Tristeza? ¿Ternura? ¿Complicidad?

¿Cómo es?, dijo al final y sin variar el gesto.

No entendí y se notó en mi cara.

¿Cómo es?, repitió, ¿qué se siente leer el Adán Buenosayres con Solveig al lado, mirándote leer y oyéndote hablar de ella?