martes, 26 de mayo de 2026

Futuro antiguo


Me acordé de un programa de radio que se llamaba así, o parecido, que solía oír por la radio estatal hace unos años. Futuro antiguo, pasaba muy buena música durante algo menos de una hora, por las noches.

Pero me acordé no por la música sino por la conversación que habíamos tenido a la tarde. 

Tiene la virtud de narrar el futuro con una nitidez que atrapa, parece pasado o presente, pero ninguno de ambos quieto, inmóvil. Vívido y vivaz, en todo caso. Es algo difícil de hacer con el futuro: dar la impresión de que es algo que está ocurriendo. Y no sé si decir ya está ocurriendo o, mejor, todavía está ocurriendo.

¿Qué nos espera?, dijo de pronto. 

La pregunta salió de la nada y desencadenó un juego literario. La narración no era conjetural, ni utópica, ni puramente "creativa".

Era la visión de un hecho continuado que arrancaba en la pregunta y velozmente se confundía con un tiempo real, con un suceso.

Mezcló con arte nuestra historia pasada y presente con la futura. No era exactamente una respuesta a la pregunta que había formulado, era un ensayo de composición que yo oía cada vez más fascinado. No tanto por los hechos que encontraba para dibujarnos en el futuro, aunque un poco sí. Pero más por la naturalidad con la yo que iba teniendo como recuerdos de algo que tal vez pasaría, porque era futuro y por definición era contingente.

A cada paso tenía ante sí una bifurcación que debía resolver tomando una de las posibles direcciones. Imperceptiblemente para mí, fue modulando las secuelas de cada elección que resultaban naturales en el relato, pero que llevaban una dirección como premeditada. Aseguro que no me di cuenta de eso hasta el final, cuando ya tuvo el tono y el sabor de lo necesario, de lo inamovible.

Como me plegué espontáneamente al juego, no tenía de qué quejarme, aunque sus secuencias suponían decisiones que no siempre eran las que yo hubiera tomado.

Y así va a terminar esto..., dijo abruptamente, cuando yo esperaba nuevas peripecias que disolvió apenas con el gesto de mirarme con una sonrisa que sellaba la fatalidad futura.

Notó mi sorpresa (no quise mostrar una extraña decepción que me asaltó, tal vez por lo abrupto del punto final) y sacudió la cabeza como confirmando lo ineluctable.

No es que el final que proponía el relato me disgustara. Era definitivamente lo abrupto de la resolución lo que me incomodaba. Tenía la tonta sensación de que no había sido consultado, de que no se me había pedido mi intervención de ningún modo. Sentí claramente que eso ya era pasado, que efectivamente había pasado y que yo estaba recibiendo solamente el envión de los hechos, como tantas veces pasa en la vida.

Era, ni más ni menos, el envión de un futuro antiguo que a la vez se hacía presente enarbolando un dictamen viniendo de un pasado que pasaría en el futuro, engarzándose en un collar de eventos misteriosos y a la vez evidentes. Tan inquietantes como casi felices.

Ya era de noche cuando llegué al cruce de caminos, había muchísima niebla en la calle larga bordeada de fresnos que tenía que tomar: árboles fantasmagóricos que apenas dejaban ver la base de sus copas incrustadas en el cielo invisible, cerrando completamente el horizonte final de la calle.

Sonreí. 

Me había llevado –y yo había aceptado ir– al futuro que sentía sólidamente ya pasado.

Había estado en un futuro antiguo.