Sin viento, el agua es un tapiz acerado, de los colores del cielo y de toda cosa que tenga alrededor.
El viento, cuando está, no le da tiempo a las cosas a plasmarse sobre la superficie, en la que no llegan a espejarse. O hace que se atiborre el agua de formas informes.
El viento en el agua parecería que despierta algo dormido y entonces el agua sólo se ocupa de sí misma y desdeña lo que hay a su alrededor.
Pero sin viento, los ojos descansan, se serenan.
Y entonces tenemos con el agua –y con nosotros mismos– una conversación quieta, silenciosa. Sedante y honda.
El mar no puede hacer eso. El lago sí, la laguna también.
El mar tiene una inquietud y una inestabilidad que suelen ser contagiosas.
El lago espera, la laguna también. Saben callar.
El mar, no. Si acaso ofrece ritmo, siquiera el murmullo de la última espuma. Pero le cuesta el silencio.
El lago puede callar cuando uno calla. La laguna se hace mansa y aquieta. Y parece que sólo así la conversación es posible. Con el agua y las cosas. Y con nosotros mismos.
Pienso que tal vez el viento les teme, o al menos que se allana y calla cuando el agua calla y se aquieta.