miércoles, 6 de mayo de 2026

Llegar al roble


Veníamos caminando por los bordes de la laguna. Una tarde mansa y casi azul, el agua se había puesto de un color gris brillante, como de acero. El cielo lleno de bandadas de pájaros y cotorras. Iba mostrándole los montes distintos que habían plantado hace años apenas un poco lejos de las costas, todo alrededor. Era un lindo paisaje, imponente.

Para esta época, el otoño los hacía una fiesta de fuegos artificiales de colores, como suele. 

Enumeraba las variedades: olmos, arces, sauces, casuarinas, cedros, eucaliptos, algunas acacias blancas, fresnos, tilos. Un festival.

"No hay robles, ¿o sí? No veo..."

Y, no: no había ni un montecito de robles siquiera.

"Pero hay uno...", y lo dije como si fuera un secreto del pago. Y no lo era.

Había que apartarse de la laguna, ir hasta el otro lado del pueblo. ¿Habría tiempo? Porque estaba lejos.

Se entusiasmó, no le importó. Y apuró el paso, llevándome como a la rastra.

Vimos un cuadro espléndido en nuestra caminata. Pero el roble valía todo eso y más. ¿Porque era el único? Quién sabe. 

Y entonces disparó decenas de preguntas sobre el roble. Por qué uno sólo. ¿Había habido un robledal y quedó sólo ese? ¿Por qué tan lejos de la laguna y del pueblo? Por supuesto, no pude contestar ninguna.

Rodeamos el pueblo y tomamos el camino real. El árbol estaba en la esquina de un lote. Íbamos hacia el oeste, me imaginé la silueta del enorme roble con el poniente de fondo, como en llamas.

Después de una curva leve, el camino ascendía una loma baja y allí se vería el roble en lo alto, hacia la izquierda, a unos trescientos metros.

Me inquieté y me desorienté. No había ningún árbol donde debería estar el roble. Una semana atrás había ido por ese camino para traer unos fardos y había pasado casi sin mirar por ese lote, pero lo había visto. Empezaba a estar multicolor.

No dije que no lo veía. Iba inquieto.

Cuando llegamos al lugar me miró con extrañeza, se abalanzó hasta el alambrado, lo cruzó y caminó alrededor de un tocón del roble, casi al ras, sorteando unas cuantas ramas apiladas. Volvió a mirarme como acusándome. Eso sentí, al menos.

Y bajé la cabeza, casi con tanta tristeza como vergüenza.

Era un árbol magnífico.