martes, 19 de mayo de 2026

Itinerario


El fuego había tomado fuerza lentamente. Eran una llamas jóvenes, de aroma seco y hondo de maderas nobles.

Sólo era cosa de mirarlo crecer, robustecerse, crepitar cada vez más ronco.

Esa hipnosis de las llamas y las brasas es seductora: mientras la mirada queda fija y quieta en ellas, llevan a la mente y el corazón hacia los rincones del alma, a una memoria agazapada. Al fuego lo dejo jugar esas partidas morosas y tibias; tanto que habitualmente tengo ocasión de elegir, de entre los recuerdos y las ideas, cuál tomará el centro solitario de la escena, a cuál oiré o interrogaré sin apuro y con todas las mesetas y pausas que se presenten en el itinerario.

Tiene que ser al atardecer, cuando ya cae la luz y hay tiempo baldío. El fuego me basta, pocas veces hay la necesidad de tomar algo mientras. La bebida preferida son las memorias de las cosas.

Ayer, por ejemplo, fue un episodio que se coló de repente. Un viaje entre la costa y el llano, un momento del viaje, en realidad. Un alto temprano yendo por caminos "de adentro", para hacer noche en un poblado chico, que conoció glorias mayores y que había quedado quieto en el tiempo. Una especie de comedor campero en una especie de refugio anhelante, un hotelito de paso que también había tenido días prósperos. A la hora de la comida, fuimos llegando. Había una mujer de mediana edad, sola; una pareja de viejos simpáticos y una familia campera, con dos hijas. Y nada más. De ahí me habrá quedado la idea de que el lugar era un refugio anhelante: esperaban gente, viajeros, que era claro que no venían con frecuencia. Pero igual esperaban. Y los que sí llegaban iban, sabiéndolo o no, a un refugio en medio de un páramo.

La atención era familiar y paisana, la comida casera, y sencilla, abundante sin exagerar.

Frente al fuego, el lugar cobraba vida y se animaba vivo ante mis ojos, y me pareció saliendo más de las llamas que de mis recuerdos. 

Vi un paseo por unas calles larguísimas, arboladas con árboles que habían sido plantados probablemente unos cien años atrás. Unas casas abandonadas a la vera de lotes enormes, de pastos altos, con algún animal aprovechando la pastura silvestre y gratuita. Al fondo del poblado, una cantera que parecía una ruina romana, si no fuera por un viejísimo camión volcador abandonado que cerraba la entrada. En sus días, en el centro del poblado hubo una plaza que se resistía a morir y que evidentemente alguien cuidaba hasta donde era posible para que unos bancos de piedra no fueran devorados por la maleza; los pocos caminos supérstites, y que iban hacia un monolito central en la plaza, apenas mantenidos, ya no eran de grava sino de un manto ralo de piedra partida.

El itinerario se desenvolvía nítido y vívido, hasta podía sentir el aire fuerte del viento en la calle de las casuarinas y el sonido de mis borceguíes pisando la arena gruesa que cubría la única avenida, que dividía el poblado en dos, todo a lo largo y que era la entrada desde una ruta.

Pero irrumpió una voz, sorpresivamente. 

Y sentí un disgusto revivido, el que me había causado entonces el timbre y el tono de la voz.

Era apenas un comentario, una pregunta y un comentario, para ser preciso. Aquella mujer sola que había en el salón del comedor, a una mesa de distancia de la mía.

Un timbre indefinido entre grave y agudo, falsamente cortés. Una pregunta sobre el menú con un comentario que quería ser ingenioso, pero era agrio e hiriente.

La expresión sorprendida del joven que servía las mesas, pero lo suficientemente "profesional" como para acusar recibo de la ofensa.

El fuego, de pronto, tomó un color extraño, o eso me pareció. Como a tono con la oscura opacidad del recuerdo inoportuno.

Entonces, ahora incómodo en el sillón, volví a darme cuenta de que no era la primera vez que había estado mi memoria recorriendo aquel itinerario. Y recordé entonces que, cada vez, ese breve episodio en el comedor había herido el itinerario con una saeta envenenada, que no alcanzaba a matar, pero que hería siempre ácida y tristemente.