domingo, 3 de mayo de 2026

Tina


Hay personas que guardan tesoros sin saberlo. Tina es una de esas personas.

Durante años fui anotando mentalmente sus sentencias. Porque no eran frases nada más. Eran sentencias. Con el tiempo las anoté, ahora por escrito. Y no eran sólo sentencias, también había preguntas, como acertijos casi, preguntas "programáticas" (dicen los tirifilos de las academias), pero sobre cosas aparentemente comunes, inmediatas.

Los tesoros de Tina eran sus sentencias, sus preguntas, sus reflexiones sobre cosas tan simples como la poda de los rosales o el punto justo de la mermelada casera, por decir algo. Pero todo tenía o se diría que tenía "segundas", como se suele decir. O me lo parecía. Dicho siempre con un aire que tanto podía ser cachazudo como contemplativo, lo que largaba al ruedo obligaba a seguir caminos que nos alejaban de rosales o mermeladas y nos dirigían hacia lo oportuno en cada tiempo y en cada caso o hacia el justo medio de las virtudes.

Tina no creo que supiera solventar sus invitaciones. Sólo las jalonaba. No era su trabajo ni su finalidad ensayar un argumento. Era experiencia en sintaxis breve y redonda, como un refrán.

Cuando los años empezaron a notarse, se le había dado por detectar y formular los signos de la vejez, cómo nos damos cuenta de que envejecimos, cómo se define la vejez misma. No sé qué se le había dado por ese recuento que suena deprimente, pero retumbaba como una descripción taxonómica de un asunto vivo y hasta vivificante para ella, me parece.

La cruzaba en un pasillo de la casa, me preparaba el desayuno casi al amanecer, me acercaba algo que llegaba por el correo, apilaba las camisas sobre la cama para que yo mismo las guardara. Cualquier ocasión se hizo buena para que agregara una coordenada más. Ya ni siquiera tenían título sus intervenciones, como había sido al principio, las primeras dos o tres veces: "se me ocurrió esto, niño" o "acá hay otra de la vejez, señor", porque para ella en los últimos años era tan niño como señor. Y tal vez, sin saberlo ella, esa era otra nota más de la senectud. 

Algo de eso dijo la tarde anterior a que tuve que llevarla al hospital para internarla. Entraba del jardín hablándome, con un manojo de margaritas y lavandas. De pronto, parecía haber tropezado y haberse golpeado la cabeza en la caída, pero en realidad era un desmayo del que no despertó en los diez días que estuvo internada. 

"Una cosa que tiene la vejez, niño, no es que uno empieza a olvidarse las cosas. Lo que les pasa a los viejos es que se olvidan de que han olvidado...", y esa fue su última sentencia.