lunes, 11 de mayo de 2026

Los ojos


Está una cordialidad protocolar, está otra cordialidad de buena educación, está la cordialidad ficta.

Hasta que sin merecerlo, sin esperarlo, nos sorprende una cordialidad genuina, espontánea. Una delicadeza sin estridencia, un servicio sin abyección. Una atención que nos hace sentir inmensos: inmensamente pequeños.

Algo del alma, no de la sonrisa o el gesto suave.

Y está, más que en cualquier otro lugar, en los ojos. Una mirada firme sin atropello, suave sin debilidad. Atenta sin adulación.

¿De dónde sale?

No lo sé, pero nos detiene, nos silencia, nos hace hablar en voz baja, tenue, pausada, medida y pesada en balanza de oro. Con reverencia, diría.

¿Por qué esa cordialidad nos hace callar y oír con delectación, saboreando el aire de las palabras y el aire de los silencios?

Y al fin, cuando uno se aleja, queda una reminiscencia vaga de la voz, de la modulación de la voz. Y se desvanecen mayormente los rasgos.

No la cordialidad. No los ojos cordiales. Y queda una imagen que no es sensible. 

Es algo del corazón. Algo cordial, claro.