jueves, 21 de mayo de 2026

Amor presente pasado


Me lo contó hace poco. Tomábamos una taza de té en la vieja casa eslovena que está al final del camino, al pie del cerro siempre blanco.

Después de un sorbo lento y pensativo, miró por la ventana y empezó a hablar. El protagonista era un perro, un ovejero que había criado desde su adolescencia.  

Con detalles infinitos, contó desde que llegó a su casa, cómo su padre se lo entregó como quien pasa un legado, sonriendo de satisfacción por su sorpresa feliz. Después, cómo le había elegido un nombre y un lugar, cómo empezó a entrenarlo, cómo lo había alimentado viéndolo crecer con fascinación por el tamaño que iba tomando. Las idas al veterinario que había en la avenida, las vueltas a la casa pasando por la plaza, soltándole la correa para que corriera y potreara, jugando y corriendo entre persecuciones y mimos.

Cuando lo llevaron a la costa, primero. Al año siguiente, al campo. Después siempre a la montaña o a las sierras. La vez que casi se congela y hubo que rescatarlo porque se había alejando de la orilla del lago casi helado, arroparlo en la cabaña al lado del fuego, dormir a su lado una noche hasta verlo recuperado a la mañana. O la vez que se peleó con un mastín vecino y, aunque salió triunfante, quedó herido en una pata que rengueó hasta el final.

Era relativamente joven el animal cuando salieron a andar a caballo una mañana, para ir a pasar el día al lago. El caballo que montaba venía ya intranquilo, nervioso y arisco.

La mirada se le nubló y dejó de hablar unos cuantos segundos. No era una técnica narrativa, era el preludio de un recuerdo triste que enseguida iba a desgranar.

Me miró fijamente con los ojos llorosos, pero sin llorar todavía.

El caballo relinchó, se inquietó, mañereó, corcoveó un par de veces. El perro se impacientó, ladró primero y después se plantó frente al animal ladrando cada vez con más ímpetu, agresivo. Rodeó inmediatamente al caballo una vez, dos veces. Uno a otro, en una sinergia insólita y sin motivo aparente, se iban desafiando. Los gritos no valieron de nada, la espiral de provocaciones mutuas parecía que no iba a terminar. El caballo lo buscaba y bajaba la cabeza y sus orejas, anunciando combate. Más se acendraba el perro.

En un momento, el perro volvió a la retaguardia del caballo y ladró muy cerca de los garrones, probablemente le tiró un mordiscón. Más se encabritó el animal y empezó a patear. Una, dos veces. La tercera patada le dio de lleno y con mucha fuerza a la cabeza del perro y lo hizo volar varios metros.

Se bajó del caballo, corrió al animal caído, el caballo, que no había sido sujetado, pegó la vuelta espantado por los movimientos y galopeó por el sendero hacia la casa, que no estaba lejos, pero tampoco cerca. Su hermano, el otro jinete que iba a su lado, desmontó y cargó al animal sobre la cruz de su monta. Se subieron ambos y corrieron hacia la casa buscando ayuda para el perro que, cuando llegaron, apenas respiraba, sangrando mucho por la boca.

Esa tarde vino el veterinario y dio su dictamen: había que esperar hasta la mañana, si no reaccionaba había que tomar una decisión más drástica. Otra vez se recostó a su lado sobre unos pellones, una manta liviana pero abrigada cubría al pobre animal. Pasó la noche casi sin dormir. Más que el cansancio, la emoción de todo el episodio y la angustia de ver al perro tan mal herido le daban un sueño ligero, intranquilo. Pero, ya a la madrugada, se rindió y se durmió. Apenas una hora, porque se despertó con la conciencia de sus cuidados. 

Y allí, al arroparlo, se dio cuenta de que el perro había muerto.

Lloraba, mirando el cerro siempre blanco por la ventana. No quería mirarme.

Al fin, levantó los ojos que había clavado en la taza de té. Me miró con tristeza. Era un hecho de su juventud, hacía años ya. No entendía por qué el relato la había emocionado tanto.

Pero volvió a mirarme, ahora había más ternura que tristeza en la mirada y en el gesto. Buscó mi mano sobre la mesa, la tomó primero y la acarició después suavemente.

Volvió a mirar la taza de té y sin levantar los ojos, dijo: ¿Dónde estabas? ¿Por qué no estabas? ¿Por qué no estuviste?

En esa época, no nos habíamos conocido todavía. Nos encontramos mucho después.