jueves, 14 de mayo de 2026

Mujer del vestido floreado (otoñal)


Desde que la vi la primera vez, habrán pasado unos tres meses. Ya era otoño. También en ella.

Una falda otoñal de colores otoñales, un saco marrón oscuro de gamuza. Cuando volví a verla, salía de la casa antigua de la esquina, que había creído abandonada. Siempre estaba cerrada, pese a que se mantenía pulcra, y pulcro el jardín que llevaba a una reja de entrada. No había luces exteriores por las noches.  

Estuvo unos minutos en el jardín del frente mirando plantas y flores, salió al fin y tomó rumbo a la avenida. Nos cruzamos en la mitad de la cuadra, me miró y me sonrió. Incliné la cabeza como tengo costumbre, sonrisa para desconocidos, sólo eso.

Pero cuando llegué a la esquina desde la que ella había venido, en un impulso raro volví y la alcancé. Le pregunté si nos conocíamos, como si reparara una desatención descortés. Con otra sonrisa me dijo que sí, que al menos nos habíamos visto hace un tiempo cuando ella llegó al pueblo. Dijo que yo era el que ese día había hecho ademán de entrar al bar y que sólo había saludado a Fermín (lo nombró ya como habitué...).

Elogié su memoria, con vergüenza de niño descubierto. Pensé preguntarle dónde había estado en esos meses, pero me sentí impertinente. Y apenas pocas palabras más. Llegamos a la avenida enseguida y nos separamos con un saludo breve, formal.

Algo había en su semblante, en sus modos, tal vez en su mirada o en la voz, que me paralizaba. Era la única persona que me causaba ese efecto. 

Cuando se lo dije –bastante tiempo después, en plena primavera–, bajó la cabeza, y mirándose las manos, sonrió como si recordara una travesura.