No es necesario prestar mucha atención.
Enseguida nos damos cuenta de si alguien tiene una imaginación completamente peculiar y distinta y lo dicen de un modo sorprendente. Llamamos a esas gentes "originales", pero no es del todo acertado. Tienen, eso sí, un lenguaje distinto que les vendrá de una imaginación de un tipo no común, que supongo que vendrá de una mirada infrecuente y de una síntesis interior diferente a la común.
Enseguida nos damos cuenta de si alguien tiene una imaginación completamente peculiar y distinta y lo dicen de un modo sorprendente. Llamamos a esas gentes "originales", pero no es del todo acertado. Tienen, eso sí, un lenguaje distinto que les vendrá de una imaginación de un tipo no común, que supongo que vendrá de una mirada infrecuente y de una síntesis interior diferente a la común.
Como se quiera, me había acostumbrado enseguida a esos giros como líricos, que podían sonar extravagantes pero que en realidad eran de una penetración intuitiva completamente inédita, dichos sin afectación, naturalmente.
Lo más notable es que era capaz de nombrar como si esos nombres no solamente sonaran por primera vez, sino que podían dar la impresión de ser los nombres verdaderamente propios de aquello que nombraba.
Por eso, no me inquietó ni me sorprendió cuando aquella vez, caminando a oscuras por los lindes del pueblo –la segunda noche de luna nueva–, miró el cielo y sonriendo dijo "hay silencio de luna...".
Algo parecido hizo la primera vez que hablamos: "una conversación es como la flor y su aroma". O en aquella otra salida al campo: "el único menú que importa de un almuerzo es quien nos acompaña".
En esos días, si estaba de buen humor, hablaba como navegando en el aire y no podía detenerme en una expresión feliz porque se acumulaban una tras otra.
Hasta la última, cuando me despedía al pie del tren, en un andén semivacío: "¡qué raro es! la tristeza feliz tiene lágrimas secas".