La alta vida intelectual no es un lujo para una nación (no hablo de colonias y factorías): es una necesidad. El poseer sabios es antes que el poseer máquinas; cosa que sabían nuestros padres, y que vio no solamente Tomás de Aquino y Alfonso X y Rosmini y Newman, sino hasta Enrique VIII, y si me apuran, hasta Eisenhower, rector de una Universidad y ganador de una guerra: "e porque de los homes sabios, los omes e las tierras e los rreynos se aprovechan, e se guardan, e se guían por consejo dellos; porende queremos..." fundar Universidades o "Estudios Generales" –dijo nuestro Rey Alfonso X el Sabio, rey que tenemos bien olvidado. (Las Partidas, partida II, título XXXI, Proemio Ibid. Ley 1a).Pueden hacer todo lo que quieran, y sobre todo hablar mucho, pero estos son hechos, y de ellos no se puede salir. Nación sin alta vida intelectual es nación descabezada, y una gallina con la cabeza cortada puede disparar bastante en todas direcciones y hasta cacarear, para al fin desangrarse y caer.
Al comienzo de su novelita, dice Dorothy Baker describiendo el "tea-party" de los graduados:
Where she was, no one was yawning, no one looked worried, no one edged off. They listened, all of them, and they talked. They used langage to express ideas, their own ideas, and other good ideas. The golden curtains were drawn across the glass wall, the lamps gave light, and civilization was in this room, drinking its tea". (Donde ella estaba, nadie bostezaba, nadie parecía preocupado, nadie se alejaba. Escucharon, todos ellos, y hablaron. Usaron el lenguaje para expresar ideas, sus propias ideas y otras buenas ideas. Las cortinas doradas fueron dibujadas a través de la pared de cristal, las lámparas dieron luz, y la civilización estaba en esta habitación, bebiendo su té".)
He ahí. "Y la civilización estaba en ese aposento, tomando su té". Busquen en Buenos Aires, por todos los rincones, a la civilización tomando su té, a ver si la encuentran. Si anda por aquí, estará escondida con los ermitaños urbanos. Ciertamente no está en Viamonte al 400.
Este fragmento es de Leonardo Castellani –y alude al final a la sede del rectorado de la UBA–; está en Dinámica social, en el número de julio de 1955, en un comentario bibliográfico a la novela Trío, de Dorothy Baker.
Mencioné estos párrafos hace poco en una conferencia al este de Cuyo. Se hablaba sobre san Juan Enrique Newman y la universidad. Y a la vuelta del viaje fue la 4ta. marcha por el financiamiento universitario. La miré de a ratos por las pantallas y pensé en lo que Castellani decía hace 70 años.
La palabra que importa –y que LE importa– es civilización, no té. Y para confirmarlo está la cita de las Partidas de Alfonso el Sabio, más arriba.
Té o mate da igual.
El problema es si verdaderamente en la universidad pública argentina está la civilización.
Creo que, en general, no. Igual que Castellani hace 70 años. Y no es un argumento de autoridad. Es por experiencia personal.
Aquí me detengo unos pocos minutos.
Para quien quiera, puede ver un ejemplo fragmentario tomado al azar de un texto de Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado (ICSE), una de las materias del Ciclo Básico Común (CBC), de la UBA (son apenas unos puntos del capítulo I), de una cátedra al azar:
1.2.1. El orden como organización a escala local y regionalLa “Revolución Agrícola” generó un proceso de concentración de la creciente población en las primeras aldeas y ciudades, algunas de las cuales llegarían a contar con miles y miles de habitantes. La nueva situación implicó un proceso de especialización en las tareas que tendría implicancias en la estratificación social, en los cultos religiosos, en la burocracia civil, y en la distribución del poder militar y político. La invención de distintos sistemas de escritura en varios puntos del planeta —en la Mesopotamia, Egipto, el Cercano Oriente, China o América precolombina, entre otros— acompañó esta evolución del orden a escala local y regional. La capacidad de recoger, transmitir y almacenar información requirió de herramientas flexibles para llevar registros de la producción, el almacenamiento, el pago de tributos y las actividades comerciales. Al disponer por primera vez de excedentes suficientes como para sostener las nuevas estructuras, el orden surgido de estas innovaciones sentaría las bases para el control del territorio circundante y zonas cada vez más alejadas de los núcleos poblacionales. Al quedar atrás la etapa de una economía de reciprocidad y trueque, la concentración demográfica y el aumento de la especialización en el trabajo marcaron el pasaje a una etapa de expansión del comercio que tarde o temprano daría origen a las distintas formas de dinero que conoció la Humanidad. Una economía más compleja ya no podía basarse en el trueque, que solamente podía ser utilizado para una cantidad bastante limitada de productos y servicios. Así, el dinero en sus diversas formas —cacao, sal, tabaco, granos, pieles, moneda— permitió unir a una cantidad de extraños que tenían algo para ofrecer con aquellos que lo necesitaban o deseaban. Para ello, se requería de una “revolución” en la manera de entender las relaciones económicas, comerciales y financieras que fuera compartida por todos, más allá de las diferencias que podían existir entre las comunidades humanas que habían alcanzado cierto grado de organización. Esa nueva forma de pensar fue otro caso de confianza colectiva en un mecanismo imaginado y adoptado progresivamente por personas absolutamente desconocidas entre sí. El paso del tiempo demostraría que fue el medio más efectivo y universal de generación de relaciones de confianza. A medida que muchas personas, y sobre todo autoridades políticas respaldaron la utilización de las diversas formas de dinero en cada época y lugar, garantizando su valor y autenticidad, la tendencia se hizo irreversible. Desde la antigua Anatolia y a través de la expansión de Roma, de las conquistas del islam y de las potencias europeas, las monedas de plata y oro se convirtieron en la mayor realidad imaginada, siendo continuada hasta el presente por otras monedas y formas de pago electrónico aceptadas internacionalmente. Advertíamos anteriormente que la cooperación social a gran escala requería de un “adhesivo” que permitiera llevar adelante las tareas requeridas por una organización que incluyera a personas que no se conocían entre sí, logrando que se sintieran parte de un proyecto común. Las creencias y rituales religiosos cumplieron en ello un papel fundamental, junto a los mecanismos económicos y políticos que se irían consolidando a la par. Los hallazgos arqueológicos de los últimos veinte años demuestran que en épocas tan antiguas como el 10.000 a.C. se destinaron esfuerzos monumentales para la construcción de enormes estructuras de piedra destinadas a reuniones ceremoniales. Estas evidencias nos permiten afirmar que los rasgos culturales de los grupos humanos en transición del nomadismo al sedentarismo eran mucho más complejos que lo que se ha aceptado de manera corriente. Dichos trabajos de construcción implicaban el esfuerzo de cientos y miles de personas, de modo coordinado, mientras otros tantos garantizaban el suministro de alimentos para todos.1.2.2. Orden, mitos y religiónEl trabajo agrícola-ganadero implicó la reducción de movimientos dela población que debía permanecer fijada a los terrenos que requerían de un cuidado continuo, la protección de las cosechas almacenadas y de los productos elaborados a partir de las materias primas obtenidas. Los tiempos se ajustaron al ciclo de la tierra e implicaron una nueva mirada sobre las previsiones necesarias frente a las amenazas de las sequías, las inundaciones o las pestes. No solo los factores climáticos adquirieron una importancia fundamental sino también el ataque de otros grupos dedicados al saqueo y al pillaje. Se tornó imprescindible aumentar las obras de infraestructura que resguardaran el trabajo invertido durante meses en las tareas rurales, así como destinar recursos para la construcción de muros defensivos y la creación de unidades militarizadas. En este punto, las posibilidades de cooperación social requirieron de un orden diferente, que propugnara principios de organización más “universales” que, en parte debían ser impuestos y en parte imaginados como reales, para alcanzar el objetivo de la supervivencia y la proyección en el tiempo. La consolidación de creencias y rituales alrededor de la existencia de un orden más allá de lo humano cobró fuerza a medida que dicha supervivencia dependía del favor de los “dioses” de la naturaleza para que fuesen benignos y retribuyeran la adoración y las ofrendas con las condiciones necesarias para obtener los mejores frutos de la tierra. Los relatos míticos y el panteón se plagaron de historias que sostenían la preexistencia de un orden sobrenatural que imponía normas y obligaciones a cumplir en el mundo terrenal. De alguna manera, se constituyeron en la legitimación de los órdenes sociales y políticos que se fueron instalando en las primeras grandes comunidades agrícolas que dispusieron de los excedentes necesarios para solventar los costos de las nuevas élites religiosas, militares y administrativas. Al comienzo predominaron distintas formas de animismo, pero a medida que la Revolución Agrícola se extendió hasta convertirse en un proceso sin retorno, las nuevas divinidades de la fertilidad, el sol, la lluvia o el rayo adquirieron un papel central. La mayoría de los relatos mitológicos presentaban la relación entre dioses y humanos bajo las formas de un contrato a partir del cual los primeros otorgaban a los segundos el favor de la dominación sobre plantas, animales y demás recursos naturales, exigiendo a cambio obediencia, fidelidad, la realización de rituales de adoración, la construcción de grandes templos y la entrega regular de ofrendas y sacrificios. La expansión del territorio que abarcaban las ciudades-Estado y los primeros reinos otorgaron a una cantidad de dioses un poder superior a los que respondían a pequeños cultos locales o a aquellos relacionados con los distintos clanes. Si bien estos no desaparecieron del todo, los dioses encargados de los grandes asuntos se convirtieron en las típicas deidades predominantes en todos los sistemas politeístas, convertidos en el código religioso común hasta el siglo I d.C., con pocas excepciones. En esta línea, el nuevo orden construido por los humanos se legitimó cada vez más como reflejo del orden sobrehumano correspondiente al mundo de las divinidades, con sus roles, sus jerarquías, sus poderes y sus relaciones. Ese nuevo orden, construido y alimentado a lo largo de siglos, se nutrió de imposiciones que, generalmente, establecieron divisiones bastante rígidas entre una minoría privilegiada y otros grupos definidos como subalternos, según diversos criterios.1.2.3. Violencia y aceptación voluntariaPero este nuevo orden imaginado requería no solamente de coerción y violencia para el cumplimiento de las normas, sino también de una fuerte dosis de aceptación tanto de las clases subalternas como de las élites dirigentes. Debía creerse también en una misión específica y gloriosa a cumplir, en los dioses, el honor, la memoria o la tierra de los ancestros, en síntesis, en una gama de ideas, sentimientos y valores que permitieran el funcionamiento de estructuras claramente desiguales. Una parte muy importante de la producción intelectual desde la Antigüedad hasta la modernidad fue dirigida a presentar el orden humano vigente en cada lugar como el resultado de la acción divina o de las leyes naturales. El papel que cumplieron las religiones como el cristianismo y el islamismo fue fundamental en este sentido al establecer la base ideológica sobre la cual se asentó el orden sociopolítico en una gran parte de Europa, Asia y África, antes de expandirse hacia América y Oceanía. La acción de los gobernantes y las clases privilegiadas se dirigía así mantener el orden social y evitar cambios que pudieran amenazar su solidez.
Esa visión histórica de la formación del orden social, sin disimulo, califica y reinterpreta hechos históricos y realidades naturales y sobrenaturales y lo hace con categorías historicistas y materialistas que desfiguran la naturaleza humana y su finalidad, así como sus realizaciones sociales a lo largo de la historia, en procura de esa misma finalidad.
Hace unos meses, repasé y comenté aquí mismo la bibliografía para Educación Sexual Integral, materia de la currícula en la provincia de Buenos Aires, con carácter universal también en el sistema educativo oficial, desde el nivel inicial hasta el nivel superior. Otro ámbito de conocimiento y acción educativa, pero la misma matriz.
No pretendo hacer una análisis exhaustivo de la cuestión. Simplemente señalo que hablar de educación pública en la Argentina requiere un análisis muchísimo más profundo y radical.
No se trata de financiamiento, no se trata de la currícula productivista. Tampoco es un avance reemplazar a Foucault y Marx por las divinidades del panteón liberal o libertario. Tanto da una cosa como la otra.
El asunto capital y axial es si la educación pública argentina debe ser debatida y discutida en términos económicos y financieros, casi con exclusividad.
Y peor aun. Cuando el gobierno liberal o libertario levanta el dedito para denunciar adoctrinamiento, lo hace con absoluta hipocresía. Simplemente quiere substituir un adoctrinamiento por otro en términos simétricos opuestos, pero siempre dentro de una referencia común. Por decirlo en bruto, ¿qué ganamos con que Juan Bautista Alberdi y Murray Rothbard reemplacen a Marcuse, Habermas y Beatriz Sarlo?
Las dos batallas culturales opuestas tienen un mismo adversario a desplazar y reemplazar.
En ambos casos se trata de lo que C. S. Lewis llamó la abolición del hombre o lo que Josef Pieper llamó la proletarización del mundo del espíritu. Todos mecanismos de poder deshumanizador.
Sabios y no máquinas, dice Castellani. Eso debe darle la alta vida intelectual a una nación.
Porque, pregunto: ¿de qué universidad salieron, de qué sistema educativo salieron los legisladores que aprobaron la ley que promueve el aborto? ¿De qué universidad salieron, en qué sistema educativo se formaron los legisladores y lenguaraces que abominan del bien común y la justicia social? ¿A qué escuela fueron los que proponen la eutanasia? ¿Qué institución oficial educativa le dio un título a Javier Milei, a Cristina Fernández, a Myriam Bregman, a Mauricio Macri, a Juan Grabois, a Horacio Rodríguez Larreta, a Patricia Bullrich, a Bertie Benegas Lynch, a Axel Kicillof, a Christian Castillo, a Manuel Adorni, por sólo hablar de los políticos y no aburrir con la lista de los intelectuales del staff oficial de la cultura argentina?
Hagan todas la marchas que quieran y llenen las arcas de las universidades y aumenten el presupuesto educativo.
¿Conseguirán con eso alta vida intelectual? ¿Tendrá la Argentina más sabios?
¿O solamente engordarán a la bestia de varias cabezas?