Vi las manos bajo el agua fría
frotarse con elegancia cirujana.
Era blanco el repasador
con guardas tenues en los bordes,
y quedé hipnotizado con los dedos finos,
repasando el lienzo para secarse
con ritmo de gacela
trotando sobre una sabana de hierbas doradas.
¿Quién corta así
las capas de una cebolla turgente?
¿Por qué le obedecen ajos y pimientos,
sumisos, atropellando sus aromas?
¿Cómo es posible oliva tan fragante?
¿Cuánto duraría esa danza
que se lleva a la rastra
los ojos fascinados
y una pituitaria en trance?
Una concentración oriental le vi en el gesto
para abrirle el paso a las pimientas,
al fuerte estragón,
al jengibre pendenciero,
y dejarlos a su suerte
sobre un solomillo rosado, salado,
azucarado y altivo.
Las ollas de los caldos en barbecho,
los extractos,
la oscura cerveza espumada
lanzándose al vacío de la paila.
Hasta que murmuró una melodía.
Hubiera dicho que el entero mundo
solamente bullía y crepitaba,
que los líquidos vertiéndose eran la única voz...
Ella podría haber estado
toda ella
sólo en sus manos diestras, precisas, implacables.
Hasta que murmuró una melodía.
Y sonrió, no para mí.
Estaba componiendo.
Lírica de hornallas y cazuelas,
de cuchillos y tablas.
Con versos de sangre roja,
con versos de naranjas y especias,
con metáforas bienolientes,
con el calor justo de los colores,
con sinécdoques de sabores enlazados,
encabalgamientos de guarniciones,
un hipérbaton creativo y exacto de puerros,
intuición de última hora.
Y entonces todo fue a su rumbo,
sin la compañía de sus ojos timoneles.
Abandonó la faena: el cocido haría su obra.
Volví a ver las manos bajo el agua fría,
frotarse con una ternura satisfecha,
elegante.
Y fui feliz.