Nos asaltó el añil desde la orilla.
Y los remos se rinden
a la fatiga larga del camino de agua.
Una proa de hierro,
una espada que navega y corta el río,
se hunde en el barro, decidida y violenta.
Hasta el borde,
en el llano en pendiente,
un azul vivo y joven,
de semillas perdidas, florecientes ahora.
Este campo de lino
era el final del viaje,
era el destino llamando a nuestros ojos,
travesía de sol de una mañana,
senda de un día,
aventura de luna en plena tarde.
Es la ribera azul.
Es la tierra escondida a los viajeros.
Es el hogar del sauce.
Si hubiéramos sabido este silencio,
el madrigal de pájaros,
las canciones del viento...