Para entrar, hay que abrir la puerta.
Sólo eso.
No es necesario
buscar una aldaba que anuncie,
ni una campana
y su estridencia mensajera.
No es preciso
ir a las ventanas del jardín
para ver si hay alguien en la casa,
si alguien abrirá la puerta
y dará una sonrisa cortés
de bienvenida.
No hace falta
una esquela de vista,
una tarjeta de presentación,
un anuncio que anticipe.
Es sólo abrir la puerta
y entrar.
O no abrir la puerta,
y no entrar.
Y seguir de largo,
pasar adelante,
buscar un camino,
un rumbo distinto,
alejarse
y no mirar atrás.
Y no lamentarlo.
Y olvidar.
Porque, para entrar,
sólo hay que abrir la puerta.
Nada más que eso.
Sin ese coraje inédito,
todo es afuera.