viernes, 27 de febrero de 2026

Campana


No hay suficientes campanas
que hagan silenciar el tiempo fláccido
de la arena del tiempo;
campanas que canten por el hombre,
para el hombre,
los asuntos eternos.

Lo sé porque he oído,
de pronto,
en la oscuridad muda 
de unas calles empapadas de noche,
tres golpes de un badajo
sobre un bronce robusto y antiguo.

Una torre rústica y blanca, no lejos,
sostiene el peso de las llamadas,
en su guardia perpetua.

Entonces, me escabullí.
Se quebró la tibieza del sueño.

Parecía el llamado a la oración.
Tal vez era apenas un memento,
una diana pidiendo la cuenta de mis días,
la cuenta de este día,
la cuenta de mis gozos
y de los hondones de mi corazón. 

Busqué el balcón exiguo,
el mirador que nos enfrenta 
a un bosque cómplice y protector,
ahora más oscuro que la noche.

El tiempo se midió en sonidos. 

A mis espaldas, soñaba una mirada clara,
serenamente rítmica, feliz.

En el aire, 
todavía en el aire,
cantaban los ecos de tres golpes de un badajo
sobre un bronce robusto y antiguo.