Un festejo de mariposa, de colibrí:
beber un largo vino viejo a sorbos breves.
Frente a un campo de lino;
cercanía del viento,
aire de hierba fresca; estar cerca,
en el silencio de palomas entre las acacias
y una quietud de espuma en el pecho.
La mirada sin tiempo, los ojos entornados,
rumor de paz en las pupilas.
Lento, el día fue a la noche
en puntas de pie.
La primera estrella de la tarde
ardió en el oeste,
más que la llama nueva
de un fuego que apenas brota de las ascuas.
Pero menos que los corazones
donde Venus se incendiará
con temblores de plumas
y reverberos.