¿Quién puede ser feliz en doce noches
con sus doce días,
con sus doce tardes de marfil y hierro,
sedosas y cortantes como una luna que nace
filosa de luz, entre el lino y las nubes?
Inefable.
Es nada el tiempo en doce días con sus tardes,
con sus doce noches.
Es nada.
Parece un animal que duerme sosegado
sobre la hierba y sus rocíos,
morosamente,
ajeno al derredor ansioso,
sonriente en sus sueños de misterios de luz,
bajo un parsimonioso olmo verde oscuro,
sobre una hierba de oro y de cristal
que el viento hace bailar con sus oleadas
de aire frío y brillante.
Así son doce días con sus doce noches.
Insuficientes,
silenciosamente intensos,
vaivén de madrugadas y de ocasos,
en soledades rústicas,
en estepas de distancias a pie firme
con su rumor sereno y complacido.
Así son doce noches con sus días.
Aletea la felicidad
(viento atemporal,
invisible monumento,
artera y punzante como un don impredecible),
en la jornada sin tiempo de doce días con sus noches.