Dos veces en mi vida
el tiempo me cruzó en la calle,
casi violentamente
al doblar una esquina.
Y se paró frente a mí,
desafiante.
Me quedé inmóvil,
las dos veces.
Durante años.
Y ninguna de las dos veces
supe qué hacer.
Y me quedé inmóvil,
durante años.
Parecía saberlo siempre,
una vez y otra vez,
parecía que dictaba la ley de los minutos y los meses.
No era verdad.
Eran sólo segundos corriendo,
sin destino.
Y entonces desapareció.
Primero, desapareció una vez.
Después, otra vez.
No dejó más que unas pocas huellas,
borrosas, grises,
que tuvieron el sabor de las cenizas.
Un día, no hace tanto,
apareció un tiempo desconocido.
Y me llamó por mi nombre.
Y lo voy siguiendo.
Segundo a segundo.
Para ver adónde va,
adónde me lleva.
Para ver por qué esa sombra que va con él,
clara, luminosa y amable,
abraza mi sangre de tal modo
que el tiempo se detiene.